Amor y Pedagogía

Part 11

Chapter 114,014 wordsPublic domain

Porque tiene razón don Fulgencio: «sólo la lógica da de comer» y sin comer no se puede vivir y sin vivir no puede aspirarse á ser libre, _ergo_... hele aquí, hele aquí después de esta especie de sorites al _ergo_ vengador. ¿Y qué más que un _ergo_ fatídico me lleva á ir hinchando con mi cañuto de caña--pues de veras escribo con cañutos de caña á guisa de porta-plumas, por lo cual puedo decir con razón lo de _calamo currente_--este _ergótico_ epílogo? ¿Es que no tiene acaso el tal epílogo su lógica, una lógica--seamos desnudamente sinceros--una lógica que me da de comer?

Y siendo lo cómico una infracción á la lógica y la lógica nuestra tirana, la divinidad terrible que nos esclaviza, ¿no es lo cómico un aleteo de libertad, un esfuerzo de emancipación del espíritu? El esclavo se ríe, el esclavo se ríe cuando otro esclavo tras momentáneo acto de rebelión recibe sobre sus escuálidos lomos los latigazos de la tirana, el esclavo se ríe y se vuelve al plato, á comer de lo que la Lógica le da, nos volvemos al plato todos, porque «sólo la lógica da de comer.» ¿Pero es que no hay algo grande, algo sublime, algo sobrehumano, en esa rebelión del pobre esclavo? ¿Es que en las entrañas de lo cómico, de lo grotesco, no sangra y llora la sublimidad humana? ¡Pobre corazón! ¡pobre corazón que te ríes para no llorar! ¡pobre corazón que te burlas para no compadecer, porque el compadecer te destroza y te aniquila!

Coged á Aristófanes, el gran cómico, al que no hubo bufonada que le arredrara, y ved cómo hace hablar en su comedia _Las ranas_ á Esquilo, el gran trágico. ¡Desgraciados de nosotros si no sabemos rebelarnos alguna vez contra la tirana! Nos tratará sin compasión, sin miramiento, sin piedad alguna, nos cargará de brutal trabajo y nos dará mezquina pitanza. En cambio, si alguna vez le enseñamos los puños y los dientes y nos revolvemos contra ella, haremos reir á los demás esclavos cuando la verga salpique de sangre nuestros lomos con sus golpes, pero la tirana nos mirará con otros ojos y nos llamará luego aparte á su retirada alcoba y allí nos mostrará la Lógica sus secretos encantos y nos regalará con sus caricias y seremos por algunos instantes no ya sus esclavos, sino sus dueños. Y allí lloraremos en sus brazos lágrimas de redención, lágrimas de las que purifican y aclaran la vista, lágrimas de las que desahogan el vaso del corazón rebosante de amarguras. Allí, en brazos de la tirana lloraremos: ¡bienaventurados los que se ríen porque ellos llorarán algún día! Y los que no se ríen, esos no podrán llorar y las lágrimas se les quedarán en el corazón, envenenándoselo. Ved sino que los hombres graves, los que sólo por fuera y en la máscara se ríen, languidecen en soberbia y en envidia y avanzan fatigosamente uncidos al yugo infame del sentido común, cobarde ministril y capataz de la tirana Lógica.

Aquí alza otra vez la voz maese Pedro y me dice: «llaneza, muchacho, no te encumbres, que toda afectación es mala» (capítulo XXVI de la parte II de _El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha_) y me parece la voz de maese Pedro, del pícaro, galeote y desagradecido Ginés de Pasamonte la voz del sentido común, de este Ginesillo de Parapilla que acaba en robar rucios á los Sancho Panzas.

Tiene razón maese Pedro, á quien bien á mi pesar sirvo de criado: no debo meterme en dibujos sino hacer lo que don Quijote me manda, que será lo más acertado, siguiendo mi canto llano y sin meterme «en contrapuntos que se suelen quebrar de sotiles», y lo que don Quijote me manda es que no me encumbre sino que siga mi epílogo en línea recta sin meterme en las curvas ó trasversales, «que para sacar una verdad en limpio menester son muchas pruebas y repruebas.» «Yo lo haré así», no sea que á don Quijote se le antoje salir en ayuda de Apolodoro y la emprenda á llover cuchilladas sobre mi titerera pedagógica y derribe á unos, descabece á otros, estropee á don Fulgencio, destroce á Menaguti y entre otros muchos tire un altibajo tal que si maese Pedro, el que por dentro y bien á mi pesar mueve mi tinglado todo, no se abaja, se encoge y agazapa, le cercene la cabeza con más facilidad que si fuera hecha de masa de mazapán, cercén que se tendría muy merecido. Y de nada sirve que maese Pedro dé voces á don Quijote diciéndole que se detenga y advierta que estos no son sino figurillas de pasta y que me destruye y echa á perder parte de mi hacienda, pues no dejará por eso don Quijote de menudear cuchilladas, mandobles, tajos y reveses como llovidos, que el tal don Quijote es hombre grave si los hay y de los que toman las burlas en veras, por lo cual no sabe tomar las veras en burlas ni se tiene noticia de que se haya reído nunca por dentro aunque haya dado que reir á todo el mundo. Pues tal es la miserable condición humana, que no queda otra salida que ó reirse ó dar que reir como no tome uno la de reirse y dar que reir á la vez, riéndose de lo que da que reir y dando que reir de lo que se ríe, según la fórmula que me enseñó en cierta ocasión, al pie del _Simia sapiens_, mi don Fulgencio.

¿Y hay, á propósito, nada más cómico que don Quijote? ¿No luchó desesperadamente contra la lógica de la realidad que nos manda que sean los molinos de viento lo que en el mundo de la realidad son y no lo que en el mundo de nuestra fantasía se nos antoja que sean? ¿Y cuándo le volvió la lógica á don Quijote sino cuando la muerte le amagaba y rondaba en torno suyo? Se rebeló contra la lógica el esclavo Alonso el Bueno y la Lógica le llevó á su apartado retiro y le enseñó sus secretos y le regaló con sus caricias, porque ¿no se ve á la Lógica y á la Lógica desnuda y sumisa y entregada y no vestida y tiránica y reservada en las aventuras todas de nuestro inmortal ingenioso hidalgo?

Yo lancé hace algún tiempo el grito de ¡muera don Quijote!, y este grito halló alguna resonancia y quise explicarlo diciendo que quería decir ¡viva Alonso el Bueno! esto es, que grité ¡muera el rebelde! queriendo decir ¡viva el esclavo!, pero ahora me arrepiento de ello y declaro no haber comprendido ni sentido entonces bien á don Quijote, ni haber tenido en cuenta que cuando éste muere es que tocan á muerto por Alonso el Bueno.

* * * * *

Hasta aquí llegaba ayer, habiendo llenado 41 cuartillas de epílogo, cuando recibo hoy, 7 de febrero, carta de que hacen falta otras tantas, es decir, que apenas he llegado á la mitad de este epílogo.

Dejé ayer á prevención concluso el sentido al final de la cuartilla 18, después de hablar del efecto que la muerte de Apolodoro produjo al insondable don Fulgencio, y antes de ocuparme en el que á Petrilla produjo esa misma muerte, y lo dejé así con el objeto de poder intercalar entre las cuartillas 18 y 19 cuantas fueren menester. Y ahora, con objeto de poder cubrir ese hueco que á prevención dejé, voy á ver á don Fulgencio, en busca de lo que acerca del efecto que el suicidio de su discípulo le produjera.

* * * * *

Vengo de ver á don Fulgencio, el cual no ha querido hablarme de los efectos en su espíritu de la violenta muerte de Apolodoro. Apenas le hablé de ello se me mostró muy afectado y dolorido y me dijo: «¡Pasemos á otra cosa!» Y al exponerle los motivos lógicos que me impelían á interrogarle sobre tan doloroso punto, me ha contestado diciéndome que la cosa se arreglaba muy bien publicando á seguida de mi relato y epílogo un trabajo cualquiera de él ó mío, cosa muy dentro de las costumbres y usos literarios. Y tirando del cajón sacó de él un manuscrito que me entregó diciéndome:

--Ahí tiene usted una obra de mi juventud, un pequeño diálogo titulado «El Calamar», que escribí poco después de haber rechazado un duelo que se me propuso. Si no bastara, publique usted algo suyo. Vamos á ver: ¿por qué no lo hace con aquello de «El liberalismo es pecado» que en cierta ocasión me leyó?

--Es que yo quiero--le he dicho--que cuanto en un volumen vaya tenga cierta unidad de tono siquiera; en el chorizo se mete carne de vaca con la de cerdo, pero no sardinas ni ciruelas.

--¡Unidad de tono... unidad de tono...! Siempre salen ustedes con esas tonadillas de antaño que en realidad no hay quien las entienda á derechas. Y dígame, amigo Unamuno, ¿qué unidad de tono le encuentra usted al mundo? Y aunque una obra de arte necesite unidad de tono, el libro, como obra de arte, el libro, entiéndame bien, el libro, no su contenido, es obra de arte tipográfico y no literario y su unidad ha de ser unidad de papel, de tipos, de caja, de impresión. Por lo demás encuentro justificadísimo lo de sus editores, y una de las cosas que más me gustan de nuestro libro inmortal, es que Juan Gallo de Andrada, escribano de cámara del rey don Felipe, certificara de que los señores del Consejo vieron el libro intitulado _El ingenioso Hidalgo de la Mancha_, compuesto por Miguel de Cervantes Saavedra, y tasaran cada pliego de él á tres maravedís y medio, y teniendo el libro ochenta y tres pliegos, al dicho precio montaba el dicho libro--diciéndome esto tenía don Fulgencio abierto y á la vista el _Quijote_--doscientos y noventa maravedís y medio, en que se había de vender en papel, y dieron licencia para que á ese precio se pudiese vender, y mandaron poner esa tasa al principio del libro y que no se pudiese vender sin ella. Pienso escribir algo sobre esto de la tasa del _Quijote_. Y á propósito de ello he de contarle lo que no ha muchos años sucedió en la Corte entre un poeta y un librero. Fué el caso que el poeta le presentó un tomito de composiciones suyas pidiéndole le tomase algunos ejemplares con el consiguiente descuento. Cogió el librero el tomito y sin abrirlo lo revolvió en la mano examinando su longitud, latitud y profundidad, hecho lo cual preguntó al poeta: «¿Y á cuánto ha de venderse esto?» «A tres pesetas», contestó el poeta, y el librero replicó: «Me parece caro.» Y el poeta exclamó entonces: «Es que le advierto que es oro puro.» «¿De oro puro? en ese caso no me conviene», replicó el librero devolviéndole el tomito. Créame, hasta el oro puro hay que saber tasarlo, como tasaron los señores del Consejo el oro puro del _Quijote_.

Otras muchas cosas me ha dicho don Fulgencio, dejándome convencido, y al salir me ha entregado dos manuscritos suyos, el diálogo de «El Calamar», de que hice mención, y los «Apuntes para un tratado de Cocotología», autorizándome para que haga de ellos el uso que crea conveniente.

Y ahora termino este epílogo, como prometí terminarlo, con el último verso del soneto de Lope de Vega:

Contad si son catorce y está hecho.

APUNTES

PARA UN TRATADO DE COCOTOLOGÍA

PROLEGÓMENOS

En esta parte ha de tratarse de todo lo divino y lo humano, de lo conocido, de lo desconocido y de lo inconocible, arrancando siempre, á poder ser, de la nebulosa ó del homogéneo primitivo si fuere preciso. Es de grandísimo interés ante todo y sobre todo establecer el concepto de la ciencia, pues sin haber establecido tal concepto es absolutamente imposible dar un solo paso en firme en ciencia alguna.

Lo del concepto de la ciencia nos llevará á tratar del problema del conocimiento, y con todo esto se puede llenar muy bien un tomo de regulares dimensiones.

HISTORIA DE LA COCOTOLOGÍA

Empezaré diciendo que la historia de la cocotología, como la de todo lo existente, posible y concebible, se pierde en la noche de los tiempos, y acudiré al Larousse á ver qué dice ella. Y como es de suponer que no diga nada, consideraré á las pajaritas de papel como un juego infantil y haré la historia de los juegos infantiles y de todos los juegos en general. Con esto bien puede llenarse otro tomo.

RAZÓN DE MÉTODO

Aquí expondré el por qué trato primero de lo primero y segundo de lo segundo y por qué lo tercero ha de ir antes de lo cuarto y después de éste lo quinto. Esta es una parte muy importante y en que se requiere mucho pulso.

Sabido es, en efecto, que el método lo es todo y que la ciencia se reduce al método, es decir, al camino, pues método significa en griego camino. Y teniendo en cuenta que hay dos clases de caminos, vías ó métodos, unos parados, por los que el caminante discurre y anda, como son los caminos terrestres, y otros «caminos que andan», que llevan al caminante, como son las vías fluviales ó ríos, dividiré á los métodos, y por consiguiente á las ciencias que los encarnan, en dos grandes grupos: métodos parados ó terrestres y métodos en movimiento ó fluviales. De aquí las ciencias terrestres y las ciencias fluviales.

Y si me dijeren que esto es jugar con la metáfora, replicaré que todo es metáfora y así saldré del paso. Forzaré, además, la metáfora hablando de caminos ó métodos férreos, como los de las matemáticas, aéreos, funiculares, vecinales, senderos, veredas, atajos, etc., y terminaré de una manera magnífica y altamente sugestiva hablando del mar, que todo él es camino, y comparándolo con la filosofía, y del aire, que también es todo él camino, comparándolo con la poesía. Porque es preciso hacer entrar la poesía entre las ciencias. Aquí encajará lo de los «húmedos senderos» de Homero y con tal ocasión hablaré de Homero y del helenismo.

ETIMOLOGÍA

La palabra cocotología se compone de dos, de la francesa _cocotte_, pajarita de papel, y de la griega _logia_, de _logos_, tratado. La palabra francesa _cocotte_ es una palabra infantil y que se aplica en su sentido primitivo y recto á los pollos y por extensión á todas las aves. En sentido traslaticio á las pajaritas de papel y á las mozas de vida alegre. Aquí habré de extenderme en una comparación entre estas mozas y las pajaritas, frágiles como ellas.

La primera cuestión que surge respecto al nombre de nuestra nueva ciencia es que es el tal un nombre híbrido, como el de _sociología_, compuesta de una palabra latina y otra griega, y son muchas las personas graves que han visto en eso del hibridismo de su título un fuerte argumento en contra de la nueva sociología.

Acaso fuera mejor llamar á nuestra ciencia papyrornithiología (παπυρορνιθιολογια), de las palabras griegas _papyros_ (πἁπυρος) papel, _ornithion_ (ὁρνἱθιον) pajarita y _logia_, pero le encuentro á este nombre graves inconvenientes que me reservo mostrar cuando publique el tratado.

Y no dudemos de la importancia del nombre, importancia tal que precisamente lo más grave de una idea ú objeto es el nombre que hayamos de darle. Rechacemos aquel absurdo aforismo de _le nom ne fait pas à la chose_, el nombre no hace á la cosa. Sí, el nombre hace á la cosa y hasta la crea.

¿No nos dice acaso el versillo 3 del capítulo I del Génesis que «Dijo Dios: sea la luz, y la luz fué», creándola así con su palabra, y no fué lo primero la palabra, según el versillo primero del capítulo I del Evangelio según Juan, que nos dice que «en el principio fué la palabra?» Fausto halla imposible estimar en tanto la palabra, el verbo, y lo traduce primero así: «en el principio era el sentido» (_Im Anfang war der Sinn_), mas luego lo corrige diciendo: «En el principio era la fuerza» _Im Anfang war die Kraft_, y concluye por fin en decir: «en el principio era la acción» _Im Anfang war die That_. No; Fausto aquí divaga; digamos que en el principio fué la palabra y que luego de haber formado Dios de la tierra toda bestia del campo y toda ave de los cielos «las trajo á Adán para que viese cómo las había de llamar, y todo lo que Adán llamó á los animales vivientes ese es su nombre» (Gen. II, 19). Y este acto de dar Adán nombre á toda bestia del campo y á toda ave de los cielos, fué su toma de posesión de ellos y hoy mismo tomamos posesión intelectual de las cosas al nombrarlas.

¿Qué es, en efecto, conocer una cosa sino nombrarla? Conocer una cosa es clasificarla, nos dicen los filósofos, es distinguirla de las demás, y cuanto mejor la distingues es que la conoces mejor. El hombre ignorante sólo sabe el nombre propio de las cosas, su _agnomen_, su nombre de pila que diríamos hoy; las llama Cayo ó Tito, Pedro ó Juan; el menos ignorante sabe su primer apellido; cuando se instruye más conoce ya el segundo apellido, y así sucesivamente. Cuanto más adelantamos en la ciencia de las cosas, más apellidos damos á éstas, conocemos mejor su genealogía, las colocamos mejor en el lugar que en su familia las corresponde. ¿La llamada historia natural se reduce para los más á otra cosa que una nomenclatura?

Preguntémosle á la palabra misma por su importancia y oficio, interroguemos á nuestra lengua latina y ella nos dirá que la raíz del nombre _nombre_ NOMEN GNOMEN es la raíz misma, GNO--del verbo _gnosco_, _cognosco_, conocer, y que esta raíz GNO es hermana de la raíz GEN--de _gigno_, engendrar; nombrar es conocer y conocer es engendrar, nombrar es engendrar las cosas. Y si se lo preguntamos á las lenguas germánicas y anglo-sajonas nos dirán éstas que la voz palabra, _worth_ en inglés, _wort_ en alemán, es pariente del verbo _werden_, devenir, hacerse, generarse, siendo la palabra un hacerse, un devenir, un engendrarse. Sí, inefable é inconocible es una sola y misma cosa.

Razón tiene, pues, Carlyle cuando en su _Sartor Resartus_ (lib. II, cap. I, Génesis), hace decir á Diógenes Teufelsdrockh lo siguiente: «Pues en verdad, como insistía á menudo en ello Gualterio Shandy, estriba mucho, casi todo, en los nombres. El nombre es el primer vestido en que envolvisteis al yo que visitaba la Tierra, vestido á que desde entonces se agarra más tenazmente (porque hay nombres que han durado casi treinta siglos) que á la piel misma. Y ahora, desde fuera, ¡qué místicas influencias no envía hacia dentro, aun hasta el centro, especialmente en aquellos plásticos primeros tiempos en que es el alma toda infantil todavía, blanda, habiendo de crecer la invisible semilla hasta convertirse en árbol frondoso! ¿Los nombres? Si pudiera explicar yo la influencia de los nombres, que son el más importante de todos los vestidos, sería un segundo y gran Trismegisto. No ya sólo el lenguaje común todo, sino la ciencia y la poesía mismas, no son otra cosa, si lo examinas, que un exacto _nombrar_..... En muy llano sentido, dice el proverbio, «_llama ladrón á uno y robará_...» Así Carlyle.

Goethe, por su parte, en _Poesía y verdad_ (II, 2), nos dice: «No estaba bien hecho que se permitiera aquellas bromas con mi nombre, pues el nombre propio de un hombre no es una capa que cuelgue de él y á la que se pueda deshilachar y desgarrar, sino un vestido que ajusta perfectamente y hasta como la piel misma que ha crecido con él y sobre él, y á la que no cabe arañar y desollar sin herirle á él mismo.»

Y, por último, para acabar con las citas, conviene trascribir aquí aquellos preñados versos en que nos dice Shelley en su «Prometeo desencadenado» (_Prometheus unbound_, act. II, sc. IV) que «dió al hombre el lenguaje y el lenguaje creó el pensamiento, que es la medida del universo.»

_He gave Man speech, and speech created thought Which is the measure of the universe._

Con todas estas y otras consideraciones acerca del nombre, consideraciones que sacaré de mi cuadernillo rotulado _Onomástica_, justificaré la importancia capital que tiene el nombre que doy á la nueva ciencia, y como al nombrarla la creo. Porque el nombre y su etimología debe preceder á la definición misma.

DEFINICIÓN

Aquí, después de exponer lo que es la definición y cuantas maneras de definición pueden darse y de dar la etimología de la palabra definición, pasaré á estampar cuantas definiciones pueden darse de la cocotología, empezando por la más sencilla de que es la ciencia que trata de las pajaritas de papel.

IMPORTANCIA DE NUESTRA CIENCIA

Es importantísimo el dejar bien asentada _a priori_ la importancia de la ciencia de que se va á discurrir, no sea que los lectores torpes no lo conozcan. Es esto tan importante como lo que hacen ciertos predicadores dialécticos que después de desarrollar un argumento añaden: «queda, pues, evidentemente demostrada... tal ó cual cosa», no sea que el oyente no lo haya conocido.

La importancia de la cocotología es que, como veremos más adelante, puede llegar á ser ciencia perfecta.

LUGAR QUE OCUPA ENTRE LAS DEMÁS CIENCIAS Y SUS RELACIONES CON ÉSTAS

He aquí dos puntos capitalísimos y que se prestan á no poca discusión. En realidad el segundo depende del primero, pues para colocar á nuestra ciencia en el lugar preminente que le corresponde, tenemos que determinar antes sus relaciones con las demás ciencias.

Relaciónase con las físico-químicas porque el papel, sea fino sea de estraza, con que las pajaritas se hacen, está sujeto á las leyes todas físicas y químicas; pesa, refleja un color, da un sonido si se le hiere, se dilata por el calor, arde al fuego, es sensible á ciertos ácidos, etc., etc. Se relaciona con las ciencias naturales porque dicho papel se extrae de materias vegetales, y sin conocer éstas mal se puede conocer bien tal papel. Relaciónase con la psicología, porque las pajaritas de papel ayudan al desarrollo de la psique infantil, y con las ciencias sociales por su valor como juego de los niños. Pero ante todo y sobre se relaciona, como veremos, con las ciencias matemáticas, porque la pajarita de papel adopta formas geométricas definidas y puede someterse á fórmula analítica.

DIVISIÓN

Aquí trataré de la división de la cocotología, pues no cabe tratar ciencia alguna sin dividirla antes por I, II, III, A, B, C, 1, 2, 3, a, b, c, etc. La ciencia no puede ser fluyente y continua como una vena de agua, es menester que sea quieta y discontinua como un rosario.

EMBRIOLOGÍA

He de empezar por el estudio de la embriología de la pajarita de papel, á partir del cuadrado primitivo de papel, que salido del protoplasma papiráceo, es el óvulo de donde la pajarita habrá de desenvolverse. Y tal óvulo tiene que ser por fuerza cuadrado, lo más perfectamente cuadrado que quepa, sin que sirva que sea un cuadrilátero ó paralelepípedo, pues de éste no sale más que un monstruo, como puede comprobarlo el investigador si, como nosotros, lo ensaya.

El óvulo-cuadrado papiráceo experimenta primero la vuelta ó involución de sus cuatro ángulos cuyos extremos vienen á coincidir en el centro, produciéndose el segundo período, el de _blastotetrágono_, en que hay dos capas, la formada por los cuatro extremos plegados, el _endodermo_ ó _endopapiro_, y la formada por el centro del óvulo-cuadrado, el _ectodermo_ ó _ectopapiro_.

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Una vez obtenido este segundo período experimenta el _blastotetrágono_ un tercer pliego, una tercera complicación, volviéndose las puntas de él hacia el lado inverso de aquel á que las primeras se volvieron, es decir, hacia el endopapiro, y así tenemos la gástrula papirácea. De ésta puede salir ya, mediante un proceso que describiré minuciosamente en mi obra--obra ilustrada con exactos grabados--la primera forma de pájaras, la más elemental y primitiva, en que los extremos que se doblaron primero vienen á formar la cabeza, las patas y la cola. De aquí también, mediante otro proceso, puede salir una mesa, la _trapeza papyracea_, la forma de tetrápodo ó cuadrúpedo más sencilla que se conoce, como que es un cuadrúpedo puro, un mero tetrápodo, á tal punto que hay sabios que opinan, con algún fundamento, que no sirven las cuatro patas para sostener el cuadrado ó tablero de la mesa, sino más bien éste para soportar las patas. Aquí me extenderé en amplias consideraciones de como este tipo de la _trapeza papyracea_ lo vemos luego reproducido en todos aquellos organismos superiores, incluso el hombre, en que el cuerpo lleva las extremidades en vez de llevar éstas al cuerpo, y estudiaré el tipo _trapeza_ en la especie humana, en aquellos hombres cuya razón de ser es tener manos y pies.

Después del tercer período viene el cuarto de donde se desarrolla, mediante un proceso que detallaré, la pajarita normal, caracterizada por tener cuatro costillas provenientes de las cuatro puntas primitivas y dos bolsas triangulares en la cabeza, á las que hay que dar denominación científica.

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