Part 2
Calló el cardenal Agamenón, porque ya sonaba en la escalera ruido de pasos. Con discreto modo dieron los de fuera golpes suaves a la puerta.
-Adelante -dijo la cantarina- y pasaron dos caballeros, muy bien parecidos y de toda gala vestidos. Hicieron muchos saludos ceremoniosos y el más viejo habló así: -Somos amigos de Orazio Formi, y por su ruego asistimos en calidad de testigos a un matrimonio clandestino que con la señora Gaité Provenzalli quiere contraer el querido poeta. Suplicamos en su nombre a esta sublime artista, gloria de la escena, se digne esperar breves instantes, que serán los que tarde Orazio en traer consigo al sacerdote facultado para esta clase de funciones.
Poco sabía, o no sabía nada la Provenzalli de los ritos católicos, ni de las condiciones que para celebrar el sacramento del matrimonio se requieren; y así, empezó a turbarse con la presencia y las palabras de los testigos, y ya sospechaba si aquel matrimonio sería más verdadero de lo que convenía, para no tener que ver luego con la justicia.
Callaba el cardenal atado allá en la alcoba, guardaron silencio y tomaron asiento los testigos, y pasado apenas un cuarto de hora sonaron otros golpes discretos y penetró en la estancia un venerable sacerdote, muy parecido al figurón que todos conocemos por don Basilio, el del Barbero. Saludó el eclesiástico de luenga barba; sacó de los pliegues del manteo un libro viejo, un hisopo, una taza con agua bendita y dos cabos de cera. Improvisó un altarcico sobre el tocador de Gaité, encendió los cabos, todo en silencio, y postrado de hinojos ante el espejo, al que había arrimado una cruz de palo, quedose en oración, murmurando latines.
Sin saber lo que hacía, y dando una importancia real a cuanto veía, Gaité arrodillose también, y ya que rezar apenas sabía, diose a temblar con todo el fervor de su alma. Los testigos también se arrodillaron.
Poco después entró en la estancia Orazio, vestido de raso blanco, con el traje más cumplido de novio, según el refinado lujo de la época.
-Señor párroco -dijo-, pues autorizado estáis para intervenir y facilitar esta clase de matrimonios, que por deudas de la honra no admiten dilaciones; pues Su Santidad os da el poder de atar estos indisolubles lazos que quiero me unan a Gaité Provenzalli, aquí, en el silencio de la noche, en el secreto de esta ocasión clandestina, os pido y humildemente ruego me deis por esposa a esta señora de mis pensamientos.
Púsose en pie el clérigo, y haciendo una seña al más viejo de los testigos, acercose a la atribulada esposa, sobre cuya cabeza puso ambas manos. Entonces el testigo requerido exclamó:
-Señora, acaso ignoráis, y por eso os advierto que el sacerdote que asiste en un matrimonio secreto no puede hablar, porque el rito le supone mudo, en señal de que le falta lengua para divulgar lo que oculto se quiere.
-Nada sé -respondió la cómica temblando-, disponed de mí como queráis.
-En tal caso, el testigo de más edad lleva la palabra y el sacerdote hace la maniobra (llamémosla así).
Miró Formi con inquietos ojos a su esposa, temiendo que aquello de la maniobra la hubiese puesto en cuidado; mas ella todo lo tenía por serio y bueno, y aunque la hubiesen casado por los ritos del Zend-Avesta nada hubiera sospechado.
Entonces el testigo viejo preguntó lo que se pregunta en todos los matrimonios. Quisieron, recibieron y otorgaron la cómica y el poeta cuanto hacía al caso, y el clérigo que, en silencio, había hecho mil aspavientos, como sancionando cuanto el seglar decía, apagó los cabos de cera a sendos soplos, recogió el hisopo, con que había hecho quinientas aspersiones, guardó el Cristo y se dirigió a la puerta, después de hacer genuflexiones humildísimas. Fuéronse tras él los testigos, y en cuanto quedaron solos Orazio se arrojó en los brazos de su legítima esposa, de cuya virtud hizo el más cumplido elogio, marcando los superlativos con ardorosos y muy sonoros besos que le repartía por el cuerpo. Tras esto pareciole oportuno tomar fiera venganza del cardenal, que aún yacía bajo el lecho, vacilando entre el miedo de sofocarse y el de perder su plaza en la compañía de Provenzalli, donde representaba papeles serios, tal como el de Agamenón, cuyo nombre le había quedado, el de Néstor, el de Ulises, el de viejo pastor en las comedias bucólicas y otros parecidos.
Discurrió Formi que pasaran la noche primera de sus amores lícitos en aquel lecho que había sido el de sus devaneos; el cardenal velaría su sueño atado debajo de la cama, como estaba.
Quiso Gaité disuadir al novio, pero fue en vano. El cardenal callaba, porque si por su culpa se descubría la trampa cardenalicia, ¿qué sería de su suerte? ¿En qué otra compañía ganaría lo que ganaba con la famosa cómica francesa?
Formi fue inflexible. Acostáronse en la blanda pluma los amantes, y fue en vano el crujir de dientes del cardenal, como vanas fueron las súplicas de la compasiva esposa, que temblaba temiendo ver concluida a cada instante la paciencia del pacientísimo Agamenón.
El mísero, abrumado con el peso de su cadena, o mejor diré del lecho, que ahora cargaba sobre sus espaldas, y no menos sofocado por la vergüenza, quiso echarlo a rodar todo, cuando creyó a los felices novios más olvidados de su pena y más atentos a la propia dicha. Así, como Titán que siente el peso de un mundo, sacudió la vergonzosa carga, bramó desesperado y dijo con voz que parecía salir de un subterráneo:
-Ténganse allá, ténganse allá, que no quiero más sufrir por culpas que no son mías. Yo diré quién soy.
-No es menester -respondió desde arriba Orazio, ya tranquilo y satisfecho-; no es menester que tú te declares, mal cómico, que por tal te he descubierto. Cardenal Agamenón, mal pensaste creyendo engañar con una comedia al que las inventa. Bien fingida estaba la voz del cardenal della Gamba; cierta es su lascivia que mal se contiene en público, pero aun cuando estalle a solas con su barragana, no será como tú la imitaste, sino meliflua, comedida en la apariencia, y más parecida a la del gato que a la del caballo fogoso: tus groseros instintos de histrión no pueden comprender cómo es el vicio de un príncipe de la Iglesia; superior a tus fuerzas es el remedo que emprendiste, tu lenguaje inverosímil, y así, pronto empecé a dudar que fueras quien decías, y de duda en duda llegué a conocerte, porque al decir aquellas lindezas imitadas de mis comedias, recitábaslas con la falsa entonación que en los ensayos tantas veces te he reprendido; con que ahora, purga con esta pena el delito de mal farsante, ya que no eres el Cardenal culpable; a quien desde luego perdono, y admito como partícipe en las delicias de este tálamo.
-¿Cómo?, esposo mío... -gritó la Provenzalli- ¿tú sospechas?... ¿tú sabes?... ¿tú permites?...
-Sí, cara esposa, sospecho que todo es trazas de amor, sé que me engañas, y permito que no a mí solo quieras, pues no es posible otra cosa.
-Pero tu honor...
-Mi honor fuera se queda, que no es prenda el honor para lucida en tales sitios; te confieso que con el engaño descubierto se acabó la fe, mas no el amor, que no por tu perfidia te veo menos hermosa; con que así, me desengaño y quiero ser tu amante preferido, mas no el único, que cardenales, príncipes y embajadores no son para despreciados.
-Pero, esposo mío, ¿y tu honor?
-Así soy yo tu esposo, como este Agamenón que bufa bajo nuestros colchones es cardenal en Roma.
-¿Y el matrimonio clandestino... y el sacerdote mudo... y los testigos, y el hisopo?
-Poco entiendes tú de casar. Todo fue una comedia que yo inventé, y como soy del oficio tuvo mejor apariencia, y tú no pensaste en mi suspicacia. Has de saber que el sacerdote mudo era Brunetti.
-¡Mi marido!
El cardenal Agamenón, que blasfemaba a gritos, soltó una carcajada que hizo saltar a los amantes en el lecho.
Tampoco Gaité pudo contener la risa. Formi se enojó al verse burlador burlado; pero cedió al fin a la influencia de las carcajadas. Por un paje de teatro se envió recado a Brunetti para que viniese a cenar con los novios; Agamenón perdonó lo del cordel y la cama por una opípara mesa. A las doce estaban borrachos Brunetti, Formi, la Provenzalli y Agamenón, dormido debajo de la mesa. Brunetti, prudente aun en su embriaguez, salió con disimulo del gabinete y fue a buscar a la doncella Casilda.
El matrimonio secreto quedó solo por fin, y al compás del ruido de las copas que chocaban, cantaron un dúo que empezaba así: Amor'è furbo, e nondimeno è amore...
La Provenzalli murió a los cincuenta años, viuda de Brunetti, dejando su fortuna envidiable al poeta Orazio Formi, pobre y paralítico.
Zaragoza, 1882.
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