Amar es vencer

Chapter 7

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En el campo se oía reír a los niños pequeños, que estaban jugando al escondite, mientras el mayor se pegaba con otro chico de su edad.

--¡Vámonos pronto!--exclamó Luciana estremeciéndose.--¡Es horrible la muerte!...

Elena me miraba indecisa.

--Los niños... ¿Qué hacemos? ¿Dejarlos solos con su madre muerta?

--Voy a avisar a los vecinos. Espéreme usted.

Luciana, impaciente por dejar aquel fúnebre lugar, vino conmigo hasta la casa más próxima, donde había dos mujeres trabajando junto a una ventana abierta.

--Por fin se ha muerto--dijo una de ellas cuando le noticié la muerte de la Briffarde.

--No se ha perdido mucho--respondió la otra; una morenilla bastante fresca.

--Con todo, caballero, la muerte es siempre alguna cosa, ¿no es verdad?

Creí que debía apoyar ese sencillo sentimiento y añadí que aquella muerte era triste a causa de los niños.

--¡Bah! Para el socorro y los buenos consejos que les daba--respondió la morena,--puede que sea mejor que esté donde está.

--No se les puede dejar solos con el cadáver--indiqué yo.

--Claro está que no... Allá voy... Tú, Aniceta, corre a la Celle y advierte a la hermana y al cura, para el entierro. Bueno es que esos chicos vean a su madre pasar por la iglesia antes de irse a la tierra.

La buena mujer puso en orden las calcetas que estaba zurciendo, me siguió y no dejó de hablarme de las fechorías de la pobre Briffarde.

--No tenía nada de buena... Sin los chiquillos, que pedían limosna por los caminos, todos se hubieran muerto de hambre, porque usted comprende que la caridad de los vecinos no basta para tapar tantas bocas... Además, la tal Briffarde no tenía nada de cómoda... Una salvaje, caballero, una leona... Las monjas de la Celle casi no podían con ella...

Y yo iba pensando en el cándido apostolado de Elena y en su paciente dulzura, que había triunfado al fin de la rudeza de aquella miserable criatura y de su desesperada impenitencia. Una palabra de misericordia y de ruego había encontrado el camino de su corazón, enternecido su último suspiro y desarmado un poco su áspero y furioso rencor.

No era, acaso, el arrepentimiento lo que se había despertado en su alma, sino una turbación precursora; y la miserable pecadora no habría comparecido con la blasfemia en los labios y la ira en el corazón ante el Juez infalible en quien Elena tiene fe.

Fuera de la fúnebre choza, y sentados juntos en un haz de leña verde, recogido por los chicos en el bosque, estaban Elena y Gerardo hablando en voz baja.

En el campo habían cesado los gritos y los juegos y remaba un trágico silencio.

En el interior, los muchachos, agrupados en un rincón, estaban llorando con llamadas monótonas y, en cierto modo, mecánicas: «Mamá... mamá...» entrecortadas por sollozos en los que la conmoción nerviosa, el asombro y el terror tenían tanta parte como el desconsuelo. La mayor habíase sentado de nuevo en la piedra y tenía en la falda al más pequeño, al que daba golpes intermitentes para hacerle estarse quieto. Un niño de tres o cuatro años había cogido el resto del pan blanco llevado por Elena y lo estaba babeando concienzudamente al tratar de morderlo sin partir; pero el mayor lo vio e interrumpió su cantinela llorosa para quitárselo, y reforzó vigorosamente este acto de justicia con un coscorrón en la cabeza del delincuente, después de lo cual secó el zoquete con un jirón que le colgaba de la manga.

En esto entró la amable vecina, echó una ojeada al descarnado esqueleto cuyas angulosas formas dejaban adivinar los trapos que la cubrían. La cara parecía como fundida y achicada, pues la nariz afilada y las sienes hundidas dibujaban duramente sus líneas, y los párpados cerrados le daban una expresión de augusta calma y revelaban una belleza desaparecida hacía mucho tiempo.

--¡Esta mujer no tenía treinta y cinco años, caballero!... ¡Vea usted lo que queda de ella!... ¡Vamos! A callar--exclamó volviéndose hacia los chicos;--no se debe hacer ruido al lado de los muertos... Y además, por mucho que la llaméis, no ha de volver... Arregladme todos esos trapajos... Y tú, Eudosia, que eres la mayor, lava la cara a tus hermanos, para que no estén asquerosos cuando venga el cura.

Luciana me suplicó que nos fuésemos, alterada de nerviosa impaciencia por escaparse de aquella atmósfera de muerte.

--Es tarde, y su padre de usted estará inquieto--dije a Elena, que se levantó en seguida.

La última mirada a la difunta, unas cuantas palabras dulces a los niños, con promesa de volver a verlos, y hétenos en marcha por la creciente sombra que invade el camino.

Gerardo iba al lado de Elena e inclinaba graciosamente la cabeza hacia atrás, como para verla andar.

Y Luciana, cuya alegría iba renaciendo a medida que nos alejábamos del campo Quemado, le preguntó riendo:

--¿Qué busca usted en la espalda de Elena?

--Quiero ver si le brotan las alas.

Elena, muy absorta en sus pensamientos, no oyó nada de esto.

Y Luciana siguió diciendo a media voz:

--Me parece un poco formalista, este ángel... Su implacable caridad me ha dado calofríos... ¿Le gustaría a usted, cuando estuviera luchando con una enfermedad, que vinieran a decirle con la mejor intención del mundo?: «Hermano, hay que morir; ha llegado la hora...» ¿Le gustaría a usted que le presentasen, ante los ojos alucinados por la fiebre, el espectro espantoso de la muerte en el fondo de un negro agujero?

--¿Por qué no, si la voz que me advertía era dulce y el corazón tierno?

--Pues yo pido que me dejen morir con la ilusión de la vida.

--Y yo--exclamé--pido que deje usted a un lado esos crespones fúnebres y esos trágicos deseos para gozar en paz de su juventud y de la fiesta de esta hermosa noche que nos ofrece la benévola Naturaleza...

¡Qué bonita estaba Luciana y qué resplandeciente de vida, en la radiación oblicua del sol al esconderse detrás de la movible cortina de los bosques! Había como un nimbo de oro en torno de su frente. Los pájaros revoloteaban cantando su canción de la tarde, y poco a poco se iban desvaneciendo las impresiones siniestras que traíamos del campo Quemado. Como entrábamos en lo más espeso del bosque y el sendero era allí estrecho, dejé a Gerardo que se adelantase con Elena y retuve detrás a Luciana. ¿Fue aquella visión de la muerte lo que había rozado nuestras vidas? ¿Fue la dulzura embriagadora de la resplandeciente Naturaleza lo que dio un impulso más fuerte a la avidez de vivir y de ser feliz que yace en nosotros? Lo cierto es que sentí un extremado enternecimiento al ver a mi lado a aquella hermosa criatura en todo el esplendor de la juventud, de la gracia y de la fuerza, y que debía ser mía. Rodeé con el brazo su talle, y, teniéndola muy cerca, le dije bajito:

--¿Me ama usted?... ¡Yo la adoro!...

No sé qué la preocupaba e ignoro si me oyó, pues no se dignó responderme... Después de largo rato de distracción, acabó por decir:

--¿Me ha hablado usted?... ¿Qué me decía?

El encanto estaba roto. Retiré el brazo, me separé de ella y respondí:

--¿Yo? nada... Usted sueña... ¿Qué puedo tener que decirle?

--Me pareció... ¡Vaya! ¡Ya está usted enfadado!

--Nada de eso... Usted es linda, el tiempo hermoso y el bosque está perfumado, ¿qué más puedo yo pedir?

Mirábala yo de reojo, de vez en cuando, y la veía andar, tiesa y orgullosa, sin volver ni una vez la cabeza hacia mí, y con los ojos fijos en la joven pareja que iba delante de nosotros y que parecía hablar con animación. Pensé entonces que, al verlos tan interesados el uno por el otro, comparaba tristemente su entusiasmo con nuestro silencio de enfado, y este pensamiento me conmovió.

--Querida Luciana... he debido comprender que esta expedición la ha puesto a usted nerviosa y que su rigor no era más que un efecto del cansancio... No he debido guardarle a usted rencor...

--Luego, quiere usted decir que me lo guardaba usted--respondió en tono más dulce, pero con cierta expresión de aburrimiento.--La verdad es que este paseo me ha hecho daño y que no me falta nada para llorar.

Y su voz temblaba, en efecto, lo que acabó de enternecerme.

--Luciana mía--exclamé,--si la he disgustado a usted, le pido perdón... Y, sobre todo, no llore, pues no podría resistir sus lágrimas, y no sé qué me impediría colgarme de la rama más alta de ese roble.

--Excelente medio de arreglar de una vez nuestras querellas--dijo Luciana riendo.

Después se adelantó hasta alcanzar a Elena y a Gerardo, y añadió en voz alta:

--Señor Lautrec, usted, que es alto, ¿quiere alcanzarme esa rama de madreselva?

Gerardo se volvió al oír su nombre y se apresuró a cortar y ofrecer a Luciana la rama de madreselva que estaba enredada en el mismo árbol en que había yo dicho que podría ahorcarme.

--¿Es para darme un disgusto para lo que ha recurrido usted a Gerardo a fin de que le diese esa flor?--pregunté a Luciana.

--Ha sido para ofrecérsela a usted, caballero--respondió poniéndomela en el ojal.

Su mal humor parecía disipado y Luciana sonreía embriagándome con su mirada y con el ligero aliento de sus labios. Besé aquellos finos dedos que me condecoraban con tanta gracia, y se firmó la paz.

Sin embargo, me ha quedado de aquel día un vago e inquieto malestar. ¿Qué hay en Luciana que no puedo definir?... De los rincones inexplorados de su alma surgen, a veces, como relámpagos, unos rayos fugitivos que me dejan vislumbrar su misterio, y se apagan después sin que se haya determinado nada preciso. De esos resplandores furtivos en el alma impenetrable de mi amada me queda un temor lleno de atractivo y como un deslumbramiento doloroso.

Elena al Padre Jalavieux.

Septiembre.

Otra vez ya, mi buen señor cura. Debe usted de pensar que me doy demasiada importancia y que invado un poco su descanso. Pero ¿es mía toda la culpa? ¿No me anima mucho la bondad de usted?

Hoy le escribo teniendo en el corazón un gran peso de cuidados y de emociones.

Mi padre acaba de estar muy enfermo, señor cura. La otra mañana se puso de repente muy pálido, su vista se quedó fija y turbia y perdió el conocimiento. Durante unos minutos, que me parecieron siglos, estuvo como muerto, caído en su butaca, inerte e insensible a nuestros cuidados y a los gritos de doña Polidora... En esos instantes han pasado por mi mente horribles pensamientos...

Cuando por fin abrió los ojos y me vio toda temblorosa a su lado, sus pobres labios azulados se esforzaron por sonreír, y sus primeras palabras fueron para darme una broma, lo que prueba que su espíritu no se había extraviado muy lejos de nosotros y que había vuelto, con el primer aliento, a entrar en sus moradas de costumbre: «¿Me creías ya muerto, juzgado y condenado, mi querida devota?... Ea, no te entristezcas; otra vez será.»

Esperaba tranquilizarme con ese tono jocoso, pero en su cara, pálida y un poco contraída era tan doloroso el esfuerzo para sonreír, que no pude contener las lágrimas.

Mi padre me alargó la mano, torpe y pesada, y me dijo con una especie de melancólico asombro:

--Pero, entonces, ¿me quieres?...

¡Lo dudaba, después de las bondades que tiene para mí continuamente!

Cubrí de besos aquella mano que estrechaba la mía con una presión todavía muy débil, y le respondí desde el fondo de mi corazón:

--¿A quién he de querer en este mundo sino a ti?

Creí leer en sus facciones el paso fugitivo de un ligero enternecimiento; pero después, y a medida que se disipaban rápidamente las nubes del síncope, se volvía a encender la malicia de la mirada en sus pupilas todavía turbias, y me dijo en su tono ordinario:

--¿Que a quién habéis de querer?... ¡Vaya, vaya! señorita Elena, ¿es usted sincera?... Creí que ese corazoncito era más pronto en conmoverse... y esperaba...

--¿Qué, papá?

Su viva y penetrante mirada me traspasó, en cierto modo, de parte a parte, y escudriñó todos los repliegues de mi alma antes de responder:

--Si esos ojos mintieren, habría que desistir de la verdad... Ya hablaremos de esto otro día, hijita. En este momento, lo mejor que puedo hacer es descansar... Sobre todo, no te agites; la muerte es poca cosa, ¿sabes? Un síncope como éste, un poco más largo, y ya estaba... No hay que formarse espantajos...

¡Ay!... Yo también pensaba lo mismo: un síncope un poco más largo sería la muerte, y temblaba de espanto pensando en el despertar, en el temible despertar en la otra vida...

Y no me atreví a decir nada.

Me faltó el valor y me callé cobardemente.

¿Por qué no está usted a mi lado, querido señor cura, para acallar mi remordimiento y aconsejar a mi buena aunque incierta voluntad, tan fácilmente extraviada en mis pensamientos?

Me siento tan débil, tan desarmada ante un hombre como mi padre, que ha vivido, estudiado y reflexionado tanto...

Creo que el lenguaje humano no tiene palabras para demostrar los misterios, y el pensamiento de poner mi ignorancia enfrente de la sabiduría y la ciencia de mi padre me parece un orgullo insoportable.

Y, sin embargo, ¿es bastante rezar en el secreto de mi corazón? ¿Es bastante? Dígamelo usted, mi buen señor cura.

Máximo a su hermano.

6 de octubre.

Lacante acaba de pasar una crisis que nos ha asustado un poco. Hace dos días recibí un telegrama de Elena advirtiéndome que su padre estaba enfermo y rogándome que llevase un médico.

Correr a casa de Muret y llevármelo a la «Villa Sol», fue cuestión de una hora.

Cuando llegamos, la crisis había terminado y encontramos a Lacante acostado por orden de su hija y bromeando agradablemente.

El doctor no encontró nada alarmante por el momento y prescribió un régimen que Lacante no seguirá, por desgracia.

Cuando Muret se marchó, después de haber ordenado un reposo absoluto y elogiando mucho a Elena por su sangre fría y por la prudencia de sus cuidados, fui a buscarla al jardinito, donde estaba sentada en el sillón habitual de su padre, a la sombra del tilo y en una postura un poco caída. Sus ojos hundidos y su palidez atestiguaban su emoción. A pesar de la expresión de tristeza que la envolvía por entero, los rayos del sol que se filtraban por el ramaje, ponían un nimbo de oro en torno de aquella fisonomía cándida y doliente.

Corté unas violetas y se las di con palabras de ánimo, a las que ella respondió con una débil sonrisa.

Me senté al lado suyo, penetrado de compasión. ¡La comprendía, la adivinaba tan bien!... ¿No había visto, hacía poco tiempo, al lado de la cama de la mendiga, a aquella criatura delicada, tan pronto confundida por una mirada, tan propensa a turbarse, tan tierna, desplegar una energía moral y una firmeza que llegaron a parecerme hasta duras, para arrancar a una pecadora al peligro de una muerte inconsciente, que hubiera sido para su fe la muerte sin perdón, la muerte eterna? Por muy extraño que yo fuese a sus creencias, la había comprendido y había admirado su fe robusta y activa y aquel imperioso sentimiento del deber que podía más que sus timideces y hasta que su compasión.

Y entonces también la adivinaba.

Comprendía su sufrimiento y su espanto al ver a su padre inanimado, y mi piedad por aquel débil corazón de niña, estaba impregnada de ternura. ¿Por qué el aspecto de la muerte predispone el corazón a esos enternecimientos? ¿Será que buscamos por instinto un refugio contra el aniquilamiento final? ¿Será que las fibras más profundas del ser se conmueven a la vez y vibran al unísono al contacto de la formidable enemiga?

Tenía yo un deseo apasionado de decir a Elena:

--Te he comprendido, alma piadosa y tierna. Por descreído que yo sea a los ojos de tu fe, he sentido y comprendo tu divina caridad. Nuestras inteligencias son diferentes y las influencias que han presidido a nuestro desarrollo han sido opuestas; hay, sin embargo, un punto en el que nos entenderemos siempre, y es el amor a la pobre humanidad, condenada al dolor y a la muerte.

Mientras yo me dirigía este monólogo, Elena mordisqueaba las violetas que yo le había dado y nuestros pensamientos se encontraban.

--¿Usted no cree?--me preguntó tristemente.

--Creo, por el contrario, en muchas cosas hermosas... en la bondad... en la ciencia... en la...

Elena me interrumpió:

--Hay un nombre que lo resume todo, ¿y no lo dice usted?

--Es que quisiera comprender...

--¿Comprenderlo todo?--me preguntó.--¿Es eso posible? ¿Cree usted que todo se puede explicar?

Yo no quería ni afligirla ni discutir.

--No--respondí;--las cosas de la fe, no. A esas se llega por el corazón.

--¡Oh! ¡Cuánta razón tiene usted!--exclamó con mirada brillante.

--Ya ve usted que no estamos lejos de entendernos--dije sonriendo.--Si usted quisiera que hablásemos así algunas veces, acabaríamos por ser de la misma opinión.

--Sí... usted me enseñaría a pensar...

--¡Oh! Para eso aténgase usted a su catecismo, Elena... He lamentado muchas veces que esté usted aquí expuesta a oír discursos que hieren sus creencias... Si alguna palabra mía lo ha hecho alguna vez, pido a usted de todo corazón que me perdone. Me acusaría siempre de haber cambiado en algo las ideas que le han hecho a usted ser lo que es.

Recordé que su padre dijo un día lo mismo delante de mí.

Elena sonrió y dijo:

--No tema usted; lo que ha entrado una vez en el corazón ya no sale.

Máximo a su hermano.

8 de octubre.

Ayer, día de la comida semanal en casa de Lacante, llegó Kisseler reventando de gozo. Acababa de saber una fea historia de uno de nuestros hombres políticos más visibles, favorito del Ministerio y en condiciones de ser ministro de un día a otro. Naturalmente, todos se esfuerzan por echar tierra al escándalo, y lo lograrán: testigos sobornados, supresión parcial del sumario, jueces bien elegidos, nada se omitirá para conseguir que se evite el proceso. Desde el punto de vista político, pues, las consecuencias serán nulas, por el momento al menos. Pero los detalles son curiosos e irresistiblemente cómicos para un cínico como este diablo de Kisseler.

Apenas entró, estando todos ya a la mesa, pues, según costumbre, llegaba tarde, empezó a contar la cosa con una gracia, con una mímica y con un lujo de detalles verdaderamente chistosos.

Desde las primeras palabras, Lacante le mostró con una seña a Elena, sentada enfrente de él, y Kisseler afirmó que sería prudente y que velaría su relato. Lo veló, en efecto, pero con un velo tan extrañamente plegado, que no hacía más que añadir un incentivo más a la brutal aventura.

Yo no podía menos de mirar a Elena, tan joven, tan inocente, entre todos aquellos hombres excitados y retorcidos de risa. Éramos siete, sin contar la Marquesa de Oreve.

Luciana y su madre no habían venido, afortunadamente, y Elena parecía entre nosotros como una hermosa azucena surgiendo de un lodazal. De vez en cuando dirigía a su padre una seña de amistad con un ligero gesto que quería decir claramente: «¡Qué fastidioso es ver reír a los demás cuando no se sabe de qué se ríen!»

¡Cuánto le agradecía yo el que no comprendiese, y cómo me felicitaba por la ausencia de Luciana, que, más madura en la atmósfera parisiense, hubiera ciertamente comprendido! Creo que en este caso hubiera tirado a Kisseler por la ventana...

Cuando todos se marcharon y Elena se metió en su cuarto, me quedé fumando un cigarro con Lacante para esperar la hora del tren.

Lacante estaba preocupado y tocaba el tambor nerviosamente con los dedos en la mesa. Por fin dio un suspiro y dijo:

--Tendré que separarme de mis amigos o de mi hija.

Y después de una pausa añadió:

--Es duro, a mi edad, romper con unas amistades de cuarenta años.

--Kisseler es incorregible e incomprensible, es verdad... Los demás tienen más tacto.

--¿Cree usted eso?... Hay discusiones de ciencia y de filosofía que ofrecen iguales o mayores peligros que las enormidades de Kisseler para un entendimiento joven y cándido como el de Elena. ¿Le parece a usted que ha comprendido ni una palabra de toda esa grosera historia?... Como si la hubieran contado en chino. Mientras que la sequedad de la duda que se introduce en esa tierna naturaleza substituye a la cándida fe que es su fuerza y su gracia...

Y Lacante levantó las manos y las dejó caer, como si viese ya pulverizado todo el edificio de fuerza mística.

--Admito--dijo,--que Elena no entiende las obscenidades de Kisseler, pero así como el oído se acostumbra a los sonidos de una lengua extranjera y acaba por comprender su significación, ¿no teme usted que?...

--¿Que sepa pronto más de lo necesario? Sí, sin duda.

--Es verdad--dije no sin malicia,--que le he oído a usted en otro tiempo expresar la opinión de que no es prudente dejar a las jóvenes en la ignorancia de las necesidades de la vida y que los padres asumen así una gran responsabilidad cuando llega el momento de elegir su destino.

--Aquellas eran teorías y frases de solterón--dijo moviendo la cabeza.--Solamente sabe el precio de la pureza el que ha podido penetrar hasta el fondo el alma de una virgen. Toda iniciación que no sea la del amor es un sacrilegio. Sí, sólo el amor tiene derecho a revelar los misterios...

Reflexionó unos instantes y siguió diciendo:

--Habría que casar a Elena. Podría ciertamente sacrificarle Kisseler y mucho más; pero soy viejo, amigo mío, y he recibido hace poco una dura advertencia, y debo asegurar el porvenir de esa pobre niña. Tiene algunos bienes, a los que se añadirán después los míos; es bonita y tiene bastantes cualidades para que no le falten los partidos.

--Es deliciosa--exclamé.

Lacante fijó en mí sus ojillos grises y penetrantes y yo bajé la cabeza.

Después siguió diciendo:

--Sí, ¿verdad? Más de uno lo juzga así, y cuando yo declare mis intenciones ya sé quiénes se pondrán en la fila... Pero solamente Elena decidirá.

Se levantó pausadamente (noto que se va entorpeciendo) y se apoyó en mi brazo para entrar en su cuarto.

Al estrecharme la mano, me dijo:

--Esta niña merece ser dichosa.

--Lo será--respondí maquinalmente.

Me dirigió entonces una seña amistosa y me dijo:

--Gracias, hijo mío.

¿Aplicábase esta frase al apoyo de mi brazo o a mi frase trivial sobre la dicha de Elena? Me quedé en la duda y esta duda me ha turbado.

Durante todo el camino he ido repitiéndome los términos empleados por Lacante en esta conversación y los de mis respuestas. ¿Debía revelar a Lacante mis compromisos con Luciana, a pesar de mi promesa de no decírselo a nadie? ¿Por qué debía hacerlo así?... Por temor de que a Lacante se le haya puesto en la cabeza darme su hija. Pero, si no piensa en tal cosa y me he engañado, ¿no sería tan ridículo como impertinente el tomarle la delantera y hacerle comprender que he adivinado su intención y que no debe contar conmigo? Por otra parte, ¿no ha dicho que solamente Elena elegiría?

Este último pensamiento ha calmado considerablemente mis escrúpulos, pues no tengo ningún motivo para creer que Elena decidirá nunca en mi favor, sino todo lo contrario.

Este Lautrec me parece muy solícito para con ella (lo está, eso sí, con todas las mujeres); es joven, elegante, rico, y como tiene pretensiones literarias que Lacante puede favorecer, bien pudiera ocurrir que por ese lado hubiera un desenlace muy dichoso...

Pero, es raro, la idea de ver a Lautrec convertido en el hijo de la casa, en la de Lacante, me oprime el corazón... No puedo, sin embargo, casarme al mismo tiempo con Luciana y con Elena, la morena y la rubia... Estoy loco y me voy a la cama.

Buenas noches, querido hermano...

Elena al Padre Jalavieux.

Octubre.

He leído, releído y meditado su carta de usted, mi buen señor cura, a fin de hacer entrar en mí el espíritu que la ha dictado y que quiero que sea mi regla de conducta: «No discutir jamás las cuestiones de fe...» ¡Cómo me agrada esto! La paz, la modestia del silencio... «Afirmar valientemente mi fe cuando se presente la ocasión, sin tratar de imponérsela a los demás.» También esto me gusta extraordinariamente.

Pero, señor cura, «hacer amar la fe haciendo amar en mí las virtudes que le debo...» ¡Señor! ¡Virtudes! Yo, tan débil, y que no tengo más que instintos ora buenos, ora malos y casi siempre infinitamente medianos...