Part 2
¡Generoso Rey de Creta, a cuyos gloriosos hechos sirven de cortos archivos las bibliotecas del tiempo; glorioso legislador, cuyo acertado gobierno, como da leyes al orbe, dará al abismo preceptos, porque podrá tu justicia, valor, rectitud y celo, introducir la concordia en el mismo desconcierto; cuyas veneradas leyes tendrán padrón tan eterno que estés en su ejecución reinando después de muerto! Yo--aunque ya sabes quién soy-- referir de nuevo quiero mi nombre, por si el olvido le sepulta, que es muy cierto que nadie conoce al que ve en baja fortuna puesto. Yo, pues, el Príncipe soy, que de Atenas heredero, antes pago sus pensiones que gozo de sus imperios. Poco te he dicho en decir que soy príncipe, pues pienso que es más que decir monarca decirte que soy Teseo. Y con razón, pues haber nacido príncipe excelso, se lo deberá a la sangre y no a mis merecimientos. Y no he de estimar yo más --aun siendo mi padre mesmo-- aquello que debo a otro, que no lo que a mí me debo. Que entre ser príncipe y ser soldado, aunque a todos menos les parezca lo segundo, a lo segundo me atengo; que de un valiente soldado puede hacerse un rey supremo, y de un rey--por serlo--no hacerse un soldado bueno. Lo cual consiste, Señor, si a buena luz lo atendemos, en que no puede adquiriese el valor, como los reinos. Pruébase aquesta verdad, con decir que los primeros que impusieron en el mundo dominio, fueron los hechos, pues, siendo todos los hombres iguales, no hubiera medio que pudiera introducir la desigualdad que vemos, como entre rey y vasallo, como entre noble y plebeyo. Porque pensar que por sí los hombres se sometieron a llevar ajeno yugo y a sufrir extraño freno, si hay causas para pensarlo, no hay razón para creerlo; porque como nació el hombre naturalmente propenso a mandar, sólo forzado se reduce a estar sujeto; y haber de vivir en un voluntario cautiverio, ni el cuerdo lo necesita ni quiere sufrirlo el necio. Aquél, porque en su cordura halla de vivir preceptos, y aquéste, porque le tiene su necedad satisfecho; pues no verás ignorante, en quien el humor soberbio no llene de presunción los vacíos del talento. De donde infiero, que sólo fue poderoso el esfuerzo a diferenciar los hombres, que tan iguales nacieron, con tan grande distinción como hacer, siendo unos mesmos, que unos sirvan como esclavos y otros manden como dueños. Luego no será altivez que cuando le debo al Cielo, de nacimiento y valor tan conformes privilegios, me precie de mi valor más que de mi nacimiento. Y porque veas con cuánto fundamento hacerlo puedo, escucha. Apenas había en mi rostro el primer vello dado las honrosas señas del corazón y del seso, cuando en vez de acompañarme de los pulidos mancebos que en la juventud de Atenas eran de la gala espejos, de Hércules me acompañé; que más quiso mi ardimiento, que preceptores de galas, tener de hazañas maestros. Alcancé en su compañía, entre otros muchos trofeos, el vencer las Amazonas; y no sin causa el primero de todos mis triunfos llamo éste, Señor, porque creo que el vencer a una mujer es el mayor vencimiento; porque ¿cómo vencer a un enemigo que a un tiempo aprisiona con la vista y lidia con el acero? Y cuando hermosa no sea, basta ser mujer, que el serlo es suficiente ventaja; pues demás de sus alientos, pelean de parte suya, mi lástima y mi respeto. Demás de que es muy difícil, alcanzado ya el trofeo, saber lograrlo con aire, porque es menester un pecho, para conseguir, altivo, y para gozar, modesto; que desluce la victoria el que quiere, desatento, que lo que costó un peligro se logre con un desprecio. Yo en Epidauro privé de la vida al hijo fiero de Vulcano, a quien el vulgo apellidó Corineto. Yo di muerte en Maratón al toro, que de tu reino siendo destrucción, pasó a ser de Atenas incendio. A la gran Tebas libré de la opresión de aquel fiero Creonte, cuya impiedad, opuesta a todos los fueros humanos, no consentía dar sepultura a los muertos. Maté también a Escirón y a Procusto, bandoleros tan sin piedad, que el segundo en un inhumano lecho, en que astuto recibía los incautos pasajeros, el que era lecho de alivio, hizo potro de tormento; pues, al que grande venía, cortar mandaba al momento toda la cantidad que le sobraba, y al pequeño, con no menor tiranía, mandaba extender los miembros, hasta que los nervios rotos, o descompuestos los huesos, ajustaban la medida que aquel tirano había hecho determinada mensura al tamaño de los cuerpos. No era de Sinis menor la crueldad, con que sangriento bárbaramente abusando de las fuerzas de que el Cielo liberal quiso dotarle, hizo de ellas instrumento para su ofensa mayor --¡oh, humano discurso ciego, qué no intentará tu error!-- pues obligando violento a dos árboles distantes, a que besasen el suelo con las superiores ramas, y atando después en ellos al peregrino, soltaba los árboles; y ellos luego, por cobrar su rectitud, se apartaban con tan presto movimiento que quedando dividido por el medio el cuerpo, ignoraba el alma por algún rato el suceso. Mas diole el Cielo el castigo en mi brazo, para ejemplo de que Él que sufre remiso, también castiga severo. De las victorias y triunfos que alcancé en el casamiento de mi amigo Piritoo, cuando los centauros fieros, o pervertidos del vino o incitados del deseo, quisieron robar su esposa, no me alabo; porque siendo el que es verdadero amigo "yo"--y no "otro yo," porque temo que es llegar a decir "otro," suponer otro sujeto-- y siendo suyo el agravio, es evidente argumento de que también era mío, y que yo reñí con ellos como ofendido y celoso; luego la acción de vencerlos no fue prueba del valor tanto, como del despecho celoso, que no hay alguno cobarde, si tiene celos. Por darle gusto a este mismo amigo, que con imperio gobernaba mis acciones tanto como mis afectos, bajando al abismo, quise, a pesar del Cancerbero, robar a Plutón su esposa, que, aunque no logré el intento, no perdí por eso el lauro; que en los casos tan inciertos, conseguir, toca a la dicha, pero intentar, al esfuerzo. Pero la mayor victoria fue, Señor, que amante tierno de la belleza de Elena, la robé. No estuvo en esto el valor--aunque el robarla me costó infinitos riesgos-- sino en que, cuando ya estaban a mi voluntad sujetos el premio de su hermosura y el logro de mis deseos de sus lágrimas movido y obligado de sus ruegos la volví a restituir a su Patria y a sus deudos, dejando a mi amor llorando y a mi valor consiguiendo la más difícil victoria, que fue vencerme a mí mesmo. Aquéstos, Señor, han sido los prodigios, los portentos que de mí canta la Fama, sin otros que no refiero o porque son muy sabidos o porque yo no me acuerdo; porque como no pensé jamás hacer lista de ellos, nunca tuve de contarlos cuidado, sino de hacerlos. Éste he sido, gran Señor; pero ya a tu saña expuesto, sólo me acuerdo de que no soy más de un prisionero. Sirva mi altivez, mi sangre, mis blasones, mis trofeos, de que quedes de tu enojo dignamente satisfecho, y quede libre mi patria de tan doloroso peso como este infeliz tributo; que yo moriré contento, si con mi muerte la libro de tan inhumano feudo.
MINOS: Admirado me ha dejado, mas no me podrá ablandar; haz, Tebandro, ejecutar lo que te tengo mandado. Venid, Príncipes. LICAS: Atienda, Señor, Vuestra Majestad, que no es bien que una crueldad tan alto decoro ofenda; y advierta, si de Androgeo quiere la sangre vengar, que no ha de resucitar con la muerte de Teseo. Cuando la condición fiera admitió el reino al rendirse, ¿quién pudiera persuadirse, que en el Príncipe cayera? Cayó en él, ¡fiero rigor!, y él, sin hacer resistencia, fió de vuestra clemencia lo que pudo en su valor. Pues si en armas se pusiera, ¿quién dudará que constantes muriéramos todos, antes que el Príncipe se rindiera? Pero si tan comedida su atención, quiso mostrar que estima en más conservar la palabra que la vida, ¿por qué por una venganza, quiere Vuestra Majestad pagar con una crueldad, debiendo una confïanza? Perdón os pido postrado, Señor, pues si perdonáis, con perdonarle, quedáis más noblemente vengado; y no sin satisfacción, porque antes, la tendréis doble, que no hay para un hombre noble castigo, como el perdón. Pues--de su error convencido-- vive, siempre avergonzado de verse beneficiado de aquel a quien ha ofendido. Haced, pues, Señor, de modo que vida al Príncipe deis, que como a él le perdonéis, disponed del reino todo. FEDRA: (Quizá le perdonará Aparte mi padre con lo que ha oído.) ARIADNA: (Quizá escogerá un partido, Aparte de los muchos que le da.) ATÚN: (¡Que este viejo, por capricho, Aparte se muestre tan enemigo!) MINOS: Príncipes, venid conmigo. Tebandro, lo dicho, dicho. BACO: Ya yo voy. (¡Condición fiera!) Aparte LIDORO: Ya te sigo. (¡Rigor grave!) Aparte
Vanse el rey MINO, BACO y LIDORO
ARIADNA: (¡Oh! ¡Acabe yo, y él no acabe!) Aparte FEDRA: (¡Oh! ¡Muera yo, y él no muera!) Aparte RACIMO: Yo me voy a desquitar de lo mucho que he callado, pues he salido al tablado a solamente callar.
Vase RACIMO
TEBANDRO: Príncipe, afuera a esperaros voy, que querréis con suspiros, de los vuestros despediros, y no quiero embarazaros.
Vase
LICAS: Esperad, Señor; apenas puedo razones formar. ¿Así se ha de despreciar a un heredero de Atenas? ¿Con el Príncipe y conmigo se ha de usar tal tiranía? ¡Mal haya aquel que confía en piedad del enemigo! Mas ¿qué me quejo, si medio no hay en penas tan atroces? ¿Ni qué me canso en dar voces, cuando no les doy remedio? Mas, ¡vive Dios!, Rey injusto, que pues eres su homicida, has de pagar con la vida haber tenido este gusto. Pues a Atenas mi coraje va, y mi venganza, a alistar soldados, para vengar de su príncipe el ultraje. Yo voy a que Atenas fuerte castigue a Creta atrevida; y pues no le doy la vida, al menos vengue su muerte. Príncipe, si a dilatarse llega del Rey la venganza, y os libro, la confïanza, con vos ha de coronarse.
Vase
ATÚN: Gentil alivio, Señor, te quiere aqueste hombre dar. Déjese usted ahorcar, que yo quedo por fiador.
Quedan TESEO, FEDRA y ATÚN, LAURA. ARIADNA y CINTIA, al paño
FEDRA: Solo el Príncipe ha quedado. TESEO: ¡Ay infelice de mí! FEDRA: ¿Si podré hablarle? TESEO: ¡Que aquí haya mi valor llegado! FEDRA: Yo llego, ¡pena mortal! Mas pues es fuerza que muera, déle mi piedad, siquiera, el pésame de su mal; que cuando está desvalido, y sujeto a una inclemencia, no se opone a la decencia consolar a un afligido.
Llégase
Príncipe, si en un extraño pecho, piedad puede haber, bien podéis de mí creer, que me duele vuestra daño. Infanta de Creta soy, y aunque mi sangre ofendéis, más a mi piedad debéis aun de las señas que os doy. Y me holgara hallar un medio para poderos librar, que yo no os quisiera dar pésame, sino remedio. ARIADNA: Con Teseo--¡qué dolor!-- allí, Cintia, Fedra está; escuchemos, que quizá será piedad y no amor. TESEO: Yo Señora, la piedad os estimo del consuelo, que mal pudiera en un cielo faltar la benignidad; y de modo, Infanta bella, mi fe os queda agradecida, que quisiera tener vida para serviros con ella. Mas pues no tengo, al deberos para tanta recompensa, recibid vos la vergüenza de no tener qué ofreceros.
FEDRA: No os quite la confïanza, Príncipe, esta desventura, que mientras la vida dura, tiene lugar la esperanza. Nunca la Fortuna queda se está, y si abatido os veis, antes que vos acabéis podrá volverse la rueda. Y así, pensad que habrá medio de remediar pena tanta, que entre el hierro y la garganta, puede caber el remedio. ARIADNA: Que quiere librarlo infiero, mas yo se lo estorbaré. CINTIA: ¿Por qué, Señora? ARIADNA: Porqué lo libraré yo primero. TESEO: ¿Con qué pagaré el cuidado de favor tan desmedido, sí aun queda lo agradecido, por lo corto, desairado? ¡Oh! ¡Quién con vida se hallara y a vuestros pies la pusiera, que yo por vos me muriera aunque nadie me matara! Mas siempre os lleváis la palma de ser mi dulce homicida; pues ha de quitar la vida por fuerza, quien roba el alma. ARIADNA: ¿Ves, Cintia, cómo rendido enamorándola está? CINTIA: Calla, Señora, que hará aquello de agradecido. ATÚN: Una muerte muy galana es la que escoges, Señor, que por las muertes de amor nunca se dobló campana. Y digo, si permitir quieres tan dichosa suerte, que de ésa que llamas muerte, también me quiero morir, y aun quiero que se dé prisa ese inhumano rigor; porque es morirse de amor, como morirse de risa.
Vuelto a LAURA
Y más cuandó en vos he hallado quien la muerte me dará. LAURA: El toro le quitará a vuested de ese cuidado, y verá cómo le saca el alma con gran decoro. ATÚN: ¿Para qué quiero yo toro, si tú puedes estar vaca? LAURA: ¿Y el nombre? ATÚN: Atún me han llamado. LAURA: El toro dará de él cuenta, que de carne se sustenta. ATÚN: A bien que yo soy pescado. LAURA: En ser carnicero emplea todo su conato fiero. ATÚN: Más que sea carnicero, como pescador no sea.
FEDRA: Príncipe, puesto que vos el postrero habéis de ser de los siete del tributo, que a aqueste monstruo crüel, por mandado de mi padre se dan, no desconfiéis, que en este tiempo se puede algún camino ofrecer para salvar vuestra vida, y yo lo procuraré por cuantos caminos haya de conseguirlo, y creed que me importa que viváis, más de lo que vos podéis pensar. TESEO: Pues ¿por qué, Señora? FEDRA: No me preguntéis por qué, que lo que yo no declaro, no es bien que vos procuréis descifrarlo; y si allá a solas, de las premisas que veis, sacáis alguna ilación que juzguéis que os está bien, sacadla allá en hora buena, mas no me la consultéis.
TESEO y ATÚN hablan aparte
ATÚN: Enamórala, Señor, pues tan rendida la ves, que podrá ser que te saque de peligro tan crüel. TESEO: ¡Ay, Atún, que no me atrevo! ATÚN: ¿Melindres gastas también? No pensé que eras tan dama; pero déjate querer al menos, y hazte de cuenta que ella el Príncipe Fedro es y tú la Infanta Tesea. TESEO: ¿Quieres dejarme? ATÚN: Sí haré, que no soy la Infanta yo para quererte tener. TESEO: Según aqueso, Señora, lícitamente podré soltar a mi pensamiento las riendas. FEDRA: Eso no sé; porque ya eso es consultar, y fue lo que os ordené no hacer conmigo. TESEO: Pues yo el secreto guardaré de los discursos que hiciere, con tanto cuidado, que lo sienta el corazón, sin que lo llegue el labio a saber. FEDRA: Pues en aquesto quedamos; y adiós, porque sentiré mucho que hablando con vos, alguno me llegue a ver. TESEO: Pues adiós, Señora. FEDRA: Adiós. TESEO: Pero escuchad. FEDRA: ¿Qué queréis? TESEO: Que, pues me habéis dado vos licencia para que dé libertad al pensamiento, también al vuestro soltéis las riendas, para que ya que yo, por obedecer, no os puedo decir mi pena, de vos misma la escuchéis. FEDRA: Príncipe, adiós. TESEO: Pues, Señora, ¿por qué no me respondéis? FEDRA: Porque os está bien a vos. TESEO: ¿No responder, me está bien? FEDRA: Sí, porque si yo respondo, precisamente ha de ser que no, y sólo con callar os excuso este desdén; porque es el no repugnar, un tácito conceder. TESEO: Pues adiós, Señora. FEDRA: Adiós. TESEO: (¡Qué divina!) Aparte FEDRA: (¡Qué cortés!) Aparte
Vanse TESEO y FEDRA