Part 3
Ese amor de Martí para todo lo humano, hasta el punto de que pudo tomar como lema de su existencia aquel verso famoso de Terencio, pues que nada que fuera humano, en efecto, le era extraño, se manifiesta muy principalmente hacia los pobres, hacia los humildes, hacia los débiles. Martí se abría muy fácilmente camino en el corazón de ellos. Cuando en compañía del que fue primer Presidente de nuestra República, ya constituida en definitiva y reconocida por todas las naciones, don Tomás Estrada Palma, en los últimos tiempos de la revolución, en la época en que en el puerto de la Habana voló el acorazado americano «Maine», hice yo un viaje a Tampa y Cayo Hueso, esto llamó profundamente mi atención. En las casas más pobres había uno o más retratos de Martí. No se contentaban generalmente con tener uno solo. Si lo tenían pequeño buscaban uno más grande y conservaban el pequeño para trasladarlo a otra habitación. Si lo tenían de busto, querían tenerlo también de cuerpo entero. Si lo tenían a él solo, querían otro en que Martí estuviese fotografiado en compañía de algún amigo. Y en todas las casas, por humildes que fueran, se encontraba su imagen repetida, no una sola vez. Así la veía uno por todos lados; la veía en el exterior de los edificios como en el interior de los mismos; en la sala en donde se recibía al huésped como en las habitaciones privadas; en los talleres de tabaquería, en número bastante considerable, hasta el punto de haber podido yo contar seis retratos en un mismo taller. Y en todas partes le hablaban a uno de Martí. Y había gentes que se sabían de memoria el primer discurso que dijo en Cayo Hueso; y no había reunión política en que alguien no se encargara de recitarlos, como la obertura obligada de la función de que se trataba; y las palabras de él, lo que había dicho, lo que había indicado en las conversaciones particulares, el consuelo que había prodigado a los infelices, a los desvalidos, a los tristes se repetían diariamente; y no vivía uno en aquel lugar y en aquella época sin ver su imagen por donde quiera, sin oír repetir sus palabras y sus ideas por todas partes; hasta el punto de que era difícil sustraerse a la ilusión de que estaba vivo; ¡ciertamente mucho más vivo entonces que cuando real y efectivamente vivía!
Otro de sus caracteres (cuantos lo conocieron han podido dar de esto un testimonio constante) fue la elevación de su mente, su perenne altura mental. Tengo entendido que, cualquiera que fuese la bondad de su carácter, cualquiera la facilidad con que se le podían acercar, altos o bajos, quienes desearan abordarlo, no fue, sin embargo, un hombre alegre. No podía serlo, puesto que tenía la obsesión de una triste idea, la idea de una misión dura y difícil, no solo para él, sino también para sus compatriotas. Aquel amante de la humanidad iba, en efecto, a ser causa de que se derramara sangre. Su misión no se podía realizar si no a costa de sangre y de lágrimas; y un hombre que tenía en el corazón tan abundante piedad para todos los hombres, condenado a realizar obra semejante, no podía ser jovial, no podía abundar en él la alegría. Por consiguiente no era dado a tomar en broma familiar las cosas que a veces, a los demás, a los que vivimos reducidos a un nivel normal humano, nos proporcionan esa frívola, pero grata impresión que hace reír. No tenía, no podía tener lo que un amigo mío suele llamar «el sentido cómico de los acontecimientos». Y así a veces, ante cosas verdaderamente cómicas, su espíritu encontraba siempre un aspecto sobre el cual se podía discutir seriamente, abandonando la broma, como algo incompatible con su temperamento, y contemplando tan solo el lado serio y elevado a que la cosa misma pudiera prestarse.
Mi compañero de trabajo y mi íntimo amigo Pablo Desvernine, me ha referido lo siguiente, que presenciara él una tarde, en el bufete del señor Viondi, en donde se encontraba Martí. En aquella época el Liceo de la Habana se hallaba establecido en la Calzada de la Reina. Era antes de la revolución, durante un breve paso de Martí por Cuba; no solo antes de que el movimiento revolucionario estallara, sino también antes de aquella, para muchos aun no claramente conocida, aparición de Antonio Maceo en La Habana. Y resultó ser que llegó al bufete del señor Viondi un empleado suyo, un hombre sencillo y bueno, pero sin gran cultura, y declaró, en medio de la mayor jovialidad, que el doctor José Antonio Cortina disertaría aquella noche en el susodicho Liceo acerca de «un inglés» que pretendía que el hombre descendía del mono. Martí se indignó en medio de la risa general. Comenzó por advertir a aquel pobre hombre estupefacto que no volviera nunca a expresarse en ese tono de semejante inglés. «Ese hombre de quien usted habla, le dijo, se llama Carlos Darwin, y su frente es la ladera de una montaña»; y continuó disertando en este tono por diez minutos, hasta que sus amigos le interrumpieron para hacerle comprender lo perdido e inútil de aquella disertación.
En ese estado de excitación mental y con su espíritu en ese plano intelectual y moral, se encontraba constantemente. Como hombre que se halla obsedido por una idea, como acabo de decir, realmente triste, la de lanzar a sus hermanos a la guerra, le era imposible la risa ruidosa y la franca alegría. En efecto, si es cierto que su papel en la iniciativa y en el desarrollo de la revolución fue individualmente tan decisivo como he podido indicar (y creo que de ello no cabe duda); si se estima que todo lo que se hizo posteriormente no fue más que consecuencia de su energía, de su acción individual; cuantos murieron, murieron, entre otras cosas, y principalmente porque él los lanzó a la muerte, porque a ella los mandó; y aun así, cuantas viudas, cuantos huérfanos lloraron, derramaron lágrimas por él; cuantos aquí se arruinaron, y cuantas propiedades se destruyeron, y cuantos escombros se amontonaron sobre nuestros campos, y cuanto humo tiñó la pureza de nuestro cielo, fueron ruina, y destrucción, y escombros, y humo que a él pueden referirse como a su causa. Todo eso fue realmente obra suya. Y hubiera podido pasarse un balance de pro y de contra, de cargo y de data, de debe y de haber, para saber cuál era su saldo, si no hubiera él comprendido la triste tarea que se impusiera y decretado que ella reclamaba su propio sacrificio. Y en efecto, tanto como el que más, mucho más que otros revolucionarios de su índole, no tan solo entendió que debía lanzar a su pueblo a una lucha desesperada, sino que comenzó por lanzarse con él; y aun creo que pensó que, inmolándose en holocausto voluntario, debía morir a las puertas mismas de la revolución.
¿Quién podrá, por consiguiente, tomarle cuenta de la sangre que se derramó, de las lágrimas que se vertieron, de todo lo que pudo suponer aquella lucha postrera de la actual generación cubana, cuando él fue la primera víctima, prestándose a su propia inmolación? De ese modo, redimió todo lo que pudiera pensarse que hubo de sombrío en su obra, aceptando para él, espontáneamente, la parte más sombría. Ya antes había hecho un sacrificio prolongado, que no había sido cruento, pero que había sido tan duro, por lo menos, como aquel que hiciera en el momento de morir. Como dije antes, todos los halagos de la existencia fueron cosas por él renunciadas. La estabilidad de la residencia en un punto determinado; los lazos establecidos, cada día más firmes, y que hubieran sido sin duda lazos de fervoroso afecto respecto de un hombre que tan fácilmente cautivaba el corazón de los otros; la posibilidad de una posición económica relativamente holgada, que para ello tenía aptitudes, condiciones, simpatía, relaciones e inteligencia bastantes, aunque tal vez no el carácter que se necesita para estas apacibles empresas, un tanto vulgares; todo esto lo renunció, momento tras momento, un día tras otro de su vida. No tuvo ni siquiera, por mucho tiempo, los placeres del propio hogar. Errante siempre, de acá para allá; en la propia España, en Cuba solo de paso, en los Estados Unidos, en las tierras todas de la América latina; lo principal de su existencia fue preparar y hacer estallar la revolución cubana. Todo lo demás que hizo fue perfectamente secundario en su vida. Esta fue, pues, una vida de constantes sacrificios. Por eso, con toda razón, en una conferencia que pronunciara en 1894, sobre él, en New York, en la Sociedad Literaria Hispanoamericana, de la cual Martí fue Presidente y fundador, terminaba el señor Enrique José Varona declarando que su carrera podía sintetizarse «en la palabra gloriosa que pone un nimbo resplandeciente en torno de unos cuantos grandes nombres, en la que inmortaliza a los Prometeos, clavados en su roca, y a los Cristos, clavados en su cruz, la palabra Sacrificio».
En ello, señores, no hizo Martí más que seguir aquella vieja tradición de sus mayores; de nuestros mayores, sería mejor decir; ya que la firme decisión del sacrificio había de ser la única arma de bastante temple para proporcionar a los cubanos la victoria, remota y casi inasequible. Cuando se recuerdan los días preliminares del conflicto, se comprende que todo el que pensara, ya exaltado por la pasión patriótica o sin esa exaltación y contemplando el espectáculo desde fuera, en que Cuba iba a luchar contra España, en que una revolución no bien organizada iba a lanzar el guante a un Estado organizado y con recursos, no podría nunca concebir que los revolucionarios aspiraran a un éxito militar decisivo y rápido. Aquella guerra, para resultar, tenía que prolongarse. Se tenía el ejemplo de los diez años de martirio anterior, y aquellos diez años de combate habían producido el efecto de que la riqueza se escapara al pueblo cubano y pasara a otras manos, de que no quedara más que un residuo de su anterior preponderancia económica. Empeñar una nueva lucha era consumar la ruina completa, porque aquella debilidad frente a aquella fuerza (fuerza y debilidad son siempre relativas) no podía aspirar a ninguna probabilidad de triunfo, sino mediante una perseverancia constante en el sacrificio.
Algunas veces, en medio del combate, la posición respectiva de los adversarios se exageraba por unos y por otros; y de aquí que la revolución tropezara con algunos inconvenientes propios de la exageración natural de sus cronistas. Recuerdo, por ejemplo, que el general Máximo Gómez penetró un día en la ciudad de Santa Clara, y estuvo durante algunas horas en la ciudad, y se surtió y surtió a sus tropas de calzado y víveres, y ocupó ropas y municiones, y armamentos, y caballos, y medicinas; y al fin tuvo que marcharse, porque no podía sostenerse a pie firme, en tal lugar, contra las tropas españolas. Dado lo que era la guerra de los cubanos contra España, aquella era, para tal guerra, una brillante operación militar; pero si realmente se le anunciaba al mundo, como se le anunció, que el Ejército cubano se había apoderado de Santa Clara, de la capital de la provincia central de la isla y que allí se había hecho fuerte contra las tropas españolas, la noticia tenía el inconveniente de su exagerada importancia; y cuando se supo después lo que había pasado realmente, la cosa pareció pequeña, precisamente en virtud de su exageración; y el resultado fue que los periódicos franceses, más tarde, cuando recibían algunas noticias por nuestro conducto ponían delante de ellas, con letra bastardilla, «_Source Cubaine_», para dar a entender que todo aquello era sospechoso de exageración, si no de mentira.
Por eso, y antes de hoy lo he dicho, nuestra grandeza verdadera ha estado en el tesón del sacrificio. De todos aquellos que han abrigado ese empeño del sacrificio para conseguir la realización de un ideal, ninguno lo ha hecho con más firmeza y más altura y más decisión que Martí; muchos han sido inferiores, ciertamente, a él en este terreno. Por eso creo que el señor Varona tenía razón cuando afirmaba que aquella palabra era la síntesis más cabal de toda su existencia: en el tiempo de su vida, haciéndola penosa, mirándolo todo como secundario, salvo aquel propósito fundamental y esencial de todos sus días, uno tras otros; y después, al iniciarse la lucha, lanzándose frente al enemigo, buscando la muerte y encontrándola al fin; ¡él no fue más que un sacrificado consciente y espontáneo, desde el primer momento hasta el último!
Nosotros somos los herederos de esa obra suya, como de otras obras que se han unido a la de él en una tarea común; y una herencia como esta, no es lícito aceptarla a beneficio de inventario: sus herederos deben aceptarla sin ninguna especie de restricción, con las ventajas y con los inconvenientes, con los bienes y con las cargas. Por eso yo, que he pasado muchas veces como un pesimista, solo porque he visto acaso de un modo más claro, y he tenido un tanto más de atrevimiento para decirlo en alta voz, lo que había entre nosotros de inconveniente y de malo, me he dado a mí mismo una, si se quiere, inmodesta satisfacción, declarándome, cuando otros me llamaban pesimista, un optimista fundamental. Hasta tal punto, que un amigo que me conoce me reprochaba una vez diciéndome que la lectura de los sucesos pasados iba a producir en mi espíritu una peculiar atonía, porque cualesquiera que fueran nuestros males, hojeando un libro de Historia, de cualquier pueblo, de cualquier época, encontraba en sus páginas el relato de una situación infinitamente peor. Y es verdad, señores Representantes. Recuerdo que leyendo una vez en la colección de monografías históricas publicada bajo la dirección del profesor Oncken, de Berlín, una _Historia del Islamismo en Oriente y Occidente_, encontré un pasaje en que el autor habla de los Emiratos independientes que surgieron de la primera invasión mogola, en el Asia Menor y en Armenia. Hubo una serie sucesiva de años en que toda aquella historia tuvo una trágica monotonía desesperante: degüellos de poblaciones enteras, incendios y saqueos de ciudades, exterminio de sus habitantes sin perdón ni aun para niños ni ancianos, lucha incesante de los pueblos entre sí y contra los invasores comunes; tales son las simétricas y feroces alternativas de aquella historia. Esta no tiene más sucesos que referir que esos que he indicado; y el autor del libro declaraba que para no repetir hasta la náusea hechos exactamente iguales y horrorosos, iba a limitarse a decir que aquello duró hasta el año tantos y a dar la lista de los soberanos que reinaron en todo ese tiempo. Y yo, al leerlo, pensaba: «¡Todavía los turcos encuentran armenios que degollar!»; y recordaba con cuánta razón, aunque el consuelo aparezca, viniendo del diablo, Mefistófeles adoctrinaba a Fausto diciéndole: «En vano un día tras otro amontono torbellinos, huracanes, incendios, volcanes y lluvias; extirpo al hombre, creo extirparlo, de la superficie de la Tierra; ¡pero no lo logro en definitiva, porque aquella maldecida simiente de Adán, jamás perece y siempre germinal, siempre brota, en ancho río, una sangre vigorosa y nueva!».
Ese debe ser, ciertamente, nuestro consuelo. Ahora, para experimentar en toda su intensidad este consuelo, es preciso hacer un esfuerzo por llegar a una determinada altura moral y mental; porque es preciso darnos cuenta de que ese renacimiento y ese bienestar que mañana nos esperan, tal vez no los gozaremos nosotros; los gozarán tan solo los que vengan detrás de nuestra generación. ¿Qué importa? Nosotros somos en Cuba la generación que consiguió realizar la libertad. ¿No es esto bastante premio para nuestro esfuerzo? ¡Si no nos ha sido posible, si no nos ha de ser posible llegar también a conseguir la felicidad, pensemos que esta será sin duda el premio de una generación posterior: el nuestro lo tenemos ya, lo hemos conseguido!
¿No somos felices en el presente? Hagamos todo lo que hacerse quepa para serlo en el futuro; y si llegamos a perder la esperanza de serlo nosotros mismos, hagamos todo lo posible porque lo sean nuestros hijos. ¿Qué mejor recompensa para el esfuerzo de nuestros mayores, para el esfuerzo definitivo que nosotros hicimos? Vivamos, por consiguiente, persuadidos de esa idea, vivamos perfectamente compenetrados de que la generación que nos precediera fue mucho más desgraciada, mucho más sacrificada que la nuestra. Luchó más tiempo que nosotros. Los que la componían se arruinaron por completo, siendo ricos; sufrieron lo indecible, habiendo nacido felices; y en medio del vigor de la humana fortaleza, a la mitad del camino de la vida, tristemente se desangraron y murieron; ¡y no tuvieron la compensación que nosotros hemos tenido, la de ver tremolando sobre el suelo de su patria la bandera de sus ilusiones y de sus ensueños!
Si nosotros lo conseguimos, si al fin pudimos lograrlo y convertirlo en una realidad, ¿por qué pedir más? Siempre me he dicho esto a mí mismo, y realmente no he pedido mucho más. Creo, sí, que cuanto haga el hombre por señalar a sus compatriotas las deficiencias del presente en que vive, es bueno y es saludable; pero debe hacerlo serenamente y sin ira, cumpliendo con su deber de heredero de herencia semejante con tesón y energía, pero sin desesperarse nunca; comprendiendo que el mal es humano y que de él no se podrá jamás desligar la humanidad. Porque hay que tener en cuenta que el hombre, considerado como colectividad, progresa solo muy lentamente y adelanta de una manera análoga a aquella empleada para cumplir su voto por un conde francés que, en la Edad Media, hizo el juramento de marchar a Tierra Santa caminando cuatro pasos hacia adelante y tres hacia atrás; de manera que andando siete pasos tan solo adelantaba uno. No marcha más rápidamente la humanidad. Al contrario, aun me parece que marcha con mayor lentitud; pero adelanta al fin, y eso es lo único que podemos pedir al Destino. Así el mañana será ciertamente mejor que el presente; y nosotros habremos sido dignos herederos de nuestros causantes si vivimos considerando el estado actual de cosas no como algo definitivo, que debe satisfacernos, sino como algo transitorio que tenemos necesidad de mejorar. Si estimamos que las condiciones políticas del presente no son buenas, comprendamos que todo lo que en ellas nos parezca malo ha de ser cosa modificable y mejorable; y cada cual desde su punto de vista, harmonizando cuanto quepa su interés personal con el interés colectivo, haga todo lo que pueda para conseguir ese mejoramiento.
En suma, si pasajeros del momento presente, tenemos por lo menos la aspiración ideal de considerarnos ciudadanos definitivos de una ciudad más perfecta, que está aun por fundar, y trabajamos para fundarla, ¿qué nos impedirá ser más felices, como premio de tal esfuerzo en el futuro? Y así pudiera terminar estas reflexiones con que he entretenido la atención vuestra, repitiendo, aunque para alterarle un tanto su sentido, una frase que se contiene en la epístola de San Pablo a los hebreos: «No tenemos aquí por cierto una residencia duradera, permanente; es una residencia futura, una ciudad futura, la que debemos buscar». «_Non habemus hic manentem civitatem_ 2, _sed futuram inquirimus_!».
Martí, por Federico Uhrbach
_El Fígaro_, noviembre 30 de 1910
Martí
_Ante su mármol_
Para Manuel Sanguily, grande de corazón y pensamiento.
Alma, escuda con la malla milagrosa de la rima el dolor y el desaliento que florecen en tu sima cuando evoca la tristeza la visión de la contienda, y fecundo rompa el brote vigoroso del ensueño con la gloria fulgurante del audaz y heroico empeño 5 y el fugaz deslumbramiento de la trágica leyenda.
Sí en la niebla del recuerdo melancólica perdura desolada la memoria que en un vuelo de amargura reconstruye la sangrienta florescencia de tu duelo, no perturbe de tu llanto la corriente inagotable 10 la salmodia del tributo que se eleva inmensurable de la patria, en la piadosa gracia cándida de un vuelo.
Si inextinto el sedimento doloroso de la brega engañosos espejismos simulando dulce entrega fingen, alma, a tu miseria formular consolaciones, 15 rinde el plácido reclamo de sagrada tregua, el triste cavilar en la tragedia de tus lágrimas, y asiste con tu lauro al homenaje de exaltar consagraciones.
¡Cuán radiante en la lejana perspectiva del pasado, como lampo que emergiera de las ondas de un nublado 20 se destaca luminosa de la pálida penumbra, la apostólica figura del vidente mensajero del amor y la justicia, con su rostro de lucero y el hechizo de su genio que encadena y que deslumbra!
De la gloria a los destellos la romántica silueta 25 del creyente que adunaba sus lirismos de poeta con la viva llamarada de sus trágicos lirismos, resplandece como un astro que las almas ilumina con el fuego milagroso de su bíblica doctrina, como un rayo de la aurora diafaniza los abismos. 30
Soñador de rara estirpe de sublimes soñadores que persiguen la anhelada redención de los dolores, heredad fosca y estéril de los seres infelices, fue su vida inmaculada de fecundas enseñanzas, en los tristes vencimientos alentar las esperanzas 35 y en las bregas afanosas restañar las cicatrices.
Prisionero que en la sombra perdió el alba de la vida, desterrado que en la playa de región desconocida inició su apostolado domeñando adversidades, al templar el alma al soplo de rebeldes embriagueces 40 prendió el sol que disipara las profundas lobregueces que opusieran a su empeño las humanas tempestades.
Las estancias cadenciosas de sus trémulos poemas guardan bálsamos y mieles, no los fieros anatemas forjan lanzas aceradas en la urdimbre de su estrofa, 45 y en la gama de su verso melancólico y flexible hay, si hiere, un dulce ruego de perdón indefinible, y un espíritu doliente y amoroso si apostrofa.
Incansable peregrino de un errante y largo viaje, fue llevando por las rutas de su audaz peregrinaje 50 en la alforja de sus sueños su dolor de clima en clima, su dolor que fue acicate, voz nostálgica de aliento, al lanzar, transfigurado, su profético lamento en la breña de la pampa y en la nieve de la cima.
Con su influjo persuasivo de amoroso misionero, 55 anunció la buena nueva prodigando en el sendero de su gracia luminosa floraciones tempraneras, y simula en la grandeza de su inmenso simbolismo un radiante Nazareno de exaltado iluminismo de un Jordán próvido y nuevo predicando en las riberas. 60
De su voz al suave encanto de sutiles inflexiones la piedad acariciaba los heridos corazones como un trémolo de liras, como un trémolo de auroras, y el fulgor ultraterrestre que irradió en clarividencias, fulguró como la estrella que orientaba las conciencias 65 a las márgenes lustrales de las iras redentoras.
Paladín de una cruzada de gloriosos caballeros que oficiaron por la patria con la cruz de sus aceros, ofreciose en holocausto como símbolo y proclama, y cayó como una torre que alevoso el rayo asedia, 70 reflejando en la pupila la visión de la tragedia y prendiendo un meteoro del zodiaco de la fama.
«Martí: su vida y su obra»
por Néstor Carbonell
_Oración pronunciada el día 23 de febrero de 1911, en el Ateneo de La Habana_