Part 4
El infante contaba ya diez años, y era alto y hermoso. La princesa no había cumplido uno, y su angélica hermosura era un trasunto fiel de la de su tía.
La reina se levantó y se dirigió con lento paso a una cámara inmediata, saliendo de ella pocos instantes después con un frasco de plata en la mano.
Acercose a una mesa, y, tomando una copa del mismo metal, vertió en ella parte del rojizo licor que contenía el frasco.
Mas, al llevarle a sus labios, se detuvo, y corrió hacia sus hijos, a los cuales abrazó entre sollozos.
—Llévatelos, Antar —dijo al montañés, que inmóvil a alguna distancia la contemplaba con desconsuelo.
El anciano tomó en sus brazos a la pequeña Jimena, dio la mano a Alfonso, y salió con ellos lentamente.
—¡Señora!, ¡hermana mía! —exclamó Adosinda acercándose a la reina y juntando sus manos con suplicante ademán—: ¡no persistas, por Dios, en tan desesperado propósito!
—¡Es preciso! —contestó la reina con acento triste, pero tan firme, que fácilmente se conocía por él que su resolución era hija de maduras reflexiones—. ¡Es preciso, Adosinda! ¡Quiero desaparecer del mundo, porque no puedo ya ver con serena frente a ese hombre a quien amé tanto, y que ahora se ha convertido a mis ojos en un monstruo manchado con la sangre de su hermano y del tuyo!
—¡Pero ese hombre, señora, ese hombre es el padre de tus hijos! —exclamó Adosinda con acento ahogado por los sollozos—. ¡No te mueve a perdonarle este pensamiento!
—¡Mis hijos no tienen padre, Adosinda, ni tendrán desde hoy otra madre que tú!
—¡Y yo —murmuró Adosinda—, yo también les abandonaré bien pronto! ¿Cómo vivir en este abismo de crímenes, huérfana, sola, y sin otro amparo que ese hombre a quien tú, señora, ni aun por la fuerza de tu amor puedes perdonar?
—¡Oh, no, no! —exclamó Munia retorciendo sus manos con dolor—. ¡Vive para mis hijos, hermana mía! ¿Quién les queda si tú les faltas? ¡Tú puedes vivir, porque tu sangre no se ha mezclado con la del asesino! ¡Tú, ángel inocente, conservas inmaculada tu blanca corona de pureza! ¡Tú, lejos de maldecir a tu hermano, puedes alcanzar del cielo su perdón!... ¡Pero yo estoy maldita, como él, y toda mi raza!
La reina ocultó el semblante entre sus manos, y durante algunos momentos permaneció llorando.
El ruido que produjo Antar al aparecer en la estancia, le hizo levantar la cabeza; acercose en seguida a la mesa en que estaba la copa de plata, que contenía parte del líquido rojo del frasco, y con mano segura la llevó a sus labios.
—¡Conque no hay remedio! —exclamó Adosinda juntando las manos con profundo dolor—. ¡Oh, señora! ¡Conque te voy a perder para siempre!
—¡Sí! —dijo Antar que contemplaba impávido a Munia—. ¡La pierdes ahora, señora, pero volverás a encontrarla en el cielo!...
La reina apuró el contenido de la copa; un instante después palideció y se dejó caer desplomada en un sitial. Adosinda, presa de la aflicción más amarga, cayó llorando a sus plantas.
* * * * *
Pasadas cuatro horas, un jinete, cubierto de polvo y de sudor, se apeaba en lo más hondo de la quebradura de la sierra, al fin de la cual se elevaba el castillo real, como una gaviota sobre las rocas. Ató su poderoso corcel de batalla a un árbol con las cadenas que le servían de bridas, y se dirigió con apresurado paso a la vivienda de los reyes.
No obstante, pasó sin detenerse por delante de la puerta principal, y sin hacer señal alguna para que se abriese.
Era un gallardo y apuesto mancebo, cuya fisonomía alumbraba la luna pura y hermosa de aquella noche de mayo.
Llegó, por fin, a una pequeña poterna que abrió con una llave que sacó de su vesta, y entró cerrando tras sí y desapareciendo como una sombra.
Ya no volvió a oírse en la sierra otro rumor que el del ruiseñor, que trinaba sus acentos de amores; el canto dulce de la desvelada y solitaria alondra, y el arrullo de las tórtolas que anidaban en los huecos de las rocas.
El caballero subió la misma escalera por la cual había huido Aurelio con el niño Bermudo, y se encontró en la estancia misma donde se lo entregó la desgraciada Munia. Cruzola con paso firme y presuroso, pero recatado; atravesó otras tres, y llegó por fin a las habitaciones de la esposa de don Fruela.
Pero sus pies quedaron enclavados en el umbral de la cámara, y sus labios dejaron escapar un grito agudo y penetrante.
Aquel espacioso aposento estaba alumbrado por teas de resina: en el centro, y tendida en un lecho, dormía el sueño eterno de la muerte la reina de Asturias y Galicia, vestida con su blanca túnica, triste y hermosa como la imagen del amor postrero.
Arrodillada a sus pies, lloraba Adosinda, asemejándose por su actitud al ángel de las tumbas solitarias.
Al otro lado del lecho funerario permanecía inmóvil el viejo Antar, empuñando una hacha de armas y con el rostro sereno y bravío, pero profundamente pálido.
Aquella era toda la guardia de honor que custodiaba el cadáver de la esposa santa del rey don Fruela I.
Al grito que lanzó, al entrar, el caballero, volvió el semblante la princesa.
—¡Aurelio! —exclamó tendiendo hacia él sus manos unidas.
—¡Hermana! —gritó el príncipe lanzándose hacia ella—. ¿Quién ha causado la muerte de la reina?
—Don Fruela I —murmuró Antar en voz baja, pero con acento sombrío y profundo.
—¡No, no! ¡Dios ha sido! —exclamó entre sollozos la princesa.
—¡Al asesinar don Fruela al infante Bimarano, ha asesinado de dolor a la reina! —repitió el montañés con lúgubre voz.
—¡¡Muerto!!... —gritó desesperadamente Aurelio llevando sus dos manos al corazón—. ¡¡Muertos los dos!!...
Luego dio los tres pasos que le separaban de Antar, y exclamó:
—¿Dónde está Fruela?
—¡Ha huido a Cangas con la condesa de Ribadeo! —contestó el montañés con su acento fatídico y ronco.
Aurelio besó los yertos pies de la reina, y salió presuroso de la estancia; pero, al verle, hubiérase dicho que estaba ebrio: tanto era lo que hacía vacilar su paso la negra desesperación que se había apoderado de su alma de fuego.
X
LA ERMITA
A algunas leguas de Oviedo, y en medio de uno de los hermosos y extensos bosques que se extienden a enormes distancias de aquella alegre y feliz ciudad, había en el siglo VIII una ermita, no blanca y graciosa como las que se ven en nuestros días, sino vieja, triste y casi derruida: estaba consagrada a la Madre de Dios, y, a pesar de su austera sencillez, era un asilo para los pobres montañeses extraviados o acosados por la tormentas, porque su puerta se cerraba durante muy pocas horas, y esto, cuando la noche estaba ya muy avanzada.
Nadie se acordaba de la época en que se había construido la ermita: durante muchos años había permanecido cerrada, pero dos meses antes del día en que la doy a conocer a mis lectores, llegó a ella un anciano, cubierto con el tosco sayo de los montañeses de Asturias, y la abrió, encendiendo una lámpara de hierro ante su pobre y único altar, erigido a la hermosa y pura imagen de la Virgen María, a cuyos pies se veían dos jarros de madera con flores que perfumaban aquel sagrado recinto.
El anciano lavó la iglesia y la dejó brillante de limpieza. Aquel día la bendijo un sacerdote, y desde la misma noche la campana de la ermita llamó a la oración, con su clara y argentina voz, a los pastores del bosque.
Los buenos y honrados asturianos acudieron a aquel consolador llamamiento, como si fuese una emanación del cielo; y los pastores sintieron refrescadas sus frentes, que el ardor estival había calcinado durante todo el día: aquellos infelices olvidaron allí su hambre, su miseria y las vejaciones que les hacían sufrir los árabes que llegaban a sus costas en las galeras del poderoso califa de Córdoba; y desde entonces, todos los días, al toque de la campana, acudían presurosos a la ermita a rogar al cielo que consolase sus aflicciones.
Nunca, empero, veían al encargado de cuidar de la ermita: el anciano, propietario de ella sin oposición de nadie, salía de la iglesia para tocar la campana, y no volvía mientras permaneciese orando una sola persona; pero aquellas sencillas gentes creyeron semejante retraimiento hijo de algún voto, y pronto se olvidaron de él como se olvida el origen de un bien, si este es tan grande que sus efectos nada dejan que desear a nuestro egoísmo. ¡Tal es la ingratitud humana!
El anciano les franqueaba su iglesia limpia, fresca y perfumada, y ellos no pensaban en la mano bienhechora que abría a sus pobres almas aquella mansión de eterno consuelo.
Era la caída de una tarde calurosa de junio; los postreros rayos del sol doraban ya apenas las cumbres de los altos montes de Asturias, y las colinas, cubiertas de verdor, mostraban en sus faldas bosquecillos floridos y olorosos, regados por arroyos de diáfana plata.
El guardián de la ermita se encontraba entonces en la iglesia renovando las flores del altar, y animando la luz de la lámpara.
Cuando terminó su tarea, se cruzó de brazos y permaneció inmóvil y meditabundo.
—¡No! —murmuró en voz baja y como hablando consigo mismo—. ¡No! Es una imprudencia llevarle su hijo... un niño de diez años hablará... ¡Oh, no, no! ¡No quiero que la vea!
Calló el anciano y dobló sobre el pecho su cabeza, meditando de nuevo.
—Por otra parte —continuó—, ella me hizo darle palabra de que se lo llevaría... ¡Virgen de Covadonga! ¿Y cómo negárselo, si se muere... si su vida se extingue como esa lámpara cuando le falta mi cuidado?
—¡Oh! —exclamó el montañés alzando al cielo sus ojos, en los cuales se pintaba un fanático ardor—. ¡Oh, Dios de justicia! —prosiguió arrodillándose a los pies del altar—: ¡déjala vivir hasta que luzca el día de la venganza! ¡Conserva el aliento de esa infeliz mártir hasta que la semilla que yo deposite en el corazón de Aurelio dé por fruto la muerte del verdugo y de la infame manceba, origen de las desgracias de su santa esposa!...
Durante algunos instantes se agitaron los labios de aquel hombre en una oración ferviente: rogaba por la venganza del único ser que amaba, como hoy rogamos nosotros por la ventura de nuestros hijos y de nuestros padres.
—¡Sí! —dijo levantándose—; ¡sí, le llevaré su hijo, y esto quizá reanimará sus abatidas fuerzas!
Al acabar de pronunciar estas palabras, abrió la puerta de una pequeña estancia contigua al altar, y penetró en ella, dulcificada ya la expresión sombría de su semblante.
XI
LA AGONÍA
Sentado en un arcón de roble, estaba un hermoso y robusto niño, que aparentaba doce años, aunque apenas contaba diez; sus formas gallardas eran enérgicas y desarrolladas; tenía la tez morena, los ojos negros, grandes y pensativos, la cabellera oscura, rizada y abundante, y la boca de expresión melancólica y severa.
Era el infante don Alfonso, que después reinó con el nombre de _Alfonso el Casto_, y de cuyo exterior nada más digo, porque trato de presentar de lleno su figura en otra historia, escrita ya en mi mente con bastante claridad.
La soledad que le rodeaba no parecía inquietarle en lo más mínimo: al ruido que hizo el anciano que ya conocemos al abrir la puerta, alzó sus grandes ojos y le miró tranquilamente.
—¿Cuándo veré a mi madre, Antar? —preguntó sin levantarse.
Y aunque su voz era serena y reposada, viose brillar una lágrima en sus largas pestañas.
—Cuando te plazca, señor —contestó el anciano inclinándose con el mismo respeto que si hablase a un monarca encanecido.
—Vamos ahora mismo —dijo don Alfonso poniéndose de pie con ademán resuelto.
—Antes de conducirte a la presencia de la reina, debo hacerte una advertencia, señor —observó Antar volviendo a inclinarse.
—Habla.
—El mundo entero cree muerta, desde hace un mes, a la reina de Asturias y de Galicia, y un voto sagrado la obliga a permanecer oculta para siempre a los ojos de todos los vivientes, como si ya morase en el sepulcro: prométeme, señor, no confiar a nadie el secreto de su existencia.
El niño salió a la iglesia, cuya puerta principal aún estaba cerrada para los buenos montañeses. Antar siguió a don Alfonso y se detuvo a su lado junto al altar.
Abrió el príncipe el libro de los Evangelios y puso sobre él su diestra blanca y hermosa, pero musculosa y fuerte como la mano de un guerrero.
—Juro —dijo con voz solemne—, juro no revelar, ni aun al rey mi padre, ni a la princesa mi hermana, el secreto de la existencia de la reina, mi madre y señora, que hoy se confía a mi lealtad de caballero. Empeño mi palabra de guardar este arcano hasta el sepulcro; y si a ella falto, que Dios me castigue en su justicia según de su agrado sea.
La voz del niño resonó clara y vibrante en las bóvedas del templo: cuando terminó la fórmula de su juramento, volvió a entrar majestuosa y acompasadamente en el aposento que pocos momentos antes abandonara.
Antar abrió otra pequeña puertecilla situada en un ángulo de la estancia, y mostró al infante una escalera mezquina, húmeda y oscura, pero por la cual, sin embargo, se lanzó el niño sin vacilar: al final de ella había un estrecho corredor tortuoso y sombrío, y en él otra escalera, que subieron igualmente, y que remataba en una puertecilla desvencijada y carcomida.
El anciano tocó suavemente a ella y a poco abrió una mujer, o más bien una sombra; al ver al infante, escapose de su pecho un grito de júbilo, pero inmenso, indescriptible: parecía que el corazón de aquella mujer, comprimido largo tiempo hacía, se dilataba al fin con una alegría santa e infinita.
La mujer que abrió era la reina Munia, o hablando con más propiedad, el espectro de aquella noble y hermosa reina, que hemos conocido en otro tiempo llena de vida y juventud.
Parecía más elevada su estatura a causa de la extrema demacración de su cuerpo; una túnica blanca la cubría del cuello a los pies; sus largos cabellos negros la envolvían como en un manto de terciopelo, pero sus prolongados rizos estaban matizados de muchas hebras de plata; sus grandes y oscuros ojos se habían hundido y apagado; sus labios, tan hermosos y encarnados en más remotos días, veíanse entonces blancos como las hojas de un jazmín arrebatadas por el viento; el matiz moreno y satinado de su tez había desaparecido para dar lugar a la palidez marmórea de un cadáver, y su paso era débil y su respiración entrecortada y penosa, como la de un ser consumido por la fiebre.
El grito que al ver a su hijo le arrancara la alegría, de que se inundó su alma, aniquiló todas sus fuerzas: no obstante, permaneció inclinada rodeando con sus descarnados brazos el cuello del niño, besando sus cabellos y su frente, y murmurando con voz ahogada estas breves palabras que parecían el eco de su corazón:
—¡Hijo mío!... ¡hijo mío!
El niño, de cuyos grandes y serenos ojos brotaron gruesas lágrimas, miraba a su madre con una ternura ávida e insaciable, y le devolvía sus caricias con amoroso delirio.
Dirigiose, por fin, la reina, sin soltar a su hijo, a una tarima de madera cubierta con un paño de sayal que le servía de cama; un gran crucifijo clavado en la pared, y debajo de él un reclinatorio y un libro de oraciones, componían todo el mueblaje de aquella reducida e ignorada celda, situada en el hueco de la torre.
—¿Dónde está tu hermana, hijo mío? —fue la primera pregunta que hizo la reina, pero con voz tan débil que apenas podía distinguirse.
—En Pravia con la infanta, madre mía.
—¡Oh! ¡Conque Adosinda no os ha abandonado!
—No se aparta de Jimena y de mí un solo instante, pero siempre está llorando.
—¡Dichosos los mortales que aún tienen lágrimas que verter! —murmuró la reina; y luego, alzando la voz, añadió con acento tembloroso:
—¿Y el rey, tu padre?
—Hace mucho tiempo que no lo he visto, madre mía: mas dícese que está en Cangas.
Un ahogado gemido desgarró el pecho de la pobre penitente.
—¿Y el infante Aurelio?
—Tampoco veo a mi tío.
La reina dobló la cabeza y permaneció largo rato sumergida en una meditación profunda.
—Oye el último consejo y el ruego postrero de tu infeliz madre, hijo mío —dijo al fin con una voz casi ininteligible—; óyelo, y vete con Antar, porque necesito estar sola con Dios. He querido verte para pedirte que ames y ampares siempre a tu hermana Jimena, y para encomendarte que huyas, mientras vivas, de todas las demás mujeres... ¡Oh, Alfonso mío! —prosiguió Munia—: ¡Una mujer ha perdido a la familia entera que cobijaba el dosel de Asturias y de Galicia!... ¡Una mujer ha empapado en sangre tu corona!... ¡Una mujer te ha dejado sin padres!... ¡Prométeme, pues, que huirás siempre de ellas!...
—¡Te lo prometo, madre y señora mía!
—Júrame que jamás abandonarás a tu hermana.
—En el nombre de Dios, lo juro.
—¡Gracias, hijo mío!... Ahora recibe mi bendición.
El niño se arrodilló a los pies de su madre, que le bendijo solemnemente; luego le abrió sus brazos y Alfonso se arrojó en ellos.
Pero de repente se aflojó el lazo que estos formaban; rompiose un instante después, vaciló la reina y fue a caer por último en su duro y pobre lecho de madera.
—¡Llévate al infante... Antar! —dijo Munia, cuya agonía empezaba; y luego añadió con acento imperioso y breve:
—¡Alfonso!... ¡jura a los pies de tu madre... ser un buen... rey de tus pueblos!...
—¡Lo juro!
—¡Gracias... hijo mío... y... adiós!
En seguida incorporose la reina por un último y poderoso esfuerzo, y estrechó a su hijo contra su pecho: sin duda que el niño comprendió con el instinto del corazón todo el valor de aquel abrazo postrero, porque, para separarlo de su madre fue necesario que Antar le tomase en sus brazos y le sacase fuera de aquella celda sombría.
—¿Qué tiene mi madre? —preguntó el infante al anciano, no bien estuvieron en la estancia contigua a la iglesia.
—Tu madre, señor, se ha condenado a una vida de penitencia y a una muerte de martirio por una culpa ajena —contestó Antar con voz solemne—; tu madre es la víctima expiatoria de las culpas de otra mujer. ¡Señor, señor! ¡Ruega a Dios por su alma!
Al decir estas palabras llegaban a la iglesia don Alfonso y Antar; el niño, pálido de emoción, dobló la frente y oró largo rato con una angustia visible solo a los ojos de Dios.
Luego se levantó, y el anciano se dirigió a la puerta de la ermita, la abrió, y dos escuderos, en cuyas vestas se veían las armas reales, rodearon al infante, mientras un tercero le aproximaba un poderoso caballo, que montó el niño con graciosa ligereza.
Entonces hizo este al montañés una leve y majestuosa señal de despedida, y sacando al trote su corcel, partió seguido de algunos soldados, sombrío y silencioso.
Aquella noche terrible no se borró jamás de la memoria de don Alfonso el Casto; fue tan fiel en cumplir el juramento que hizo a la reina, que jamás amó a mujer alguna, concentrando todo su cariño en el recuerdo de su moribunda madre.
El martirio de la reina de Asturias y de Galicia hizo un santo del hijo engendrado en su seno por un padre asesino.
* * * * *
Cuando el infante desapareció a los ojos de Antar, volvió este a la celdilla; la reina agonizaba ya, y el montañés aproximó a sus labios el crucifijo que pendía de la pared.
Incorporose un tanto Munia, y tomó las manos del anciano.
—¡Dios te bendiga... Antar... por el bien que... me has hecho!... —dijo con voz agonizante.
Luego imprimió sus labios en los pies del crucificado, y cayó exánime sobre la tarima, exhalando su último suspiro.
El montañés cerró piadosamente sus ojos: la cubrió con su manto blanco, y se arrodilló para besar sus plantas.
En seguida salió de la celda y agitó la campana que convocaba a los pastores, que no tardaron en llegar.
—¡Rogad, hermanos, por un alma que Dios acaba de llamar a sí! —dijo de súbito una voz en medio de ellos.
Un ardiente y fervoroso rezo se elevó de todos los ángulos de la iglesia, y sus ecos acompañaron a la morada celeste al alma santa de la reina mártir.
—Ahora —murmuró Antar—, solo hay en el mundo dos esperanzas para mí... ¡La venganza... y la muerte después!...
Y subiendo de nuevo a la celdilla, se arrodilló junto al cadáver de Munia, a cuyo lado pasó orando toda la noche.
XII
EL VENGADOR
A la hora misma en que la reina Munia exhalaba el último aliento, un hombre se apeaba de un brioso corcel a la puerta del castillo real de Cangas, y pedía que le permitiesen ver al rey don Fruela, que hacía un mes había fijado su residencia en este punto, acosado, según se afirmaba, de los remordimientos que le devoraban en Pravia, su corte, desde la muerte del rey su padre.
En efecto, no obstante el carácter fiero de don Fruela, era creíble este aserto, porque el castillo real de Pravia había sido testigo de dos muertes: la del infante Bimarano, asesinado a puñaladas por el mismo monarca, y la de la reina Munia, muerta de dolor por tan horroroso crimen.
Nadie, empero, sabía la dura penitencia con que por espacio de un mes aniquiló su vida aquella generosa reina, porque de su existencia, durante aquel corto plazo, solo el fiel Antar tenía noticia: su hijo la había visto en la agonía, pero el niño no había tenido tiempo de revelar este secreto, que, por otra parte, jamás salió de su corazón.
Los remordimientos que se atribuían a Fruela no debían ser, sin embargo, muy intensos, puesto que había llevado al castillo de su noble padre y de su santa madre a la mujer causa de todos sus crímenes.
Sancha de Ribadeo vivía con él, gozosa de que el destino, al arrebatar la vida a la reina, le hubiera ahorrado el crimen de quitársela por su propia mano, como lo hubiera hecho sin vacilar.
La bella condesa de Ribadeo era completamente feliz: amaba a Fruela, como las mujeres de su temple aman al hombre que las vence en crueldad y fiereza. Para esta clase de mujeres no hay más que una alternativa, dominar o ser dominadas; avasallar al hombre a quien se entregan o ser el can humilde que lame la mano que le castiga; insaciables en su amor, en su ambición, en todas sus pasiones, son reinas o esclavas, y jamás han tenido atractivo para ellas la dulce intimidad, la recíproca tolerancia de los corazones tiernos, del mismo modo que no tiene entrada en su corazón ninguna pasión noble y generosa.
A Sancha, pues, le había tocado la suerte de ser esclava: amaba al rey con todo el poder de su corazón de fuego y de su voluptuosa organización; le adoraba por su hermosura, por su valentía, por su fiereza; y aquella leona, indomable hasta entonces, se convirtió de súbito en un humilde corderillo desde que encontró a un tigre que le superaba en fuerza y en crueldad.
Cuando el caballero de que hemos hablado se apeó en la puerta del castillo real, una nube de escuderos y hombres de armas acudió a tomar las bridas del caballo, mientras uno de ellos corrió a avisar al rey de su llegada, trayendo después orden de conducirlo en seguida a su presencia.
El caballero se dirigió inmediatamente a la cámara real, a cuya puerta esperaba ya don Fruela.
—Bienvenido, Aurelio —dijo dándole su mano para que la besara.
Mas el infante, lejos de tomar aquella mano, retrocedió dos pasos, y en sus negros ojos brilló un sombrío resplandor.
—Vengo —dijo dominándose—, vengo, señor, a que me des hospitalidad por esta noche en tu castillo.
—Preparad una habitación para el infante —dijo el rey en alta voz dirigiéndose a sus condes.
Y luego, volviéndose a él, añadió:
—¿Dónde has estado que nada he sabido de ti? ¿Cómo vienes tan flaco y pálido?
En efecto, Aurelio parecía su sombra: el dolor que devoraba su corazón, desde la muerte de la única mujer a quien había amado y de su hermano querido, había tornado huraños y feroces sus ojos y amarga su sonrisa: una lívida palidez cubría sus facciones, y sus cabellos, tan hermosos en otro tiempo, estaban enmarañados y cubiertos de polvo.
—He estado recorriendo toda la Galicia para descansar de las fatigas de la guerra, señor —contestó con sordo acento—, y ahora vengo de Pravia, porque quería ver a mi hermana.
—¡Ah, vienes de Pravia! —exclamó el rey, cuyo corazón de padre saltó al recuerdo de sus hijos—. ¿Has visto a los infantes y a Adosinda?
—Acabo de verlos.
—¿Y mis hijos?... ¿se acuerdan de mí?
—Don Alfonso está peligrosamente enfermo; en cuanto a doña Jimena...