Part 9
--Mira, Apolodoro, tú no estás bueno, tú tienes algo, algún mal interior de que ni tú mismo sospechas y es menester que el médico te examine.
--Sí, ya te entiendo y sé lo que crees que tengo, pero es otra cosa; conozco mi enfermedad.
--Sí, el amor.
--No, la pedagogía.
Y llega el médico y le examina y se va diciendo: «Pues señor, aquí no veo nada.» Y Apolodoro se dice: «No sabe qué tengo ni lo sabrá nadie, aunque algo debo de tener, sin duda. Ha de ser un caso patológico interesante, raro... ¿No sobrevive acaso el nombre de Dalton más que por otra cosa por la enfermedad que padeciera? ¡Erostratismo, puro erostratismo! ¡ansia de inmortalidad! ¡Haz antes hijos, Apolodoro! ¿Pero serviré para el caso? porque yo estoy malo, muy malo; yo duro poco; ni me dará la vida tiempo á dimitir, me dejará cesante... Estoy muy malo.» Y llama.
---¿Qué quiere usted, señorito?
--Nada, Petra, verte antes de salir, porque difundes tal aire de salud, se exhala tal salubridad de tu vista, que parece me alivia...
--Vamos, no se burle así...
--Espera, espera que te toque á ver si se me pega tu sanidad--y le pasa la mano por la cara.
--Estése quieto y dígame qué quiere.
--Que te vayas.
«Sí, mejor es que se vaya», y sale Apolodoro de paseo. «Allá va Menaguti; tengo que volverme y tomar otro camino, porque ¿con qué cara me presento á él? ¿me habrá visto? y si me ha visto, ¿caerá en la cuenta de que le evito?» Y tuerce y sale á la alameda y topan sus ojos con Clarita, tan hermosa, y Federico al lado. Enciéndesele la sangre. Y les sigue, acomodando su paso al lento paso de ellos. Las piernas de Clarita van y vienen á compás, marcando alternativamente sus contornos en la falda, y ondean al vientecillo los rizos de su nuca, al vientecillo que orea el tierno follaje de primavera, el verde plumoncillo de los álamos que despiertan desperezándose del invierno... Oh ¡qué hermosa! ¡qué hermosa! «¡Y yo que creía no quererla! ahora, ahora es cuando comprendo cuán enrocinado estaba por ella.» El vientecillo le da de cara, viene de ella y le trae sus efluvios, su aliento, su perfume, algo de su tibieza; entreabre la boca para mejor aspirarlo. «Algo me tragaré de ella y en ese algo vendrá toda entera.» Y va creciéndole un abceso de amor, como un repentino tumor amoroso del ánimo, y le entran ganas de abalanzarse y de ahogarle á él y de forzar á ella y de dimitir luego, sí, de dimitir, pero después de haberle hecho un hijo. «Yo no estoy bueno, no estoy bueno; así no puedo seguir; á casa, á casa, que estoy muy malo.» Y sube las escaleras casi en fiebre, y cuando Petra le abre la puerta, se abalanza á ella y le da un beso, y la fiebre se le calma.
--¿Pero está usted loco, señorito?
Y á la noche, en la cama, besa primero á la almohada, con furia, y acaba por morderla, con más furia aún.
* * * * *
Vuelve á intentar el padre nueva conferencia y á las pocas frases exclama el hijo:
--Bueno, pero la ciencia ¿me enseña á ser querido?
--Enseña á querer.
--No es eso lo que me importa.
--¡El amor! ¡herencia fatal! Es un caso de la nutrición después de todo y nada más. Este tropiezo te servirá. También yo pasé por ahí...
--¿Tú?--y abre los ojos como queriendo tragarle con ellos,--¿tú? ¿tú?--y se echa á reir como un loco.
--Yo, sí, yo, yo; ¿pues qué se te figura, chiquillo? ¿que sólo tú eres capaz de enamorarte? También yo, sí, también yo me enamoré de tu madre, también yo, y así has salido tú, como engendrado en amor...
--¿En amor? ¿engendrado en amor yo? te equivocas.
--Sí, tú. Pero para algo me has servido, para algo servirás á la humanidad, porque ahora se pone en claro que no haremos con la pedagogía genios mientras no se elimine el amor.
--¿Y por qué no hacer del amor mismo pedagogía, padre?
Don Avito se queda un rato suspenso, y dice luego:
--Mira, es una idea que no se me había ocurrido, y aunque me parezca absurda puede conducir á algo como ha conducido á Lobacheusqui el hacer una geometría partiendo del absurdo de que desde un punto fuera de una recta pueda bajarse más de una perpendicular á ella. Mira, dedícate á desarrollar esa idea y tal vez des en la pedagogía meta-pestalozziana y en la cuarta dimensión educativa; ve ahí un campo abierto á tu genialidad...
--¡Padre, no se juega así con el corazón!
Y vuelven á separarse sin resultado.
* * * * *
Va llegando ya al colmo el desaliento nada científico de don Avito, quien da en recordar las más estupendas y peregrinas ocurrencias de aquel funesto de don Fulgencio, el mixtificador que por tanto tiempo le ha tenido preso en sus encantos maléficos, aquellas ocurrencias como la de la cura del sentido común, rémora de toda genialidad, mediante el masaje histológico del cerebro logrado por cierta trepidación eléctrica que obligue á las células nerviosas á entrecruzar de otro modo que como lo tienen sus prolongaciones pseudopódicas, la microcirugía psíquica, de donde se deduce la utilidad pedagógica del pescozón en cuanto éste hace vibrar el cerebro y sus 612.112.000 células; ó recuerda lo de la cura de la monotonía mental mediante inyecciones de gelatina. Y luego se dice: «¿No será mejor que pretender hacer el genio, hacer primero la madre del genio? Tengo muy abandonada á Rosa, y la pobrecilla no me gusta, no, no me gusta; va desmejorando mucho, pero mucho; no sirve meteorizarla. Todo me sale mal, todo me sale mal; quiero guiar á Apolodoro por el buen camino, y va y se me enamora; quiero robustecer físicamente á Rosa, y nada, cada vez más enteca. Esa Marina me la echa á perder con sus mimos.»
XV
El pobre Apolodoro, tras días de besar y morder la almohada por las noches, va encalmándose y ya parece no pesarle que Clarita le dejara, antes bien se complace, allá, muy en su interior, en tener tal excusa para dimitir la vida, como es su secreto anhelo. Porque ¿para qué sirve ya, fracasado como cuentista y como novio? Diríase que esta necesidad de morir él ha guiado al Destino, al Determinismo, á que Clarita le deje. Era menester una motivación. Y se recrea en la infidelidad de su ex-novia y en el recuerdo de sus amores, más poéticos ahora que han pasado. «Nací como los más de los mortales, hastiado de la vida desde nacimiento, sin que haya logrado en mí la vida, como en los demás logra, borrar con el adquirido apetito la nativa saciedad. Y ahora ¿qué dirán si dimito? ¿qué pensará papá? ¡vaya unas cavilaciones que va á costarle! ¡pobrecillo! ¿Me daré un tiro? ¿me tiraré de una torre? ¿tomaré un veneno? ¿me ahorcaré? Pero, ¿y mamá? ¡mamá! ¿y Rosa, la pobre Rosa que está tan delicada? ¿no acelerará esto su fin, que está tan próximo? ¿no será mejor diferirlo hasta que ella acabe?» Y le invaden mil recuerdos vagarosos y se encuentra con el padrenuestro en los labios, y al acabar de paladearlo se dice: «¡no nos dejes caer en la tentación!» y desde el fondo del alma le dice la voz de don Fulgencio: «¡haz hijos, Apolodoro, haz hijos!»
--Cuando usted guste, señorito.
--¿Eh?
--Está ya la sopa en la mesa.
--¡Pero qué salud, Petra, qué salud! Si la salud se pegara... Ven acá.
Mas la criada desaparece.
* * * * *
Don Avito se ha vuelto á su hija, á Rosa, la meteorizada, que arrastra dulce y tristemente una vida lánguida, de silencio y de clorosis, á pesar de los meteoros todos. Y empieza el padre á luchar con un temperamento rebelde á cambiarlo por procedimientos científicos, porque la ciencia... ¡oh, la ciencia!
Mas á pesar de la ciencia, la muchacha decae á galope tendido y encama y esto se va. El padre lucha desesperadamente, pero sereno y tranquilo, recobrada su antigua firmeza y ayudado por don Antonio en la faena, hasta que un día, convencido ya de la impotencia de la ciencia en este caso, ve que la Muerte se acerca al lecho de la joven.
¿La Muerte? ¿y qué es la muerte? Un fenómeno fisiológico, la cesación de la vida. ¿Y qué es la vida? El conjunto de las funciones que resisten á la muerte, un cambio entre las sustancias albuminoideas orgánicas y el exterior, la desoxidación del organismo.
Están ante la moribunda, confesada ya, su madre, don Avito y Apolodoro. Marina reza y llora en silencio, en sueños, hacia dentro; Apolodoro piensa en su dimisión y en la inmortalidad. Y don Avito, ante lo irremediable, da una lección:
--Va á concluir el proceso vital; el cianógeno ó biógeno que dicen otros, pierde su explosividad estallando, y se convierte en albúmina muerta. ¿Qué íntimos procesos bioquímicos se verifican aquí?
Rosa parece querer coger algo con las manos casi esqueléticas, revuelve la vista sin mirar, y entreabre la boca para estertorar.
--La verdad es que no recuerdo bien la explicación fisiológica de esto del estertor.
La moribunda calla. Le toma el pulso su padre, acerca un espejo á su boca por si se empaña.
--No tiene aún la ciencia medios eficaces para averiguar con exactitud cuándo un individuo ha muerto...
Marina se levanta, corta un rizo de la cabellera de la muerta, le besa, se arrodilla y oculta la cara entre las manos. Apolodoro va también á besarla, y su padre le detiene:
--¡Cuidado! hay que saber dominarse.
Y el hijo, diciéndose: «¡qué guapa está! no parece que sufre», va á un rincón y oculta también la cara entre las manos. Y el padre prosigue:
--Aunque el individuo haya muerto como tal, continúa la sustancia viviendo. Si ahora le aplicáramos una corriente galvánica, se movería. No se han coagulado aún los albuminoideos, no están las células reducidas á su mayor concentración, no ha llegado la rigidez cadavérica. La concentración es la muerte, la expansión la vida; fíjate en esto, Apolodoro, y no te concentres, expansiónate. ¿Qué es eso, lloras?
--Sí, por ti, padre.
--¿Por mí? pues no lo entiendo. Y aun rígido el cadáver, seguirán las cejas vibrátiles conservando su actividad normal y seguirán viviendo los glóbulos blancos ó leucocitos, estas células amiboideas. No hay un momento preciso en que la vida cese para empezar la muerte; la muerte se desenvuelve de la vida, es lo que llaman los fisiólogos la necrobiosis, la muerte de la vida de ese don Fulgencio.
«¡Haz hijos!» oye Apolodoro al oir este nombre.
--La muerte tiene su vida, digámoslo así, sus procesos histolíticos y metamorfóticos...--y al oir suspirar á Marina, añade:--¡Es natural! ¡cuánto le queda por hacer á la ciencia hasta dominar nuestros instintos!--y se sale del cuarto.
Marina levanta la cabeza, y como quien despierta de una pesadilla, con ojos despavoridos exclama: ¡Luis, Luis, Luis! Y Apolodoro va á sus brazos y se estrechan y se mantienen en silencio, estrechados, llorando:
--¡Rosa, Rosa, mi Rosa, mi sol, mi vida... mi Luis, Luis, Luis, Luis, mi Luis, Luis, Rosa, mi Rosa...! ¡qué mundo, Virgen Santísima, qué mundo! Luis... Luis... Luis...!
--Papá...
--Cállate, Apolodoro... Luis... Luis... mi Luis... Luis... cállate... ¡Rosa... mi Rosa... Rosa... Rosa!
--Pero, mamá...
--Yo quiero morirme, Luis... ¿no quieres tú morirte?
Apolodoro mira á la muerta y tiembla al oir estas palabras.
--Cálmate, mamá.
--Calla, no hables alto, que la despiertas... ¿ves cómo duerme?
Los dos callan y parecen oir á lo lejos, que del espacio invisible bajan estas palabras del silencio:
Duerme, niña chiquita, que viene el Coco á llevarse á las niñas que duermen poco.
Y la voz silenciosa se aleja cantando:
Duerme, duerme, mi niña, duerme enseguida; Duerme, que con tu madre duerme la vida. Duerme, niña chiquita, que viene el Coco...
* * * * *
--¡Mamá!
--¡Chit! calla, que viene él, Apolodoro.
--No, no viene.
--¿No viene?
--No.
--Mírala qué guapa, Luis, mi Luis, mírala... ¡Rosa, mi Rosa, Rosa, Rosa de mi vida!
«¡Ay, Clarita!» murmura Apolodoro. Cierran los ojos á la muerta y salen.
* * * * *
Y ahora, después de esta muerte, parece que le grita con más fuerza á Apolodoro su instinto: ¡hazte inmortal! Es un ansia loca, ansia que se exaspera un día en que ve á Clarita y ya no puede contenerse. Y he aquí que á las pocas noches es, á oscuras, un: «calla, calla... ¡Clarita! ¡Clarita! ¡Clarita!» Previa promesa, claro está, para que Petra cediera.
Cuando á los pocos días se entera Apolodoro de lo que ha hecho, éntrale una enorme vergüenza y asco y desprecio de sí mismo, y acaba en un: «¡dimito! ¡ahora sí que dimito!» ¡Pobre Petra!
A lo que se agrega que va á casarse Clarita, las amonestaciones de cuyo enlace se han echado ya.
* * * * *
¿Escribirá algo antes, una especie de testamento? No, un acto solemne, serio, sin frases ni posturas, pero original. Que no se rían de él después de muerto.
Se recoge y medita: «¡A descansar! ¡á descansar! ¡al eterno asueto! Soy un miserable; he cometido una infamia; todos se burlan de mí; no sirvo para nada. ¡Todo han querido convertírmelo en sustancia sin dejar nada al accidente! Hasta cuando me dejaban por mi propia cuenta era por sistema. Ahora sabré á dónde vamos... ¡cuanto antes, mejor! Aunque sólo fuese por curiosidad, por amor á saber, era cosa de hacerlo. Así se sale antes de dudas respecto al problema pavoroso. ¿Y si no hay nada?»
Llaman á la puerta.
--¡Adelante!
--Por Dios, señorito, no se olvide...
--No tengas cuidado, Petra, todo se arreglará; vete ahora, déjame.
«Soy un miserable; he cometido una infamia. ¡Adiós, mi madre, mi fantasma! Te dejo en el mundo de las sombras, me voy al de los bultos; quedas entre apariencias, en el seno de la única realidad perpetua dormiré... ¡Adiós, Clara, mi Clara, mi Oscura, mi dulce desencanto! ¡Pudiste redimir de la pedagogía á un hombre, hacer un hombre de un candidato á genio... que hagas hombres, hombres de carne y hueso; que con el compañero de tu vida los hagas, en amor, en amor, en amor y no en pedagogía! ¡El genio, oh, el genio! El genio nace y no se hace, y nace de un abrazo más íntimo, más amoroso, más hondo que los demás, nace de un puro momento de amor, de amor puro, estoy de ello cierto; nace de un impulso el más inconciente. Al engendrar al genio pierden conciencia sus padres; sólo los que la pierden al amarse, los que como en sueño se aman, sin sombra de vigilia, engendran genios. ¡Qué lástima que el deber de dimitir mañana no me permita desarrollar esta luminosa teoría! Al engendrar al genio deben de caer sus padres en inconciencia; el que sabe lo que hace cuando hace un hijo, no le hará genio. ¿En qué estaría pensando mi padre cuando me engendró? En la carioquinesis ó cosa así, de seguro; en la pedagogía, sí, en la pedagogía; ¡me lo dice la conciencia! Y así he salido... ¡Soy un miserable, un infame, he cometido una infamia...!»
* * * * *
Llega la hora. Se encierra, sube á la mesa sobre la que pone un taburete y prepara el fuerte cordel pendiente del techo; agárrase á él y de él se suspende para ver si le sostiene; hace el nudo corredizo y se lo echa al cuello, subido en el taburete. Detiénele por un momento la idea de lo ridículo que puede resultar quedar colgado así, como una longaniza; pero al cabo se dice: «¡es sublime!» y da un empellón al taburete con los pies. ¡Qué ahogo, oh, qué ahogo! Intenta coger con los pies el taburete, con las manos la cuerda, pero se desvanece para siempre al punto.
Al ver que tarda tanto en venir á comer, don Avito va en su busca, registra la casa, y al encontrarse con aquello que cuelga, tras fugitivo momento de consideración salta á la mesa, corta la cuerda, tiende el cuerpo de su hijo sobre la mesa misma, le abre la boca, le coge la lengua y empieza á tirarle rítmicamente de ella, que acaso sea tiempo. Al poco rato entra la madre, más soñolienta desde que perdió á su hija, y al ver lo que ve se deja caer en una silla, aturdida, murmurando en letanía: «¡hijo mío! ¡hijo mío! ¡hijo mío! ¡Luis! ¡hijo mío!» Es una oración al compás de los rítmicos tirones de lengua. A su conjuro siente Avito extrañas dislocaciones íntimas, que se le resquebraja el espíritu, que se le hunde el suelo firme de éste, se ve en el vacío, mira al cuerpo inerte que tiene ante sí, á su mujer luego, y exclama acongojado: ¡hijo mío! Al oirlo se levanta la Materia, y yéndose á la Forma le coge de la cabeza, se la aprieta entre las manos convulsas, le besa en la ya ardorosa frente y le grita desde el corazón: ¡hijo mío!
--¡Madre!--gimió desde sus honduras insondables el pobre pedagogo, y cayó desfallecido en brazos de la mujer.
El amor había vencido.
EPÍLOGO
Mi primer propósito al ponerme á escribir esta novela fué publicarla por mi cuenta y riesgo, como hice, y por cierto con buen éxito, con mi otra; pero necesidades ineludibles y consideraciones de cierta clase me obligaron á cederla, mediante estipendio, claro está, á un editor. El editor se propone publicar, á lo que parece, una serie de obras editadas con cierta uniformidad, y para ello le conviene que llegue cada una de ellas á cierta cantidad de contenido, porque todo, incluso las obras literarias, debe estar sujeto á peso, número y medida. Ya yo por mi parte, previendo que la obra resultara demasiado breve para los propósitos del editor, la hinché mediante el prólogo que la precede y con tal objeto se lo puse, mas ni aun así parece que he llegado á la medida. Hace seis días remití el manuscrito á mi buen amigo Santiago Valentí Camp, y he aquí que hoy, 6 de febrero, recibo carta fechada en Barcelona á 4 de febrero de 1902, en que este amigo, bajo el membrete _Ateneo Barcelonés_--_Particular_, me dice lo que sigue:
«Acabo de hacer entrega del original al señor Henrich, y por tanto queda ya casi terminada mi gestión en este asunto. Digo _casi_ porque después de haber estudiado detenidamente con el señor Henrich y el jefe de la sección de cajas las proporciones del libro y el número de cuartillas que tiene el original resulta, que aun haciendo uso de todos los recursos imaginables, no alcanza más que 200 páginas. Usted dirá cómo se resuelve el conflicto. A mí se me ocurren dos medios para arreglarlo.»
A seguida me expone mi amigo los dos medios que se le ocurren para resolver el conflicto, uno de los cuales es alargar el prólogo y añadir dos capítulos á la novela, aunque ve á esto el inconveniente, inconveniente que yo también se lo veo, de que quitaría espontaneidad y frescura á la obra de arte, pues así la llama mi amigo. Opto por añadirle un epílogo, con lo cual se consigue además que tenga mi libro la tan acreditada división tripartita, constando de prólogo, _logo_ y epílogo, y es lástima que las necesidades del ajuste y el tipo fatal de 300 páginas por una parte y por otra lo apremiante del tiempo no me permitan estudiar el modo de dar á esta división tripartita cierto módulo especial tal como el de la llamada sección áurea--que tanto papel jugaba en la estética arquitectónica--de manera que fuese el prólogo al epílogo como éste al _logo_, ó sea este epílogo una media proporcional entre el prólogo y el _logo_, artificio digno de mi don Fulgencio. De todos modos creo que es un epílogo lo que resolviéndonos el conflicto, puede menos «quitar espontaneidad y frescura á la obra de arte.»
Ya veo á algún lector, más ó menos esteta, que tuerce el gesto y hace un mohín de desagrado al leer esto de «obra de arte» entre consideraciones, que tendrá por cínicas, de tan pedestre mercantilismo, mas debo aquí hacer á tal respecto algunas reflexiones sobre las relaciones entre el arte y el negocio, con lo que consigo, de añadidura, ir hinchando este epílogo.
Me tienen ya hartos los oídos de todo eso de la santidad del arte y de que la literatura no llegará á ser lo que debe mientras siga siendo una profesión de ganapán, un modo de ganarse la vida. Tiéndese con tal doctrina á hacer de la literatura un trabajo distinto de los demás y á presentar la actividad del poeta como algo radicalmente distinto de la actividad del carpintero, del labrador, del albañil ó del sastre. Y esto me parece un funesto y grave error, padre de todo género de soberbias y del más infecundo turrieburnismo. No, hacen bien los obreros ó artesanos que se llaman á sí mismos artistas, sin dejar que acaparen este título los otros.
Podría aquí extenderme--llenando mi objeto de tal manera--acerca de cómo en la edad media, en la época en que se levantaron las soberbias fábricas de las catedrales góticas, artista y artesano eran una sola y misma cosa y cómo el arte brotó del oficio, mas es esta una materia que puede verse desarrollada en muchos tratados especiales. Sólo quiero desarrollar brevemente un principio que oí asentar en cierta ocasión á don Fulgencio y es el de que así como el arte surgió del oficio, así todo oficio debe reverter al arte, y si en un principio fueron la pintura, la música y la literatura algo utilitario, tienen que llegar á ser la carpintería, la labranza, la sastrería, la veterinaria, etc., artes bellas. Don Fulgencio que, como habrá adivinado el lector, pasó por su temporada de hegelianismo, tomó gusto á las fórmulas del maestro Hegel y solía decir que el oficio era la tesis, la oposición entre oficio y arte la antétesis, y el arte sólo la síntesis ó bien que es el oficio la primitiva homogeneidad en que se cumple luego la diferenciación de oficio y arte, para que lleguemos al cabo á la integración artística.
Todo tiene, en efecto, un origen utilitario y sabido es que el cerebro mismo podría sostenerse que proviene del estómago; no la curiosidad sino la necesidad de saber para vivir es lo que originó la ciencia. Mas luego ocurre que lo en un principio útil deja de serlo y queda como adorno, como recuerdo de pasada utilidad, como esperanza de utilidad futura tal vez, y de aquí el que haya dicho un pensador británico--no recuerdo ahora cuál--que la belleza es ahorro de utilidad. La belleza, añado, es recuerdo y previsión de utilidad.
Las artes llamadas bellas surgieron de actividades utilitarias, de oficio, y así puede sostenerse que los primeros versos se compusieron, antes de la invención de la escritura, para mejor poder confiar á la memoria sentencias y aforismos útiles, de lo que nos dan buena muestra los actuales refranes. Y así diremos que composiciones poéticas como esta
El que quiera andar siempre muy bueno y sano La ropa del invierno lleve en verano;
ó la de
Hasta el cuarenta de mayo Nunca te quites el sayo;
ó la de
Los en _um_ sin excepción Del género neutro son,
son poemas fósiles ó primitivos.
Más tarde fueron diferenciándose el arte llamado bello ó inútil si se quiere y el oficio, y hoy hemos venido á tan menguados tiempos que los artistas por antonomasia, los que se dedican al oficio de producir belleza pretenden pertenecer á otra casta y sostienen con toda impertinencia que su actividad no debe regularse como las demás actividades y que su obra no es cotizable ni se le puede ni debe fijar precio como á una mesa, á un chaleco ó á un chorizo. Es de creer, sin embargo, que esto lo hagan para cobrar más, pues da grima ver expuesto en un escaparate un mamarracho pictórico y al pie: 500 pesetas. Esto es como aquello de que el sacerdote vive del altar, y luego de hacernos ver que el santo sacrificio tiene un precio infinito, leemos este anuncio: «Los señores sacerdotes que quieran celebrar misas en la parroquia de San Benito, recibirán estipendio de tres, cuatro, cinco ó seis pesetas según la hora.»