Part 6
--Querido Apolodoro: Vienes iniciado ya, preparado á la nueva y grande labor que se te ofrece... _ars longa_, _vita brevis_ que dijo Hipócrates en griego y en latín lo repetimos... Voy á hablarte, sin embargo, hijo mío, en lenguaje exotérico, llano y corriente, sin acudir á mi _Ars magna combinatoria_. Eres muy tiernecito aún para introducirte en ella, á gozar de maravillas cerradas á los ojos del común de los mortales. ¡El común de los mortales, hijo mío, el común de los mortales! El sentido común es su peculio. Guárdate de él, guárdate del sentido común, guárdate de él como de la peste. Es el sentido común el que con los medios comunes de conocer juzga, de tal modo que en tierra en que un solo mortal conociese el microscopio y el telescopio diputaríanle sus coterráneos por hombre falto de sentido común cuando les comunicase sus observaciones, juzgando ellos á simple vista, que es el instrumento del sentido común. Líbrate, por lo demás, de mirar con microscopio á las estrellas y con telescopio á un infusorio. Y cuando oigas á alguien decir que es el sentido común el más raro de los sentidos, apártate de él; es un tonto de capirote. ¡Zape!--y sacude al gato que se le ha subido á las piernas,--¿qué estudias ahora?
--Matemáticas.
--¿Matemáticas? Son como el arsénico, en bien dosificada receta fortifican, administradas á todo pasto matan. Y las matemáticas combinadas con el sentido común dan un compuesto explosivo y detonante: la _supervulgarina_. ¿Matemáticas? Uno... dos... tres... todo en serie; estudia historia para que aprendas á ver las cosas en proceso, en flujo. Las matemáticas y la historia son dos polos.
Detiénese á escribir un aforismo y prosigue:
--Te decía, hijo mío, que no frecuentes mucho el trato con los sensatos, pues quien nunca suelte un desatino, puedes jurarlo, es tonto de remate. Una jeringuilla especial para inocular en los sesos todos un suero de cuatro paradojas, tres embolismos y una utopia y estábamos salvados. Huye de la salud gañanesca. No creas en lo que llaman los viejos experiencia, que no por rezar cien padrenuestros al día le sabe una vieja beata mejor que quien no le reza hace años. Es más, sólo nos fijamos en el camino en que hay tropiezos. Y de la otra experiencia, de la que hablan los libros, tampoco te fíes en exceso. ¡Hechos! ¡hechos! ¡hechos! te dirán. ¿Y qué hay que no lo sea? ¿qué no es hecho? ¿qué no se ha hecho de un modo ó de otro? Llenaban antes los libros de palabras, de relatos de hechos los atiborran ahora, lo que por ninguna parte veo son ideas. Si yo tuviese la desgracia de tener que apoyar en datos mis doctrinas los inventaría, seguro como estoy de que todo cuanto pueda el hombre imaginarse ó ha sucedido ó está sucediendo ó sucederá algún día. De nada te servirán, además, los hechos, aun reducidos á bolo deglutivo por los libros, sin jugo intelectual que en quimo de ideas los convierta. Huye de los hechólogos, que la hechología es el sentido común echado á perder, echado á perder, fíjate bien, echado á perder, porque lo sacan de su terreno propio, de aquel en que da frutos, comunes, pero útiles. Ni por esto te dejes guiar tampoco por los otros, por los del caldero de Odín. Son éstos los que llevan á cuestas á guisa de sombrero, como el dios escandinavo, un gran caldero, enorme molde de quesos, cuyo borde les da en los talones y que les priva de ver la luz; van con una inmensa fórmula, en que creen que cabe todo, para aplicarla, pero no encuentran leche con que hacer el queso colosal. Es mejor hacerlo con las manos.
Detiénese para escribir: «La escolástica es una vasta y hermosa catedral, en que todos los problemas de construcción han sido resueltos en siglos, de admirable fábrica, pero hecha con adobes.» Y prosigue:
--Extravaga, hijo mío, extravaga cuanto puedas, que más vale eso que vagar á secas. Los memos que llaman extravagante al prójimo ¡cuánto darían por serlo! Que no te clasifiquen; haz como el zorro que con el jopo borra sus huellas; despístales. Sé ilógico á sus ojos hasta que renunciando á clasificarte se digan: es él, Apolodoro Carrascal, especie única. Sé tú, tú mismo, único é insustituible. No haya entre tus diversos actos y palabras más que un solo principio de unidad: tú mismo. Devuelve cualquier sonido que á ti venga, sea el que fuere, reforzándolo y prestándole tu timbre. El timbre será lo tuyo. Que digan: «suena á Apolodoro» como se dice: «suena á flauta» ó á caramillo, ó á oboe ó á fagot. Y en esto aspira á ser órgano, á tener los registros todos. ¿Qué te pasa?
--¡Nada, nada... siga usted!
--Hay tres clases de hombres: los que primero piensan y obran luego, ó sea los prudentes; los que obran antes de pensarlo, los arrojadizos; y los que obran y piensan á la vez, pensando lo que hacen á la vez misma que hacen lo que piensan. Estos son los fuertes. ¡Sé de los fuertes! Y de la ciencia, hijo mío, ¿qué he de decirte de la ciencia? Lee el aforismo--y le mostró el cartel que decía: «el fin del hombre es la ciencia».--El Universo se ha hecho, fíjate bien, _se ha hecho_ y no ha sido hecho ni lo han hecho, el Universo se ha hecho para ser explicado por el hombre. Y cuando quede explicado...
Irradian los fulgurantes ojos del filósofo y con tono profético continúa:
--¡La ciencia! Acabará la ciencia toda por hacerse, merced al hombre, un catálogo razonado, un vasto diccionario en que estén bien definidos los nombres todos y ordenados en orden genético é ideológico, órdenes que acabarán por coincidir. Cuando se hayan reducido por completo las cosas á ideas desaparecerán las cosas quedando las ideas tan sólo, y reducidas estas últimas á nombres quedarán sólo los nombres y el eterno é infinito Silencio pronunciándolos en la infinitud y por toda una eternidad. Tal será el fin y anegamiento de la realidad en la sobre-realidad. Y por hoy te baste con lo dicho; ¡vete!
Apolodoro se queda un instante mirando al maestro y recordando tras él á doña Edelmira. ¿Qué es todo esto? Al salir, en la calle, al pie de la puerta, encuéntrase con dos viejas que hablan; la de la cesta dice á la otra: «que más da, señora Ruperta, para lo que hemos de vivir...» El mozo recuerda el «¡qué mundo, Virgen Santísima, qué mundo!» de su madre, y los abrazos de ésta á su hermanita Rosa. Y luego se le representa esa muchachuela pálida, clorótica, á la que encuentra casi todos los días cuando va á clase de matemáticas, esa muchachuela que le mira con ojos de sueño. Y acuérdase enseguida cuando de niño vió á otros niños coger un murciélago, clavarle á la pared por las alas y hacerle fumar y cómo se gozaban con ello.
--¿Bien, y qué?--le pregunta su padre con ansia así que llega á casa.
El hijo calla y el padre se dice: «este chico es una esfinge... ¿germinará?»
* * * * *
Acaba de conocer Apolodoro á Menaguti, al melenudo Menaguti, sacerdote de Nuestra Señora la Belleza, ó como su tarjeta de visita dice:
HILDEBRANDO F. MENAGUTI
_poeta_
poeta sacrílego, entiéndase bien.
--El amor, el amor lo es todo; toda grande obra de arte en el amor se inspira; no hay más tábano poético--Menaguti traduce _estro_--que el del amor; todos los trillamientos del alma--sabe que de _tribulare_ vino «trillar»--del amor vienen; el amor es el gran principio _hupnótico_--aspirando la h--la Iliada, la Divina Comedia, el Quijote mismo y hasta el Robinsón en el amor se inspiran, tácita ó expresamente. Hay que hacer obra de amor, obra de arte; no hay más genio que el genio poético. Haz poesía, Apolodoro.
IX
¡Con qué ansia coge Apolodoro la cama, por las noches! Son entonces sus auroras, las fiestas de su alma. Recógese al frescor de las sábanas, acurrucadito, como estuvo, antes de nacer, en el vientre materno, y así, en postura fetal, espera al sueño, al divino sueño, piadoso refugio de su vida y tierra firme en que recobra ganas de vivir. Antes suele leer de alguno de esos libros que le ha dejado Menaguti y que á hurtadillas de su padre se lleva consigo y que esconde bajo la almohada. Al llegar á ciertos pasajes el corazón le martillea, y con la boca entreabierta, respirando anheloso, tiene que suspender durante un momento la lectura. ¿Es que luego sueña? Ni él mismo lo sabe desde que le hizo leer su padre una doctísima obra acerca del sueño, sus causas y sus leyes.
Espera al sueño y es su más dulce vivir el de esperarlo. El sueño es la fuente de la salud, porque es vivir sin saberlo. No sabe que tiene corazón quien le tenga sano, ni sabe que tiene estómago ó hígado sino quien los tenga enfermos; no sabe que vive el que duerme. En el sueño nadie le enseña nada. ¡Pero no! hasta el sueño, hasta el sueño le viene con ensueños, con pedagogía. ¿Dónde estará uno á salvo? ¿dónde habrá un sueño sin ensueños é inacabable? ¡Qué sueño el de la vida!
Acuéstase casi todas las noches proponiéndose atrapar al sueño en el momento preciso en que le arranque de la vigilia, darse cuenta del misterioso tránsito, pero no hay medio, siempre el sueño llegándole cauteloso y por la espalda, sin meter ruido, le atrapa antes de que él pueda atraparle y sin darle tiempo á volverse para verle la cara. ¿Sucederá lo mismo con la muerte?--piensa y pónese á imaginar qué será eso de la muerte, aun cuando asegura su padre que no es ni más ni menos que la cesación de la vida, la cosa más sencilla que cabe. Para don Avito no hay tal problema de la muerte; eso es un contrasentido; la muerte es un fenómeno vital.
Ese enjambre de ideas, ideotas, ideitas, idezuelas, pseudo-ideas é ideodes con que su padre le tiene asaeteado van despertándole ensueños sin forma ni color, anhelos que se pierden, ansias abortadas. ¡Vaya un caleidoscopio que es el mundo! Pero un caleidoscopio que huele y que huele á perfumes que encienden la sangre, sobre todo en primavera y en la juventud. «Papá ¿por qué huelen las flores?» había preguntado una vez, y su padre: «¡para atraer á los insectos, hijo mío!» Y «¿para qué atraen á los insectos?» «¡Para que llevando el polen de unas en otras flores, las fecunden y den fruto!» Y «¿qué es eso de fecundar?»... ¿Qué le había contestado á esto su padre? No lo recordaba ya. Los libros que le prestara Menaguti sí que lo explican todo, lo hacen sentir. ¡Y pensar que su padre le privara de tales libros...! Poesía, dulce poesía, derretimientos de amor, suspiros y ternezas, crudezas á las veces.
¡Qué caleidoscopio es el mundo! Y todo con su rotulito á la espalda, por el otro lado, por el que no se ve, todo con su correspondiente explicación. ¡Vaya una ocurrencia que es el mundo!
¡Qué de cosas pasan en el campo, y qué de cosas pasan en la calle! Coches, carros, caballos, perros, con sus esqueletos dentro de la carne, hombres, mujeres... ¡mujeres! algunas altas, fuertes, carnosas, corpulentas, de sangre caliente, con corazón y entrañas, con alto seno que al andar les tiembla, y algunas ¡cómo miran al muchachuelo! ¡cómo huele el mundo!
Hoy en que ha ido á recibir la palabra de don Fulgencio se ha colado al encontrar abierta la puerta deteniéndose á la entrada del santuario. Esto está mal hecho, pero... Don Fulgencio, ¿era él? tenía junto á sí á doña Edelmira, ciñéndole con un brazo el robusto talle, acariciándole con la mano del otro brazo la barbilla. La madurez de la venerable matrona respiraba juventud; relucía su peluca.
--Tú, tú sola has creído en mi genio. Mira--y la atraía á sí.
--Sí, un genio tan bueno, tan pacífico, tan complaciente...
--Pero ¡qué cabellera de oro!
Y le pasaba la mano por la peluca.
--¡No seas burlón!--contestaba ella, ruborizándosele la frente.
--¿Burlón? ¿qué, es postizo? ¿y qué? ¿no somos nosotros mismos postizos y quitadizos?
Y le ha dado un beso.
--¡Treinta años. Fulge, treinta años!
--¡Treinta años, Mira!--y la ha abrazado, añadiendo:--¿te acuerdas?
Lo demás no ha podido oirlo Apolodoro porque doña Edelmira se ha levantado de pronto, exclamando: «quién anda ahí?» y ha entrado él enteramente confuso. Así es que el maestro no ha dado hoy pie con bola, y ahora se sueña Apolodoro con doña Edelmira.
* * * * *
Le tiene encargado su padre que le ponga por escrito su concepción del universo, y por más vueltas que le da á la cosa en la cabeza, nada sale. En primer lugar, ¿tiene acaso concepción alguna de semejante universo? ¿Concebirlo? si es que apenas empieza á olerlo.
Y allá va, puesto que está tan buena la tarde, preocupado con lo de la concepción, camino del río, á la alameda. Es un día sereno y tibio de primavera; ábrese al sol cual verde plumoncillo el naciente follaje de los álamos; sonríe el río; está terso el océano del cielo, sin más que ligera espuma de nubes al occidente; sustancioso y henchido de aromas el aire. Siéntase el mozo en el césped; ciérnense vilanos por el aire. Al otro lado del río la ciudad, con sus torres y chapiteles, cual inmensa floración de piedra, primaveral también, refléjase en el espejo tersísimo de las mansas aguas, así como el bruñido azul de que se destaca, y de tal modo se reflejan que parece continuarse el cielo en el río y que es la desdoblada imagen de la ciudad friso en mármol cerúleo burilado, esmalte sin bulto. Es un libro abierto. Y recuerda cuando de niños cogían cabezas de moscas y las aplastaban en un papel doblado para obtener una figura simétrica, el principio del caleidoscopio. Y mira los álamos reflejados en las aguas y recuerda los versos de Menaguti:
En el cristal de las fluyentes linfas Se retratan los álamos del margen Que en ellas tiemblan, Y ni un momento á la temblona imagen La misma agua sustenta...
El alma de Apolodoro se vierte y empapa en esta visión; no se siente respirar; no tiene el hermoso esmalte inscripción alguna á la trasera, en el lado que no se ve, ni siquiera tiene, por no tener, semejante invisible lado. ¡Qué sueño, qué dulce sueño! ¡qué sueño con los ojos abiertos y abierta el alma á la visión de primavera!
De pronto ahora le llama el corazón con un latido, vuelve la cabeza y tras la ráfaga de esos ojos, sólo ve dos trenzas rubias que por la espalda le caen, como dos ramas de un árbol florecido, y abajo el arranque del tronco. El pobre corazón le toca á rebato, ¿qué es esto? De vuelta á casa se pone á escribir febrilmente su concepción del universo, pero tiene que suspenderla, para escribir versos.
--¿Versos? ¿versitos, hijo mío?--exclama su padre al sorprendérselos, y como él calla, añade:--Como ensayo, para probar de todo... ¡pase!
--¿Es que no hay genios poetas?
--Los había, hijo mío, los había, cuando las gentes apenas se fijaban más que en lo que se les decía en verso, pero el genio moderno no puede ser más que sociológico, y la poesía es un arte de transición, puramente provisional... Y tu concepción del universo, ¿cómo va?
--Poco á poco, padre.
Mas todo recato es inútil; don Avito sorprende al cabo libros, grabados, papeles, dibujos, y se queda perplejo. Y es Marina, la madre, la pobre Materia soñolienta, la que entre sueños dice un día:
--Eso es que el chico está enamorado.
--¿Enamorado? ¿mi hijo enamorado? ¡No digas disparates! No puede ser...--Y como la pobre madre sonríe triste y silenciosa, añade el padre:--¿Es que sabes algo?
--Yo, no.
--¿Entonces?
--¡Bien claro se ve! ¿qué otra cosa va á ser?
--¡Lo verás tú... en soñación! ¡Vaya un desatino! ¿Iba á atreverse á enamorarse á su edad? ¡si apenas es púber...!
Y la voz del demonio familiar: «caíste, y como tú caíste caerá él, y caerán todos y estaréis cayendo sin cesar.» Y da en cavilar y acaba por convencerse de que hay algo y resuelve reñir la más ruda batalla para salvar al genio. Y siente un momentáneo acceso de indignación contra Marina que se le ha adelantado en descubrir el secreto, que ha dado á luz un hijo capaz de enamorarse tan joven, que le enamoró á él mismo antaño. ¡El amor! ¡siempre el amor atravesándose en el sendero de las grandes empresas! ¡qué de tiempo no ha hecho perder á la humanidad ese dichoso amor! Es inevitable tal vez, ¡herencia materna! ¿no se enamoró acaso de él Marina? ¿no sigue después de todo, y bien consideradas las cosas, enamorada todavía?
Fáltale tiempo para ir á ver á don Fulgencio.
--¡Se ha enamorado!
Y cuando espera otra cosa oye la voz flemática del filósofo, que dice:
--¡Es natural!
--Natural sí, pero...
--¿Pero... qué?
--¡Que no es racional!
--La naturaleza supera á la razón.
--Pero la razón debe superar á la naturaleza.
--Sale la razón de la naturaleza.
--Pero debe la naturaleza entrar en razón.
--Es el Hado--replica secamente don Fulgencio, molestado por la contradicción que ahora le hace don Avito.
--¿Y contra el Hado?
--¡El Hado mismo!
--¡Se ha enamorado! ¡se ha enamorado! ¡se ha enamorado! No vamos á tener genio...
--¿Es que los genios no se enamoran?
--No, los genios no pueden enamorarse.
--Y además, quítesele de la cabeza lo de hacerle genio; harto haremos con que se nos quede en talento.
--¡Se ha enamorado! Y ahora, ¿qué hace la pedagogía?
--Pero entendámonos, amigo Carrascal; ¿el mozo está enamorado abstracta ó concretamente?
--No lo entiendo.
Y abre los ojos en espera de algo estupendo.
--Quiero decir si está enamorado de una muchacha ó mujer determinada, individual y concreta, ó si está enamorado tan sólo de la mujer en abstracto.
--¿En abstracto?
Y se queda Carrascal como quien ve visiones.
--En abstracto, sí. El amor, amigo don Avito, no es nominalista sino realista, no sube de lo concreto á lo abstracto, sino que baja de lo abstracto á lo concreto, es más platónico que aristotélico, empieza por enamorarse de la mujer y en cada individuación de ella no ve más que el género; sólo más tarde parece concretarse... Parece, sí, porque en realidad sólo se concreta en las pasiones heroicas, en las históricas, en las que han pasado á la leyenda, porque en ellas se concreta en absoluto lo abstracto. Julieta, Beatriz, Dido, Isabel de Segura, Carlota, Manon Lescaut, son concretos-abstractos...
«¡Qué lío!»--le dice á Carrascal su demonio familiar, y ya en la calle, se dice: «¡Se ha enamorado! ¡se ha enamorado! ¿Y si este amor se concreta?»
X
Y se ha concretado al fin el amor de Apolodoro. Ha sido en casa de su maestro de dibujo, á donde acude, con otros mozos, á perfeccionarse.
El bueno de don Epifanio, gran artista fracasado según muchos, ha llegado á cobrar hondo cariño al mozo. Mientras le corrige el dibujo suele decirle:
--Hay que vivir, Apolo, hay que vivir y lo demás son lilailas.
No agradan mucho á don Avito las peculiares ideas ó según él no ideas, _anideas_, de don Epifanio, pero acaso estorben las ideas para enseñar dibujo. Y transige. ¡Lleva tanto transigido ya!
Alguna vez, al salir ó entrar en el estudio, al que se pasa por las habitaciones privadas del maestro, ha visto Apolodoro pasar, semi-flotante, sin hacer ruido, por la penumbra, una visión de doncella. Otra vez ha descubierto, por una puerta entreabierta, allá en el fondo, junto á un balcón cerrado, envuelta en la mansa luz que los visillos tamizaban, una figura encorvada sobre la blanca labor, algo como eternizado en cuadro de ingenua mano, cosa no de bulto, algo como la flor de aquel ámbito de doméstica penumbra, tranquila violeta de hogar. La luz ribeteaba con luminosa franja los contornos de su rostro, que cual emplomada pintura de vidriera se mostraba, su entreabierta boca parecía orar en silencio, mientras el inclinado seno se le alzaba y bajaba con lento ritmo. Apolodoro se enajenó en la visión.
Y ahora sale Clarita á abrirle la puerta, con una sonrisa desintencionada, con juguetones ojos, ¡qué ojos! ¡qué ojos tan persuasivos, tan sugestivos, tan educativos, tan pedagógicos! ¡viviente invitación á la vida, constante lección de sencillez y de amor! Balbuce Apolodoro sus buenos días y se ruboriza ella al oirle balbucir.
--¡Pase usted, Apolodoro, pase usted!
«¡Que pase! ¡oh, que pase! ¡Qué música de palabras! ¡qué talento de muchacha! ¡qué evolutiva! ¡qué selectiva! ¡qué subconciente! ¡qué inmanente! ¡qué trascendente! ¡qué integral! ¡qué cíclica! ¡Que pase, oh, que pase! En estas palabras se resume todo. ¡Ciencia pura! ¿Ciencia? Algo más, sobre-ciencia. ¡Algo más aún! ¿Algo más?» Y entra Apolodoro tropezando, y al tropezar le roza la mejilla un rizo de la muchacha, pámpano de aquella vid de hogar, y siente luego el mozo comezón allí, y más tarde, á solas, bajo el latido del corazón, se lleva los dedos al punto del roce y los besa y hasta se los lame.
Pero ¿de dónde le sale está súbita resolución, tan poco pedagógica aunque tan genial? Se le altera la sangre; muda de piel espiritual y brota en él un nuevo hombre, el hombre. Emprende ahora su corazón un galope, y este galope le echa á la cabeza un ataque de amor. Sí, son ataques, estallidos de amor, de amor lancinante, accesos que le sobrecogen en cualquier parte, con la amorosa imagen chorreando vida. Sí, «hay que vivir, hay que vivir y lo demás son lilailas», lo dice el padre de la vida. Ya tiene Apolodoro con que hacer sus furtivas escapatorias al triste jardín del deleite. Se le abre el mundo.
--Es menester que te penetres bien de la importancia de la ley de la herencia--le dice don Avito.
--Sí, padre, la estoy estudiando.
--Pero á fondo.
--¡Qué mundo, Virgen Santísima, qué mundo!--suspira la Materia.
Y espía Apolodoro el momento, que ha estado á punto de lograr hace poco, pero habiéndosele desvanecido Clarita, con su sonrisa á que hace de amoroso ámbito el hogar. Porque este hogar ¿es una difusión de su sonrisa, ó es acaso ésta una concentración del hogar? Algo barrunta, sin duda, la doncella, pues sus ojos miran más hondo y sus labios se entreabren más al ver á Apolodoro.
¿Y don Epifanio? Algo debe de saber también, porque ¿no da otro tono á sus plácidas sentencias? ¡Qué sentencias! ¡Qué talento de hombre! ¡haber sabido hacer esta hija! Un talento inconciente, es decir, genial. ¿Cómo va á comparársele don Fulgencio? ¡Para aforismo y _Ars magna_ y filosofía rítmica sobre-humana Clarita, Clarita! «¡Esas son teorías!» como dice con resignación el padre, don Epifanio.
¡Por fin! ¡qué trote el del corazón! No le deja oirse, no le da respiro, le ahoga. Y Clarita, también suspensa, anhelante, espera el parto del solemne silencio.
--Clarita... Clarita... haga el favor... lea esto--y deslizándole la carta, entra al estudio.
--Vamos, hombre--le dice ¿con sorna acaso? don Epifanio;--parece que vienes sofocado... No hay que correr, Apolo, no hay que correr; al paso se llega antes... Anda, acaba esa pierna y no le pongas tan duras las sombras.
Y hoy, trascurrido de esto un día, parece que la casa toda, el colgador del pasillo, los grabados, que todo se le esfuma en torno á ella; todo su cuerpo, su aire, su aliento, son una anhelosa pregunta.
--Bueno, ¿y qué me dice usted?
--¡Que... sí!
¡Oh, se siente genio!
--¡Gracias, Clarita, gracias!
--¿Gracias? ¡á usted!
--¿Usted?
--A...
--A ti--y entra triunfador y resuelto.
Entra en la vida. Los amorosos ataques irán cesando, convirtiéndosele en continuo é incesante hormigueo crónico.
En cuanto á Clarita ya tiene novio como las más de sus amigas, y ahora va á saber qué es eso y de qué hablan los novios y qué se dicen. Tiene ya novio, es mujer.
El Amor, como niño que dicen que es, enseña á Apolodoro una infantil astucia, y es que se haga amigo de Emilio, el hermano de Clarita, y entre así más dentro de la casa. Y don Epifanio como si no lo viese, pero en la mesa, al tiempo de comer:
--¡Vaya con Apolo! ¡vaya con Apolo!
--Es algo raro--dice Emilio.
--¡Psé! cada cual es como le hacen y cada uno con su cadaunada...
--¡Si vieras qué cosas le decía su padre la otra tarde!...
--¡Filosofías! ¿No comes más de eso, Clarita?
--No, no tengo ganas.
--Por tu cuenta, allá tú, pero sin comer ni...
--El otro día me estuvo hablando de dónde venimos y á dónde vamos... ¡qué sé yo!
--¡Psé! de alguna parte vendremos... ¡Déjate de eso!
--¡Y lee unas cosas!
--¡Bah! ganas de perder el tiempo que nos dió Dios para ganarnos la vida.