Part 4
Y, como las cañas de maíz le desobedecieran, balanceadas por el viento, repetía estentóreo, mientras alternativamente sentíase caer o se incorporaba en fugitivo equilibrio:
-¡Firmes he dicho, cóime!...
Cuando Mercedes entró en su dormitorio y abrió la ventana a los albores del día, aún llegaba resonante de la montaña el eco lejano del triste cantar: «La vi llorando y dije: -¿Por quién suspiraaas?...»
- VII - Vulgaridad
¡Oh, misterio! ¡Tú eres el supremo encanto de la vida! Cuando manos traidoras tu velo descorren, contigo se derrumba el palacio de los ensueños. ¡Qué íntimamente dulces los amores escondidos, el pecado amoroso compartido en la sombra, el beso arrebatado por sorpresa, el amor que pasa imprevistamente! ¡Qué voluptuosidad en las dudas e incertidumbres del corazón! ¡Qué placer el sabernos amados sin que nadie más que nosotros lo sepa!
Todo a los enamorados, fuera de ellos mismos, les estorba: la luz del día, que les delata a los curiosos; la luna filtrada por los árboles, que les expone a los indiscretos. El amante tiene en el ser amado su único amigo; una inmensa masa enemiga en todos los demás. Presiente y sabe que éstos, aun en el caso más dichoso, no han de dejar de profanarle su amor con una intervención restrictiva, meticulosa.
Del amor, el fruto más libre y bello de la naturaleza, hicieron los hombres calculadores, en prescripciones frías, algo metódico, reglamentado, exigente. Apenas los enamorados se convierten en prometidos, una nube de vulgaridad les envuelve. La duda surge inmediatamente acerca de la fuerza con que se nos ama, no suficiente acaso para conseguir que se nos aceptase apenas nos rebeláramos contra determinadas condiciones. En nuestro amor se ocupan los extraños, como si fuera cosa de interés suyo. En nuestro amor entra la religión para arrancarnos de las manos el privilegio de elegir libremente la hora en que habrán de satisfacerse nuestros anhelos. En nuestro amor se entromete el Código para convertir en obligaciones imprescindibles nuestros más gustosos sacrificios. Los sentimientos se transforman en preceptos, el misterio alado en palpable realidad. ¡Oh prosa invencible de la vida, que subrepticiamente te introduces en toda torre marfileña de la poesía por los resquicios todos!
El desengaño, al herir el alma heroica de Mercedes, la azotó bruscamente con una ráfaga de ordinariez. Carlos no era el ser extraordinario y ultrasensible que ella imaginara. Era un hombre como casi todos, nacido para haber amontonado algún dinero al llegar la edad de flaquear los entusiasmos juveniles, y enamorarse entonces de una mujer hacendosita e incapaz de toda abnegación sentimental, a propósito para cocerle los garbanzos, repasarle la ropa y darle robusta sucesión, amándola él con todos los trámites legales o esperas necesarias, después de pesarlo, de medirlo todo, ante una pudorosa aquiescencia de la turbamulta, con la inexcusable bendición del cura y con el sesudo visto bueno del juez.
La ambición espiritual de aquel hombre y su visión prudente de la felicidad, no eran difíciles de satisfacer; bastaba regalarle una esposa, como se le haría donación de una finca, para refugiarse a vegetar pacíficamente en ella durante el resto de su vida. Y Mercedes, atenta a la dicha del único ser humano que bajo su techo respiraba, no quiso negarle capricho tan fácil y hacedero. Fue el cruel desengaño amoroso una doble catástrofe para la heroica viuda; a la vez que derrocó sus ilusiones, encharcó su ideal.
Mujer de natural distinción y cortesía, consistiendo ésta principalmente en no hablarle a nadie sino de lo que pueda serle grato, y aquélla en no entregar las exquisiteces de nuestro espíritu o de nuestra persona sino a quienes tengan aptitud de comprenderlo o justipreciarla, desde el día siguiente al de la romería tuvo dos perennes cuidados: no molestar a Carlos con la menor insinuación interesada y despejarle bien el camino para que llegara rápidamente al término de sus afanes.
Hablole franca, resueltamente de su naciente noviazgo, con el consiguiente cumplido elogio de la novia y algún afable reproche por haberle ocultado a la propia Mercedes el secreto amoroso durante tanto tiempo.
-Necesita usted casarse; yo misma se lo hubiera aconsejado, si me creyera con autoridad para aconsejarle -decía la viuda a Carlos, sospechosa de la ineptitud de él para ponerse a tono con otra lógica-. La edad lo impone. El matrimonio da cierta respetabilidad. El hombre no es un hombre completo hasta que no vive al lado de una mujer. Se preocupará del porvenir; tendrá un objeto su existencia. María Josefa -¿no se llama así?- es una muchacha modosita, que será una buena mujer de su casa, y le hará a usted feliz.
Asombrado Carlos, bajando instintivamente los ojos, no acertaba si estas razones eran fraternales o irónicas. En la duda, resolvió escuchar la voz de su egoísmo. ¿Qué le ligaba a la viuda, a fin de cuentas, sino un tímido escrúpulo, que ella misma parecía voluntariamente querer desatar? ¿Y qué mal había en que él, como todos los hombres, eligiera libremente a una mujer para guardiana de su hogar y madre de sus hijos?
Esta misma conversación de Mercedes con sus amigos, acerca del proyecto matrimonial, se reanudaba casi todos los días en las horas del comedor.
El pintor sazonaba cotidianamente las graves razones de tales diálogos con ardientes himnos a la forma humana e inagotables repugnancias al fondo. Y, gracias a este tercer personaje, en todas las comidas terminaba el sensato platicar con centelleante discreteo.
Sin embargo, una vez hubo que, habiendo sido Carlos el primero en levantarse y salir, el pintor, en un minuto de seriedad, dijo a la dama gravemente:
-No estamos tan distanciados como parece en nuestra concepción de la vida. Lo que yo solicito para la carne, usted lo pide para el espíritu. Tiene usted de las almas la misma visión que yo de los cuerpos. Igual serena libertad que yo para éstos, amaría usted para aquéllas. Seríamos usted y yo respectivamente dichosos, si almas y cuerpos fueran desnudos.
La amorosa víctima nada contestó. Abrió el balcón y miró hacia la carretera. Junto a la verja de Bellavista la Mariposa hablaba con Carlos. Sería el mismo coloquio de todos los días; ya no de celos y de amores, sino de muebles y de proclamas. Monótono pasear por el camino, idas y venidas a la fuente en el dúo apacible del amor, que espera paciente y seguro el encarnamiento. Sálese del pórtico palaciego del Amor para entrar por la portezuela casera del Matrimonio. Mercedes abandonó el balcón y bajó a la huerta; más que herida, desencantada.
Los propios temas de cada día devanaban, en efecto, los novios: la casita cercana a Bellavista, que Mercedes les compró, generosa, por regalo de boda; la amabilidad de aquella señora, que era la madrina insustituible, y a quien Mariposa, de odiarla como rival, pasó a amarla como bienhechora; don Venancio, que sería el padrino, por haber declarado con firmeza el pintor su aversión a apadrinar acto alguno sujeto a leyes y convenciones; la dulce paz del amor correspondido en manso hogar; la honrada complacencia de ver conseguido para siempre lo que tantas veces se desesperó de alcanzar nunca; el enojo de que tenga cada jornada tantas horas y no sea más breve, para mayor aproximación del codiciado nudo eviterno.
Uno idéntico a otro, pasaron en tranquilo bienestar los días, hasta llegar el del matrimonio, sin que aquel amor, tan tempestuoso antes de vivir y tan inagitable vivido, sirviera siquiera de murmuración a los jugadores de la taberna, porque, desde el día en que el fastuoso don Venancio supo su feliz designación para acompañar a doña Mercedes en el padrinazgo de los novios, ni a su mejor amigo le hubiera consentido la más leve futesa que, de cerca o de lejos, pudiera molestar a la viuda.
La ceremonia fue solemnísima; ni más ni menos solemne que todos los demás matrimonios pretéritos y futuros celebrados en Maizales, aunque, para fidelidad de la reseña, convenga añadir que algo les superó en rumbo y esplendor.
Al salir los nuevos esposos de la iglesia, los invitados viéronse agradablemente sorprendidos con un día de campo. En la huerta de Bellavista sirviéronles los cuatro criados de la cubana un espléndido almuerzo campestre, al cual precedió la mayor animación y siguió delirante bailoteo de giraldillas y de valses al aire libre, a los acordes o desacordes de lisiada orquesta.
El Manco, llorando de gozo y orgullo por la dicha y buenas prendas de su «rapacina», bebió el mejor vino de toda su vida y pronunció el mejor discurso de su larga carrera política, enardeciendo o regocijando al estruendoso auditorio con las derrotas de la patria y las victorias del amor, no terminando, según costumbre, con un furioso réspice a los jesuitas, por hallarse presente el párroco, circunstancia que aprovechó el orador insigne para entonar inspirado canto apologético a la «santa religión de nuestros mayores».
Don Teodomiro, con sonrisa benévola, no cesaba de asentir a estas peroratas, y andaba don Venancio, a fuer de correcto padrino, pendiente incesantemente de la hermosa madrina, para servirla y agasajarla.
Otro indiano, el relamido D. Esteban, dotado por Dios de abrumadora facilidad para improvisar versos, andaba de acá para allá ensartándoles a todos, exhortado por los convecinos de buen humor, cuartetas o décimas, que don Venancio festejaba zumbonamente.
Y al caer la noche sobre las montañas y sobre el río, la neblina crepuscular dijérase que desprendía emanaciones de paz campestre, de poesía familiar, de amor sosegado, algo de repetición, de vulgaridad.
En la carretera despidieron todos a la feliz pareja. Mercedes, dando el brazo al pintor, que debía partir de Maizales al siguiente día, subió lentamente por la alameda al jardín, a la casa. Aquella última comida, sin Carlos presente, fue triste. A poco de terminada, el artista se puso en pie, y con efusiva cordialidad despidiose de la viuda cubana, dándole gracias reiteradas por todas sus inolvidables deferencias.
-¿Se marcha usted decididamente, implacablemente? -preguntó la dama.
-Me voy, señora, porque así lo requieren las conveniencias de usted y la consecuencia con mis ideas.
-No comprendo -repuso ella débil.
-Me marcho para no enamorarme de usted -exclamó atropellado el pintor, cortándole la voz brusco sollozo.
Fue aquello un relámpago, y no hubo más.
La viuda, silenciosamente agradecida, le tendió la mano. Después la vio alejarse, alejarse en el corredor lenta, pensativa, sin consuelo...
Cuando algunas horas más tarde, recobrado su olimpismo de siempre, en el automóvil de Mercedes encaminábase vertiginosamente Fernando a alcanzar el tren, era la mañana alegre y plácida.
Ante la azul limpidez del cielo, ante la verde majestad de los campos, el viajero repelía, asqueado, las groserías de los hombres, las sangraduras del inquieto vivir.
-Si las pasiones no la alborotasen -monologaba el pintor-, ¡qué eternamente bella mar sería la vida! Mientras las pasiones el mundo muevan, el arte, forzado a reflejarlas, será ordinario...
Y las nubes de polvo de la carretera empañaban la diáfana serenidad del paisaje.
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