Chapter 8
Eso es mostrarme con el dedo toda mi impotencia. Me conozco bien y sé que cedo al primer movimiento y que no pienso en resistir hasta que el mal está hecho. También lo sabe usted que me conoce mejor que yo misma, puesto que es más imparcial.
Esto me recuerda una de la mayores humillaciones de mi vida, un día en que mi pobre tía me sorprendió encaramada en una silla delante de la chimenea del comedor, con la nariz pegada al tremó, que tenía reflejos verdes, para verme más de cerca. Mi tía se indignó enormemente y me llevó, toda temblorosa, hasta la sacristía, donde estaba usted escribiendo en un gran librote. Le contó a usted mi crimen y creo que habló de propensiones hereditarias, palabras que oía yo por primera vez y que me dieron un miedo atroz, pues me creí atacada de alguna enfermedad mortal. Recuerdo qué bueno fue usted, señor cura, y cuánto le quise desde aquel día. «Mi querida señora, le dijo usted; hay un precepto de la Sabiduría, que dice: Conócete a ti mismo. Elena ha empezado el inventario por el exterior; después llegará a lo principal.» Y me dio usted un cachetito en la mejilla. Era yo muy niña, pues tenía seis años; pero siento aún en el carrillo la dulzura de aquel cachetito consolador.
Mi padre está ahora mejor y ha vuelto a todas sus costumbres de trabajo, a sus estudios y a sus lecturas.
He ganado en esta crisis, que tanto me atormentó, una intimidad más estrecha con él; me permite que le lea y encuentra que lo hago bien y con inteligencia. Observe usted esto, señor cura; mi padre, que sabe lo que se dice, asegura que leo con inteligencia. En otro tiempo me acusaba usted de leer a escape y sin enterarme de lo que leía... Pero era que (ahora puedo decirlo) los libros de edificación, las meditaciones, los sermones y las controversias, me aburrían cruelmente. No me gustaba nada más que la vida de los santos, con tal que no fuesen muy largas ni atestadas de notas. Me parece que, en esas hermosas historias de almas enamoradas de lo divino, la precisión pedantesca y el exceso de documentos son un contrasentido, o en todo caso, una torpe maniobra que nos sujeta a la tierra cuando quisiéramos remontar el vuelo y subir a lo más alto. Espero que no se escandalizará usted y que me perdonará la ligereza y el mal gusto de mi entendimiento.
Mi padre lleva su bondad hasta tomarme por su secretaria, y entonces escribo al dictado u hojeo los libros necesarios para su trabajo y le marco o le copio los párrafos que necesita. Y no puede usted figurarse lo agradable y gloriosa que encuentro así la vida.
Lo mejor de todo es que, ahora, hablamos con más frecuencia y más íntimamente, y que cada día lo quiero más.
Elena al Padre Jalavieux.
Hace un momento, después de dos largas horas de trabajo a la sombra del único árbol del jardín, entre las matas de rosales, y a pesar del vientecillo que levantaba las hojas de mi libro, mi padre se ha recostado en su butaca, después de sujetar cuidadosamente las cuartillas cubiertas de su fina letra, y me ha mirado con sonrisa de aprobación.
--Esto es lo que se llama una hija trabajadora y buena... Capaz serías de estarte trabajando hasta perder las fuerzas, sin pedir gracia.
Yo no estaba cansada y así se lo dije, y añadí que era muy feliz figurándome que le ayudaba un poco.
--Sí que me ayudas y que me facilitas la tarea. Me extraña el ver que, sin confusión ni ruido, te has hecho este trabajo de investigaciones que no tiene nada de seductor y que exige, después de todo, sagacidad y atención.
Yo estaba contentísima, como usted comprende, señor cura.
Mi padre siguió diciendo:
--Las mujeres son, verdaderamente, criaturas asombrosas, dotadas de una facultad de asimilación y de una finura de intuición que suplen a lo que ignoran. Ven a darme un beso, pequeña encantadora. No te figuras lo que te admiro a veces sin que lo parezca. Tu vida es muy grave para una muchacha de tu edad.
Me apresuré a ir a besarlo, y después me senté en la hierba a sus pies... Mi padre se puso a acariciarme el cabello, un poco pensativo.
Y yo, que nunca he sido acariciada, me sentía feliz, en aquella tarde de sol, entre el perfume de las resedas y de los heliotropos.
--De pronto me dijo:
--¿A quién haces tú tus confidencias?... No siempre es a mí...
--¿Mis confidencias?...
--Sí, tus ideas... tus reflexiones... tus sentimientos secretos... ¿A quién se los dices?... ¿Es a doña Polidora?
--¡Dios mío! no, papá. No comprendo bien lo que tú entiendes por...
Mi padre hizo un gesto de impaciencia.
--Vamos a ver... Hace seis meses que vives a mi lado, rodeada de hombres de talento y de valía... y todos empeñados en agradarte. Es imposible que no haya uno que te guste más que los demás... Sé franca...
--Desde luego, el que me gusta menos es el señor Kisseler.
--Procedamos, si quieres, por eliminación. ¿Qué piensas de Gerardo Lautrec?
--Lo encuentro fino, ingenioso, amable...
--¿Es a él a quien prefieres?
--¡Oh! no...
Me interrumpí, no sabiendo realmente si decía la verdad.
--Entonces es Máximo... a no ser que el doctor...
--No, no, por cierto.
--Bueno--dijo mi padre radiante,--entonces la palma es de Máximo...
--Te aseguro, querido papá, que no lo sé y que nunca me he preguntado semejante cosa. Mi único pensamiento, que ha absorbido todos los demás, ha sido no serte molesta, no disgustarte y tratar de hacerme querer un poco. Todo lo demás me es igual.
Mi padre me atrajo hacia sí y me besó tiernamente.
--¡Pobre hija mía! Dios sabe, si existe, que lo has logrado bien.
A pesar de la exquisita dulzura de sus palabras, a pesar de sus caricias, me pareció que una larga y acerada aguja había penetrado en mi corazón, y en medio de mi alegría, pasó por mí un calofrío de espanto. «¡Dios sabe, si existe!» No puedo acostumbrarme a esa forma irónica de la duda, habitual en mi padre. Acaso no es más que un vicio de su mente, contraído hace largo tiempo y que se manifiesta mecánicamente.
No quise hacerle ver que me había entristecido y traté de responderle con buen humor.
--La prueba de que Dios existe es que tú eres bueno...
--¿Eso crees? ¿Es eso una prueba?... ¿Cómo te arreglas para verlo así?
--Eres bueno y Dios me ha dado un padre como tú.
--¡Ah! Vamos; sales del paso con un madrigal... Pero piensa que lo que Dios te ha dado, puede quitártelo.
Me estremecí, y él, que lo vio, siguió diciendo con dulzura y estrechándome contra su pecho:
--La experiencia prueba, hija mía, que todo lo que vive tiene que morir, y no he de escaparme yo de la ley. Por eso te preguntaba hace un momento, no por malicia ni por curiosidad, sino porque desearía vivamente que entre los jóvenes, distinguidos por diversos títulos, que me rodean, hubiese alguno bastante dichoso para agradarte y al que pudiera yo confiar el cuidado de tu porvenir.
--¡Me dices cosas crueles!--exclamé.
--¿Qué tiene de cruel el que desee tener dos hijos en vez de uno?... Tu matrimonio, tontina, no apresuraría mi fin sino todo lo contrario, pues me daría una tranquilidad de espíritu preciosa a mi edad. Hay que ver las cosas con calma y buen sentido. El matrimonio es la verdadera vocación de la mujer, y no veo nada de espantoso en que una guapa muchacha se case con un buen mozo de su gusto... ¿Qué dice de esto la señorita?
Al decir esto me estaba pellizcando amistosamente una oreja y moviéndola para despertar mi atención.
--Es que, hasta ahora, no tengo gana de casarme... ¡Soy tan feliz a tu lado!
--Frase clásica de dama joven. Todas las muchachas, tarde o temprano, tienen gana de casarse y si tú no la tienes todavía es que estás un poco atrasada para tu edad. ¡Diecisiete años! ¡Ahí es nada!... Un monstruo... de una bonita especie, lo confieso...
--Pues bien, papá, elige tú...
--Perfectamente... Elijo a Kisseler...
--¡Kisseler!
Mi espanto le hizo reír de buena gana.
--Eso le enseñará a usted, señorita, a reflexionar antes de hablar.
--Creí que elegirías otro.
--¿Cuál? ¿A quién harías de buen grado el precioso don de tu personilla?
--Ya lo pensaré, papá. Veo que contigo no hay que andarse en bromas. Pero ¿quién me dice que el feliz elegido no será recalcitrante?
--Eso, pequeña, es asunto vuestro. No puedo darte ni garantía ni consejos. Creo que esas cosas se arreglan de un modo amistoso y que tú estás hecha de un modo que hará fáciles los arreglos.
--¡Amor propio de autor!--pensé tristemente.
--Ahora--dijo mi padre,--trabajemos una hora más y te dejaré en libertad.
Estaba yo distraída, mi pensamiento divagaba y tenía gana de llorar. Mi padre echó de ver esta languidez desusada, y me despidió.
Puse en orden los papeles y me levanté prestamente.
--¡Cómo! Hija desnaturalizada, ¿te vas sin darme un beso? ¿Me tienes rencor?
--Sí--respondí apretándole la cabeza con las manos y besándole en la calva;--sí, porque veo que tienes prisa de desembarazarte de mí.
Mi padre dio un golpe en la mesa con mucha furia.
--Faltas a la verdad a sabiendas... ¡Vete de aquí o te tiro mi Aristóteles a la cabeza!
Y blandía el librote con fingida cólera.
Eché a correr y me refugié en el bosque vecino, un lindo bosque de senderos tortuosos y sombríos, en los que me interné con gran necesidad de estar sola.
Aquella prisa por casarme me entristecía.
A pesar de toda la bondad de mi padre, temo que mi vida, bruscamente incrustada en la suya, sea para él un estorbo y una carga dura de soportar.
Aquel temor se mezclaba con otro más cruel, el de que mi padre sintiese acaso más comprometida su salud de lo que quería dejar ver.
¡Cómo! Siempre está presente la muerte; en todas las vueltas del camino, en las horas más serenas de la mañana como en el ocaso de la vida, aparece con su misterio y su terrible silencio.
En aquel bosque de vivificantes aromas y de follajes enrojecidos por el otoño, pasé, señor cura, unos momentos crueles.
Después, la calma fue viniendo poco a poco al recordar las pruebas de ternura de mi padre y la necesidad cada vez mayor que parece tener de mi presencia.
Me convencí, porque lo necesitaba mucho, de que las seguridades del médico sobre la fuerte constitución de mi padre eran enteramente sinceras y de que podía tener confianza.
Y entonces se impuso a mi reflexión la idea del matrimonio en sí misma. Casarme; elegir un ser para entregarme a él y que sea mi dueño; dar de una vez y para toda la vida el corazón, es cosa grave...
Además, hay que agradar, hacerse amar... ¡Qué trabajo de Hércules, Dios mío! ¿Cómo se arregla una para hacerse amar? ¿Por dónde se empieza? ¡Si usted cree, señor cura, que estas cuestiones son fáciles de resolver!...
Mi padre no parece que las encuentra la menor dificultad, pero es por su infatuación paternal.
Y luego, ¿a quién quisiera yo agradar? El señor Lautrec tiene ideas que se aproximan a las mías, o que, al menos, no las contradicen violentamente. Es muy agradable y, sin decir jamás piropos triviales, sabe hacer halagüeñas sus atenciones. Pero hay en él algo que se opone a la idea del matrimonio. Parece que va por la vida como un viajero que está dando la vuelta al mundo, sin fijarse en parte alguna, sensible a las bellezas del camino, vibrante, entusiasta, apto para comprenderlo todo, para deslumbrar, para gozar, para pescar al vuelo y saborear las más finas y las más fuertes sensaciones. Amar debe ser otra cosa. Me parece que el amor debe tener menos superficies para concentrarse más. Debe ser humilde, puesto que implora, y altivo también, puesto que es fuerte. No veo en el señor Lautrec ni esa humilde ternura ni ese robusto orgullo. Y, en todo caso, no soy yo quien podría inspirárselos. Me parece muy fascinado por la bellísima Luciana, que es tan a propósito para gustarle. Hay, ciertamente, entre ellos un atractivo. Borremos, pues, de la lista, a don Gerardo Lautrec.
Tengo cariño y agradecimiento por el doctor Muret, que me cuidó con tanto celo y bondad cuando estuve mala. Mi padre lo estima mucho, y puede una acostumbrarse a su fealdad que es interesante. Sin embargo, su aire de solemne importancia me da siempre gana de reírme en sus barbas, y esta es una mala disposición para casarse. Además, tiene siempre en la mano aquel dichoso libro de apuntes y saca el reloj cada minuto, lo que es también un poco fastidioso.
Kisseler... No quiero pensar siquiera en él, porque lo detesto de pies a cabeza.
No queda ya más que Máximo, el candidato de mi padre. Tiene una dulzura tranquila y fuerte que inspira confianza; su sonrisa es agradable y benévola; sus maneras, sencillas y naturales. No trata de brillar ni de forzar la atención y me gusta su cara pensativa. Da gana de leer en el secreto de aquel corazón tan bien cerrado. Tiene hermosos ojos, cuya mirada, a veces, conmueve y penetra. Y, además, es muy adicto a mi padre...
Pero yo no puedo, sin embargo, ir a decirle: «Por el amor de papá, cásese usted conmigo, caballero.» Tendría que ocurrírsele a él solito.
Máximo a su hermano.
Es verdad, soy culpable. Hace siglos que no te escribo y me acuso de ello todos los días sin tener nunca valor para tomar la pluma.
Y es que, la verdad, no comprendo ya ni a los demás ni a mí mismo, y nada hay que desanime tanto como no poder poner en claro los propios sentimientos y encontrarlos ilógicos, contradictorios y miserables.
Estoy más humillado de lo que puedo decir por este lío de conciencia.
Tú sabes si adoro a Luciana por su belleza soberbia, por su naturaleza independiente y franca y por su modo de conquistarme, pues fue ella la que me conquistó con la confesión espontánea de una preferencia que yo no sospechaba.
La amo, y, sin embargo, me siento cambiado para con ella o más bien, mi amor ha tomado una forma inquieta y dolorosa. No dudo de ella, pero no me entrego ya con la misma serena confianza. A pesar mío, la observo, la analizo, y no encuentro ya sus cualidades tan indiscutibles. Hallo una discordancia entre la hermosa franqueza que usó conmigo el primer día y la excesiva prudencia que impone a nuestras relaciones en la pequeña sociedad que nos rodea.
Cuando así se lo hago observar amablemente, me responde riendo:
--Está jurado y no hay que hablar más del asunto.
Y añade en tono de broma:
--¿Quiere usted que, dentro de diez años, al vernos todavía novios, nos abrumen a chistes nuestros amigos?
--¡Diez años, Luciana!... es imposible...
--¿Por qué es imposible? El viejo Marignol, como usted le llama, tiene sesenta y ocho años; nada le impide llegar a setenta y ocho como muchos de sus colegas, e interceptarnos todo ese tiempo el camino de la iglesia.
La discreción que me impone me es penosa para con Lacante, que es para mí más que un amigo; pero ella me responde que si Lacante es mi tutor, la Marquesa de Oreve es su protectora y habría las mismas razones para hacerle la confidencia.
Y entonces, adiós secreto y vienen todos los inconvenientes de una espera interminable.
Hay otra cosa que me alarma en Luciana. Creo haberte dicho que me ha escrito algunas veces y me ha autorizado a responderle a la lista del correo. Esos misterios no son muy de mi gusto, aunque no haya nada más inocente, puesto que la señora de Grevillois conoce nuestros compromisos y los aprueba. A Luciana, por el contrario, le divierte esta novela, y lo que me preocupa es el tono de esa correspondencia, la ternura exaltada de las cartas de Luciana y el contraste de esa ternura con la corrección casi fría de nuestras conversaciones. ¿Será que, cuando estamos juntos, una delicadeza pudorosa detiene en sus labios las expresiones vivas? Quisiera creerlo. ¿Será que tema mis temeridades? Hará mal. Respeto mucho en ella a la mujer que será mía para que tenga nada que temer. Sea como quiera, me produce cierto malestar esa disparidad entre la palabra y su expresión escrita. Sospecho que está más prendada del amor que de su prometido. Me figuro que cede a la inocente e inconsciente retórica de un alma romántica enamorada de los bellos períodos y de las frases cadenciosas, y esto me produce una especie de impaciencia despechada que me hace responder con frialdad y casi en tono burlesco.
Si crees que la amo menos, te engañas. Su presencia me produce siempre la misma turbación deliciosa, y su belleza me encanta. Si supieras la gracia de aquel talle de divina y esbelta elegancia, el atractivo de aquellos labios húmedos y rojos y la potencia de aquellos ojos, tan pronto chispeantes de luz como tenebrosos y obscuros, bajo el misterio de las largas pestañas... ¡Qué seducción hasta en sus caprichos, pues los tiene! Tiene también desigualdades de humor, y, de repente, accesos de un encanto imprevisto y de una humildad encantadora.
¡Pobre Luciana! ¿Por qué soy tan severo... y tan injusto acaso con ella?
Ayer, cuando llegué a casa de la Marquesa de Oreve, estaba Luciana en el jardín con un libro abierto en la falda. Gerardo Lautrec, que estaba sentado a su lado en una silla de tijera, se levantó al verme subir la escalinata. Luciana me ofreció distraídamente la mano y continuó en seguida la conversación interrumpida a mi llegada.
--¿De modo que querría usted estar ya lejos de Francia?
--Adoro a mi país, pero francamente, pasarse la vida en oscilar desde el Luxemburgo al parque Monceau es un poco monótono.
--Usted piensa--díjele riendo,--que el bosque de Bolonia es insuficiente como selva virgen.
--Eso puede llevar muy lejos--repuso Luciana.
--¡Bah! El mundo es tan pequeño... Pronto se le da la vuelta.
--¿Qué es lo que usted llama pronto?
--Dos o tres años...
--¿Y encuentra usted que es poco? Eso prueba que no deja usted detrás ningún pesar.
--Siempre se dejan pesares... aunque no sea más que el de los sueños no realizados.
--Los sueños son humo y no valen un pesar...
--Todo lo contrario... Hay sueños deslumbradores... tan inaccesibles, por desgracia, como el Himalaya... Eso se los lleva uno consigo...
--Para perderlos por el camino.
Ambos se reían y yo me figuré, sabe Dios por qué, que la risa de Luciana era nerviosa y falsa, y cátame triste para toda la noche. ¿Estoy, pues, celoso? Ciertamente, Luciana es coqueta y le gusta agradar y ser alabada. ¿Por qué acusarla? Es bella y lo natural es que goce del éxito de su belleza. ¿Y qué me importa, puesto que su corazón es mío y estoy seguro de su rectitud y de su ternura? Lo demás es polvo que el viento disipa.
Elena al Padre Jalavieux.
Estoy asistiendo a una bonita novela que espero terminará por una boda entre Luciana Grevillois y el señor Lautrec. Es visible lo que se gustan mutuamente y no me ocurre qué podría impedirles casarse. Luciana no tiene fortuna, pero creo que él tiene bastante para dos. Lautrec había anunciado que iba a hacer un viaje de unos cuantos años, pero, de repente, ha dejado de hablar de ello, y el otro día me respondió a una pregunta que le dirigí sobre este asunto:
--Tiempo tengo. Haré ciertamente ese viaje, pero la fecha no es segura, pues depende de circunstancias ajenas a mi voluntad.
Creo que esas circunstancias ajenas a su voluntad son el consentimiento de Luciana, y lo creo más al ver que me dejó para ir a afilar los lápices a aquella linda persona, que estaba dibujando, y que los dos se pusieron a hablar en voz baja de cosas indiferentes, pero en ese tono confidencial que indicaba claramente que sólo esperaban que yo me fuese para cambiar de asunto. Lo comprendí y me marché a casa para saladar a la Marquesa de Oreve.
La señora de Grevillois, que estaba al lado de la ventana trabajando activamente en su bordado, me interpeló al pasar para reprocharme graciosamente que dejase sola a Luciana. Me previno que la Marquesa estaba de mal humor y que no había querido colocarse para su retrato, y añadió dando un suspiro:
--No sé qué va a pasar con la tal pintura; mi pobre hija la ha vuelto a empezar dos veces sin conseguir dar gusto a la de Oreve... Es fastidioso. Y ya sabe usted que Luciana tiene poca paciencia... De esto nacen violencias penosas y temo que resulte un poco de frialdad entre la Marquesa y nosotras. Véala usted, querida amiga, y trate de disponerla mejor en favor del retrato... Y si Luciana le habla a usted de sus dificultades, procure apaciguarla.
--No me hablará, querida señora. Tengo yo muy poca importancia para que se confíe a mí.
--No lo crea usted. Puede usted serle muy útil. No se sabe el bien que puede hacer una palabra dicha con oportunidad.
La Marquesa estaba en su saloncillo, echada en un sofá y con una bata rosa que estaba lejos de rejuvenecerla. Sus ricillos, muy lacios, le caían por un lado, y los postizos, mal arreglados al color del cabello, tenían un lamentable aspecto de negligencia. Me ofreció una mano lánguida y me dijo:
--Buenos días, hija mía; siéntese un instante y deme noticias de su padre. ¿Está mejor? ¿Vendrá a comer esta tarde? Dígale usted que quiero absolutamente verlo... Necesito su filosofía para restaurar la mía, que está muy decaída... Tengo contrariedades que me asesinan. ¿Ha visto usted mi retrato? Ahí lo tiene usted, en esa mesa; quítele el papel de seda y contemple ese horror... ¿Qué dice usted de eso? Yo creí que esa joven tenía talento, o, a falta de talento, ingenio... Pero nada, no tiene nada... Esto es tan torpe como feo... sin elegancia, sin expresión, sin poesía...
Contemplé la miniatura y la verdad es que no se parecía al modelo.
--Los ojos son hermosos--me atreví a decir.
--¡Unas puertas cocheras! Ocupan la mitad de la cara... ¡Eso, unos ojos!... No tienen vida ni llama; son negros y estúpidos como bocas de horno... Yo tengo los ojos grandes, es verdad, pero no desmesurados. Es preciso que, en una cara, esté todo proporcionado. Además, yo no tengo esa fisonomía de una legua; mi óvalo es más bien un poco corto. Parece que se ha propuesto desfigurarme.
--Me parece--dije tímidamente--que había hecho un boceto un poco mejor.
--¿El primero? No, querida; era igualmente feo en otro género. Había exagerado en un sentido opuesto... Una cara de luna llena, boca común y conjunto de una vulgaridad repugnante. Jamás consentiré en reconocerme en los pintarrajos fantásticos de la señorita Grevillois. Renuncio a ello.
Mientras hablaba, la estaba yo mirando, y compadecía con todo mi corazón a la pobre Luciana, obligada a hacer un lindo retrato de tal cara.
La Marquesa siguió diciendo:
--No puedo despedir a esas señoras de un momento a otro, como a criadas; tienen derecho a miramientos y las haré estarse aquí hasta final de verano, como estaba convenido. Pero rogaré a Luciana que no se ocupe de mí.
--¿No teme usted que se ofenda?
--Yo doraré la píldora... e inventaré pretextos. Además, está muy ocupada con sus coqueteos para pensar en otra cosa... Mire usted allí a Lautrec, a su lado. Se diría que está a sus pies... No sé, realmente, lo que tiene para embrujarlos así.
--Es muy guapa.
--Sí, no es fea... Hay, sin embargo, otras que valen lo que ella... Usted misma, querida.
--¡Oh! señora...
--Vale usted lo mismo, en un género más delicado. Máximo dijo el otro día que tiene usted un delicioso tipo de virgen. Y Kisseler añadió: «Una virgen que haría condenarse a todos los santos.»
No se escandalice usted, querido señor cura; en este país se habla de todo así, en broma.
La Marquesa se reía y se extasiaba por el ingenio de Kisseler y por sus graciosas salidas. Yo estaba encarnada como una puesta de sol, y muy contenta, lo confieso, al saber que Máximo me encuentra bonita. ¡Quisiera tanto gustarle!
El mal humor de la Marquesa se ha ido disipando poco a poco y ha acabado por convenir en que la presencia de Luciana en su casa es un gran atractivo para los amigos.
--Lautrec no hubiera venido a pedirme de almorzar esta mañana si hubiera estado yo sola--dijo en tono melancólico.
Y, al ver que yo iniciaba un gesto de política protesta, continuó: