Pinya de Rosa. Volume 2, Book 4

Chapter 3

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Doquiera deteníanse o cruzábanse con amantes parejas o con grupos ruidosos de retozonas y alegres rapazas. Ya distraía su atención la pregonera de avellanas, ya el gaitero anticipando generosas melodías. El sol -¡bendito sol de Asturias, que alumbra y no quema!- doraba pomaradas y maizales, bruñía el camino. En el complicado laberinto de vericuetos, regatos, cerrillos y praderas, todo era canciones, risas, cuchicheos y amores, galas de la tierra y del corazón.

- VI - La romería

El escenario de esta romería formábanlo una plazoleta y dos amplios prados, casi en la cima de la montaña. En uno de estos pradales alzábase en la linde menguado caserío, del cual descollaba, por lo gigantesco y bizarro, el pardo caserón de los Peñalbas, de vieja piedra sucia, de rotos balcones anchurosos, de rojo portalón claveteado, de borroso grande escudo señorial. En el palacete del Peñalba reinante estaban invitados aquella noche a sentarse a la mesa, entre otros quince o veinte comensales relativamente empingorotados, Mercedes y sus dos amigos.

En la plazoleta, junto a la ermita, alrededor de la cual cubrían zarzas y rosas silvestres las losas sepulcrales, erguíase la casa del capellán, donde por la tarde hubo la anual comilona para todos los curas de la parroquia, con la consabida dorada carne asada, las mejores truchas del Narcea y el más exquisito jamón de Cangas, sin olvidar el clásico arroz con leche, regado todo ello con sidra fuerte y vino de Candamo.

Desde los primeros repiqueteos de las campanas empezaron los vendedores a fijar sus blancas mesas de pino sobre la hierba, apoyando en las lanzas de los carros ociosos las pellejas de vino y esparciendo en torno el abigarrado tenderete de botellas de cerveza, cestas de variados hojaldres, jarras blancas o azules, largos caramelos de colorines y todas las vírgenes del calendario, representadas en confituras.

Ningún americano del contorno, con sus cadenas o sortijas más relucientes; ninguna señoritinga pudorosa; ningún mozo aldeano, todos en atavío de fiesta; ninguna moza, con los trapitos de cristianar realzando su gentileza y garbo, faltó a la misa.

Mientras duró ésta, gaiteros y tamborileros ensayaban sus más escogidas tocatas peregrinamente.

El sermón fue largo, o lo pareció; después la comida de los curas señaló el único acontecimiento mientras la fuerza del calor apretaba.

En los romeriles campos sólo vagaban entonces turbas de chiquillos, jugando a las chapas o disparando cohetes, siempre vociferando, siempre riendo con salvaje risotear.

Cuando ya el fuego del sol amansaba sus rayos, los primeros romeros madrugadores entraban, procedentes de diversos vericuetos, limpiándose el sudor del cuello y parándose a refrescar bajo los ennegrecidos toldos.

El ruidoso estallido de los relampagueantes cohetes, el dulce siseo de la gaita, el grave vozarrón del tambor, los pregones dangosos de las avellaneras, los carros desuncidos, los puestos rebosantes, los vasos de cerveza en alto, el runrun de las conversaciones, las atropelladas risas y atropellantes carreras de los chicuelos, preludiaban fiesta.

En el contiguo castañar algunos grupos merendaban, resaltando las blancas servilletas como manchas de nieve entre la verde hierba deslumbrante de la campiña húmeda.

Al asomar las primeras caras bonitas, el resplandor, que hasta entonces venía del sol, pareció venir de ellas, y de los resplandecientes ojos de las rapazas partió la señal de sensual alegría.

Dos o tres parejas de mozas bien plantadas, aproximándose como involuntariamente a un gaitero, improvisaron la giraldilla; a partir de entonces, la doble hilera humana fue alargándose rápidamente, ensanchándose el círculo de los mirones curiosos, difundiéndose la animación hasta hacerse ya tan grande el número de bailarines y de sus embebecidos contempladores, que muchos se trasladaron al segundo prado, donde algunas escasas parejas dieron origen a otras dos progresivas filas de hombres y mujeres embriagados en el bailoteo.

Cada vez eran en ellas más sueltos, más voluptuosos los movimientos, más copioso el sudor resbalando por la encendida mejilla, más dulces y sugestivas las miradas.

En ambos prados el rebaño humano bebía, bailaba, giraba, cantaba, daba voces. Gritos de vendedores, sones de gaita, risas, chicoleos, iniciaciones de borrachera y preparativos de amores, poblaban el ambiente. Cuando la luz del sol era mortecina, el rumor excesivo, general la distracción, mozas y mozos improvisaban, fuera de las catedrales de la giraldilla, otras capillitas de baile agarrao, a los acordes de algún entrometido e invasor organillo ambulante. Y como si la luz del sol fuera una barrera separadora, a medida que ella se distanciaba de los campos iban estrechándose cada vez más los contactos entre ambos sexos, hasta el punto de que, apenas insinuado el anochecer, las dos sombras de cada pareja bailarina proyectaban el suelo una sombra sola, compacta y ondulante.

En aquellos instantes de lánguido misterio crepuscular, llegaban Carlos, Fernando y Mercedes a la romería. Admiraron el agreste paisaje, el cuadro romeril; estrecharon manos amigas, saludaron a las señoritas peripuestas, visitaron los puestos, recorrieron los grupos.

El Manco, ante el habitual numeroso auditorio, en los albores de una embriaguez elocuentísima, acompañado siempre de su inseparable don Teodomiro, lloraba una nueva elegía por la pérdida de nuestro glorioso imperio colonial. A don Venancio, en otro tabernáculo volante, el deleitoso vaso de sangría no le impedía saludar con almibarados tiernos ojos a la esbelta cubana. La Mariposa, con los suyos hermosos, perennemente azules y fríos, no disfrazaba el enojo ante la declaración número mil del violento Andrés, indesahuciable por lo testarudo.

Cerca de esta pareja habíase detenido la viuda con los dos gallardos acompañantes, cuando acertó a llegar, como vanguardia de sus selectos invitados, el noble señor de Peñalba; quien rápido se dirigió a Mercedes para estrechar en su basta manaza de campesino voluntario las ajazminadas manitas de la graciosa americana, mientras la decía:

-¡Tanto bueno a honrar mi casa! Venga usted, señora, venga usted a endulzar con sus trinos de ruiseñor la cueva de este viejo lobo. En el campo, como en el campo.

-Me han contado que es todo un palacio su casa de usted.

-Grandota, pero nada más.

Y en esto el señor de Peñalba afirmaba la verdad. Aunque hombre culto, prefería ya la naturaleza a los libros. Todo en su vasto hogar tenía sabor agreste. Ningún refinamiento, nada de lujo, nada de muelle regalada blandura. Todo era tosco, enorme y recio. Solamente los cazadores o labradores hallarían algo interesante allí. Así debió de sospecharlo el pintor, quien apenas presentado a aquel cacique sin cacicato se apresuró a enunciar:

-Vaya usted, Mercedes. Luego iremos a recogerla Carlos y yo. Estos bailes agarraos me interesan mucho.

-Yo creí que solamente el desnudo entraba en sus dominios -opuso picaresca la grácil viuda.

-Estos bailes no son el desnudo precisamente -repuso el pintor-, pero poco les falta.

Con tales razones, amén de los obligados cumplimientos, la dulce cubana, dando el brazo al señor de Peñalba, con pintoresco séquito dirigiose a visitar el destartalado caserón, dejando al artista con el administrador, cercanos a la plática de Andrés con su bello tormento.

-¿Y nunca llegará a conmoverte esta constante e inmensa llama de mi pecho? ¿Nunca te merecerá una limosna de esperanza? -preguntaba, como siempre, el desesperado Andrés.

La Mariposa miró de soslayo a su antiguo novio, replicando después al actual pretendiente con forzada sonrisa, que a éste le pareció un rayo de sol en plena noche:

-¡Quién sabe! ¡Quién sabe! La esperanza es flor que nunca se deshoja, y tanto va el cántaro a la fuente...

-¿Cuándo? ¿Cuándo? -repetía anhelosamente el terco enamorado.

-¡Quién sabe! ¡Quién sabe! -canturreaba coqueta la risueña rapaza.

-Vámonos de aquí, Fernando -propuso Carlos agitadamente.

-¿Qué mosca te ha picado? -interrogó el pintor, contrastando la ordinariez de esta pregunta con la distinción del preguntante.

-Ninguna; pero sigamos adelante. ¡No vamos a estar aquí parados siempre!

Y Carlos tiraba nervioso del brazo de su amigo.

Cuando ya estuvieron a algún trecho de allí, Fernando espetó a su antiguo condiscípulo gravemente:

-Lo que tú necesitabas era que yo me entendiera con esta chiquilla, que debe de poseer, dicho entre paréntesis, unas ancas dignas del pincel de Rubens.

-¡No digas disparates!

-Yo tengo ya -añadió Fernando- interés por conocerla de cerca, para apreciar cuál es el hechizo que te esclaviza. Si yo la disfrutara, tú la olvidarías.

-Hablemos de otra cosa, si te parece.

-No me parece. Digo que siento la curiosidad de pegar la hebra un rato con esa coquetuela, y va a ser ahora mismo.

-No te lo perdonaría nunca el que habla al presente con ella.

-Que no me lo perdone; moriré con este disgusto.

Fue en vano que intentara Carlos convencerle. El pintor se acercó a la mozuela, invitándola a bailar.

-¿Quiere usted favorecerme con esta habanera, hermosa?

Mariposa, sorprendida por lo brusco de la invitación, se cogió a su brazo y bailaron.

Como era ya entrada la noche, los bailarines tenían mayor libertad contra las miradas indiscretas. Algunos sujetaban a su rendida pareja pasándole ambas manos por la espalda para oprimirla más. No faltaban piernas audaces lanzadas a un contacto definitivo. Sonrosadas, despeinadas, sudorosas, las mozas echaban el pecho adelante y la cabeza atrás, como si fueran a esquivar un beso; pero la distancia era tan breve, que el cálido aliento de la dominada continuaba quemando la mejilla del dominador.

Fernando, para quien todo atisbo de placer era una luz serena, no fue de los menos atrevidos en aproximación; pero como lo hacía sin jactancia, con el mismo natural impulso del que, acometido por repentina sed, se llega a una fuente para refrescarse el paladar, la muchacha hallose oprimida sin darse cuenta de ello, tan gradual e insensiblemente, que no había un segundo en el cual pudiera decir a su desenfadado conductor: «Ahora es cuando se acerca usted un poco más de lo debido.»

Y la avisada rubia le dejaba incrustarse, no por torpe deleite, que lejos de su naturaleza instintivamente delicada estaba siempre toda vulgar sensualidad, sino porque el aparentemente lascivo agrado venía en ayuda de su amoroso cálculo, esperanzada en que la esquiva frialdad de Carlos no resistiría tamaña prueba.

Así fue. Carlos dijo al pintor:

-¿Me permites dar una vuelta con tu pareja?

Y no dio una vuelta, sino muchas, durante las cuales contrastaban las reservas o arisqueces de las palabras con la estrechez y voluptuoso abandono de los movimientos.

El pintor, alarmado, volvió a quitarle la pareja, convirtiéndose en una verdadera intervención armada.

A poco cesó la música; los desmadejados danzantes se dispersaron por el prado.

Andrés se acercó nuevamente a la Mariposa.

-Te ruego -le dijo convulso- que no vuelvas a bailar con él.

-Yo bailo con quien me parece -repuso enfurruñada y hostil la chicuela.

-Acababas de darme la primera esperanza.

-¡Figuraciones suyas! Yo ninguna esperanza le di.

-Mientes, Mariposa. Tú me dijiste que tanto va el cántaro a la fuente...

-Usted tómalo todo al pie de la letra.

-Yo lo tomo como debo tomarlo. Juega con mi corazón, Mariposa, y destrózalo a tu capricho; no me quejaré. Pero ¡que no se alce entre nosotros la sombra de otro hombre más afortunado, porque a ese le mato! ¡Te lo juro por estas cruces!

-No se debe jurar sin necesidad.

-Ahora era necesario el juramento, porque tienes una perversa inclinación a ese sujeto, que te desprecia por otra, y tú misma me lo has confesado.

-Ni yo nada le confesé nunca, ni ha nacido quien a la Mariposa desprecie.

-No trato de injuriarte. Sólo te pido que no bailes con él.

-Usted no tiene razón para pedirme nada, y yo saldré con él ahí, al centro, en cuanto me saque.

-Está bien. Yo le separaré de ti por malas, ya que no quieres, por las buenas, hacerlo tú misma.

Y Andrés calló, sin alejarse. Mariposa también guardó silencio, abstraída en el dulce recuerdo del fugitivo rozamiento, reflejo bienhechor de las caricias puramente anheladas.

Fernando, sin que pudiera Carlos sujetarle, personose otra vez al lado de la costurera e insinuó una nueva invitación a la danza.

-Esta joven no baila con usted -exclamó Andrés con firmeza brutal.

-No es bello ese gesto -dijo el pintor-, y todo lo feo me repugna. No he hablado a usted, sino a esta niña. Por lo tanto sus palabras, además de groseras, son inútiles.

-Siento, por ser usted forastero, haberle ofendido -replicó el desdeñado amador, sin jactancia ni bajeza-; pero si no la dejo salir en su compañía no es por usted, sino por el señor, a quien usted la ha cedido y que no supo guardar la debida compostura.

-¡Estás loco, Andrés! -protestó Carlos.

-Me parece que hablé bastante cuerdamente y muy claramente.

En torno de los reñidores habíase improvisado ya, apenas levantaron la voz, un grupo relativamente grande.

-No te di razón ninguna para hablarme así -añadió Carlos, con visibles esfuerzos por refrenar sus arrogantes instintos, supeditándolos a una prudencia conveniente.

-Dejémonos de tonterías -contestó Andrés, rojo de ciega ira-. Usted sabe que esta mujer le quiere, y como no puede hacerla su esposa, porque otras ambiciones o compromisos se lo vedan, trata de hacerla su querida.

-¡Así se insulta a una mujer, sin ampararla nadie! -exclamó indignada la Mariposa, rompiendo a llorar.

-Andrés -agregó Carlos con frío aplomo-, lo que acabas de decir es una canallada.

-¡Esto quería yo! -rugió el despechado amante con salvaje gozo, lanzándose sobre Carlos, llameante la mirada, apretados los puños.

Algunos testigos de la escena le contuvieron; pero, en la imposibilidad de alcanzar a su enemigo, Andrés le escupió a la cara venenosamente.

Las mujeres gritaron. Los hombres abalanzáronse a evitar la refriega.

-¡Carlos, Carlos, déjale, ven! -suplicaba ansiosamente Fernando, tirando de él.

- ¡Carlos! ¡Carlos! -gemía la Mariposa amorosamente.

Era ya tarde. El bastón del administrador había zumbado fuertemente en el aire, cayendo pesado, recio sobre la frente del adversario, que bañó la sangre en profuso chorro.

Andrés, nublado por la sangrienta venda roja, echó la mano al cinto y empuñó el revólver. Sonó el tiro, milagrosamente sin herir a nadie.

El asombro pánico de los romeros no es para detallado. Prodújose un estremecimiento general. Bastó un instante para trocar las galas festivas en horrores trágicos. Hubo, según el cliché periodístico, indispensable en este caso, «sustos, carreras y desmayos». Muchos se refugiaron bajo las tiendas de campaña. Las mozas apretáronse contra sus cortejadores. Cesó la música, cesó el baile. Primero, fue unánime y temeroso el silencio. Después, los más valientes empezaron a prodigar consuelos o comunicar a los débiles la propia entereza. Alrededor de Carlos y Andrés, todo el grupo, con la excepción de cinco o seis amigos de ambos beligerantes, se evaporó en menos que se dice, quedando por completo libre de humanas formas aquel trecho de campo. Un disparo, aunque no produzca daño alguno, es siempre espantable. Cuantos lo oyen, sienten que la muerte vuela en torno de ellos, azotándoles el rostro, golpeándoles el corazón con un negro aletazo. Nada más imponente que la brusca interrupción de una fiesta ante el zarpazo de un peligro.

Cuando los ánimos empezaron a tranquilizarse, el general barullo de los comentarios fue ensordecedor. Aun los más amigos de Andrés -los mismos que le registraron y desinfectaron la herida, que no era profunda, ni grave, felizmente- no encontraban razones para defenderle. El postergado pretendiente de la Mariposa había procedido con ligereza e insolencia, locamente, traidoramente. Carlos dio evidencias de prudente sosiego primero, de viril energía después. No estaban con él las simpatías, pero no podía menos de hacérsele justicia; tan legítima y fundada era su causa.

No bien hubo desaparecido Andrés de la escena, convencidos todos de que la herida no era importante, algunos mozos de agallas vagaban de un lado para otro, repitiendo con voz serena:

-No ha sido nada. Siga el baile.

Muchos, sin embargo -y entre estos muchos un buen ramillete de lindos talles-, habían puesto pies en polvorosa. La animación de la romería decayó grandemente.

Tornaron los sonidos de la gaita a flotar melancólicamente en el aire de la montaña; se reanudó el baile.

Carlos -a quien nadie volvió a molestar, ni se hubiera consentido que le molestara- se encaminó, con su amigo el pintor, al caserón de los Peñalbas, donde los curiosos, fingiendo amables solicitudes, le asediaron a indiscretas preguntas, rehuidas con discretas vaguedades.

El administrador murmuró al oído de la viuda:

-Perdone usted, pero me contuve cuanto pude.

La viuda le contestó anonadadamente:

-Nada me diga. Todo me lo han referido.

-Aseguro a usted, Mercedes...

-Toda excusa huelga; no tiene de qué arrepentirse. Usted ha cumplido con su deber; yo sabré también cumplir con el mío.

Y como tratara Carlos de hacer más largo el aparte, la viuda terminó así el coloquio:

-Silencio. Nos miran.

El banquete ofrecido por el señor de Peñalba a sus amigos fue enojoso y árido. Todo tenía en aquella casa, los manjares como los muebles, las conversaciones como las paredes, olor a viejo, sabor a rancio. El encogimiento de los invitados era visible. Nadie quería aludir a la riña reciente y nadie creía interesante ni posible otro tema. Mercedes, alma leal, poco propicia al disimulo, no recataba su melancolía. Fernando intentó reiteradamente dar calor de vida con sus alegres decires a aquella inercia espiritual del tieso Peñalba y de sus rígidos comensales; empeño inútil.

Esta austera sequedad tenía por contraste el estruendoso batiborrillo de los romeros. Seguían los cohetes retumbantes hiriendo el aire con curvas luminosas. Tambor y gaita les saludaban batiendo y tarareando gentilmente. Llegaban al adusto comedor de los Peñalbas ecos estridentes de carcajadas, regocijadas voces de cantantes desafinadores, murmullo confuso de estrépito humano. Como en toda fiesta, los ricos tenían mucho que envidiar a los pobres.

En los campestres conciliábulos, llevaba la palma, como siempre, el escanciador afortunado del gran orador.

-Yé asina. ¡La joventú, y ná más que la joventú! Gracias a Dios sean das, don Carlos mancole poco. ¡Quién tal dijera, cóime! La mi rapacina ha viniú porque estaba ofrecía, porque del invierno pasau, cuando la probitina tuvo las inginas, ofreciole a la Virgen de venir a esta romería. Y lo que se ofrez, ha de cumplirse, cóime. ¿Qué culpa tien la mi rapacina, non yé verdá, don Teodomiro, de haber nacíu tan guapina y de que los mozos anden empecataus? Yo soyle franco, don Teodomiro; si don Carlos me la pidiera por esposa u por cónyuge, yo dársela, mi alma, se la daba; porque yé un buen rapaz, cóime, y los que mormuran son unos probetones llambiones, víztimas de la barbarie y de la iznorancia de este país, donde sólo se respeta a los jesuitas. ¡Cóime! ¡A los jesuitas, que han siu los que trajeron la Inquisición y los que perdieron las colonias! ¿De qué os reís, pollines? ¡El Manco lo diz y el Manco lo defiende! Porque la voz de este probe Manco yé la voz de la Historia. Y al que güelva a mormurar de don Carlos, cóime, cortarele la llengua. Si él quier casase con la mi rapacina, lo que ella disponga; yo en ná me entrometo. ¿Qué tanto mormurar de don Carlos? ¡Llambiones, fartones!

En el espaciosísimo salón de los Peñalbas, innúmeras bujías, encajadas en broncíneos candelabros vetustos, lucían orgullosas. Una orquesta deficientísima tocaba rigodones y valses, de los que oímos a nuestros abuelos, e imposible sería imaginar nada más pudibundo que las rigodoneras y valsadoras de aquella pretendida fiesta, prematuramente envejecida. Nada más declaradamente cursi, ni con tan insolentes presunciones de maravilla.

En un breve trecho de campo, iluminado con farolillos a la veneciana, no muy profusamente, mozos y mozas departían, abrazábanse, casi besábanse, en la intimidad del schotis y de la habanera.

Cuando las músicas cesaron, la alegría desbordose más loca aún; la jota y la giraldilla se reemplazaban, acompañándose los propios bailarines con sus cánticos.

Fernando y Carlos recorrieron errantes todos los corrillos, todos los rincones, ora buscando la luz y el ruido, ora la soledad, sin bailar otra vez.

Mercedes oía, sin escucharle, al señor de Peñalba sus largas narraciones de cincuenta años a la fecha.

Ya muy entrada la noche, llegada la hora en que los borrachos hacían intransitable el camino por doquiera, comenzó la general dispersión.

Los grupos numerosos subdividiéronse en corrillos reducidísimos, e insensiblemente retirábanse de éstos poco a poco mozos y mozas, repartidos en amantes dúos.

A la luz de la luna, que blanqueaba las copas de los castaños, ennegrecidos por la nocturnidad, y permitía divisar, lejos, muy lejos, la carretera como una cinta blanca, mientras se confundían más allá los montes y el río en una misma opaca mancha, las parejas empezaban a avanzar por los vericuetos montaraces, bajando la voz, amando la noche, tratando de esquivar los nacarados resplandores lunares, unidos cada hombre a cada mujer en una sola sombra, en un mismo amor. Avanzaban lentas las parejas, arrulladas por algún suave cantar lejano:

«La vi llorando y dije: -¿Por quién suspiras? -¡Tengo mi amor ausente! Le estoy llorando la despedida! La despedida es corta, la ausencia es larga. ¡Hasta siempre que quieras, bien de mi alma! ¡La vi llorandooo!..»

A Mercedes y sus dos amigos dio solemnes adioses en el pórtico de su palacete el noble señor de Peñalba. Con gran sorpresa de Carlos, allí esperaba la Mariposa en unión de otras jóvenes de Maizales.

La viuda dijo:

-Deme usted el brazo, Fernando, que es largo y accidentado el regreso. Y usted, Carlos, ofrezca también el brazo a Mariposa, que la pobre no encuentra a su padre, ni su pareja.

Así regresaron los cuatro. Mariposa y Carlos, ligados muy estrechamente por contactos frecuentes, por reproches inexcusables, por una íntima resurrección sabrosa del viejo amor lejano; Fernando y Mercedes, hablando poco, sumergidos en pensamientos tristes o cambiando entre sí observaciones sin interés.

¡Qué grande melancolía venía de la luna! ¡Con qué cerrado sueño dormían los campos!

De risco en valle, de matorral en arroyuelo, Fernando sentía en su brazo el tembloroso de la viuda, temiendo a cada instante ver desmayar la voluntad de esta hermosa dama -herida en lo más recóndito, en lo más puro-, y sin atreverse a mirar sus ojos, para que no le llamara indiscreto alguna lágrima.

Carlos merecía ser disculpado. ¿Quién, siendo de carne, acompañaría durante dos horas de recogimiento a una mujer querida, aspirando su aliento, quemándose en el fulgor de sus ojos, oprimiendo su brazo, tropezando frecuentemente con ella, sin amarla y decírselo?

En el silencio de la noche, Carlos y Mariposa, Fernando y Mercedes, al pasar por el borde de un cañaveral, sin que pudieran advertir sombra alguna en la honda espesura, se detuvieron un instante. Acababan de oír entre las cañas suspiros y besos.

En otras circunstancias, esta casual sorpresa hubiérase prestado a sabrosos discursos. Ahora, ni el pintor siquiera, cantor eterno del amor libre, osó comentarla.

Continuaron lentos, callados, conmovidos, por la abrupta senda.

El aire frío y húmedo, precursor del amanecer, oreaba los campos, teñidos de gris. De la luna quedaba sólo en el cielo una confusa bruma blanca. Leves franjas violadas tejían el despertar de la aurora.

Al entrar los romeros por la carretera, en el maizal vecino, ante el inmenso ejército de cañas de maíz, el incomparable patricio maizalense, nuestro amigo el Manco, poseído de bélico ardor, gritaba con potente voz:

-¡Firmes, soldados!