Chapter 4
Allí, replegada en un rincón, medio desnuda, temblando de frío, había una mujer.
Una joven con los cabellos canos...
Una ruina como yo...
Sin embargo, mis ojos vieron su hermosura... aquella mujer debió tener los cabellos negros y brillantes, y los ojos negros y llenos del fuego del amor.
La miré, me miró, se arrancó de su rincón, y se vino a asir los hierros de su jaula.
Me contempló con fijeza, se sonrió, y me dijo:
¡Tú también!
Y luego se volvió a su rincón, y entonó su eterna melodía.
Y entonces, cerca de mí, a mis espaldas, me estremeció una voz de mujer.
Aquella voz había pronunciado, conmovida y trémula, una palabra de conmiseración para la pobre loca.
Aquella voz me hizo temblar; me volví y vi delante de mí una mujer, un viejo y un niño.
Y la mujer... ¡oh Dios mío! la mujer lanzó al verme un grito horrible, y yo... yo... hace un momento que despierto... hace un momento que recuerdo...
¡Era ella!... ¡Amparo!... ¡viva!... ¡al lado de otro hombre!... ¡delante de mí!...
¡Oh! ¡es imposible! ¡imposible de todo punto! ¡mi razón perturbada por la vista de aquella loca infeliz!...
Pero el acento de aquella mujer, reposado, grave, sonoro...
Y sus ojos, y su frente, y sus cabellos...
Y su terror al verme...
¡Oh! ¡no! ¡no puede ser! un acento parecido... un terror natural en ella... porque yo, al escuchar aquel acento, me volví amenazador, terrible, a la persona que lo había producido...
No, no podía ser Amparo.
Los muertos no se levantan de su tumba.
Indudablemente no era ella, como no es ella ese blanco fantasma que veo algunas veces durante mi delirio de pie e inmóvil junto a mi lecho.
* * *
Acabé de fastidiarme en París.
Más aún, empecé a sentir un deseo punzante de ver a Amparo.
Como estaba acostumbrado a hacer mi voluntad, apenas el deseo de verla se me hizo exigente; me puse en camino.
Llegué a Madrid, y como había alentado una ilusión acaso para entretener mi hastío, y esta ilusión era la atmósfera en que vivía, sin tomarme más tiempo que el necesario para lavarme y mudar de traje me presenté en el colegio.
Salió a abrirme una persona desconocida, que me miró con extrañeza.
--¿Doña Gregoria...? dije.
--No vive aquí, me contestó la criada y me dio con la puerta en las narices.
¡No vivía allí! sin embargo, yo no me había equivocado; era la misma casa.
Salí dudando, y miré a los balcones del cuarto principal.
Allí estaba la muestra, la antigua muestra del colegio, una Minerva coronando a una niña.
Sin embargo, allí no vivía doña Gregoria.
El acento con que la criada me había contestado, demostraba claramente que no la conocía.
Acaso había dejado la enseñanza y traspasado el colegio; ¿quién sabe?
Volví a subir la escalera y llamé.
Se abrió la puerta y... un perro viejo, lanudo, Mustafá, en una palabra, se abalanzó a mí, loco de alegría, ladrando, ahullando, gruñendo, saltando... había encontrado al fin un amigo... había encontrado a Amparo.
Sin hablar ni una palabra a la criada que me miraba con asombro, seguí a Mustafá que en medio de sus caricias se dirigía hacia el interior.
En aquel momento escuché el preludio de un piano.
¿Qué había de misterioso en aquel sonido que penetraba en mi alma, que me traía algo del alma de Amparo?
Porque yo no dudaba de que ella era la que producía aquel sonido...
Hay, sin disputa, en nosotros, un sentido íntimo, una intuición poderosa, sabia, que nunca se engaña, que nos habla continuamente, que nos avisa, que nos dirige, que nos ilumina, que es la inspiración del poeta, el fuego del entusiasmo, la adivinación, y al mismo tiempo la razón, la percepción de que no está al alcance de nuestros sentidos.
Y esta intuición, este fenómeno de nuestro ser, no comprendido aún, me decía:
«Ella es la que produce esa armonía sentida, dulce, lánguida; esa armonía que gime; esa exhalación; de un alma que sufre y llora como sólo puede sufrir y llorar Amparo, de una manera dulce, resignada, poética: esa es su alma trasmitida por sus dedos a las cuerdas de un instrumento.»
Y contuve con un ademán a la criada que iba a anunciarme, y con una caricia acallé las ruidosas manifestaciones de alegría de Mustafá.
La criada permaneció inmóvil y admirada en el lugar en que se encontraba, y Mustafá, como si me hubiera comprendido, calló y se encaminó a la puerta de la sala, en la cual se sentó, dirigiendo alternativamente sus miradas a la persona que había dentro y a mí.
El piano continuaba lanzando magníficas pero fugitivas armonías, como si obedeciese a una mano distraída, pero maestra: yo me acercaba todo conmovido, trémulo, desconcertado hacia el lugar de donde partía el sonido, y como si aquel sonido hubiera sido el medio de una atracción irresistible.
Al fin aquellas armonías desordenadas, inconexas, no escritas, emanadas por sí mismas, sin conciencia de quién las producía, se ordenaron, se desarrollaron, crecieron, interpretando un magnífico canto de sentimiento, y luego una voz de mujer, como yo no había oído jamás, tan extensa, tan grave, tan dulce, tan elocuente, tan pura, cantó.
Yo no sé lo que cantó: cuando el sentimiento se desarrolla, cuando domina, cuando inunda todo nuestro ser, la razón calla: yo no apreciaba, yo no comparaba, sentía, y aquel sentimiento me dominaba, me arrastraba hacia la mujer que producía en mí aquel sentimiento.
Cuando llegué a la puerta me detuve y lancé al interior una mirada ansiosa: sentada de espaldas a mí, delante de un piano estaba una mujer.
Seguía cantando.
Yo me acerqué silenciosamente, atravesé la habitación y quedé de pie, inmóvil, detrás de ella.
Ella continuó cantando; pero de repente, como si mi ser se hubiera hecho sentir del suyo, a pesar de que no me veía, de que no la tocaba, de que no producía el menor ruido, de que contenía mi respiración, volvió la cabeza y me miró de una manera profunda, tranquila, con una de esas largas miradas que sólo duran un momento, y luego espiró el sonido del piano, y ella se puso pálida, contuvo un grito, se levantó y quedó inmóvil delante de mí.
Por un momento ni ella ni yo hablamos.
Yo la contemplaba.
Nunca había visto tan soberana hermosura; nunca tanta majestad y tanta sencillez: estaba fascinado, trémulo, y sin embargo yo no conocía a aquel ser divino, a aquel ser a quien no me atrevo a llamar mujer.
No, no la conocía: era para mí enteramente nueva.
--¡Ah! perdone usted--la dije,--me he equivocado... buscaba... dispénseme usted... a los pies de usted.
--¡Buscaba usted a Amparo!--me dijo.
--Sí... en efecto, una joven...
--Que encontró usted hace seis años a media noche en la calle...
Y los ojos de la joven se llenaron de lágrimas...
--¡Amparo!--exclamé, reconociéndola al fin.
--Sí, yo soy Amparo--me contestó dominándose y sonriendo tristemente; yo soy su protegida de usted.
Y calló, me indicó el sofá, y fue a sentarse junto a él en un sillón.
Seguimos guardando silencio por algún tiempo.
Yo la contemplaba con asombro.
Quisiera poder describirla.
Pero es imposible.
Sólo puedo daros una descripción incompletísima; yo sólo puedo deciros que era una joven de veinte años, alta, esbelta, admirablemente formada, con ojos negros, grandes, brillantes, hermosos hasta lo infinito; frente blanca, tersa, pura como el marfil; vamos: es imposible, lo veo: a una mujer hermosa se la pinta, no se la describe, y aún pintándola, por más que el retrato sea obra de un gran artista, sólo tendréis el remedo, porque faltará allí la vida; porque una fisonomía no se reproduce en un solo rasgo, en una sola manifestación; porque no pueden fijarse, reproducirse las ondulaciones del alma; esa sonrisa a la que sucede una gravedad triste, esa mirada anhelante que vacila y tiembla delante de vuestra mirada y se aparta de vos para volver a buscaros, ya más serena más cauta, rehecha de la primera impresión; esa boca entreabierta y pura que deja escapar un hálito ardiente y entrecortado; ese seno que se alza y se deprime obedeciendo a ese hálito; no, no; el pintor sólo puede reproducir el alma en un momento dado, y el alma, que es la luz del semblante, no se reproduce, no se manifiesta en una sola sensación... es imposible que yo pueda daros una idea de Amparo.
Lo que sí puedo deciros es que estaba completamente transformada: sólo conservaba de lo que había sido, la cicatriz de la herida que se había hecho en la mano derecha al huir de la infamia: por lo demás los gérmenes morales y físicos que en ella existían cuando yo salí seis años antes de Madrid, se habían desarrollado: en lo moral no era ya pobre muchacha de maneras humildes, viva y tímida a un tiempo, recelosa y confiada, conocedora sólo de la miseria y resignada por un instinto de fuerza a su pobreza: era en el aspecto una dama en la que nada podía echarse de menos, ni las maneras sueltas, dignas y sin afectación del gran mundo, ni el gusto más exquisito en el traje, ni la posesión de sí misma, ni la ausencia de toda afectación, de todo encogimiento: quedaba siempre en ella la mirada lúcida, anhelante; la dulce palidez, la triste sonrisa, la expresión melancólica y profundamente resignada; pero no era aquella la resignación que se refiere a los dolores físicos, a las privaciones, al trabajo, a la carencia de todo lo necesario: era una resignación más terrible, porque se refería al infortunio del alma; a la carencia de esas expansiones, sin las cuales un ser humano no es otra cosa que un cadáver a quien su propio cuerpo sirve de ataúd ambulante. En lo físico la transformación había sido también maravillosa: había crecido: sus formas antes flacas se habían redondeado, modelado, armonizado, dulcificado hasta lo infinito: se desprendía de ella tal fuerza de vida, su piel era tan intensamente blanca, tan sedosa, tan bellamente pálida, con una palidez nacarada; sus cabellos eran tan negros, tan brillantes, tan ricos, que su peinado parecía estar hecho por un escultor griego sobre ébano; las cejas negras y las pestañas negras también, espesas, convexas, dando fuerza con su sombra a su mirada, velándola, amortiguando su brillo; su boca pequeña, de color vivo, fresco y puro; el corte general de la cabeza, lo esbelto del cuello, lo redondo de los hombros, la altura virginal del seno, y los brazos que se veían entre los encajes de una bata de seda a listas, la suelta plegadura de esta bata que revelaba la ausencia de esos ahuecadores con que las raquíticas mujeres de nuestros días encubren la flacura de sus formas, todo esto la daba una fuerza de voluptuosidad irresistible, y para aumentar esta voluptuosidad, se desprendía de ella, de su expresión, de sus miradas, de su actitud, tal perfume de castidad, que era necesario creer que su cuerpo como su alma estaba virgen.
Y sin embargo, aquella boca entreabierta y suspirante, aquella mirada vaga y tímida, aquella palidez mate, revelaban que en ella ardía el fuego sagrado; que estaba ansiosa de amor.
¿Pero a quién podía amar Amparo?
¿Dónde el ser que pudiera llenar aquella alma tan entusiasta, tan apasionada por lo bello, que se remontaba en sus aspiraciones al cielo y vivía con pena en la tierra.
¿Dónde el alma en que pudiera reclinarse, confundirse, vivir aquella alma desterrada?
Porque estas aspiraciones y estas necesidades de su alma estaban impresas sobre el semblante de Amparo.
Y fue tan franca en los primeros momentos de nuestra vida la expresión de aquel semblante, que comprendí que Amparo amaba, que amaba con toda su alma y que amaba sin esperanza.
Y al comprender esto sentí al mismo tiempo celos y remordimientos.
Celos porque no era yo el hombre a quien ella amaba.
Remordimientos porque, elevando su educación, había elevado su espíritu, la había aumentado sus aspiraciones, y la había hecho por consecuencia infeliz.
Porque a pesar de su magnífica hermosura, ni tenía nombre ni dote.
Amparo era una expósita; Amparo sólo tenía necesidades.
¡Y es tan positivista el siglo xix !
En otros tiempos la hermosura y la virtud podrán haber sido un magnífico dote: hoy el dote está sobre la virtud y sobre la hermosura: los viejos son los únicos que se casan con las mujeres jóvenes, honradas y bonitas.
El siglo xix , bajo cualquiera faz que se le mire, es el siglo de la sangre y del lodo.
El siglo de la compraventa.
El siglo del incesto y del adulterio.
El siglo corruptor y corrompido.
El siglo en que la acepción de las palabras más notables está viciada.
El siglo en que todo es mentira menos el dinero.
¡Qué podéis esperar de un siglo en el cual el que invoca con entusiasmo la patria, el amor y la fraternidad, o lo que es lo mismo la caridad, se pone en ridículo!
¡De un siglo en que...!
El siglo xx hará la historia del siglo xix .
* * *
¿Qué podía esperar Amparo?
Una vida de sufrimiento.
Porque Amparo tenía la desgracia de flotar, soñando, en alas de su entusiasmo, en una región a la cual sólo podía alzarse su deseo.
* * *
Todo lo que acabo de apuntar lo observé, lo comparé, lo pensé, lo deduje en un momento en que estuvimos callando, ella turbada con la mirada baja, y yo contemplándola absorto y enamorado.
Sí, enamorado, y enamorado como un loco.
Sin embargo, un mismo pensamiento, sin duda, nos hizo ponernos la máscara de la conveniencia.
Yo creí que debía apelar a toda mi fuerza de espíritu para mostrarme con ella en la verdadera posición en que podía colocarme: esto es, en la posición que me encontraba seis años antes.
Amparo debía ser siempre para mí la misma: una protegida a quien yo dispensaba cuanta protección debía de una manera enteramente desinteresada: lo demás me parecía repugnante.
Y ella... ella levantó al fin los ojos. Su semblante no mostraba más expresión que la del respeto, la del agradecimiento: era la misma niña de seis años antes, pero hermosa, hermosísima, con un traje de seda, en una habitación amueblada con gusto y confiada y tranquila a mi lado, como si se hubiera tratado de su padre.
Pero se transparentaba bajo aquella tranquilidad algo de doloroso: se comprendía que la careta la hacía daño.
--¿Con que hasta tal punto me había olvidado usted--me dijo sonriendo--que no me ha reconocido?
--Se ha transformado usted de una manera completa--le contesté.
--Creo que quien se ha transformado es usted.
--¡Yo! no por cierto, siempre el mismo, se lo juro a usted.
--¿Y ese _usted_? ¿ese encogimiento...? Yo... yo soy siempre la misma: siempre contenta, siempre amándole a usted, siempre dando gracias a Dios por el bien que me ha hecho...
--Me parece, Amparo--la dije conmovido--que sufres, que no eres feliz, que estás contrariada.
--¡Ah! ya vuelve usted a ser el que era: el _usted_ me hacía daño: por lo demás veamos lo que soy: una muchacha que en vez de vivir en un tabuco, vive en un bonito cuarto: que viste seda y que borda, cose, canta, atormenta un piano y enseña lo que se enseña en España en un colegio. Esta es toda la diferencia: por lo demás, pienso hoy de la misma manera que pensaba el día en que almorcé con usted.
--¡Ah! ¡Te acuerdas!
--Sí me acuerdo. Y en prueba de mi buena memoria: ¿continúa usted cansado de la vida? ¿No espera usted nada? ¿No desea usted nada?
--¡Oh!--la contesté:--nada espero, nada deseo...
--Y en esos largos viajes...
--Sólo he encontrado motivo para hastiarme más.
--¡Siempre el mismo! ¡Siempre sin esperanza! exclamó de una manera particular, y sin que por su acento pudiera yo conocer su intención.
--Esto en mí es una enfermedad incurable, la dije: tratemos de ti... y tú... ¿qué esperas? ¿qué deseas?
--Yo... me contestó mirándome fijamente, pienso como pensaba hace seis años.
--¡No recuerdo!
--Pienso buscar la paz y la felicidad en Dios.
--¡Ah! ¡vuelves a lo del convento!
--Sí.
--Pero es extraño... ¿No amas?
--No.
--Eso es imposible. Una joven como tú...
--Una joven como yo... que no se pertenece; que sólo puede dar a un hombre inconvenientes; que no tiene apellido para sus hijos, no se casa y una mujer como yo cuando no piensa casarse no ama.
--El amor es un sentimiento: no se ama porque se quiere amar.
--Sí, sí; concedido: comprendo que se ama porque se ama. Pero he tenido la suerte de no enamorarme.
--De seguro no habrá faltado...
--¿Y qué importa? yo me he guardado muy bien de amar.
--Pero... lo que yo quería está ya conseguido: eres toda una dama...
--Sí, es verdad, soy directora de un colegio, y salgo todos los días a dar lecciones de lenguas.
--Pero y bien... este siglo no mira más que las apariencias: acepta un dote cuantioso; cierra el colegio...
--¡Ah! ¡Es que quiere usted comprarme un marido!
La contestación de Amparo, aunque pronunciada en medio de una alegre risa y con gran ligereza, tenía un fondo de dolor y de dignidad ofendida que no podían desconocerse.
--No hablemos más de eso; la dije: harás lo que quieras, todo menos ser monja. Hablemos de otra cosa. ¿Qué se ha hecho de doña Gregoria?
--Ha muerto hace dos años, me contestó tristemente.
--¡Ah! ¡Pobre mujer!
--No por cierto; murió con la resignación de una cristiana entre mis brazos.
--¿Y su marido?
--Está empleado en provincias.
--¿Y el padre Ambrosio?
--Sigue viviendo en su casa de vecindad.
--¿Y tú?... ¿cómo estás al frente del colegio?
--Antes de que muriera doña Gregoria lo estaba ya. Había sufrido un examen, y al morir doña Gregoria, era necesario cerrar el establecimiento o encargarme yo de él... Entonces, el bueno de D. Tomás se convino a que se le pagasen los muebles, y... en dos años nada le debo; estoy establecida... soy independiente, tengo un pequeño capital... lo que basta para mi dote... y ya que usted ha venido, me voy al claustro... decididamente... me voy a buscar la paz.
--Es que yo no quiero.
--¿Y qué quiere usted que haga? ¿Cuál es su voluntad de usted? ¿Quiere usted que me case? Me casaré. Pero me casaré con un pobre.
--No, no es eso...
--Pues el convento...
--El colegio...
--Una soltera sola no está bien en el mundo.
--¿Y te casarías sólo por darme gusto?
--No me pertenezco: usted es mi padre: mi amor y mi agradecimiento me mandan obedecer a usted: si así no fuera, hace mucho tiempo que habría tomado un partido cualquiera. Pero no quise tomarle sin conocimiento de usted. Y como no sabía donde usted se encontraba... como durante seis años no ha escrito usted una sola carta...
--¿Y para qué?
--¿Para qué? Para que yo no hubiese tenido ansiedad, para que yo hubiese estado tranquila.
--¡Ah! El no saber de mí...
--Hubiera sido una infame si no me hubiera interesado la suerte de usted. Le amo a usted como amaría a mis padres... y mire usted...
Y Amparo se levantó y abrió la puerta de un gabinete.
--Allí no entra nadie más que yo, dijo.
--¿Y aquella luz? la pregunté señalando una que ardía delante de una Virgen de los Dolores pintada al óleo.
--Esa luz arde delante de la Virgen desde el día en que usted salió de Madrid.
Y entonces los ojos de Amparo se llenaron de lágrimas.
No sé si hubiera cometido alguna imprudencia, porque en aquel momento sonó una campana.
--Adiós--me dijo tendiéndome una mano--es la hora de comer y mis niñas me esperan. Vuelva usted.
Salí enamorado y desesperado.
Enamorado porque Amparo hablaba a mi corazón, a mi voluptuosidad, a mi razón; desesperado porque nada había visto en Amparo más que una ardiente expresión de agradecimiento. Amparo parecía enamorada de un imposible. Yo por mi parte había tenido bastante sangre fría para no hacerla sospechar el verdadero interés que me inspiraba.
* * *
Volví a mi casa preocupado, dominado por el efecto que había causado en mí la vista de Amparo.
Pretendí formar una idea exacta acerca del sentimiento que me inspiraba: al recordar su mirada, opaca, llena de una vida ardiente, su sonrisa triste, amarga en medio de su resignación, sus encantos uno por uno, y después el magnífico conjunto de aquellos detalles admirables: el no sé qué misterioso, vago, indefinible que emanaba de sus miradas, de su sonrisa, de su acento, de su actitud, de todo su ser, de su alma exhalada siempre en una manifestación sentida, dulce, extremadamente simpática, mi corazón me decía inflamado de un ardor desconocido para mí:
--Necesito que sea mía, enteramente mía.
Y al expresar mi corazón la devorante necesidad de poseerla, mi razón me gritaba severa:
--Es necesario que sea tu esposa.
De la misma manera que no he podido describiros a Amparo, no puedo haceros comprender de qué manera la deseaba, de qué manera la amaba.
La deseaba como jamás había ansiado otra mujer. Parecíame que las mujeres con las cuales había estragado mi corazón y mis sentidos eran de otra especie que Amparo: me parecía que Amparo era la mujer... ella sola la mujer: esa mitad preciosa de la vida del hombre; la compensación de su fatiga, la alegría de sus pesares, el aliento de su corazón, la mitad del cuerpo y del alma de nuestro hijo, de ese dulce punto de unión donde van a confundirse en una dos existencias; la mujer con la cual nos identificamos, que siente con nosotros como nosotros sentimos con ella; que sufre cuando sufrimos; que goza cuando gozamos; que se muestra orgullosa por pertenecernos, y fuerte por nuestra fuerza; que asida de nuestro brazo se encamina tranquila a la tumba, y muere contenta y feliz si en su lecho de muerte se ve rodeada del amor de una familia en la cual se mira multiplicada, joven, fuerte, hermosa como en los días de su juventud.
Yo al desear a Amparo, deseaba la familia... yo quería rodearme de esos testimonios de la inmortalidad humana que se llaman hijos. (Porque yo entonces, vuelvo a repetirlo, era impío y no podía referirme a la inmortalidad sino refiriéndome a la maldad.) Yo necesitaba, en fin, la piedra del hogar, consagrado por el amor y por la virtud.
La amaba... voy a procurar deciros las manifestaciones íntimas del amor que me inspiraba Amparo.
Era un amor, ni todo espíritu, ni todo materia. Era un amor humano: el amor del hombre hacia la mujer: una atracción incontrastable me arrastraba en mi pensamiento a confundirme con ella: parecíame sentirla engrandeciendo mi ser, absorbiéndose enteramente su cuerpo y su alma, respirando en su aliento, latiendo en su corazón, viviendo en su vida... ¡Oh! El lenguaje humano es miserable... no tiene palabras para el sentimiento, es impotente para traducir el alma. Yo la amaba como a mí mismo, más que a mí mismo: la amaba hacía mucho tiempo: para conocer que la amaba necesité verla en el esplendor de su hermosura, en el lujo de su transformación, y entonces comprendí que yo no estaba hastiado sino sediento; que en mí no había muerto nada; que mi vida había pasado entre un marasmo fatigoso producido por el lodo del mundo en que hasta entonces me había revolcado.
Aquella transición de la trapera a la dama, de la niña a la mujer, transición para mí violenta puesto que alejado de ella durante seis años no había podido asistir a la elaboración lenta, gradual, lógica de aquella transformación; fue para mí...
Suponed por un momento que el sol no existe: que sólo os alumbra una luz artificial: que habéis recorrido el mundo armado de una linterna, tropezando aquí, cayendo allá, buscando no sé qué quimera de vuestro pensamiento; que habéis aplicado la luz de vuestra linterna al semblante de todo el que habéis encontrado, y habéis visto un rostro repugnante del cual habéis apartado los ojos con hastío; que habéis seguido siempre adelante buscando vuestro fantasma y os habéis cansado al fin; habéis arrojado la linterna y os habéis quedado a oscuras, exclamando:
--El mundo es la horrible verdad de lo monstruoso, de lo deforme: la vida una carga insoportable; el hombre nuestro hermano no existe; la mujer nuestra ayuda es sueño. El que tiene vida en ese mundo de horribles verdades muere; no hay Dios: no hay humanidad. El mundo es hijo del acaso: el hombre es un reptil como otro cualquiera.