Chapter 5
Y suponed que cuando acabéis de pronunciar esa blasfemia aparece de repente el sol en una explosión de luz y de armonía: que lleváis una mano a vuestros ojos que se deslumbran, y otra sobre vuestro corazón que se enternece lleno de una nueva vida, y que cuando volveis a abrir los ojos os encontráis de nuevo en las tinieblas, enardecido por el próximo y candente recuerdo de la luz divina que os ha deslumbrado, de la armonía de los cielos que ha reanimado vuestro ser... y después de haber supuesto esto suponed vuestra desesperación, vuestro dolor.
Dios existe: existe la luz; pero Dios está irritado contra vos, no ha hecho la luz para que brille en vuestros ojos; no ha hecho la armonía para que deleite vuestros oídos: sois un ser condenado: Dios es un ser vengativo.
Yo había buscado en el mundo sin encontrarle el amor tal cual yo le comprendía... le había buscado en vano y me había dicho:
--Nuestro amigo y nuestra amante son dos fantasmas soñados por nuestro deseo.
Dios no puede haber dado a su hechura aspiraciones imposibles.
Si no ha podido dárselas y las tiene no existe Dios.
O Dios es el acaso.
Amparo fue para mí el sol de la vida: la mujer que salía del edén y se ponía delante de mí... la prueba material de que Dios ha dado a cada aspiración del hombre una realización.
Amparo realizaba mis sueños: era la mujer que yo había buscado en vano, la mujer que hablaba a mi corazón y a mis sentidos; pero... Amparo no me amaba: si me hubiera amado yo lo hubiera comprendido; Amparo me consideraba como su protector, como su padre: Amparo se resignaba a cumplir mi voluntad hasta el punto de casarse con el hombre que yo la designase... y Amparo amaba... Amparo sufría... sus ojos, mi alma habían apurado su sufrimiento... Amparo no era mía... había visto por un momento mi fantasma y me le arrebataba Dios.
Dios castigaba mi impiedad.
* * *
Pasaron algunos días sin que yo fuese a ver a Amparo.
Tenía miedo de verla.
Temía echar a perder inútilmente mi papel de protector, de padre, dejándome arrebatar a una situación ridícula en un momento de olvido.
En estos días mi administrador general se empeñó en darme cuentas, y me vi obligado a ceder, para que tuviese ocasión de convencerme de que era hombre de bien.
Pasé por alto una multitud de partidas; pero no pude menos de reparar en una data.
Estaba figurada en estos términos:
«A doña Amparo, por encargo especial del señor, cuatro mil reales.»
--¡Cuatro mil reales!--dije con extrañeza--ese no será el total de la data.
--Sí, sí por cierto, señor, doña Amparo no ha recibido más.
--¿Y en qué consiste? ¿No mandé a usted que entregase todos los meses mil reales a doña Gregoria?
--Sí, sí, señor, pero doña Gregoria me dijo al cuarto mes que no recibía más... por aquel año... que a la señorita la bastaba para un año aquella cantidad y...
--Usted debió insistir.
--Insistí... pero yo no podía obligar a doña Gregoria...
--Y al año siguiente...
--Fui el primero de enero con cuatro mil reales...
--Pero no constan.
--Es que doña Gregoria no los quiso recibir.
--Es usted un torpe.
--Yo puedo sacar a un deudor la cerilla de los oídos y se la saco, si no encuentro otro medio de cobrar, para lo cual soy muy listo; pero no se me ocurre que haya en lo humano un medio para hacer tomar dinero a una persona que no quiere tomarlo; lo cual afortunadamente es muy raro.
--Pero ¿qué razones dio a usted doña Gregoria?
--Con las palabras más dulces del mundo, deshaciéndose en elogios y en palabras de agradecimiento hacia usted, me dijo que la señorita Amparo, ayudándola en el cuidado de las niñas del colegio, ganaba lo bastante para sus necesidades.
No supe qué contestar. Amparo volvía a hacerse superior a mí.
Mi administrador continuó impasible relatándome sus cuentas.
Al fin en las de dos años antes, leyó lo siguiente:
--Cargo: recibido de doña Amparo, cuatro mil reales.
No pude contenerme: mi irritación estalló; mi administrador es un asesino: apuré con él la suma de los dicterios conocidos y por conocer y le destituí.
Amparo se engrandecía a mis ojos.
No puedo decir que me humillaba su dignidad, porque la amaba de tal modo que su dignidad era la dignidad mía; pero la posición en que ella se había colocado respecto a mí me desesperaba.
¿Con que lo que únicamente había hecho por ella había sido darla la mano, ayudarla a salir de la precaria situación en que se encontraba? ¿Con que sólo me debía agradecimiento? ¿Con que el mayor trabajo de la obra de su transformación había sido suyo?
El dinero es la piedra de toque del corazón humano.
Amparo había arrancado de en medio de entre nosotros dos el dinero.
Amparo se había colocado delante de mí a una inmensa altura.
Elevándose, elevó ante mis ojos a la mujer, a la humanidad, y me obligó a confesar que existía la virtud sobre la tierra.
Y mi corazón y mi cabeza me decían:
--La amas, necesitas su amor para vivir.
Y mi desesperación me decía:
--Amparo no te ama.
Entonces blasfemaba yo.
--¡No hay Dios, decía!
* * *
Fui a verla.
Habían pasado ocho días desde mi visita de vuelta de viaje.
Tiré con fuerza de la campanilla y me hice anunciar.
Amparo salió hasta el recibimiento y me tendió la mano con la mayor naturalidad.
--Otra vez no pida usted que le anuncien,--me dijo sonriendo.
Y me llevó a la sala asido de la mano.
El contacto de aquella preciosa mano, que estrechaba dulcemente la mía con una noble confianza, como se estrecha la mano de un protector a quien se ama, me causaba una impresión que en vano querría explicar: parecíame que aquella mano me transmitía otra vida más pura, más fácil; me embriagaba en un goce lánguido y tranquilo...
Indudablemente yo estaba enamorado de remate y divinizaba todo lo que pertenecía a Amparo; todo lo que emanaba de ella.
Pero yo iba preparado, y tuve bastante fuerza de voluntad para no mostrarme ni más ni menos interesado por ella que como lo estaba seis años antes.
Ella estaba perfectamente tranquila, alegre, confiada y retenía mi mano en la suya, no como la retiene un amante, sino como retiene una hija la mano de su padre, de quien ha estado separada muchos años.
La contemplé durante algún tiempo sin perder ni un instante el cuidado de mí mismo, temiendo que una mirada, un accidente cualquiera la hiciese conocer el verdadero interés que me inspiraba.
Yo era entonces un cómico que representaba dolorosamente su papel.
--Me alegro--la dije al fin.
--¿Y de qué se alegra usted?--me contestó mirándome con gravedad.
--Me parece que eres feliz.
--¡Oh! sí; completamente feliz--me contestó--ya lo creo: al cabo le tenemos a usted.
--¡Le tenemos!--exclamé con extrañeza.
--Sí, sí por cierto, el padre Ambrosio y yo. Y aun el mismo Mustafá, mírele usted echado entre nosotros y mirándole de hito en hito. A pesar de que es ya viejo no se ha olvidado de usted; no es usted para él una persona desconocida... ¿Ha ido a verle a usted el padre Ambrosio?
--No por cierto, y me hubiera alegrado mucho de verle.
--No se habrá atrevido... es tan tímido.
--Yo iré a verle cuando salga de aquí; pero es necesario que me digas donde vive.
Amparo se levantó y escribió las señas que me entregó.
Tenía un precioso carácter español.
--Escribes muy bien--la dije.
--Es mi obligación. ¿Se olvida usted de que soy _maestra de escuela_?
--Quisiera verte entre las niñas.
--Eso no puede ser. Pero figúrese usted que me ve: toda una madre de familia: me pongo muy seria, riño mucho, las castigo con tratarlas secamente, y las premio con un beso.
--¡Ah! ¡Ah!
--Y paso buenamente la vida: no sé si es soberbia, pero se me figura, creo que el magisterio cuando se ejerce sobre niños es un sacerdocio que impone sagrados deberes; ¡y es tan dulce el cumplimiento del deber! Y cuando un ser cuya razón empieza a desarrollarse bajo nuestra influencia es una niña, todo cuidado es poco, porque de la niña se hace la mujer, la madre de familia, y la madre de familia, mal que les pese a los que niegan toda participación a la mujer en el desarrollo social, es la que siembra el fruto que ha de coger la sociedad: formad buenas madres de familia, y habréis formado una generación llena de virtud, de entusiasmo, de valor, de abnegación, de amor patrio, de virilidad, de grandeza: los hijos son la madre: si la madre es buena, el hijo es bueno; pero si la madre ha dado a sus hijos el pernicioso ejemplo de las discordias domésticas, la falta de sufrimiento y de abnegación, el escándalo continuo, el repugnante espectáculo de preferencias odiosas respecto a este o al otro de sus hijos; si esos jóvenes corazones no han tenido ningún buen ejemplo que imitar; si sólo han debido a su madre un amor indiscreto y caprichoso, caricias exageradas, castigos inmotivados, se pervierten, se desnaturalizan embotando o perdiendo todos sus buenos instintos y constituyendo un ser artificial formado por una mala educación. ¡Oh! ¡Las madres! ¡Las madres!
Y Amparo inclinó la cabeza profundamente pensativa.
Como ven mis lectores, nuestra conversación no podía ir más apartada del punto a que mi amor hacia Amparo hubiera querido llevarla.
Este alejamiento de nuestra conversación de mi idea fija, me favorecía ayudándome a mantenerme firme.
Durante dos horas, Amparo, haciendo casi sola la conversación, me dejó conocer cuánto valía su moral: vinimos al fin a recaer en mis viajes; me preguntó acerca de las civilizaciones extranjeras, y sin haber hablado ni una sola palabra de su pasado ni de sus proyectos, me despedí de ella.
* * *
Fui a ver al padre Ambrosio algunos días después.
Cuando entré en la casa de vecindad, al primero a quien pregunté me indicó la puerta del aposento del exclaustrado.
Al asomar a ella, di un paso atrás.
Le había sorprendido... mondando patatas.
Pero ya era tarde.
El padre Ambrosio me vio, se levantó, dejó sobre una pequeña mesa el plato donde tenía las patatas mondadas, y me salió alegremente al encuentro; con timidez sí; pero no con una timidez de vergüenza, sino con su timidez característica.
--¡Ah!--exclamó--usted por aquí, cuanto me alegro. Yo debiera haber ido a verle a usted.
--¡Oh! de ningún modo.
--Sí, sí, pero no me he atrevido.
--Ha hecho usted muy mal en no... atreverse.
--Dejemos, pues, estos cumplimientos: yo me alegro mucho de verle a usted: ¿y cómo le va a usted...? Siéntese usted aquí en el sillón..., póngase usted el sombrero..., así...: ¿y qué me dice usted de nuestra hija? añadió sentándose en una vieja arca: es un prodigio...; a mí ha acabado por hacerme feliz, me ha regenerado... ¡qué niña, Dios mío, qué niña! Ya puedo morir tranquilo, porque Amparo no necesita ya de nadie, de nadie más que de Dios.
--¡Me pregunta usted qué pienso de Amparo! contesté: con usted puedo ser franco: pienso lo que piensa un hombre de una mujer que realiza todos sus sueños, todos sus deseos, todas sus aspiraciones: de la mujer a quien ama.
--¡Ama usted a Amparo! exclamó el padre Ambrosio poniéndose mortalmente pálido.
--Sí; la amo con toda mi alma.
--¿Y se lo ha dicho usted?
--No, ni se lo diré nunca.
Se tranquilizó el padre Ambrosio.
--Yo había previsto desde hace mucho tiempo, me dijo, que usted acabaría por amarla, y me halagaba la esperanza de que mutuamente se harían ustedes felices. El amor en usted le vi yo nacer hace seis años y... pero a que soñar... Amparo no sería feliz con usted.
--¿Ama acaso a otro?
--Yo creo que sí.
--Yo también lo he creído.
--Sufre... Algunas veces la he sorprendido llorando, y he comprendido la causa de sus lágrimas: he comprendido que estaba enamorada. Un día la sorprendí mirando un retrato.
--¡Un retrato! ¿pero de quién?
--No lo sé. Al verme se puso vivamente encarnada, se volvió y ocultó el retrato en el pecho. Yo nada la pregunté, nada la dije; Amparo, con la fuerza de voluntad que Dios la ha dado, se serenó, y nada me dijo del retrato, ni de mi sorpresa involuntaria; dejé pasar algunos días, y a la primera confesión la dije:
--Tú sufres, Amparo.
--Tengo el alma triste, me contestó.
--¿Tienes triste el alma porque amas?
--Yo... No señor... No amo a nadie: yo no puedo amar: yo no daría a mis hijos una madre sin nombre.
--Sé franca conmigo, repuse: ¿amas acaso a tu protector?
--¡Que si le amo...! Ya se ve que le amo, me contestó con la mayor naturalidad: acaso ¿no es mi padre?
--No, no me refiero yo a ese amor, sino a otro más íntimo: el amor que tiene una mujer al hombre de quien desearía ser esposa.
--No, no le amo así, ni le podría amar nunca de ese modo; me lo impediría el respeto que me inspira.
--Pues, si no amas a tu protector, ¿a quién amas?
--A nadie.
--¿Y el retrato que ocultaste al verme el otro día?
--¡Ah! ¡el retrato de mi madre!
--El retrato de su madre, exclamé interrumpiendo al religioso; pues qué, ¿ha encontrado Amparo a su madre? ¿Habrá alguna razón que la impida...?
--Lo mismo la pregunté; pero ella me contestó: es el retrato fantástico de mi buena madre, con quien sueño todas las noches; en quien pienso todos los días; un rostro que yo he dibujado recordando mis sueños... Mañana le verá usted.
No supe qué contestar.
La hacía llorar la vista de la reproducción material de un fantasma.
En efecto, al día siguiente me mostró una bellísima cabeza de mujer como de cuarenta años, y había allí algo... en el semblante triste de aquel fantasma estaba el alma de Amparo.
Calló el religioso, y yo quedé profundamente pensativo.
Me había dado a conocer un nuevo rasgo del carácter romancesco de Amparo.
--Pues bien, si ella no puede amarme, le dije, continuaré comprimiendo dentro de mi corazón el amor que me inspira: procuraré que no salga delante de ella ni en mis palabras, ni en mi mirada, ni en mi semblante la más leve manifestación de ese amor. Si no puedo vencerle, volveré a mis viajes.
--Mucho me temo que no sea ella la primera en apartarse de nosotros.
--¡Cómo!
--Ella ama: estoy seguro de ello: y ama con toda la vehemencia, con toda la firmeza de su alma: una de dos, o la persona a quien ama no repara en ella, o no pertenece a esta vida. Amparo... acaba de decírmelo hoy por la mañana, está resuelta a meterse en un convento, y me ha mandado practicar las primeras diligencias.
--¡Oh! No, de ningún modo, exclamé. ¡Monja! ¡Monja Amparo! No puede ser.
--Ya es tarde, me dijo: es necesario decir a usted toda la verdad. Iba a decírsela a usted; pero al revelarme usted que la amaba... temblé... callé, no me atreví...; pero... en quince días que han pasado desde que la vio usted por última vez, Amparo ha entrado en un convento, y dentro de tres días más debe tomar el hábito de novicia. Esta mañana me dio esta carta para usted. ¿Comprende usted ahora por qué no me atrevía a ir a su casa?
Yo estaba aterrado, y apenas pude leer una carta que me dio el padre Ambrosio, y que contenía estas palabras:
«Convento de.... Perdone usted si por mí misma he tomado tan grave resolución. Yo no podía permanecer más en el mundo, y usted se opone formalmente a que yo entre en el claustro. Perdóneme usted otra vez. Pero mi corazón necesita paz y he venido a buscarla a esta santa casa.--Su siempre agradecida. Amparo.»
Sin despedirme del padre Ambrosio salí comprimiéndome las sienes con las manos.
Mi cabeza se rompía.
Aquella carta había sido para mí un golpe de muerte, y apenas pude salir a la calle.
No sé lo que me sucedió: sólo recuerdo que al volver en mí me encontré en un lecho extraño rodeado de una familia desconocida, y con un médico a la cabecera.
Mi indisposición había sido un accidente pasajero.
Muy pronto, a consecuencia de los auxilios que se me prodigaron, volví al uso de mis facultades.
Me encontré en la trastienda de una barbería.
Una buena mujer me aplicaba a las narices un paño mojado con vinagre.
Su marido, lanceta en mano, estaba a punto de sangrarme.
Impedí que lo hiciese, y les rogué que me procurasen un carruaje.
Aquella buena gente me sirvió de la manera más solícita, y se negó de todo punto a recibir la gratificación que yo les ofrecía.
Es un bello rasgo, exclusivo de los españoles, el negarse a recibir una recompensa cuando creen que han debido hacer lo que han hecho, y este hecho se refiere a la caridad.
Es una bella manera de igualar al pobre con el rico.
En esos casos la palabra _gracias_ del fuerte, vale tanto como _el Dios se lo pague_ del desvalido.
Esto suponiendo, que el rico que da las _gracias_ tiene corazón.
Yo adoro la caridad: los hombres que tienen caridad son mis hermanos.
* * *
Débil, con la cabeza llena de una vaguedad febril, con el corazón fuertemente agitado, fui conducido a mi casa, donde hube de meterme en cama.
El efecto que había causado en mí la resolución suprema de Amparo, mi terror por perderla, mi ansiedad, mi duda acerca de recobrarla, me decían claro que Amparo había llegado a constituirse para mí en ese ser que es la mitad de nuestra existencia.
Sentía en el corazón un vacío doloroso; una hambre aguda, permítaseme esta frase, vacío que sólo ella podía llenar, hambre que sólo ella podía extinguir.
Nunca mi voluntad luchó tan poderosamente contra una dificultad que casi tenía para mí el carácter de un imposible.
Amparo huía del mundo y se encerraba con la desesperación de su misterioso amor en un convento.
Yo me desesperaba: yo tenía celos de un fantasma: yo aborrecía al hombre que Amparo amaba.
Ninguna solución me venía al pensamiento bastante a consolarme, ya que no a curarme de mi desesperación.
Yo, como todos los desesperados, como todos los vencidos, me hubiera creído feliz con muy poco: con vivir a su lado como su hermano.
Este tímido deseo me inspiró un pensamiento, y la inspiración de este pensamiento llevó mi mano al cordón de la campanilla, del que tiré fuertemente.
--Vaya usted mismo al instante, dije a mi ayuda de cámara, a la calle tal, tal número, tal cuarto; diga usted al padre Ambrosio que deseo verle al momento, que estoy enfermo, que le espero con impaciencia; lleve usted un carruaje, y tráigase usted al padre Ambrosio.
Media hora después, el exclaustrado entraba en mi alcoba.
* * *
Acercose a mí con la más viva solicitud.
--¡Oh! ¡Dios mío!--dijo, comprendiéndolo todo--¿con qué tanto la ama usted?
--Amparo me ha convertido en un niño--le respondí.
--¡Que feliz hubiera sido amándole a usted!
--No pensemos en eso. Le he llamado a usted, no para hablarle de mi amor, sino para pedirle que me ayude, que me auxilie.
--¿Y en qué? ¿Cómo?
--Yo comprendo que Amparo ha entrado en el convento desesperada.
--Es verdad: Amparo que nada espera en el mundo, se ha arrojado sollozando en los brazos de Dios.
--Pero Dios está en todas partes.
--Indudablemente.
--Por ejemplo: en mi casa puede encontrar a Dios como en el convento.
--Y ¿de qué modo puede estar Amparo en su casa de usted sino como su esposa?
--Cabalmente: eso es: quiero casarme con ella.
Volvió a ponerse pálido el padre Ambrosio como cuando le dije que la amaba.
--Si usted pide a Amparo su mano--me dijo gravemente--se casará con usted: si usted la abre sus brazos, se arrojará en ellos... pero ¿olvida usted que ella ama?... ¿Que ella al ser de usted apurará un sacrificio mortal? ¿No ha comprendido usted a Amparo?
--Sí; y del mismo modo que la comprendo a ella, quisiera que usted me comprendiese.
--Comprendo que la ama usted, que la desea, que quiere casarse con ella.
--Quiero darla únicamente mi nombre, y con mi nombre, mi posición; quiero arrancarla de la exageración del claustro; si desea soledad, en mi casa la tendrá; independiente de mí su habitación, si lo desea, será una especie de celda; si acepta mi brazo, si me presta el suyo, nos apoyaremos el uno en el otro; seremos hermanos. Su virtud estará a cubierto de toda murmuración, sin que ella se vea reducida a un encarcelamiento eterno, a prácticas fatigosas, a rivalidades y a pasiones de mujeres irritadas por el secuestro, desnaturalizadas, convertidas en un ser de distinta especie por el aislamiento. Amparo tiene el corazón demasiado grande para que no sufra comprimido por los caprichos monjunos y por las mil penalidades sordas y continuas del claustro; en una palabra: Amparo se ha arrojado en una tumba, y es necesario sacarla de ella antes que la tierra de esa tumba la cubra y la sofoque. Es necesario que Amparo sea mi hermana y que viva a mi lado bajo el pretexto de que es mi mujer.
--¿Y está usted seguro de que un día no se irritará su amor y abusará en su posición? ¿Sabe usted el inmenso sacrificio que será para Amparo pertenecer a un hombre a quien no ama?
--Era necesario para que llegase ese caso que yo dejara de amarla, y que además abdicase de mi corazón y de mi orgullo.
--¿Con que decididamente quiere usted casarse con ella?
--Sí.
--¿Y con qué pretexto la haremos la proposición?
--Con ninguno; usted la dirá únicamente la verdad.
--¡La verdad! ¡La diré que usted la ama!
--No: eso no sería la verdad. El amor que como mujer me inspira, no es la causa de nuestro matrimonio. La causa de nuestro matrimonio es su aislamiento. Yo no me había de casar nunca; necesito por otra parte a mi lado un afecto dulce, tranquilo. Hágala usted comprender que me caso con ella... por la misma razón porque la arranqué de su miseria.
--¡Por caridad!
--No; no nombremos la palabra caridad: me caso por afecto... por interés... porque la amo como si fuese mi hermana... quitemos a la verdad lo que pueda tener de humillante... ya sabe usted que las habemos con un corazón altivo.
--Bien; la hablaré, pero desconfío: por lo mismo, y como esta comisión es harto delicada, quiero que esté usted presente.
--¡Yo!... de ningún modo.
--Hay un medio: en el locutorio puede usted estar a un lado de la reja sin que ella le vea.
--Eso es repugnante.
--Necesito que usted asista a esta grave conversación... compréndame usted y disculpe como debe mi franqueza.
--Pero yo confío ciegamente en usted.
--Y yo desconfío del buen éxito de mi mensaje. Por lo mismo, quiero que usted asista a mi lado.
--¿Y si yo resistiese?
--Resistiría yo.
--Pues bien: iremos.
* * *
Dos días después estábamos en uno de los locutorios del convento de... el padre Ambrosio y yo.
Colocado junto a la pared en que estaba la reja del locutorio, Amparo no podía verme.
El padre Ambrosio estaba sentado en un sillón delante de la reja cabizbajo y profundamente pensativo.
Yo, detrás de él a poca distancia, escuchaba con toda el alma en los oídos.
Oyose abrir una puerta, y luego un paso reposado de mujer, el crujir de un vestido, y luego el gruñido cariñoso e impaciente de un perro.
--¡Ah! ¿Es usted?--dijo Amparo.
--Sí, yo soy, hija mía, que vengo a sacarte del convento.
--Y ¿cómo? ¿Por qué? ¿Para qué?
--Tu protector conoce, como conozco yo, que no tienes vocación al claustro.
--Eso importa poco, porque tengo menos vocación al mundo.
--Tu protector comprende que has entrado aquí desesperada.
--No lo niego.
--Quiere que tu suerte sea menos triste.
--Eso depende de Dios.
--Pero Dios se vale de los hombres.
Guardó Amparo silencio durante un momento. Mustafá seguía abalanzándose a la reja y gruñendo.
--Yo no podía permanecer en la difícil posición en que me encontraba--dijo al fin ella--me veía expuesta a atrevimientos de todo género. No podía tener a mi lado más que personas extrañas... y luego... en fin... si el claustro es una tumba... es lo que me conviene... sufriré, concentraré mi dolor hasta que el dolor me mate... le sufriré resignadamente, y Dios me perdonará. Yo no puedo vivir como vivía, padre Ambrosio... no... no... era un tormento para mí... Dígale usted que yo le agradezco con toda mi alma el interés que por mí se toma. Que mi felicidad depende de un milagro de Dios, y que... dentro de poco ese milagro será imposible.
--Amparo--repuso con autoridad y con firmeza el exclaustrado--las exageraciones jamás producen buenos resultados. Empiezas a vivir...
--Yo creo que ya he vivido toda mi vida.
--Sea como tú quieras; pero estamos perdiendo el tiempo. Tengo que hacerte una grave proposición.
--¿De su parte?
--De su parte.
--¿Y cuál?
--Te pide formalmente tu mano.