Amor y Pedagogía

Part 7

Chapter 73,979 wordsPublic domain

Y Apolodoro va metiéndose en la casa y empieza á hacer, á excusa de su amistad con Emilio, largas estancias en ella, mientras parece decirse don Epifanio: «¡qué le hemos de hacer!» y don Avito se dice: «¡pero dónde se mete este muchacho!...» y Marina no dice nada.

¿Y de noche, en estas noches de invierno? La roja lumbre del hogar enciende el ámbito en rubor reflejándose en el fuelle, en las tenazas; Clarita ante las llamas que danzan retira con la mano los vestidos para que no se le caldeen y asoman los piececitos; la lumbre le enciende la cara, y resbala por ella, por su tez cual pellejo de albaricoque, de dulce albaricoque de estufa, con su pelusilla para coger y cerner luz. Y los ojos, unos ojos hechos tan sólo para mirar tranquilos. ¡Oh, qué animal! ¡qué gracioso animal doméstico esta muchacha! Una gatita sobona, runruneante, pegajosa, silenciosa... ¿Y cuando habla? ¡qué hermosas simplezas dice! Sobre todo cuando pueden cruzarse la palabra á solas, un momento, en el zaguán.

--Hoy te he visto, Apolodoro.

«¡Hoy me ha visto! ¡que me ha visto hoy! ¡pero qué buena es este ángel de Dios! ¡hoy me ha visto, me ha visto con esos ojos sin mancha; hoy he estado en ellos, chiquitico, patas arriba, acurrucadito en las redonditas niñas de sus ojos virginales!» Y al retirarse se dice: «no he estado bastante tierno, no le he dicho lo que pensaba decirle... volveré... estoy por volver á decírselo... ¡mañana!... ¡mañana!» Y es siempre mañana y ciérnese siempre lo más tierno, lo inefable, en el silencio, sobre el gorjeo del amor.

Emilio por su parte se da aires de protector, parece estar diciendo de continuo á su hermana con su actitud: «mira, que sé tu secreto», mas á la vez empieza á pensar que esto no está bien, que no es serio ni formal, que hay que decir algo á los padres; ¡andar así cuchicheando, á hurtadillas, en el zaguán y en las escaleras! Y ¡qué tontos son estos novios! ¡qué babosos!

«Pero ¿qué es esto? ¿qué le pasa á mi hijo?--piensa don Avito;--parece otro... ¿estará sufriendo alguna enfermedad de la personalidad? ¿tendrá alguna honda perturbación en la cenestesia? ¿estará de muda? ¿tendrá la solitaria? ¿le estará entrando alguna monomanía? ¿será la incubación del genio? ¿estará en el momento metadramático, en el instante de la libertad, próximo á parir su morcilla? ¿se le estará concretando el amor?» Y el demonio familiar le repite: «caíste, caíste, y como tú caíste cae él ahora y volverá á caer y caerán los hombres todos.»

Y Apolodoro siente de noche, en la cama, como si se le hinchase el cuerpo todo y fuera creciendo y ensanchándose y llenándolo todo, y á la vez que se le alejan los horizontes del alma y le hinche un ambiente infinito. Empieza la Humanidad á cantar en él; en los abismos de su conciencia sus pretéritos abuelos, muertos ya, canturrean dulces tonadillas de cuna á los futuros nietos, nonatos aún. Revélasele la eternidad en el amor; el mundo adquiere á sus ojos sentido, ha hallado sendero el corazón, sin tener que galopar á campo traviesa. El ruido de la vida empieza á convertírsele en melodía; medita, comprendiéndolo ya, en aquello de los juicios sintéticos y de las formas _a priori_ de Kant, sólo que el único juicio sintético _a priori_, el interno ordenador del caos externo es el amor. Toca la substancialidad de las cosas, su tangibilidad por el tacto espiritual; le es ya el mundo de bulto, macizo, sólido, con contenido real. Esto es lo único que no necesita demostrarse, que se demuestra por sí, mejor dicho que no se demuestra, que es indemostrable. Esto no es teatro, diga lo que quiera don Fulgencio; ha entrado al escenario aire de la infinitud, de la inmensa realidad misteriosa que al teatro envuelve.

Y ¡qué lumbre! ¡qué lumbre se le ha encendido en el corazón! ¡cómo alumbra su propio hogar! ¿Hogar? «¡Pobre padre!»--le dice su demonio familiar con voz tenue, mostrándole su hogar á la nueva luz--«¡pobre madre!» ¿Por qué es, porque cogiéndole hoy su pobre madre, la soñadora, cogiéndole en brazos le ha dado un beso, sollozando: «Luis, mi Luis, Luis mío, Luis?...» Un beso intempestivo, ilógico, sin ilación, un beso que ha arrancado lágrimas á madre é hijo.

--¡Oh, tu padre!--ha exclamado la Materia despavorida al oir un rumor.

Y aquí que entra don Avito diciendo:

--Se habla de un ingeniero industrial que ha descubierto la trisección del ángulo...

Esta noche sorpréndese Apolodoro con que las oraciones que de niño anidara en su memoria la madre le revolotean en torno á la cabeza, rozándole los labios á las veces con sus tenues alas. Y tras un «¡pobre padre!» susurrado mentalmente encuéntrase con el padrenuestro en la boca.

Y piensa en su madre y se le va el alma al pensar en ella. Y bajito, muy bajito, en silencio casi, le susurra al oído del alma el demonio familiar: «¿No has notado como se parece Clarita á tu madre?»

XI

Con la invasión del amor ¡qué marea de melancolía! Es un sentir la vida como un derretimiento, es un soñar en dormirse para siempre en brazos de Clarita.

Va de paseo á orillas del río; de los blancos álamos nievan aladas semillas, copos de vida. Y ve que se agolpan las gentes á contemplar algo. Es que va flotando en las aguas, llevado por la corriente, un hombre muerto. Parece dulcemente dormido, mecido por las ondas suaves. Va á posarse sobre él una de las mullidas simientes de los álamos.

«El hombre vivo va al fondo, muerto flota»--piensa Apolodoro, y empieza al punto á cavilar, con la sangre paterna, en el principio de Arquímedes--«pesa ahora menos que el agua... peso específico menor que cero; de vivo pesaba más que ella, por encima de cero... luego la vida pesa... la vida pesa y la muerte aligera... ¡Duerme! duerme...

Duerme, niña chiquita, que viene el Coco á llevarse á las niñas que duermen poco...

¡pobre madre!...» «Ya te tengo dicho que no le cantes esos desatinos, que no le mientes al Coco, ¡Marina!...» Esta es la letra, letra paterna, mientras la música, música materna, va cantándole por debajo: «vida... sueño... muerte... muerte... sueño... vida... vida... sueño... muerte... muerte... sueño... vida...»

«¿Y si esa alada simiente posara en él y en él prendiese y fuera flotando el cuerpo por el océano, isla errante, llevando plantas? La circulación universal... omne _vivum ex ovo_... _ex nihilo nihil fit_... el círculo vital... trasformación de materia y fuerza... conservación de la energía...

Duerme, niña chiquita, que viene el Coco...

lo Inconocible... lo Inaccesible...»

--Es un espectáculo bien poco artístico.

Vuélvese y se encuentra de manos á boca con Federico. Reprime un gesto de impaciente porque le inquieta y desasosiega este Federico, sonriente siempre, pero con sonrisa de máscara.

--¿Usted por aquí, por el campo, Federico, usted?

--¡Psé! de vuelta de una visita. Además conviene verlo de vez en cuando para mejor apreciar luego los encantos únicos de la ciudad, única morada digna del ser racional, pues el campo lo es del animal humano.

Apolodoro procura distraerse; no puede resistir la roja corbata de Federico, esponjosa é hinchada, que le revienta del cuello.

--Algún melancólico--dice Apolodoro como hablando consigo mismo,--monomanía... lipemanía...

--No--contesta Federico,--alguno á quien aterraba la muerte.

--¿Pues cómo?

--Se entregó á ella sin duda porque la odiaba, como se entregan á la mujer algunos hombres...

--¡Paradojas!

--¡Tal vez! Sólo se suicida el que odia á la muerte; los melancólicos enamorados de ella viven para gozar en esperarla, y así cuanto más tiempo la esperan, más tiempo gozan, y el melancólico es ante todo y sobre un sensual, un... ¡cuerpo de Baco, qué crimen!

--¿Cuál es el crimen?--y se vuelve Apolodoro.

Pasa un joven dando el brazo á una muchacha cuyos ojos, fijos en él, parecen flores de vida. Apóyase la muchacha perezosamente en su hombre.

--¡Qué chica más hermosa era!--exclama Federico.

--Y lo es.

--Ya no; ha perdido la virginal inmadurez; ese bárbaro la ha hecho fructificar... ¿Ve usted ese talle? Eso es un crimen, un crimen que debiera castigarse...

--Pero si es su marido...

--Eso es un crimen, digo. Hay que restablecer las vestales y que quemen de continuo incienso en el altar de Citerea... ¡bárbaro!

--Pero si es un excelente sujeto...

--Todo el que se apodera y hace dueño de una mujer hermosa es un bruto. Una belleza debe ser el _noli me tangere_, el «mírame y no me toques» del vulgo, es para los ojos tan sólo.

--No pensaba usted así...

--Hace tres días, ¿no es eso? ¡Exacto! Las ideas duran como las corbatas, hasta que se gastan ó pasan de moda.

Apolodoro se queda mirándole á la insolente corbata.

--El otro día conocí al fin á su padre de usted, á don Avito. Es un sujeto interesante. Le felicito...

Siente Apolodoro que algo así como una bola le tapona el gaznate, y le entran ganas de arrancar á Federico la corbata y de tirársela al río.

--Sus concepciones pedagógicas ofrecen tanto atractivo como las concepciones opuestas... Eso de la pedagogía no ha entrado aún en un campo verdaderamente experimental, aunque, por lo visto, algo ha intentado en tal sentido su señor padre de usted...

Y como Apolodoro calla, dice de repente Federico:

--¿De modo y manera que _queremos_ á Clarita?

--¿Queremos?--preguntó Apolodoro al notar que el otro recalcaba la palabra.

--Queremos, sí.

--Pero es que _queremos_...

--Es primera persona del plural del presente de indicativo, plural de yo, según dicen, aunque no veo porque ha de ser más plural de yo que de tú, puesto que se trata ahora de usted, que es un tú y de mí...

--Los dos somos yos...

--Y los dos tús.

--Sin duda.

--Luego si por una parte es usted un yo y yo otro yo, y por otra parte usted un tú y yo otro tú, resultamos ser los dos yo y tú á la vez. Bien dijo el filósofo, que todo es uno y lo mismo. De donde resulta que _queremos_ los dos á Clarita.

--¿Queremos?

--¡Sí, la queremos, usted... y yo!

--¿Y usted?

--¡Sí, yo!

--¿Usted?

--Sí, yo; y la cosa es clara, amigo Carrascal, usted la quiere, yo la quiero, ella es querida por los dos y decide entre ambos...

--Pero...

--Sí, hombre, sí, que no reconozco aquí el derecho de primer ocupante ó pretendiente á ocuparla y que aspiro también, como usted, á la posesión de Clarita. Simple cuestión de concurrencia.

--Es que...

--Es que no tienen usted y ella celebrado ningún contrato y no sé por qué, aunque estén ustedes en relaciones, no he de intentar yo romperlas.

--¿Pero en tal concepto la tiene usted?

--Hombre, usted me es útil, me ha preparado el terreno, la ha aficionado á tener novio, es mi precursor...

--¿Y sería usted capaz de estropearla, si llegase el caso?--exclama de pronto, como por súbita inspiración, Apolodoro.

--¡Bah! Esa obligación del respeto á las vírgenes hermosas sólo reza, como tantas otras cosas, con los demás...

«Pero ¿por qué no le pego?--piensa Apolodoro--debo pegarle... Y para qué... para qué... papá dice que no hay por qué ni para qué sino cómo... Y ¿cómo le pego?»

--Quedamos, pues, amigo Apolodoro, en que la queremos los dos y será menester que ella se decida por uno...

«¿Por quién me tomará este hombre?»

--Bueno, que decida ella...

--Es sin duda la posición más despejada y más gallarda. Además, si se decide por mí dejándole á usted, en tal caso, claro está, no merece que usted se inquiete ni lo tome á pechos, porque una novia que deja así á su novio, sin más que por atravesarse otro en el camino... Pero ¿en qué piensa usted, amigo Carrascal?

--¡Ah, es verdad! ¿decía usted?

--Hombre, bien podía su padre que tantas otras cosas le ha enseñado, haberle enseñado educación.

--¿Educación?

--Sí, educación. ¿No sabe usted lo que es?

--No ocupa puesto en la clasificación genética de las ciencias.

--Pero qué guasón está usted...

--¿Guasón? No sé lo que es eso.

--¿Y usted pretende á Clarita?

«Pero por qué no le pego... para qué no le pego... cómo no le pego...» Y llegan así á la entrada de la ciudad.

--Conque quedamos en remitir á ella el pleito y que lo decida, ¿no es eso? ¡Y tan amigos! Hasta más ver.

* * * * *

¡Qué laxitud! ¡qué enorme laxitud! ¡qué ganas de derretirse con la ciencia toda acumulada en su cerebro! «Y toda esta ciencia, cuando yo muera y mi cerebro se descomponga bajo tierra, ¿no se reducirá á algo? ¿en qué forma persistirá? porque nada se pierde, todo se trasforma... Equivalencia de fuerzas... ley de la conservación de la energía... ¡Ay, Clarita, mi Clarita! ¡Qué vida ésta, Virgen Santísima, qué mundo! Y todo ¿para qué? ¿qué más da? Ese Federico, ese Federico... ¿habrá querido burlarse de mí? ¿llevará á cabo sus propósitos? ¿la pretenderá? Pero ella no me dejará, no puede dejarme, no debe dejarme, no quiere dejarme... ¿Me quiere? ¿Hay modo de saber cuándo una mujer nos quiere? ¿Quiere de veras una mujer? ¿me quiere? Ese Federico... ese Federico...»

--Luis, Luis mío...

--¿Mamá?

--La he visto, la he conocido, Luis, la he conocido... me gusta.

--¿Te gusta?

--Sí, Luis, me gusta... Aquí está papá, Apolodoro.

Y Apolodoro se retira á trabajar en un cuento largo ó pequeña novela, sentimental y poética, que trae entre manos, porque le ha entrado, á despecho de su padre, una gran comezón por ser literato, puro literato, no pensador, ni filósofo, ni sociólogo, sino poeta, aunque sea en prosa, y cuenta las angustias de un primer amor y lima y acaricia la forma que quiere salga amorosa y dulce al oído y se esmera en los remates psicológicos, y á tal propósito analiza sus propios sentimientos y va ya á sus entrevistas de amor con una finalidad artística. Empieza á amar para hacer literatura y ha erigido dentro de sí el teatro y se contempla y se estudia y analiza su amor.

«Porque... vamos á ver; después de todo, ¿no me aburro con Clarita? ¿no es estúpida la conversación que me da? ¿tiene acaso algún ingenio la pobre muchacha? ¿dice más que gansadas y vulgaridades? La quiero por inercia, por hábito; soy una víctima del amor. Sé todo esto, pero así que me encuentro á su lado lo olvido ya y no discurro. Y en cuanto á guapa... no, no es guapa; es como tantas otras... pero, sí, ¡es la más guapa! ¿No será que me he acostumbrado á su cara?»

XII

¿No está hoy Clarita displicente? ¿no se distrae sin motivo justificado? Contesta, no á lo que Apolodoro le pregunta, sino á lo que ella cree que le iba á preguntar, y aunque esto sea genuinamente femenino ¿no indica algo? Mas no se puede hablarle de Federico, ni siquiera dejarle presumir que se presume algo. Y don Epifanio mismo ¿no parecía hace poco con cara de pocos amigos? Hay que redoblar la ternura.

--Tú, tú eres la verdadera Pedagogía, mi pedagogía viva, mi pedagogía--y se le acerca.

--No me pongas ese nombre tan feo...

--¡Es verdad, Clara, mi Clara, Clarita!

Silencio. «Pero ese Federico...»--piensa Apolodoro, á quien saca de su ensimismamiento este disparo:

--¿Oyes misa, Apolodoro?

--Como tú quieras, Clarita--y al decirlo álzansele las figuras de su padre y de don Fulgencio, como dos nubarrones, sobre la conciencia.

--Como yo quiera... como yo quiera no... ¿la oyes?

--Pues no, no la oigo, pero la oiré--y piensa: «acaso oyéndola disipe á Federico...»

--¿Rezas por las mañanas al levantarte y al acostarte por las noches?

--Rezaré.

--Pero tu madre...

--Mi madre no es nadie en casa...

--Debes ir á ver á don Martín, no te quiero judío...

--Es que...

--Es que no te quiero judío.

--Bueno, Clarita, pero mira...

--¿Irás á ver á don Martín?

--¿Para que me convierta?

--¿Irás á ver á don Martín?

--¿Pero para qué?

--¿Irás á ver á don Martín?

«¡Qué irracional es una mujer!» piensa, y en voz alta:

--Iré á ver á don Martín.

--¿Conque irás á ver á don Martín?

--Sí, mujer, sí, iré á verlo.

--Bueno, así te quiero.

--¿Así me quieres? ¿me quieres así? ¿me quieres? ¿me quieres, dí? ¿me quieres? No bajes los ojos; vamos, Clarita, sé buena; ¿me quieres?

--Ya lo sabes...

--Ya lo sabes, no; ¿me quieres?

--Pero, hombre, eso no se pregunta.

--Sí, se pregunta, se pregunta eso; te he prometido ir á ver á ese don Martín; dí, ¿me quieres?

--Pues bueno, sí.

«Pues bueno, sí... este «sí» con ese «pues bueno»... ese Federico... ese Federico...»

Sepáranse y apenas separados se pone Clarita, cándidamente, á contestar á Federico. Y piensa: «Me gusta ese chico y presenta la cuestión muy clara; quiere que despache á Apolodoro para tomarle á él. Apolodoro ¡pobrecillo! ¡es tan bueno, tan infeliz! ¡me quiere tanto! Y yo ¿le quiero? Y ¿qué es eso de querer? ¿qué será eso que llaman querer? No, no está bien hecho despacharle así, después de haberle admitido, pero... ¿por qué no está bien hecho? Ellos nos dejan por otra cuando esta otra les gusta más: ¿hemos de ser nosotras menos que ellos? Y el otro ¿me gusta más acaso? A papá creo que no le hace mucha gracia Apolodoro, le parece algo estrafalario, pero... ¡es tan bueno! ¡tan infeliz! ¡me quiere tanto! Federico es más elegante, parece más listo, es menos raro, es más... En fin, allá ellos, que lo arreglen; le diré á Federico que sí y que no, que estoy comprometida pero que no estoy comprometida, y no le daré esperanzas ni se las quitaré tampoco. Y luego que riñan ellos y á ver quién puede más; que será Federico, de seguro... Me parece más hombre.» Y contesta á Federico unas cuantas ambigüedades que le esperanzan.

Y el pobre Apolodoro quiere ser algo, quiere ser algo por ella y para ella, y trabaja en tanto en su novelita. Tras horas de meditación se levanta desesperanzado diciéndose: «jamás seré nada». Y al salir de su cuarto ve pasar la imagen de su madre, con un suspiro mudo en los labios y la indiferencia del estupor crónico en los ojos.

«Voy esta noche á provocar una escena que me hace falta, la escena en cuya descripción estoy atascado... No puede dudarse de que una novia, aparte de otras cosas, es un excelente sujeto de experimentación literaria. Tiene razón Menaguti, los grandes amores tienen por fin producir grandes obras poéticas; los amores vulgares terminan en hacer hijos, los amores heroicos en hacer poemas ó cuadros ó sinfonías. Veremos esta noche.»

He aquí la noche y Apolodoro, en el portal, se siente más osado, atrayéndole su novelita por delante mientras la sombra de Federico le empuja por detrás. Empieza el corazón á martillearle la cabeza, coge á Clarita y de buenas á primeras la abraza, dejándose ella hacer. «Estoy conquistador, resuelto, masculino.»

--¿Me quieres?

--Ya lo sabes, pero déjame... déjame...

Y apretándola contra su pecho, con voz sofocada:

--Ya lo sabes, no; ¿me quieres?

Se le escapa á ella un sí.

--¿Sí, nada más?

--Pues ¿qué quieres que te diga? pero déjame... déjame...

Apolodoro le mira á los ojos y ella los cierra para que no hablen. Le besa y ella tiembla; aprieta sus labios contra uno de los ojos de la muchacha, y ésta, de pronto, azorada:

--¡Mi padre!

Y se separan.

«¡Pobrecillo! ¡pobrecillo! ¡cuánto me quiere! ¡Y habrá creído lo de que venía mi padre!»

Y él: «no ha resultado el experimento, no ha resultado; esto no es lo que necesito; hay que repetirlo.»

Cuando llega don Epifanio llama aparte á su hija, que acude con el pecho anhelante, y le dice:

--Mira, hija mía, allá tú, que esas son cosas vuestras; pero que sepas que estamos al cabo de todo. Tú verás, digo, pero no estás ya en edad de juegos, aunque tú creas otra cosa, que no la crees. Piénsalo en serio. Los dos son buenos chicos, pero alguno será mejor. Este es tan raro... En fin, tú verás, Clara, tú verás; pero la cosa es que te decidas y les hagas que se decidan, porque así no podemos estar. Resuélvete de una vez y juega limpio.

--Es que...

--Es que eso es cosa tuya y eres tú quien tiene que decidirlo. La cuestión es que no digan--y dejando aquí plantada á su hija, se sale.

Y rompe á llorar la muchacha, invadida por una vergüenza enorme. ¿Es que la creen una chiquilla, una coquetuela? Entra la madre y entonces Clarita se deja sentar ahogando los sollozos.

--Vamos, boba, no te pongas así, que todo ello no vale la pena. Decídete de una vez. Las demás también hemos pasado por trances parecidos. Para casarme con tu padre tuve que dar calabazas á un estudiante de minas, y no me pasó nada, ni le pasó nada á él. Ese hijo de don Avito...

--Pero, mamá...

--Sí, sí, si ya lo comprendo y es natural; pero hay que ponerse en las cosas...

--Es que...

--¡Quiá! tú no le quieres; te equivocas. Quererle... quererle... sí, todos nos queremos unos á otros, es natural. Es un prójimo al fin y al cabo y hay que querer á todos; pero querer, lo que se llama querer, mira, eso viene después de casada, con los años, cuando una menos se lo figura.

Clarita oculta la cara entre las manos y llora, llora de vergüenza; no sabe bien por qué llora. Levanta al cabo la frente y dice: «¡bueno!» Y se decide que sea esta noche la primera entrevista con Federico.

Y esta misma tarde llama don Avito en casa de don Epifanio; entrevístanse y se saludan. Viene Carrascal á pagarle la última mesada de su hijo.

--Y le comunico, don Epifanio, que no va á poder seguir viniendo al dibujo con usted.

--Está bien.

--No estaba del todo descontento de su enseñanza.

--Muchas gracias.

---No, no estaba del todo descontento de su enseñanza, para lo que aquí se usa, pero tengo mis planes respecto á mi hijo, amigo don Epifanio.

--Es natural.

--Y usted comprenderá que teniendo yo planes...

--Claro está.

--Acaso usted mismo...

--No, no, yo no los tengo; ¿para qué?

--Pero querrá para su hija...

--Lo que ella más quiera.

--Es que...

--Es que eso es cosa de ellos.

--Pero mis planes...

--¿Planes? ¿qué más da? Cada cual es cada cual y por todas partes se va á Roma...

«Este hombre es un imbécil», piensa don Avito y levantándose:

--Pues bueno, yo sabré qué hacer...

--Me parece bien, señor Carrascal, me parece bien.

--¡Usted siga bueno!

--Beso á usted la mano.

Y ya en la calle se dice don Avito: «No tengo carácter... teorías, nada más que teorías... Me está saliendo cualquier cosa... Marina... Marina... esta Marina... ¡oh, la herencia!» Y sin saber cómo, por atracción del abismo sin duda, se encuentra en casa de don Fulgencio.

--Déjele, por Dios, amigo Carrascal, déjele que adquiera la experiencia del amor, y como el amor no da fruto de ciencia más que muerto, como el grano de que la Buena Nueva nos habla, déjesele que se le muera. Necesita desengaños para que aprenda á conocer el mundo; le es precisa la muerte de la vida, tiene derecho á la muerte de la vida. ¿Tiene apetito?

--Cada vez menos.

--Buena señal.

Y al salir de casa del filósofo, se dice don Avito: «Pero este hombre... este hombre... este hombre me está engañando... me ha engañado... ¡la ciencia! ¡la ciencia!» Se encierra en su cuarto y se pone á leer un tratado de fisiología.

* * * * *

Se ha publicado en una revista la novelita de Apolodoro y ha sido recibida con absoluta indiferencia, menos por su padre, que ignorante del caso, no sale de su asombro. «Me he equivocado--se dice--me he equivocado; de aquí no sale nada; me ha faltado voluntad para imponer la pedagogía; la pedagogía no me ha enseñado á tener voluntad; esta Marina... esta Marina...» Pero se rehace, vuelve á leer el trabajo de su hijo y va encontrándole algo. «Sí, es indudable, tiene cosas; todavía se puede hacer de este muchacho, si no un genio, algo que se le parezca, y ¿por qué no un genio? El genio es la paciencia, su aparecer es cosa de largo proceso. ¿Y es que acaso se han acabado los genios literarios? Esperaré.»

A Clarita, que ha empezado á leerla y que está ya á punto de dejar á Apolodoro por Federico--para hacerlo pidió un plazo á sus padres y á su nuevo novio,--le ha aburrido soberanamente la tal novelita, y como ha adivinado haber servido de materia literatizable, acaba diciéndose: «pero este Apolodoro, este Apolodoro... ¡pobrecillo!»