Amor y Pedagogía

Part 3

Chapter 33,930 wordsPublic domain

«Hay quien lleva como un castigo su nombre, como joroba que al nacer le impusieron. En rigor debía aguardarse á que el hombre diese sus frutos para ponerle nombre á ellos ajustado; mientras no ostente carácter propio no debía tener más que nombre provisional ó interino, ya que no fuese anónimo. Los pseudónimos y los motes son más verdaderos que los nombres legales, ya que apenas hay cosa legal que sea verdadera, y la que verdadera resulte será á pesar de su legalidad, jamás merced á ella.» Y luego propone don Fulgencio varios nombres, entre los cuales _Fisidoro_, don de la naturaleza; _Nicéforo_, vencedor; _Filaletes_, amante de la verdad; _Aniceto_, invencible; _Aletóforo_, portador de la verdad; _Teodoro_, don de Dios, y _Teoforo_, portador de Dios, entendiendo por Dios lo que por él entiende el singular filósofo; _Apolodoro_, don de Apolo, de la luz del Sol, padre de la verdad y de la vida... Avito vacila; inclínase á _Apolodoro_ por lo simbólico y sobre todo por empezar como Avito con A, lo que ha de permitir que se sirvan padre é hijo de un mismo baúl y que no haya que cambiar las iniciales de los cubiertos: A. C. Sólo tiene el inconveniente de eso de Apolo, una deidad pagana, una forma de superstición, dígase lo que se quiera. Aunque por otra parte lo de Apolo no puede entenderse ya más que como un símbolo, un símbolo del Sol, de la luz, del generador de la vida. Va á decidirse por Apolodoro, y la voz interior: «caíste ya y vuelves á caer, y caerás cien veces y estarás cayendo de continuo; transigiste con el amor, con el instinto, con lo carnal, transigirás con la superstición pagana y tu hijo llevará siempre como un estigma ese nombre y le llamarán abreviándoselo: Apolo; mejor es que le llames Teodoro, que al cabo es nombre más corriente y llano y equivale á lo mismo, pues ¿qué va de Apolo á Dios?» Y Avito contesta á ese importuno demonio que al enamorarse le entró, diciéndole: «No, no es lo mismo Apolo que Dios, no equivale Teodoro á Apolodoro, porque en Apolo no cree ya nadie y no pasa de ser una mera ficción poética, un puro símbolo, mientras aún quedan quienes creen en Dios, y así si le llamo Apolodoro nadie supondrá que pueda yo creer en la existencia real y efectiva de Apolo, mientras que si le bautizo, digo, no, si le denomino Teodoro podrá creerse que creo en Dios. De Dios se podrá hablar, podremos hablar los hombres de razón, cuando nadie crea en él, cuando sea un puro símbolo... ¡entonces sí que nos será útil!» Y la voz: «has caído, has caído y volverás á caer cien veces, y estarás cayendo sin cesar... ¿Si pudieras llamarle A. B. C. ó X. como por álgebra? Tan derogación es llamarle Apolodoro como Teodoro: ponle un nombre sin sentido, algébrico, llámale Acapo ó Bebito ó Futoque, una cosa que nada signifique y á que dé significado él; mete en un sombrero sílabas, saca tres y dale así nombre.» Y Avito replica: «¡cállate! ¡cállate! ¡cállate!» y se queda con Apolodoro, salvo confirmárselo ó rectificárselo según los frutos que dé.

* * * * *

El sueño de Marina se hace más profundo, baja á las realidades eternas. Siéntese fuente de vida cuando da el pecho al hijo. Desprende el mamoncillo la cabeza y quédase mirándola, juega con el pezón luego. Y cuando en sueños sonríe se dice la madre: es que se sueña con los ángeles. Con su ángel se sueña ella, apretándoselo contra el seno, como queriendo volverlo á él, á que duerma allí, lejos del mundo.

Avito no hace sino preguntarla: «¿Qué tal? ¿tienes leche suficiente? ¿te sientes débil?» Y no satisfecho con las seguridades que su mujer le da, envía á que se analice la leche, que se analice escrupulosamente, á microscopio y á química.

--Porque mira, si el criar te perjudicara ó perjudicara al niño, tenemos el biberón, el biberón perfeccionado...

--¿Biberón?

--Sí, biberón, pero biberón moderno y con leche esterilizada, lactancia artificial, el gran sistema, mejor que la lactancia natural, créemelo...

--¿Mejor? Pero si lo natural...

--Déjate de lo natural. La naturaleza es una chapucería, una perfecta chapucería, como dice don Fulgencio...

--Pues yo creo que en esto lo más natural...

--¿Y qué has de creer tú? ¿qué has de creer tú que al fin y al cabo eres naturaleza? Te digo que no hay como el biberón...

--Pues mientras yo tenga leche...

--Si no me opongo, pero... mira, la pedagogía misma, ¿qué es sino biberón psíquico, lactancia artificial de eso que llaman espíritu por llamarlo de algún modo?

«Has caído, sigues cayendo--le dice la voz interior--le dejas criar; así le transmitirá más de su sangre; el pecado del amor da sus frutos.»

--Y esas mantillas, esas mantillas... ya te he dicho que no le envuelvas así; las mujeres sois las sacerdotisas de la rutina.

--¿Pues qué he de hacer?

--Mira este dibujo, vístele por él.

--Yo no sé hacerlo, hazlo tú.

--Hazlo tú... hazlo tú... Estos primeros cuidados los confía la pedagogía á la madre...

--¿Y el darle de mamar no?

--¡Lógica femenina! El darle de mamar no; el biberón mismo es cuidado de la madre.

--Pues mira, como yo no sé hacerlo de otro modo...

--Bueno, mujer, bueno... sigue...

* * * * *

Hoy ha averiguado Avito que á escondidas de él, en connivencia la madre con Leoncia, se han llevado al niño para que lo bauticen. Su principio de autoridad, base y fundamento de toda sana pedagogía, ha sido conculcado; y ¿cómo? ¡por consejo de la deductiva! No se puede dejar pasar esto así, sin protesta.

--¿No te tengo dicho, Marina, que no quiero que le metas esas cosas al niño?

--Así se ha hecho siempre--contesta la mujer con un resto de independencia que le brota de las entrañas.--Tú no quieres más que poner leyes nuevas...

--¿Quién te ha dicho eso?--y como Marina calla, prosigue elevando la voz:--¿quién te lo ha dicho? repito; ¿quién es el majadero ó la majadera que te lo ha dicho? Vamos, contesta. ¿No sabes que soy tu marido?

La pobre Materia, oprimiendo al genio contra su seno, siente que una bola de cuajada angustia le levanta primero por dentro los henchidos pechos, que le tupe la garganta después y empieza á ver á su marido á través del amargo humor que le purifica los ojos lavándoselos.

--Tienes la desgracia de haber nacido imbécil y no estás en edad...

Óyese apenas, como quejumbre de animal herido, estas palabras escapadas de entre dientes: Eres un bruto.

--¿Un bruto? ¿un bruto yo?--la coge del brazo y la sacude;--¿un bruto? si no fuese por...

Y ella rompiendo á llorar ya: Virgen Santísima...

--¡Calla, no blasfemes!

Apolodoro mira fijamente á su madre. Y el padre paseándose se dice: «He estado torpe, poco razonable, poco científico, se me ha vuelto á rebelar el animal, este animal al que tenía dominado y así que me enamoré despertó; esta infeliz no tiene la culpa... ¿Le ha bautizado? ¿y qué? ¡cosas de mujeres! que se diviertan en algo las pobres.» Y volviéndose á Marina, con su voz más dulce:

--Vamos, Marina, he estado fuerte, lo reconozco, pero...--y se le acerca ofreciéndole la boca, á la vez que la voz interior le murmura: «caíste, vuelves á caer y caerás cien veces más...»

Déjase besar Marina apretando contra el seno al niño, y recae en el sueño de su vida.

--Sí, he estado fuerte, pero... pero es menester cumplir mi voluntad... ¿Y bautizarle? ¿para qué? ¿para limpiarle del pecado original? ¿pero tú crees que esta inocente criatura ha pecado?

Y la voz del demonio familiar: «sí, no ha pecado, pero trae pecado, trae pecado original: el de haber nacido de amor, de enlace de instinto, de matrimonio inductivo; amor y pedagogía son incompatibles; el biberón exige complemento...»

--No le beses, no le beses así, Marina, no le beses; esos contactos son semillero de microbios.

Y la voz: «¿por qué la besabas tú á ella? te ha contagiado, te ha contagiado con sus microbios, con los microbios de su personalidad, porque cada uno de nosotros tiene su microbio, su microbio especial y específico, el _bacillus individuationis_, como le llama don Fulgencio, y te ha contagiado... ¡Caíste, caíste y volverás á caer!»

Esto fué ayer y hoy encuentra Marina á su marido pinchando al niño con una aguja, é irrumpiendo del sueño su corazón de madre, exclama:

--¿Pero estás loco, Avito? ¿qué haces?

Y el padre sonríe, vuelve á pincharle y contesta:

--Tú no entiendes...

--Pero, Avito--añade con mansedumbre.

--¡Es que estudio los actos reflejos!

--¡Qué mundo este, Virgen Santísima!--y recae en el sueño.

Y aun le queda por ver esto otro, y es que haciendo que Apolodorín se coja con ambas manos del palo de la escoba le levanta su padre así en alto. La madre tiende los brazos ahogando un grito, y el padre con enigmática sonrisa dice:

--Esta fuerza de prensión, propiamente simiana, la perderá luego. Nuestro tatarabuelo el antropopiteco y nuestro primo segundo el chimpancé...

--¡Qué mundo este, Virgen Santísima!--y adéntrase aun más en el sueño.

Otras veces es ponerle una vela ante los ojos y observar si la sigue con los ojos, ó hacer ruido para llamarle la atención. Y en estas y las otras he aquí que al arrimar el niño su manecita á la lumbre de la vela se quema y rompe á llorar y tiene su madre que acallarle dándole el pecho. Y mientras la madre le tapa la boca con la teta para que no pueda llorar, Avito:

--Déjale que llore; es su primera lección, la más honda. No la olvidará nunca, aunque la olvide--y como la madre parece no fijarse en el profundo concepto, prosigue el padre:--Así aprenderá que el dedo es suyo, porque ese llanto quería decir: _mi_ dedo ¡ay! _mi_ dedo. Y del _mi_ al _yo_ no hay más que un paso, un solo paso hay del posesivo al personal, paso que por el dolor se cumple. Y el _yo_, el concepto del _yo_...

Al ver con qué ojazos desorientados le mira Marina, se calla Avito, envainándose el yo.

* * * * *

Carrascal vigila la evolución del pequeño salvaje, meditando en el paralelismo entre la evolución del individuo y la de la especie, ó como decimos entre la ontogenia y la filogenia. «Su madre le hará fetichista--se dice--¡no importa! Como la especie, tiene el individuo que pasar por el fetichismo; yo me encargaré de él. Ahora, mientras siga siendo un invertebrado psíquico, un alma sin vértebras ni cerebro, allá con él su madre, pero así que se le señale la conciencia reflexiva, así que entre en los vertebrados, así que se me presente de _amfioxus_ psíquico, le tomo de mi cuenta.»

Marina, por su parte, sonambuliza suspirando: ¡Qué mundo este, Virgen Santísima! y aduerme al niño cantándole:

Duerme, duerme, mi niño, Duerme enseguida, Duerme, que con tu madre Duerme la vida. Duerme, sol de mis ojos, Duerme, mi encanto, Duerme, que si no duermes Yo no te canto. Duerme, mi dulce sueño, Duerme, tesoro, Duerme, que tú te duermes Y yo te adoro. Duerme para que duerma Tu pobre madre, Mira que luego riñe Riñe tu padre. Duerme, niño chiquito, Que viene el coco A llevarse á los niños Que duermen poco...

Y Apolodoro va aprendiendo, bajo la dirección técnica de su padre, el manejo del martillo de su puño, de las palancas de sus brazos, de las tenazas de sus dedos, de los garfios de sus uñas y de las tijeras de los recién brotados dientes. Y por sí solo, ¡cosa singular! sin dirección alguna, adelantando la cabeza cuando quiere, sí, cuando quiere comer de lo que le presentan y sacudiéndola de un lado á otro para que no se lo encajen en la boca, cuando no lo quiere, no, no quiere comerlo, aprende á decir mudamente _sí_ y _no_, las dos únicas expresiones de la voluntad virgen.

Su padre, sin embargo, se dedica un rato todos los días á frotarle bien la cabeza por encima de la oreja izquierda para excitar así la circulación en la parte correspondiente á la tercera circunvolución frontal izquierda, al centro del lenguaje, pues algo de la excitación ha de atravesar el cráneo y ayudar al niño á romper á hablar.

IV

Ahora en que el alma de Apolodoro se acerca, merced á las fricciones superauriculares, al anfioxus psíquico, ahora ha venido á habitar en nuestra ciudad el verbo de Carrascal, el insondable filósofo don Fulgencio.

Es don Fulgencio Entrambosmares hombre entrado en años y de ilusiones salido, de mirar vago que parece perderse en lo infinito, á causa de su cortedad de vista sobre todo, de reposado ademán y de palabra en que subraya tanto todo que dicen sus admiradores que habla en bastardilla. Jamás presenta á su mujer por avergonzarse de estar casado y sobre todo de tener que estarlo con mujer. El traje lo lleva de retazos hábilmente cosidos, intercambiables, diciendo: «esto es un traje orgánico; siempre conserva las caderas y rodilleras, signos de mi personalidad, _mis_ caderas, mis _rodilleras_.»

Tiene en su despacho, junto á un piano, un esqueleto de hombre con chistera, corbata, frac, sortija en los huesos de los dedos y un paraguas en una mano y sobre él esta inscripción: _Homo insipiens_, y al lado un desnudo esqueleto de gorila con esta otra: _Simia sapiens_, y encima de una y de otra una tercera inscripción que dice: _Quantum mutatus ab illo!_ Y por todas partes carteles con aforismos de este jaez: «La verdad es un lujo; cuesta cara.» «Si no hubiera hombres habría que inventarlos.» «Pensar la vida es vivir el pensamiento.» «El fin del hombre es la ciencia.»

Son, en efecto, los aforismos uno de sus fuertes, y el _Libro de los aforismos ó píldoras de sabiduría_ su libro exotérico, el que ha de dar como ilustración al común de los mortales. Porque el otro, su _Ars magna combinatoria_, su gran obra esotérica, que irá escrita en latín ó en volapük, la reserva para más felices edades. Trabaja en ella de continuo, mas decidido á encerrarla, desconocida, en un hermético cofrecito de iridio ó de molibdeno, cuando muera, ordenando que la entierren con él y dejando al Destino que al correr de los siglos aparezca á flor de tierra un día, entre roídos huesos, cuando sea ya el género humano digno de tamaño presente.

Porque es lo que se dice á solas: «¿Trabajar yo para este público donde han caído como en el vacío mis más profundos y geniales estudios? ¿para este público que tarda tanto en admitir como en despedir á aquel á quien una vez ha ya admitido? Esto es como caminar en un arenal; esto es romperse el brazo del alma al ir á dar con todo esfuerzo y encontrarse con el aire nada más. Hay aquí cien escritores, publica cada cual cien ejemplares de cada una de sus obras y las cambian entre sí, como cambian los saludos y las envidias. El que no escribe no lee, y el que escribe tampoco lee como no le regalen lo que haya de leer. Como ninguno se halla sostenido por público compacto, numeroso y culto, ni creen en sí mismos ni en los otros--pues necesitamos de que los demás nos crean para creernos--y á falta de esa fe, de la fe en la popularidad, única de nuestro escritor, desprécianse mutuamente ó creen despreciarse más bien.»

Hechas estas consideraciones se vuelve á trabajar en su _Ars magna combinatoria_, labor que ha de ser un día asombro de los siglos. No es, en efecto, la filosofía, según don Fulgencio, más que una combinatoria llevada á los últimos términos. El trabajo hercúleo, genial, estribaba en dar, como él ha dado, con las cuatro ideas madres, dos del orden ideal y dos del real, ideas que son, las del orden real: la muerte y la vida; y las del orden ideal: el derecho y el deber, ideas no metafísicas y abstractas, como las categorías aristotélicas ó kantianas, sino henchidas de contenido potencial. A partir de ellas, coordinándolas de todas las maneras posibles, en coordinaciones binarias primero, luego ternarias, cuaternarias más adelante y así sucesivamente, es como habrá de descifrarse el misterio del gran jeroglífico del Universo, es como se sacará el hilo del ovillo del eterno Drama de lo Infinito. Está en las coordinaciones binarias ó simplemente _combinaciones_, como él, aunque apartándose del común tecnicismo, las llama estudiando el derecho á la vida, á la muerte, al derecho mismo y al deber; el deber de vida, de muerte, de derecho y de deber mismo; la muerte del derecho, del deber, de la misma muerte y de la vida; y la vida del derecho, del deber, de la muerte y de la vida misma. ¡Qué fuente de reflexiones el derecho al derecho, el deber del deber, la muerte de la muerte y la vida de la vida! ¡qué fecundas paradojas las de la vida de la muerte y la muerte de la vida! Ibsen ha presentido á don Fulgencio al hacer decir al Obispo de su drama «Madera de reyes» (_Kongs-Aemnerne_) aquello de: «¿Pero con qué derecho tiene derecho Hakon y no vos?» (_Men med hvad Ret fik Hakon Retten og ikke I?_) Luego que acabe con las binarias se meterá don Fulgencio con las coordinaciones ternarias ó más bien _conternaciones_, que es como él las llama, tales cuales las de la vida de la muerte del derecho, el derecho á la muerte de la vida, el deber del derecho al deber, y ¡oh fuente de paradójicas maravillas! el derecho al derecho al derecho, ó la muerte de la muerte de la muerte. Hanle presentido, además de Ibsen, Ihering con eso de que no hay derecho á renunciar los derechos, y todos los que hablan del derecho á la pena, es decir, á la muerte. Las _conternaciones_ son sesenta y cuatro y luego vienen las doscientas cincuenta y seis _concuaternaciones_ y las mil veinticuatro _conquinaciones_ más tarde y... ¡qué porvenir se abre á la Humanidad! Esta ha de ser inacabable, eterna, pues no basta la infinita consecución de los tiempos para agotar la infinita serie de las infinitas coordinaciones.

El método coordinatorio es, sin duda, la fuente de toda filosofía, el modo de excitar el pensamiento. ¿Oyes decir que el amor es el hambre de la especie? pues inviértelo y dí que el hambre es el amor del individuo. Ya Pascal, como buen filósofo, volvió aquello de que el hábito es una segunda naturaleza en lo de que la naturaleza es un primer hábito. ¿Te hablan de la libertad de conciencia? pues compárala al punto con la conciencia de la libertad; ¿te proponen la cuadratura del círculo? medita en la circulación del cuadrado.

Cuando se pone don Fulgencio á pensar en esto, de noche y oscuras, descansando sobre la almohada su cabeza, junto á la de doña Edelmira, su mujer, desciende á él el sueño al peso de tan graves meditaciones. Con razón llama filosofía rítmica sobre-humana á la suya.

Profesa un santo odio, un _odium philosophicum_, al sentido común, del que dice: «¿el sentido común? ¡á la cocina!» y cuando llega á sus oídos esa estúpida conseja de que es una olla de grillos su cabeza, recítase este fragmento poético que para propio regalo tan sólo ha compuesto:

Amados grillos que con vuestro canto De mi cabeza á la olla dais encanto, Cantad, cantad sin tino, Cumplid vuestro destino, Mientras las ollas de los más sesudos De sentido común torpes guaridas, De sucias cucarachas, grillos mudos, Verbenean manidas. Resuenen esas ollas con el eco Del canto de lo hueco.

Tal es el guía á quien para la educación del genio se ha confiado don Avito.

* * * * *

Han anunciado á don Fulgencio que Carrascal le busca, sale el filósofo en chancletas, echa á don Avito una mano sobre el hombro y exclama:

--¡Paz y ciencia! amigo Avito... cuanto bueno por aquí...

--Usted siempre tan magnánimo, don Fulgencio... Vengo algo sudoroso; está tan lejos esta casa... Se pierde mucho tiempo en recorrer espacio...

--Casi tanto como el espacio que se pierde en pasar el tiempo... ¿Y qué tal va el papel?

Don Avito queda confundido ante esta profundidad de hombre, y como al entrar en el despacho, le salta á la vista lo de que «el fin del hombre es la ciencia», vuélvese al maestro y se decide á preguntarle:

--¿Y el fin de la ciencia?

--¡Catalogar el Universo!

--¿Para qué?

--Para devolvérselo á Dios en orden, con un inventario razonado de lo existente...

--A Dios... á Dios...--murmura Carrascal.

--¡A Dios, sí, á Dios!--repite don Fulgencio con enigmática sonrisa.

--¿Pero es que ahora cree usted en Dios?--pregunta con alarma el otro.

--Mientras Él crea en mí...--y levantando episcopalmente la mano derecha, añade:--dispense un poco, Avito.

Frunce los labios y baja los ojos, síntomas claros del parto de un aforismo, y tomando una cuartilla de papel escribe algo, tal vez un trozo del padrenuestro, ó unos garrapatos sin sentido. Entre tanto la voz interior le dice á Carrascal: «caíste... has vuelto á caer, caes y caerás cien veces... éste es un mixtificador, este hombre se ríe por dentro, se ríe de ti...» y Avito, escandalizado de tan inaudita insolencia, le dice á su demonio familiar: «¡cállate, insolente! ¡cállate! ¡tú que sabes, estúpido!»

--Puede usted seguir, Avito.

--¿Seguir? ¡Pero si no he empezado...!

--Nunca se empieza, todo es seguimiento.

Confuso Carrascal ante tamaña profundidad de hombre, le explana de cabo á rabo la historia toda de su matrimonio y lo que respecto á su hijo proyecta. Le oye don Fulgencio silencioso, interrumpiéndole por dos veces con el gesto episcopal para asentar algún aforismo ó escribir cualquier cosa ó ni cosa alguna. Al concluir su exposición quédase Carrascal bebiéndose con la mirada el rostro del maestro, sintiendo que á su espalda tiene al _Simia sapiens_ y delante, sobre la augusta cabeza del filósofo, lo de «si no hubiera hombres habría que inventarlos.» Mantiénese don Fulgencio cabizbajo unos segundos, é irguiendo su vista, dice:

--Importante papel atribuye usted á su hijo en la tragicomedia humana; ¿será el que el Supremo Director de escena le designe?

Responde Carrascal con un pestañeo.

--Esto es una tragicomedia, amigo Avito. Representamos cada uno nuestro papel; nos tiran de los hilos cuando creemos obrar, no siendo este obrar más que un accionar; recitamos el papel aprendido allá, en las tinieblas de la inconciencia, en nuestra tenebrosa preexistencia, el Apuntador nos guía; el gran tramoyista maquina todo esto...

--¿La preexistencia?--insinúa Carrascal.

--Sí, de eso hablaremos otro día; así como nuestro morir es un _des-nacer_, nuestro nacer es un _des-morir_... Aquí de la permutación. Y en este teatro lo tremendo es el héroe...

--¿El héroe?

--El héroe, sí, el que toma en serio su papel y se posesiona de él y no piensa en la galería, ni se le da un pitoche del público, sino que representa al vivo, al verdadero vivo, y en la escena del desafío mata de verdad al que hace de adversario suyo... matar de verdad es matar para siempre... aterrando á la galería, y en la escena de amor ¡figúrese usted! no quiero decirle nada...

Interrúmpese para escribir un aforismo y prosigue:

--Hay coristas, comparsa, primeras y segundas partes, racioneros... Yo, Fulgencio Entrambosmares, tengo conciencia del papel de filósofo que el Autor me repartió, de filósofo extravagante á los ojos de los demás cómicos, y procuro desempeñarlo bien. Hay quien cree que repetimos luego la comedia en otro escenario, ó que, cómicos de la legua viajantes por los mundos estelares, representamos la misma luego en otros planetas; hay también quien opina, y es mi opinión, que desde aquí nos vamos á dormir á casa. Y hay, fíjese bien en esto, Avito, hay quien alguna vez mete su _morcilla_ en la comedia.

Cállase un momento; mientras Carrascal se recrea en interpretarle el pensamiento, irrádianle los fulgurantes ojos y mirando al enchisterado _Homo insipiens_, prosigue:

--La morcilla, ¡oh, la morcilla! ¡Por la morcilla sobreviviremos los que sobrevivamos! No hay en la vida toda de cada hombre más que un momento, un solo momento de libertad, de verdadera libertad, sólo una vez en la vida se es libre de veras, y de ese momento, de ese momento ¡ay! que si va no vuelve, como todos los demás momentos y que como todos ellos se va, de ese nuestro momento _metadramático_, de esa hora misteriosa depende nuestro destino todo. Y ante todo, ¿sabe usted, Avito, lo que es la morcilla?