Amar es vencer

Chapter 9

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--La juventud atrae a la juventud... No digo yo que, en mis tiempos... En fin, esos tiempos han pasado, bien lo sabe usted, aunque su buena educación le impida decirlo... A la edad de usted, una persona de... de...--Buscaba un número de años verosímil, y no encontrándolo a su gusto, acabó de este modo:--una mujer de mi edad me parecía un ser antidiluviano... enteramente inútil en este mundo... Después, las ideas se ensanchan... Yo hago justicia los encantos de la juventud, aunque prefiero un poco más de seriedad y de madurez... No olvide usted decir a su padre que cuento con él para comer. Usted lo acompañará necesariamente.

Cuando me retiraba, me volvió a llamar:

--- No tema usted por Luciana; no le diré nada desagradable, aunque retiraré mi cabeza de entre sus manos crueles. Hasta muy pronto, hija mía.

En el jardín seguía el señor Lautrec afilando lápices a Luciana, que ya no dibujaba.

La de Grevillois, en la ventana, clavaba asiduamente la aguja en el cañamazo.

Las avispas zumbaban en los espliegos y el sol reía en mi corazón; era feliz y pensaba cómo se aclara el porvenir y cómo se despeja y se allana ante mí la vida, todo esto porque sé que no disgusto a Máximo.

¿No es curioso, señor cura, el ver qué poca cosa nos transforma y transforma con nosotros todo lo que nos rodea?

Pasé por detrás del banco en que estaban hablando Luciana y Gerardo, y como me ocultaban los arbustos, no sospecharon que estaba yo tan cerca ni que sus palabras, escasas y lentas, llegaban hasta mí.

Luciana decía:

--Yo no tengo confianza.

Y él respondió:

--Sin embargo, pruebe usted...

Las palabras eran insignificantes, pero la entonación era tan íntima, tan penetrante y tan dulce, que temí ser indiscreta y me escapé de allí.

Y en mi precipitación por poco dejo caer al Marqués de Oreve, que se estaba paseando con un librote debajo del brazo y aspecto de preocupación.

--Figúrese usted--me dijo poniéndome una mano en el hombro para contener mi impulso--que no puedo encontrar el vínculo de parentesco entre los Olmutz y los La Fribourgére...

--¿Desea usted saberlo?

--Ciertamente... Pero es humillante preguntar a esa gente, porque parece que ignora uno la gramática. Los La Fribourgére son nobleza de toga, y de toga muy corta... Mientras que los Olmutz, ¡diablo! esos son otra cosa; nobleza de espada. Su casa remonta al siglo XII, tachada solamente por un matrimonio desigual a mediados del XIV.

Evidentemente--dije con convicción;--un parentesco así es honroso.

Y después de excusarme diciendo que mi padre me esperaba, separé vivamente el hombro de su larga y blanca mano y me eché a correr.

Es tan corta la distancia entre la «Villa del Lys» y la nuestra, que mi padre me permite ir y venir sin escolta, y yo no abuso, se lo aseguro a usted, señor cura.

Aquel día, sin embargo, hubiera querido dar un rodeo para saborear mi contento, pero esos excesos no están en el programa e invité a mi alegría a no salirse del camino recto.

¿Y sabe usted, señor cura, por qué estaba yo tan alegre?... Porque Máximo de Cosmes ha dicho que soy bonita... ¡Qué horrible vanidad!

Y por mucho que trato de ruborizarme de vergüenza, la verdad es que estoy contenta.

¡Impenitencia final!

Elena al Padre Jalavieux.

Tiene usted mucha razón, mi buen señor cura, y su sermón ha venido muy a propósito para poner un poco de aplomo en mi cabeza y un poco de prudencia en mi corazón.

«No basta ser bonita, me dice usted, para ser amada; los hombres tratan de encontrar cualidades más sólidas y de un orden más elevado en la que será la madre de sus hijos... Y, después, nada prueba que el corazón de don Máximo esté libre.»

Es verdad; jamás me he preguntado si el corazón de Máximo está libre.

Siempre me parece que también los demás empiezan su vida, que sus ojos se han abierto al mismo tiempo que los míos y que en ellos, como en mí, todo el pasado es una página en blanco.

Máximo, sin embargo, no es joven. ¡Veintinueve años; casi treinta! Es más que probable que no haya esperado a conocerme para fijar su corazón.

Y aquí me tiene usted desazonada de mis ilusiones. Era muy dulce el pensamiento de pasar mi vida entre mi padre y él. ¡Son tan buenos los dos y se entienden tan bien para mimarme!... Casi no hay día en que Máximo no me envíe o me traiga algunas pruebas de su recuerdo: un libro, un dibujo de bordado, un ramo de violetas... pequeñeces, pero afectuosamente ofrecidas.

No tengo experiencia, pero dudo que un novio pudiera ser más amable.

¡Sus maneras conmigo son tan graves y tan dulces, y me agradan tanto!... Hay, sin embargo, una especie de violencia, casi de frialdad, que se interpone a veces entre él y yo y parece helar en sus labios las palabras cariñosas. Y ya esto, aun antes de la advertencia de usted, señor cura, me había dado qué pensar.

Hace unos días, me dolía la cabeza después de un largo paseo al sol, y no quise comer. Mi padre se alarmó y dijo que iba a llamar al médico, pero le supliqué que no lo hiciese, segura de que aquella simple jaqueca no resistiría a una noche de sueño. Así estaba convenido cuando llegó Máximo. En cuanto me vio echada en el sofá de la sala, su cara se alteró y, en voz conmovida, reprobó a mi padre el haber cedido a mi capricho no llamando a Muret. Quise protestar, y me dijo bruscamente: «No crea usted que vamos a consultar sus antojos cuando se trata de su vida...» Dio media vuelta y, sin querer fiarse de nadie, corrió él mismo a telegrafiar al doctor, que no tardó en venir y se rió de nosotros.

--Mi padre y Máximo tienen la culpa de que se haya usted molestado--le dije.--De este modo, cuando otra vez le llamen a usted, no vendrá.

--Vendré lo mismo; pero me tomaré tiempo para comer.

Mi padre se lo llevó en seguida e hizo que le sirvieran una cena.

Me quedé sola, cerré los ojos para que descansase mi dolorida cabeza, y me quedé dormida. Cuando desperté era de noche, y por la ventana abierta oía la voz de mi padre en el jardín y el ruido de sus pasos algo pesados sobre la arena. No sé qué ligero ruido, un suspiro acaso, me hizo volver la cabeza, y, en la obscuridad, adiviné, más que vi, a Máximo a mi lado.

Cuando vio que estaba despierta, me apoyó dulcemente la mano en la frente y me dijo:

--¿Le duele a usted aún?

--Casi nada; pero ¿por qué está usted ahí en la obscuridad, en vez de pasearse con mi padre y el médico?

--¿La contrarío a usted?

--Siento que no goce usted de esta hermosa noche.

--El tiempo me ha resultado agradable de este modo.

--¿Ha dormido usted también?

--No... He estado repasando mis recuerdos. Me acordaba de nuestro viaje; cuando la traje a usted de Quimper a París. Estaba usted dormida y gruesas lágrimas permanecían inmóviles en sus mejillas, mientras grandes suspiros espasmódicos la agitaban de vez en cuando, como los de una niña castigada. ¡Era usted tan débil y tan pequeña! Y yo sentía que no lo fuera usted más... un nene al que hubiera podido acunar en mis rodillas para consolarlo.

--Y me cubrió usted con su manta; no lo he olvidado... ¡Qué bueno fue usted! Es verdad que lo es usted siempre...

En seguida cambió de tono y me dijo con una especie de dureza:

--Todo aquello pasó. Ha crecido usted, se ha hecho una guapa joven y ya no siento deseo alguno de hacer de nodriza.

Se levantó y cerró la ventana, por creer que la noche estaba fresca.

Y se marchó.

Pienso algunas veces si estará enamorado de Luciana, tan bella y tan inteligente. Sin embargo, más bien parece que se evitan.

Pero queda lo desconocido, tan tenebroso, tan inmenso, tan lleno de misterios...

Máximo a su hermano.

20 de octubre.

También esta vez tengo que excusarme por mi lentitud en escribirte; pero tenía una repugnancia inconcebible a la pluma, al papel, a mis ideas, a mis sentimientos, a todo, hasta a Luciana... Sí, Luciana, mi Luciana me resultaba una carga, un dolor, un despecho constante.

Estaba celoso, y la he ofendido gravemente, como un estúpido. Ella se irritó y hemos estado enfadados una semana entera, con motivo de ese Gerardo, que la corteja sin ocultarse. Encontraba yo que ella aceptaba y hasta buscaba imprudentemente sus galanteos y que se comprometía.

Hícele la observación y ella la tomó con altanería e impaciencia. La acusé de ser una coqueta y de hacer doble juego, y ella se indignó, por lo que cambiamos palabras crueles.

--Sospechas, reproches, escenas violentas; ¿es así como comprende usted el amor?--me preguntó.--Si piensa usted ser un marido escamón y tiránico, es tiempo aún de decirlo.

--Y si usted ha de ser una mujer inconsiderada y ligera, que da lo mejor de sí misma al primero que se presenta...

Luciana me interrumpió con violencia:

--¿Qué he dado yo al señor Lautrec más que atención trivial y política que tiene toda mujer para el hombre que se ocupa de ella? ¿Qué me reprocha usted, fuera de una inofensiva charla? ¿Tendré que volverme imbécil y huraña para complacerlo a usted? Si así es, no soy la mujer que le conviene.

--Mucho lo temo.

--¿Quiere usted un rompimiento?--exclamó deteniéndose de repente y mirándome a la cara, pues íbamos juntos por los paseos del bosque, delante del grupo de nuestros amigos, que no podían oírnos.

Mi corazón flaqueó y no pude soportar el desafío de su mirada ni el brillo de su belleza.

--¡Un rompimiento!--dije con emoción.--¿Cómo ha podido tal palabra encontrar el camino de esos labios?... Demasiado sabe usted que la amo.

--Empiezo a dudarlo.

Luciana volvió a echar a andar a mi lado, pero sus miradas siguieron irritadas y duras.

--No--respondí,--no lo duda usted. Conoce usted su poder y abusa de él... Sabe muy bien que no puedo luchar y que nunca la he amado más que hoy.

Tenía yo una singular necesidad de afirmar mi amor, tanto para mí mismo como para ella. Era aquello como una especie de exorcismo contra los malos pensamientos, las cóleras y los rencores que me torturaban hacía algún tiempo.

Luciana me escuchaba muy grave y como ensimismada en sus pensamientos, dudando si creer en mis protestas, o acaso interrogándose a sí misma, no lo sé.

Por fin dijo en tono más dulce:

--Si duda usted de mí, confiéselo francamente, Máximo. La lealtad es el primer deber del amor.

--Tiene usted razón. Y si, de igual modo, siente usted alguna vez el habérseme prometido, tenga la sinceridad de decírmelo. Se puede perdonar todo, menos el ser engañado.

--Le prometo a usted ser sincera. Y, ahora, no nos querellemos más. Hay que perdonarme que me gusten los elogios y que sea sensible a las dulces palabras. Es un defecto común a todas las mujeres.

Habíamos llegado al sitio habitual de separarnos y me fui con Lacante y con su hija.

A pesar de haber hecho las paces con Luciana, no estaba contento. La había encontrado dura en su defensa y fría en sus promesas. Ella, por su parte, conservaba un secreto descontento. Y este estado de lucha sorda ha durado una semana, durante la cual no ha cambiado su actitud con Gerardo.

Lautrec no habla ya de viajar o parece aplazar, para una época indeterminada, su expedición al Asia Central.

Había yo creído observar que Luciana le escuchaba por una especie de bravata, y yo, por orgullo, fingía indiferencia y trataba de parecer alegre y satisfecho. Tomaba parte con animación en la conversación general e iba de cuando en cuando a buscar un poco de reposo al lado de Elena, que es verdaderamente una deliciosa criatura, sencilla y tierna. Si ésta da alguna vez su corazón, no será mujer de quitarlo.

Esta alma tranquila me ha salvado de la desesperación durante la semana maldita, en la que Luciana parecía desprenderse de mí y durante la cual me sentí profundamente sepultado en la fría sombra de los amores difuntos. La influencia pacificadora de Elena producía en mí, más cada día, su benéfico efecto.

A la violencia sublevada de mis ilusiones sucedía una especie de triste resignación que embotaba y como insensibilizaba mi sufrimiento. Algunas veces, mientras tanto había visto pesar sobre mí la mirada de Luciana sin que expresase ni despecho ni pena, y sí, solamente, una especie de extrañeza. Mi falso contento no la conmovía; sonreía de buena gana si alguna frase mía le daba ocasión y me observaba con una especie de ironía cuando yo permanecía mucho tiempo al lado de Elena.

Y aquella indiferencia me parecía una prueba de la disminución de su amor.

Mi asombro, pues, fue grande cuando ayer, en el momento en que me disponía a acompañar a Lacante y a su hija, la vi acercarse a mí y decirme muy bajo, poniéndome la mano en el brazo:

--Déjelos usted marcharse solos, una vez, por casualidad. ¿No he de tener yo nunca el favor de una conversación íntima? Reclamo mi parte del ingenio y de la amabilidad de usted. Sentémonos en este banco, si le parece.

--¿Qué va a ser de Lautrec?--pregunté amargamente.

--Se consolará con la Marquesa, como la niña de Lacante con su padre.

Y me señaló a la Marquesa y a Lautrec engolfados en una conversación muy animada, mientras el Marqués de Oreve se paseaba por el terrado con Kisseler.

Eché una mirada de pesar a Elena, que se alejaba, después de haber vuelto la cabeza dos o tres veces para ver si yo la seguía. No sé si Luciana lo echó de ver.

--No es pedir a usted mucho--me dijo.--Siéntese... a mi lado... unos minutos.

--¡Al lado de usted!--exclamé con una admiración irónica.--En verdad, me colma usted de bondades... ¿Qué pasa, pues?

Pero había ya cedido a la atracción de sus hermosos ojos y sentádome a su lado.

Durante un rato estuvimos callados.

--Hable usted--me dijo por fin.--Cuénteme sus malos pensamientos contra esta pobre Luciana.

--¿Para qué? Le importan a usted tan poco...

--Si me importaran poco no estaría aquí ahora esperando la inevitable reprimenda. Tóqueme usted la mano... está temblando.

Tenía la mano helada y la guardé en la mía, aunque sin tierna presión.

--¿Por qué toma usted a juego el torturarme--le pregunté,--sabiendo que su complacencia en tolerar la actitud comprometedora de Lautrec es injuriosa y cruel para mí?

--Sea usted justo--exclamó.--Lautrec hace a mi lado lo mismo que usted con la niña de Lacante... Mi coquetería no es más criminal que la de usted.

--No hay nada entre Elena y yo; nada que no sea natural y legítimo entre un hermano mayor y su hermana.

--Sí, naturalmente; una amistad fraternal... Así empiezan siempre esas cosas... Es verdad que yo no puedo invocar la misma excusa. Soy demasiado sincera para no confesar que hay en Lautrec algo más que una amistad de hermano... y en mí algo menos.

--Reconozca usted que está enamorado.

--¿Por qué no?

--Y usted lo ha animado y hasta excitado... Le ha hecho usted perder la cabeza.

--Nada de eso. Puedo afirmar que es enteramente dueño de sí mismo.

--Luciana--exclamé,--júreme usted que no hay nada entre ustedes.

--De buena gana, amigo mío... Pero, ¿qué llama usted «nada»? Me ha hecho el amor, no lo niego.

--Pero usted, ¿qué ha respondido?

--Palabras sin significación... y nada más.

Y con voz incisiva, casi dura, siguió diciendo:

--¿Se figura usted que soy bastante tonta para creer en un sentimiento serio en el señor Lautrec? ¿Cree usted que no he descubierto en seguida la sequedad egoísta de aquella alma sin profundidad, sin nobleza, sin?...

--¡Cuidado!--exclamé.--Habla usted de él con amargura. ¿Qué le ha hecho a usted?

Luciana se echó a reír.

--¿No quiere usted que lo juzgue severamente? Hay que ser consecuente, mi pobre amigo. Agrádeme o no, usted no puede hacerme un reproche igual. Pero dejemos esta vana disputa y estas niñerías crueles que nos hacen tanto daño. Yo no pido más que convenir en mis culpas: sus celos de usted me hirieron y tuve a orgullo el hacerle frente... Usted, para castigarme, no ha dejado un momento a Elena Lacante, y ha logrado también lo que se proponía, que, a mi vez, me he vuelto celosa. Esta es nuestra historia.

--¡Usted celosa, Luciana!... Se estima usted muy superior a las demás para que eso sea posible.

--Pero el amor me vuelve modesta, Máximo, y yo lo amo a usted... bien lo sabe.

¡Ah, la hechicera! Todo lo olvidé. Había vuelto a tomar su timbre de voz encantador, un poco velado, más conmovedor que todas las palabras, y la sonrisa de misteriosas promesas que la hacen irresistible cuando ella quiere serlo. Todo mi rencor se había disipado y sólo vinieron a mis labios palabras de excusa y de amor.

Escuchábame ella pensativa. Su animación y su ardor para defenderse habían desaparecido. Los párpados caídos me ocultaban sus ojos y una expresión de indecible tristeza ensombrecía su linda cara. La languidez de toda su persona, de su talle inclinado, de sus manos abandonadas, hacíala infinitamente interesante.

Tomé una de aquellas manos, inertes en la falda, y la oprimí contra mis labios. Hizo al punto un movimiento para retirarla, pero después me la abandonó, volvió la cabeza y me miró con expresión incierta. Sus ojos estaban húmedos.

Por fin, dio un gran suspiro y dijo, respondiendo, sin duda, a sus largos pensamientos:

--Entonces, ¿cuándo nos casamos?

--Cuando usted quiera--respondí sorprendido por aquella brusca pregunta.

--¿Y si quisiera ahora mismo?

--Sería el más feliz de los hombres.

--¿A pesar de mi coquetería y de... mis defectos?

--A pesar de todo, pertenezco a usted, Luciana... Mi corazón, mi vida, todo lo que poseo es de usted... Por desgracia, lo que poseo es muy poca cosa.

--¿Marignol sigue viviendo?

--Ciertamente... y no puedo matarlo, al miserable.

Nos echamos a reír y ella me dijo cariñosamente:

--En fin, usted me ama, y esto es lo importante...

--Sí, la amo a usted, porque la creo sincera y leal... Una sola cosa podría separarme de usted; la falsedad y la mentira... Y eso no lo espero... Creo en usted como en...

Buscaba un punto de comparación, pero ella no me dio tiempo para encontrarlo.

--Gracias--dijo levantándose y estrechándome la mano.--Yo también tengo confianza, y puesto que Marignol se obstina en no morirse y en cortarnos los víveres, habrá que tener paciencia y seguir amándonos en el misterio...

--¿Por qué no hemos de aclararlo un poco?

Luciana dijo con la cabeza que no.

--Si pudiéramos fijar una fecha, aunque fuese lejana, yo sería la primera en gloriarme de su elección de usted, amigo mío... Pero piense en el ridículo de esta novia sempiterna suspirando por el casamiento... El ridículo es lo que más temo en el mundo...

--Yo no veo el ridículo...

Luciana hizo un gesto nervioso.

--Las mujeres lo vemos así--dijo.

--¿A qué ha venido, entonces, esa pregunta sobre la fecha de nuestro matrimonio?

--Un trabajo de sonda--dijo riéndose.--La pobre opinión que tengo de mí misma me hace dudar de usted, sobre todo cuando le veo ejercer sus privilegios de hermano mayor con Elena Lacante. Temo algunas veces que se engañe usted sobre sus sentimientos, como se engaña ella...

--¡Elena!...

Me pareció que una aguda punta entraba hasta lo más profundo de mi corazón.

--¡Imposible!--exclamé.--Elena no puede engañarse... Jamás una palabra mía ha podido causarle la ilusión del amor.

--Mejor para ella en ese caso--dijo Luciana con indiferencia.

He conservado una impresión penosa de esta conversación.

Me siento más estrechamente unido que nunca con Luciana. Nos hemos explicado, perdonado y reconciliado. Me ha renovado la seguridad de su amor y de su voluntad de ser mía. Debería ser dichoso y no lo soy.

Cuanto más la conozco, más echo de ver que los sentimientos de Luciana no tienen aquella sencillez franca y luminosa que me conquistó al principio. Su alma es complicada, y lo que ignoro de ella me turba y me alarma. Cuando la tengo al lado sufro su encanto, me seduce y quedo vencido. Ausente, trato de comprenderla, la analizo y pierdo la paz de mi corazón... ¡Por qué, pues, es tan triste la dicha!

Máximo a su hermano.

25 de octubre.

Te envío, puesto que lo deseas, la fotografía de Luciana, y añado la de Elena, a la que te alegrarás de conocer. Una y otra son de un parecido perfecto y podrás, si esto te divierte, sacar tus horóscopos psicológicos como si las estuvieses viendo a ellas mismas. Lo que la fotografía no puede reproducir es el brillo deslumbrador de la tez, del cabello, de los ojos de Luciana. Es hermosa, maravillosamente hermosa...

¡Ah! querido; el hombre es un animal estúpido. Hace unos días creí que el corazón de Luciana se apartaba de mí, y caí en el marasmo de la desesperación. El horrible pensamiento de un rompimiento me perseguía, y vivía en las angustias de los más negros celos. Hoy todo está apaciguado. Luciana es dulce, cuidadosa de no disgustarme... y no estoy tranquilo.

Me atormento y la torturo con mil quimeras y quejas inmotivadas... Algunas veces me pregunto si no es mi libertad la que echo de menos. Me parezco a esos niños que lloran y patalean por tener un tambor, y en cuanto lo tienen, les falta tiempo para reventarlo para ver lo que hay dentro. Lo cierto es que mi dicha no da ya el alegre sonido que yo esperaba.

Estoy perdiendo el tiempo en gemir en vez de hacer mi maleta, pues salgo de viaje dentro de un momento. He prometido dar una conferencia en el Círculo Artístico de Amberes y aprovecharé la ocasión para pasear mi elocuencia por Gante, Bruselas y Malinas, donde estoy invitado. Es un viaje de ocho días que me distraerá y traerá unos cuantos pesos a mi bolsa hospitalaria.

Todo el mundo se va; además, Lautrec ha fijado su partida para la semana próxima, lo que me tranquiliza. Deploro dar al asunto la menor importancia, y, sin embargo, prefiero saber que está lejos.

Luciana también sale dentro de unos días, con su madre, para Ruán, donde hay una exposición de pinturas. Supongo que procurará volver a París al mismo tiempo que yo.

Tengo abajo el coche.

Te contaré mi viaje en la próxima carta. Adiós.

Elena al Padre Jalavieux.

30 de octubre.

Hemos vuelto a París, mi buen señor cura. Unas cuantas borrascas de lluvia y de viento nos han hecho temer por la salud de mi padre, y hemos dejado la «Villa Sol» a la que el sol no visitaba ya casi nunca.

He tenido la sorpresa de encontrar en el mismo piso de nuestra casa un encantador cuartito decorado para mí de un modo precioso. Máximo ha sido el encargado de arreglarlo y quien lo ha escogido todo, y no puede usted figurarse qué fresco, qué lindo y de qué buen gusto es. Mi cuarto tiene dos ventanas a un jardinillo rodeado de altas tapias, cuya fealdad está cubierta por un tapiz de hiedra.

Estoy muy contenta de no tener ya como único punto de vista el sombrío patio en que crece la hierba entre las losas. Sobre el jardinillo hay un gran cuadro de cielo, en el que se presentó la luna a festejarme el día de nuestra llegada. Al lado de la alcoba hay una piececita con un estante de libros y un piano; aquel es mi salón, y un poco más lejos otra pieza más grande en la que duerme doña Polidora. Le respondo a usted de que estoy bien guardada, pues la buena señora no me mima, furiosa como está por el ascendiente que voy tomando en la casa.

Trabajo mucho con mi padre, y además, me hace tomar lecciones de música y de inglés; no será culpa suya si no llego a ser una mujer como es debido.

Sería completamente feliz si la salud de mi querido padre fuese más sólida; pero padece mucho de la gota y hay momentos en que me desespera el no poder aliviarlo.

Todas nuestras costumbres de verano han sido cambiadas. La Marquesa de Oreve está todavía en Vaucresson por unos días; Máximo se ha marchado ayer a Bélgica para dar unas conferencias, y el señor Lautrec se va muy pronto a no sé qué lejanas regiones, en las que parece que se estará dos o tres años. Lo echaremos de menos, porque es amable y alegre. La de Grevillois y su hija han vuelto a su cuartito de la calle de Verneuil.

Hace un momento ha llegado el señor Kisseler a darnos la bienvenida y nos ha hecho saber la grave enfermedad de un sabio, el señor Marignol, profesor del Colegio de Francia y del que Máximo es suplente. No quiero mal a ese señor, al que no conozco; pero es viejo, y si su salud lo obligase a jubilarse, se aseguraría el porvenir de Máximo y nos alegraríamos por él.

Máximo a su hermano.

Gante, 3 de noviembre.