Part 1
OVIDIO.
LOS AMORES.
AMORES.
ELEGÍAS AMATORIAS
DE
OVIDIO,
por primera vez publicadas en lengua castellana.
_Traduccion hecha sobre el original latino por dos literatos valencianos._
VALENCIA; 1878.
LIBRERÍAS DE JUAN MARIANA Y SANZ, EDITOR, librero de la Universidad y Ayuntamiento,
_Bajada de S. Francisco_, núm. 11.
_Lonja de la Seda_, núm. 7.
Esta obra es propiedad de su editor Sr. Mariana y Sanz, y todos los ejemplares llevarán su sello para los efectos de la Ley.
Valencia 1878.--Imp. de M. Alufre, Quevedo, 17.
EPÍGRAMA
DE P. OVIDIO NASON,
SOBRE SUS AMORES.
Nosotros que éramos poco há en número de cinco libros, somos ahora solo tres: Ovidio, nuestro padre, así lo ha preferido. Si no experimentais gusto alguno al leernos, la disminucion de dos libros aliviará vuestro enfado.
LOS TRADUCTORES.
No hay español medianamente instruido, siquiera no posea la lengua del Lacio, que no conozca á Ovidio por sus célebres _Metamórfosis_, vertidas al castellano desde antiguo por Antonio Perez Sigler, Felipe Mey y otros; vulgar se ha hecho ya el conocimiento del mismo eminente poeta por su famoso _Arte de amar_, cuya última edicion española ha publicado recientemente el editor del presente libro; á quien registre nuestras bibliotecas no ha de ser difícil saborear en la propia lengua de Castilla la traduccion que D. Sebastian de Albarado tituló _Heroyda Ovidiana_ y hasta las _Epístolas amatorias_, causa, segun se dice, de la desgracia y destierro de su autor, que tiempo há fueron traducidas por Diego Megía; pero los AMORES, obra la más expontáneamente producida por el génio poético del voluptuoso Ovidio, los _Amores_, que reflejan fielmente la manera más íntima de ser y de pensar, no solo de su autor, sino de la juventud romana de su época; los _Amores_, que marcan el grado de la corrupcion de costumbres de la corte de Augusto, digna, por más de un concepto, de profundo estudio; esos _Amores_ son poco conocidos en el mundo literario, y jamás hasta ahora, que sepamos, han sido traducidos á la lengua castellana.
¿Es menguado, acaso, el mérito de las elegías amorosas del autor de las Metamórfosis?
De ningun modo: Ovidio habia nacido poeta; y á pesar suyo, á pesar de la promesa de no componer más versos, hecha á su padre al pedirle perdon, diciendo: «_Parce mihi, nunquam versificabo, pater!_», los versos, como el anterior, brotaban naturalmente de su mente, como el agua desbordada de manantial fecundo, hasta el punto de confesar él mismo: «_Quid quid tentabam scribere, versus erat._» Poeta por naturaleza, entre todos los géneros de poesía, el que mejor se adaptaba á su génio é inclinaciones, era sin duda el amoroso.
En vano se propone escribir un poema en doce cantos, para celebrar al jigante de cien manos Gyges, hijo del cielo y de la tierra; su musa es el amor: «_hoc quoque jussit amor!_»
Ahora bien; ¿dónde más en su centro pudo encontrarse el génio poético de Ovidio que al cantar sus propios amores?
Corina, la bella Corina, semejante á Lais y á Semíramis, y principal objeto de las elegías amorosas de Ovidio, es á este poeta lo que Delia á Tibulo, lo que Lesbia á Catullo, lo que Cynthia á Propercio, lo que Lycoris á Galo, lo que Lydia, Gliceria, Cloris, Phyllida, Licia, Phillis, Neera, Tyndaris y Pyrrhe al voluble Horacio[1].
Del mismo modo á Ovidio, que públicamente ama á Corina, tampoco le son indiferentes la camarera Cypassis, la peinadora Nape y otras que no nombra, pero que tambien le inspiran bellos versos como protectoras de sus intrigas amorosas, á cuya sombra se ocultan.
Al desaparecer estos pasajeros amores, no queda en el pecho del poeta otro afecto más íntimo que el recuerdo de la amistad consagrado á su inolvidable compañero Tibulo, á cuya sentida muerte dedica una de sus más bellas elegías de este libro, en la que evoca los queridos nombres de Calvo, Catullo y Galo, cantores del amor, cuyos nombres figuran juntamente en el Eliseo.
Solo otra de las elegías iguala tal vez á esta en fuerza de conviccion y de sentimiento, y es la XV del libro I, dirigida contra los detractores de la poesía.
La poesía, la amistad, el amor, hé aquí la trilogia que comprende toda la vida de Ovidio; tales son la delicia, el consuelo y la necesidad de su alma. ¿Dónde, pues, ha podido reflejarse mejor esta, que en las elegías dedicadas á sus más íntimos afectos?
Leyendo las _Metamórfosis_ se puede apreciar la erudicion mitológica, el ingénio para elegir, la facultad para poetizar de Ovidio; en _Arte de amar_ hace gala de su aptitud didáctica; pero para conocer á Ovidio como poeta y como hombre, es necesario leer sus _Amores_.
Verdad es que nada tienen de honestos tales _Amores_, que no serian dignos de leerse, á no estar engalanados con toda la mágia de la poesía y de la originalidad. En efecto, los _Amores_ de Ovidio, que no tienen la tristeza de Tibulo, ni el buen humor y sencillez de Horacio; que están lejos de los arrebatos de Catulo, y aun más lejos del insulso platonismo de la mayor parte de los poetas eróticos, son la expresion del placer y de la voluptuosidad en toda su desnudez, pero presentada con el decoro del arte.
Si es digna de condenarse á perecer esta clásica obra, cuya traduccion presentamos, no deben por igual razon quedar en pié las clásicas estátuas de Vénus, que tambien con toda su desnudez, pero con el decoro del arte, nos legó la antigüedad, como representacion de la voluptuosidad, del placer y de la belleza, si es que otra cosa no representa la infiel esposa de Vulcano y lasciva amante de Adónis.
NOTAS AL PIE:
[1] Ello, no obstante, dice de él el Sr. Alarcon en su discurso de recepcion por la Real Academia Española, que fué constantemente moral y muchas veces moralista en sus inmortales versos.
LIBRO PRIMERO.
ELEGIA PRIMERA.
ARGUMENTO.
Por qué el poeta pasa de los versos heróicos á los eróticos.
Las armas y las encarnizadas batallas me preparaba á cantar en forma heróica. Los versos eran todos de igual medida, pero dicen que se echó á reir Cupido y acortó un pié. ¿Quién, niño cruel, te ha dado tal derecho sobre la poesía? De las musas, y no tuyo, somos cortejo los vates. ¿Qué se diria si Vénus se cubriese con las armas de Minerva ó si esta atizase tu hacha para avivar su llama? ¿Quién hallaria conforme que Céres reinase en las frondosas selvas y la vírgen del Carcax presidiese el cultivo de los campos? ¿Apolo, el de los rubios cabellos, será armado de aguda lanza mientras que Marte hará vibrar las cuerdas de la lira Aonia? Demasiado grande y demasiado poderoso, ¡oh muchacho! es tu imperio; ¿por qué aun quieres extenderlo más? ¿Es todo tuyo? ¿son tuyos el monte Helicon y el valle de Tempe? ¿Tambien ha de ser tuya la lira de Apolo? El primer verso principiaba rotundamente mi nuevo poema, cuando el Amor acorta repentinamente mi brio. Para inspirarme versos más ligeros, no tengo ni un jóven ó una jóven de blondos cabellos, que me den pié.
Apenas me habia quejado, cuando desligando su carcax, sacó flechas destinadas á herirme y despues de tender fuertemente sobre la rodilla su flexible arco: «Recibe, dijo, oh vate, asunto que cantar.»--¡Infeliz de mí! el niño acertó la puntería. Me abrasó, y en mi pecho, hasta ahora vacío, reina el Amor. Comencé mi obra con seis piés y acabé con cinco. Adios, sangrientas guerras; adios, ritmo bélico. Ciñe tu rubia cabeza con el verde mirto, Musa mia, que no tienes que modular más que once piés en cada dos versos.
ELEGIA SEGUNDA.
ARGUMENTO.
Descríbese el triunfo del amor.
¿Podrá haber quien me diga por qué me parece tan duro mi lecho, por qué mi cubrecama no puede permanecer sobre él, por qué esta tan larga noche ha pasado sin poder yo conciliar el sueño, y por qué, aun echado, me duelen todos los huesos? Comprendo que así sucediera, si algun amor viniese á tentarme. ¿Por dónde traidoramente se desliza y callado me hiere con sus artificios? Sí, eso es: agudas flechas han penetrado mi corazon, que fiero, el amor trata como pais conquistado. ¿Me daré por vencido, ó, luchando, daré pábulo á esta súbita llama? Cedamos: leve se hace la carga cuando se la sabe llevar. Crecen las llamas cuando se las combate soplando, y se extinguen cuando nadie las toca. Más golpes llevan los bueyes que repelen el yugo, que los habituados á llevarlo. El caballo indómito es duramente regido, y ménos siente el freno el que está pronto á marchar al combate. Así tambien el Amor apremia más cruelmente á los rebeldes que á los que se conforman á prestarle vasallaje.
¡Yo lo confieso, soy tu nueva presa, Cupido! somos los vencidos que extendemos las manos ante tu poder. No hay necesidad de guerra; paz y perdon te imploramos. Pero no mereces alabanza en vencer con tus armas á un hombre inerme. Corónale de mirto, unce las palomas de tu madre; el mismo Marte te dará el carro que te conviene, y sobre ese carro, en medio de las aclamaciones del pueblo, te erigirás triunfador, y guiarás con arte las uncidas aves. Seguiránte jóvenes cautivos y cautivas niñas. Esta será la pompa de tu magnífico triunfo, y yo mismo, postrer víctima, estaré allí con mi reciente herida, y, esclavo sumiso, arrastraré mi nueva cadena. La Moralidad será conducida con las manos atadas tras la espalda, lo mismo que el Pudor y cuanto es obstáculo á las armas del Amor. Todos te temerán y, extendiendo hácia tí sus brazos, entonará el pueblo con grandes voces «¡Victoria!» Las caricias serán tus compañeras, y la ilusion y la locura tu inseparable escolta. Con este ejército somete los hombres y los dioses. Alegre tu Madre te aplaudirá triunfador, desde lo alto del Olimpo, y esparcirá rosas sobre tu frente. Tus alas y tus cabellos se adornarán con piedras preciosas, y resplandeciente como el oro, serás conducido por las doradas ruedas de tu carro. Tambien entonces, si mal no te conozco, inflamarás no pocos corazones; tambien entonces abrirás á tu paso muchas heridas. Tus flechas, aunque lo quisieras, no pueden estar quietas, tu férvida llama quema aun en medio del agua.
Tal era Baco cuando triunfó del pais donde corre el Ganges: tú eres conducido por aves, él lo fué por tigres; así, pues, que forme yo parte de tu sacra comitiva; no quieras perder el derecho del vencedor. Contempla la feliz conquista de tu pariente César: con la misma mano con que los vence proteje á los vencidos.
ELEGIA TERCERA.
ARGUMENTO.
Se recomienda á su querida por las excelencias de la poesía, la pureza de sus costumbres y la fidelidad á toda prueba, que ofrece.
Mi plegaria es justa: que la niña que há poco me han robado, ó me ame, ó haga por que le ame toda mi vida. ¡Ah, demasiado he ambicionado! que solamente me permita amarla. Ojalá Venus oyera mis súplicas. Acepta un amante que te servirá por largos años, acepta un amante que sabe amar con fidelidad eterna.
Si no me recomiendan ilustres apellidos de antigua familia; si mi abuelo era solo un caballero particular, y si las tierras de mi casa no se remueven con innumerables arados y mis padres restringen mi escaso gasto, recomiéndenme no solamente Apolo y sus nueve compañeras y el inventor de la viña, sino tambien el Amor que me entrega á tí, y la fidelidad á que nadie me hará faltar; mis costumbres sin tacha, mi inocente sencillez, y mi rubicundo pudor. No me gustan todas: no soy burlador de Amores. Tú sola, si me correspondes con la misma fidelidad, serás siempre mi perene cuidado. Ojalá pase junto á tí los años que la Parca me deje, y muera con sentimiento tuyo.
Dame feliz tema para mis versos y serán dignos de quien los inspira. A la poesía deben su celebridad la ninfa Io, asustada de sus cuernos; y aquella á quien el adúltero sedujo, trasformado en Cisne[2], y la que robada por un fingido toro se cogió á sus largos cuernos con virgínea mano[3]. Nosotros tambien seremos cantados por todo el mundo, y siempre citarán unidos tu nombre y el mio.
NOTAS AL PIE:
[2] Leda.
[3] Europa.
ELEGIA CUARTA.
ARGUMENTO.
Antes de cenar con su querida le indica las señas con que podrán manifestarse su mútuo amor á presencia del marido.
Tu marido ha de cenar con nosotros; ¡así sea esta su última cena! ¿mientras tanto solo contemplaré á mi amada como convidado? ¿El derecho de estar junto á ella será de otro? ¿Recostada con él darás nuevo calor á su seno? ¿Cuando guste, pasará su mano sobre tu cuello? No atiendas á la que tras el festin de su boda[4] puso en guerra á los deformes Centauros. Yo no habito las selvas, ni soy medio caballo como ellos, pero me parece que apenas podré contenerme. Aprende lo que tienes que hacer y no dejes que se lleven mis palabras ni el Euro ni el tibio Noto.
Llega ántes que tu marido; no preveo aun así qué puede hacerse, pero vé primero. Cuando se acerque á la mesa, irás con aire modesto á ponerte á su lado; procurando el oculto contacto de nuestros piés. Observa lo que te indiquen mis señas y el lenguaje de mis ojos. Mira y devuelve del mismo modo las furtivas señas. Sin voz le hablarán mis cejas y leerás palabras trazadas con los dedos. Cuando te ocurra la idea de nuestros placeres, toca con el tierno índice tus sonrosadas mejillas. Si quieres darme alguna secreta queja, suspenda el extremo de tu oreja tu blanda mano. Cuando te plazca, sol mio, lo que yo haga ó diga, haz rodar tu sortija al rededor de tus dedos. Pon las manos sobre la mesa del modo como cuando suplicantes piden para tu marido todos los males que merece. Cuando él te escancie el vino, haz que se lo beba, y pide despues por lo bajo al criado que te sirva el que prefieras. Yo tomaré el primero la copa que tú dejes y beberé en ella por la misma parte por donde tú hayas bebido. Si por casualidad te ofrece el vino libado ántes por él, rehúsalo. No permitas que oprima tu cuello con indignas caricias, ni reposes tu cabeza sobre su rudo pecho; sobre todo, guárdate de darle besos. Si se los das, yo me declararé públicamente tu amante, diciendo «son mios;» y se los disputaré con mis manos.
Estas caricias, sin embargo, las veré; pero las que me ocultará la cubierta de la mesa serán mi mayor tormento. No juntes, pues, ni tus piernas, ni tus rodillas á las de tu marido, ni roces con tu delicado pié, su pié grosero.
Temo, infeliz, muchos males, porque muchos males hice, y me atormento con el temor de mi mismo ejemplo. Muchas veces mi querida y yo hemos estimulado bajo los vestidos que nos cubrian, el momento del dulce placer. Tú no harás eso; pero, para ahuyentar toda duda, desnuda tus espaldas del manto que las cubre. Ruega contínuamente á tu marido que beba, pero sin acompañar las súplicas con besos; y mientras beba, añádele furtivamente si puedes vino puro, y si se deja caer por efecto del sueño y del vino, nos aconsejarán el sitio y las circunstancias.
Cuando te levantes y todos nos levantemos para irnos á casa, no olvides introducirte en medio de la comitiva; allí me encontrarás ó allí te encontraré, y entonces tienta de mí lo que puedas.
¡Infeliz de mí! Te he enseñado lo que debe aprovechar para pocas horas, pues la noche manda separarme de mi compañera. Su marido se encerrará con ella toda la noche, y yo, bañado de lágrimas, no podré seguirle sino hasta la puerta. Le dará besos, despues se tomará algo más que besos, y le darás como un deber, lo que á mí me concedes furtivamente; pero no te prestes, esto te es posible, sino de mala gana y como á la fuerza. Callen las caricias, y séale Vénus avara. Si de algo sirven mis votos, él no hallará placer alguno; á lo menos tú no lo recibas de él. Por lo demás, cualesquiera que sean los sucesos esta noche, niégame mañana porfiadamente haberle concedido cosa alguna.
NOTAS AL PIE:
[4] Hippodamia
ELEGÍA QUINTA.
ARGUMENTO.
Alégrase de haber poseido á su amiga.
Hacia mucho calor; era el medio dia, y yo me recosté en la cama para descansar. Las ventanas estaban entreabiertas, dando paso á una media luz semejante á la que suelen dejar los árboles del bosque, ó á la que destella el crepúsculo cuando el sol se pone, ó bien la que se distingue cuando acaba la noche, pero aun no ha principiado el dia. Tal es la luz que ha de prepararse á las niñas vergonzosas, para que su tímido pudor pueda cohonestarse con la penumbra.
Hé aquí que llega Corina, con la túnica recojida y con el cabello dividido sobre su blanco cuello, cual se dice iba al tálamo la hermosa Semíramis, ó como Lais se presentaba á sus numerosos amantes. Le separé la túnica, que por lo fino no perjudicaba gran cosa, pero luchaba por cubrirse con ella, y así luchando, como quien no quiere vencer, fué vencida sin gran pena.
Cuando se descubrió ante mis ojos sin velo alguno, no apareció ni una imperfeccion en todo su cuerpo. ¡Qué hombros, qué brazos ví y toqué! ¡qué seno formado para las caricias! ¡Qué liso vientre bajo su preeminente pecho! ¡Qué esbelto talle! ¡Qué juvenil pierna! ¿Por qué descender á detalles? No he visto nada tan perfecto, y desnudo oprime su cuerpo con el mio. ¿Quién ignora lo demás? Fatigados, descansamos los dos. ¡Así pueda yo pasar á menudo las calurosas horas del medio dia!
ELEGÍA SEXTA.
ARGUMENTO.
Imprecaciones contra el portero que rehusaba abrirle la puerta.
Portero, indignamente cargado de hierros, abre, haciendo rodar los goznes la rebelde puerta. Poco es lo que te pido: entreábrela solo lo suficiente para que pueda yo pasar de lado. La prolongada pasion amorosa, ha extenuado mi cuerpo y ha puesto mis miembros á propósito para ello. El amor me enseña á insinuarme suavemente á los guardianes, y dirije, protegiéndolos, mis pasos.
En otro tiempo, empero, yo temia la noche y sus vanos fantasmas, y me admiraba de que álguien se aventurase entre tinieblas. Se burló á mis oidos Cupido con su tierna madre, y díjome por lo bajo: «Tú tambien te volverás valiente.»
La hora del amor ha llegado sin tardanza y no temo las sombras que vagan durante la noche, ni las manos dirigidas contra mi persona. No temo mas que tu lentitud; solo á tí te halago; tú tienes el rayo con que puedes perderme. Para que mejor lo veas quita estas crueles barreras, y mira cómo esa puerta está regada con mis lágrimas. Cuando desnudo estabas para recibir azotes, intercedí por tí ante tu señora. Así, pues, mis súplicas que entónces pudieron alcanzar gracia en favor tuyo, ¿no podrán ¡oh infamia! alcanzarla hoy en mi favor? Págame lo que me debes, hé aquí la ocasion de mostrarte agradecido, como deseas. La noche avanza: descorre los cerrojos. Hazlo, y ¡así seas libertado de la larga cadena y no bebas perpétuamente el agua de los esclavos!
Duro como el hierro, no me oyes, portero, cuando te suplico, y la puerta de fuerte roble permanece cerrada. Que las cerradas puertas sirvan á las ciudades sitiadas; pero en medio de la paz, ¿por qué temes las armas? ¿Qué harás con un enemigo, si así resistes á un amante? La noche avanza; descorre los cerrojos.
No vengo con armas y soldados, yo estaria solo si el cruel Amor no viniese conmigo. Aunque quiera, no puedo alejarle. Me acompañaria aunque me dividiese en dos. El Amor, un poco de vino que se me sube á la cabeza, una corona que se desprende de mis perfumados cabellos, es lo que llevo conmigo: ¿quién temerá tales armas? ¿quién no correrá á su encuentro? La noche avanza, descorre los cerrojos.
¿Es tu inercia ó es el sueño, contrario del que ama, la causa de que sin que las atiendas se lleve el viento mis palabras? Pero yo me acuerdo que en otro tiempo cuando me queria ocultar de tí, te hallaba en pié y vigilando á media noche. Tal vez á estas horas duerme á tu lado tu compañera. ¡Ah, cuánto mejor es tu suerte que la mia! Así pasasen á ese precio á mis manos tus duras cadenas. La noche avanza, descorre los cerrojos.
¿Me engaño? ¿no ha crujido la puerta sobre sus goznes, como en señal de que está franca la entrada? Me he engañado; el impetuoso viento habrá impulsado las puertas. ¡Ay de mí! ¡cuán lejos el viento se ha llevado mi esperanza! Por poco que te acuerdes, Borcas, del rapto de Oritia, llega aquí y con tu violencia derriba estas puertas, sordas á mi ruego. Todo calla en la ciudad, y humedecida con trasparente rocío avanza la noche: descorre los cerrojos, ó yo mismo, más activo que tú, fuerzo á hierro y á fuego, la puerta que se me niega.
La noche, el Amor y el vino nada moderado me aconsejan. La noche no conoce el pudor, el Amor y el vino no conocen el miedo. Todo lo he probado; pero ni con súplicas, ni con amenazas te he podido mover, ¡oh portero más sordo que tu misma puerta! Tú no sirves para guardar la casa de una hermosa jóven; eres más digno de estar guardando un calabozo. Ya el lucero de la mañana aparece en el horizonte y el gallo llama á los pobres al trabajo. Pero tú, corona arrancada á mi triste frente, queda por el resto de la noche sobre los duros umbrales; serás testimonio ante su señora, cuando mañana te vea por tierra, del tiempo tan lastimosamente perdido. «Adios;» á pesar de todo, «¡Adios!» Ojalá experimentes lo que siente su amante despedido. Y vosotras tambien, crueles puertas con inalterables goznes, «Adios;» y tú tambien, umbral cruel como tu guardian, «¡Adios!»
ELEGIA SÉPTIMA.
ARGUMENTO.
Contra sí mismo, por haberle pegado á su querida.
Ata mis manos, merecedoras de cadenas, ahora que ha pasado la furia, si te _muestras_ amigo mio. El furor fué causa de que levantase contra mi señora mis temerarios brazos, y llora herida por mi mano. Era yo capaz entónces de maltratar á mis caros padres y de golpear á los santos dioses.
¡Mas qué! ¿Ayax, dueño de un impenetrable escudo, no degolló rebaños á través de los campos? El desgraciado Orestes, que no pudo vengar á su padre sino con la sangre de su propia madre, ¿no armó sus manos contra las misteriosas deidades? ¡Yo, pues, he podido maltratar su peinado! Ni el desarreglo de sus cabellos la ha desfigurado, sino que aun así estaba hermosa. De tal modo la Scheneida, dicen que con el arco perseguia las fieras Menalias. De tal modo lloraba la hija del rey de Creta viendo á los raudos vientos llevarse á la vez las promesas y los bajeles del perjuro Theseo; de tal modo, sin la venda que ceñia sus cabellos, se tendió Calandra sobre el pavimento, casta Minerva, de tu templo.
¿Quién no me hubiese tratado de demente? ¿quién no me hubiese llamado bárbaro? Ella nada dijo, paralizada su lengua por el pavoroso temor. Pero sin palabras, su rostro expresaba sus reproches, y, callando su boca, me acusaba con sus lágrimas como reo. Hubiera yo querido que mis brazos se hubieran desprendido de mis hombros. Mejor me hubiera sido carecer de alguna parte de mi cuerpo. Contra mí mismo se volvieron mis fuerzas y mi delirio, y fuí vigoroso para mi suplicio. ¿Qué tengo que ver con vosotros, ministros del asesinato y del crímen? Sufrid, manos sacrílegas, las merecidas cadenas. Si hubiese herido al último de los romanos, seria castigado; ¿tengo mayor derecho contra mi señora? El hijo de Tideo[5] ha dejado un afrentoso monumento de su maldad; fué el primero que pegó á una Diosa; yo he hecho otro tanto, pero aun fué él menos culpable, pues yo he maltratado á la que decia amarme y aquel fué cruel con su enemiga.
Ve ahora, vencedor, á gozar de tu triunfo; ¡ciñe tu frente con el laurel de la victoria, cumple tus votos á Júpiter! Y la turba que seguirá tu carro, clame «Vítor al valiente vencedor de una niña!» Vaya delante tu pobre víctima, suelto el cabello, y blanca desde los piés á la cabeza, á no ser por las lesiones de sus mejillas.
Más á propósito era su boca para marcarla con mis lábios y su cuello para tener la señal de un diente acariciador. En fin, si yo me desencadenaba como un torrente impetuoso y estaba ciego de coraje, ¿no era bastante dar gritos á una tímida niña, sin amedrentarla con demasiado fuertes amenazas ó despojarla torpemente de su vestido hasta la cintura? Al menos hubiese osado no más contra la mitad de su cuerpo; pero despues le he arañado las mejillas, agarrándola por los cabellos.