Chapter 6
Sucedió uno de esos solemnes silencios que se hacen oír; uno de esos silencios cuya duración no se puede contar: uno de esos silencios que son más elocuentes que todas cuantas palabras pudieran imaginarse para reemplazarles.
Luego Amparo dijo con la voz trémula, como aterrada: con acento incomprensible:
--¿Lo manda él?
--El desea que tú... vivas mejor... que... en fin...
--No, no quiero explicaciones de ningún género, repuso con una precipitación entrecortada Amparo... comprendo... lo comprendo todo. ¿Lo manda él?
--El lo quiere... porque...
--No, ni una palabra más, padre Ambrosio: dígale usted que si él quiere... yo también quiero...; pero pronto... pronto por Dios... que yo pare al fin donde Dios quiera que vaya a parar.
Y entonces no pudo contenerse y rompió a llorar, luego se oyó un paso precipitado, y la puerta que se cerraba.
--Vea usted su obra, me dijo con desesperación y aun con ira el padre Ambrosio. Hemos desgarrado el corazón de esa pobre Amparo.
--No importa, le dije saliendo con él del locutorio. El tiempo la demostrará mis intenciones, y cuando las reconozca recobrará la paz.
Y salimos del convento.
* * *
Aquel mismo día escribí a mi tío una carta que sólo contenía estas breves palabras.
«Me caso con una mujer digna de mí, y espero que saliendo por un momento de su retiro, venga usted a presenciar nuestra unión.»
Aquel mismo día también puse en movimiento mi casa.
Invadiéronla tapiceros, renové el mueblaje, aumenté mis trenes y mi servidumbre, y preparé la servidumbre particular de Amparo.
En cuanto a las habitaciones de ésta, no perdoné gasto ni cuidado, y quedé satisfecho.
El dormitorio, el tocador, el cuarto de labor y el gabinete de Amparo eran sumamente bellos y ricos, en medio de una gran sencillez.
Sólo se esperaba para efectuar el casamiento la llegada de mi tío.
Pero en vez de él llegó a vueltas de correo la lacónica carta siguiente:
«Cuando tú te casas, tu esposa debe ser un prodigio. Me alegro de tu resolución, porque el matrimonio te dará una vida nueva. _Quiera Dios que seas más feliz que yo lo he sido_. Ofrece a tu, para mí incógnita, consorte, todo el cariño que la corresponde por mi parte como cosa tuya, y si te pareciere bien, daos ella y tú por convidados a estas orillas en el estío próximo.»
Yo conocía a mi tío y sabía que no había de venir.
Así, pues, la tarde del mismo día en que recibí esta carta, el padre Ambrosio fue por Amparo al convento.
Se me presentó ricamente vestida de blanco, coronada de rosas blancas y más pálida que las rosas de su corona.
Al darme la mano al pie de la escalera la sentí estremecerse; pero aquel estremecimiento pasó, y continuó serena hablando conmigo con suma naturalidad de cosas indiferentes.
La ceremonia fue muy triste: el padre Ambrosio nos dio la bendición, mi administrador general y mi mayordomo fueron nuestros testigos.
Nadie más asistió.
Después de esto, Amparo quedó sola conmigo.
Yo estaba sobrecogido.
No sabía hasta qué punto era grave el paso que acababa de dar.
Y la gravedad de este paso no me asustaba por mí; me asustaba por ella.
Al preguntarla el padre Ambrosio si quería ser mi esposa, un estremecimiento profundo agitó su mano, la sentí fría y pronunció un _sí_ apenas articulado.
Después cuando nos quedamos solos, me miró frente a frente, pálida y conmovida, sus ojos se llenaron de lágrimas y luego me asió las manos y exclamó con un acento profundamente doloroso y sentido:
--Me ha consagrado usted su vida, a mí, a la pobre muchacha abandonada, a la infeliz trapera. Dios se lo pague a usted. ¡Quiera Dios que yo pudiera hacer a usted feliz!
--Yo soy feliz, la contesté, conque tú vivas tranquila, conque seas mi hermana. Ha sido necesario dar este paso para arrancarte del convento. Yo continúo mi vida sin deseos y sin esperanza, consagrada a ti, que continúas siendo mi hija.
Aproveché un pretexto y fui por un instante a encerrarme en mi gabinete. Allí seguro de no ser oído, de no ser visto, rompí a llorar: si no hubiera llorado mi corazón se hubiera roto.
Yo la hubiera estrechado entre mis brazos, la hubiera arrancado frenético aquella corona de rosas blancas...
De seguro Amparo hubiera sido para mí una esposa sumisa...
Pero... yo quería su amor... y ella... ¡ella se había casado conmigo porque se lo mandaba yo! ¡por agradecimiento!
Temía hablarla de mi amor; temía indicárselo; temía que ella se violentase, que se fingiese enamorada de mí para pagarme con un sacrificio inmenso mi protección... ¡No! Esto no podía ser... ¡yo debía continuar con mi careta puesta... es más: debía mostrarme contento, feliz... sólo me quedaba un recurso: estar poco tiempo a su lado y viajar mucho; evitar un momento de olvido.
Yo era infeliz.
Pero era indudablemente menos infeliz que lo hubiera sido siendo ella monja.
No sé qué alegría misteriosa inundaba mi alma. Si no era mía, no sería de otro...
Era una posición de cierto género, y acaso... con la costumbre de verme... ¿quién sabe?
Yo esperaba.
¿Viviría el hombre a quien amaba Amparo?
¿La habría seducido este hombre?... ¿La habría abandonado?...
¡La duda! ¡Horrible espectro que ennegrece nuestra alma con su sombra!
¿Habéis dudado alguna vez de vuestra esposa o de vuestra madre...?
Porque si no habéis dudado alguna vez de cualquiera de esos dos seres que son vuestro corazón y vuestro nombre, no comprenderéis lo terrible de la duda cuando se refiere a objetos tan sagrados.
Yo me encontraba en una situación enteramente excepcional, y sufría todas sus consecuencias.
Sin embargo, las aceptaba, y cien veces que hubiera sido necesario hubiera vuelto a casarme con Amparo.
¡Cómo llenaba mi alma! ¡Cómo la enloquecía! ¡Cómo la desesperaba!
¡Cuánto la había divinizado mi amor!
Todo en ella para mí era perfecto.
Todo en ella para mí era ardiente.
Era un ángel de fuego que me precedía, me llevaba, me arrastraba, no sabía a donde.
Ahora ya lo sé.
Ese ángel divino me ha traído a una casa de locos.
* * *
Volví a su lado perfectamente tranquilo.
Es decir fingiendo de una manera perfecta una perfecta tranquilidad.
Ella estaba sentada en un sillón junto a la chimenea y arreglaba tranquilamente el fuego.
Cuando me sintió se reclinó en el sillón, y me dijo sonriendo, con la cabeza echada atrás sobre el respaldo:
--¡Que feliz soy, Luis!
Era la primera vez que Amparo pronunciaba mi nombre de una manera tan familiar.
Ahora recuerdo que es también la primera vez en que yo le escribo en estas memorias.
En efecto, yo me llamó Luis.
Admirome aquella tranquilidad, aquella familiaridad, aquella sonrisa, aquel no sé qué seductor, incitante que emana de ella.
Sin duda Amparo había tomado su partido aceptando por entero el sacrificio.
Este pensamiento me desgarró el alma.
Sin embargo me mantuve firme.
--Yo también soy feliz--la dije--yo necesitaba el afecto desinteresado, noble y puro de una hermana, y le tengo en ti.
--¡Oh! yo le amo a usted como si fuera mi padre... ¡y cuánta generosidad, Dios mío! ¿Cómo no ha retrocedido usted ante la idea de que el mundo donde vive pretenda averiguar quién soy y de dónde vengo?
--Nada me importa eso: lo que me estremecía era que sin vocación...
--¡Y se ha sacrificado usted por mí...! ¡se ha imposibilitado de ser feliz mañana...! ¡si encuentra usted una mujer que le enamore...! ¡vamos no sé en qué he estado pensando...! ¡yo no he debido...! ¡si por un acaso...! ¡pero no... no puede ser...!
Acercó un sillón al mío y me dijo pálida y conmovida.
--Estamos en una situación solemne, Luis: en una situación en que acaso no se han encontrado dos personas solas: debemos ser francos... ¿Será acaso?
Y se detuvo.
--Continúa, continúa; parece que te cuesta trabajo lo que me vas a decir.
--Sí, sí; lo confieso; pero es preciso, es mi deber: habiendo llegado al punto en que nos encontramos, es necesario que yo sepa... lo que debo hacer para...
--¿Para qué?
--Para ser digna de tanto beneficio.
Y luego haciendo un supremo esfuerzo añadió de una manera penosa:
--Luis: ¿me ama usted?
--¡Yo! ¡no!--la contesté sonriendo, porque había adivinado la pregunta y me había preparado.
--¡No! es decir... que se ha casado usted conmigo... ¡por... caridad!
--Amparo, hija mía--la dije--tu gran corazón te atormenta: ¡crees que he hecho un sacrificio inmenso... que te he sacrificado mi libertad! no... te engañas: estoy muerto para el amor, para ese amor ardiente que nos embriaga y nos arroja a los pies de una mujer... no, hija mía, no; eres demasiado pura para que mi corazón, gastado ya, pueda amarte más que con ese otro amor desinteresado de la amistad; si no hubieras pretendido entrar en un convento, yo... nada te hubiera propuesto: te hubiera tratado como un hermano y nada más: el día en que te hubieras casado con un hombre de tu elección hubiera sido completamente feliz. Pero te obstinabas, no sé por qué en ser monja: habías dado un paso decisivo, y era necesario dar otro paso contrario, decisivo también; me daba miedo tu resolución... tú estabas sin duda desesperada...
--No--me contestó tristemente.
--Tú has amado, Amparo; amas.
--¿Es decir que somos hermanos...? ¿que es usted tan generoso que no mira en mí siempre más que a la pobre Amparo?
--No hay en mí generosidad, más hay afecto.
--Pues bien: si somos hermanos, podemos hablar con franqueza.
Yo la observaba y vi que su frente se había serenado.
--Sí, hablemos con franqueza--la dije.
--Pues bien: he amado a un hombre.
--¿A un hombre digno de ti?
--¿Digno de mí! ¡digno de ser adorado, digno de una felicidad que le ha negado Dios!
--¿Joven?
--Joven y hermoso.
--¿Y él te amaba?
--Sí--me contestó, con su triste sonrisa habitual.
--¿Y entonces... por qué no os habéis casado?
--¡Ha muerto!--exclamó Amparo.
Y se cubrió el rostro con las manos y rompió a llorar.
Pero de una manera desconsolada, como si su alma entera se exhalase en aquel llanto.
--Pero--me dijo entre sus lágrimas--a usted le amo también: le amo de una manera profunda; como a mi hermano... más... más aún... como amaría a mi madre... por hacerle a usted feliz daría mi vida... y cuando el padre Ambrosio me dijo que quería usted casarse conmigo...
--¡Te aterraste!
--No, no: en el momento de hacerme el padre Ambrosio la proposición en nombre de usted, me dije: se casa conmigo por caridad: por arrancarme de esta sepultura a que he venido desesperada: en él la caridad es la vida: no amarguemos su vida y consentí. Pero cuando me quedé sola se me ocurrió que tal vez podría haber en usted más que caridad: acaso me ame, pensé: si me ama... yo le pertenezco, yo soy suya, yo debo amarle.
--¿Y tu amor?
--¡Es verdad! por eso debíamos hablar con franqueza y hemos hablado: en mí hay dos amores: uno puro, desinteresado, noble, profundo: el que usted me inspira: mi amor antes de hija, ahora de hermana: el otro amor es un desdichado amor, sin esperanza: un amor que enluta mi alma y la desespera: si un día me sorprende usted llorando, no lo extrañe usted: yo cuidaré mucho que los extraños no vean el dolor en mi semblante; todo el mudo me creerá feliz, y lo seré, en efecto, al lado de usted; pero... permítame usted que llore alguna vez por mi amor perdido; por el amor del hombre que Dios no me ha querido conceder. Esto no debe serle a usted doloroso, porque no me ama sino como un hermano; no puede usted temer que el objeto de mi amor manche su nombre, porque es imposible, de todo punto imposible que pueda mancharle.
--Me harás amar por ti a ese fantasma: fantasma para mí puesto que ha muerto y no sé ni quiero saber su nombre.
--¡Oh, sí! yo le amaré siempre, siempre, con toda mi alma. Usted no tendrá celos, ¿no es verdad?
--Siento únicamente que ese hombre haya muerto... porque al fin, viviendo él, hubieras sido su esposa...
--No hablemos nunca de esto más: nunca... nunca: ha sido una explicación precisa. Ahora, mi buen hermano, suplico a usted me diga cuál es mi aposento. Necesito descanso; reposo; he sufrido mucho.
--Vamos a tener dentro de un momento al lado personas extrañas; es necesario que delante de ellas no me hables de usted.
Aquello era ir de mal en peor.
Comprendí que no podía vivir al lado de Amparo sin que muy pronto me olvidase del todo y me convirtiese en su tirano.
En el tirano de una víctima resignada.
¿Acaso no tenía el reciente recuerdo de su repugnancia y de su terror al sentir sobre su frente mis labios?
No, yo debía respetar aquella pasión viva; yo no debía ser infame; yo no debía cobrar mis beneficios a tanta costa para Amparo.
Pero no pude resistir a una tentación.
Su aposento y el mío, para cubrir las apariencias, sólo estaban separados por un gabinete y se comunicaban por dos puertas de escape.
Me retiré a mi aposento, cambié lentamente el traje negro que me había puesto para la ceremonia por el de casa, dejé pasar, con una impaciencia mortal algún tiempo, y luego abrí silenciosamente la puerta de escape de mi alcoba, y me acerqué, sin causar el más leve ruido, a la otra puerta de escape del dormitorio de Amparo.
Al frente, tras un bello pórtico de bambúes con cortinas de muselina bordada, estaba su lecho.
Antes, esto es, entre la puerta desde donde yo observaba y el pórtico de la alcoba, había un espacio cuadrado, y en su parte media, una mesa arrimada a la pared.
Sobre la mesa había una lámpara con bomba de cristal opaca que esparcía una luz velada a poca distancia.
Lo demás del dormitorio estaba en sombra; en una media sombra fantástica.
Sentada en un sillón, junto a la mesa; apoyado en ella un precioso brazo, que dejaban descubierto hasta el codo los encajes de la ancha manga de su traje; apoyado el rostro en su mano, sola, inmóvil, profundamente pensativa estaba Amparo.
Tenía ceñida aún la corona de rosas blancas.
Los brillantes de la especie de ajorca árabe, que yo la había enviado en el canastillo de boda y que rodeaba el brazo en cuya mano apoyaba su cabeza, me dejaban ver, heridos por la luz, destellos vivísimos, pero inmóviles.
Amparo parecía una estatua de cera vestida de blanco.
Su mirada fija, abstraída, profunda, como vuelta hacia adentro, hacia su alma, o como lanzada sin objeto a la inmensidad, al infinito, mirada que no veía, dilatada, lúcida, brillante, llena de vida, pero de una vida que espantaba, dejaba comprender la desesperación profunda, pero resignada, paciente, intensamente dolorosa de un alma desolada.
Nunca había yo llegado a concebir tanto dolor y tanta resignación: nunca una agonía tan lenta; nunca un sufrimiento tan agudo, soportado, apurado, dominado con tanto valor: en Amparo no había esa expresión de disgusto, de rabia, de lucha impotente; expresión de ángel rebelde y condenado, que es una blasfemia muda; una blasfemia en imagen.
Era la víctima resignada al sacrificio.
La víctima humilde y fuerte, el alma cristiana que sufre la miseria de la vida en su manifestación más dolorosa sin rebelarse contra la voluntad de Dios.
En vano esperé que Amparo diese una muestra de debilidad ni de impaciencia.
Continuaba inmóvil y tranquila: pero con una tranquilidad que me desgarraba el alma.
Yo sufría de mil maneras distintas.
Primero, el inmenso infortunio de Amparo.
Después mi propio infortunio.
Luego sentía celos; unos horribles celos.
Yo no podía dudar que un amor malogrado, un amor sin esperanza, era la causa de la desolación de Amparo.
Yo hubiera dado toda mi vida, por sentirme amado un solo momento y de aquel modo por Amparo.
Además, al contemplarla tan hermosa, idealizada, transfigurada, casi me atreveré a decir, divinizada por el sufrimiento, sentía hervir mi sangre, latir mi corazón, abrasarse mi cabeza.
Yo estaba loco.
La misma fuerza de mi locura me contenía, impedía que yo lo olvidase todo, que empujase la débil puerta que me separaba de ella y que me arrojase en sus brazos.
Yo blasfemaba.
Acusaba de injusto, de cruel, de tirano, a Dios que me hacía comprender de una manera tan horrible el tormento de Tántalo.
Estaba inmóvil; como petrificado.
La mirada de Amparo aunque no podía verme, caía sobre mi mirada, absorbiendo mi alma, torturándola.
Lentamente fui perdiendo la conciencia de mí mismo.
Un sopor extraño se apoderó de mí.
Amparo empezó a tomar lentamente un aspecto fantástico; a abrillantarse su mirada, a resplandecer; su figura se aisló en medio de una niebla vaga, azulada: desapareció a mi vista todo lo que la rodeaba, y quedó ella sola, inmóvil siempre, pero como suspendida en medio de un espacio indefinible, en que ni había luz ni sombra.
Luego la vi alzarse lentamente, arrancarse su corona de rosas, y luego irse despojando de sus joyas, de sus ropas; vi enteramente su hermoso cuello: sus redondos hombros; luego su cabellera destrenzada agrupándose de una manera maravillosa a ambos lados de su semblante; al fin se volvió y se alejó lentamente; se abrieron las cortinas de la alcoba y volvieron a cerrarse.
Amparo había desaparecido; la fascinación había cesado, y volví a sentir la vida real.
A mi vez me retiré en silencio y me acosté.
Me acosté para apurar una horrible noche de fiebre y delirio.
* * *
¿Por qué había yo encontrado seis años antes, sola en medio de la noche, recogiendo trapos a aquella niña?
¿Por qué me había causado compasión su miseria?
Yo maldecía mi caridad; la caridad que tan feliz me había hecho, y que tan feliz había hecho a Amparo.
Y me decía:
«La caridad es una debilidad; la caridad es la manía de los imbéciles; la caridad se vuelve contra quien la practica.
¿Por qué sentí caridad hacia Amparo?
Porque era un insensato.»
* * *
Al día siguiente Amparo se me presentó tranquila y afectuosa; en vano busqué alrededor de sus ojos ese círculo lívido que imprime una noche de insomnio y de fiebre.
En vano esa palidez vaga del cansancio.
Amparo estaba fresca, sonriente; parecía feliz.
--¿Has dormido bien?--la dije.
--¿Y por qué no? nunca se duerme mejor que cuando nada se desea, cuando se ha obtenido todo lo que se anhelaba: ¿y tú Luis? estás pálido, pareces triste; si continúas así, creeré que te has sacrificado a mi felicidad.
--¡Oh! no: yo creía que tú... que sufrías; pero veo con placer que me he engañado; te prometo dormir esta noche tan bien como tú.
--Pues tranquilízate completamente, me contestó; yo nada deseo, nada quiero más que tu amor... tu amor tal cual le siento, tal cual yo le siento por ti; hermanos, siempre hermanos; dos y uno... ¿no es cierto que es una felicidad que podamos amarnos de este modo?
--¡Oh! si el mundo conociese la verdad de nuestra posición, ¿qué diría?
--Se burlaría de nosotros, porque el mundo, que nunca profundiza, que nunca pasa más allá de las apariencias, es muy injusto, o por mejor decir, muy ciego. Pero si el mundo supiese que entrambos hemos amado y sufrido; que de nuestro sufrimiento y de nuestra lucha sólo hemos sacado la conciencia ilesa, comprendería nuestra mutua posición; tú has dejado enterrado tu amor en el lodazal de tu juventud; ha muerto allí sofocado, no existe para ti; yo amo a un fantasma imposible y entrambos, con el corazón vacío para ese amor ardiente, que Dios ha puesto en el alma del hombre y de la mujer, satisfechos el uno del otro, nos apoyamos mutuamente y nos amamos con un amor infinitamente más puro. Debemos, pues, dar gracias de nuestra felicidad a Dios.
* * *
¿Me había yo engañado la noche antes?
¿Era en efecto feliz Amparo?
¿O era que tenía tanta fuerza, tanto poder para ocultar su sufrimiento como para soportarle?
* * *
Nunca me pareció un día tan largo.
Cuando nos separamos aquella noche ya bastante tarde, corrí a mi acechadero.
Amparo no estaba inmóvil como la noche anterior; tenía un cofrecito sobre la mesa y sacaba de él papeles escritos, que leía y ordenaba.
Amparo con la cabeza inclinada sobre el pecho, lloraba leyendo aquellos papeles.
Lloraba de una manera desconsoladora, comprimiendo sus sollozos.
¿Era que la noche antes, sobrecogida, aturdida del golpe, por llamar así su casamiento conmigo, la intensidad del dolor había comprimido sus lágrimas, anegado sus sollozos?
Era indudable que Amparo se rendía a su dolor.
Era indudable que Amparo sufría una desgracia inmensa.
Y leía y releía aquellos papeles.
¡Cartas sin duda del hombre a quien amaba!
Después vi en sus manos un medallón que sacó también del cofrecito, parecía un retrato.
Amparo le estrechó contra sus labios, le separó de ellos, le miró de una manera ansiosa, y exclamó:
--¡Oh Dios mío, Dios mío! ¡tened compasión de mí!
* * *
Se puso a escribir lentamente.
Con mucha frecuencia se abstraía y pasaba sin escribir un largo intervalo.
Luego volvía a escribir.
Pasó así gran parte de la noche, y después recogió en el cofre los papeles y el retrato, guardó cuidadosamente el cofre en un armario, se desnudó y desapareció tras las cortinas de su alcoba.
Yo no supe ya qué pensar de Amparo.
Pero me cubrí con el más perfecto disimulo, como ella se cubría conmigo.
Nos tratábamos como si hubiéramos vivido juntos desde nuestros primeros años.
Las gentes nos creían el matrimonio más feliz del mundo.
La tranquilidad aparente de Amparo cuando yo era testigo de su agonía nocturna, de sus lágrimas y de lo intenso, de lo vivo, de lo inalterable de su amor hacia aquel hombre, que era para mí un misterio, la tranquilidad ficticia de Amparo, repito, me irritaba.
Durante un mes pude sufrir la lucha entablada entre mi razón y mis celos; pero llegó un día en que me estremecí.
Empezaba a perder la razón; antes de perderla enteramente tomé una resolución decisiva; la de separarme de Amparo, que era para mí un tormento y un peligro, con el pretexto de un viaje para ir a visitar a mi tío.
Amparo nada me dijo cuando la anuncié este viaje, más que las siguientes palabras:
--Espero que volverás pronto.
Aquella noche salí de Madrid en una silla de postas.
Mi resolución era, no volver a ver más a Amparo.
* * *
Pero para cumplir una resolución es necesario ser dueño de sí mismo, y yo no lo era.
Parecía... voy a procurar explicarme: parecía que mi alma había quedado fuertemente asida a Amparo, y que cada vuelta de las ruedas de la silla de postas que me conducía, estiraba mi alma, haciéndome sufrir un tormento inexplicable.
Llegó un punto en que no pude resistir más.
Habían pasado algunas horas de una tortura aguda que se hacía más dolorosa a medida que me alejaba de ella.
Mandé al conductor que volviese a Madrid.
Luego, le ofrecí una recompensa por cada minuto que ganase.
La silla de postas volaba.
Yo me había propuesto apurar mi destino cediendo sin resistencia a los impulsos de mi corazón.
Había resuelto quitarme mi doloroso disfraz y morir poseyendo a Amparo.
A medida que este pensamiento tomaba consistencia, estimulaba al conductor prometiéndole más.
La silla apenas tocaba con las ruedas al camino.
A pesar de esta agudez no pudimos llegar a Madrid hasta el medio día.
Cuando llegué a mi casa, subí anhelante las escaleras como si hubiese estado mucho tiempo ausente de ella.
Dominado aún por la fiebre entré en las habitaciones de Amparo.
No estaba en ellas.
Pregunté a mi ayuda de cámara, y me dijo:
--La señora acaba de salir.
--¿Y adónde?
--Han traído una carta y la señora apenas la ha leído se ha puesto pálida, ha pedido a Teresa una mantilla, y con el traje de casa, acompañada de la misma Teresa, ha salido precipitadamente.
--¿A pie?
--Sí, señor, a pie.
--¿Y no sabe usted adónde ha ido?
--Nada ha dicho la señora.
Despedí a mi ayuda de cámara y me quedé solo paseándome por mi cuarto, aterrado, sintiendo no sé qué recelos.
Yo no sabía qué pensar de Amparo; era para mí un misterio.
De repente una idea poco digna, pero disculpable en la situación en que me encontraba, me llevó a su dormitorio:
«En el armario me había dicho, encierra el cofrecillo donde tiene el retrato que besa, y los papeles que lee llorando. Si es necesario forzaré el armario y conoceré a ese hombre, leeré esas cartas, sabré a qué atenerme.»
Afortunadamente no me vi obligado a violentar nada: el armario tenía puesta la llave en la cerradura.