Part 7
La diosa habia visto, al pié del monte Ida, al jóven Yasio, cuya mano segura cazaba las bestias feroces. Ella lo vió, y de pronto un fuego secreto se introdujo en sus venas delicadas. De un lado el pudor, y de otro el amor se disputaban su corazon; el amor triunfó del pudor. Desde entonces hubiéseis visto secarse los surcos; y la tierra apenas dió tantos granos como se la habian confiado. Despues de haber, con ayuda de azadas, revuelto bien sus campos, y abierto, con la reja del arado, el regazo rebelde de la tierra; despues de haberla en todas partes igualmente sembrado el confiado labrador veia defraudados sus deseos.
La diosa que preside á las mieses vivia retirada en lo más espeso de las selvas. Las coronas de espigas se habian desprendido de su larga cabellera. La Creta sola tuvo un año fértil y cosechas abundantes. Todos los lugares por donde la diosa habia pasado, estaban cubiertos de mieses. La misma Ida habia visto sus bosques llenarse de espigas amarillentas, y el feroz jabalí se alimentaba de trigo. El legislador Minos deseó muchos años semejantes; deseó que el amor de Céres fuese de larga duracion.
La pena que tú hubieras experimentado, rubia diosa, si te hubiese sido preciso descansar lejos de tu amante, estoy precisado á sufrirla en este dia consagrado á tus misterios. ¿Por qué es necesario que esté triste, cuando tú has vuelto á encontrar á una hija, á una reina que no es inferior á Juno más que por el capricho de la suerte? Los dias festivos invitan á la voluptuosidad, á los cantos y á los festines: tales son los presentes que conviene ofrecer á los dioses señores del universo.
ELEGIA UNDÉCIMA.
ARGUMENTO.
Cansado en fin de los numerosos desprecios de su señora, el poeta hace aquí el juramento de no volver á amar.
Mucho y por mucho tiempo he sufrido: tu perfidia ha puesto á prueba mi paciencia. ¡Huye de mi fatigado corazon, vergonzoso amor! Esto es hecho, me he sustraido al yugo, y he quebrantado mis cadenas: estos hierros que llevé sin vergüenza, tengo vergüenza al presente de haberlos llevado. Triunfo y pisoteo al Amor vencido. Es muy tarde, es verdad, que el bochorno me sube á la cara. ¡Vamos, valor y energía! Estos males tendrán un dia su recompensa. Los enfermos han debido frecuentemente su curacion á los venenos más amargos.
¡Qué! ¡yo he podido, yo, despues de tantas humillaciones, olvidarme hasta el punto de dormir en el suelo de tu puerta! ¡Qué! ¡yo he podido, yo, para no sé cuál amante que tú estrechabas entre tus brazos, hacerme, como un esclavo, el guardian de la casa que me estaba cerrada! Yo mismo lo he visto salir fatigado de tu casa, con el paso de un veterano gastado por el servicio. Aun he sufrido menos de verlo que de ser visto. ¡Ojalá semejante afrenta sea reservada para mis enemigos!
¿Cuándo has paseado tú sin encontrarme á tu lado, á mí, tu guardian, á mí, tu amante, á mí, tu inseparable compañero? mucho agradabas á las gentes, acompañada por mí; y mi amor te ha valido buen número de amantes. ¿Por qué recordaré los vergonzosos engaños de tu mentirosa lengua, y los dioses testigos de tantos juramentos violados para perderme? ¿Por qué diré aquellas señas de inteligencia, dirigidas durante la corrida, á jóvenes amantes, y aquellos términos convencionales para disfrazar el sentido de nuestras palabras? Un dia se me dijo que ella estaba enferma: yo corro á su casa enteramente perdido, enteramente fuera de mí; llego y no estaba enferma para mi rival.
Vé ahí, sin hablar de otras muchas, las afrentas que he tenido que sufrir frecuentemente. Busca hoy dia otro que pueda soportarlas en mi lugar. Ya mi popa, adornada de una corona votiva, vé, sin conmoverse, el fracaso de las olas que se levantan tras ella. Basta de caricias y de palabras otras veces poderosas: es trabajo perdido: no soy tan loco como lo fuí. Siento luchar en mi corazon, muy lijero y diversamente agitado, el amor á la vez y el ódio: y si no me engaño es el amor quien le enoja. Yo aborreceré, si puedo; si no yo amaré únicamente mi defendido cuerpo. El toro tampoco ama el yugo: lo aborrece y sin embargo lo lleva.
Huyo de su perfidia: su belleza es la que vuelve mis pasos hácia atrás. Aborrezco los vicios de su alma; amo los hechizos de su cuerpo. Así yo no puedo vivir ni sin tí, ni contigo; y yo mismo no sé lo que deseo. Yo querria que tú fueses ó menos bella ó menos pérfida. Tantos hechizos se aunan mal con tanta perversidad. Tu conducta escita el ódio, tu belleza encomienda al amor. ¡Desgraciado soy! sus atractivos pueden más que sus defectos.
Perdóname, yo te conjuro por los derechos de aquella cama que nos fué comun, por todos los dioses (¡pudiesen frecuentemente dejarse engañar por tí!), por tu semblante que adoro como una divinidad poderosa, por tus ojos que han cautivado los mios: como sea, siempre serás mi amiga. Escoje solamente si quieres que te ame por gusto ó por fuerza. ¡Ah! despleguemos cuanto antes las velas y aprovechemos los vientos favorables; porque á pesar de mis esfuerzos, no me veria yo menos obligado á amar.
ELEGIA DUODÉCIMA.
ARGUMENTO.
Siente que sus escritos hayan dado demasiado á conocer á su bella.
Decidme, lúgubres aves, ¿qué dia fué aquel en que no me augurásteis sino amores desgraciados? ¿Qué astro supondré sea hostil á mis deseos? ¿Qué dioses debo acusar de hacerme la guerra? Aquella que no há mucho se llamaba toda mia; aquella de quien fuí el primero y solo amante, temo no poseerla sino con mil rivales.
¿Me engañé? ¿O es que mis escritos no la han hecho demasiado conocer? Ella era toda mia; mi genio poético ha hecho de ella una cortesana. Y yo lo he merecido: ¿tenia yo necesidad, en efecto, de preconizar su belleza? si ella se vende hoy, la falta es mia. Por mi mediacion ella agrada: soy yo quien le trae amantes; mis propias manos le abren la puerta. ¿Son útiles los versos? esta es una cuestion: ciertamente ellos me han sido siempre funestos; son los que han atraido sobre mi tesoro las miradas de la envidia.
Cuando yo podia cantar á Thebas, Troya ó los altos hechos de César, solo Corina encendió mi genio. ¡Ojalá las Musas hubiesen sido rebeldes á mis primeros esfuerzos, y Febo me hubiese abandonado en medio de mi carrera! Y sin embargo, como es costumbre tomar por testigos á los poetas, que hubiese preferido que la medida hubiera faltado á mis versos.
Nosotros somos los que hemos mostrado á Scyla, arrancando á su anciano padre el cabello fatal, condenada á ver salir de sus entrañas perros furiosos. Somos nosotros quienes hemos puesto alas á los piés, y dado serpientes á la cabellera. A nosotros debe el victorioso pequeño hijo de Abas el hendir los aires sobre un caballo alado. Nosotros hemos dado á Tityo su prodigiosa grandeza, y á Cerbero sus tres bocas y su crin de serpientes. Encélada ha recibido de nosotros mil brazos para lanzar sus dardos, y por nosotros un jóven májico somete los héroes á sus encantamientos. Nosotros hemos cerrado los vientos eólicos en los odres del rey de Itaca; gracias á nosotros el indiscreto Tántalo padece sed en el seno mismo de las aguas; Nicole se cámbia en peñasco, y una jóven vírgen en osa; gracias á nosotros el ave de Cécrops canta el Odrysio Itys; Júpiter se transforma en ave ó en oro; ó, convertido en toro, hiende las ondas, llevando sobre su espinazo una vírgen tímida. ¿A qué recordar no solo á Protea, sino aquellos dientes de donde nacieron los Tebanos? ¿Diré que fué de los toros que vomitaban llamas? ¿ó que lágrimas de ámbar corrieron de los ojos de tus hermanas, desgraciado Faeton? ¿que embarcaciones han sido cambiadas en diosas del mar? ¿que el sol retrocedió de horror, por miedo de alumbrar el horrible festín de Atrea? ¿que los más duros peñascos fueron sensibles á los acordes de una lira?
El vuelo del fecundo genio de los poetas no conoce límites; no se sujeta á la fidelidad de la historia. Tambien se hubieran debido mirar como falsas las alabanzas que daba á mi señora: vuestra credulidad es hoy dia la causa de mi desdicha.
ELEGÍA DÉCIMOTERCIA.
ARGUMENTO.
Fiesta de Juno.
Siendo mi mujer originaria del fértil pais de los Faliscos, hemos visto aquellos muros en otro tiempo vencidos por tí, ilustre Camilo. Las sacerdotisas de la casta Juno se disponian á celebrar su fiesta con juegos solemnes y con el sacrificio de una vaquilla indígena. Poderoso motivo para mí de detenerme; yo queria ver aquella ceremonia, aunque no se llega al lugar en que se hace, más que por un camino montuoso y difícil.
Es un antiguo bosque sagrado, cuya espesura le hace impenetrable al dia; no es menester más que verle para reconocer que una divinidad reside allí. Un altar recibia las súplicas y el incienso ofrecido por la piedad, un altar hecho sin arte por las manos de nuestros antepasados. Allí es de donde á los primeros acentos de la trompeta cada año el cortejo de Juno parte y avanza por los caminos tapizados. Conduce, en medio de los aplausos del pueblo, blancas vaquillas alimentadas con los crasos pastos de Falisca, jóvenes becerros cuya frente no está aun armada ni amenazante, el humilde puerco, víctima más modesta, y el jefe del rebaño con la cabeza dura y adornada de cuernos encorvados. Solo la cabra es odiosa á la potente diosa, despues que en un bosque espeso descubrió la presencia de Juno, y la obligó á detenerse en su huida. Además los niños, hoy dia aun, persiguen con sus flechas á la cabra indiscreta, y el primero que la ha herido la obtiene en premio de su destreza.
En todas partes por que la diosa debe pasar, tiernos muchachos y vírgenes tímidas cubren de tapiz los verdes caminos. El oro y las pedrerías brillan en los cabellos de las jóvenes, y una ropa magnífica desciende hasta caer sobre sus piés donde brilla el oro. A la manera de los griegos, sus padres, marchan vestidas de blanco, y llevan sobre su cabeza los objetos del culto confiados á sus cuidados. El pueblo guarda silencio durante la marcha del brillante cortejo. En fin, á continuacion de las sacerdotisas aparece la misma diosa.
La fisonomía de este espectáculo es enteramente griega. Despues del asesinato de Agamemnon, Haleso no pensó más que en huir del teatro del crímen y de los ricos dominios de sus padres. Despues de arriesgadas carreras por tierra y por mar, edificó, bajo felices auspicios, una ciudad rodeada de altas murallas. De él han aprendido los Faliscos á celebrar las fiestas de Juno. ¡Que ellas me sean siempre favorables! ¡que ellas lo sean siempre á su pueblo!
ELEGIA DÉCIMOCUARTA.
ARGUMENTO.
A su señora.
Yo no te prohibo, bella como eres, tener algunas debilidades; lo que yo no quiero, es el dolor y la necesidad para mí de saberlas. No, yo no exijo censor rígido, que seas casta y púdica; lo que yo te pido es que procures parecerlo. No es culpable la que puede negar el hecho que se le imputa; la confesion que hace es la que la deshonra. ¿Qué manía es esa, de revelar cada mañana los secretos de la noche, y proclamar á la luz del dia lo que no haces más que en la sombra?
La cortesana antes de abandonarse al primero que llega, tiene cuidado de poner entre ella y el público una puerta bien cerrada. ¡Y tú, tú divulgas en todas partes tus vergonzosos extravíos, orgullosa de ser á la vez la delatora y la culpable! Sé en adelante más casta, ó al menos imita á las mujeres púdicas. Que yo te crea honesta aunque no lo seas. Culpable ayer, sé culpable hoy; pero no lo confieses, y no te avergüences en público de hablar un lenguaje modesto.
Un apartado retiro provoca el desarreglo; que sea el solo teatro de todos tus placeres, desterrado de allí el pudor. Pero desde que salgas, no conserves nada de la cortesana, y en tu lecho queden sepultados tus crímenes. Allí, no te ruborices de quitarle la túnica y sostener otro muslo apoyado sobre el tuyo. Allí, recibe hasta el fondo de tu encarnada boca una lengua amorosa, y que para tí el amor invente mil especies de voluptuosidades. Allí ninguna tregua á los dulces coloquios, á las palabras halagüeñas, y que tu cama cruja con los vivos apretones del placer. Toma en seguida, con tus vestidos, la modesta postura de una virgen tímida, y que el pudor de tu frente niegue la lascivia de tu conducta. Engaña al público, engáñame; pero permite al menos que yo lo ignore, y déjame gozar de mi tonta credulidad.
¿Por qué delante de mí, tantos billetes enviados y recibidos? ¿Por qué tu lecho está batanado á la vez por todos lados? ¿Por qué veo sobre tus hombros tus cabellos en un desórden que no ha causado el sueño, y sobre tu cuello la marca de un diente? No te falta más que hacerme testigo ocular de tu vida licenciosa. ¡Oh! si tú te cuidas poco de atender á tu reputacion, cuídate de mí al menos. Mi alma me abandona, y me siento morir todas las veces que tú te reconoces culpable; y en mis venas corre una sangre helada. Entonces amo, entonces me esfuerzo en vano en aborrecer lo que me veo forzado á amar; entonces yo quisiera morir, pero contigo.
No haré yo ninguna averiguacion; no insistiré, desde que te vea pronta á negar: tu denegacion solo equivaldrá á inocencia. Si no obstante llegara yo á sorprenderte en flagrante delito, si mis ojos hubieran de ser un dia testigos de tu vergüenza, lo que yo hubiera visto demasiado bien, niega que lo haya visto, y mis ojos tendrán menos autoridad que tus palabras. Así te será fácil vencer á un enemigo que no pide más que ser vencido. Que solamente tu lengua se acuerde de decir: «No soy culpable.» Cuando puedes tan fácilmente triunfar con estas dos palabras, triunfa, si no por la bondad de tu causa, al menos por la indulgencia de tu juez.
ELEGÍA DÉCIMOQUINTA.
ARGUMENTO.
Dice adios á su Musa lasciva, para seguir otra más severa.
Busca un nuevo poeta, madre de los tiernos Amores; yo no tengo más que tocar la meta de mi carrera elegíaca. Estos cantos que he compuesto, yo, hijo de los campos pelignos, han hecho mis delicias y mi nombradía. Si este honor es alguna cosa, yo he heredado, del primero como del último de mis antepasados, el título de caballero, y no lo debo al tumulto de las armas. Mántua está envanecido de Virgilio, Verona de Catulo: se me llamará á mí, la gloria del pueblo Peligno, de este pueblo cuyo amor por la libertad le impuso el santo deber de combatir, en la época en que Roma inquieta tembló delante de las armas reunidas para su ruina. Un dia, viendo la pantanosa Sulmona encerrada en el estrecho circuito de sus muros, el viajero exclamará: «Villa que has sido cuna de tal poeta, tan pequeña como eres, te proclamo grande.»
Amable niño, y tú, Vénus, madre de este amable niño, arrancad de mi campo vuestros dorados estandartes. El dios cuya frente está armada de cuernos, Baco, agitando cerca de mí su temible tirso, me apresura á lanzar los corceles vigorosos en una más vasta carrera. Vosotras, delicadas elegías, y tú, Musa lijera, adios: mi obra me sobrevivirá.
FIN.
ÍNDICE DE ESTA OBRA.
Págs.
Los traductores. 7
LIBRO I.
_Elegía_ 1.ª--Argumento.--Por qué el poeta pasa de los versos heróicos á los eróticos. 11
_Elegía_ 2.ª--Argumento.--Descríbese el triunfo del amor. 13
_Elegía_ 3.ª--Argumento.--Se recomienda á su querida por las excelencias de la poesía, la pureza de sus costumbres y la fidelidad á toda prueba que ofrece. 16
_Elegía_ 4.ª--Argumento.--Antes de cenar con su querida le indica las señas con que podrán manifestarse su mutuo amor á presencia del marido. 17
_Elegía_ 5.ª--Argumento.--Alégrase de haber poseido á su amiga. 21
_Elegía_ 6.ª--Argumento.--Imprecaciones contra el portero que rehusaba abrirle la puerta. 22
_Elegía_ 7.ª--Argumento.--Contra sí mismo por haberle pegado á su querida. 26
_Elegía_ 8.ª--Argumento.--Contra una alcahueta que intentaba enseñar á la querida del poeta las artes de la prostitucion. 30
_Elegía_ 9.ª--Argumento.--Gracioso paralelo entre la guerra y el amor. 36
_Elegía_ 10.--Argumento.--A una jóven para apartarla de la prostitucion. 39
_Elegía_ 11.--Argumento.--Suplica á Nape lleve un billete amoroso á Corina. 43
_Elegía_ 12.--Argumento.--Maldice las tabletas portadoras de la respuesta negativa de su dama. 45
_Elegía_ 13.--Argumento.--A la Aurora, para que no acelere demasiado su marcha. 46
_Elegía_ 14.--Argumento.--A una muchacha vuelta calva de repente. 49
_Elegía_ 15.--Argumento.--Contra los adversarios de la poesía. 53
LIBRO II.
_Elegía_ 1.ª--Argumento.--Por qué en lugar de la jigantomaquia que tenia comenzada, canta sus amores. 56
_Elegía_ 2.ª--Argumento.--Al eunuco Bagoas, para que le procure fácil acceso junto á la belleza confiada á su guarda. 59
_Elegía_ 3.ª--Argumento.--Al mismo que se mostraba inflexible. 63
_Elegía_ 4.ª--Argumento.--Su inclinacion al amor; por qué todas las bellas, sin distincion, le agradaban. 64
_Elegía_ 5.ª--Argumento.--Dirige reproches á su señora, quien á su vista mientras fingía dormir, habia dado á otro convidado señales inequívocas de su amor. 67
_Elegía_ 6.ª--Argumento.--Deplora la muerte del papagayo que habia regalado á su señora. 71
_Elegía_ 7.ª--Argumento.--A Corina: niega haber tenido jamás ningun comercio con Cipasis. 75
_Elegía_ 8.ª--Argumento.--A Cipasis le pregunta cómo Corina ha podido saber el secreto de sus amores. 77
_Elegía_ 9.ª--Argumento.--A Cupido: le exhorta para que no gaste todas sus flechas contra él solo. 79
_Elegía_ 10.--Argumento.--A Grecino: se puede muy bien, dígase como se quiera, amar á dos mujeres á la vez. 82
_Elegía_ 11.--Argumento.--Trata de disuadir á Corina de su proyecto de ir á las bayas de Campania. 84
_Elegía_ 12.--Argumento.--Se goza por fin de haber obtenido los favores de Corina. 88
_Elegía_ 13.--Argumento.--A Isis: le pide proteja la preñez de Corina. 90
_Elegía_ 14.--Argumento.--A Corina: aprovecha su restablecimiento para exponerle más libremente la gravedad de su falta. 92
_Elegía_ 15.--Argumento.--Al anillo que él habia enviado como presente á su señora. 95
_Elegía_ 16.--Argumento.--A Corina induciéndola á que vaya á su casa de campo de Sulmona. 97
_Elegía_ 17.--Argumento.--Se compadece de Corina, demasiado engreida de su belleza. 100
_Elegía_ 18.--Argumento.--A Macer: Se justifica de entregarse enteramente á cantos eróticos. 102
_Elegía_ 19.--Argumento.--A un hombre cuya mujer amaba. 104
LIBRO III.
_Elegía_ 1.ª--Argumento.--La Tragedia y la _Elegía_ se disputan la posesion de Ovidio. 109
_Elegía_ 2.ª--Argumento.--Los juegos del Circo. 113
_Elegía_ 3.ª--Argumento.--A su amiga, que habia faltado á sus juramentos. 118
_Elegía_ 4.ª--Argumento.--Exhorta á un marido á no hacer vigilar tan severamente á su mujer. 121
_Elegía_ 5.ª--Argumento.--Sueño. 124
_Elegía_ 6.ª--Argumento.--A un rio que crecia de repente de una manera prodigiosa, y se oponia al paso del poeta, ansioso de llegar cerca de su señora. 127
_Elegía_ 7.ª--Argumento.--Contra él mismo por haber caido en falta con su querida. 133
_Elegía_ 8.ª--Argumento.--A su señora que habia preferido un amante más rico que Ovidio. 138
_Elegía_ 9.ª--Argumento.--Sobre la muerte de Tíbulo. 142
_Elegía_ 10.--Argumento.--A Céres: se lamenta de que no le sea permitido asistir á sus misterios con su señora. 146
_Elegía_ 11.--Argumento.--Cansado en fin de los numerosos desprecios de su señora, el poeta hace aquí el juramento de no volver á amar. 149
_Elegía_ 12.--Argumento.--Siente que sus escritos hayan dado demasiado á conocer á su bella. 152
_Elegía_ 13.--Argumento.--Fiesta de Juno. 155
_Elegía_ 14.--Argumento.--A su señora. 157
_Elegía_ 15.--Argumento.--Dice adios á su Musa lasciva, para seguir otra más severa. 160