Amparo (Memorias de un loco)

Chapter 2

Chapter 24,115 wordsPublic domain

--El padre Ambrosio me ha dicho que hay en el mundo personas caritativas; pero me ha dicho también que muchas veces se toma la caridad por pretexto.

--¿Y quién es el padre Ambrosio?

--Un religioso exclaustrado de la Merced, que vive hace muchos años en la misma casa de vecindad donde yo vivo; un digno ministro del Altísimo; mi padre; la guía que Dios me ha dado viéndome desamparada en el mundo.

--¡Ah! ¡un religioso!

--El infeliz no ha podido hacer otra cosa que enseñarme a leer y a escribir y procurar encaminarme a la virtud. Es muy pobre, pero... ¡es un sabio! Lo poco que sé se lo debo, y, sobre todo, él me ha hecho conocer que la mayor riqueza es la honra; la mayor felicidad tener la conciencia tranquila; el mayor mérito a los ojos de Dios, sufrir resignadamente la pobreza.

--De modo que tú, pobre, miserable, destinada a un trabajo rudo y penoso, mal alimentada, mal vestida, sin fuego con que calentarte, sin lecho en que dormir, ¿estás resignada con tu suerte?

--Sí, señor, contestó Amparo repitiendo su triste sonrisa.

--¡Oh! Tú no conoces al mundo, eres muy joven; estás soñando.

--Me he criado en una casa de vecindad y tengo ya catorce años.

--¿Pretendes tener experiencia?

--¡Oh! ¡sí! Yo sé que si quisiera podría vivir cómodamente, vestir hermosas telas, concurrir a los teatros y a los paseos. Sé, porque la señora Adela me lo ha dicho, que un hombre muy rico está enamorado de mí. Lo sé tanto, como que me he visto maltratada muchas veces porque me he negado... a ser feliz, como dice la señora Adela.

--¡Oh! ¡Tan joven y ya conoces el mundo!

--¿No he de conocerle si me he criado entre lodo?

--Pero tu lenguaje es escogido, Amparo: tus maneras riñen con tu posición, pareces una señorita disfrazada.

--Lo debo al padre Ambrosio; lo debo a los libros que leo.

--Y...¿qué libros te ha dado a leer ese religioso?

--Cuando supe leer y escribir, me puso en las manos la imitación de Cristo del padre Kempis.

Yo no había leído el tal libro; pero supuse que sería un libro de devoción como otros tantos.

--¿Y qué más? añadí.

--La Biblia.

--¡Habrás leído, pues, el _Cantar de los cantares_!

Amparo me miró profundamente y se ruborizó, lo que demostraba que había leído aquel libro, que tenía talento y que había comprendido la intención de mi pregunta.

--El _Cantar de los cantares_ es un admirable libro simbólico, me dijo.

--¿Y no has leído más?

--Sí; sí, señor, los sermonarios de Bossuet y de Fenelón.

--¿Y nada profano?

--Sí; sí, señor, la historia universal de Anquetil, el Telémaco, el padre Mariana y las poesías de nuestros clásicos.

--¿Y novelas?

--Ninguna... ¡ah! sí: las de doña María de Zayas, los ejemplares de Cervantes y el Quijote, esa admirable novela.

Y había una lisura tal en la expresión de Amparo al contestarme; tal falta, tal negación de pretensiones, que era necesario creer que no sólo tenía talento, sino también elevación de ideas: ¡y junto a esto tal conformidad, tal resignación con lo ingrato de su fortuna!

Yo, que me había interesado por ella por compasión, empecé a interesarme por afecto, y por un momento sentí que mi hastío por la vida desaparecía; comprendí que había encontrado algo a que podía consagrarme dignamente: a hacer el porvenir de aquella joven tan simpática, tan merecedora de amparo, yo era entonces impío y me dije:--Ya que la casualidad la ha procurado un buen hombre que la eduque, yo, que soy rico, haré lo demás: el sacerdote por una parte, y el calavera de buen corazón por otra, haremos de ella un prodigio.

Y dentro de mi corazón adopté a aquella niña.

Una adopción paternal, pura, desinteresada.

Había en Amparo algo que dilataba mi alma.

Ni yo podía pensar de otra manera: la corrupción de la mujer por medio del oro, me repugnaba: la rechazaban mi corazón y mi dignidad, y como jamás pensamos voluntariamente en lo que nos repugna, ni reparé que en Amparo existían los gérmenes de una gran hermosura, ni me incitó su pureza, ni miré en ella más que un ser débil digno de protección.

Por lo mismo, me apresuré a tranquilizarla respecto a mis intenciones.

La hablé con la elocuencia del sentimiento, con su forma poética, porque estaba seguro de ser comprendido por ella: con toda la espontaneidad de mi franqueza y de mi desinterés, y logré que Amparo se tranquilizase completamente.

--¡Ah! me dijo con los ojos arrasados de lágrimas: ¡Dios se lo pague a usted!

Y Amparo me asió las manos, las estrechó contra su boca, y las cubrió de lágrimas.

Después salió.

Mustafá, que durante esta escena había estado echado sobre la alfombra, se levantó, me miró, movió lentamente la cola, y siguió a la niña.

Empecé a sentir una vaga, pero dulce ansiedad: Amparo había causado en mí una impresión profunda, me había hecho experimentar una sensación desconocida.

La recordaba (no podré deciros de qué modo) pero su recuerdo me dilataba el alma.

Era el amor de un padre satisfecho de su hija.

Dejé de pensar en la muerte.

Me detuve en el camino del suicidio.

Dejé de concurrir a los lupanares.

Arreglé mi vida.

Causé una dolorosa sorpresa en mis administradores, anunciándoles que iba a dedicarme al cuidado de mis intereses.

Hice todo esto bajo la influencia de este pensamiento:--He adoptado a un ser a quien debo procurar hacer feliz.

Amparo había hecho en mí una revolución: me había reconciliado con la vida.

En recompensa, yo varié de plan respecto a su porvenir: la práctica de un oficio mecánico me parecía indigna de ella.

Aspiraba en su nombre a más.

Algunos podrán creer esto exagerado; sí lo es, está en armonía con la exageración de mi carácter; yo siento de una manera poderosa, y para sentir me bastan pocas impresiones.

Amparo me había impresionado fuertemente.

* * *

No sabía donde vivía.

Un día encargué a Mauricio que la buscase.

Mauricio empleó cuantos medios se conocen para encontrar una persona de la cual se saben el nombre, las señas y la condición.

Gracias a lo bien montada que está la policía en España, Mauricio, que era uno de los mozos más listos que he conocido, no pudo dar con ella.

Preguntó a los traperos y le contestaron que no la conocían.

Fue al Ayuntamiento y sólo constaban allí el nombre y el número de Amparo como trapera.

Amparo empezó a hacérseme una dificultad: indudablemente a fin de mes, la señora Adela vendría en busca de su asignación; pero yo no quería esperar aquel plazo.

Habían pasado quince días desde mi aventura.

Era por la mañana y Mauricio entró alegre.

--Ya la tenemos, exclamó.

--¿A quién?

--A la señorita Amparo.

--¡Cómo! ¿sabes dónde vive?

--Está en la antesala.

--¡Ah! exclamé saliendo de mi gabinete y atravesando la sala; entre usted, señora, entre usted.

Amparo entró.

Venía sencillamente vestida, un manto de sarga, un cordón de pelo al cuello con una pequeña cruz dorada, un pañuelo de seda sobre los hombros, una bata de percal, y un delantal negro; me pareció más alta y más bella: venía encendida, alegre, con un bulto bajo el manto; me saludó con una sonrisa sumamente afectuosa y entró en el gabinete, sobre una de cuyas mesas dejó el bulto que traía bajo el manto, y que produjo un sonido metálico.

--¿Qué es eso? la dije.

--Esto es que Dios me favorece, me contestó: son tres mil reales que he ganado a la lotería.

--¡Ah! exclamé adivinando su intención.

--Tres mil reales que traigo a usted.

--¿Y para qué quiero yo eso?

--¿Para qué? me contestó mirándome gravemente, para que se reintegre usted de los dos mil reales que dio a la señora Adela.

--¡Ah! ¿eres orgullosa?

--No por cierto, ¡sino que habrá tantos otros desdichados!

Se me nubló el semblante, y Amparo se apresuró a decir:

La caridad debe ser discreta; la caridad indiscreta hace más daño que beneficio; yo ya tengo todo lo que podía desear; un cuartito alegre, una cama blanda, ropa blanca y dos vestidos de calle. Trabajo; trabajo con ardor, y dentro de poco seré oficiala. Emplee usted esos dos mil reales en amparar otra desdicha, y los mil restantes guárdelos usted para dárselos doce a doce duros a la señora Adela: hay para cuatro meses; dentro de cuatro meses ganaré una peseta, que era cuanto deseaba. Con que... no hablemos más. Ahí se queda eso. Tengo que comer y estar a las tres en el taller.

Y escapaba.

--Espera, la dije, ¿no quieres tener nada mío?

--¡Oh? sí, sí... el recuerdo... y el agradecimiento. ¿No basta eso?

--Bien, me quedo con ese dinero, aunque sería mejor que los mil reales restantes se los entregases a la señora Adela.

--Los gastaría en aguardiente.

--Me rindo, pero con una condición.

--¿Cuál?

--Ven mañana a almorzar conmigo.

Meditó durante un momento Amparo, y contestó:

--Vendré. Afortunadamente es domingo.

Y saludándome alegremente, escapó.

--¡Ah! tiene usted suerte, me dijo Mauricio; es una prenda de rey.

Recuerdo que Mauricio, recordando un puntapié que le valió esta observación, habló en lo sucesivo con el más profundo respeto de la _señorita Amparo_.

* * *

Fuime a una joyería y gasté los tres mil reales que me había dado Amparo, en una bonita cruz de diamantes para ella.

La joya era de muy buen gusto, y debía parecer muy bien en el bonito cuello de la muchacha.

Además necesitaba dejar bien puesta mi vanidad.

Aquella inesperada devolución la había humillado.

Amparo me trataba por decirlo así, de potencia a potencia.

Yo no podía conservar aquel dinero.

Mi vanidad quedaba a cubierto, regalándola la cruz.

Sólo con este objeto la había convidado a almorzar conmigo.

El día siguiente a las once, Amparo estaba en mi gabinete, donde Mauricio había servido la mesa.

Mientras Amparo se quitaba el manto con una hechicera confianza, Mustafá, que sin disputa era mi amigo, sentado enfrente de mí, meneaba lentamente la lanuda cola y me miraba de hito en hito.

Yo contemplaba a Amparo con el mismo placer con que se contempla una cosa bella, fresca, pura, encontrada por acaso en el erial de la vida.

Era una niña, en toda la extensión de la frase, espigadita, esbelta, con bonitas manos, ojos hermosos, y una montaña de cabellos negros y brillantes, agrupados en trenzas: muy blanca, muy pálida y muy delgada.

Tenía la seducción de la pureza confiada en sí misma, que por nada se alarma, que nada teme: iba de acá para allá, y me lo revolvía todo.

--¡Cómo se conoce que aquí no hay una mujer! decía: polvo por todas partes, ¡y un desorden!... todo lo que hay aquí es bueno y bello; pero sería más bello, parecería mucho mejor, si estuviese colocado en su sitio. Y luego... ¡estas armas! ¿para qué son estas armas? ¿a quién tiene que matar un hombre honrado?

--Son objetos de arte, la dije.

--Traed: pues, a vuestro gabinete un cañón de a veinticuatro cincelado.

--¡Ah! ¿no crees que sea necesario alguna vez?...

--¡Nunca!

--¿Ni aun por un asunto de honor?

--Me horrorizaría un hombre que por una cuestión de honor hubiera matado a un semejante suyo... ¿y estos libros?... añadió pasando con la mayor facilidad de un objeto a otro. ¡Novelas!... Creo que en lo peor en que puede ocupar un hombre su talento, es en escribir novelas.

--¿Por qué?

--¿No basta la vida real? ¿qué necesidad hay de exagerarla?

--La novela enseña.

--La novela vicia las costumbres.

--Eso lo dirá el padre Ambrosio.

--Sí por cierto; y basta para mí que el padre Ambrosio lo diga: es un ángel... ¡Ah! el padre Ambrosio sabe que vengo a almorzar con usted.

--¿Y qué te ha dicho?

--Nada: absolutamente nada. ¿No sabía el padre Ambrosio que iba sola de noche a recoger trapos por las calles?

Este recurso a sí misma, esta manifestación de fuerza, me encantó.

--¿Y son estas las novelas que usted lee? dijo con severidad Amparo, que había ojeado uno de mis libros. ¡Oh! esta novela en ninguna parte está mejor que en el fuego.

Y arrojó el libro a la chimenea.

Era un tomo del _Baroncito de Faublas_.

Sólo había tenido tiempo de leer algunas líneas Amparo, y se había puesto encendida como una guinda.

Así con las tenazas el libro, y le saqué de la chimenea donde olía mal, arrojándole a la jofaina.

Prometí a Amparo hacer un auto de fe con todos mis malos libros, y mediante esta promesa se restableció nuestra buena armonía.

En seguida nos pusimos a almorzar.

Yo había cuidado de que el almuerzo fuese muy sencillo y compuesto de alimentos acomodados a las costumbres de Amparo.

Era, en fin, un verdadero almuerzo español; con el indispensable chocolate.

Amparo comía con apetito y sin encogimiento.

Mustafá sentado junto a ella gruñía con impaciencia excitado por el olor de los manjares.

Puse un plato al leal compañero de Amparo, que me dio las gracias con una sonrisa, y acarició después con su pequeña mano la cabeza del perro que comía con ansia.

--¡Ah! dijo hablando con él, esta es la primera vez que almorzamos bien, Mustafá.

--Pues así puedes almorzar, la dije, todos los días.

Pintose una expresión de reserva en el semblante de Amparo.

Comprendí que el mundo especial en que había vivido, ese mundo que se llama _casa de vecindad_, donde resaltan todas las miserias, todas las adyeciones, todas las ignorancias, la había hecho recelosa y desconfiada.

--Puedes almorzar así todos los días, la dije, si consientes en que se realice lo que he pensado respecto a ti.

Amparo me miró con una profunda y grave atención, y me preguntó:

--¿Y qué ha pensado usted?

--He pensado, primero, en que la posición en que te encuentras es muy precaria.

--He nacido pobre, me contestó con altivez; mi porvenir es el trabajo; acaso con mucha aplicación y alguna suerte podré adelantar; tener dentro de algunos años un taller mío.

--¿Y las enfermedades?

--¡Buena manera de alentar a los pobres!

--Es que yo quiero asegurar tu suerte.

Amparo había dejado de comer, y noté que había perdido enteramente su tranquila confianza; que estaba preocupada, disgustada, pesarosa de haber ido a almorzar conmigo.

--Soy rico, muy rico; sobrino de un grande de España que no tiene hijos, ni los tendrá probablemente; heredaré sus rentas y su grandeza.

Nublose más el semblante de Amparo.

--No pienso casarme jamás, continué, y quiero que seas mi hija adoptiva.

Amparo me miró de una manera penetrante, como si hubiera querido asegurarse de hasta qué punto eran verdad mis palabras y la marcada conmoción con que las había pronunciado.

Sin duda mis ojos dejaban ver claro lo que mi alma sentía, porque la expresión de reserva y de duda desapareció del semblante de Amparo, sustituyéndola una dulce expresión de consuelo.

--¡Ah! exclamó: ¡Quiere usted reemplazar a los padres que he perdido!

Y aunque procuró dominar su conmoción, sus ojos se llenaron de lágrimas.

Yo gozaba, no sabré deciros qué placer; pero me sentía feliz y joven, y poderoso: me sentía engrandecido.

--Sí, la dije, mientras ella callaba, con la vista inclinada, las mejillas encendidas, sobresaltada: quiero que no vuelvas al taller.

--¿Y qué he de hacer? me dijo. ¿Gravar a usted? ¿vivir en el ocio? No, no podría.

--Quiero que entres en un colegio.

--¿Y para qué? No: eso no puede ser. Yo no acepto la adopción de usted.

--Ya te he dicho que estoy resuelto a no casarme jamás. Aunque soy joven, mi corazón está ya gastado; es muy viejo. Nada espera, nada desea.

--¡Oh! ¡no me diga usted eso! ¡no quiero creerlo! ¡una vida así debe ser horrible!

--¡Horrible, sí! ¡muy horrible! por lo mismo es necesario que un deber me ligue al mundo; a la vida: representa tú ese deber.

--Bien; me dijo, mirándome con una expresión que no pude comprender, acepto, seré su hija adoptiva de usted... pero en un convento.

--¡En un convento! ¡monja tú!

--Sí; una vez monja, mi porvenir está asegurado.

--Pero tú, que empiezas ahora a vivir... ¡renunciar de tal modo a la esperanza!

--Es lo único que aceptaré de usted, un dote reducido, cuanto baste...

--No.

--Pues no hablemos más de ello.

Y se levantó.

--¿Te vas ya? la dije.

--Sí, señor; no quiero pasar mucho tiempo fuera de casa.

--Pero ¿volverás?

--Acaso no.

--¿Y por qué?

--¡Oh! ¡me ha hecho usted sufrir! adiós.

--Espera. No quiero obligarte a que vuelvas; pero por si no nos volvemos a ver, acepta esta memoria mía.

Y tomé de sobre la repisa de la chimenea el estuche que contenía la cruz que había comprado para ella el día anterior, y se lo di.

--¿Y qué es esto? me dijo abriéndolo; ¡ah! ¡una cruz! la conservaré, la conservaré siempre en memoria de usted.

Y aprovechando el estupor que había causado en mí el extraño aspecto, la profunda conmoción que noté en ella, al expresarme su deseo de ser monja, escapó.

Cuando quise detenerla sonó el golpe de una puerta que se cerraba, y luego sentí que bajaba rápidamente las escaleras.

Abrí el balcón, y la vi alejarse por la acera opuesta en paso lento y con la cabeza baja.

Mustafá la seguía cabizbajo también.

--Ella volverá, me dije: y cuando menos, la señora Adela vendrá por su asignación a fin de mes.

Había en mi corazón algo que me hacía desear volverla a ver; y sin embargo aquel no sé qué vago, dulce íntimo, estaba muy lejos de ser amor.

Y era más que caridad.

O yo no comprendía la caridad, y me engañaba.

O yo no comprendía el amor; y me engañaba también.

Esto quería decir, que respecto a ciertas sensaciones, mi corazón era inocente, o mejor dicho, estaba virgen.

Lo que sí puedo deciros es: que el recuerdo de Amparo se fijó en mi pensamiento, fresco, puro, consolador, lleno de encantos y de consuelos.

Si es verdad que estoy loco, mi locura empezó el día que almorcé con ella.

* * *

El no verla me tenía de muy mal humor.

La esperaba.

Sin embargo, Amparo no venía.

Pasó el tiempo, y llegó el último día del mes.

Yo esperaba que la señora Adela sería puntual, y no me engañé.

Se me presentó más pobremente vestida que lo que yo esperaba, y sin saludarme ni sentarse me dijo:

--Vengo a...

--Sí, por la asignación de Amparo, la interrumpí.

--Eso es.

Abrí mi cartera y la di un billete de quinientos reales.

--No puedo devolver a usted lo que sobra, me dijo.

--Lo mismo es, la contesté.

--¡Ah! ¡es usted muy generoso! Gracias en su nombre; que usted lo pase bien.

Y se iba.

--Espere usted, la dije: tenemos que hablar.

--¡Ah! ¡tenemos que hablar! ¿va usted comprendiendo que es hermosa, demasiado hermosa, para mantenerse respecto a ella en los inflexibles límites de la caridad?

--No se trata de eso.

--Pues no comprendo entonces...

--¿Qué sabe usted acerca del origen de esa niña?

--¡Bah! ¿y qué le importa a usted? A no ser que...

Y aquella mujer me miró con un recelo hostil.

--¡Sería gracioso que quisiera usted casarse con una muchachuela! añadió con sarcasmo.

--Tampoco se trata de eso; pero si usted tuviera algún antecedente... ayundándome usted y gastando cuanto fuese necesario, acaso lograríamos encontrar a sus padres.

--¿Y para qué quiere más padres que usted?

Necesité hacer un esfuerzo para contener la cólera que me causaba la fría insolencia de aquella mujer.

--En último resultado, la dije, ¿se niega usted a indicarme?...

--Nada sé; la recogí. Ignoro quién era; pero debe ser hija de buenos padres: las ropas que la envolvían eran ricas; llevaba, además, un magnífico medallón guarnecido de brillantes, y entre la faja un papel que decía:--«Está bautizada, y se llama...» he olvidado el nombre; el que tiene ahora se lo pusieron en la confirmación.

--Es extraño que haya usted olvidado su nombre; ¿pero aún queda el medallón?

--No por cierto; le vendí: era necesario criarla... yo era pobre.

--¿Pero no recuerda usted lo que el medallón contenía?

--Sí por cierto: un retrato de mujer.

--¿Y las señas de esa mujer?

--Las mismas de Amparo: alguna más edad; pero tan hermosa como ella; un parecido exacto... Y es lástima que ese retrato se haya extraviado, porque era una prueba indudable... pero a bien que el retrato existe en Amparo... en engordando la muchacha un poco más... el mejor día encuentra a sus padres en la calle.

Todas estas contestaciones habían sido pronunciadas con una intención maligna; comprendí que existía un misterio terrible entre aquella mujer y la pobre Amparo, y no insistí.

La dejé ir.

Había concebido el pensamiento de apelar a la ley para poner en claro la procedencia de Amparo.

Y como si hubiese comprendido mi pensamiento, aquella mujer me arrojó al salir una insolente mirada de desafío.

* * *

Aquel mismo día fui a consultar a uno de los abogados de más fama.

Me escuchó con atención, y cuando hube concluido, me dijo:

--No veo el medio de arrancar a esa mujer su secreto: el tormento está abolido hace muchos años; por consecuencia, si esa mujer tiene un gran interés en ocultar la procedencia de la protegida de usted, nada confesará. Queda sin embargo un medio.

--¿Cuál?

--El dinero. Pagarle su secreto al precio que pida.

Di las gracias al abogado por su luminoso consejo; le pagué la consulta y salí.

Pasó un mes.

En vano esperé a Amparo.

La Adela se me presentó de nuevo.

La pregunté por ella.

--¡Ah! está desconocida, me dijo; ha engordado. ¡Ya se ve! la cuido bien, o por mejor decir, la cuidamos bien. La enviaré por acá.

--Ponga usted precio a su secreto, la dije desentendiéndome de su observación, y entrando de lleno en mi objeto.

--Es usted muy joven, me dijo, para que pueda haber perdido una hija de la edad de Amparo; sin embargo, pudiera ser que algún amigo hubiera a usted encargado le buscase una niña perdida.

Y la Adela me miraba de una manera fija, escudriñadora.

--¿Se obstina usted en no confiarme?... la dije.

--Nada sé respecto a ella, me contestó.

Acabé de convencerme de que nada recabaría de aquella mujer; la di dinero; la encargué dijese a Amparo que deseaba verla, y la despedí.

* * *

A los pocos días, y cuando acababa de levantarme, me sorprendió un fuerte campanillazo a la puerta.

Abrió Mauricio; sentí pasos apresurados, y poco después se precipitó en mi gabinete Amparo.

Mustafá la seguía cojeando.

Amparo se asió a mí, y me miró pálida, aterrada, anhelante. Mustafá gruñía dolorosamente.

Venía Amparo en el mayor desorden: deshecho el peinado; una de sus manos envuelta en un pañuelo.

Durante algún tiempo nada me dijo; ni yo, sorprendido, acerté a decirla nada: luego pareció como que despertaba de un sueño, de una horrible pesadilla, y exclamó con un acento ardiente y lleno de ansiedad:

--¡Ah! ¡Gracias a Dios!

Y se separó de mí, se dejó caer en un sillón, se cubrió el rostro con las manos y rompió a llorar.

Mustafá se acercó a ella cojeando; se sentó, me miró, y siguió con sus dolientes gruñidos.

Sospeché no sé qué horrible cosa, y me aterré.

--¿Pero qué sucede? la pregunté alentando apenas.

--Sucede, contestó Amparo, mirándome al través de sus lágrimas, que esa infame mujer ha querido hacerme infeliz.

No pude contestarla: sentí que toda mi sangre se reconcentraba a mi corazón.

--Pero afortunadamente, continuó Amparo, Mustafá me ha salvado, acometiendo a aquel hombre, y dándome tiempo para escapar; es verdad que el pobre ha sufrido un horrible bastonazo, y que yo he salido del lance herida...

--¡Herida! exclamé.

--Sí; ¡el horrible viejo me seguía! las escaleras son estrechas y empinadas; caí, di con la cabeza en la barandilla, y casi me he roto una mano; pero al fin estoy aquí; aquí, con usted que me defenderá.

No la pregunté más.

¿Y para qué?

Todo estaba explicado.

Envié a Mauricio por un facultativo que se encargó de la curación de Amparo y de Mustafá.

La herida de la cabeza de la niña, era leve, pero profunda y grave la de la mano.

Mustafá tenía casi roto un hueso.

Amparo se vio obligada a quedarse en casa.

Dos horas después, cuando estuvo más tranquila, la dije:

--No puedes volver a vivir con esa infame.

--¡Oh! ¡Dios mío! ¡no! ¡imposible!

--No puedes vivir tampoco conmigo.

--No, no; de ningún modo.

--Tampoco puedes vivir sola.

--¡Dios mío! ¿y qué hacer?

Y después de algunos instantes de triste silencio, añadió:

--¡El convento! ¡es preciso! ¡preciso de todo punto!

--No te daré el dote.

--Me pondré a servir.

--Y sirviendo, estarás expuesta a cada paso, a peligros como el de que has escapado milagrosamente hoy.

--¿Pero por qué cerrarme el refugio del claustro? exclamó llorando.