Part 10
Sin hacer, pues, caso alguno, que no se lo merecen, á los sacerdotes del arte que sostienen que el poeta, el músico y el pintor no deben vivir de su arte sino para él, yo creo que debemos trabajar todos para que llegue día en que nadie viva de su oficio sino para él, y en que comprendan todos que el armar una mesa, el cortar un traje, el levantar una pared ó el barrer una calle puede, debe y tiene que llegar á ser una verdadera obra de arte por la que no se reciba estipendio, aunque la sociedad mantenga al carpintero, sastre y barrendero. Ya Ruskin inició en Inglaterra una nobilísima campaña para infundir arte en los oficios, pero lo que hace falta no es precisamente esta infusión, sino la fusión de ambos, del arte y la industria. Libros hay escritos sobre las artes industriales, nombre que impugnan otros proponiendo se les dé el de industrias artísticas. Sean una ú otra cosa, artes industriales ó industrias artísticas, el hecho es que se va á la fusión de ambos términos.
Y para llegar á tal fusión antes estorba que favorece esa arrogante pretensión de literatos, pintores, músicos y danzantes de que se les coloque en campo aparte y no se les confunda con los demás obreros. Sólo cuando todas participen de la misma ruda suerte, sólo cuando unos y otros estén sujetos al yugo del capital y se sientan de verdad hermanos en esclavitud económica, sólo cuando el poeta comprenda que no tiene más remedio que hacer sonetos como su compañero hace cestas ó zapatos, sólo entonces podrán trabajar todos juntos por la emancipación común y elevar á arte todo oficio, absolutamente todo. Es ineficaz el que el arte abra los brazos al oficio desde los espacios cerúleos diciéndole «¡sube á mí!»; es menester que baje al infierno en que éste hoy arde y se consume, y se consuma y arda con él y á fuego lento se fundan en la común miseria y luego, llevado de sus ansias de elevación y de libertad, suba á los cielos llevándose al oficio con él. Y así y sólo así podrá llegar día en que sea el trabajo espontáneo derrame de energía vital, actividad verdaderamente libre, actividad productora de belleza; así y sólo así llegará á ser la vida misma obra de arte y el arte obra de vida, según las fórmulas de que tanto gusta don Fulgencio.
He aquí la doctrina que bajo la inspiración de mi don Fulgencio he excogitado para explicar y justificar los móviles mercantiles y de negocio que me incitan á poner estrambote á una obra de arte.
* * * * *
Una vez justificada debidamente la existencia de este epílogo, cúmpleme hacer constar que cuando hace ya tiempo expuse, á un amigo mío el plan y argumento de mi novela se mostró muy descontento de que la hiciese terminar con el suicidio del pobre Apolodoro, conclusión desconsoladora y pesimista, y me exhortó á que buscase otro desenlace. «Debe usted hacer--me decía--que venza la vida, que el pobre mozo reaccione y se sacuda de la pedagogía y se case y sea feliz. Si lo hace usted así le prometo traducirle al inglés la novela, pues dada su índole creo que gustaría en Inglaterra.» Hubo un momento en que meditando en las razones que me dió mi amigo y ante el señuelo, sobre todo, de que pudiese entrar mi obra al público inglés, pensé si convendría variar la solución que en un principio viera, mas todo fué inútil, cierta lógica subconciente é íntima me llevaba siempre á mi primera idea. Pensé luego en bifurcar la novela al llegar á cierto punto, dividir las páginas por medio y poner á dos columnas dos conclusiones diferentes para que entre ellas escogiese el lector la que fuese más de su agrado, artificio que ya sé que nada tiene de original pero sí de cómodo.
Esto de bifurcar la novela no sería un disparate tan grande como á primera vista parece, porque si bien es cierto que la historia no se produce más que de un modo y que cuanto sucede sucede como sucede sin que pueda suceder de otra manera, el arte no está obligado á respetar el determinismo. Es más, creo que el fin principal del arte es emanciparnos, siquiera sea ilusoriamente, de semejante determinismo, sacudirnos del hado. No lo de ilógico sino otros y más graves eran los inconvenientes que á tal solución veía.
Y en cuanto á cambiar de desenlace no me era posible; no soy yo quien ha dado vida á don Avito, á Marina, á Apolodoro, sino son ellos los que han prendido vida en mí después de haber andado errantes por los limbos de la inexistencia.
Lo que acaso desee saber el lector es qué efecto produjo á don Fulgencio, á Federico, á Clarita, á Menaguti el fin trágico de Apolodoro, y qué hicieron luego de quedar sin hijos la Materia y la Forma.
Respecto á esto de llamar Forma y Materia á don Avito y á Marina quiero, antes de pasar adelante, mostrar un precedente y protestar ante todo de que se me acuse de plagio en ello. Es el caso que estoy leyendo á Molière, y tres ó cuatro días después de terminada mi novela y de haber remitido su manuscrito á Barcelona, me encontré con estos cuatro versos que dice Filaminta en la escena primera del acto IV de _Les femmes savantes_:
Je lui montrerai bien aux lois de qui des deux Les droits de la raison soumettent tous ses vœux Et qui doit gouverner ou sa mère ou son père Ou l'esprit ou le corps, la forme ou la matière.
Por donde se ve que ya la Filaminta molieresca había comparado los dos términos del matrimonio, ó sea marido y mujer, á la materia y la forma, sólo que invirtiendo la relación de mi don Avito, ya que éste considera forma al marido y á la mujer materia y Filaminta se tiene por forma y á Crisalo, su marido, le tiene por materia. Mas esta discrepancia procede de que en la comedia de Molière es la mujer la sabia y en mi novela el sabio es el hombre. Por donde se ve que la materialidad y la formalidad de un matrimonio no la dan la virilidad y la feminidad sino la sabiduría de una de ambas partes.
Pero debemos dejar, oh paciente lector, estos tiquis miquis metafísicos, ateniéndonos en punto á metafísica á lo que enseñaba aquel sargento de artillería que hegelianizaba sin saberlo como Mr. Jourdain--recuérdese que estoy leyendo á Molière--hablaba en prosa sin saberlo. El cual sargento decía á unos soldados:
--¿Sabéis cómo se hace un cañón? ¿no? Pues para hacer un cañón se coge un agujero cilíndrico, se le recubre de hierro y ya está hecho.
Y como al hueco del cañón se le llama alma, bien pudo decir: «se coge un alma, se le pone cuerpo, y hete el cañón.»
Tal es el procedimiento metafísico, que es, como el lector habrá adivinado, el empleado por mí para construir los personajes de mi novela. He cogido sus huecos, los he recubierto de dichos y hechos, y hete á don Avito, don Fulgencio, Marina, Apolodoro y demás. Y si alguien me dijera que este no es procedimiento artístico, por muy metafísico que sea, le diré que se examine bien y vea qué encuentra debajo de sus propios hechos y dichos, y si debajo del hierro de nuestra carne no nos encontramos con un hueco ó agujero más ó menos cilíndrico.
Y volviendo á lo de antes diré que también yo me he preocupado, luego de recibida la carta de mi amigo Valentí Camp, en averiguar qué pensaron y dijeron de la muerte de Apolodoro don Fulgencio, don Epifanio, Menaguti, Federico y Clarita.
Empezando por Menaguti he de decir que cuando el sacerdote de Nuestra Señora la Belleza supo el percance de su amigo empezó á temblar como un azogado y le entró un grandísimo miedo, y que al volver un día á su casa, obsesionado por el recuerdo de Apolodoro, y pasando junto á una iglesiuca á aquella hora abierta miró á todos lados y cuando vió que nadie le veía se entró á ella furtivamente y dando de trompicones, se arrodilló en un rincón y rezó un padrenuestro por el alma de su amigo, pidiendo á la vez fe á Dios, á un Dios en quien no cree. Ahora se encuentra el pobre en el último período de la consunción, hecho un esqueleto y escupiendo los pulmones, y empeñado en matar á Dios, á ese mismo Dios á quien iba á pedir furtivamente fe y que le haga que crea en él. Mientras ve venir la muerte á toda marcha está escribiendo un libro: _La muerte de Dios_.
De Clarita hemos averiguado que cuando Federico, su marido, le llevó la noticia del suicidio de su antiguo novio, exclamó: «¡pobre Apolodoro! siempre me pareció algo...» y luego se dijo para sí misma: «hice bien dejarle por éste, porque si llegamos á casarnos y se le ocurre hacer esto...»
Federico se dijo: «ha hecho bien; para lo que servía...»; dió un beso á su mujer y quiso ponerse á pensar en otra cosa, pero estamos seguros de que la imagen del difunto ha de presentársele más de una vez y que recordará á menudo la conversación que tuvieron en la alameda del río, cuando iba flotando en las aguas aquel cadáver.
Don Epifanio parece ser que murmuró entre dientes: «¡pero ese Apolo, ese Apolo, quién lo hubiera creído...!» y aquella noche se estuvieron él y su mujer cuchicheando más que de costumbre antes de entregarse al sueño. También les remuerde la conciencia porque todas las personas que figuran en mi verídico relato tienen su más ó su menos de conciencia capaz de remordimientos.
En cuanto al insondable don Fulgencio ¿quién es capaz de contar el torbellino de ideas que la catástrofe de su discípulo le habrá causado? Nos consta que está meditando seriamente en si el verdadero momento metadramático no es el de la muerte. Y ahora al recordar la última entrevista que con Apolodoro tuvo, la del erostratismo, siente don Fulgencio escalofríos del alma al cruzarle la idea de si fué él quien sin quererlo le empujó á tan fatal resolución. Mas su dolor, dolor efectivo, real y doloroso, va cuajando en ideas y proyecta estudiar el suicidio á la luz de la muerte de la vida y el derecho á la muerte de la vida y el deber de muerte.
Mas á quien le ha producido el efecto más hondo y más rudo la muerte violenta de nuestro Apolodoro ha sido á Petra, la criada, á su Petrilla. Esto es para que se vea que la mayor rudeza de inteligencia y de carácter puede ir unida á la mayor profundidad y ternura de sentimientos. Esa pobre muchacha, víctima de las teorías de don Fulgencio obrando sobre los instintos de Apolodoro sobrexcitados á la vista de la muerte próxima,--pues veía claro que tenía que matarse--esa pobre muchacha tuvo la desgracia de enamorarse _a posteriori_ de su señorito, del padre del fruto que ahora lleva en las entrañas. Se ve sola y desamparada, viuda y madre, y en momentos de desesperación medita recursos extremos y funestísimos.
Aunque la congoja ahoga al infeliz Avito y á su mujer, hanse redimido uno y otro en el común dolor, Carrascal se ha dormido y Marina ha despertado á tal punto que ha logrado la pobre Materia que se arrodille junto á ella la Forma y rece á dúo, elevando su corazón á Dios. Y ahora es cuando empieza á hablar algo de su niñez, de aquella niñez que parecía haber olvidado. Mas á pesar de tal congoja no han dejado de advertir el luto de la criada y sus extremos de dolor y esto descubriéndoles ciertos indicios que dormían en sus memorias y avivándolos al asociarlos en torno á este extraño dolor de la pobre Petrilla, les ha hecho vislumbrar la triste y dolorosa realidad que tal luto encubre.
Y llega un día en que llama don Avito á su criada y la interroga y viene la penosa confesión y la pobre muchacha se anega en llanto y el pobre hombre al sentirse abuelo la consuela con dulzura:
--No hagas caso, Petrilla, no hagas caso ni te acongojes por eso, que desde hoy serás nuestra hija y te quedarás con nosotros, y tu hijo será siempre el hijo de nuestro hijo, nuestro nieto, y nada le faltará y le cuidaremos, así como á ti, y le educaré, sí, le educaré... le educaré... y no volverá á pasar lo que con Apolodoro ha pasado, no, no volverá á pasar lo mismo, te lo juro... Le educaré, sí, le educaré, le educaré con arreglo á la más estricta pedagogía, y no habrá don Fulgencio ni don Tenebrencio que me le eche á perder, ni se rozará con otros niños. Le educaré yo, yo solo, que de algo me ha de servir la experiencia de lo pasado, le educaré yo y éste sí que saldrá genio, Petrilla; te aseguro que tu hijo será genio, sí, le haré genio, le haré genio y no se enamorará estúpidamente; le haré genio.
Con lo cual se va Petrilla consolada y hasta dando por bien empleado todo.
Cuando Marina lo sabe todo y la magnánima resolución de su marido abraza primero á éste, que tan noble espíritu demostraba, y cae luego llorando en brazos de hasta hoy su criada, y decimos hasta hoy porque acaba de decidirse que se tome en concepto de tal criada á otra y que quede Petrilla en concepto de hija y de viuda del pobre Apolodoro.
--Sí, Marina, sí, estoy satisfecho de mi resolución; así proceden los hombres honrados, es decir, razonables, y sobre todo muerto nuestro...
--Calla, Avito, no sigas.
--Bueno, faltándonos él yo necesitaba alguien en quien aplicar con toda pureza mi pedagogía...
--¡Por Dios, Avito, por Dios, calla, calla...!--exclama la pobre Marina sintiendo el peso enorme del sueño que parece volverle.
--Es que...
--¡Por Dios, Avito, por Dios! ¿más de eso todavía?
--Es que si aquello no fué de eso... es que no me dejaron aplicar con pureza mi sistema... Verás, verás ahora.
--¡Qué mundo. Virgen Santísima, qué mundo!--y empieza á sentir la pobre pesadísimo sopor sobre los párpados del alma, mientras Petrilla, satisfecha del papel de hija viuda, miró á uno y otro sin comprender nada de aquello, pero sintiendo que se trata del porvenir del fruto de sus entrañas.
Y ahora el pobre Carrascal se recata y á ocultas de su mujer llama á Petrilla para decirle:
--¿Te gustan las alubias, Petrilla?
--Bastante; ¿por qué me lo pregunta usted?
--Por nada, pero procura comer las más que puedas, ¿has oído? las más que puedas, pero sin que se te indigesten, y sobre todo no digas nada de esto á Marina, ¿has oído? ¡no le digas nada de esto!
Y cuando Petrilla se ha ido le llama para repetirle:
--Cuidado con decirle nada, pero nada; mas ten en cuenta que las alubias te convienen mucho.
Petrilla, satisfecha de su papel, se sonríe y se dice para sí misma: «¡Pobre hombre! no está muy bueno, pero le daremos gusto...»
* * * * *
Así á la vez que alargo este epílogo dejo colgada esta historia para poder añadirle una segunda parte, si es que la primera gusta y encuentra buena acogida.
* * * * *
Aquí queda en suspenso este epílogo en espera de la contestación que obtenga una carta que he dirigido hoy mismo á Barcelona preguntando de cuántas cuartillas consta el manuscrito--prólogo y _logo_--pues sabiendo que son 272 las páginas que el editor quiere llenar, que lo ya remitido no hace más que 219 y que falta, por lo tanto, original para 53 páginas, tengo ya trazada la proporción para hallar el número _x_, de cuartillas de que este epílogo debe constar, llamando _n_ al número de las que constituyen el manuscrito que obra en manos del editor. La proporción es
219 : 53 :: 281_n_ : _x_
de donde _x_ = 281 × 53 / 219 = 67 cuartillas. Y no sigo porque me parece que ya estoy abusando.
Y á propósito; paseando esta tarde, como de costumbre, con un amigo mío médico y publicista, le he leído este epílogo, cuya historia conoce y al punto por una naturalísima asociación de ideas le ha venido á las mientes el soneto aquel famosísimo de Lope de Vega que empieza:
Un soneto me manda hacer Violante; Yo en mi vida me he visto en tal aprieto.
Cuando concluya este epílogo, en vista de lo que me contesten, le pondré como remate ó contera el tercer verso del segundo terceto del soneto.
También recordamos, ¿y cómo no? aquel gracioso cuento que en el «Prólogo al lector» de la segunda parte de su obra inmortal nos cuenta el único y grandísimo humorista de nuestra literatura, el cuento del loco aquel de Sevilla que dió en el gracioso disparate y tema de coger algún perro en la calle ó en cualquiera otra parte y «con el un pie le cogía el suyo y el otro le alzaba con la mano, y como mejor podía le acomodaba el cañuto--el cañuto de caña, puntiagudo en el fin--en la parte que soplándole le ponía redondo como una pelota y en teniéndole desta suerte le daba dos palmaditas en la barriga y le soltaba diciendo á los circunstantes (que siempre eran muchos): pensarán vuesas mercedes ahora que es poco trabajo hinchar un perro.»
Pensarás, lector pacientísimo y benévolo, que es poco trabajo hacer un epílogo, aun con ayuda de Cervantes, diré yo á mi vez cuando haya dado fin á este. Yo también he de decirle como nuestro gran humorista en el prólogo á la primera parte de su _Ingenioso Hidalgo_ que si me costó algún trabajo componer mi novela, ninguno tuve por mayor que el de hacer el prólogo que á este libro encabeza y este epílogo con que le pongo cola y remate. Yo también hubiera querido «dártela monda y desnuda, sin el ornato de prólogo» ni demás perendengues y por eso he rechazado el acuerdo, que por un instante me ha revoloteado en la mente, de añadirle notas como las que llevan algunas de las novelas de Walter Scott ó Gualterio Escoto, como el _Solitario_ quería que los españoles le llamásemos.
Ya sé yo que todos estos escarceos y alargamientos habrían de parecer abusivos y poco serios á buena parte de nuestro público; mas confío por otra parte en que esa parte no detenga sus severas miradas en estas páginas y así nos veamos libres ellos de mí y yo de ellos, con lo que no sé quién ganará más, si ellos ó yo. No lo puedo remediar, pero á lo que mi natural más naturalmente me tira es á cierto conversar sin liga ni encadenamiento, á un palique al modo de las odas pindáricas ú horacianas en que sin plan general ni serial vayan enredándose las ideas, por los rabillos de la asociación lógica que en los tratados de psicología se estudia, como las cerezas se enredan. En mi vida sabré escribir una obra rigurosamente científica y didáctica con reducirse esto á llenar con definiciones, divisiones, teoremas, escolios, lemas, corolarios, postulados y eso que se llaman hechos--y que en realidad son citas--un encasillado esquemático N por el estilo de este:
{ 1 { a { 2 { { 3 { A { { { { 1 { { b { 2 { { { 3 { I { { { { 1 { { { a { 2 { { { { 3 { { B { { { { 1 { { b { 2 { { 3 N { { { 1 { { a { 2 { { { 3 { { A { { { { { 1 { { { b { 2 { { { 3 { II { { { 1 { { a { 2 { { { 3 { B { { { 1 { b { 2 { 3
Por no saber llenar este cañamazo científico nunca pasaré de un pobre escritor mirado en la república de las letras como intruso y de fuera por ciertas pretensiones de científico, y tenido en el imperio de las ciencias por un intruso también á causa de mis pretensiones de literato. Es lo que trae consigo el querer promiscuar.
Y no me sirve ponderar lo incientíficos que son nuestros literatos á punto de que un poeta que pasa por eminente pueda ignorar cómo se halla el volumen de un tetraedro ó cómo se producen las estaciones del año ó cuál es la ley de la reflexión de la luz y lo iliteratos que son nuestros científicos de modo que un eminente geómetra ó químico no distinga un soneto de una seguidilla ó un Rembrandt de un Rafael, no me sirve ponderar esto, ni aun yendo al fondo del mal, ni me sirve repetir que debemos tirar á sentir la ciencia y comprender el arte, á hacer ciencia del arte y arte de la ciencia, y sacar á relucir el ya tan resobado y socorrido caso de Goethe, el poeta egregio del _Fausto_ y de _Hermann_ y _Dorotea_ y de las _Elegías romanas_ que parió una teoría científica de los colores y de la metamorfosis de los pétalos de las flores y descubrió el hueso intermaxilar en el hombre; no me sirve nada de esto y por nada de ello habré de justificarme.
Catorce versos dicen que es soneto; Burla burlando van los tres delante. Yo pensé que no hallara consonante.
* * * * *
Pero sí, consonantes no han de faltarme, y en último caso acudiré á los asonantes ó aun al verso libre. Pues si hay verso libre ó blanco como otros le llaman, _blank verse_, ¿por qué no ha de haber también prosa libre ó blanca? ¿A título de qué hemos de uncirnos al ominoso yugo de la lógica, que con el tiempo y el espacio son los tres peores tiranos de nuestro espíritu? En la eternidad y en la infinitud soñamos con emanciparnos del tiempo y del espacio, los déspotas categóricos, las infames formas sintéticas _a priori_; mas de la lógica ¿cómo hemos de emanciparnos? ¿Significa ni puede significar la libertad otra cosa que la emancipación de la lógica, que es nuestra más triste servidumbre?
Ya sé que yo mismo en otras ocasiones y en otros escritos he sostenido y afirmado que la libertad es la conciencia de la necesidad, la conciencia de la ley, que el hombre debe tirar á querer lo que suceda para que así suceda lo que él quiera, pero esos no pasan de esfuerzos con que quiero engañarme á mí mismo y de reflexiones que me hago para encerrar el infinito del espacio en la menguada jaula en que estoy condenado á vivir después de haberme dado de porrazos en vano contra los barrotes de ella.
Sí, ya sé que nos ponemos á escribir versos libres aquellos á quienes no nos sale libremente la rima, los incapaces de hacer fuente de asociación de ideas de la _rima generatrice_, como hacemos prosa libre ó cháchara suelta á guisa de sangría los incapaces de la verdadera libertad, la que en la conciencia de la ley consiste.
A este propósito recuerdo lo que no hace aún tres días leí en _La critique de l'École des femmes_ de Molière, comedia en un acto estrenada en 1663, comedia en que Dorante dice que la gran regla de todas las reglas es agradar, y si una pieza de teatro ha conseguido este fin es que tomó por buen camino. El cual Dorante asegura que las reglas del arte no son los mayores misterios del mundo, sino «algunas obvias observaciones que el buen sentido ha hecho sobre lo que puede quitar el gusto que se toma á tal suerte de poemas, y el mismo buen sentido que hizo antaño esas observaciones las hace obviamente todos los días sin la ayuda de Horacio y de Aristóteles.» Esto del buen sentido, del _bon sens_, y sobre todo tratándose del buen sentido francés, me puso en guardia, recordando al punto cuanto acerca del sentido común tengo oído al bueno de mi don Fulgencio, mas ahora al seguir hinchando este epílogo vuelvo á recordar el pasaje de Molière y lo de que la gran regla de las reglas es agradar.
La gran regla de las reglas es en este mi caso presente ir entreteniendo, deleitando é instruyendo ó sugiriendo si se puede al lector,--_pariterque monendo_, metamos este acreditado ripio ó relleno, pues cae mejor en latín--para llevarle suave y dulcemente á las trescientas páginas «que es el tipo.»
Y en esta mi tarea de sugerirle algo quisiera infundirle una chispa del secreto fuego que en contra de la lógica arde en mis entrañas espirituales ó avivar más bien ese fuego que en él, como en todo hombre hecho y derecho, también arde aunque sea bajo cenizas. Porque ¿qué otra cosa es el sentimiento de lo cómico sino el de la emancipación de la lógica y que otra cosa sino lo ilógico nos provoca á risa? Y esta risa ¿qué es sino la expresión corpórea del placer que sentimos al vernos libres, siquiera sea por un breve momento, de esa feroz tirana, de ese _fatum_ lúgubre, de esa potencia incoercible y sorda á las voces del corazón? ¿Por qué se mató el pobre Apolodoro sino por escapar á la lógica, que le hubiera matado al cabo? El _ergo_, el fatídico _ergo_ es el símbolo de la esclavitud del espíritu. Mis esfuerzos por sacudirme del yugo del _ergo_ son los que han provocado esta novela, pero la lógica se vengará, estoy seguro de ello, se vengará en mí.