Amar... sin importar el sexo

Chapter 3

Chapter 33,965 wordsPublic domain (Wikisource)

Si descuidas tu piel, tus manos o tus dedos, no podrás saber, cuando te bañas, si el agua se encuentra muy caliente o muy fría, o deliciosamente tibia. Ellos te avisan, son los mensajeros del sentido del tacto. Si mantienes sucia tu piel, podrás infectar-la. Te saldrán ronchas o manchas. La comezón te irritará tanto que te sentirás muy mal. Y si no lavas tus dedos, tus manos, pueden ser los conductores de esos pequeños seres que nos enferman y que se llaman microbios. Para amar nuestro cuerpo, hay que tener mucho tacto.

TRECE

¿Te imaginas como te sentirías si no pudieras ver o si fueras incapaz de oír o de leer? ¿Y si tus pies no te respondieran para caminar, saltar o correr? ¿Y si te fuera imposible mover tus brazos, tus manos o tus dedos? ¡Que terrible la parálisis; o la ceguera; o la sordera! Debes dar gracias a la vida porque tu cuerpo funciona bien. Por eso tienes que desarrollar la voluntad de cuidarlo y así, sin que sea egolatría, aprender a amarlo. Es una linda obligación. ¡Y una gran responsabilidad cuyo beneficiario primero serás tú!

CATORCE

¿Y has pensado en tu boca y en lo maravillosa que es? No solamente es el espacio donde vive el sentido del gusto. El que te permite saborearlo todo y darte cuenta de lo dulce o lo salado; de lo amargo o de lo simple; de lo agrio o de lo crudo. También a través de ella puedes comunicar tus emociones, tus pensamientos, tus senti-mientos. Por medio de ella puedes comer para mantenerte sano, fuerte, vivo y tomar líquidos que colmen tú sed o te curen de alguna enfermedad. En tu boca están también los dientes que te permiten masticar lo que comes, molerlo, remolerlo, cortarlo. Para eso están tus colmillos, tus muelas, tus incisivos. Todos de diferentes tamaños. Si no cuidas tus dientes no podrás disfrutar de una sabrosa pera o de una exquisita carne asada. ¡Qué gusto cuidar nuestra boca! Pregunta como les ha ido a quienes la han descuidado y la han dejado sin aseo. La respuesta asusta.

QUINCE

Continúa observando en el espejo el espléndido ser que es tu cuerpo. ¿Qué dirás de lo que existe dentro de ti? Más adentro de tu boca sigue todo un formidable aparato para aprovechar lo que comes: el aparato digestivo. Si comes cualquier cosa, sin cuidado, sucia o descompuesta, tu estómago puede enfermar. Y tendrás dolor en tu barriga; horrendos retortijones que suspenderán con su tormento tu respiración y acaso te hagan llorar. Poco a poco podrán ser invadido por la fiebre que alterará tu aliento y tus sueños. En cambio si eres cuidadoso en la selección de tus alimentos, lograrás que tu aparato digestivo te demuestre que él también te ama, como tú a él. Dale sabrosas frutas, verduras deliciosas, nutritivos jugos, ensaladas suculentas y cereales fortificantes. El pescado y los huevos te darán tantas proteínas que tu cuerpo se verá rozagante. También te agradecerá si le das pollo, carnes asadas y leche. Y agua en abundancia para que todo se diluya en tu organismo de manera eficaz.

DIECISEIS

Por allí dentro de tu cuerpo también andan otros señores aparatos, tan admirables que te permiten vivir para que tu hagas bellas cosas: cantar, bailar, recitar, leer, inventar, descubrir, investigar, crear. Está tu aparato respiratorio y tus pulmones. Tu sistema nervioso y tu cerebro. Ese fósforo blando que ilumina tu mente. Y por allí anda tu corazón como emperador de todo tu sistema circulatorio. Él hace que el precioso líquido llamado sangre pase por todo tu cuerpo y lo nutra para seguir viviendo. Si los cuidas, ellos te amarán tan desinteresadamente que te harán sentir espléndidos bríos para efectuar esas obligaciones que tienes como ser humano responsable y consciente de destino: perfeccionar el mundo donde se vive y contribuir poco a poco a su comprensión.

DIECISIETE

¡Y qué fuerte estarás! ¿Y cómo sentirás impulsos de correr, saltar, nadar! Tus brazos, tu torso, tus piernas te permitirán conocer ese mundo donde vives y al mismo tiempo ayudar a mejorarlo. Ejercitando tu cuerpo, estarás en posibilidades de resistir futuros esfuerzos en tu acción diaria: ya sea en el estudio o en el juego; en un trabajo o en una excursión. Y es que todo un sistema de músculos distribuidos hasta en los rincones menos imaginados de tu cuerpo, te darán la posibilidad de hacerlo.

DIECIOCHO

¡Qué músculos! Te dirán quienes admiren y comprendan tu tenacidad para ejercitarlo con el propósito de obtener la gran resistencia que requiere la activa vida diaria del trabajo y el estudio. Los músculos sostienen ese maravilloso mecanismo que es tu cuerpo. Le dan plasticidad, movimiento, elegancia, belleza, pero sobre todo, una protección espléndida para que tu cerebro trabaje creativamente a lo máximo, sin fatigarse por cualquier esfuerzo. Si ejercitas tus músculos, no sólo serás fuerte y sano, sino incansablemente creativo cuando se hallen en reposo. La sangre oxigenará mejor tu cerebro y podrás pensar mejor. Los más grandes sabios de la humanidad siempre ejercitaron su cuerpo, lo disciplinaron: corrieron, ascendieron montañas, caminaron. El célebre Pitágoras hizo de la gimnasia uno de los fundamentos de su vida. El razonar metódico y las musas, el arte, fueron los otros. Si el sabio Aristóteles hubiera hecho más ejercicio físico, más hubiera escrito.

DIECINUEVE

¡Pero cuidado! Todo en exageración es negativo. Si comes demasiado, engordarás y podrás tener malestares. Si te sobre ejercitas, te cansarás tanto, que sólo querrás estar durmiendo y tu mente no se desarrollará como quisiéramos. Por eso, saber equilibrar lo mejor para tu cuerpo, es saber amarlo y esto sólo tú puedes descubrirlo. ¡Aprende entonces a conocer las reacciones de tu cuerpo! Siente sus ritmos interiores. Escúchalo. Cuídalo. Disciplínalo, más no lo rin-das. Ámalo. Y hazle caso, pero que tampoco te haga trampa al confundir la pereza con el cansancio. Prográmalo. Así formarás parte de una fuerte y sana humanidad que con tales bases, podrá perfeccionar su mente, pues, ¿de qué sirve ser un costal de músculos, cuando la mente se encuentra vacía de saberes? Para controlar nuestra mente y dirigirla a la acción creadora, hay que aprender, por tanto, a controlar nuestro cuerpo y dirigirlo a la mejor de sus expresiones: la salud. Según tu salud, verás el mundo. Si te falta, te parecerá triste, deprimente. Si la posees, podrás enfrentarte a los obstáculos que la vida presenta y luchar para triunfar sobre ellos. Tu entusiasmo vencerá con el trabajo creador cualquier barrera.

VEINTE

Alguna vez has pensado: ¿De qué sirve tener mucho dinero y toda la riqueza del mundo, si siempre se está enfermo? Tus tesoros no te alcanzarán para aliviarte. ¿Y para qué ser el más poderoso rey de todo el universo, si siempre te hallas víctima de alguna enfermedad? Por más órdenes que des, no te alcanzarán para aliviarte. ¿Y qué caso tendrá que te amen todas las personas, si te encuentras sin salud? Por más caricias y mimos que te den, tan sólo serán consuelos a tu malestar. Por eso, aunque sin dinero, sin fama, sin poder o sin amores, si está sano nuestro cuerpo, podemos tenerlo todo, incluso el amor y el saber. Amar tu cuerpo, cuidarlo, habrás comprendido, es también amar a la humanidad.

LIBRO IV AMAR LA HUMANIDAD

Aquí, en orden y concierto, se habla de la trascendencia de los seres humanos en el perfeccionamiento del Universo.

UNO

Hay muchos como tú, en todo el mundo. No hay un solo lugar sobre la tierra donde no existan niños, niñas o adolescentes. Por todos los paisajes, por todos los países, sus claras voces cantarinas o sus gritos de torrente cristalino ondean como banderolas agitadas por el viento. Y tal cual tú juegas, ellos se divierten también; tal vez a su manera, pero igual que tú tienen juguetes o los inventan, los crean. Quizás unas piedrecitas los entretienen, o escarban las arenas para hacer cuevas o carreteras. Con unas cajas de cartón inventan ciuda-des o escondites y probablemente con un palo de escoba o una simple madera, o un trapo común, hacen las cosas que a veces haces tú. Y como tú sonríen ante la sorpresa de sus descubrimientos o de sus creaciones.

DOS

Algunos humanos tienen la piel morena; otros tienen la piel negra; muchos la poseen cobriza o blanca, pero todos son humanos, como tú. Algunos tienen el cabello café, otros rubio, muchos negro y también del color de la zanahoria, pero todos son como tú. Algunos lucen enchinado su pelo, otros lacio u ondulado; hay quienes lo tienen muy escaso y otros abundante, pero todos son como tú. Hay algunos altos y espigados, como jóvenes pinos; hay otros bajitos y regordetes, como lindos honguitos. Existen también de término medio, pero todos son humanos como tú.

TRES

Y los rostros de los jóvenes humanos como tú, son semejantes. Poseen lindos ojos para admirarse de los seres y cosas que nos rodean, aunque algunos sean azules como el cielo, otros cafés, como los troncos de los árboles o negros como el petróleo o verdes como el jade y hasta de color violeta. Su nariz les sirve para guiarse a través de los olores como a todos. Aunque algunos la tienen en forma respingada, o aguileña o chatita o recta. Y sus labios, como los tuyos, ocultan unos dientes graciosos que los ayudan a comer frutas, cereales o carne. Y no importa si son los labios y dientes grandes, menuditos, delgados o gruesos. Forman la boca con que hablan y ríen los humanos, como tú.

CUATRO

Todos los humanos jóvenes del mundo, como tú, son bellos. Representan la esperanza de los que somos adultos. Y lo máximo de su belleza está en su mente. Un día ustedes serán los que dirijan el mundo desde cualquier rincón del planeta. Para entonces, desearíamos que hicieran cosas mejores de las que hoy hemos hecho. Por eso tienen que conocer el mundo en todos sus panoramas y prepararse para comprenderlo. Aprendiendo, estudiando, pensando, creando, llegaran a sentir lo más esplendoroso que nuestro ser puede concebir: el amor por la Naturaleza, el amor por el saber, el amor por hacer el bien a quienes nos necesiten. Todos los humanos jóvenes como tú, formarán la nueva humanidad.

CINCO

Sí... Tú y cada humano joven, constituyen la semilla de la humanidad. Si no fuera por ustedes, porque nacen, porque crecen, la humanidad sucumbiría, moriría, se acabaría. Ustedes los humanos jóvenes, los niños, las niñas, los adolescentes, las adolescente, son nuestros rostros en la tierra, nuestros retoñitos, los más grandiosos hijitos de la creación. Son trozos de nuestro corazón, pedacitos de nuestra carne, rayos de nuestra mente. Son nuestras florecitas, nuestros conejitos, nuestros pajarillos, nuestra luna, nuestras estrellitas, nuestro sol. Son nuestros jardines, nuestros bosques, nuestras siembras, nuestras milpas. Tú y cada humano joven son el punto de arranque para perfeccionar el gran todo llamado HUMANIDAD.

SEIS

Perfeccionar nuestra humanidad es amarla con devoción a través de nuestro convencido esfuerzo. Si tú intentas que un perrito, o un caballo o un gatito, cambie para superarse, verás que no pasarán de ser simples animalitos amaestrados. No harán más. Nunca te responderán con sus palabras; no hablan. Nunca te responderán con sus obras musicales; no crean. Nunca te responderán con sus inventos; no hacen ciencia ni técnica. En cambio tú, tú si puedes hablar, cantar, transformar el mundo. Sólo tienes que prepararte para ello y estarás amando a la humanidad de la que eres parte vital.

SIETE

Tú solo piensas en jugar, aunque has de saber que jugando, aprendes; jugando inicias el camino de tu perfección. Tus juegos son una manera de poner en acción esa energía creadora que llevas como herencia humana. Esa energía que ha hecho que los seres humanos inventen tantas cosas; hayan elaborado ciencias, hayan descubierto técnicas; hayan creado libros que nos introducen en el universo de los conocimientos, de los pensamientos, de las emociones, de los sentimientos. Cada vez que juegas, te preparas; pones a trabajar, sin darte cuenta, tu imaginación, tu fantasía, tu memoria, tu inteligencia. Eres todo un naciente humano.

OCHO

Mientras más juegas, más satisfecho te sientes. A veces lo haces solo, y aunque no tengas juguetes, los inventas. Cualquier cosa es buena para jugar. Pero cuando más feliz eres, es cuando encuentras con quienes compartir, confrontar, resolver, las alegrías encantadas de tus correteos, de tus escondites, de tus juegos. Cuando hay otros que como tú desean manifestar la fascinante emoción de divertirse, las horas pasan sin darte cuenta. Y es que siempre existe una identificación entre seres humanos para obtener bienestar común. Estás con amigos.

NUEVE

Amar la humanidad comienza con la amistad. Amar a la humanidad nos conduce por la amistad. Amar a la humanidad concluye con el nacimiento de nuevos amigos. Tú y los humanos jóvenes de todo el mundo deben aprender a ser amigos. Y ser amigo es ser como uno solo, como un gran lazo que nos ata en bien de todos, como los dedos de las manos que se ponen en acción para labrar, para esculpir, para modelar, para trabajar, para pintar, para escribir, para crear. Hacer amigos es amar a la humanidad.

DIEZ

Un amigo es un tesoro que debemos saber siempre conservar. Si ahora no lo tienes, procura encontrarlo y con voluntad, esfuerzo, consideración, aprender a serlo. Ser amigo es comprender a quienes te rodean. Darles tu apoyo en lo que puedas y estimularlos para que superen sus problemas. Cuando tú los requieras, ellos harán lo mismo por ti, no lo dudes. Si te abandonan, tú sigue ayudándoles. Un día recapacitarán. Ser amigo es fomentar una enorme y total cadena de amigos que se unan creativamente en bien de la humanidad. Saber ser amigo es también amar a la humanidad. Por breve tiempo estamos prestados unos a otros, decían en sus poemas nuestros reverendos abuelos. Por eso gozad de la amistad que es la gran hermandad de los humanos.

ONCE

Si se destruye la amistad, si se rompen los brazos que nos unen a aquellos con quienes hemos pasado momentos maravillosos de charlas o de diversión, se ponen los cimientos a la indiferencia o al odio. Si tú peleas con un amigo y no eres capaz de comprenderlo y perdonarlo, no amas a la humanidad. Si alguien te pelea y aquél no es capaz de comprenderte y perdonarte, tampoco él ama a la humanidad. Acaso nadie le ha dicho que negociando los significados de nuestras acciones podemos llegar a un mejor entendimiento. Superando el odio, el rencor, la indiferencia, se ponen los cimientos de un gran edificio: una humanidad libre de pequeñeces que impidan su perfeccionamiento, porque la dividen.

DOCE

El rencor, el odio, el resentimiento abren la puerta para que entre a nuestro hogar la guerra. Si algún irresponsable animal humano te hace daño y siembra en ti la inquietud de la venganza, se pone la base de la guerra. Si en desquite, tú vas y lo agredes también, te conviertes en otro animal humano, que provoca más sed de venganza y aumenta los mo-tivos de la guerra. Así ha sucedido entre los niños, entre los hombres, entre los pueblos. Por insignificancias, la guerra ha impedido que la humanidad llegue a un perfeccionamiento mayor.

TRECE

Hoy se dice que la guerra con el hombre ha de acabar y que un día, triste día, puede ser que sólo exista pesadumbre, desolación y vacío. Con frecuencia el hombre se destruye sin pensar en la bondad. No le importan los valores que, en cada niño que nace, pueden dejar de crecer. La guerra es odio a la humanidad y aceptarla es prepararte para que sufras, padezcas, sangres y nunca más existan jóvenes humanos como tú.

CATORCE

¡Claro! Has de decir que no es bueno agachar la cabeza y poner la otra mejilla. Y tienes razón. Pero así como no te pones a morder al perro que te ha dado un mordisco, tu comportamiento ha de ser a la altura del humano culto y no del animal humano. La bestia se enfurece y ataca a la otra bestia, sin control, hasta el exterminio. Tú, recuérdalo, amando a la humanidad, superarás con dignidad, inteligencia, sensibilidad y trabajo creador los ladridos y rebuznos del zoológico humano.

QUINCE

Y por supuesto que no siempre se está de acuerdo con lo que dicen y hacen los demás. Pero podemos usar nuestra inteligencia, nuestro talento, y llegar a la comprensión de quienes realizan hechos que nosotros no haríamos. Cada quien tiene sus razones para comportarse en determinada manera y tal vez, incluso, nuestro comportamiento les parecerá inadecuado a otros. Sin embargo, tan diversos modos de pensar, rompen la unidad del ser humano. Si cada quien hace lo que le venga en gana, el estancamiento de la humanidad se habrá convertido en grave.

DIECISEIS

¿Y cómo hacer qué todos se convenzan en realizar acciones solidarias para el beneficio de todos, sin pensar en las voces del animal humano? ¿Cómo lograr qué el egoísmo, la ambición desmedida, el afán de poder y la vanidad, se dominen en pos de la mayor felicidad colectiva? ¡He aquí el verdadero problema! Mas contigo va a principiar su resolución. Tú, que hoy eres joven humano, niño, niña, adolescente, has de ir perfeccionando una nueva visión del universo. Amando la humanidad la irás descubriendo. Más allá del yo, debe estar cercano el nosotros.

DIECISIETE

Sin embargo todos podemos estar de acuerdo en que lo que sea creativo y en beneficio de todos, naturaleza, cultura, y humanidad, debe ser aceptado e impulsado su desarrollo. Los caprichos particulares no deben ser tomados en cuenta, si no están inspirados en los objetivos comunes del perfeccionamiento humano. Si no se impulsa el arte, la ciencia, la técnica, la filosofía... Si no se impulsa el amor a la naturaleza, a nuestro cuerpo y a la humanidad... Si no se satisfacen las necesidades básicas y elevadas de la vida, debe evitarse que proliferen los individualismos egoístas.

DIECIOCHO

Amar a la humanidad es comenzar a amarte a ti mismo. Cuídate, ama tu cuerpo, aliméntalo, ejercítalo, aséalo. Amar la humanidad es principiar contigo la búsqueda de perfección. Perfeccionar tus sentidos, tú memoria, tus conocimientos. Perfecciona tu fuerza de voluntad, tu inteligencia y tu gran capacidad creadora. Perfecciona tu habilidad para relacionarte con los demás, con tus padres, con tus hermanos, con tus amigos, con tus maestros, con los hombres y mujeres que pueblan nuestras ciudades y nuestros campos Amar la humanidad principia contigo Ámate para que puedas amar. Dótate con los altos valores de la humanidad, lo bello, lo bueno, lo veraz, lo justo, y desenvuélvelos junto con quienes te rodean. El beneficio colectivo constituirá el triunfo de todos.

DIECINUEVE

Amar la humanidad es dar apoyo y confianza a quienes se sienten inseguros. Amar la humanidad es pregonar con el ejemplo lo que predicas. Amar la humanidad es sentir el íntimo goce del triunfo al que tú has contribuido, sin escándalo, sin presunción, sin aspaviento. Amar la humanidad es ver que el progreso se equilibra y no se efectúa en perjuicio de unos para el beneficio de algunos cuantos. Amar la humanidad es amar el trabajo creador, el trabajo que transforma a la sociedad en otra mejor, más preparada, más justa, más sana, más unida para superar los errores cometidos. Amar la humanidad es meditar, pensar en nuestras fallas, corregirlas y perfeccionarnos. Amar la humanidad es incrementar nuestras virtudes, comprender nuestras incapacidades y maravillarnos de lo que podemos hacer día tras día en bien de lo humano.

VEINTE

Amar la humanidad es aprender a compartir y repartir aquello que tal vez se nos pueda dar en abundancia a nosotros. Amar la humanidad es nunca olvidar el esfuerzo de tantos seres humanos cultos que han existido en la tierra y que nos han dejado sus creaciones en el arte, en la ciencia, en la técnica, en el pensamiento. Amar la humanidad es saber desarrollar tus habilidades intelectivas, sensibles y físicas con el propósito de estar en el sitio adecuado pa-ra utilizarlas en beneficio de los más desvalidos. Amar la humanidad es luchar por convertir a los débiles en fuertes de mente y de cuerpo. Amar la humanidad es amar la verdad, el bien, la belleza y manifestarlas creadoramente en actos y objetos concretos para la colectividad donde vivas. Amar la humanidad es amar la solidaridad, la voluntad y la inteligencia. Amar la humanidad es contribuir a su perfeccionamiento responsable, libre y creativo.

LIBRO V AMAR EL CAMPO

Aquí, en orden y concierto, se aclara el valor de la vida campesina en la existencia humana.

UNO

La vida en el campo es una bella e incesante aventura. Nuestros ojos se asombran y nuestros corazones se alborozan ante los constantes descubrimientos que por allí podemos encontrar. Correteando entre los árboles de pronto nos podemos encontrar con una ardilla que corre tan veloz como nosotros; o con un lindo pajarillo que revolotea sus brillantes plumajes casi frente a nuestro rostro. Acaso al explorar el charco cercano, o el riachuelo próximo, o el estanque, o el lago, nos entusiasmemos por la rana que saltó del lodo o por los pececillos que se agitan entre las paredes de cristal que forman su casa. Tal vez en el corral o en la era, el campo nos sorprenda con la maravilla de sus regalos: las torres de maíz, los valles de trigo, las montañas de fruta o el escándalo presumido de las gallinas que pregonan la postura de su huevo.

DOS

El campo es un haz de prodigios... Hasta en las épocas de mayor resequedad, como un gigante empolvado pero libre de egoísmo, nos da muestras de su benevolencia. Ora nos ofrece hojarasca y leña para calentarnos un poco del frío invernal; ora nos regala tejocotes que penden de sus enflaquecidos árboles. Acá nos hace saborear entre las arenas de su sequía, el rojo jugo de los corazones del nopal, las tunas, y con su frescura saciar la sed de nuestras largas caminatas por esas llanuras aparentemente sin vida. ¡Milagro florido de la tuna roja que al descascararla parece la sangre que nos da vida y nos redime! El campo es un haz de prodigios.

TRES

Pero también tiene el campo sus sorpresas terríficas. Susto que llevamos cuando de improviso escuchamos la fiesta maraquera de una serpiente de cascabel. O cuando entre las piedras que descuidadamente cogemos para lanzarlas tan lejos como podamos, descubrimos nidos de alacranes que levantan su picuda cola furiosos ante la luz. O también cuando en sus noches oscurísimas se escucha el rugido de los ocelotes o el chillar de los murciélagos o el triste lamentar de los coyotes que por enamorados no pueden dormir. Tampoco hay que olvidar esos otros momentos cuando los mosquitos zumban y zumban y nos dejan, además de desvelados, llenos de tremendas ronchas que nos desesperan con sus comezones. Sin embargo, aun estos peligros naturales tienen su encanto. No es que sean malos, sólo responden a sus instintos; a sus pulsiones orgá-nicas. Uno sólo debe ser precavido con ellos.

CUATRO

Por eso hay que reflexionar cuando en el mercado, en el súper o en el tianguis, contemplamos fascinados y llenos de deleite los puestos donde se desparraman las frutas, las verduras, las flores. Cuantos peligrosos quizá, tuvieron que verse para que ahora, allí, a nuestro alcance, con suma sencillez, uno compre todo aquello sin mayor dificultad. Y es que a veces los que viven en las ciudades han perdido la total noción de los tremendos esfuerzos que ha costado el abastecerlas para la diaria alimentación. Tú miras las manzanas, pero olvidas el peligro de las serpientes; tú saboreas las tunas, pero no te percatas de los alacranes vencidos; tú comes la sabrosa barbacoa, pero ignoras los ataques de los coyotes. Piensa entonces si no vale la pena cuidar y proteger el campo. Amarlo. Y sobre todo, a quienes lo cultivan.

CINCO