Amar es vencer

Chapter 6

Chapter 64,114 wordsPublic domain

--¡Mucho peor!... Figúrese usted que ayer vinieron dos chicos a mendigar a la puerta, y la señorita les dio pan y unos centavos y les hizo hablar. No dije nada, porque su padre estaba allí y lo permitía... Pero hete aquí que esta mañana pide ir a paseo, y en cuanto estamos fuera me dice muy amablemente: «Querida doña Polidora, quisiera ir hacia la Celle-Saint-Cloud, a ver la madre de los dos niños que vinieron ayer; está enferma, tiene muchos hijos, carece de recursos, y qué sé yo cuántas cosas más.» Parecía al oiría, que no había otras miserias en la tierra... «¿Cómo se llama?» le dije. «La Briffarde; vive en el campo Quemado... Vamos allá, ¿verdad? ¿Quiere usted, mi querida doña Polidora?» Porque es mimosa como ninguna, la chiquilla. En fin, le dije: «Vamos,» no queriendo contrariarla. Echamos a andar preguntando el camino de vez en cuando, y por último llegamos a la Celle. «El campo Quemado, me dijo un segador, está allá, en lo bajo del camino. ¿Qué va usted buscando en el campo Quemado? No hay por allí nada bueno.» «Buscamos a una familia de pobres que vive allí.» «Entonces allí la encontrarán ustedes. La mala semilla se encuentra en todas partes.» El tono en que me dijo esto me dio qué pensar. Veo a dos pasos unas mujeres trabajando junto a una puerta, me acerco y pregunto: «¿Vive por aquí la Briffarde?» No tardé mucho en oír más de lo que quería: una perdida, una arrastrada, con toda clase de vicios y miserias. Intento entonces marcharme más que a paso y llevarme a la señorita; pero, que si quieres; ya se había echado a correr sin volver la cabeza y estaba en la perrera, porque no merece otro nombre el agujero en que vive esa mujer con sus crías. Naturalmente, tuve que seguirla y aún tengo levantado el estómago del hedor y de la podredumbre en que se revolcaban aquellos chiquillos y de los guiñapos infectos que servían de cama a la madre.

--¿Pero estaba verdaderamente enferma? ¿No habían mentido los niños?

--Lo estaba y mucho, según creo. Habían dicho la verdad. Los chicos se echaron como lobos sobre las provisiones que llevábamos. ¡Buen día tuvieron, los desgraciados! La madre trató de comer; pero no pudo... Lo que es esa no tiene para mucho tiempo. Pero ¿cree usted, caballero, que es el sitio de la señorita Elena la casa de una mujer así?... Ya sé, ya sé; la caridad... Pero también existen las conveniencias...

Y la tal Polidora se llenaba la boca con esto de «las conveniencias.»

Pensé, sin embargo, como ella, que no sería prudente dejar que Elena volviese a aquel antro, donde podía tener malos encuentros para su inocencia.

Hablaré de esto con Lacante, pues no me atrevería a iniciar con ella la cuestión. Un alma inocente es como las alas de una mariposa, a las que no se osa tocar por miedo de hacer caer el fino polvillo de oro y azul que nada puede reemplazar después. La pureza de un alma virgen realiza la idea que yo me formo de lo divino, es decir, de algo primordial, superior a todo conocimiento, antagónico con la ciencia misma, en una palabra, sublime. Da tristeza el pensar que un día se atentará contra la divina ignorancia. Querría uno colocar para siempre a la joven inocente en un altar, como esas celestiales vírgenes de los Primitivos cuyo colorido deslumbrador y cuya cándida gracia llegan intactos hasta nosotros desde el fondo de los siglos cristianos. Elena tiene el sereno candor de aquellas vírgenes. ¿No te gusta, como a mí, esa valentía y esa misericordia para con la pecadora?

En la «Villa Sol» encontramos a Lacante esperándonos sentado a la sombra del único tilo, y Polidora le contó sin tomar aliento la aventura de la Briffarde y le rogó que prohibiese a Elena volver a casa de aquella mujer de mala vida.

Elena estaba extraordinariamente desolada.

--Pero, ¿y los hijos, papá, qué mal han hecho? ¡Si los hubieseis visto devorar el pan y la carne! Tienen hambre y están hechos jirones... ¡Y la madre está tan enferma! No creo que tenga cura.

--Seguramente que no--exclamó Polidora.--Todo lo que se haga por ella será como no hacer nada.

--Papá, te lo ruego; permíteme al menos que les envíe algún socorro.

--Pero tú quieres arruinarme--dijo Lacante sonriendo y acariciando el cabello de su hija, que estaba arrodillada a su lado en la hierba.

--¿Quieres, verdad?--le dijo Elena besándole la mano.--Estoy segura de que doña Polidora consentirá en volver al campo Quemado.

Pero Polidora, muy ofendida y roja de indignación, declaró secamente que lo que no estaba bien para la señorita no lo estaba para ella y que, por otra parte, no tenía afición ninguna a visitar perdidas.

¿Comprendes a la joven y dulce virtud de Polidora temblando por su pureza?

Elena, muy confusa por haber ocasionado tal algarada, me echó una mirada cuya angustia comprendí en seguida, y me propuse ser el mensajero de su caridad.

Lacante dijo entonces que permitía a Elena volver, acompañada por mí...

--¡Y por mí!--se apresuró a decir Luciana.

Se convino en que iríamos los tres el domingo próximo, y Elena, radiante, nos dio las gracias a Luciana y a mí como si le hubiéramos hecho un rico regalo.

Elena al Padre Jalavieux.

Septiembre.

Me pregunta usted, señor cura, si tengo amigas y cómo son... Todavía no he encontrado ninguna a mi gusto.

Tengo, sin embargo, por vecina a una joven muy guapa, inteligente y artista. La veo con frecuencia, casi todos los días, desde que vivimos en la «Villa Sol». Viene a buscarme, sola o acompañada, para que demos un paseo por los bosques, y creo que la aburro, mientras que ella me intimida, lo que hace que apenas cambiemos palabras y menos aún pensamientos. Encuentra que soy ignorante, lo que es mucha verdad, y que tengo un entendimiento estrecho y limitado, lo que podrá ser cierto sin que yo me dé cuenta de ello. Naturalmente, no me lo dice así en mi cara, porque es muy fina; pero en varias ocasiones en que no se trataba directamente de mí, le he oído expresarse duramente contra las personas demasiado devotas y cuyas prácticas diarias empequeñecen la religión. Sabe usted, sin embargo, señor cura, con cuánta facilidad se cae en la indiferencia cuando se descuida el rezar todos los días. Dios se vuelve entonces como extraño, no se oye ya su voz en el fondo de la conciencia, no se sabe lo que nos manda ni lo que nos prohíbe y, en ese silencio de la voz interior, se flota al azar del humor y de las circunstancias.

Hace un momento, Luciana, así se llama, me ha preguntado de repente, después de andar juntas un gran rato sin decir palabra, si no sentía a Dios presente en el aire puro y libre de los campos, en las frescas enramadas del bosque, en el brillo chispeante del sol y hasta en la delicada pequeñez de los musgos y de las flores lo mismo que en la iglesia.

Le respondí que, en efecto, nada me hace más sensible la presencia de Dios que las inocentes bellezas de la Naturaleza.

--Entonces, ¿por qué le gusta a usted tanto ir a las iglesias?

--Porque allí es donde se realizan los misterios.

Me miró con una especie de asombro y no insistió.

Luciana es creyente, tiene el alma religiosa y habla noblemente de Dios y de las cosas divinas, que ella saborea como artista, más sensible, acaso, al sentimiento un poco vago de lo divino que a una fe precisa y determinada. Piensa que los dogmas estorban al impulso del alma hacia Dios, cuando, por el contrario, son para ella un punto de apoyo sólido que nos impide extraviarnos del camino recto; y porque así se lo digo me encuentra el entendimiento estrecho y limitado. Siento cernerse su desdén sobre mi cabeza y esto me produce una timidez que me cuesta trabajo dominar.

Su madre, la señora Grevillois, es una persona dulce, siempre cansada y sin aliento. Es muy piadosa, pero no del mismo modo que su hija, a la que sólo el respeto impide juzgar a su madre como a mí. Esta excelente persona pasa los días enteros sentada en una butaca junto a la ventana, con un bastidor de tapicería en las rodillas, y, casi sin levantar los ojos, clava la aguja en el cañamazo con una regularidad apacible y mecánica que da sueño. Es viuda, no tiene fortuna y creo que trabaja para ganar dinero. De todas las mujeres que me rodean, ella es la que me inspira más simpatía. Es la única que no se ríe con los chistes del señor Kisseler, un escultor amigo de mi padre, cuyo ingenio hace gracia a todo el mundo. Este señor me disgusta y me parece grosero, acaso porque no le comprendo, pues da a las palabras más sencillas, en apariencia, un sentido particular que hace reír a los hombres y ruborizarse a las señoras, sin perjuicio de reírse también. La de Grevillois permanece seria y con una expresión de placidez, como si no oyera lo que se dice. A la Marquesa de Oreve, por el contrario, le divierten extraordinariamente las ocurrencias del señor Kisseler y, si está callado, lo que es raro, no deja de incitarlo: «Kisseler está triste esta noche... Se conoce que no le inspiramos.»

Y esto basta para inflamar la pólvora. Mi padre dice muchas veces a la de Oreve:

--No lo provoque usted, señora, porque tenemos aquí muchachas esta noche.

Pero ella responde tranquilamente:

--No se apure usted; hay gracias de estado para las jóvenes y no entienden más que lo que deben entender. ¿Verdad, señoritas? Todo es puro para los puros.

Y el señor Kisseler se dispara.

La otra noche tuvo la ocurrencia de parodiar las ceremonias de la Iglesia, el modo de andar, las actitudes y genuflexiones del sacerdote en el altar. Al mismo tiempo murmuraba sílabas raras e incomprensibles, con inflexiones de voz cómicas, resoplidos grotescos y contorsiones extáticas y devotas. Estaba tan gracioso que, a pesar de la repugnancia que me inspiraba aquella farsa burlesca que era una profanación, no podía guardar mi seriedad ante aquella cara mofletuda, aquella nariz arremangada y aquellas muecas de compunción. La risa me retozaba en los labios, y puedo asegurar a usted, señor cura, que contra mi voluntad.

Por la noche, antes de volverse a París en el último tren, esos señores quisieron acompañarnos, a mi padre y a mi, a la «Villa Sol». Mi padre, un poco molestado de la gota, iba apoyado en el brazo de don Máximo. El señor Kisseler revoloteaba y mosconeaba alrededor de nosotros como un gran saltamontes aturdido, y don Gerardo Lautrec iba a mi lado, explicándome como poeta, las bellezas del claro-obscuro, mientras se levantaba en el horizonte una fina luna nueva. Este señor Lautrec es una persona muy agradable, alto, esbelto y rubio. Tiene unos ojos muy brillantes y muy rápidos, con los que parece que recorre el horizonte entero de una ojeada, y creo que su ingenio tiene la misma prontitud que su mirada.

Iba yo muy entretenida con lo que me decía, pero escuchándolo sin responder, intimidada por sus brillantes ojos, que se posaban a veces en mí como un relámpago, y avergonzada por la necedad de mi silencio, cuando el señor Kisseler vino involuntariamente en ayuda de mi torpeza. En una de sus piruetas, puso el pie en falso sobre una piedra, tropezó y se quedó bonitamente sentado en el camino, con el sombrero por un lado y el bastón por el otro. Sin turbarse absolutamente nada, sacó tranquilamente el pañuelo y se puso a enjugarse la frente con expresión satisfecha, como si el sueño de su vida se hubiera realizado al encontrarse allí gozando de un reposo definitivo. La carcajada fue general, pues la flema del señor Kisseler en tal aventura resultó irremisiblemente cómica. Fueron necesarias las instancias de sus amigos, que temían perder el tren, para decidirlo a levantarse del polvo donde estaba sentado y que le cubría la ropa. No fue floja tarea la de sacudírsela para ponerlo presentable.

Máximo a su Hermano.

14 de septiembre.

Ayer, domingo, fui a almorzar a la «Villa Sol» y a ponerme a la disposición de Elena para la visita proyectada a la Briffarde. Lautrec almorzó también en casa de Lacante y se ofreció a acompañarnos al campo Quemado. Luciana, fiel a su promesa, llegó en el momento en que íbamos a ponernos en marcha. Salimos, pues, los cuatro, dando escolta alegremente a un voluminoso cesto lleno de provisiones, con el que cargábamos alternativamente Lautrec y yo.

El tiempo estaba radiante y el calor nos hubiera parecido insoportable si hubiéramos tenido que ir a descubierto por una carretera. Pero atravesamos, por el contrario, un ancho trozo de bosque lleno de quintas con sus jardines floridos, sobre los que notaba el tibio perfume de las resedas, de los heliotropos y de las rosas.

El paseo era delicioso, a pesar del peso del cesto, que nos aserraba el brazo a Gerardo y a mí, torpes para llevarlo a causa de nuestra inexperiencia. Yo propuse aligerarlo haciendo una meriendilla a expensas del contenido, pero esta idea práctica fue acogida con una explosión de indignado desprecio, y las jóvenes, exaltadas, se apoderaron valerosamente del cesto y lo llevaron durante unos cien pasos, después de lo cual volvieron hacia nosotros miradas suplicantes y se dejaron convencer de que debían desistir de su hazaña.

Por fin llegamos.

He aquí el campo Quemado y la miserable cueva en cuyo umbral dos niños llenos de harapos se revuelcan en el polvo como perrillos alegres.

Entramos. Un olor fétido y sofocante se nos coge a la garganta y me basta una mirada para convencerme de que a la enferma le quedan pocas horas de vida.

La imaginación no puede concebir un marco más siniestro para el drama de la muerte: un camastro en una choza; ni eso siquiera, un montón de trapos sórdidos en una cabaña abandonada, podrida y agrietada, en la que, por lástima, se ha dejado instalarse a aquella desgraciada con sus crías, abortos demacrados, medio desnudos, sucios, enmarañados y rabiosos como animales hambrientos que se disputan un hueso. Por fuera, el dulce sol de septiembre, un aroma de hojas maduras, que una ligera brisa trae del bosque, y el puro incienso que exhalan los campos hacia un cielo azul pálido... Dentro, un aliento pestilente de fiebre, un hedor de roña inveterada, exhalaciones rancias, y, en una cama indescriptible, entre trapos sucios que apenas lo cubren, un esqueleto lívido, de arrecido sudor y en el que sólo brillan dos ojos ardientes, feroces, atrevidos, desesperados, dos ojos en cuyo fondo se leen todos los terrores de la muerte y todas las ambiciones de la vida.

Es la Briffarde.

La moribunda pasea por nosotros la espantada interrogación de sus ojos y los fija después en Elena, a la que mira un rato sin decir palabra, ya porque al pronto no la ha conocido, ya porque necesitase reunir sus fuerzas para hablar.

--Ya está usted ahí--dijo en voz baja y bronca.--Creí que no vendría usted.

--Lo había prometido.

--Se dicen esas cosas... y después... si te vi no me acuerdo.

Su voz se debilitó y murmuró, con cólera, sílabas incomprensibles. En seguida exclamó con aliento ahogado:

--Los pequeños... tienen hambre... No hay qué comer... Yo no puedo trabajar.

--No, pobre mujer, está usted todavía muy débil--dijo Elena con dulzura.--He traído para ellos pan y carne, y para usted caldo y vino.

Al mismo tiempo sacó las provisiones del cesto.

--Y aquí tiene usted un poco de dinero--añadió abriendo el portamonedas.

--¡Venga, venga el dinero!--exclamó la enferma, abriendo con ademán de fiera las largas y huesudas manos sacudidas por un calofrío...--¡El dinero! ¡El dinero!

No se calmó hasta que sintió en la mano dos monedas de plata, sobre las cuales se crisparon sus dedos; y, como si el esfuerzo la hubiese aniquilado, sus párpados se cerraron y su aliento anheloso se suspendió un instante.

A todo esto, la hija mayor de la Briffarde, pálida muchachona de unos doce años, estaba repartiendo entre sus hermanos el pan, la carne y unos cuantos coscorrones destinados a reprimir la indiscreta avidez de su apetito, todo esto en medio de un ruido infernal de gritos y llantos.

--Salgamos--me dijo Luciana, sofocada por el hedor de aquella cueva y estremecida de repugnancia. Yo hice seña a Elena de que se acercase.

--Esta mujer se está muriendo--le dije muy bajo.

Elena me miró con espanto y palideció.

--Todavía no, ¿verdad? Todavía no...

Y su voz me suplicaba como si hubiera dependido de mí el prolongar aquella vida expirante.

--Estoy seguro de que le quedan pocos instantes de vida. Si quiere usted evitar el cruel espectáculo de su agonía, no se esté usted aquí.

--¡Oh! no, no es eso lo que temo...

Se aproximó a la moribunda, le cogió la mano, aquella mano a la que una avaricia suprema tenía fuertemente apretada sobre las dos monedas, y la acarició dulcemente.

--¡Pobre mujer! La encuentro a usted hoy muy débil... Los niños deben de fatigarla...

--¡Oh! sí, los arrastrados... Siempre gritando, disputando y pegándose... No puedo con ellos... Mejor estaría en el hospital... pero dejarlos solos...

La voz de Elena continuó con gran dulzura:

--Podríamos colocarlos en alguna parte mientras esté usted enferma... ¿Dónde quiere usted que los metamos? Dígame lo que desea.

La mujer se quedó un rato sin responder, con los ojos fijos y el oído en tensión, como si tratase de penetrar el sentido de las palabras de Elena.

--¿Colocarlos? ¿Los chicos?... ¡Ah! sí, sí quiero... Las niñas con las monjas... de la Celle... Debe de costar caro... Los dos pequeños al Asilo, o en casa del padre Boussel, en Auteuil... ¿Sabe usted?

Elena prometió ocuparse de todo aquello, y yo admiré la ingeniosa gracia de aquel corazón de quince años tratando de arrancar a una madre, sin que ella lo sospechase, su última voluntad sobre los que iba a dejar huérfanos.

Me estaba ahogando en aquel aire pestilente y salí a reunirme con Luciana y Gerardo. Como ellos, aspiré con delicia el poco de aire puro que caía de las alturas del bosque al campo Quemado.

Elena, mientras tanto, seguía inclinada sobre aquel semicadáver, cuyo pecho huesudo estaba sacudido por un hipo siniestro. Había echado un poco de vino en una taza desportillada, y con el brazo alrededor del cuerpo de la Briffarde, estaba humedeciendo sus secos labios.

La mujer aceptaba aquellos cuidados como había aceptado las limosnas, sin dar las gracias y como cosa debida.

Los niños se habían diseminado por el campo, adonde los había enviado Luciana a cortar amapolas.

No quedaba en la choza más que la hija mayor, sentada en una piedra que servía de mesa y de banco. Sus ojos, pálidos y sin expresión, nos miraban obstinadamente a través de los mechones de cabello y detallaban de pies a cabeza el traje de Luciana, indiferentes, al parecer, al gemido casi continuo de la moribunda.

En el silencio de la choza, llegaba hasta nosotros la voz de Elena:

--¿Vienen alguna vez a visitarla a usted las hermanas de la Celle?

--Cuando tienen tiempo... muy de tarde en tarde...

--¿Y el señor cura, viene alguna vez?

La mujer exclamó duramente:

--¿El cura?... No, por cierto... A ese ni lo conozco.

--Estoy segura de que vendría si usted quisiera verlo.

--¿Para qué?--Hizo un movimiento brusco de protesta y cayó pesadamente, sin poder incorporarse.--¿Qué iba a hacer aquí el cura?... No quiero sotanas ni hombres negros a mi alrededor.

Elena respondió con voz temblorosa:

--Pues le diría a usted cosas consoladoras y palabras dulces y buenas.

--¡Palabras!... ¿De qué sirven las palabras y las frases?... Lo que yo necesito es que me curen... y el cura no puede hacerlo... El cura no es Dios...

--No es Dios, pero se dirige a Él y le reza...

--¡Oraciones!... Simplezas... Eso es lo que saben hacer... Hay quien los quiere; pero no... Si hay un Dios, tendrá otra cosa que hacer que ocuparse de mí, según parece... Puede jactarse de haberme hecho dura la vida, el tal Dios... ¿Por qué hay pobres como yo y ricos que no carecen de nada? Cuando oigo a los chicos aullar de hambre, ¿cree usted que tengo ganas de dar las gracias a ese Dios?

La moribunda se incorporó entonces, desgreñada, medio desnuda, con los hombros de esqueleto descubiertos, y sus ojos despedían llamas mientras sus labios, contraídos, se retorcían en una mueca espantosa. Elena retrocedió instintivamente.

--Dígale usted que deje a esa mujer agonizar en paz--murmuró Luciana a mi oído.--Hace mal en atormentarla así.

Yo también pensaba que Elena hacía mal. Sus esfuerzos por despertar la conciencia de la moribunda, por conmover su corazón e inspirarle mejores sentimientos, me parecían a la vez crueles y patéticos. ¿Para qué perturbar a aquella miserable bestia humana en su lucha suprema contra la disgregación? ¿Para qué exponerse a hacerla ver el negro abismo en el que estaba ya medio caída?

Me aproximé a Elena y traté de llevármela.

--Venga usted--le dije,--y deje a esta mujer agonizar en paz. Vámonos.

La muchacha hizo un movimiento para seguirme; pero una fuerza, mayor que toda repugnancia y que todo consejo, la aproximó al camastro y triunfó de la repugnancia y del horror que, por un instante, la había dominado.

Puso otra vez la mano en la de la moribunda, humedecida por un sudor glacial, y le dijo tiernamente:

--¡Cuánto sufre usted! Quisiera, antes de marcharme, que rogásemos juntas a Dios, pues yo creo en Él y lo amo.

La mujer dejó ver una risa sarcástica, y aquella risa, cortada por el hipo de la muerte, resultó horrible.

--Usted lo ama porque tiene razones para ello... ¡Yo, no!

--Siempre tenemos razones para amar a nuestro padre, y Dios lo es para los que le ruegan, para los que tienen confianza en Él, y le piden perdón por sus faltas... ¿Quién será el que no lo haya ofendido mil veces? Una sola palabra de arrepentimiento puede obtenernos su perdón... Usted lo sabe, ¿verdad? pues se lo han enseñado en el catecismo...

--Allá, en tiempos... sí, como a los demás.

--Entonces creía usted en Dios...

--Es posible... Cuando una es joven cree todo lo que le cuentan... pero después todo varía... Ya no creo en nada... Esas son historias para divertir a los pobres.

Volvió los ojos irritados hacia la puerta, en la que estábamos apoyados Gerardo y yo, y dijo:

--Oiga usted; pregunte a esos señores si van a misa.

--¡Yo sí voy!--dijo Gerardo.

--¿Y a confesarse?... ¡Bah! Eso es bueno para los desgraciados... para cerrarles la boca cuando la miseria les hace gritar demasiado fuerte... Dios, los curas y los ricos, se entienden muy bien... Yo no quiero cura... no quiero... He jurado que ninguno se acercaría a mí... y quiero cumplir mi promesa...

--¿A quién ha hecho usted tal promesa, pobre mujer?

--¿A quién?...

Estúvose un buen rato sin responder y dijo después bruscamente:

--El que me hizo jurar eso fue el padre de mi hijo más pequeño.

--¿Y dónde está el padre?--preguntó cándidamente Elena.

--- ¿Dónde está?... ¡Qué sé yo!... Se marchó hace muchos meses... Desde entonces estoy enferma...

Su palabra, entrecortada por las sofocaciones, se iba haciendo incomprensible.

--¿No guarda usted rencor al padre de ese niño? Dígame que le perdona.

--Hay veces que si lo atrapara por mi cuenta, al miserable...

Intentó un gesto de amenaza, pero no pudo levantar la mano, que se crispó bajo los harapos que la cubrían en parte.

Después siguió diciendo con voz vacilante:

--Otras veces... otras veces...

Y parecía buscar penosamente los jirones de su pensamiento fugitivo.

--Otras veces--dijo dulcemente Elena, inclinada hacia los fétidos harapos,--recuerda usted el tiempo en que se le enseñaba esta hermosa oración: «Dios mío, perdónanos, como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido.»

La Briffarde volvió hacia ella aquellos ojos que se apagaban, y sus facciones contraídas tomaron una expresión de paz. Sus labios resecos se entreabrieron, y, como un soplo, dejaron pasar la palabra: «Perdón...» Desde las profundidades del pecho subió a la garganta un estertor que se detuvo de repente. En aquellos ojos, ya fijos, aparecieron dos lágrimas sin rebosar de los párpados y se reabsorbieron lentamente, como el agua en una tierra árida.

Me aproximé a Elena y la así la mano.

--¡Se acabó!--dije.--Ahora venga usted.

--Hay que cerrarle los ojos--respondió Gerardo, que estaba a mi lado y cumplió ese piadoso deber.

Elena se levantó sin resistencia y me siguió.