Part 2
Este geógrafo dirigió tambien dos cartas á Colon y copia de otra dirigida á Martinez, de modo que es indudable que existia comunicacion entre todas estas personas y que discutian sobre las _tierras incógnitas_, como se llamaban entonces á las islas y costas con las que debia tropezarse en el viaje de circunnavegacion.
Cautivóse Colon de las lisongeras demostraciones de Toscanelli, apoyadas por los dos sabios expresados, y reconociendo en esas teorías la fuente de donde emanaban que era las relaciones del explorador Marco Polo, entregóse del todo á la lectura de sus viajes, al extremo que muchos considerasen que estas lecturas fuesen la única causa impulsiva de sus proyectos. Pero sin las adelantadas combinaciones del geógrafo florentino, no hubiese el explorador veneciano despertado en el ánimo de Colon sinó aspiraciones indefinidas, y su hijo Fernando, mas justo apreciador de los hechos, se refirió á las cartas de Toscanelli para rectificar precisamente la decisiva influencia que tuvieron en la empresa del padre. Cuando sigamos la marcha del gran descubridor, haremos notar que siguió siempre, como una guia segura, el itinerario que le habia sido trazado y que, palpando ya la realidad de las cosas, seguia aun con los mismos errores de Toscanelli.
Otra data imposible de fijar con certeza es cuando Colon dejó de meditar en estas teorías para entrar en la resolucion firme de emprender sus viajes. Hasta 1474, época de la correspondencia con Toscanelli, es decir, cuatro años despues de su llegada á Lisboa, _las tierras incógnitas_ eran aun materia de consultas y discusiones. En 1477 emprendió Colon su viaje á los mares septentrionales, apremiado sin duda por necesidades de la vida, pero el hecho de lanzarse algo mas allá de lo conocido por esos mares, deja sospechar que al mismo tiempo quisiera hacer una tentativa de descubrimiento, un exámen de esas costas, por si existia en esa altura el camino que se buscaba. El resultado negativo de esta exploracion debió afirmar sus convicciones y no es aventurado decir que en 1478, es decir, á los treinta y un años de edad, Colon resolvió definitivamente emprender su viaje y con esa actividad que le era característica, se presentase sin mas demora á implorar la proteccion del rey D. Juan II de Portugal--Desacuerdan los autores sobre si Colon imploró la proteccion de la empresa primero al monarca portugues, á la Señoria de Génova ó al rey de Inglaterra, pero á mas de lo ocioso que es esta cuestion, la circunstancia de tener su domicilio en Lisboa, con el objeto de tomar parte en las empresas marítimas, pone fuera de duda lo que hemos asegurado.
El historiador portugues Barros, despues de hablar de las teorías de Colon, dice:--"Tanto importunó al rey que este ordenó fuese examinado su proyecto por Monseñor Diego Ortiz asociado con algunos pilotos, todos los que hallaron quimérica la empresa".
Como las instancias á la Corte van despacio y como algun tiempo debiera ser necesario para que Colon _importunase_ al rey, es verosímil que recien en 1480 tuviese este sublime importuno su desengaño y no teniendo ya ningun vínculo que le ligase á Portugal, habiendo perdido ya su esposa, resolviese partir para Castilla, llevando consigo á su hijo.
De Lisboa[3] siguió Colon directamente á España, pues carecía de medios para hacer mas largos viajes, valiéndose de su hermano Bartolomé para que fuese á implorar la proteccion del rey de Inglaterra y sin duda se serviría de algun otro intermediario ó de misivas epistolares para entenderse al mismo tiempo con la Señoria de Génova.
Temeroso Colon de que se reprodugese en otras partes el rechazo del Rey de Portugal, quiso asegurarse el éxito tentando simultáneamente en varias partes su negociacion reservándose aceptar la mas ventajosa oferta, si mas de un gobierno la hiciese.
CAPITULO III.
Situacion de la España--Reinado de Don Fernando y Doña Isabel--Anarquía--Guerra cívil--Fanatismo--Restablecimiento de la Inquisicion--Influencia del Clero--Expulsion de los judios y moros--Odios entre España y Portugal.
Nos es necesario echar una ojeada sobre el País á que se dirigía Colon y sobre los sucesos de la época en que debía llegar.
El reinado de Enrique IV, llamado _el impotente_, había sido funesto para Castilla; él mismo había abierto las puertas de la mas escandalosa anarquía rebelándose contra su padre. No eran mejores los ejemplos de su vida privada; había agotado las fuerzas de su juventud en la mas desenfrenada crápula. Sin mas sucesion que su hija Juana y aun su legitimidad desconocida al extremo de llamarla el pueblo y los nobles la _Beltraneja_, á causa de las intimidades ostensibles de Don Beltran de la Cueva con la Reyna, fué este desgraciado vástago en vez de solucion de las cuestiones de sucesion, causa de trastornos y de guerras.
De ánimo débil, pasó por sucesivas humillaciones que despretijiaron su autoridad y hacían que tomase colosales proporciones la anarquía. Hizo primero reconocer á su hermano Don Alfonso como sucesor al trono, cediendo á las imposiciones de la nobleza y desconociendo los derechos de su hija.
Muerto Don Alfonso á los quince años de edad, se hizo por las mismas imposiciones, el pacto llamado de los _Toros de Guisando_, en que fué reconocida su hermana Doña Isabel con derecho á la sucesion del trono pretendiendo salvar su autoridad, con una claúsula por la cual esta no se casaría sin asentimiento del monarca. Todos estos resultados venian precedidos de intrigas, asonadas y crímenes.
Llegó el descontento al extremo de quererse destronar al monarca para levantar á Doña Isabel, como ya una faccion había proclamado á Don Alfonso, pero la futura soberana de España tuvo la discrecion de no prestarse al movimiento.
El matrimonio de la simpática princesa con su primo el infante de Aragon, Don Fernando, Rey de Sicilia, es un idilio que pocas veces ocurre en la crónica de los reinos. Don Enrique pretendió que la princesa se casase primero con el principe de Francia, despues con Pedro Giron, altivo y rebelde noble que puso esa condicion á su sometimiento y por último con el Rey de Portugal. La princesa resistió con energía todas estas imposiciones porque amaba á Don Fernando de Aragon y solo con él consentiría en un enlace.
Para evitar las persecuciones é intrigas de la Corte hizose venir al Infante secretamente, corriendo serios peligros y con la proteccion de los nobles que le eran adictos en Castilla, celebraronse las nupcias que unian por lo pronto dos ardientes corazones y que mas tarde debian unir dos reinos, formando uno tan grande que en él jamas el sol tendria ocaso.
Muerto Don Enrique IV en Diciembre de 1474 fué, en la ciudad de Segovia, proclamada Reyna de Castilla Doña Isabel, no sin que al mismo tiempo ambiciosos viniesen á disputarle el trono, so pretesto de sostener la causa de Doña Juana. La actividad que en esta lucha demostró la nueva Reyna, probó que ambicionaba ardientemente el poder y que tenia grandes aptitudes para sobrellevarlo.
Doña Juana habíase esposado con Don Alfonso V Rey de Portugal y este invadió á Castilla, sostenido por los nobles adictos á ella y trabóse una guerra de sucesion que probó la impericia militar de unos y otros. Por último, vencido el Portugues, retiróse á su Corte y la infeliz Doña Juana, despues de haber sido heredera de un trono, novia de tantos ambiciosos y desposada de un Rey, concluyó por buscar la paz del alma en un Monasterio.
Fallecido en Enero de 1479 el Rey de Aragon Don Juan II, fué elevado al trono Don Fernando y produjose así la unidad Española.
En todo este movimiento vése por único actor á la casualidad. A Don Enrique sucederle debia su hija Juana y en defecto de ella, su hermano Don Alonso, jóven sensato, que apesar de su corta edad tuvo bastante carácter para rechazar mas de una infamia; hubiese sido un buen Rey y no llegó á ser sinó una esperanza frustrada sin que falten historiadores que atribuyan al veneno su prematura muerte. En tal caso Doña Isabel hubiese sido otra monja como Doña Juana ó hubiese optado por ser Reyna de Portugal, casandose con el viejo monarca que la pretendia. Entónces la union de los Reinos de Aragon y Castilla efectuado _ipsofacto_ por su matrimonio con el Príncipe, no se hubiese realizado, sin que hubiesen tenido lugar muchos de los sucesos que vamos á referir.
Prescott en la historia de los Reyes Católicos, dá al reinado de Doña Isabel un orígen electoral, cosa que en verdad no es asi, pues toda la autoridad de Doña Isabel se derivó del célebre pacto de los _Toros de Guisando_, infringido no obstante por la misma agraciada en la cláusula que exigía la intervencion de Don Enrique en su matrimonio. Si casualidad fué todo, pocas veces ha dado orígen á tanto bien y á tanto mal.
A situacion tan espantosa, como la dejada por el reinado que caducaba, requeriase un gobierno enérgico y justo, que salvase el principio de autoridad, desconocido por la terrible anarquía que destrozaba la Península Ibera y los Reyes Católicos, que muchos y muy grandes errores debian cometer, eran no obstante justos y enérgicos.
Todos los historiadores están contestes en el tétrico cuadro que ofrecía la España al morir Don Enrique. La seguridad de las personas y de las cosas era mayor entre las hordas salvajes que en sus campos y aun en sus ciudades; los mismos nobles mandaban desde sus castillos robar y asesinar á los viajeros; el feudalismo estaba en su apojeo; los tribunales por prevaricaciones escandalosas ó por miedo no servian sinó para alentar la injusticia y el crímen; la industria decaida, el comercio abatido; una crísis espantosa á causa de que cada noble acuñaba la moneda á su antojo, depreciándose esta al extremo de que las transaciones se hacian, como en los tiempos primitivos, por trueque ó cambio.
El Clero era un poder, el único poder, la única autoridad, al extremo de que criminales vestian el hábito sin profesar para escudarse y quedar impunes. Los maestrazgos de las órdenes religioso-militares, recibian del Papa su autoridad; no se sometian al Gobierno y acumulaban grandes riquezas. En fin, si se quiere una imágen del cáos, busquese en esa época de la historia de España, sobre todo en Castilla y Andalucia.
Los Reyes Católicos acometieron la tarea de domar esa anarquía y ya con rigor, ya con blandura; ya confirmando fueros y derechos á las ciudades, ya despojando á los nobles de sus derechos feudales, ya reconciliando los magnates enemistados, ya sometiendo á los que gobernaban por su cuenta incluso al altivo conde de Cádiz, ya prestigiando los tribunales de justicia, ya reformando los procedimientos y leyes civiles; en pocos años, la misma admiracion que nos ha causado el desquicio del gobierno de Don Enrique, nos asalta al ver las reformas obtenidas por los Reyes Católicos. Apesar de su energía, Doña Isabel nada hubiese conseguido sin la union del Reyno de Aragon; habiase allí refugiado lo mas sensato y patriota de la nacion Española; su constitucion liberal, su riqueza de que era emporio el puerto de Barcelona, todo eso reflejaba prestigio sobre ella y era un contrapeso poderoso; los nobles y el pueblo mismo de Castilla, sabían que en un caso dado, un ejército Aragonés vendría á apoyar á la Soberana y véase en esto una demostracion de como la anarquía, hija siempre de la desmembracion social, cesa cuando la unidad se restablece.
Dos episodios citaremos para demostrar que estos Soberanos si bien dotados de grandes cualidades, no eran aptos para mejorar la situacion del Pais.
Los obispados de España se proveian sin anuencia del Soberano, y si los Reyes Católicos reivindicaron ese derecho, no se descubre en ello sinó la influencia del Clero Español, interesado en esa reivindicacion porque era pospuesto por prelados de Roma. Los Reyes estaban sometidos á esa influencia al extremo de que el confesor de Doña Isabel, nuevamente nombrado, Fray Fernando de Talavera, cuando por primera vez fué á ejercer su ministerio, permaneció sentado para escuchar la confesion:--La costumbre es--dijo Doña Isabel--que ambos permanezcamos arrodillados.--Nó--exclamó el confesor--yo soy ministro de Dios y este su tribunal y V. A. debe permanecer de rodillas y yo sentado. La Reyna se arrodilló.
Doña Isabel tenia, no hay duda grandes condiciones pero no era superior á su época, estaba muy á su nivel. La España debía permanecer siempre con los gérmenes de la anarquía, contenidos pero no extirpados; el fanatismo debia acrecentarse tanto mas cuanto mas quisiese hacerse de la religion elemento social.
Es asi que el restablecimiento de la Inquisicion hizo á este poder mas irresistible que en las épocas anteriores. Algunos historiadores para disculpar á Doña Isabel dicen que fué á requisicion del Papa que se hizo este restablecimiento; no hay tal, existen aun los documentos que prueban que fué á peticion de la misma Doña Isabel que se dió la bula que debia levantar en Torquemada, el déspota, el tirano mas cruel de los tiempos pasados y futuros.
Estos dos episodios prueban que, ó los Reyes Católicos no eran tales como los representa la historia, sinó crueles y sanguinarios ó que estaban tan dominados por el Clero como Don Enrique lo estaba por los nobles rebeldes. Destruido un feudalismo, levantaban otro cien veces peor; quitada á los nobles la _horca y cuchillo_, ponian en manos de los Inquisidores la tea para encender las hogueras del martirio.
No faltan historiadores que fascinados por el prestigio de los grandes acontecimientos que la casualidad hizo producir en el reynado de Doña Isabel, quieran atenuar esta mancha, echando la culpa á la época. Nó, la moral y la justicia son eternas y no tenemos otra regla para juzgar los hechos de cualquier tiempo. No fueron menos graves otros errores cometidos por los Reyes Católicos; la expulsion de España de los Judios y de los Moros, las persecuciones inhumanas contra esos desgraciados, el saqueo de sus propiedades, son hechos que bastan para borrar la poca gloria que se les atribuye en la unidad de España y en el descubrimiento de América.
La misma guerra contra los Moros refugiados en Granada, no se llevaba con tanto celo al principio; fué necesario que algunos nobles por si y ante si la iniciasen con la toma de Alhama, para decidir al Monarca á ponerse en campaña y en toda esa guerra cuesta discernir el fanatismo del amor patrio.
Ni faltaron tampoco los estragos de la guerra cívil en este Reynado, bastando para comprobarlo que citemos el movimiento separatista que inició en Galicia el mariscal Pardo de Cela, siendo necesario que se enviase allí un ejército que sufrió un reves y que no pudo triunfar sinó á merced de una traicion por la cual, aprisionado el separatista, fué ahorcado sin piedad.
Tal era la situacion en que Cristóbal Colon debia hallar á la España, agregando que los antiguos odios entre esa Nacion y Portugal habian recrudecido con la guerra de sucesion de Doña Juana, á causa de la invasion á Castilla por el Rey Don Alfonso, en proteccion de esas pretensiones.
CAPITULO IV.
Los Conventos--Llegada de Colon á el de la Rávila--Opinion de algunos autores--Colon en la Corte--Exámen de su proyecto--Su rechazo--Nuevas tentativas--Proyecto de marcha--Carta del Rey de Francia--Aceptacion de su proyecto en principio--Inconvenientes en la práctica--Aceptacion definitiva del proyecto.
En aquellos tiempos de miseria y de barbarie, tropezábase frecuentemente en España y en Italia con altos muros entre los cuales se incrustaba iglesia gótica y en el interior de ese recinto hallabase almacenada la abundancia y refugiada la ilustracion, por lo general teológica, casuítica, fanática, pero á veces en una celda apartada, como un punto luminoso, se escondia bajo el hábito del fraile, un sabio ó un artista, único principio vital del porvenir, única chispa que algun dia restituyese al mundo los resplandores de la luz.
Allí se absorbia el sudor de los labradores y de los artesanos distribuyéndose en cambio á los vagamundos, algunos bocados de sopa, ostentacion de caridad calculada para que se redoblasen las limosnas.
A la puerta de uno de estos edificios del Monasterio de la Rávila, á corta distancia del puerto de Palos, un dia canicular en 1484 detúvose un peregrino que conducia un niño de la mano. Ni el polvo que cubria su pobre ropaje, ni la fatiga retratada en su semblante, ni el dolor que se reflejaba en sus ojos, disminuian la nobleza de su porte,--¿Que buscaba ese hombre?--¿Era acaso un mendigo?--No pedia sinó un poco de sombra para reposar y un mendrugo de pan para el niño.
Habia en ese Convento una luz y con ella se descubrió lo que buscaba ese viajero en su afanosa peregrinacion; Fray Juan Perez de Marchena era uno de esos seres refugiados en el Convento, que vestia el hábito del fraile pero que conservaba el corazon y la inteligencia libres del fanatismo. Ver al forastero y adivinar en él todo un drama interesante, fué la concepcion feliz de un momento; sin duda pensó que tambien el Dante, algun tiempo hacia, habia buscado igual refugio en Italia.
El peregrino y el fraile se miraron, se explicaron, se comprendieron.
Ese humilde viajero que hallaba asi hospitalidad y apoyo, era Cristóbal Colon y el niño, su hijo Diego.
Algunos historiadores modernos han querido desconocer este poético episodio, pretendiendo que Colon desembarcó en el puerto de Santa María y que fué hospedado en el Palacio del Duque de Medina-Celi, refiriéndose á un documento que no citan ni describen. Tal documento no puede ser otro que el que se refiere á las relaciones que tuvo con dicho Duque mucho despues de su llegada á España, como mas adelante lo veremos. Por otra parte no es verosímil que habiendo salido Colon de Lisboa furtivamente, despreciado por la Corte, sin influencia ni valimiento alguno, desembarcase en España con el prestigio necesario para hacerse abrir las puertas del Palacio del orgulloso Duque y encontrarlo dispuesto á servirlo.
Todo en el reinado de Doña Isabel debia ser obra de la casualidad; Cristóbal Colon rechazado por el Monarca de Portugal por importuno, venia á España como vagabundo y como vagabundo llama á las puertas del monasterio de la Rávila donde halla un hombre que lo socorre y lo comprende, se encarga de la educacion del hijo, lo mune de recomendaciones y lo dirige á la Corte.
Entre las recomendaciones que llevaba Colon habia una para aquel Fray Fernando de Talavera, confesor de la Reyna, de que hemos hablado ya y no podia ser mejor dirigido el pretendiente que á un hombre que hacia arrodillar á sus plantas á Isabel para oir su confesion y darle sus consejos.
Hallábase la Corte en Córdoba y toda la atencion era absorvida por los cuidados de la guerra contra los Moros de Granada.
El confesor de la Reyna apenas respondió con seca urbanidad á la recomendacion que se le hacia del marino; ignorante y tan fanático como de cortos alcances, no le sirvió como pudo haberle servido.
Pero Colon estaba ya en camino y supo captarse la amistad de otras personas influyentes, entre ellas á Gheraldoni nuncio del Papa, y á su hermano Alejandro, preceptor de los hijos de los Monarcas y por intermedio de estos obtuvo una audiencia del Cardenal Mendoza que tanto valimiento tenia en la Corte que era llamado la _tercer potencia_. Mendoza debia ser hombre instruido, al menos de elevado espíritu, pues escuchó á Colon con atencion, lo exortó á perseverar en sus planes y obtuvo éste por su intermedio una audiencia de los Reyes.
Colon era elocuente; conocia que para convencer y persuadir es menester hacer vibrar las fibras mas sensibles del corazon de su auditorio y halagar sus creencias y aun sus preocupaciones. Así pues, á los soberanos de Castilla les habló de la gloria de extender sus dominios; excitóles la avaricia con el acrecentamiento de un comercio riquísimo; pero en lo que insistió mas y con acento profético, fué en el triunfo de la fé cristiana, en la conversion de millares de idólatras y aun en el rescate del Santo Sepulcro. Es probable que Colon creyese en mucho de lo que decia, pero no hay duda que exageraba su fé y su ortodoxismo para persuadir. Su larga permanencia en Portugal le habia hecho adquirir una pronunciacion y un acento mas semejante al castellano y su trato con españoles, aun ántes de llegar á España, le permitia expresarse en ese idioma con bastante claridad y elegancia. La impresion causada en el ánimo de los Reyes fué favorable, sobre todo en Doña Isabel que era mas ambiciosa y mas accesible al entusiasmo.
Pero el proyecto de Colon rozaba con puntos de la fé y dado el fanatismo de los Reyes, no podia ser aceptado sin someterlo al exámen de peritos.--Pero--¿Que peritos podrian ser en esta materia teólogos y frailes? Compuesto este tribunal de esta manera y presidido por el confesor de la Reyna fácil es comprender que el proyecto de Colon era de antemano condenado.
Admitido á exponer y defender su idea ante el areópago ortodóxo presentósele otra ocasion de lucir su elocuencia. Esta vez expuso todas las teorías de Tolomeo y Toscanelli, para demostrar la practicabilidad del viaje y no poco le sirvió su erudicion en la Biblia para ayudarse á conciliar sus errores con los nuevos errores que profesaba. Había esta diferencia grandísima entre unos y otros errores; que los teológicos cerraban la puerta á todo descubrimiento; inmovilizaban, aletargaban, envenenaban la vida como las emanaciones de un lago sin corriente, miéntras que los errores de la ciencia impulsaban al progreso, admitian nuevas hipótesis, se encadenaban con las verdades del porvenir. Era una lucha titánica y sosteniéndola Colon era ya tan grande y tan digno de la posteridad, como si hubiese realizado ya su descubrimiento.
Pasaban los meses y los años y el Consejo no expedía su dictámen. Entre tanto Colon abria su alma á dulces sentimientos y consuelos. Había trabado relacion con una noble y hermosa dama llamada Beatriz como aquella que inspiró al Dante y fruto de estos amores fué Don Fernando, que mas tarde hizose estimar por sus méritos y fué el primer historiador de las hazañas de su padre. Al fin en 1491, redoblando Colon sus instancias, obtuvo que el Consejo se expidiese, pero éste fallo le fué completamente adverso.
Al recibir esta noticia, experimentó tanta amargura que, á no ser los vínculos que lo unian ya á España, la hubiera abandonado como abandonó á Lisboa.
Tentativas infructuosas con algunos grandes personajes, entre ellos el Duque de Medina-Celi, lo detuvieron todavía, pero al recibir una carta del Rey de Francia que lo llamaba, resolvió partirse. Como recordará el lector, su hermano Bartolomé gestionaba en Inglaterra la admision de sus proyectos y regresando con éxito ó sin éxito, había instruido de ellos tambien al Monarca Francés que los aceptó con entusiasmo.
Partióse pues Colon desandando aquel camino de Córdoba á la Rávila que había ántes emprendido tan lleno de esperanzas. Aquellos para quienes la vida no ha sido una contínua lucha, que no saben lo que es una esperanza salvadora que se desvanece, que no han contado con un recurso único que se pierde, aquellos que no han ido á la ilusion y vuelto al descanto por el mismo trayecto, no podrán hacerse una idea de los tristes pensamientos que asaltarían la mente de Colon.
Por segunda vez llamó á las puertas del convento de la Rávila y por segunda vez Fray Juan Perez reanimó las esperanzas del marino. Consiguió que detuviese su viaje á Francia, envió á pedir una audiencia á la Reyna, de quien habia sido confesor, y una vez obtenida, marchóse á la Corte sin detenerse y aun sin esperar el dia para ponerse en marcha.
Como en todos estos sucesos había algo de providencial, la carta del Monarca Francés, vino oportunamente y fué sin duda el gran argumento que empleó el de la Rávila para convencer á la Reyna.