Chapter 4
En ciertas temporadas del año, el aire sopla para barrer los campos y con su escoba de vientos prepara el advenimiento de las lluvias. Con sus tiernas caricias coge las semillas acurrucadas en algunas flores agonizantes, casi muertas, y las dispersa a todo lo largo y ancho de improvisados surcos. Y acomodadas en sus cunitas de tierra, las bellas simientes del bosque, de las laderas, de las colinas, de los llanos, se ponen a dormir en espera de la gota de agua que las bese y las haga despertar para vestirse con los verdes fal-dones de la primavera. Esta lección los campesinos la saben muy bien y como el ser humano es creador, la aprendió desde hace mucho tiempo para perfeccionarla. Así nació la agricultura, como un milagro de amor y trabajo. Obra y gracia de la percepción humana. Triunfo de su inicial conciencia.
SEIS
Cuando llegan las lluvias con su ajetreo de gotas danzarinas, el campo se viste de verdor. Parece que de pronto le brotara una gigantesca falda de jade, y sus montes y montañas, tal cual serpientes en reposo, figuraran sus holanes y collares. Adornado con flores y frutos; con milpas y trigales; con cebada y alfalfares; el campo se nos ofrece como un padre protector que se dispone a darle alimentación a sus hijos. Y es que el agua, como sabemos, poca o a torrentes, se une con sus cantarines murmullos a los vientos para darle a la tierra el frescor de sus sonrisas. Entonces todo se vuelve fertilidad y vibración de vida.
SIETE
El campo se cubre de pastos. Un manto de terciopelo verde se agita suavemente ante las caricias del rocío matutino. Brotan hierbas y enredaderas silvestres que cual cascabeles balancean sus hojas al ritmo de los aires. Un infinito resplandor de esperanza se desata por valles y cañadas; por potreros y llanuras; por cerros y hondonadas. No hay un solo rincón que deje de ofrecer el milagro de la vida vegetal. Y los animales retozan sus instintos para hacer sobrevivir su especie. Amanecer en el campo, luego de una noche lluviosa, es sentir la lozanía de la naturaleza recién bañada.
OCHO
La lluvia cae y se fecundan las sementeras. La tierra reseca, sedienta la encamina por su cuerpo y da a la luz del sol su fructificación. Entonces aparecen las mazorcas y las espigas; las tunas y las higueras; las naranjas y los plátanos; el arroz y los frijoles; las lechugas y las calabazas; las verdolagas y los aguacates; las espinacas y los jitomates; las fresas y los melo-nes; las papayas, las piñas, el cacao... Y tanto más, que a veces no alcanzamos a valorar tanto prodigio.
NUEVE
Pleno de vida, el campo nos transmite su alegría con el don de sus maizales; con la vibración de sus arbustos; con el resplandor de sus hortalizas; con el frescor de sus huertos. Y los seres que lo pueblan, agradecidos de tanta abundancia, revolotean como sonriéndole a su benefactor; corretean como tratando de divertirlo; parlotean como intentando conversar con él. Todo el campo se vuelca amoroso en dádivas para sus hijos, pero sobre todo para uno... Aquél que no sólo ha esperado a que le llegue el fruto, sino que lo ha ayudado para que surja. Su hijo amado: el campesino.
DIEZ
Temprano se levanta, y aún antes de que el sol brote por el horizonte, el ya anda por ahí. Apenas los pálidos resplandores del alba se asoman, él abre los ojos y enérgicamente se pone en pie. Su cara despierta recibe, al asomarse a su siembra, la amorosa caricia de la mañana que bosteza. Apurado revisa su corral donde ya las vacas mugen y hace el recuento de sus logros. Y va rumbo al pozo por agua; o al estanque. Sus chivos y borregos también tienen sed y él, cuidadoso, como invadido de un peculiar amor, cuida lo ganado en arduas horas de vigilia. Y suspira con la alegría de un enamorado...
ONCE
Pronto se oye el alegre palmotear de las magnánimas mujeres que en la cocina han encendido el fogón, calentado el comal y están haciendo las tortillas. Saben de su labor de amor para quienes trabajan la tierra. Hierve la olla el agua lista para el café o el atole. Chirria el aceite que en la sartén recibe el zambullido de los huevos que se fríen. Se oye el alegre choque de platos y tazas que se acomodan sobre humildes mesas y el canto inmortal del molcajete que recibe el golpeteo cariñoso del tejolote. Apenas la aurora asoma su penacho de fuego y ya los campesinos se aprestan a la diaria faena. Niños, hombres y mujeres, con sus azadones, con sus mulas, con sus yuntas, y algunos con sus tractores, salen a sembrar o a recolectar los tesoros vegetales de la tierra.
DOCE
El sudor que corre como lluvia de amor por la frente o bajo el sombrero del campesinado, también contribuye con su rocío de sal a sembrar la tierra. Gota por gota que pacientemente derrama entre los surcos, un día se transforma en resplandecientes verdores. Allí brota la espiga; por acá el jilote; más allá el retoño; por aquí un botón. Y tras de su sonrisa sudorosa, viene la gratitud de los hombres y mujeres que después de largas horas, arduos días, prolongadas semanas, ven por fin nacer de la tierra que han trabajado, el brote de su esfuerzos. Y sonríen lúcidos, como padres satisfechos. Sin embargo, a veces lloran cuando por sequías o exceso de tormentas, pierden casi todo.
TRECE
No obstante, el campesino prosigue. Su voluntad no sucumbe y continúa la labor. Tras de la yunta o sobre un tractor, sus manos callosas de siglos hacen surgir, a pesar de contratiempos e injusticias, poemas de amor para el hambre. En ocasiones no saben siquiera si su esfuerzo será redituado abundantemente, mas la fe en su acción de cada minuto los colma de espe-ranzas. Manos nervudas que esparcen semillas; dedos fibrudos que manejan el machete; puños que envuelven como acariciando el fruto recién logrado. Allí va el campesino, controlando el fracaso en una lágrima o la risa triunfal de una abundante cosecha. Míralo y agradécele siempre las mieses con que se hace el pan, la tortilla, el pastel, el refrescante y nutritivo jugo. Agradécele siempre para que tu alma se agrande y tu mente resplandezca.
CATORCE
Agradécele, porque si por él no fuera, las fábricas de nada servirían; los laboratorios serían inútiles; los talleres sucumbirían entre sus herramientas y sus grasas. ¿De dónde saldrían las pastas para elaborar las sopas o los bocadillos, si no hubiera campesinos que cultivaran el trigo? ¿Y cómo obtendríamos los sabrosísimos guisos de aves o de vaca, si nadie se encargara de criarlas? ¿Y cuándo podríamos deleitarnos con las ricas ensaladas de frutas o de verduras? ¡Ni siquiera golosinas! Faltaría la miel que recolectan los apicultores y el azúcar de los cañeros.
QUINCE
La vida de las ciudades sería inútil si no fuera porque los campesinos la sostienen con sus cosechas. El esfuerzo de la gente del campo les inyecta su progresista existencia. ¿De dónde se obtendría la comida? Por eso es necesario poner mucho énfasis en lo que el campo vale. El campo, sin las ciudades, subsistiría; pero las ciudades sin el campo, terminarían por ser calles, plazas y edificios vacíos; como las ruinas abandonadas de arcaicas urbes que desaparecieron en los descuidos de la historia. Así ha sucedido siempre. Cuando los habitantes de las ciudades no hicieron más caso del campo, murieron de hambre y tuvieron que ser despobladas para regresar a la vida de la Naturaleza campesina. Piensa en Teotihuacan; piensa en Tula; piensa en Chichen Itzá, en Tikal o en Machu Pichu. Recuerda algunas viejas ciudades del Asia o de la antigua Europa que se petrificaron fantasmales. Apenas si los ecos de los vientos les dan resonancias de su pasada ingratitud.
DIECISEIS
Hoy estamos aún a tiempo para comprender que el abandono del campo y el deterioro de sus actividades en pos de las engañosas ventajas de las ciudades con sus talleres, sus fábricas y oficinas, es un error. La contaminación mortal que día con día nos invade, lo está advirtiendo. ¿Has visto cuantos pajarillos mueren inexplicablemente año tras año? ¿Cuántos peces flotan muertos en lagos, ríos y mares? ¿Y el clima que se está alterando? ¿Dónde han quedado los trinos, las transparencias de los manantiales, las eternas primaveras? Es necesario volver a amar el campo como desde siempre el ser humano lo había hecho. Cuidarlo, atenderlo, revalorar la importancia del trabajo campesino, es reiniciar un amor que se encuentra moribundo, tan moribundo como los irresponsables que en las ciudades viven sin darse cuenta del gran peligro creciente. Al final, los comodinos serán quienes más lo lamenten.
DIECISIETE
La ciudad apabulla y se convierte en una enorme carga para el campesinado. Mientras éste trabaja arduamente para el sostén de sí mismo y de las ciudades, en las ciudades parece haberse olvidado que ellas han sido erigidas con el fin de dar el alto refuerzo de la cultura y sus inventos, ciencia y técnica, a la vida del campo. Tú desayunas, comes y meriendas, mucho o poco, sin más problemas que la economía de tus padres o de tus familiares. Ignoras que atrás del taquito, del pastelillo, del antojito o de la torta, muchos humanos jóve-nes como tú, laboran desde muy temprano ayudando a sus padres en los sembradíos, a cuidar los borregos o las vacas, a regar las plantas o a desgranar las mazorcas. Son como pequeños empresarios de la más bella actividad de amor; la que no contamina; la que vuelve sano el cuerpo y la mente. La que permite seguir disfrutando de la vida.
DIECIOCHO
Y no es que la vida urbana sea despreciable, sino que sólo muy pocos saben vivirla. ¿Quienes? Aquellos humanos creativos que aprovechando las bases que el campesino les otorga, ponen a trabajar su talento, su inteligencia, su sensibilidad, sus informaciones, sus conocimientos para llegar a grandes descubrimientos que ayuden al campesinado a perfeccionar sus actividades, a mejorar las cosechas y a alcanzar un alto nivel en su productividad. Sin embargo, hay muchos, que como los zánganos, deambulan en las ciudades sin hacer nada creativo. Viven a costa del esfuerzo ajeno y todo lo degradan en destructividad. Son cual animales depredadores que no les importa nada más que sobrevivir a su cínica conveniencia. No saben que la rémora se acaba, cuando el tiburón sucumbe. Y pensar que ellos pudieron ser grandes campesinos, pero por causa de los engaños de la publicidad, pobres o ricos, creyeron que la ciudad era el paraíso de la pereza y se equivocaron. Sólo han logrado hacer con ella un aglomerado desierto de concreto, un páramo de envidias, calumnias, miserias y violencia. Un lago sin cisnes y sin águilas.
DIECINUEVE
La irresponsabilidad de algunos que viven en las ciudades y que nada hacen para perfeccionar la existencia campesina, de la que todos dependemos, es lo que derruye a las urbes. Todos quieren estar a fuerza en la ciudad, aunque lo que realicen en ella, sea humillante y miserable. ¡Y es que muchos se avergüenzan de ser campesinos, cuando en realidad constituye un orgullo al cual se puede siempre regresar! Quienes viven en las ciudades, tienen la obligación de encauzar todos sus estudios al mejoramiento del campesino. Tú mismo, tú misma, si lo decidieras, podrías ser con el tiempo un admirable campesino, una admirable campesina. ¡Qué paz fortalecida en esos anocheceres vegetales de cansancio fecundo que no te dejarían nunca caer en el hastío de la insatisfacción citadina!
VEINTE
Amar el campo, es así, tomar clara conciencia de la elevada misión de las ciudades como protectoras y perfeccionadoras del mismo. Es asumir la responsabilidad de velar con profundas investigaciones para que bosques y huertos, hortalizas y pastizales, aguas y ganado, rindan el máximo de beneficios al campesino que indudablemente redundará en el bienestar de quienes laboran creativamente en las urbes. Si se descuida el campo, si muere, la muerte de las ciudades no se podría impedir. Amar el campo es comprender los vínculos maravillosos de la sobrevivencia humana; es agradecer que de él brota la base para la grandeza cultural de la humanidad; es asegurar la conservación de nuestra especie y su transformación en las equilibradas sociedades de lo futuro. Amar el campo es prepararte en el estudio para realizar un agradecido intercambio de bienestares. Amar el campo, hijito mío, hijita mía, es elegir la alternativa de la salvación.
LIBRO VI AMAR LA CIUDAD
Aquí, en orden y concierto, se analiza cómo apreciar la vida urbana, y educarse para disfrutar de sus ventajas al saber aprovecharlas en beneficio de la humanidad.
UNO
Dentro del universo gigantesco, existen muchos pequeños universos que el ser humano ha creado, mejor dicho, construido. Son parte de sus orgullos, aunque con las dimensiones del cosmos, no obstante que para cada uno de nosotros sean enormes, resultan minúsculos. Obra de su ingenio y de sus esfuerzos, han causado admiración a quienes han tenido la oportunidad de visitarlos. Tú, inclusive, puede ser que vivas en unos de ellos. Tienen tantas sorpresas, tantos rincones cargados de historias, aventuras, tradiciones y leyendas que indudablemente has de asombrarte con ellos, pues en estos pequeños universos ha surgido la chispa inmortal del ingenio humano. Son universos, porque tienen todo lo que el ser humano puede necesitar para vivir. Y no sólo el hombre, sino también los animales y los vegetales. Por doquiera aparecen miles de variados objetos que como por arte de magia, maravillan con lo que pueden lograr: microscopios, telescopios, televisores, discos, videocaseteras, jeringas o rociadores de pinturas. Desde la semilla más extraña en el cajón de un herbolario misterioso hasta la mas exótica vestimenta en la casa de una afamada modista, puede hallarse en estas verdaderas reproducciones del universo. Alimentos, medicinas, vestuarios, utensilios, piedras preciosas, metales, joyas, peceras, todo, todo en tiendas enormes o modestas puede adquirirse. ¡Asombra su capacidad de arcón sin fondo o de cuerno de la abundancia!
DOS
Cuando paseas por esos pequeños universos te emociona el tránsito de sus calles, de sus avenidas, de sus calzadas, de sus bulevares. La velocidad intrépida con la cual los automóviles circulan por sus ejes viales, por sus viaductos, por sus circuitos, por sus autopistas periféricas, te causa un estremecimiento increíble que va de la alegría al susto. ¡Cuánto rugido en movimiento! ¡Qué de rechinidos y silbatazos! ¡Cómo vociferan algunos choferes! Y es que esos pequeños universos, hacia fines del siglo XX, parecerían haber sido vueltos a planificar, sin importarles la destrucción de tradiciones a su paso, para ser el reino de los auto-móviles. Así, a veces vas tú en un autobús o en un coche o en un tranvía, mirando por la ventanilla; curioseando todo lo que va apareciendo por las calles. Es un verdadero espectáculo que te divierte. ¡Tantas personas diversas vestidas de mil maneras! ¡Tantos aparadores luciendo sus luminosos letreros de ofertas y ventas! ¡Parecen museos vivientes! En estos pequeños universos se tienen tantas, pero tantas cosas por ver, que el tiempo transcurre veloz en ellos. No obstante, a veces parece que los invade el vacío.
TRES
Cuando la noche llega, tantas luces se encienden impetuosas en sus extensiones, que vista desde las alturas de un avión, o de un rascacielos, o de un cerro, semeja un lago infinito de luces, o un espejo del cielo estrellado. Faroles, focos multicolores fijos o movibles, reflectores, lámparas, anuncios luminosos gigantescos le dan tanta luz que más parece día que horas nocturnas. Enormes marquesinas titilan cegadores repertorios de diversión y en miles de rincones se labran desdichas o alegrías. En algunas plazas y calles, la gente pasea, conversa, escucha música, canta o baila. En muchas casas, a pesar de contratiempos, la gente disfruta de charlas familiares o se dispone a descansar. Saben que cuando amanezca, los pequeños universos les exigirán el sostén cotidiano para su perduración. Mientras, estatuas y monumentos fastuosos permanecen gélidos en su homenaje de vida a tantos seres heroicamente muertos para consolidar la ilusión de una patria eterna.
CUATRO
Esos pequeños universos, apenas esbozados, son las ciudades. Existen tantas en el mundo. Fascinantes y misteriosas algunas cargan famas de siglos y se adornan con los despojos de sus conquistas. Se enriquecieron con el poder de humanos ambiciosos que creyeron ser eternos y casi todas empobrecieron por la guerras y las corrupciones. Hubo un tiempo en que eran tan pequeñas, tiernamente diminutas como un diorama, que la gente les llamaba pueblos y todos sus habitantes se conocían. Para bien o para mal siempre podían charlar familiarmente en el mercado, en la iglesia, en la plaza. Hoy, algunas ciudades han crecido tan tremebunda y descomunalmente que hasta su nombre se ha expandido. Se han vuelto megalópolis salvajemente inhumanas. Y han cambiado tanto, que a lo largo a lo alto; a lo ancho y hasta en lo profundo, late una existencia de arduo trabajo que intenta parecer vida. Seres silenciosos e incomunicados suelen deambular por ellas sin detenerse a compartir contemplaciones. En los barrios más apartados, en los rascacielos más lujosos, en los centro comerciales, en las estaciones del tren subterráneo, donde quiera, como en un hormiguero, la gente se aglomera para subsistir. Pocos son los que encuentran la recompensa justa a sus afanes. Muchos nada tienen. Algunos lo acaparan todo, como si quisieran ser algún día los más ricos del cementerio. Mas pesar de todo... y de todos, el ciclópeo mínimo universo de las urbes subsiste en la esperanza de los jóvenes humanos que lo restauren en su inicial utilidad. Cuando la ciudad duerme y el silencio se pasea por sus calles parece que sueña en ser la pálida y hermosa sombra de un museo. La oquedad de algún loco taconeo que se detiene, le hace sentir que acaso alguien se da el tiempo para admirar algún sobreviviente rincón de su pasado.
CINCO
¡Bella es la ciudad cuando por las mañanas despierta como desvelada! Un bostezo de amor flota por sus calles y los nacientes rayos del sol le acarician su cuerpo humedecido por el rocío de las máquinas barredoras. Apenas un rumor muy leve de automóviles, camiones y motocicletas, se deja oír como invadiendo sus mutismos noctámbulos recién abandonados. Luego, un ajetreo de puertas que se abren, de ventanas que se cierran, de cortinas que se levantan, de pasos que corren a las esquinas para tomar el transporte que ha de llevarlos a sus fábricas, a sus talleres a sus escuelas, a sus oficinas, extienden sus ruidos como carambolas de un billar mecánico. Poco a poco las aglomeraciones pujan sus esfuerzos de vencer vicisitudes y como un alud de colores se abren los ensueños cotidianos de sus habitantes. ¡Bella es la ciudad cuando despierta!
SEIS
Y por allá las fábricas aletean como gallos cantadores, sus silbatos matutinos. Las máquinas esperan que el reloj marque la hora en que cientos de manos obreras las echen a cumplir con su misión prevista. Y se mueve la palanca y se oprime el botón del encendido y se apresta la herramienta y los hornos inician sus fogatas. Un torrente de golpes férreos estremece los oídos y un torbellino de humos las gargantas y los ojos. La maquinaria bufa; las rótulas truenan; las poleas gimen. Tras los remolinos del fuego o el serpentario de cables, se cuecen los productos de la venta. En algunos de esos rincones de la industriosa ciudad se fabrican los objetos que después el campesino podrá tener para aligerar sus siembras: Que el fertilizante, que el tractor; que la pala, el irrigador o la cubeta.
SIETE
Y por otro lado, las oficinas se desperezan, tienen que hacer los trámites de envíos, elaborar documentaciones necesarias para algún negocio o registro, organizar campañas educativas o comerciales, elaborar planes de diversas acciones, revisar el orden de la ciudad, administrar y repartir obligaciones y derechos, guiar y vigilar. El tecleo de las computadoras se vuelve un monótono ronroneo; el murmullo de los papeles que se revisan, gritan su languidez y el golpeteo de sellos semejan gotas que caen violentas sobre el asfalto. El fax que anuncia su inminente presencia compite con el nervioso tic del correo electrónico. Tal vez menos productiva sea la burocracia, pero necesaria para llevar las cuentas de lo que hay en la ciudad, de lo que sale de ella, de lo que entra. Por eso viven de estadísticas.
OCHO
Sin embargo, no pienses que ha de ser siempre así. Si hoy las ves atiborradas de automóviles y de humo; de gente y de ruido, vendrá un tiempo en que las ciudades tendrán que cumplir la gran misión para la cual la humanidad inteligente y creadora las hizo. Un día, oh ciudades, sus fauces lobunas irradiarán la magia de su grandeza bienhechora. En un principio parecieron simples lugares de comercio; después prósperos sitios de banqueros; más tarde un exceso de talleres y de fa-bricas; y hoy, un angustiante nido de problemas.
NUEVE
A pesar de su existencia aparentemente gravosa para el campesino y para el trabajador, las ciudades se convirtieron en estrellas refulgentes de cultura. Grandes teatros se abrían para dar cabida a la inspiración de sensibles dramaturgos, declamadores, actores, músicos, bailarines, cantantes, mimos. Enormes galerías mostraban la sensibilidad de sus escultores, pintores, arquitectos, artesanos. Los museos lucían la huella creadora de muchos grandes hombres. Y las escuelas principiaron a dar la oportunidad a todos de introducirse en ese mundo de arte, de ciencia, de técnica y de filosofía. Al principio sólo unos cuantos, hoy todos los que desean, pueden estudiar, perfeccionarse y luchar por mejorar este mundo que vivimos. Sólo hace falta la voluntad de transformarse y transformar el medio.
DIEZ
Pero también desde antaño, cuando esos pequeños universos apenas nacían o transcurría apacible su crecimiento, ya sus laberintos de callejas, callejuelas y plazas, eran invadidos por caballos conducidos por arrogantes caballeros o borricos bonachones por simpáticos campesinos que llegaban desde el campo a vender sus productos de cultivo. Y en carretas o carretelas; en carruajes o carrozas, la gente se transportaba por ahí. Ya no sólo a pie eran los paseos por sus hermosos jardines y plazuelas; los empedrados o los adoquines sentían el vibrar de las ruedas que poco a poco el progreso les hacía sentir.
ONCE
En aquellos viejos tiempos, los pequeños universos eran un hermoso centro de reunión para los campesinos que traían sus legumbres, sus frutas, sus cosechas, sus animales y los ofrecían en venta. En el mercado se encontraba todo lo necesario para la ciudad y a la vez todo lo indispensable para el campo. Allí, el campo y los pequeños universos, se fusionaban para explicar la razón de su existencia. Mientras que los que vivían en los pequeños universos elaboraban ropa, muebles, cosas, entretenimientos, cultura, para los del campo; en éste se producía el sostén de aquellos. Y es que no todo el mundo podía realizar una sola actividad. El trabajo tenía que dividirse. Uno era el del campo y otro, el de la ciudad-universo.
DOCE
Así fue naciendo el tipo especial de trabajo que ha caracterizado a las ciudades. Era una labor muy distinta a la del campo. Mientras que allá se producía lo fundamental para la alimentación, en los pequeños universos de las ciudades se procuraba agruparse de acuerdo con determinados oficios que producían determinados objetos. Había calles y plazas en estas pequeñas ciudades, como aún suele haberlas, dedicadas a las zapaterías, a la costura o a la sastrería; algunas eran para los herreros o carpinteros; acá se hacían muebles; allá ropa; más acá curiosidades, adornos y joyas. Y había tanto que ver, tanto, que por eso eran, como aún lo son hoy, verdaderos universos
TRECE