Pinya de Rosa. Volume 2, Book 4
Chapter 2
La joven volvió a negar con un gesto altivo.
-¡Mariposa! ¡Lo sé! Tú sueñas con Carlos y él te desprecia.
La linda cabecita rubia irguiose airadamente.
-Bien, ¿y qué? ¡Aunque así fuera! -dijo la hermosa.
-Y no sabes que ese hombre no es sólo el administrador de la americana; es también su querido.
-¡No! -murmuró María Josefa, trémula la voz.
-¡Sí! -replicó firme y convencido el enamorado-. Yo te daré la prueba.
-Entonces lo creeré.
Nueva pausa larga. Andrés seguía mordiendo la flor.
-Y ahora que ya lo sabe usted -añadió altanera la chica-, espero que me dejará vivir tranquila y no será tan cobarde que divulgue el secreto.
-Siquiera para vengarte de él, deberías ser mía.
-Oiga usted bien, don Andrés, lo que voy a decirle. Yo tenía esa sospecha, pero la rechazaba como un mal pensamiento mío. Algo me hacía presentir que no había de faltar una persona a quien oírselo. ¡Dios mío! ¡Al que me diera la noticia, cuánto le odiaría yo! Y es usted quien acaba de dármela. ¡Pruebas, quiero pruebas! Y si ello es verdad, tomaré su consejo y sabré vengarme. ¿Con quién? Con cualquiera... ¡menos con usted! ¡Con usted no! Siempre recordaré con horror este instante. ¡Váyase, váyase noramala!
Él siguió acosándola y hablándola; pero ante el reiterado silencio y sombrío pesar de la joven, desistió al cabo de acompañarla y se quedó como clavado en el camino, mirándola alejarse, alejarse... y desaparecer.
- III - De arribada forzosa
La huerta de Bellavista era enorme. Casi desde lo alto del monte llegaba hasta la carretera. Daba entrada una soberbia y amplia verja de hierro pintada de verde. Espléndida y enarenada alameda, interrumpida a la mitad por soleada plazoleta, con fuente y estatua en el centro, llevaba al visitante hasta el jardín, riquísimo en rosales; a la terminación del vergel admirábase la terraza del hotel, que era éste un verdadero palacio. A ambos lados de la alameda, y detrás del hotel, dilatábase la huerta, pródiga en nogales, perales y manzanos. Frente a una de las puertas laterales del edificio, vieja y frondosa higuera cobijaba en su sombra un velador de piedra y algunas rústicas mecedoras de hierro. Sentado en una de éstas, apoyados los codos sobre la pétrea mesa, Carlos devoraba un respetable revoltijo de huevos fritos, jamón y salsa de tomate, mientras dirigía perezosamente miradas temerosas al fajo de periódicos sin abrir. Detrás de él, morral y escopeta recordaban que aquel hombre venía de cazar. El sudoroso y resoplante Pointer, a sus pies tendido, tampoco lo olvidaba, a juzgar por el gusto con que trituraba los huesos o se engullía los desperdicios del jamón que el almorzador abandonaba a su apetito. No serían las nueve de la mañana aún. Desde la umbría inmensa de Bellavista divisábase arriba las cumbres y abajo la carretera, los maizales, el río, dorados por la caldeada luz matutina y aspirando fatigosamente los rayos del sol.
El cielo de Asturias, cuando no gris, de un azul blanquecino, siempre toldo benigno que resguarda del calor o del frío, dejando sólo filtrarse la humedad, tiene, sin embargo, algunos días excepcionales, pocos y en el rigor del verano, de azul intenso, de luz rabiosa, que Andalucía envidiara. Éste era uno de ellos.
Apenas había apurado, tras de embaularse los huevos con jamón, el colmado vaso de vino de Candamo, leve rumor de la puerta le hizo a Carlos volver hacia allí la cabeza. Las blancas hojas de persiana se abrieron, y en el umbral apareció una esbelta y risueña morena, embutida en tenue vestido de color de rosa, en el cual se admiraba a un tiempo la sencillez y la elegancia. Bastaba ver a la dueña de aquel traje modesto, para adivinar su costumbre de llevarlos lujosos.
-Buenos días, Carlos -dijo Mercedes con expresión dulce.
-Buenos días, señora -contestó Carlos respetuoso, poniéndose en pie.
-Mucho se madruga.
Y Mercedes sentose familiarmente frente a él.
-Estaba desvelado, esperando que amaneciera, y apenas vi la primera claridad abrí la ventana. Por la pomarada pasaba Juanón; trabamos conversación, me vestí, y juntos fuimos a disparar algunos tiros por el monte. He regresado con un hambre atroz, y yo mismo estoy asustado de cómo devoré. Años hacía no me permitía estos lujos de holganza, y como ya han de acabarse pronto...
-¿Insiste usted en dejarme sola?
-Sí, señora; es preciso.
-Poca galantería es esa, caballero.
Esta palabra, «señora», tenía el privilegio de excitar los nervios de la bella cubana, cuando quien la pronunciaba era Carlos. Por esto, la réplica fue dicha en tono duro.
-¡Siempre será usted una chiquilla, Mercedes! -contestó indulgente el cazador.
-Mercedes me llamo y me gusta que me den mi nombre. Cuantas veces me diga usted «señora», otras tantas le contestaré «caballero». Habíamos quedado en que no volvería a darse el caso.
-Usted se gobierna solamente por el corazón, y en el mundo no se puede vivir así.
-Yo siempre pude.
-Demasiado lo sé.
Y Carlos sonrió con bondad.
-Muerto mi marido -prosiguió ella- y alejada de mi familia, ¿á quién tengo en la vida? A usted nada más. También usted es solo. Su adhesión a mi casa, su gran corazón, las bondades que le debí en mi desgracia, el interés con que cuida de mis negocios y acrecienta mi caudal, nos han unido. ¿Quién puede extrañar que nos tratemos como hermanos?
-Como a una hermana la quiero yo. Harto usted lo sabe, y don Alejandro, que fue para mí un segundo padre, también lo sabía.
Aquella solemne evocación del anciano marido difunto fue muy oportuna. La viudita permaneció pensativa durante algún rato.
-¡Señorita, señorita! -gritó una criada que venía del jardín- ¡No puede usted figurarse qué desastre!
-¿Qué ocurre? -preguntó Carlos impaciente, poniéndose en pie.
-¡El coche acaba de volcar!
-¿Qué coche?
-El de línea que venía de Berzosa.
-¿Hay desgracias? -interrogó la hermosa cubana ansiosamente.
-Sí, señorita. Una mujer se ha clavado los cristales en los brazos; un viejo que venía en la baca, se ha roto la pierna; un señorito muy elegante, se ha dislocado el pie; el zagal también está herido, y casi todos los viajeros vienen lastimados.
-¿Y dónde ha sido?
-Frente a casa de Amparo.
-¡Y allí no habrá hilas, no habrá vendas, no habrá modo de curarles! -exclamó Carlos.
A lo cual añadió Mercedes, volviéndose a la criada:
-Vaya usted a casa del médico, si no le han avisado ya. Antes deme el botiquín.
Y mientras la rapaza estuvo ausente, hasta tanto que trajo lo pedido, Mercedes propuso al administrador bajar ambos juntos a la carretera.
Esta proposición, como no podía menos, fue bien acogida, y al lugar del suceso encamináronse diligentemente la viuda y su subordinado.
En la primera curva de la llana carretera, a dos o tres hectómetros del fonducho, y a escasísima distancia de la verja de Bellavista, el coche, rotos los cristales, torcida una rueda, sosteníase con dificultad, mientras el mayoral, con el improvisado auxilio de algunos mozos de la aldea, trataba de recomponer lo destruido. A pocos pasos, tumbado en tierra, uno de los caballos estaba herido, junto al Manco de Maizales, que le miraba lastimeramente.
-¡Yé la competencia! -discurseaba el Manco hablando con un viajero contuso- ¡Yé la competencia! ¿Cómo habemus de tener nada en este probe país, cóime, si basta que yo ponga una tiendiquina pa que a la media hora se abra otra al llau? Púsose esta diligencia, y aluego non se fizo esperar la otra,¡pa hacele la competencia, contra! Y son los del otro coche los que han aflojau a la rueda el torniyu pa que en la primer revuelta volcara, como ha volcau, mancando a tos esos probes señores y a este probitín caballín, que en na se metió y yé una compasión el velo sangrar.
Y con agua del río, enlodada e infecta, lavaba las heridas del jamelgo.
Los otros jacos tísicos estaban algo más allá, paciendo libres, bajo la mirada vigilante de algunos contrariados viajeros. Dispersos en el prado, había un baúl grande y varias maletas.
Fuera de la fonda, sentado en el poyo de piedra, con la pierna rígida sobre la rodilla de espontáneo curandero, un viejo mal vestido exhalaba quejidos lastimeros:
-¡La mi pierna! ¡La mi probe pierna! -gemía.
Y cuando cualquiera de los demás heridos lamentaba patéticamente el percance, el magullado anciano movía tristemente la cabeza y repetía con voz quejumbrosa:
-¡Lo míu! ¡Lo míu!
En su rostro reflejábase intenso sufrimiento. Había sido víctima de un magullamiento general, por la desgracia de caerle encima un baúl al rodar de la baca del coche al empolvado suelo. La maldita competencia, que tan justificadamente indignaba al Manco, tal vez le costaría la vida.
Una obesa mujer de treinta años, lívido el rostro hermoso y cetrino, se subía las mangas hasta el biceps, no sin grandes dolores, y aparecía el antebrazo sangrando horriblemente. Un médico, que en el coche viajaba por casualidad y había milagrosamente salido ileso, pugnaba por contener la abundante hemorragia.
Más allá, donde los desocupados solían jugar al tute, un joven muy guapo, de barba y cabellos castaños fingidamente enmarañados, de mirada serena y azul, de boca impecable, de manos aristocráticas, vestido con elegante traje de franela blanca a listas rojas, y resguardada del sol la hermosa cabeza por un amplio pavero de castor, sentábase en tosca banqueta, y con el pie en el aire, se lo palpaba con una mano, intentando calcular la importancia del daño recibido.
Apenas Carlos y Mercedes llegaron, el apuesto desconocido se incorporó asombrada y bruscamente; pero el dolor fue más fuerte que él, obligándole a torcer la boca y caer en su asiento.
-¡Carlos!
-¡Fernando!
Ambas exclamaciones jubilosas resonaron juntamente. Unió a los dos amigos un fuerte abrazo.
-¿Quién contaba contigo, después de tantos años?
-¡Y encontrarnos así, donde menos lo esperábamos!
-Estás muy joven.
-También tú.
-¿Te hiciste mucho daño?
-Me he dislocado un pie.
-¿Y tienes precisión de continuar el viaje?
-Yo nunca tuve prisa por llegar a ninguna parte. Si vives aquí, me quedo contigo.
-En casa te cuidaremos. Vivo con esta señora, cuyos bienes estoy encargado de administrar.
Carlos indicó a Mercedes en una respetuosa mirada.
Descubriose Fernando acatadoramente, y la cubana sonriole afable.
-Pasará usted con nosotros un mes -dijo la hermosa.
-Encantado -respondió el lastimado viajero.
-Por lo pronto, vamos a llevarle; que le curen ya en casa. Será lo mejor. ¡Vaya con Fernando!
Y así diciendo, Carlos llamó a dos mozos que cerca se hallaban.
-¡Eh! ¡Sindo! ¡Manín! Pedidle a Amparo una butaca y traedle en ella al hotel.
-Lo malo será -insinuó Mercedes- que si Carlos se marcha pasado mañana, va usted a aburrirse mucho.
-Me quedaré hasta su curación, si usted me lo permite -replicó el administrador.
Y en los negros ojazos de la bella cubana esplendió una serena claridad triunfal.
- IV - Confidencias
En la terraza, frente a una mesilla volante, apoltronados en sendas butaquitas de mimbre, ambos amigos saboreaban el chocolate del desayuno.
Allá en los venturosos días fugitivos de la primera juventud, Fernando Gelabert y Carlos Carreño se consagraron mutuamente predilectísima estimación. Ya separados y distanciados por las vicisitudes de la vida, ninguno de ellos volvió a encontrar otro amigo en quien compenetrarse tanto. Años hacía, Fernando no sabía de Carlos, ni éste de aquél. El administrador de la viuda suponía a su camarada de Madrid trabajando en Roma como pintor pensionado. El artista creía definitivamente encerrado en Cuba a su antiguo condiscípulo. Apenas la casualidad les reunió de nuevo, adoptando el azar para este feliz resultado la aterradora forma del vuelco de un coche, despertó en ambos fraternales corazones el impaciente anhelo de asociarse en una fervorosa oración por los años de ausencia.
Las primeras confidencias partieron de Gelabert.
-Ahora me manejo perfectamente -decía el pintor-, pero no puedes imaginar cuántas y cuán reñidas fueron las batallas hasta conseguir la victoria. Pasé años de lucha cruenta, de miseria inclusive. De la gran fortuna de mi padre, nada me quedó al morir él, y aquella opulencia en que me conociste trocose pronto en angustioso problema diario. Mis pinceles eran todo mi capital. Y para serte franco, las esperanzas que mis maestros pusieron en mí empezaban a debilitarse. Los paisajes que yo pintaba parecían ensaladas, y respecto de la Historia, que teóricamente conocía como pocos pintores, mis aptitudes para reproducir sus tragedias en el lienzo eran bien deficientes. Sin embargo, en fuerza de trabajos y recomendaciones, obtuve una plaza para Roma. Yo ganaba poco y cuanto ganaba gastábalo fácilmente. Era un arruinado hidalgo con aficiones y gustos de príncipe. Nadie tenía fe en el porvenir mío y regresé a Madrid sin prestigio alguno en las esferas oficiales del arte; que también en las regiones artísticas hay mundo oficial.
-Sin embargo, tu cultura, tu conocimiento de la antigüedad, tus nativas exquisiteces y distinciones...
-Efectivamente, algo debía yo de llevar dentro cuando salí adelante. Pinté para la Exposición Nacional, y me rechazaron el cuadro. ¿Por qué? Lo ignoro todavía. Dijeron los jurados que era inmoral, y yo no afirmaré que lo fuese o no, porque no me conceptúo buen juez en tales materias. El hecho fue que aquel desaire señaló mi triunfo. Algunos periodistas me defendieron, por no tener en tal oportunidad cosa más interesante de qué escribir. Los críticos sensatos echaron puñados de tierra sobre mí. Me encontré clasificado definitivamente y me enorgullecí de mi rebeldía. Francamente rebelde fui desde entonces. Me habían excomulgado por un desnudo, y no quise pintar nada más que desnudos en lo sucesivo. Si algún encopetado personaje me hubiera tendido su mano protectora para encargarme el retrato de su mujer o de su hija, hubiérame visto precisado a confesarles que, sólo desnudas, las sabría retratar. Sentía una bella y serena concepción de la vida; la hoja de parra era mi enemigo. No veía en el amor sino inmaculado placer, y lejos de las pasiones, lejos de toda lucha mundana, no hallaba en el hombre, en la mujer, sino formas bellas. En mi estudio, como en mi persona, todo era un culto a la limpieza y a la libertad. Me llamaron desvergonzado, pornográfico, indecente y mil cosas más. Yo todo lo despreciaba, incluyendo la gloria, menos la belleza humana sin disfraz ni tapujos. Tenía fe en mí mismo; me adoraba como si fuera un dios, como pudiera adorarse el propio Goethe, y a tales extremos llegué de amor calológico que, de haberme sentido en trance de muerte, como aquel pintor Nani Grosso, del Renacimiento italiano, tampoco yo hubiera podido morir tranquilo sujetando con mis manos un Crucifijo tosco, y también hubiera necesitado que me trajeran un Donatello. Todo se encerraba para mí en la belleza, y espectador impasible de la vida al través de un prisma nítido y claro, no exigía bondad ni grandezas a los hombres, fidelidad o ternura a las mujeres; sólo que fueran bellos les pedía. Y así seguí pintando desnudos y desnudos, la forma humana, eterna fuente primordial e inagotable de lo bello; los cuerpos augustos de mis amadas mujeres, a quienes siempre besé con deleite y sin pasión. El público es versátil; de hereje me transformaron en santo; ya las desnudeces que brotaban de mis pinceles pasaban pronto a los más lujosos camarines. Hoy pinto poco y caro. Gano más de lo que necesito, vivo donde se me encapricha en el momento; no sé si las mujeres me aman, pero sé que gusto a las que me gustan, y de los hombres no quiero la admiración, sino el mercado, lo cual es suficiente para que a veces estrechen éste y agranden aquélla. Y así vivo, así triunfo, así derrocho, así soy feliz... Conque ya sabes toda mi historia desde que no nos vimos, y sólo por ser tú el oyente la he referido, pues habiendo en ella tantos recuerdos feos, la miro con igual repugnancia que si no fuera mía.
Carlos escuchó envidioso a su amigo. ¡Cuánto hubiera dado por un alma apacible como aquélla!
-¿Y tú? Supongo que tu existencia habrá sido más tormentosa. No a todos les lleva, como a mí, el desaliento a una olímpica impasibilidad.
-¡Ay! -suspiró Carlos-. ¡Gracias a Dios que encuentro alguien a quien llorar mis penas, de quien tomar consejo! Tu historia es llana y poética; la mía montuosa y prosaica. Tú eres fuerte, yo débil. Sabes imponerte a los hombres y cosas; a mí me dominan y abruman. Que eres un desterrado de la moral acabas de decirme...
-Un desterrado de la moral, no; un forastero en ella. Yo admiro y comprendo también las bellezas morales, pero no las amo por lo que tienen de moral, sino de bello. Todo elemento moral es para mí como un extranjero, y todo elemento bello como un conciudadano.
-Pues la moral -repuso Carlos- es cabalmente mi tirano terrible. Ante un conflicto perteneciente a sus esferas me encuentro.
-Puede ser también un bello conflicto -objetó el pintor.
-Es vulgarísimo, y esto le quitará toda belleza; pero, no por lo vulgar, menos abrumador. Aquí me hallaste de administrador de una mujer admirable...
-Que estará enamoradísima de ti indudablemente.
Yo no diré tanto. Nada juzgo más despreciable que la vanidad presumida. Pero no me interrumpas... Salí de Madrid casi un niño, como ya recuerdas, porque una triste aventura de mi madre me cubrió de oprobio. Emigré a América, esterilizadas y derrumbadas para siempre mis ambiciones literarias. De leer poetas y soñar poemas, pasé a barrer tiendas y cargar fardos. ¡Duro cambio fue aquel! Tardó la fortuna en sonreírme, pero al fin llamó también una vez a mi puerta. Don Alejandro Gutiérrez, un gallego inmensamente rico e inmensamente bondadoso, me colocó de capataz en un ingenio, dándole mis afanes por complacerle tanta satisfacción y protegiéndome él en tal manera, que en pocos años llegué a ser secretario suyo y, finalmente, su apoderado general. Mi laboriosidad, puedo afirmarlo sin jactancia, consolidó su caudal cuantioso. Aquel hombre contrajo matrimonio con una joven cubana, que entonces era casi una niña...
-¿Mercedes?
-Sí. Mercedes y yo, más que su esposa y su administrador, parecíamos hijos de don Alejandro. Él mismo se complacía en nuestra camaradería fraternal. Mientras don Alejandro vivió, no pasó por mí, ni seguramente por Mercedes, la más leve posibilidad de ser ingratos o traidores. Al morir, me dejó un buen recuerdo pecuniario. Mercedes me conservó además en el puesto que don Alejandro me había conferido. La posición de Mercedes y la mía, apenas quedamos a solas, era muy falsa, y presenté mi dimisión reiteradamente. Pero Mercedes, educada a lo yanqui y aferrada desde la infancia a sus caprichosas fantasías, se negó en absoluto a decirme adiós. Hube de resignarme, pues, a seguir en mi cargo y procuré estar junto a mi nueva ama todo el menor tiempo posible. Aun así, como advirtiera en ella hacia mí alguna afición -perdona esta presunción mía-, hallábame casi decidido, para no seguir compromentiéndola, a casarme con ella, en el supuesto, no muy difícil en su carácter, de que Mercedes misma se arriesgara a proponérmelo.
-Hasta ahora no aparece el conflicto.
-El conflicto está en que yo quiero a otra mujer y ella también me quiere. La malhadada idea que tuvo Mercedes de afincarse en mi aldea, propósito del cual intenté repetida y vanamente disuadirla, me ha puesto frente a la mujer que amé de niño, una muchacha a quien llaman la Mariposa por lo aparentemente mudable y fugitiva, siendo en el fondo tenaz, enérgica y segura como ninguna.
-¿Y has hablado con ella?
-El año pasado, cuando vine, estaba en Méjico. Ahora la he vuelto a ver. Busqué varias ocasiones de abordarla para pedirle perdón de mi antigua ingratitud; siempre me rehuyó implacablemente. Pero sus actos, su desengañada historia y sus amenazadoras miradas me acusan. Por si algo faltase, uno de sus pretendientes incurre en la torpeza de no desperdiciar ocasión alguna para herirme con bruscas hostilidades y provocarme con reticencias enojosas. ¿Tengo derecho a truncar la vida de esta mujer, que me quiere, y mi propia vida? ¿Puedo, por otro lado, dejar saldada mi crecidísima cuenta de gratitud con Mercedes, contrariándola en sus sentimientos más delicados, después de haber comprometido su fama? ¿Debo decidirme por el amor o por el deber?
-¡Amor, deber! -repuso el artista-. Soy mal consejero para este lance. Preséntame a las dos desnudas y te diré sin vacilar cuál debes elegir. Aparte que Goethe resolvió en su famosa Stella un semejante caso, uniendo en triple abrazo a la esposa, la querida y el marido... ¿Es morena la una y rubia la otra?
-Sí.
-Entonces, son perfectamente compatibles.
Y así continuó durante largo rato la conversación, no siéndole posible a Carlos conseguir que su amigo le aconsejara una moral solución para el conflicto moral de que se trataba, sino únicamente la solución bella para el bello conflicto.
- V - Entre dos fuegos
Fernando se aclimató en Bellavista muy a su sabor, y curada la herida, en lo cual se tardó más de un mes, aun llevaba otro en casa de la hermosa cubana, correspondiendo rumbosamente a esta generosa hospitalidad con artísticos regalos de raro valor.
Mercedes, por su lado, no quería que el artista saliera de allí nunca, pues su presencia era para retener a Carlos un medio inapreciable.
Y de los tres amigos juntos en Bellavista, estos dos, por lo menos, vivían dichosos.
Mercedes, con delicadas alusiones, no desaprovechaba ocasión de insinuarle o demostrarle al administrador su abnegado cariño. Y Fernando contribuía inconscientemente a hacer más intenso este ambiente de amor, con sus constantes himnos a lo bello y amable. Entre animadas excursiones y charla amena, pasaban veloces los días. Veloces para el pintor y para la viuda. Con la alegría de ambos contrastaba singularmente la misantropía de su acompañante.
Carlos había tenido, en aquellos dos mortales meses, con la Mariposa tres o cuatro breves encuentros. En el primero trató de implorar el perdón de la linda rapaza. Esta mostró la mayor extrañeza, echándolo todo a broma, asegurando que de nada se acordaba, y que lo pasado, bien pasado.
No eran aquellas dos bellezas, no -harto a Carlos le constaba, que las conocía a fondo-, dos fáciles conquistas para la amable serenidad griega que soñaba Fernando en resucitar.
Carlos presentía, por parte de una y otra, más o menos próximas tempestades. Abnegaciones o amenazas, sacrificios ofrecidos o reclamados, mortal pasión o mortal desengaño; algo que fuera incendio, destrucción y estragos, jamás una soberanamente bella quietud. Y él mismo no se resignaría tampoco a ser testigo impasible de la vida; su corazón le imponía a gritos la fuerte necesidad de un vivir activo, de una llama intensa, de un insaciable amor.
En esta disposición la atmósfera, Carlos temía incesantemente, y su temor subió de punto durante la velada en que Mercedes anunció el propósito de ir con Fernando y con él a una romería. Era ésta de las que duran tarde y noche. Una tarde y una noche terribles, que Carlos habría de pasar frente a ambas mujeres, las dos acechándole, cohibiéndole, rindiéndole con diversas armas: con desprecios fingidos Mariposa, Mercedes con discretas ternuras, situado entre dos fuegos; seguro de que, ya se inclinara de uno u otro lado, siempre dejaría desgarrada una humana flor.
No hubo modo de que Mercedes desistiera, ni para él de excusarse. Aquella mujer, aparte de ser su protectora y poder darle órdenes, era como niña mimada invencible. Capricho que tuviera, nunca encontraba razón de no satisfacerlo. Para mayor desconsuelo, no contó esta vez Carlos con el apoyo de su amigo.
La temida fecha llegó. Era un día espléndido de fiesta y de luz.
Sin compartir el bullicioso júbilo de Mercedes y de Fernando, les acompañó Carlos a la romería, como la víctima se encamina al suplicio.