Chapter 3
--Si has de agitarte de ese modo, te dejo sola: agitándote, afligiéndote, puedes empeorar, tienes calentura, y sólo te he hablado porque estás en la casa de un soltero, porque es necesario evitar las interpretaciones. He pensado en que el padre Ambrosio podría adoptarte, ya que te repugna mi adopción.
--¡Oh! ¡sí! ¡sí! exclamó.
--Pero es necesario que no seas gravosa al padre Ambrosio.
--¡Oh! ¡Dios mío! ¡otra dificultad!
--La dificultad está salvada. Entra en un colegio.
Quedose Amparo pensativa, y al cabo me dijo:
--Mande usted llamar de mi parte al padre Ambrosio.
Me dio las señas de la habitación del religioso, y Mauricio fue a buscarle.
* * *
Media hora después, un hombre alto, delgado, pálido, como de sesenta años muy modestamente vestido con ropas que demostraban un antiguo y continuo trato con el cepillo, entró lleno de ansiedad.
Era uno de esos hombres que llevan el corazón en la cara.
Un corazón todo sentimiento, todo dulzura, todo abnegación, todo caridad.
Y en los ojos, la mirada inteligente y serena.
Y en la frente, la severidad y la majestad de la virtud, la conciencia de sí misma.
Me saludó con encogimiento, y me estrechó la mano con efusión.
--Le conozco a usted, me dijo con la voz trémula; le conozco a usted mucho, aunque nunca le he visto hasta ahora.
--Yo también le conozco a usted, le contesté, encantado por lo simpático de su mirada, de su espontaneidad, de su palabra.
Estrechó entre sus dos manos la mía, y sin disimular su impaciencia, me dijo:
--¿Dónde está?
Le señalé la alcoba, y los dejé en libertad de hablar.
La conferencia fue larga, al fin el padre Ambrosio salió profundamente conmovido y me llegó la vez de demostrar mi impaciencia.
--¿Acepta? le pregunté.
Se sentó en un sillón, sacó una caja de pasta negra, me ofreció un polvo, tomó otro, y me dijo:
--Nos encontramos en una situación sobre manera extraña: una joven, embellecida por Dios con cuantas virtudes pueden hacer respetable a una criatura, sola, pobre, desventurada, se encuentra entre nosotros dos; puesta primero, bajo la protección espiritual de un pobre exclaustrado, y amparada después, de una manera noble, desinteresada admirable, por un joven rico, viciado en el gran mundo, casi impío, pero que tiene un excelente corazón. Pero he dicho mal: nuestra situación no es extraña. ¡Nos ha reunido la Providencia de Dios!
--En efecto; en el conocimiento de nosotros tres, hay mucho de providencial, le dije, más por ser cortés con el buen exclaustrado, que porque yo creyese en la Providencia. Ya he dicho antes que en aquella época era yo impío.
--¡Pues ya lo creo! dijo con el entusiasmo de un poeta el padre Ambrosio; mi vida era triste, llena de sufrimientos, llena de recuerdos, combatida por pasiones que había exacerbado la desgracia, y... si hace diez años, no hubiera encontrado a mi paso a esa niña que se arrastraba sobre sus manecitas en los corredores de la casa de vecindad donde me había llevado a vivir mi pobreza... Yo lo había perdido todo; parientes, amigos, afectos, hasta la paz de mi celda, de la cual me arrojaron las necesidades de la nación... la planta marchita y enferma que vegeta sobre un terreno ingrato, siente con delicia, y parece reanimarse al soplo de las auras de la mañana. Yo, muy semejante a una planta enferma, sentí una impresión de consuelo un día que, sentado al sol en la puerta de mi tabuco, sentí junto a mí, apoyando sus manecitas en mis rodillas, y sonriéndose (Dios me perdone) como deben sonreír los ángeles, una niña como de cuatro a cinco años.--Era Amparo.--Necesitaba afectos, y mi alma se volvió a aquella existencia pura, a aquella niña que estaba muy pobremente vestida, enflaquecida por el hambre. Supe que no tenía padres, que estaba en poder de una mujer de la misma vecindad, que la había encontrado en la calle. Y aquel desamparo en la infancia, aquella miseria en un ser tan débil, me hicieron concebir el mismo pensamiento que usted concibió cuando la encontró en medio de la noche recogiendo trapos. He hecho... cuanto he podido... en cambio, ella me ha dado acaso, la salvación de mi alma, porque estaba desesperado... y Amparo ha sido para mí un amparo de Dios, porque me ha obligado a amarla: porque amándola, he llenado mi corazón con un afecto, y he podido consolarme y esperar con resignación el fin de mi jornada.
--Creo que Amparo ha ejercido sobre mí una influencia muy semejante a la que ha ejercido sobre usted.
--¡Oh! ¡sí! me ha bastado con lo que Amparo me ha dicho de usted, y con verle después una sola vez, para comprenderle: tiene usted el alma virgen, sedienta, cansada de un mundo donde no vive bien: hastiada de todo, escéptica, porque ha perdido la esperanza, y ha encontrado usted en Amparo algo de lo que buscaba y no había podido encontrar. ¡Lo ha encontrado usted de noche, recogiendo los despojos del lujo y de la miseria, teniendo por único amigo un perro, por único amparo Dios! Y porque tiene usted el alma virgen y llena de entusiasmo y de sentimiento, ha hecho usted lo que nadie hubiera hecho; y porque Dios quiere que crea usted en él, le ha presentado a usted de la manera más bella, el dulce consuelo de la expansión de la caridad.
--¿Que Dios quiere que crea en él? dije moviendo tristemente la cabeza, quisiera creer; envidio a los que creen. Y ya que como usted dice nos ha reunido la Providencia, sea usted mi misionero en buena hora. Le prometo escucharle y...
--No seré yo quien haga a usted creer en Dios, me dijo solemnemente el padre Ambrosio, será ¡ella!
--¡Oh! ¡acaso! El afecto que me inspira es profundo. Pero dejando el terreno en que nos hemos metido, y en el cual tendremos lugar de volver a entrar, porque nuestro conocimiento será largo y nuestro trato frecuente, vengamos a la situación del momento. Mis proyectos respecto a Amparo, se reducen a arrancarla legalmente del dominio de esa mujer; yo había pensado adoptarla, pero soy demasiado joven y me ha parecido mejor que la adopte usted legalmente.
--¡Oh! ¡sí! después de lo que ha acontecido hoy a esa infeliz, yo la hubiera adoptado de todos modos.
--Después quiero perfeccionar su educación, poniéndola a nivel de las jóvenes de nuestro gran mundo; casarla luego de una manera brillante a beneficio de un magnífico dote...
--Dejemos obrar a la Providencia, me interrumpió el exclaustrado; yo la adopto y acepto para ahora la protección de usted; y puesto que usted rechaza, como rechazo yo, la idea del claustro, que se la había metido de una manera tenaz en la cabeza, entré en buen hora en un colegio: afortunadamente soy confesor de un matrimonio muy digno; él es un antiguo y honrado cobachuelista; ella, antes de casarse, fue maestra de niñas en una ciudad de provincia, y hace algunos años, después de casada, tiene en Madrid un colegio de señoritas, que poco a poco ha ido desarrollándose y que es al fin uno de los más favorecidos. Esta es cosa concluida, aceptada. Ella lo resistía; pero yo que pienso que el mejor uso que puede hacer un hombre de su fortuna es favorecer a sus semejantes, la he convencido.
--Pues en ese caso, le dije, voy a principiar desde este momento.
El padre Ambrosio se quedó en casa, autorizando en ella la presencia de Amparo y yo, después de informarme por ella de la habitación de la Adela, me fui a buscar al comisario de policía de su distrito.
* * *
Después de algunas soeces equivocaciones de este funcionario, respecto a mi interés por Amparo, a quien no se por qué, conocía, entré de lleno en la exposición del objeto que me llevaba por primera vez a tratar con tales gentes.
Quería yo evitar de todo punto un ruidoso procedimiento judicial, para arrancar a Amparo del dominio de aquella malvada, y cuando el comisario me hubo escuchado, me dijo:
--Pues es muy sencillo de hacer lo que usted desea; pero no deja de ser comprometido.
--Comprendo; ¿se trata?...
--De un abuso de autoridad.
--Pero cuando se abusa de la autoridad para el bien...
--Se puede ir a presidio lo mismo que cuando se abusa para el mal.
--Ya sabe usted mi nombre...
--Sí, sí señor: sé que la influencia de usted basta para sacarme de un atolladero... sin embargo...
--Sé que deben recompensarse estos servicios, añadí sacando algunos billetes y poniéndolos sobre la mesa bajo mi mano.
--¿Es urgente la resolución de ese negocio? me dijo el comisario.
--Urgentísima.
--Entonces haga usted que ese exclaustrado, ese padre Ambrosio, venga a verme al momento, y descuide usted; es asunto de dos horas; una renuncia de la adopción de _la Adela_ sobre _la Amparo_; la adopción en forma de _ese fraile_; un testimonio de escribano, y... santas pascuas. Si la Adela resiste, con arreglo a la queja de usted, la llevo a la Galera[**], y doy parte al gobernador. Pero no resistirá, yo se lo aseguro a usted; sé perfectamente cómo se hacen estas cosas: cuando se ha dado un paso en vago como el que ha dado esa mujer... cuando está ofendida la moral pública...
[** Prisión de mujeres en Madrid. Nota para los que no conozcan la villa y corte.]
--Bien, bien; ¿quedamos convenidos?
--Sí, señor. Envíeme usted _el fraile_.
--Le enviaré al momento. Adiós.
--Servidor de usted, caballero.
Salí dejando sobre la mesa del comisario algunos billetes de banco.
No sé como el bueno del funcionario arregló el negocio, pero el resultado fue que la Adela renunció por ante escribano a todo dominio sobre Amparo, y el padre Ambrosio la adoptó con todas las formalidades prescritas por las leyes.
Todo aquello se hizo en muy pocas horas.
Amparo no pasó la noche en mi casa.
Se la había trasladado en un coche, previo dictamen del facultativo, al colegio de que era directora doña Gregoria de... hija de confesión del padre Ambrosio.
Me olvidaba decir que Mustafá había ingresado también en el colegio.
Di orden a mi administrador general de que pagase a doña Gregoria mil reales mensuales por la pensión de Amparo, y aquel asunto quedó para mí enteramente concluido.
La casualidad, según yo, o la Providencia Divina, según el padre Ambrosio, habían arrojado delante de mí un gran infortunio. Yo había cumplido con mi deber, según mis convicciones, y estaba tranquilo.
Pero una vez satisfecho este deber, una vez pasada la novedad de mi aventura, comprendí que Amparo no era bastante para arrancarme del hastío; para reconciliarme con la vida.
Esta decepción de mi esperanza me fue sumamente dolorosa.
Amparo era para mí una obligación contraída que ningún sacrificio me costaba, porque yo era muy rico.
No me había inspirado amor, sino caridad.
La caridad estaba satisfecha, y había desaparecido el encanto.
Es cierto que yo sentía hacia ella un afecto profundo; que me interesaba su porvenir... pero su porvenir estaba asegurado. Por otra parte, yo no tenía herederos forzosos; mis padres habían muerto cuando era muy joven, y podía nombrar a Amparo mi heredera universal.
Ninguna dificultad, ningún interés representaba Amparo que me ligase a la vida.
Me había galvanizado por un momento, haciéndome sentir, a mí, cadáver ambulante.
Volvió mi tedio.
Sin embargo, fui a verla todos los días mientras duró su enfermedad, luego algunas veces a la semana...
Amparo se mostraba silenciosa, retraída, como cohartada, delante de mí.
Yo veía en aquel encogimiento, orgullo, altivez, pesar de verse obligada a aceptar mis beneficios.
Esto me disgustaba.
Llegó un día en que creí que había sido un imbécil; que había ido, respecto a Amparo, más allá de donde debía.
Hasta llegué a creer que el padre Ambrosio era un hipócrita, y doña Gregoria una mujer interesada.
Cuando un hombre llega a disgustarse de la vida; cuando rompe el vínculo de afectos que le unen a la sociedad; cuando, en fin, llega a dudar de todo, o por mejor decir a no creer en nada... cuando se hace excéptico...
Un excéptico es la calumnia viviente.
Un excéptico es con suma facilidad malvado.
* * *
Dejé de ver a Amparo.
Y, sin embargo, el recuerdo de Amparo estaba fijo, siempre fijo en mi alma.
Es que halago un sueño, decía yo.
Y el sueño, o Amparo, se hacían más persistentes en mi pensamiento.
Por entonces, mi tío el duque de... me llamó al pueblo, a donde, cansado como yo de todo, se había retirado.
Fui y vi con asombro, que mi tío había tenido la fortuna de lograr crearse una familia _sui generis_ con sus perros, sus patos, sus conejos y sus gallinas.
Entraban en esta familia, las flores del jardín, y las legumbres de la huerta.
Envidié con todo mi corazón a mi tío.
--Te he llamado, me dijo, para un asunto de interés: cuando digo que es de interés el asunto, claro está que a quien interesa es a ti, porque a mí ya no me interesa nada.
--¡Oh! ¡sí por cierto! los perros, los patos, las gallinas.
--Tengo poder bastante para hacer completamente feliz la vida de esos animales: ellos por su parte me pagan cumplidamente, siendo mis cortesanos, y casi amándome: estoy seguro de que uno solo de mis perros me sea ingrato, y de que uno de mis conejos pretenda robarme o engañarme: las flores me recompensan de mis cuidados por ellas, dándome su fragancia y sus colores; y... en fin... y hablando formalmente, repito que nada me interesa en el mundo más que tú, que no me necesitas; y si no creyera en Dios y le temiera, hace mucho tiempo que... pero no hablemos de eso. El asunto que te interesa, consiste en que me suscitan dificultades a la posesión del mayorazgo que tengo en Italia.
--¿Y qué le importa a usted?
--¡A mí! ¿pues no me ha de importar? ¿no eres tú mi heredero? ¿No sabes que la fuerza de mis rentas está en Italia?
--Y bien, ¿qué quiere usted?
--Que vayas allá a ayudar con buenos patacones nuestro derecho, que de todo hay necesidad: te daré un poder en forma, y... estás delgado, pálido, hijo mío; vete a la hermosa Nápoles; enamora, gasta, distráete; temo que te me mueras como se me murió mi hermano... y mi temor es muy natural. ¡Diablo! eres lo único que queda de mi familia...
--Iré a Nápoles, tío.
--Pues bien: hablemos ahora cuanto quieras, de mis patos, mis gallinas, mis conejos, mis perros y mis flores.
Ocho días después, me despedí de mi tío y me puse en camino para Italia.
Llegué, vi y vencí.
Es decir, vi a los jueces, y reforcé mi derecho, o, por mejor decir, el derecho de mi tío, con tales razones, que quedaron allanadas todas las dificultades que se habían levantado contra su pacífica posesión de los bienes que tenía en Italia.
Escribí a mi tío, participándole el buen resultado del negocio, y manifestándole que, no teniendo nada que hacer en España, iba a completar mis viajes yendo a Oriente.
Mi tío me contestó enviándome libramientos por valor de algunos miles de duros, para que pudiese hacer el viaje como correspondía _a mi clase_.
Me llevé conmigo a Mauricio, y...
Aquí vendría bien una descripción detallada de lo que vi... pero yo no hacía mi viaje para instruirme, sino para distraerme, y no tomé un solo apunte, ni hice una sola pregunta.
Me contentaba con ver, y el misterio de lo desconocido que siempre tenía ante los ojos, me distraía.
Sin recibir una sola carta de Europa, sin escribir, sin leer un solo periódico europeo, estuve viajando por Oriente durante cuatro años, vistiendo, comiendo y viviendo como los naturales del país en que me encontraba, y permaneciendo en un lugar hasta que me cansaba de él.
Y hubiera andado errante, sabe Dios cuanto tiempo, si no me hubiera quedado solo.
Mauricio, el pobre Mauricio, me había abandonado.
Y bien contra su voluntad por cierto.
La bala de la espingarda de un griego de Missolongi, le había servido de medio para su último viaje.
Para su viaje a la eternidad.
¡Ya se ve! el bueno de Mauricio había conocido por una extraña casualidad a una hija del tal griego, que tenía los ojos más negros y más habladores del mundo, y, sin duda, por casualidad había encontrado también el medio de introducirse de noche en los jardines del griego.
La casualidad hizo también que el padre se apercibiese de los amores de su hija con un extranjero, y... ya os lo he dicho: una bala fue a hospedarse en la cabeza de mi doméstico, que puesto en la calle por su matador, apenas tuvo tiempo para declarar... que después de haberle herido... el padre había extrangulado a su hija.
Este drama me impresionó fuertemente, y escapé.
Sin detenerme un solo día, sin pararme en ninguna parte, me trasladé a París.
Esta población era para mí muy familiar, tenía en ella multitud de amigos y toda clase de medios para pasar la vida al galope por medio de placeres.
Pero era el caso que los placeres no existían para mí.
O por mejor decir, yo no existía para los placeres.
¡Me hastiaba todo!
La amistad me daba risa. El amor asco.
Todos los hombres me parecían malos cómicos, que charlaban un papel aprendido de memoria.
En cuanto a las mujeres... ¡las mujeres! las miraba con odio.
«He allí, me decía, esa eterna mentira engalanada, que en todas partes ríe, que a todas partes lleva su hediondo misterio. He allí ese ser que se venga del hombre, extraviándole y degradándole, de la degradante posición del débil, a que el egoísmo del hombre le ha relegado. Ved la corrupción arrastrándose por los salones, coronada de rosas.»
Yo era indudablemente injusto.
¿Pero qué desgraciado no lo es?
Yo había nacido para amar, y del amor sólo había encontrado la fórmula, la frase.
Pero la realización, el hecho, tenía para mí el encanto de lo desconocido, de lo imposible.
El amor para mí no era otra cosa que un sentimiento mitho.
Hijo como todos los mithos, del entusiasmo, del sueño, en una palabra, de la poesía.
El amor para mí era un idilio irrealizable.
Las mujeres que hablaban de amor me irritaban: parecíanme los profanadores del templo que iban a vender a él sus mercancías.
Amparo solía surgir de tiempo en tiempo, como una excepción entre el embrollado caos de mi escéptico pensamiento.
Amparo, con toda su poesía, embellecida por su abandono, grata para mí, por la protección que la dispensaba.
Pero ¿acaso mi escepticismo no había alcanzado también a ella?
¿Acaso no la había creído una muchachuela picardeada en una casa de vecindad y amaestrada por un fraile hipócrita?
¿Acaso no había huido de ella como quien huye de un peligro?
Porque debo confesar, que desde el día en que almorzó conmigo, comprendí con terror que Amparo podría arrastrarme a un amor nuevo, desconocido para mí; y tanto más terrible, cuanto más accesible al amor estaba mi alma.
No la había olvidado un solo momento: vivía dentro de mí, no podré deciros cómo; era una idea vaga, íntima, que se había asimilado a mi manera de ser, a la que me había acostumbrado, que me acompañaba siempre, que vivía conmigo.
Pero indeterminada, misteriosa, monótona, muda con el mudismo de lo incomprendido, como una de esas inscripciones cuneiformes que los filólogos más profundos se esfuerzan en vano por descifrar.
¿Qué representaba Amparo para mí?
Un ser débil, o una estafadora que me explotaba a título de caridad.
La duda es una cosa horrible.
Cuando la duda se convierte en una idea fija... cuando queréis aclarar esa duda y no podéis... cuando el ser que esa duda os inspira ha logrado convertirse en la asimilación de vuestro deseo... cuando se ha constituido en vuestro recuerdo... ¡oh! esa duda... esa duda es la muerte de vuestra razón... esa duda os trae a una jaula de locos...
Pero yo no dudo, no; ¡Dios mío! ¡yo no puedo dudar de ella! si dudo... no es de su virtud... no... no es de su pureza... dudaba... pero ahora... ahora, mi duda y mi locura es otra... yo pienso que Amparo no ha existido... yo pienso que Amparo sólo ha sido para mí un hermoso sueño de primavera... yo pienso que ha sido un fantasma soñado por mi deseo.
* * *
He pasado muchos días, sin escribir en mis memorias.
O, mejor dicho: hoy, antes de quedarme solo, cuando pensaba haber despertado de uno de esos sueños densos, en que nada se siente; sueño de tinieblas en que nada se ve; sueño que es la negación de la existencia y del que se despierta, antes de acabarse de dormir, espeluznados, estremecidos, fríos como si se hubiera sentido el contacto de la mano de la muerte; cuando sólo creí, repito, despertar de un sueño horrible, me han dicho que he estado un mes delirando, furioso, nombrando a Amparo, amenazándola, apostrofándola, insultándola, prodigándola los epítetos más degradantes.
Yo no recuerdo nada de esto.
Me he mirado al espejo y he visto...
¡Oh! el aspecto de mi miseria me ha hecho llorar.
Mi llanto ha sido una elegía muda a mi destrucción.
Porque yo soy una ruina.
El espejo, que no miente, me lo ha dicho.
Y luego, hay en mis ojos una cosa que me espanta; algo de fuego recóndito allá lejos, muy lejos, en la inmensidad, en lo infinito, dentro del foco de mi mirada.
Mis cabellos están blancos y rígidos, mi piel árida y arrugada, mi boca contraída.
Y luego estoy flaco, muy flaco.
Debajo de mi piel, que me viene muy ancha, se pueden contar mis ligamentos y mis arterias.
¡Ah! sin duda estoy loco... ¡loco!
¡Bah! no hay que afligirse por eso.
Yo creo que el mundo no es otra cosa que un gran hospital de locos que se comprenden y que se despedazan, comprendiéndose, y que sólo se encierran en hospitales más pequeños a los locos a quienes no comprende nadie... o acaso, acaso, llame el mundo locos a los que tienen razón.
La verdad es que yo veo continuamente hombres que se creen muy cuerdos y a mí me parecen los más rematados.
Me causan risa y lástima.
* * *
No me acuerdo de lo que he hecho o dicho durante ese mes.
Sí, indudablemente ha pasado un mes, sin que yo le sienta pasar.
Ayer el rosal que tengo en mi ventana, estaba cubierto de rosas; hoy las rosas están muertas, deshojadas... sólo las queda el pétalo negro y seco.
Ayer me trajeron un nido de ruiseñores.
Estaban triponcillos y desnudos; tenían hambre, y abrían, piando en coro, unas desmesuradas bocas amarillas: hoy están enteramente cubiertos de su plumaje pardo, saltan en la jaula, y ensayan sus primeros trinos.
Ayer mi cuadrante marcaba el mediodía natural a las doce y tres minutos y hoy le marca a las doce y treinta y tres.
Ha pasado un mes en que no he vivido.
Un mes, en que el no ser me ha envejecido veinte años.
Ayer aún era joven: hoy soy ya anciano.
* * *
¡Ah! ya me acuerdo... ya comprendo.
Vivo yo en un pequeño aposento; en este aposento hay algunos muebles muy sencillos.
En este aposento hay una reja que da sobre un jardín... sobre un pobrecillo jardín descuidado, en que las malvas locas se extienden libremente, y que es mi pequeño mundo.
Hay además una puerta muy fuerte, que tiene una rejilla muy espesa.
Esta puerta da a un pasadizo oscuro, por donde entran, como por una cerbatana, gritos estridentes, alaridos, bramidos, imprecaciones, carcajadas, cantares, ruidos; son de cadenas que se arrastran, chasquidos de puertas que se cierran, una tempestad continua de sonidos discordantes, secos, desentonados, agudos, horribles; algunas veces, de noche, muy tarde, suele avanzar, jadeante y cansado, por decirlo así, un canto triste, dulce, suspirante, siempre el mismo, cuyas palabras, no se entienden, pero cuyo sentimiento se adivina; canto con el que vuela por la estrecha crujía, apagándose, perdiéndose, gastándose al rozar las paredes, el alma de un ser que llora cantando: suave oleada que se escapa de un océano de sentimiento, y que acaricia mi alma y la consuela.
He preguntado de qué cuerpo se exhalaba aquella alma, y me han dicho:
--Es una pobre mujer que ha perdido a su esposo y a su hija, y se ha vuelto loca.
Yo amo a esa loca.
Quisiera saber su historia.
He ofrecido dinero, todo el que quiera, al que me traiga la historia de esa loca, y ha sido en vano.
La infeliz ha concentrado, ha sintetizado, ha simbolizado su historia en esa melodía inventada por ella; en ese eterno canto sin palabras... y no sabe más.
No pudiendo conocer su historia, quise conocerla a ella.
Ofrecí, compré la realización de mi deseo, y me sacaron de mi tumba, para llevarme a otra tumba... más pequeña, más oscura, más horrible.