Part 5
Pero no á enseñarle á escribir con ortografía fonética, la del porvenir, la única racional. Duda primero si optar por la q ó por la k para la gutural fuerte, si escribir Qarrasqal ó Karraskal, pero se queda al fin con la k para no quitar á las palabras kilómetro y kilogramo su tradicional y científico aspecto. Además Kant, Kepler, etc., empiezan con k, y con q ¿qué grande hombre hay? No recuerda más que á Quesnay y á Quetelet. _I así es komo empezó el niño á berter su pensamiento en forma gráfika, i en la únika berdaderamente zientífika ke ai, por lo menos oí, asta ke no adoptemos el áljebra._
«Pero... ¿no hubiera sido mejor dejarle que ideara jeroglíficos y ayudarle en el proceso evolutivo de ellos, hasta que hallase por sí la escritura? La escritura científica sería escribir con las curvas mismas que la palabra registra en el cilindro del fonógrafo; mas para llegar á eso tenemos que acabar de entrar en la edad positiva.»
Pónele también á aprender dibujo, á que adquiera el sentido de la forma, único camino para llegar á adquirir el del fondo. Y el método de enseñanza es ingenioso si los hay. Le hace dibujar pajaritas de papel en todas posturas y proyecciones, pues las pajaritas, sobre ser objetos de bulto, afectan formas geométricas.
Y paseos á diario, pues es paseando como mejor le instruye. Detiénese de pronto don Avito, levanta una piedra del suelo y dice:
--Mira, Apolodoro--suelta la piedra,--¿por qué cae?
Y como el chico le mira silencioso, repite:
--¿Por qué cae y no sube cuando la suelto?
--Si fuera un globo...
--Pero no lo es... Vamos, ¿por qué cae?
--Porque pesa.
--¡Ahaha! ¡ya estamos en camino! porque pesa... ¿y por qué pesa?
El chico se encoge de hombros, mientras allá, en sus entrañas espirituales, su demoñuelo familiar--pues también le tiene--le dice: «este papá es tonto.»
--¡Papá, tengo frío!
--¡El frío no existe, hijo mío!
«Es tonto, decididamente tonto.»
Otras veces toca preguntar al chico, para tormento del padre. «Papá, ¿por qué no tienen barbas las mujeres?» A punto estuvo Carrascal de responder: «porque la tienen los hombres; para diferenciarse en la cara», pero se calló.
--Mira, hijo, en un triángulo que tenga dos ángulos desiguales, á mayor ángulo se opone mayor lado...
--Sí, ya lo veo, papá.
--No basta que lo veas, hay que demostrártelo.
--Pero si lo veo...
--No importa; ¿de qué sirve que veamos las cosas si no nos las demuestran?
Y así empieza á dar vueltas en la cabeza de Apolodoro Carrascal el caleidoscopio, en que cada figura tiene trampa; un mundo de vistas con su inscripcioncilla, que hay que descifrar, debajo de cada una.
Hoy pregunta Apolodoro:
--Papá, ¿para qué es este ladrillo en que dice «Ciencia» y la ruedecita de encima?
--¡Gracias á Dios, hijo, gracias á Dios!--y mientras al demonio familiar que le susurra: «¿á Dios? ¿á Dios, Avito? ¿á Dios? caíste, caíste y seguirás cayendo», le contesta en su interior: «¡cállate, tonto!», prosigue:--¡al fin te fijaste en ello! Hace tiempo que lo esperaba. Mira, Apolodoro, hay que dar algo á la imaginación, sí, hay que dar algo á la imaginación, creadora de las religiones; necesita su válvula de seguridad. Ese es el altar de la religión de la cultura.
--¿Altar?
--Sí. Mira, el ladrillo cocido fué, según Ihering, el principio de la civilización asiria, fué el principio de la civilización; supone el fuego, la invención que hizo al hombre hombre, y permitió la escritura, pues las más antiguas inscripciones se nos conservan en ladrillos cocidos. Los primeros libros eran de ladrillos...
--¿De ladrillos? ¡Oivá! y ¿cómo los llevaban?
--La casa era el libro; hoy es el libro nuestra casa. El ladrillo hizo posible la escritura; por eso lleva ese ladrillo escrita la palabra _Ciencia_.
--¿Y la ruedecita?
--¿La ruedecita? ¡Ah, la rueda! ¡la rueda, hijo mío, la rueda! La rueda es lo específico humano, la rueda es lo que de veras ha inventado el hombre, sin tomarlo de la naturaleza. En los organismos vivos verás palancas, resortes, pero no verás ruedas. De aquí que el medio más científico de locomoción es la bicicleta. Este es el altar de la cultura, ¿no sientes tu imaginación satisfecha?
De paseo llevan la brújula para orientarse, y algún día el sextante para tomar la altura del sol, y termómetro, barómetro, higrómetro, lente de aumento.
Y es tiempo de que el niño empiece á llevar sus cuadernitos, la contabilidad de su experiencia, y nota de la temperatura y la presión máximas y mínimas, y que haga gráficas estadísticas de todo lo gráfico-estadisticable.
* * * * *
Ahora van á ver en un museo de historia natural la Evolución, pues no bastan los grabados de casa. Entran en la sala en que trasciende á enjuagues y drogas y allí, tras las vitrinas, pellejos rellenos de algodón, pajarracos, avechuchos, bichos de todas clases en actitudes cómicas ó trágicas, sujetos á sus peanas; algunos conservados en frascos de alcohol. Apolodoro se agarra fuertemente á su padre.
--¿Son de verdad, papá? ¿son de carne?
Y cuando se ha serenado:
--¿Cómo los han cogido?
--Mira, mira aquí, hijo mío; mira el oso hormiguero ó mejor dicho _Myrmecophaga jubata_; mira, tiene esa lengua así para...
--¿Puede más que el leopardo?
--Tiene esa lengua así para coger hormigas, las garras...
--¿Quién salta más?
--Pero fíjate en el oso hormiguero, niño, que en nada te fijas, fíjate en el oso hormiguero que es un excelente caso...
--Sí, ya me fijo; ¡qué feo es!... Y éste, éste, ¿cómo se llama éste?
--Este es el canguro; lee ahí, ¿qué dice?
--_Ma... ma... cro... cro... macro... macropus... ma... ma... major..._
--_Macropus major._
--¿Y qué es eso?
--Su verdadero nombre, su nombre científico; les ponen ahí el nombre.
Retíranse al poco rato á casa, cariacontecido el padre y meditabundo; ¡el niño no se fija, no se fija...! De buena gana para abrirle el apetito le daría á leer novelas de Julio Verne si no fuesen novelas, si les quitasen lo novelesco. Así es que queda estupefacto cuando al decir esto á don Fulgencio le contesta el filósofo:
--Pues yo le aconsejaría de buena gana que las diese á leer si fueran novelas, y les quitasen lo científico.
«Este hombre... este hombre...»--le dice el demonio familiar:--«Ten ojo con este hombre, Avito.»
Vuelve don Fulgencio á la carga para que envíe al hijo á la escuela, encargando que no le enseñen nada.
--Pero si el ensayo...
--El ensayo no ha sido malo, diga usted lo que quiera.
--Pero si allí no le han enseñado más que disparates...
--De esos supuestos disparates surgirá la luz.
--Pero si mi hijo tiene tendencias mitológicas y en la escuela en vez de combatírselas se las corroboran.
--¿Tendencias mitológicas?
--Sí, tendencias mitológicas. Un día me salió diciendo que ya sabe quién enciende el sol, que es el solero, y al preguntarle yo cómo sube, me contestó que volando...
--Una especie de Apolo...
--Si en la escuela...
--¡Nada, nada, á la escuela, á la escuela! Luego entraremos nosotros.
--Luego... luego... siempre luego...
Y vuelve Apolodoro á la escuela, y hoy, primer día de su segundo ensayo de escuela, al volver de ella dice á su padre:
--Papá, ya sé quién es el más listo de la escuela...
--¿Y quién es?
--Joaquín es el más listo de la escuela, el que sabe más...
--¿Y crees tú, hijo mío, que el que sabe más es el más listo?
--Claro que es el más listo...
--Puede uno saber menos y ser más listo.
--¿Entonces, en qué se le conoce?
Y el pobre padre, despistado con todo esto, sin lograr reconstruir á su hijo y diciéndose: «¡parece imposible que sea hijo mío!» ¡Qué niño tan extraño! ¡No se fija en nada, no para la atención en nada, nada le penetra, y hasta le estorban los brazos para dormir!
--Vamos, Apolodoro, escribe á tu tía.
--No sé cómo decirle eso, papá.
--Como quieras, hijo mío.
--Es que no sé cómo querer.
«Que no sabe cómo querer... ¡Oh, la pedagogía no es tan fácil como creen muchos!»
* * * * *
--Vaya, aquí está la policlínica del doctor Herrero; vamos á verla, hijo mío, que hay que ver de todo.
--Bueno.
Y una vez dentro:
--¡Oh qué conejito, qué mono! ¡qué ojos tiene! ¡si parecen de ágata, de esa de hacer canicas! y debe de tener frío; ¡cómo tiembla!
--No, pequeño, no tiene frío, es que se va á morir pronto.
--¿A morir? ¡pobrecito! ¡pobre conejito! ¿por qué no le curan?
--Mira, hijo mío, este señor le ha metido esa enfermedad al conejo para estudiarla...
--¡Pobre conejillo! ¡pobre conejillo!
--Para curar á los hombres luego...
--¡Pobre conejillo! ¡Pobre conejillo!
--Pero mira, niño, hay que aprender á curar.
--Y ¿por qué no le curan al conejillo?
Esta noche sueña Apolodoro con el pobre conejillo y Avito con su hijo.
* * * * *
¡Qué escenas silenciosas y furtivas cuando en los raros momentos en que el padre los deja coge la madre á su hijo, lo abraza y sin decir palabra le tiene así abrazado, mirando al vacío, llenándole de besos la cara! El chico abre los ojos, sorprendido; este es otro mundo, tan incomprensible como el otro, un mundo de besos y casi de silencio.
--Ven acá, hijo mío, Luis, Luisito, mi Luis, Luis mío, ven acá mi vida, Luis, mi Luis... ¡Luis! ven, repite: Padre nuestro...
--Padre nuestro...
--Sí, tu padre, el otro, el que está en el cielo... Padre nuestro que estás en los cielos...
--Padre nuestro que estás en los cielos...
--Santificado sea tu nombre... ¡ah! ¡la puerta! Luis, mi Luis, Luisito, Luis mío, mi Luis, ¡vete! ¡calla! no le digas nada; ¿has oído? ¡aquí viene...! ¡Apolodoro!
Y por el espíritu del niño desfila en pelotón: «¿Por qué caen las piedras, Apolodoro? ¿por qué á mayor ángulo se opone mayor lado? ¡Apolodoro! ¡Polodoro... boloro... boloriche...! ¡Apolo... bolo...! ¡Ese Ramiro me las tiene que pagar...! Luis, Luis, mi Luis, Luisito... santificado sea tu nombre... no le digas nada, ¿has oído? ¿por qué me llamará mamá Luis?... El oso hormiguero tiene la lengua así... ¡Pobre conejillo! ¡pobre conejillo!»
VII
El segundo hijo que ha dado á Avito Marina ha sido hija. Ni la ha pesado ni medido ni abierto expediente al nacer; ¿para qué? ¿Hija? Carrascal vuelve á pensar en eso del feminismo al que jamás ha logrado verle alcance. ¿Hija? Allá por dentro le encocora la cosa, es decir, la hija.
Tiempo hace que se formara convicciones respecto á lo que la mujer significa y vale. La mujer es para él un postulado y como tal indemostrable; un ser eminentemente vegetativo. La galantería es enemiga de la verdad, piensa, y debemos á la mujer, en su pro mismo, la verdad desnuda y aun más que desnuda descarnada, porque ¿es acaso verdad una verdad que no esté en huesos, demostrable?
--No hay cuestión feminista--decía años hace don Avito á su fiel Sinforiano, de sobremesa, en casa de doña Tomasa;--no hay cuestión feminista; no hay más que cuestión pedagógica y en ésta se refunden todas...
--Pero habrá cuestión pedagógica aplicada á la mujer...--se atrevió á insinuar Sinforiano.
--¡Psé! vista así la cosa... Lo peor es, amigo Sinforiano, eso de que la hayan puesto los hombres en un altar y la tengan allí, sujeta al altar, en mala postura, molestándola con incienso...
--¡Oh, muy bien, muy bien!...
--El fin de la mujer es parir hombres, y para este fin debe educársela. Considérola, amigo Sinforiano, como tierra dispuesta á recibir la simiente y que ha de dar el fruto, y por lo tanto es preciso, como á la tierra, meteorizarla...
--¡Qué teorías, oh qué teorías, don Avito!
--Meteorizarla, sí; mucho aire, mucho sol, mucha agua... De aquí que yo crea que es la mujer la que principalmente debe dedicarse á la educación física...
Teorías en que se afirma ahora Carrascal, después de su matrimonio. La mujer representa la Materia, la Naturaleza; material y naturalmente hay que educarla por lo tanto.
--Con la niña, Marina, mucho aire, mucho sol, mucho paseo, mucho ejercicio, que se haga fuerte... Yo tengo mis ideas...
Y la pobre Materia mira á esta su Forma, que, tiene sus ideas, apretando contra el seno á la pequeñuela, á la pobre hija, á la que será mujer al cabo, ¡pobrecilla! Se la dejan, se la dejan para ella sola, le dejan la flor de su sueño, la triste sonrisa hecha carne. Es un encanto de niña sobre todo cuando en sueños parecen mamar sus labios de invisible pecho. Entranle entonces á la madre, que la contempla, con golpe de apoyadura, ansias de hartar de besos á esta flor de su sueño; mas por no despertarla, ¡que duerma! ¡que duerma! ¡que duerma lo más que pueda! Por no despertarla se los tiene que guardar, los besos, y allí se le derraman por las entrañas cantándole extraños cánticos. ¡Oh, la niña! ¡la niña! ¡vaso de amor!
Y la niña, Rosa--porque don Avito deja ahora á su mujer que le dé nombre, ¿qué importa cómo se llame una mujer?--crece junto á Apolodoro, crece mimosa, apegada al regazo materno. Y rompe á andar y á hablar antes que á ello rompió su hermano.
--Me sorprende, don Fulgencio, la cosa; la niña parece más despierta que el niño...
--Cuanto más inferior la especie, amigo Carrascal, antes llega á madurez; según se asciende en la escala zoológica, es más lento el desarrollo de la cría...
--Sin embargo, suelo pensar si las hijas heredarán del padre la inteligencia y de la madre la voluntad, y si será cierto lo que aseguraba Schopenhauer de que los hombres heredan la inteligencia de la madre y la voluntad del padre...
--Eso lo dijo el terrible humorista de Danzig porque su padre se suicidó y su madre escribió novelas, cuando acaso el suicidio fué la novela de su padre y las novelas fueron el suicidio de su madre.
* * * * *
Cuando Rosita, que es muy caprichosa, llora, exclama el padre:
--Déjala llorar, mujer, déjala llorar que así se le desarrollan los pulmones. Que los meteorice con el llanto. Trae al despertarse su tensión nerviosa que ha de descargar y lo hace llorando. Y como tiene que llorar tanto ó cuanto inventa motivo. Te pide ese dedal y se lo das; te pedirá luego el reló y se lo darás, y luego otra cosa y al cabo la luna sabiendo que no se la puedes dar, para motivar sus lágrimas. Déjala llorar, mujer, déjala llorar; que se meteorice.
Y son los besos á enjugar las lágrimas mientras don Avito frunce las cejas, son los besos de inconciente protesta, son los besos con que á las barbas del pedagogo regala á su hija, llenándola de microbios mientras desde un rincón mira de reojo Apolodorín, con tristes ojos de genio abortado.
Esta niña, estos lloros, estos besos... ¡oh, el feminismo!
Y pasa tiempo y la niña empieza ya á coger cepillos, un barómetro, lo primero que encuentra y lo envuelve en un babero y lo arrulla apretándolo contra el seno, y le mece cantándole. Y el padre espía cómo arrulla y mece al barómetro y se empeña en que lo acuesten con él, con el _guingo_ ó niño. ¡Oh, el instinto! ¡el instinto! ¡palabra que inventó nuestra ignorancia!
* * * * *
Acaba de llegar Carrascal á presencia de don Fulgencio cuando éste, con la jícara de chocolate, frío ya, al lado, medita un aforismo.
--¡Nada, no acabo de resolverlo!--exclama de pronto el filósofo, rompiendo el silencio con que ha recibido á su fiel don Avito;--aforismo le hay, no me cabe la menor duda, aforismo le hay, pero ¿en qué sentido? ¿hemos de decir que la mujer nace y el hombre se hace ó viceversa, que nace el hombre y se hace la mujer? ¿es la mujer de herencia y el hombre de adaptación ó por el contrario? ¿cuál es el primitivo? ¿ó se han diferenciado de algo primitivo que no era ni hombre ni mujer?
--Precisamente...--empieza Carrascal, asombrado de esta concordancia de preocupaciones.
--Porque--continúa el filósofo volviéndose ya al chocolate--la mujer es rémora de todo progreso...
--Es la inercia, la fuerza conservadora...--agrega don Avito.
--Sí, ella es la tradición, el hombre el progreso...
--Apenas si discurre...
--Hace que siente...
--Como no parimos, exagera los dolores del parto...
--Como discurrimos, finge discurrir...
--Es un hombre abortado...
--Es el anti-sobre-hombre.
Óyense pasos de doña Edelmira, métese en la boca el filósofo una sopa de chocolate y callan los dos hombres.
--Acuérdate, Fulgencio--dice, luego de saludar á don Avito, doña Edelmira--de que hoy tienes que ir á casa del notario...
--¡Ah, es cierto, memoria mía!; pero ¡qué cabeza...!
--¡Qué memoria tienes, chico! Mira que si lo dejas...
--Nada, que si lo dejo me perdía cinco mil pesetas...
--Y luego hubieras dado contra mí... Pero ¡qué memoria!...
--Mi memoria eres tú...
--Y tu voluntad...
--¡Hombre, hombre...! ¡digo, mujer!
--Sí, aunque esté aquí este señor...
--Nada, que podía haberme perdido cinco mil pesetas... ¡Que Dios te lo pague, memoria mía!
--¿Dios?--pregunta don Avito así que se ha retirado doña Edelmira.
--Ya le tengo dicho cien veces que no tenga esa manía á Dios, que no padezca de teofobia que es mala enfermedad, y sobre todo á cada cual hay que hablarle en su lenguaje, so pena de que no nos entendamos; ¿qué más da, después de todo, decir Dios que decir...?
--Sin embargo...
--¿Y cómo hablar, si no, á las mujeres?
--¡Ah, las mujeres, rémora de todo progreso...! apenas si discurre...
--Hace que siente...
--Es un hombre abortado...
--Es el anti-sobre-hombre...
Y continúa el dúo, al acabar el cual, exclama don Fulgencio pensando en el Sócrates de los diálogos platónicos:
--¿No quedamos, Carrascal, en que es el hombre lo reflexivo y lo instintivo la mujer?
--Quedamos.
--¿No parece que sea la mujer la tradición y el hombre el progreso?
--Así parece.
--¿No resulta ser la mujer la memoria y el hombre el entendimiento de la especie?
--Resulta así.
--¿No decimos que la mujer representa la naturaleza y la razón el hombre, Avito?
--Eso decimos.
--Luego la mujer nace y el hombre se hace--agrega triunfalmente don Fulgencio.
--¡Luego!
--Y el matrimonio, mal que nos pese, amigo Carrascal, es el consorcio de la naturaleza con la razón, la naturaleza razonada y la razón naturalizada; el marido es progreso de tradición y la mujer tradición de progreso.
Carrascal mira, sin responder ya, al _Simia sapiens_, que parece reirse y luego al cartel de «si no hubiera hombres habría que inventarlos», mientras el filósofo se enjuga, con frote trasverso, la boca.
Cuando don Avito llega á casa está su anti-sobre-hombre besando en la garganta á Rosita que se agita riéndose á carcajadas, bajo el cosquilleo de la caricia, mientras lo contempla desde un rincón, con sus tristes ojos de genio. Apolodorín.
Y en tanto entra doña Edelmira en el despacho de su marido.
--Vamos á ver, Fulgencio, qué demonio traéis aquí los dos encerrados las horas muertas y charlando de tonterías...
--¿De tonterías, mujer?
--¿Y de qué otra cosa más que de tonterías pueden hablar dos hombres solos que se están dale que le das á la sin hueso?
--Mira que tú...
--Sí, hombre, que yo entiendo muy bien de todo; te lo he repetido mil veces, hasta de tus extravagancias...
--Es que tú eres una excepción...
--No, la excepción eres tú, Fulgencio... ¿Cuánto va á que murmuráis de nosotras, de las mujeres?
--¡Pero qué cosas se te ocurren...!
--Vamos, Fulge, seme franco; ¿á qué estabais murmurando?
--Hablábamos de ciencia...
--Bien, vosotros los hombres llamáis ciencia á la murmuración...
--¡Pero qué cosas se te ocurren, Mira! ¡Y qué guapetona te conservas todavía...!
--Bueno, sí, te entiendo... ahora me vienes con piropos para despacharme ó para no contestarme... Vaya, deja eso, y ven á leerme un poco y luego á coserme unas cosas en la máquina.
--Pero...
--No, hombre, no, nadie lo sabrá, no tengas cuidado. Anda, deja eso, hombre, déjalo.
VIII
Ha corrido tiempo, Apolodoro ha crecido y cree don Fulgencio que ha llegado por fin el día de dirigírsele directamente. No le conoce más que de vista, de rápidas inspecciones.
Es día miliar para el futuro genio. Espérale el maestro en su sillón de vaqueta, al pie del _Simia sapiens_, medio oculto tras un rimero de libros, en la misteriosa penumbra del despacho. Entra Apolodoro con el corazón alborotado, y como viene de más claro ámbito, apenas ve nada, no más que, en la sombra, el rostro hierático de don Fulgencio, ribeteado por la leve luz cernida, con ojos que parecen no mirar, con el bigote lacio. El maestro contempla á este muchacho pálido y larguirucho, de brazos pendientes como si, aflojados los tornillos, colgaran de los hombros, de labio superior recogido que le deja entreabierta la boca.
--¡Mi hijo!--exclama don Avito tendiendo á él los brazos como quien muestra un género de mercancía.
--¡Nuestro Apolodoro!--añade con calma don Fulgencio, y como el muchacho calla--¡bueno... bueno... bueno... está crecido!
--¡Muchas gracias!--murmura Apolodoro sin moverse.
--Bueno, hombre, bueno--y el maestro se levanta para ponerse á pasear la estancia,--¡siéntate!
--¿Y yo?--dice don Avito.
--Usted... mejor es que nos deje solos.
El padre se va al maestro y le aprieta efusivamente la mano como diciéndole: «ahí queda eso; trátemelo con mimo», y sin atreverse á mirar á su hijo, sale. Apolodoro se ha dejado sentar y espera con las piernas juntas y las manos sobre las rodillas.
--Bueno, hombre, bueno--y se detiene el filósofo un momento ante Apolodoro, le pone una mano sobre la cabeza, á lo que el mozo tiembla de pies á ella, le examina escudriñador, mientras los latidos del corazón sofocan al futuro genio, que mira al vacío,--bueno, hombre, bueno: ¿conque Apolodoro? ¿nuestro Apolodoro?
El mozo se sofoca y el sofoco le trae el recuerdo del pobre conejillo de antaño; esa mirada le desasosiega en lo más íntimo.
--¡Pero, hombre, di algo!
Y como un eco repite Apolodoro:
--¡Algo!
--¡Demonio de mozo, tiene gracia!
Y se sonríe el maestro.
El chico, repuesto ya algo, mira al _Simia sapiens_.
--¿Pero no se te ocurre nada más, muchacho?
--¿Y qué quiere usted que se me ocurra, don Fulgencio?
--Hombre, como querer...
--Mi padre...
--Pues bueno, sí, ataquemos las cosas de frente. En primer lugar que se te quite de la cabeza...
Detiénese el maestro; va á decirle que se le quite de la cabeza lo de ir para genio, pero al recordar que sólo aspirando á lo inaccesible puede cada cual llegar al colmo de lo que le sea accesible, se lo calla. En esto asoma la cara plácida y sonrosada de doña Edelmira, orlada por su rubia peluca, y después de envolver al mozo en una de sus inquisitivas miradas de presa, dice:
--Fulge, haz el favor de salir un momento; enseguida vuelves.
--Mira, Mira, no me llames Fulge--dice el filósofo á su mujer, cuando no les oye el chico.
--Sí, te entiendo; no importa.
Y quedan cuchicheando un rato. Entre tanto Apolodoro contempla en su memoria ese rostro sonrosado y plácido, aniñado, bajo la rubia peluca y sobre aquella figura corpulenta. Mira en derredor, al _Simia sapiens_ y al _Homo insipiens_, ¿qué va á decir todo esto?
Entra don Fulgencio, se va derecho á su sillón en el que se sienta, y luego de haber escrito en su cuadernillo esta sentencia: «el hombre es un aforismo» empieza: