Chapter 12
--Si haces un esfuerzo, verás cómo te acuerdas... Un oficial de la Escuela de Guerra, pequeño, moreno...
Y al ver que yo decía que no con la cabeza, pues no tenía recuerdo alguno ni empeño en tenerlo, Máximo dijo con maldad:
--Creo que Elena prefiere los rubios...--por alusión a Lautrec que es rubio y alto.
Aquel ataque me irritó.
--Tiene usted razón--dije,--prefiero los rubios. Puede usted decírselo a su candidato.
--¡Vamos! Elena--exclamó mi padre,--eres demasiado razonable para que te fijes, tratándose de tal cuestión, en el pelo de la bestia.
Nos echamos a reír y esto hizo menos violenta la situación.
--La cosa es seria, querida, y ya que Máximo sostiene tan mal la causa de su amigo, voy a encargarme yo de hacerlo.
Mi padre empezó entonces la enumeración de las cualidades del señor de Givors, de sus ventajas de familia, de su posición y sus esperanzas.
Yo lo escuché dócilmente, pero sin disimular mi indiferencia.
Mi padre lo echó de ver y me dijo:
--No parece que te interesa gran cosa lo que te estoy contando... Se trata de ti, sin embargo... Di lo que piensas.
Máximo dijo a su vez:
--Mi pobre amigo Givors, enamorado de usted, se pone a sus pies, en mi persona, para solicitar una respuesta favorable... ¿Qué debo decirle?
--Empiece usted por felicitarlo por la elección de su embajador--respondí con una amargura que me era imposible contener.--Si me decido a ese matrimonio, será ciertamente por la intervención de usted, Máximo...
--¿Pensaría usted acaso rehusar?--dijo un poco conmovido.
Mi padre no me dejó responder.
--Espera un poco, hija mía. Mi deber me obliga a insistir en la demanda del señor de Givors, que merece gran consideración... Si así no fuera, Máximo no se hubiera encargado de esta misión... que tan mal temple, dicho sea de paso... Pero piensa que había para ti en esa misión grandes probabilidades de dicha...
Me volví hacia Máximo y le pregunté:
--¿Es verdad?
Él me respondió en tono poco seguro:
--¿Puede usted dudarlo?
--Entonces, ¿me aconseja usted que acepte?
--¡No!... es decir... no puedo aceptar tal responsabilidad. Someto a usted el deseo de un amigo y afirmo que no sé nada de él que no sea honroso... Pero ¿quién se ha de atrever a garantizar la perfecta armonía de las naturalezas, de los caracteres, de las almas?...
--Tiene usted miedo por él, ¿verdad?
Nuestras miradas se cruzaron y creí leer en el fondo de la suya menos desprecio que pena.
--¿Qué respondo a Givors?--dijo por fin.
Mi padre vino en mi ayuda:
--No se puede, realmente, exigir de Elena una respuesta inmediata. Dejémosle tiempo para reflexionar...
Así están las cosas, pero yo no reflexiono, señor cura, pues estoy decidida a no casarme en este momento. Hay en mi corazón demasiadas tempestades y no se debe comprometer la vida bajo la influencia de una borrasca.
Hace poco tiempo que vivo con mi padre y quiero gozar de su presencia y de su ternura.
Así se lo he dicho, y aunque ha tratado de combatir mis argumentos, he visto que mi decisión no lo contrariaba y que, acaso, tendría un pesar al ver disolverse ya nuestra dulce vida común.
Máximo a su hermano.
Me ocurre una cosa infinitamente desagradable.
Esta mañana encontré en mi mesa, entre otras cartas, una sin firma y de letra visiblemente desfigurada, concebida en estos términos:
«Va usted a adornar su casa con una obra de hermosa apariencia, pero que ha sido ya leída y estropeada por otro. Sépalo.»
Hace un momento me han entregado otra en caracteres de imprenta, que se expresa con más claridad:
«Un amigo, que se interesa por usted, se cree en el deber de advertirle que está usted burlado por una coqueta. Al buen entendedor...»
La denuncia es tan formal como cobarde. Esos bajos ataques no merecen más que desprecios y he echado al fuego los dos papeles infames...
Sin embargo, relacionándolos con las insinuaciones de esa mala peste de Sofía Jansien, tienen algo de alarmante. Por lo menos prueban la existencia, alrededor de mi pobre Luciana, de enemistades que no retroceden ante nada. Pero sé por dónde buscar esclarecimientos. Preciso será que la Jansien me explique sus frases ambiguas y sus reticencias.
Estoy indignado, me siento infeliz, y justamente, voy, dentro de un momento, a presentarme ante el público en el Colegio de Francia.
¡Bonita preparación para una lección de apertura! Me arde la cabeza.
El mismo día, 6 de la tarde.
No quiero cerrar esta carta sin decirte que mi lección ha salido muy bien a pesar de mis disgustos y del cansancio de mi cerebro.
Una vez en mi cátedra, ante cientos de cabezas, de ojos y oídos dirigidos hacia mí, el sentimiento del deber profesional, y más aún el temor de fracasar miserablemente, han triunfado del desorden de mis ideas. Me he hecho violencia, me he serenado, y he dado la carrera sin vacilar hasta saltar victoriosamente el último foso.
En cuanto entré en la sala vi, en primera fila, a Luciana con su madre, y su vista me hizo daño a pesar de la sonrisa afectuosa que me dirigió... ¡Pobre muchacha! No lejos de ella estaba Sofía Jansien gesticulando y agitando un alto penacho multicolor. ¡De qué buena gana los hubiera puesto en la puerta, a ella y su penacho!
Todos nuestros amigos estaban allí: los Marqueses de Oreve, Lacante, Kisseler, hasta el doctor Muret, que había hecho hueco entre dos consultas para darme esa prueba de amistad. Antes de hablar los había visto a todos, menos a Elena, y ya la acusaba por su indiferencia cuando la vi detrás de su padre, desde donde me miraba atentamente, creyendo, sin duda, no ser vista.
Después de uno o dos minutos, empleados en colocar en la cátedra mis libros y unas cuantas notas de que me había provisto prudentemente, y durante los cuales me esforcé por poner en orden mis ideas, empecé bastante penosamente el elogio de mi predecesor, lo que no era materia fácil tratándose del pobre hombre al que sucedo. Mi triste exordio fue saludado por unos cuantos aplausos, que más se dirigían al difunto que a su panegirista.
Desde este momento desapareció toda cortedad y, libre ya de las trivialidades de encargo, entré valientemente en el asunto, que se me presentó claro en la ilación lógica de sus deducciones, e hice mi discurso con esa especie de soltura del que sabe lo que quiere decir y encuentra la expresión justa para decirlo.
A la salida recibí numerosas felicitaciones de todos los amigos y de muchos desconocidos. Luciana estaba radiante y se unía a mí, muy orgullosa, como si ya le perteneciera mi éxito, y esa cándida vanidad me complacía, a pesar del veneno de la víbora anónima que sentía correr por mis venas. Acaso no disimulé bien, pues me pareció inquieta en el momento de separarnos.
--Está usted cansado--me dijo,--y esta noche hablaremos mejor. Irá usted, ¿verdad?
--Trataré de ir.
Su cara se ensombreció.
--¿Qué puede impedírselo? ¿Una invitación? ¿Un placer?
--No hay placer para mí sin usted, Luciana. Esta noche iré, aunque sea tarde. Quiero hablar con Lacante, que no ha podido decirme más que dos palabras a la salida de la lección. Tengo necesidad de sus consejos, de sus observaciones y de su fino espíritu crítico...
Y he corrido a casa de Sofía Jansien, a la que había anunciado mi visita. Pero había salido, dejándome una excusa y citándome para mañana.
La noche me va a parecer larga. Esa mujer presiente el objeto de mi visita y retrocede todo lo posible. Preciso será que hable, sin embargo, y yo sabré obligarla.
Máximo a su hermano.
26 de noviembre.
La he visto y no ha querido decir nada, valiéndose de subterfugios y afirmando que había querido castigarme por el abandono en que la tenía y que había hecho mal de tomar en serio unas bromas que no merecían ese honor.
--¿Me afirma usted, señora, que no había en sus palabras ningún doble sentido ofensivo para mí o para mi prometida?
Sofía exclamó:
--¡Su prometida! ¿Así estamos ya? ¡Se va a divertir esa joven en la vida conyugal si ya sospecha usted de ella!... ¡Qué chistosos son los hombres! No me haga usted responsable de sus chifladuras, querido.
--Dispénseme usted que insista, señora. Háyalo usted querido o no, ha conseguido alarmarme, y le suplico de nuevo que me diga si realmente no hizo ninguna alusión desfavorable para mí o para...
--¿A usted? ¿Qué se le puede reprochar? Es usted un amable y buen muchacho, muy loco y muy cándido.
--No sé si soy amable ni, sobre todo, si soy cándido; lo que sé es que se trata de la tranquilidad de toda mi vida. Sea usted buena y franca... No sabe usted nada que se pueda reprochar a Luciana, ¿verdad?
--Reprochar... reprochar... Siempre se puede reprochar algo... hasta el ser demasiado perfecto...
--Eso no es responder... Voy a ser más preciso: lo que se podría reprochar a una joven seria...
--¡Bah! Es usted fastidioso--exclamó con un gesto de molestia.--Este interrogatorio me va cansando y agotaría la paciencia de un santo... No tengo nada que decir a usted y nada le diré... ¿Qué quiere usted que yo sepa de Luciana? ¡Es usted asombroso, palabra de honor! No estará contento hasta que le diga horrores de la mujer con quien se va a casar...
--Me importa, señora, conocer esos «horrores» para desenmascarar a los calumniadores y hacerles arrepentirse...
No hay calumniadores en esta casa, señor mío. Busque usted otro terreno para sus hazañas de galante caballero.
La hubiera estrangulado, pues conocía que estaba mintiendo y tratando de despistarme. Su voz y su risa sonaban a falso, y su salvaje enfado no hacía más que hundir en mi seno el aguijón de la duda... ¿De qué pueden acusar a mi pobre Luciana? ¿Qué puede saber, sin decirlo, esta horrible Sofía?
Después de unos minutos de silencio, empleados en dominar mi cólera, me levanté.
--Puesto que se niega usted a hablar, acaso sabré algo más preguntando al señor Jansien.
Sofía me miró con risueño asombro.
--¿Federico? ¿Mi marido? Es una idea original. ¡Inténtelo usted, amigo, inténtelo!...
Tiró de la campanilla y dijo al criado:
--Ruegue usted al señor que baje al salón.
Momentos después me vi entrar un hombre gordo, subido de color, cabello gris, bigote recio, anchas manos colgando de unos brazos rígidos y aspecto general de mozo de carga. Era el antiguo mayordomo del plantador; el feliz esposo de la abominable Sofía, que me presentó diciéndole que tenía que hacerle unas preguntas.
Vi que con tal personaje no hacían falta precauciones oratorias, y le dije:
--Tengo, caballero, que pedir a usted unos informes confidenciales, referentes a un matrimonio...
--¿Un matrimonio?... Bueno... bien...
--Se refieren a personas a quienes la señora de Jansien favorece con su benevolencia.
--¿Mi mujer?... La señora de Jansien favorece...
--La señora de Grevillois y su hija Luciana.
El hombre abrió los ojos con asombro.
--¿Grevillois? ¿Luciana? No las conozco...
Yo insistí:
--Su señora de usted recibe a esas personas, y creí...
--Pregunte usted a mi mujer... Yo no sé nada. Yo tengo mis amigos y ella los suyos... Cada cual sus gustos... Ella está contenta y yo también.
Vi que no sacaría nada de aquel zopenco y me marché, perseguido por la risa violenta de Sofía Jansien... ¡Con qué gusto la hubiera estrangulado!
En el momento en que yo salía, me llamó:
--Veo, caballero, que me guarda usted rencor, y hace mal... En casos como el de usted, sólo los amigos están obligados a responder... y a ellos hay que dirigirse cuando se quiere saber alguna cosa... ¿Por qué preguntar a los que no tienen el honor de ser de ese número?
Saludé sin responder y me fui a mi casa, donde encontré otro anónimo como los anteriores y que los siguió a la chimenea.
¿Qué enemigos de mi dicha se ocultan así en la sombra? ¿Qué bajas envidias ha excitado contra ella la pobre Luciana? No puedo sospechar de Sofía Jansien. Por mucho rencor y antipatía que tenga contra ella, no puedo creerla capaz de acciones tan bajas y despreciables...
Y, por otra parte, no puedo casarme llevando en el corazón una duda insultante contra la que va a ser mi mujer.
Elena al Padre Jalavieux.
Estoy todavía temblando de miedo, mi buen señor cura. Mi pobre padre ha estado muy enfermo durante dos días y dos noches, y yo he pasado terribles angustias.
La gota iba subiendo y los médicos no ocultaban el peligro. Esta mañana se ha puesto algo mejor y hemos vuelto a la esperanza, pero me estremezco todavía al pensar que la muerte ha podido llevarse a mi padre querido en ese obscuro estado de alma que lo tiene tan lejos de Dios.
Una noche en que lo estaba velando, me puse a rezar y a llorar arrodillada al lado de la cama, creyéndole dormido. Un ligero movimiento de la mano me indicó que despertaba, y me levanté prontamente por miedo de disgustarlo. Fijó entonces en mí sus ojos penetrantes y me dijo con una semisonrisa en los pobres labios quemados por la fiebre:
¿Por qué interrumpes tus oraciones cuando te miro? ¿Me tomas por un tirano? Ruega a Dios, si eso te consuela, hija mía; pero, entonces, no llores.
Esta vez me atreví a responder que no lloraría si fuésemos dos a rezar.
--¡Ah! Esos son otros cantares...
Se calló un rato con los ojos cerrados, y después, temiendo, sin duda, haberme afligido, me dijo con dulzura:
--Todos dependemos, hija mía, más o menos, del medio en que hemos sido educados y de las enseñanzas que hemos recibido. Cuando esté mejor, te contaré mi infancia y mi juventud, y verás que si soy un incrédulo no es enteramente por mi culpa.
Me asió la mano y me la besó varias veces, como para excusarse de ser como es y no como yo querría que fuese.
Elena al Padre Jalavieux.
28 de noviembre.
Mi padre está mucho mejor, señor cura. Esta mañana estaba alegre y se sentó solo en la cama. Después pidió su gorro negro y se lo puso con aire triunfante. En seguida habló de este modo:
--Aquí tiene usted, amigo mío...
Olvidaba decir a usted que se dirigía a Máximo, que le ha demostrado durante la enfermedad un cariño filial.
--Aquí tiene usted una personita que se tortura porque no pienso como ella en materia de fe, y que estoy seguro de que me encuentra muy ingrato porque no conformo mi pensamiento al suyo.
Quise protestar, pero me interrumpió con un gesto y siguió diciendo a Máximo:
--Quiero que sepa que no pongo en esto ninguna obstinación mal intencionada, y que, si dependiese de mí, no contristaría a tan buena hija ni vería su cara llorosa y angustiada sin transigir, por lo menos, con Dios-Padre... al que no niego absolutamente, pero que es para mí lo incognoscible. Conviene que Elena sepa que mis padres no me dieron religión y que ningún bautismo ha llamado sobre mí la gracia divina. Mi padre, alistado por entusiasmo, a los dieciocho años, en los ejércitos de la Revolución, perdió allí las pocas nociones religiosas que había recibido en casa de sus padres. Llegado a sargento, se casó con la hija de un escribano, llamado Sandoz, educado en las ideas de los enciclopedistas y libre de todo prejuicio religioso. He vivido muchos años, sin conocer a Dios más que por los escritos de D'Alembert y de Diderot y, después, por los de Rousseau y Voltaire. Mi madre se quedó viuda y se volvió a casar con un antiguo emigrado, el señor de Boivic, que se la llevó a Quimper, donde sus ideas se modificaron poco a poco, pero yo no era ya bastante joven para modificarme a su imagen, y vivía, además, lejos de ella. A ella, pues, y, después, a la señorita de Boivic, debes la educación que has recibido.
Mi padre se había vuelto hacia mí y se sonreía.
--¿No era, entonces, mi tía la señorita de Boivic?
--No, pero en Bretaña los parentescos son hospitalarios y la de Boivic quería considerarte como sobrina.
--Fue muy generosa para mí--dije con emoción.
--Ciertamente; le debemos mucho agradecimiento... Ya ves, querida Elena, que si no soy un buen cristiano, no pongo en ello gran malicia.
Yo estaba afligida al ver el ancho abismo que separa a nuestras almas, pero me esforcé para no dejarlo ver.
--Realmente, papá, no es culpa tuya... pero...
--¿Qué, hija mía?
--Un día dijiste que si la existencia de Dios no puede ser demostrada, es bueno, sin embargo, obrar como si lo fuese.
Mi padre se volvió hacia Máximo.
--¡Miren la chiquilla, que recoge mis palabras para traérmelas a la cabeza!... Y bien, señorita, ¿no obro yo con arreglo a la ley de Dios? ¿Me ves hacer mal al prójimo, despojar a la gente o calumniar a la virtud? ¿No vivo yo como una persona honrada y celosa de su deber?... ¿Qué tienes que objetar?...
No me atreví a responder, y él siguió diciendo:
--Habla, pardiez, y di lo que piensas... No me gustan las reservas mentales.
--Querido papá... los deberes para con el prójimo... son la mitad de la ley.
--Sí, sí, necesitarías oraciones, genuflexiones, que fuese a la iglesia, que me hiciese bautizar...
Se quitó el gorro y se lo encasquetó después de un golpe seco, lo que es en él señal de la más violenta agitación.
--Sí, Máximo, eso es lo que ella querría, el bautismo... El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo... Toda la Trinidad... Es mucho, señorita, es mucho...
Máximo dijo con dulzura un tanto desdeñosa:
--Cuando se toma lo sobrenatural, no hay que disputar por la cantidad.
--¡Oh! no--exclamé;--usted, no quiero que se burle de mí. A mi padre le está todo permitido... pero a usted le ruego que no se ría a mi costa.
--¿Reír? No tengo ninguna gana.
Y, en verdad, tenía una expresión muy melancólica.
Mi padre, que había recobrado su buen humor, se volvió hacia mí:
--No lo maltrates... Lo que dice es verdad, después de todo; cuando se entra en lo sobrenatural, se traspasan de un salto los límites de la razón pura y la discusión es inútil... Vamos, loquilla, no te devanes los sesos por mi causa... ¿No fue San Pablo quien dijo que la mujer fiel justifica al marido infiel?... Las hijas deben tener el mismo privilegio... Anda, puesto que hace buen día, aprovecha la ocasión de que Máximo quiere hacerme compañía y vete a tomar el aire... Tienes unas ojeras... que no hacen honor a la casa.
Cuando me marchaba, me llamó y me dijo dándome cariñosos golpecitos en el carrillo:
--¿Crees tú que no querría yo creer? ¡Por qué no tengo la fe de un patán cualquiera!... Muchas veces lo he pensado.
Máximo a su hermano.
28 de noviembre.
Si no es cierto que un disgusto borra el anterior, lo es que nuestra pobre naturaleza no puede sufrir con igual intensidad dos penas diferentes. Nuestro buen Lacante, un padre para mí, acaba de escapar, no sin trabajo, a un ataque de gota que por poco lo mata. Y este cuidado ha puesto en segundo término mis irritantes sospechas respecto de Luciana.
Pero en cuanto ha desaparecido el peligro de Lacante, ha vuelto a empezar el asalto contra mi pobre alma, que no puede ya más en esta lucha solitaria con fantasmas.
Cuanto más pienso en mi conversación con Sofía Jansien, más convencido estoy de que hizo insinuaciones contra Luciana sobre hechos que no quiere poner en claro. Le basta haberme vertido el veneno y hasta puede que ya lo lamente. Su última frase fue para aconsejarme irónicamente que consultase a mis amigos. ¿Será que ellos también saben, que todo el mundo sabe esas cosas que yo sólo ignoro? Toda mi sangre se subleva y hierve al pensarlo. El interrogar a unos y a otros es una investigación repugnante y odiosa, para la que, hasta ahora, me había faltado valor.
Ayer, sin embargo, Lacante, alarmado por esta tristeza que altera mi salud, me ha obligado cariñosamente a abrirle mi corazón y ha tratado de tranquilizarme. Me ha jurado que jamás ha oído poner en duda la perfecta corrección de Luciana y me ha aconsejado seriamente que desprecie las denuncias bajas y vagas que no se apoyan en nada, y que no ponga mi dicha a merced de cualquier miserable.
--Pero Sofía Jansien, sus medias palabras subrayadas con la mirada y con la sonrisa...
--¡Bah! Una mujer envidiosa de la belleza de Luciana... y ligera.
Me dio como un desafío, el consejo de preguntar a mis amigos.
--Usted... los de Oreve...
--Pregunte usted a los de Oreve, si eso le tranquiliza... pero yo afirmo que no sé nada. Puede usted creer que soy demasiado amigo suyo para no ponerle en guardia si creyese indigna a su prometida.
--Usted vive muy por encima de esos chismes y cuentos y no puede, en efecto, ser confidente de tales calumnias... A lo más, Elena pudiera haber oído algo... Entre mujeres...
--Lo dudo. Elena odia la maledicencia; pero, en fin, si usted lo desea, la interrogaré...
En esto estoy, querido hermano... Lacante no sabe nada, lo que es ya mucho, así como lo es el tener un poco de simpatía en el estado de ánimo en que me encuentro.
¿Hablar a los de Oreve? Me falta valor. Arrastrar a mi pobre Luciana de puerta en puerta, como sospechosa, como acusada, sin que ella lo sepa para defenderse, se parece mucho a una traición. Si le confieso mis perplejidades, despreciará mi debilidad y se negará a defenderse, la conozco, ofendida en su orgullo tanto como en su amor. Lo que no me impedirá llevar infiltrado en mi sangre y en mi corazón el veneno de la duda, que corromperá mi existencia y también la suya. ¿Quién puede jactarse de ahogar para siempre la sospecha, ese monstruo de cien cabezas siempre renacientes? ¿No he visto a todos los hombres a sus pies? ¿No me inspiró sospechas recientemente Gerardo Lautrec? Es verdad que supe después a quien se dirigían sus obsequios y con quién sostenía una correspondencia clandestina... ¡Era Elena!...
Decididamente, la mujer ha nacido perversa y engaña desde la cuna por una necesidad de su naturaleza. ¡Qué bien inspirado está el que se conserva a distancia del peligro femenino! Así era yo, en mi prudente indiferencia, antes de que la Eva de belleza viniese a tentarme... El fruto que me ha ofrecido tiene un amargo sabor... Pero, ¿de qué sirve gemir cuando se está con la cuerda al cuello?
Elena al Padre Jalavieux.
¡Oh! señor cura, estoy sufriendo una prueba en la que flaquea mi valor. Ya sabe usted que Máximo, la persona a quien más quiero después de mi padre, está convencido, por un funesto azar, de que he sostenido con Lautrec una correspondencia sospechosa. Sabe usted también que Máximo se va a casar con aquélla cuyo secreto está en mis manos.
He guardado hasta ahora religiosamente ese secreto y me he prohibido hasta la pena, por miedo de que detrás de ella se deslizase en mi corazón una sombra de deseo y de esperanza. Me ha costado gran trabajo, porque amo a Máximo y sé que ningún otro ocupará el lugar de que le destierro.
Pues bien, hace un momento, me ha dicho mi padre, después de hablar conmigo de los pequeños incidentes del día:
--También he visto a Máximo. ¿No le encuentras un aspecto triste y preocupado?
--Me ha chocado como a ti; no sé qué tiene.
--Es desgraciado y le he arrancado la confidencia de sus disgustos. Figúrate que el pobre muchacho está inundado de denuncias anónimas contra Luciana.
No pude contener un estremecimiento y mi padre lo notó.
--¿Lo sabías?
--No... Estoy estupefacta... ¿Qué dicen?
--Nada preciso... Dan a entender que ha amado a otro y que le ha dado algo más que esperanzas.
--Yo creía--dije con toda la calma que me permitía mi emoción,--que no se debía dar ninguna importancia a los anónimos.
--Nada más despreciable, en efecto; pero no dejan por eso de surtir su efecto funesto. Por mucho que se proteste contra la infamia del procedimiento, la sospecha queda. Máximo es una prueba... Además, la de Jansien ha lanzado insinuaciones pérfidas, sin querer explicarlas.
--También eso es despreciable.
--Como quieras... pero siempre será un hecho que la reputación de esa joven no está intacta... por una razón cualquiera, grave o fútil, antigua o reciente... ¿Qué piensas tú?
Mi corazón latía tan fuerte, que me costaba trabajo hablar.
--Pienso que la de Jansien está, acaso, celosa por la belleza de Luciana y que otras pueden estarlo por su matrimonio...
--¿No has notado nada que pudiera justificar esas, hablillas?
--Nada--respondí con voz ahogada,--sino que Luciana atrae a los homenajes y que acaso no los desprecia.
--¿Nada más?
--Nada más.