Amar es vencer

Chapter 11

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Levanté la cabeza y me encontré con Máximo, que me estaba mirando en silencio. En la especie de asombro indignado que expresaba su cara, comprendí que me había visto perfectamente meterme el sobre en el bolsillo.

--¿Qué preciosos papeles son esos, Elena, que guarda con tanto misterio?

Estaba yo como la grana y traté de responder riendo:

--La curiosidad es un pecado de mujer; los sabios lo han dicho.

--¿Es una carta?

--Aunque así fuese...

--¿Una carta para usted?

--No--respondí con voz un poco vacilante.

Máximo me miró fijamente como reflexionando. Después dijo de pronto:

--¿Son cartas de usted que se le devuelven?

Esta vez respondí con resolución:

--Menos todavía.

Máximo me cortaba el paso con insistencia y yo temía que, a fuerza de preguntas, me hiciese hablar más de lo que debía.

--No me pregunte usted, porque no sabrá nada.

Traté de tomar un tono de broma, pero me sentía, torpe, intimidada y mis carrillos ardían. Máximo me miraba con una expresión severa que me daba mucha pena y que poco a poco fue tomando un tinte de tristeza.

--¿Secretos, Elena?

--¿Por qué no?

Y, dando un golpe de ciego, añadí:

--¿No tiene usted ninguno para mí, Máximo?

Sin responderme, dio media vuelta.

--Está bien; cada cual tiene los suyos y yo no tengo ningún derecho para preguntar los de usted.

Se volvió a la sala y no me dirigió la palabra en toda la noche. Cuando se marchó le ofrecí la mano, pero fingió no verlo y se contentó con saludarme fríamente.

Y vea usted cómo he vencido a mi costa, señor cura, y cómo, por hacer un servicio, me encuentro regañada con el hombre a quien más quiero en el mundo, después que a mi padre.

¡Con tal de que Máximo no vaya a contárselo!... Si mi padre me pregunta, ¿qué le voy a responder? He prometido a Luciana un secreto inviolable...

Ahora es cuando veo mi imprudencia y el mal que de ella puede resultar. ¿Por qué el bien que he querido hacer se vuelve contra mí como un castigo? Consuéleme usted, mi buen señor cura, y aconséjeme. Su pobre hija espiritual está agobiada de temores y de penas y perseguida de negros presentimientos.

Máximo a su hermano.

16 de noviembre.

Los sucesos han marchado desde mi última carta, querido hermano; mi boda está fijada para el 31 de diciembre. Mi vida de soltero acabará con el año. ¿Lo siento acaso? No me lo pregunto, ocupado como estoy por las emociones del presente.

Habrás visto en los periódicos mi nombramiento oficial para el Colegio de Francia. He aquí una etapa recorrida con facilidad y presteza, gracias al apoyo del buen Lacante, a quien debo la poca notoriedad que me ha valido este favor.

Como recompensa por su constante afecto y por los servicios que me ha prestado, he ido a darle parte de mi casamiento, y no puedes figurarte con qué flaqueza de valor y de alma he cumplido ese ingrato deber. Me parecía que iba a cometer un parricidio.

A mis primeras palabras, su cara risueña y cordial se contrajo y tomó una expresión que nunca olvidaré, en la que se leían la sorpresa, la pena y muchos reproches.

Me escuchó en silencio, dejándome enredarme en mis frases y sin ayudarme con una palabra en mi penoso discurso. Le conté, lo mejor que pude y con entera sinceridad, mi historia, desde el primer paso de Luciana y nuestros compromisos recíprocos, que datan de un año, es decir (y así lo ha comprendido), anteriores a la aparición de Elena entre nosotros.

Su expresión rígida, tan poco adecuada a su fisonomía fina y sonriente, se fue dulcificando poco a poco. Suspiró profundamente y me dijo con un poco de tristeza:

--Me creía muy amigo de usted para que me tuviera tanto tiempo privado de sus confidencias.

Balbucí unas excusas sobre la incertidumbre de mi porvenir y sobre los obstáculos que hubieran podido eternizar mi noviazgo. Lacante movió la cabeza sin replicar, y siguió diciendo:

--Deseo de todo corazón que ese matrimonio le haga a usted feliz. Acaso hubiera deseado para usted una esposa cuyos gustos estuviesen más en relación con su fortuna. Sin embargo, si, como espero, Luciana es una mujer de corazón, sabrá sacrificar sus gustos en la medida necesaria.

En seguida me preguntó qué asunto iba yo a elegir para mi curso de este año, marcando así que la cuestión de mi matrimonio le parecía agotada.

Iba a exponerle mis ideas sobre este asunto y a pedirle consejos, cuando entró Elena muy sonriente y más bonita que nunca.

--Aquí tenemos a mi hijita,--dijo Lacante atrayéndola hacia él y con una inflexión de ternura que me conmovió. Parecía que quería preservarla de algún peligro. La misma Elena lo notó y le miró con un poco de alarma.

--¿Estás malo, papá?

--¿Malo?... No, por cierto; estoy muy bien... ¿Decía usted, Máximo?...

Había yo perdido el hilo de mis ideas y se lo confesé cándidamente.

Lacante suspiró, y dirigiéndose a Elena, que se había sentado a su lado en una silla baja, le dijo:

--No te extrañe la turbación de Máximo, pues tiene la mente muy lejos del Colegio de Francia... Viene a participarnos su casamiento con Luciana Grevillois.

--¡Luciana!...

Elena dijo ese nombre como un grito. Nunca he visto más profunda alteración de un semblante; la sangre abandonó sus mejillas y sus labios temblaron. Me miró fijamente con ojos dilatados y replicó:

--¿Es con Luciana con quien se casa usted?

--Cuando la conozca usted mejor, espero que querrá hacerla partícipe de la benévola afección que siempre me ha mostrado.

--¡Oh! La conozco ya bien... mejor de lo que usted cree...

Dijo esto Elena con fría aspereza y volviendo la cara, para ocultarme, sin duda, sentimientos que la ruborizaban.

La emoción contenida de Lacante me había dado pena, pero la de Elena me dejó indiferente. Cualquiera que fuese la causa, sabía yo que su corazón no entraba en ella para nada. Un singular incidente, ha cambiado en aversión decidida la atracción casi irresistible que me llevaba hacia ella y con la que luchaba en el secreto de mi conciencia. Durante mis querellas con Luciana había yo llegado a preguntarme si la sencillez de Elena, su modestia, su seriedad y hasta el fervor de su cándida devoción, convendrían mejor a mi vida laboriosa que la belleza brillante de Luciana. Sí, en vanas ocasiones, ahora puedo confesarlo, ha flotado entre Luciana y yo una sombra de pesar que me indisponía con ella. Ahora sé a qué tenerme y soy justo con mi prometida.

He descubierto que Elena, la inocente, la cándida, no es más que una mentirosilla muy inconsecuente, y que sus grandes ojos de tan recta y pura mirada y su puro perfil de inmaculada virgen, son una excelente máscara para ocultar las intrigas de una muchacha mal educada.

Figúrate que, una noche, la sorprendí guardándose en el bolsillo unas cartas que había depositado Lautrec en un escondite convenido. No pudo negar, pues el delito era flagrante, y salió del paso con audacia y bromeando sin explicar nada.

Esta intriga no me extraña y apenas me indigna por parte de Lautrec. Pero ella, Elena, ¿por qué recurre a esas maniobras clandestinas, engaña la confianza de su padre y se compromete con un hombre a quien apenas conoce, cuando podría escogerle en pleno día si él ha sabido agradarla? La cosa es fea, vil e instintivamente perversa.

¡Fíese usted de los místicos éxtasis en el fondo de las viejas catedrales!

He tenido un instante la intención de denunciarla a su padre; pero he renunciado a esta misión eminentemente ingrata. Lacante hubiera podido decirme: «¿A usted qué le importa?» Y, en efecto, ¿qué me importa, después de todo? Lacante es un poco responsable de lo que ocurre, porque no vigila a su hija, deja a su lado a esa Polidora de escasa moralidad y tiene a esta niña inexperta en un círculo corruptor y corrompido. Lo asombroso hubiera sido que hubiese continuado inocente.

Desde aquella fatal noche mis relaciones con Elena han cambiado por completo. La evito y le muestro una gran frialdad; y ella lo conoce y sabe que no me engaña y que la juzgo como merece. Por eso su estupor al saber mi matrimonio, su palidez y el visible temblor de sus labios me extrañaron, pero me dejaron frío. Hasta afecté mirarla con indiferencia agresiva que decía claramente: «Si creías endosarme algún día tus inconsecuencias, te engañabas, bonita niña. No soy hombre de hacerme el restaurador de las virtudes desportilladas.»

¡De quién fiarse, Señor!...

Elena al Padre Jalavieux.

Tengo una gran pena, mi buen señor cura. ¡Máximo de Cosmes se casa con Luciana Grevillois! Él mismo se lo ha dicho a mi padre, cuyos proyectos han sido así reducidos a polvo.

Y yo he echado de ver, al saber la noticia, que quiero a Máximo más de lo que pensaba. Me parece que la vida se ha derrumbado a mi alrededor y que ando por el vacío, hiriéndome en los escombros.

Lo más cruel es que, desde el momento en que me vio coger las cartas de Lautrec, me juzga severamente, me cree culpable, y no puedo desengañarlo...

¡Qué imprudente he sido al encargarme del secreto de otra! ¡Cómo me arrepiento de esta fatal condescendencia y del movimiento de lástima que me impulsó a ello!

Mi padre está un poco triste y preocupado, aunque se esfuerza por no dejarlo ver. Estaba acostumbrado a la idea de que Máximo sería su hijo, él mismo me lo ha confesado. Cuando Máximo nos dejó después de anunciarnos su casamiento, nos quedamos los dos unos instantes sin hablar. Después, mi padre me puso la mano en la cabeza y me preguntó si me sorprendía aquel matrimonio.

--Un poco--dije en el tono más tranquilo que pude.

--A mí también me ha sorprendido. Me había figurado que, dentro de algún tiempo, sería dichoso convirtiéndose en mi hijo... Le hubiera confiado sin temor a mi Elena... porque es un hermoso corazón y lo estimo mucho. ¿Qué piensas de su elección?

--No sé si Luciana lo hará muy feliz--dije fluctuando entre la violenta antipatía que sentía en aquel momento por Luciana y el miedo de dejarla adivinar.

Mi padre me contó que el compromiso de Máximo con Luciana data de un año, e insistió con bondad en ese punto, dándome a entender que, en aquel momento, Máximo no me conocía. ¡Pobre padre! Le cuesta trabajo comprender que se pueda preferir a Luciana, y acaso creía que mi amor propio sufría más que el suyo.

Y se engañaba, porque no es eso lo que me hace sufrir. Lo que me preocupaba entonces era el asombro de que Luciana, comprometida con Máximo, hubiera tratado de casarse con Lautrec. Hay en esto un misterio. Yo no he soñado que ha seguido con él una correspondencia secreta, que me ha encargado de rescatar, aun a riesgo de comprometerme. No lo hubiera hecho, sin duda, si hubiera podido sospechar mi cariño a Máximo y presentir lo que yo sentiría ser mal juzgada por él por su causa. Tampoco podía saber que yo me dejaría caer en el garlito. Evidentemente, no tiene ella la culpa de todo esto. Y, sin embargo, me hace daño verla; su presencia es para mí un suplicio.

En cuanto volvió se apresuró a venir a casa, impaciente por conocer el resultado de mi diplomacia. Pero justamente aquel día una sucesión de visitas se interpuso entre nosotras y no pude hablarle en secreto, ni, mucho menos, entregarle sus cartas. La segunda intentona no fue más dichosa, pues había yo salido. Hasta ayer no pude llevármela a mi cuarto, mientras su madre se quedaba con mi padre, y, confieso mi debilidad, señor cura, no pude reprimir un movimiento de repulsión cuando me dio la mano.

--¿De modo que ha vencido usted?--me dijo en seguida.--¿Tiene usted mis cartas?

--Aquí están.

Abrí mi cajón y le entregué el sobre cuidadosamente lacrado y en el que estaban escritas estas palabras: «Para quemarlo.» Luciana le abrió, contó los pliegos, y dijo:

--Están todas... ¡Qué amable ha sido usted!... ¿Le costó trabajo obtenerlas?

--Ninguno... La dificultad estuvo en entregármelas aquella misma noche sin que nadie lo notase.

--¿Y lo logró?

--No por completo... Máximo lo vio.

--¡Máximo!...

Luciana pronunció este nombre con voz alterada.

--Tranquilícese usted--dije un poco amargamente,--todo su desprecio cayó sobre mí. Creyó que las cartas me pertenecían.

Luciana no pudo contener un suspiro de alivio.

--¡Pobre Elena!--dijo con embarazo.--Estoy desolada por la contrariedad que le causo a usted.

--Es algo más que una contrariedad--respondí un poco secamente.

Ella me miró, como para penetrar el fondo de mi pensamiento, y replicó:

--Estoy desolada... pero perdóneme usted mi abominable egoísmo. Es una dicha que sus sospechas hayan recaído en otra, porque yo me voy a casar con Máximo.

--Lo sé.

Me temblaban las manos y los labios, y mis nervios, en intolerable tensión, me dejaban apenas fuerza para hablar.

Luciana continuó:

--Sí... me he decidido... Hace mucho tiempo que Máximo había pedido mi mano... y yo vacilaba... La abominable conducta de Lautrec me ha hecho ver el valor de cada uno.

--Cuento con usted--dije con voz ahogada,--para justificarme con Máximo. Quiero tener su estima.

Luciana pareció apurada y balbució:

--Sí... sin duda... lo haré... Buscaré una ocasión y lo explicaré todo de un modo verosímil... Confíe usted en mí y guarde el secreto... Me lo ha jurado usted.

--No lo olvido.

Necesitaba todas mis fuerzas para contenerme y para contener los movimientos de aversión que me sacudían los nervios.

Sé que hacía mal, pues no debo odiar ni despreciar a nadie... Pero sufría mucho para ser buena.

Luciana volvió a darme las gracias y a besarme, pero sus caricias me eran odiosas.

¡Oh! señor cura, regáñeme usted, si quiere; muéstreme mi deber; pero, sobre todo, consuéleme. Usted, que sabe el bien y el mal de mi vida y de mi alma, deme valor y un poco de su piedad.

Máximo a su hermano.

Dices que no comprendes cómo esa Elena, que te había pintado tan piadosa y cándida, se ha dejado arrastrar a una intriga más o menos galante. No te falta nada para decir que la calumnio. ¡Como si las apariencias no fuesen con frecuencia engañadoras! ¡Como si el corazón de las mujeres no fuese desde la cuna un abismo de misteriosa perversidad y de instintiva perfidia!

Y el alma de las devotas, sábelo, es la peor de todas, porque unen a la perversidad de sus instintos, y hasta el desorden de su conducta, la hipocresía de una virtud con que se engañan a sí mismas... Tienen tan altas aspiraciones, que se creen todavía llevadas por los ángeles cuando arrastran ya los pies por el fango de los caminos.

No hablemos más de Elena. Ha matado en mí la fe en la inocencia y en todo lo que es puro y verdadero. Esa niña, con sus ojos de madona y su sonrisa infantil, ha cometido un asesinato moral.

No quiero pensar más que en Luciana, que, dentro de seis semanas, será mi mujer. Está muy alegre y su humor es igual, dulce y tierno desde que todo está decidido, y yo le agradezco que sea dichosa, porque eso alivia no sé qué malestar que arrastro conmigo hace ya mucho tiempo, como el que no está dentro de su vocación. Creo que la mía hubiera sido hacerme cartujo y pasarme la vida entre cuatro paredes descifrando manuscritos, pues la verdad es que detesto la vida que hago, las relaciones, las vanidades, la vanagloria del éxito, el placer, y, sobre todo, a las mujeres, desde la primera a la última; no exceptúo más que a Luciana... con mil trabajos. Hay momentos en que, aun a su lado, me ocurren pensamientos malos, desconfianzas y duros sarcasmos.

Y la culpa es de Elena. Había imaginado en ella tal ideal de adorable bondad, de ingenua ternura, de sencillez y de rectitud, que, despojado de ese ideal, me encuentro como aplastado en el suelo, como caído de un campanario, aturdido, quebrantado, incapaz de remontar el vuelo hacia las alturas y condenado a arrastrar mis miembros dislocados y mi espinazo roto por el polvo nauseabundo de la vida vulgar.

Termino con esta hermosa imagen para irme a cumplir mis deberes de novio feliz. ¡Qué comedia es la vida!

Máximo a su hermano.

Así, pues, se vuelve usted irónico, señor hermano, y me hace observar con malicia que mi última carta está llena de imprecaciones contra Elena, mientras que Luciana ocupa en ella muy poco lugar...

¿Qué quieres deducir de ello? La verdad es que la cólera, la indignación y todos los sentimientos dolorosos, favorecen la elocuencia más que la dicha. ¿Desde cuándo se narra la felicidad? ¿Puedo describirte al detalle las perfecciones de mi prometida, la riqueza de su talle, la nobleza de su hermosura, ni el encanto atrayente de aquella boca, que parece llamar al beso que rehusa la altivez de la mirada? ¿Te diré cuántas veces he besado sus largos dedos de uñas duras y brillantes? ¿Te contaré nuestras querellas (existen y tengo que confesar que vienen de mí) seguidas de una paz frágil? Me estoy volviendo gruñón y saltarín como una cabra, y temo que nuestro matrimonio no sea un modelo de armonía.

En otro tiempo, ¿te acuerdas? era yo bueno, tenía compasión de todo lo que vive y sufre y hubiera sido incapaz de causar la más ligera pena a una criatura humana. Pero me han enseñado que hay que defenderse y estar en guardia, y que lo seguro en este mundo es dar los primeros golpes. Siento que me estoy volviendo todo lo malo que es necesario.

Después de muchos días de no ver a Elena, ayer la encontré en casa de la Marquesa de Oreve. Cuando me acerqué a ella para saludarla, me dio la mano con una mirada de tan suplicante dulzura y con una sonrisa tan triste, que todos mis malos sentimientos vacilaron. ¡Qué poder hubiera podido ejercer sobre mí si hubiera sido tal como yo la imaginaba, si me hubiera amado y las circunstancias nos hubieran unido a tiempo!

Había a su lado una silla vacía y me senté en ella, obedeciendo a una fuerza más poderosa que mi voluntad; pero como no teníamos nada que decirnos, no atreviéndonos a iniciar ningún asunto íntimo y personal, no hicimos más que cambiar reflexiones tontas sobre los que nos rodeaban, sobre el tiempo y sobre las revistas de la quincena, todo ello interrumpido por torpes silencios. No me atrevía a levantarme; una indulgencia repentina y tierna me tenía clavado en aquella silla al lado de la suya, y sólo temía que el fastidio de aquella estúpida conversación o un detalle imprevisto le hicieran levantarse a ella. A pesar de mis secretos resentimientos, había vuelto a ceder al encanto de su dulzura, de la cándida gracia que emana de ella como un perfume y de la alegría un poco melancólica de reanudar nuestra fraternal amistad.

Luciana estaba impaciente al verme tanto tiempo al lado de Elena, y varias veces había sorprendido sus miradas fijas en nosotros como si quisiera adivinar lo que decíamos.

Por fin se aproximó, acercó una silla y nos pidió con expresión sonriente permiso para terciar en la conversación.

--¡Bah! Para lo que decíamos... Elena no está inspirada, y yo he dado prueba de buena voluntad sin resultado.

--No sin resultado... No puede usted figurarse el placer que me ha producido...

Elena dijo aquello con una triste gravedad que quitaba toda trivialidad al cumplido.

Luciana preguntó:

--¿De qué hablaban ustedes?

--Decíamos que el verde será el color de moda de este invierno... Si lo duda usted, mire a la de Jansien.

Luciana se echó a reír.

--Es verdad; parece una pradera.

Y Kisseler que se había acercado, añadió:

--No le falta nada; ni la campanilla al cuello.

--Le falta el pastor--replicó Luciana.

Elena estaba distraída y me pareció que acogía, con frialdad las frases cariñosas de Luciana, que estuvo, contra su costumbre, pródiga de ellas.

¿Sería la ausencia de Lautrec lo que la tenía tan preocupada? Así lo pensé y sentí renacer todas mis prevenciones.

Lacante, que estaba algo delicado y andaba con dificultad, se retiró temprano con su hija. Y disponíame yo a seguir su ejemplo, cuando Sofía Jansien salió al paso.

--No tiene usted la menor atención para las antiguas amigas--me dijo haciendo monadas.--Apenas me ha saludado usted esta noche, y su bella Luciana lo guarda tan severamente, que no se le ve a usted por ninguna parte... Ni siquiera me ha anunciado usted su boda.

Le recordé que había intentado en vano encontrarla en su casa y que la había escrito para participarle el casamiento.

--Sí, la estricta urbanidad y nada más. Pero yo hubiera querido otra cosa...

--¿Qué, señora?

--Un poco más de interés en hablarme de sus proyectos... antes de que fuesen definitivos... Le hubiera a usted dicho, acaso, cosas... interesantes.

--Siempre es tiempo de decirlas.

--No, no... ya no es tiempo... No hay más que inclinarse ante las declaraciones oficiales... Pero hace usted mal en tratarme como a una cantidad despreciable, se lo aseguro.

--Nada más lejos de mi pensamiento. ¿Qué me hubiera usted dicho, señora, antes de las declaraciones oficiales?

--Le hubiera dado a usted acaso algunas indicaciones útiles... con arreglo a ciertas observaciones... ¿Quién sabe? Puede que hubiera podido hacerle a usted su horóscopo y el de Luciana...

--No sabía que era usted nigromántica; de otro modo, hubiera recurrido ciertamente a sus luces sobrenaturales...

--¡Ah! ¡Ah! Es usted irónico... se burla usted... Yo no soy, sin embargo, una visionaria, amigo mío, y lo que veo lo veo bien.

--¿Y qué ve usted?

--Una guapa muchacha y un buen mozo. Nada más, por el momento.

--Sin embargo... parece que... Dígnese usted decirme qué significan sus ingeniosas insinuaciones.

--Nada absolutamente, amigo mío; no tengo nada que decir a usted ya... Siento solamente que no me haya usted hablado antes de sus proyectos. Me ha tenido usted muy olvidada estos últimos tiempos.

La insté inútilmente y no pude sacar nada más.

Estoy cierto, sin embargo, de que tenía en la mente alguna maldad contra mí o contra Luciana... probablemente contra Luciana, que es demasiado hermosa para no suscitar muchas envidias.

Creo que no hay para qué atormentarse por los dichos de esa aturdida de Sofía Jansien; y, con todo, aquella conversación me ha preocupado.

Elena al Padre Jalavieux.

Doña Polidora ha venido esta mañana a decirme que mi padre me llamaba, y he corrido alegremente a su despacho, pues los momentos más felices del día son los que paso a su lado.

Máximo estaba con él y los dos tenían un aspecto grave. En seguida me eché a temblar sin saber por qué, por instinto, solamente porque tengo el corazón como aplastado por el secreto que llevo en él y por mis culpas para con mi padre. Me senté en un taburete al lado de su butaca y esperé interrogándole con la mirada.

--Es muy joven--dijo mi padre dirigiéndose a Máximo,--es una niña.

Había en sus palabras una tierna piedad que parecía abogar por mi.

Máximo respondió:

--Es joven en años, pero la creo muy adelantada para su edad.

Su voz dura me hirió tanto como la mordaz ironía de sus palabras, cuyo sentido yo sólo comprendía.

Pensaba en las fatales cartas que me había visto ocultar. ¡Oh! ¡Con qué ganas le hubiera arrojado al rostro la verdad! ¡Cómo le hubiera dicho que guardase sus desprecios para la que los merece! Pero la traición es cosa vil y baja. Más vale callar y sufrir. Mi padre se había sonreído, sin sospechar la crueldad de Máximo.

--Querida--me dijo alegremente,--se trata de un matrimonio. No tomes ese aspecto horrorizado, puesto que nada habrá de hacerse contra tu voluntad. El partido que se presenta, sin ser excepcionalmente brillante, es muy conveniente y ofrece serias garantías. Un muchacho bien educado, inteligente, de conducta irreprochable... Máximo, que lo conoce bien...

No pude contener una exclamación y observé a Máximo, que me estaba mirando con expresión provocadora.

--Sí--continuó mi padre,--Máximo ha consentido en encargarse de presentar la demanda de su compañero de colegio, Gastón de Givors, y de hacer valer sus ventajas, que no son de desdeñar.

--Veamos las ventajas--dije fríamente, dirigiéndome a Máximo.

--Hay que saber ante todo si Gastón de Givors no la disgusta a usted.

--No lo conozco.

--Dispense usted, Elena, pero debe conocerlo, porque ha venido aquí varias veces y hasta han hablado ustedes.

--Es posible, pero no he reparado en él. Viene aquí mucha gente y el señor de Givors se ha perdido en la multitud.

Mi padre intervino: