Part 1
- I - En la carretera
Es Maizales una blanca y verde aldea imaginaria, blancas las casas, verdes los prados, orilla del río, no lejos de la mar. Acampados ejércitos formidables de maíz, que le dan nombre, del río la separan. Bordea el maizal llana y polvorienta carretera, que limita por el otro lado con alegres colinas. Aquí y allá, en llano o monte, álzanse dispersas muchas casitas albas y relucientes como la nieve al sol. No pocas de ellas son elegantes hotelitos, rodeados de frondosa huerta o florido jardín, resguardados por verjas de hierro pintado de colores chillones.
A la entrada del poblado, y enclavado en el camino, se ve un edificio que, si en la parte alta aspira pomposamente a ser fonda, en la planta baja no quiere ser taberna, sin conseguir ninguna de ambas inofensivas pretensiones. Frente por frente a este hospedaje modesto y limpio, una parra sirve de toldo a la mesa de piedra, en torno de la cual hay siempre rústicos bancos y, en éstos sentados, rústicos ociosos murmuradores.
Como la murmuración no basta a llenar por completo los días de sol, con ella alterna el juego, y para mayor variedad, el tute se hermana con el monte, o tras de la reñida baraja, triunfa el pacífico dominó.
La gallarda moza, más que tabernera y menos que fondista, suelta de andares, rubicunda de rostro, apretada de carnes, viene o va, conforme la llaman o despiden los jugadores, trayendo o llevando las cartas y fichas, el vaso de cerveza, la copa de licor. De esta suerte, al vicioso ningún incentivo le falta: una deleitosa bebida, una partida animada y una buena moza -vino, juego y mujer-, las tres cosas tiene.
La muchacha, para desesperación de sus admiradores, es implacablemente honrada, y así el recreo no pasa de los ojos. El más inocente requiebro lo tomaría como un agravio.
-¡Amparo! -grita algún jugador o mirón del juego. Amparo entonces acude y sirve diligentemente cuanto se le pida de su taberna excesiva o de su fonda deficiente.
-¡Amparo! -ha gritado don Venancio, y Amparo ha acudido.
-¡Cerveza! -añade el buen indiano, y la tabernera se la trae.
-¡Ya hizo usted una de las suyas! -exclama entonces el compañero de juego del fastuoso don Venancio-. ¡En cuanto pide de beber, se le va el santo al cielo!
-Por mirar lo que no le importa -agrega zumbonamente un tercer jugador, señalando con un guiño del ojo derecho el desabrochado corpiño de la graciosa y fresca hospedera.
-Pues hoy no pasó por aquí nada que le distraiga -replica la buena moza, pronta al quite.
-Mucho decir es -interrumpe don Venancio exhalando un suspiro.
UN JUGADOR.- Juego.
UN MIRÓN.- Amparo se refiere a la costurerita.
DON VENANCIO.- ¿A quién? ¿A Magdalena? No hay nada; les juro a ustedes que no hay nada.
OTRO JUGADOR, que atiende poco al juego.- A quien aludía Amparo era a la viuda.
DON VENANCIO.- ¡Hombre!... ¡Le digo a usted!...
-¡Y que la viudita es de primera! -murmura, después de larga reflexión, otro del apiñado grupo.
-¡Me parece a mí que el tal mayordomo! -añade picaresco cierto viejecillo, aparentemente mudo hasta entonces.
La insinuación es acogida con significativas sonrisas, aun con marcados murmullos de asentimiento. Media hora hacía, lo menos, que a ningún ausente le alcanzaba un arañazo; la fiera plebeya de la baja murmuración empezaba a rendirse, de tanto haber dado descanso a las uñas.
¿Presintió la sonrosada tabernerita el nublado que se venía encima y la furia con que debería descargar? Lo cierto es que la noble y altiva mujer, muy atenta. siempre a su negocio y a no asistir al degüello moral de ninguno de sus clientes, puso carretera por medio, y a su tosco mostrador se retiró. Quizás entró en su pensamiento la idea de que, hallándose ella presente, los ociosos murmuradores tendrían una fama menos que devorar.
Amparo no les miraba, sin embargo, con malos ojos, ni les guardaba rencor en nombre de su sexo, frecuentemente por ellos escarnecido e insultado. Sobradamente les conocía, sabiendo que todos ellos eran excelentes personas, capaces de socorrer, en trance de apuro, al mismo prójimo a quien antes despellejaran.
Hubiérasele dado a cada uno de ellos obligación, que le ocupara durante las horas enervantes del calor, y de sus bocazas charlatanas no saliera entonces la menor alusión mordaz, ni asomaran siquiera a su mente los malos pensamientos. Pero aquella tertulia de la carretera formábanla holgazanes forzosos: ya cincuentones que regresaran del largo viaje a América enriquecidos para un mediano pasar, ya estudiantes en vacaciones; ora obreros sin trabajo, ora señoritingos sin voluntad de trabajar.
Dicho sea en descargo de tales sujetos, de allí salían, en época de fiestas, las más importantes cuestaciones del pueblo; y en no pocas ocasiones, de allí salieron también generosas limosnas para algunos desamparados de la suerte. En todo caso, el cognac y la cerveza cotidianamente corrían de lo lindo, las barajas cotizábanse en lo doble de su valor, todo lo cual inclinaba a la tabernerita a mirarles con piadosos ojos, no dando a los murmuradores otro castigo que el de sus breves ausencias cada vez que el río de la murmuración experimentaba alguna fuerte crecida. ¡Y a fe que hizo bien en ausentarse ahora! A la maliciosa insinuación del viejecillo siguió, a poco, un chaparrón de detalles comprometedores y de observaciones harto expresivas. Para decir verdad, la situación de doña Mercedes -que era de esta viudita de quien se trataba- y la de don Carlos, su administrador, no dejaban de prestarse a la fiera dentellada muy singularmente. Ambos eran jóvenes y vivían bajo un mismo techo. ¿Para qué más?
Carlos nació y se crió en Maizales. Hijo de labradores pobres, fue desde los primeros años de vida orgullo de su padre. La inteligencia del muchacho revelábase tan despierta y luminosa, que a todos daba asombro el ver salida de tan humilde concha perla tan brillante.
-No dejes de dar educación a tu hijo, por poco que puedas -solían decirle los señores en buena posición al enorgullecido campesino-. Será un muchacho de provecho.
Tanto llegó a popularizarse y extenderse esta genial esperanza en el futuro talento del chico, que cierto filántropo algo extravagante inició, alentó y llevó a feliz término una suscripción entre las personas acomodadas de aquellos contornos para costearle los gastos de la segunda enseñanza al muchacho en muy decoroso colegio establecido en la capital de la provincia. Y a medida que los inscriptos en la lista de suscripción iban cansándose de ser caritativos, el extravagante filántropo tapiaba con sus propias fuerzas los resquicios que abría el egoísmo ajeno.
Cuando Carlos se enriqueció con el grado de bachiller, quiso la suerte loca poner el primer obstáculo en su camino.
El estudiante perdió a su padre. Aquella intensa desventura representaba para él una doble desgracia, porque estaba seguro de no poder continuar los amados estudios, cohibido por las imperiosas necesidades del problema cotidiano. Con no poca sorpresa del muchacho, no sucedió así. El extravagante filántropo que le protegía, ya sin colaboración de nadie, sufragó por sí solo los gastos para trasladar al chico a Madrid, sostenerle en la corte y darle carrera.
Carlos comenzó, en efecto, la de abogado, y ayudándose con el producto de una galana pluma que escribía primores, empezó en plena adolescencia a subir los floridos escalones de un brillantísimo porvenir.
Durante las vacaciones, Carlos volvía a Maizales; allí soñó los primeros ensueños, amó. los primeros amores y se deleitó con los más tempranos deleites. Era todo un hombre; física, moral e intelectualmente, nada había que pedirle.
Mediada la carrera, prodújose en el alma de Carlos una gran catástrofe moral que torció para siempre su destino. De verse halagado pasó a sentirse esquivado y rehuido; donde antes simpatías, hallaba desdén. Su madre, a quien tanto amaba, perdió la estimación moral del joven. Su padre, a quien siempre creyera respetado, había sido en vida víctima de traidor ultraje. El filántropo extravagante no era tal extravagante, ni tal filántropo, sino un cuco de cuenta y un concupiscente marrullero. Él mismo, el propio Carlos, había vivido en una inconsciente indignidad. Muerto el padre, los entapujados amores de la madre con el protector no tuvieron ya el freno del miedo ni tardaron en ser el pasto de las hablillas públicas. Los amantes acabaron por vivir juntos desvergonzadamente. Sintió el muchacho que una ola de fango le envolvía, que todos los nobles impulsos experimentaban un largo silencio en su corazón, que toda su sangre hervía en un bramido de protesta. Ya que no la sombra de Hamlet, la de Andrés Cornelys cruzó por su pensamiento. Pero su ofensor no dejaba de haberle protegido, a pesar del ultraje; cuanto era, cuanto sabía, cuanto valía, todo lo que en sí llevaba con orgullo, lo debía a aquel hombre. Carlos se negó a seguir aceptando la limosna infamante, a compartir con su madre el fruto de la deshonra paternal. En estas circunstancias Carlos emigró a América, dejando sus estudios, abandonando todo conocimiento teórico para entregarse a la práctica de vivir. Durante algunos años nadie en el pueblo volvió a saber de él. Al fin llegaron vagas noticias de que vivía en Cuba, ocupando modesta posición independiente.
Durante el verano anterior al de este vulgarísimo relato, Carlos embarcó para España y se presentó en Maizales de improviso. El reaparecido venía en buen pie de fortuna, según toda apariencia, diciéndose administrador de una gran señora cubana, y con el encargo de adquirir o construir en aquella aldea o en sus aledaños una hermosa finca. Y así lo hizo, comprando en buen puñado de miles de duros la mejor del contorno.
Todo fue entonces reverencias y agasajos al dadivoso recién llegado. Todos solicitaban su amistad, asediándole a preguntas y recuerdos. Su madre y el amante, que se casó con ella en el supremo trance del morir, llevaban ya años bajo la tierra piadosa del Camposanto; ya muertos, la murmuración, impotente para producirles dolor, les abandonó. Y las dramáticas vicisitudes del partir Carlos de su lugar nativo habían rodado también al olvido, más hondo que la muerte.
Todos los aprestos para convertir Bellavista, la posesión comprada, en plácido, ameno y confortable retiro, llevolos el administrador de la señorona americana con diligencia vertiginosa. Tuvo que oír el asombro de los maizalenses cada vez que nuevos muebles y enseres lujosos llegaban a la finca. Ya ultimados los preparativos, Carlos reembarcó, despedido con ostentosas y unánimes simpatías, dejando de su paso una huella de suave afecto, una estela de apacible luz.
Durante el invierno, la lluvia enfangó casi constantemente la carretera. Las reuniones de los jugadores y desocupados celebrábanse bajo techado, eran más breves y no cotidianas. La casa de Amparo estaba desconocida por lo poco animada. A veces, durante horas y horas, sólo interrumpía el silencio el lejano galopar de algún caballo, que se acercaba rápido y chorreante, descendiendo el jinete, aterido bajo el impermeable, sacudiendo éste y las botas de montar, apurando de un trago la copa de ginebra para reanudar con toda precipitación la incómoda marcha.
Sólo en algunos breves claros de sol, bajo las ramas secas de la escarchada parra, las alegres partidas de monte o de tute se renovaban con fugitivo esplendor. Entonces volvía a su apogeo la charla loca de los comentaristas profesionales, y con el grato recuerdo de Carlos, grata suele ser toda novedad, se juntaba la curiosidad impaciente de conocer a la anunciada poderosa señora, que debía en lo porvenir representar en Maizales algo así como la jerarquía deslumbrante de un Capitán general o de un Arzobispo. Quién la pintaba como vieja y bondadosa, quién como una joven ridícula y estrafalaria.
Pasó, en fin, la renovadora primavera sin que la desconocida llegase ni nadie de su familia viniera de vanguardia. Hasta que, entrado junio, arribaron felizmente, seguidos de cuatro criados y con abundantísimo equipaje, la viuda y su administrador.
Fue general la sorpresa. Tratábase de una mujer afable, expansiva; vestida siempre de trajes claros, con flores perennemente en los negros cabellos y sobre el pecho exuberante; alta, nerviosa, esbelta, morena y seductora.
Formaban una linda pareja ella y Carlos. Desde todos los labios maizalenses una sonrisa unánime de agrado les dio la bienvenida. Pero la mujer era lindísima y despertaba envidias en las vanidosas cabecitas del bello sexo; el hombre pudiera ser afortunado, y esto le hacía también envidiable de los zanguangos necios y presuntuosos. Hubiérase tratado de una vieja antipática, y nadie tendría nada que oponer. La dignidad de Carlos y la virtud de Mercedes, mirando al través de un prisma envidioso su fortuna y belleza, infundieron instintivas sospechas. La tormenta empezaba a fraguarse en las nubes; por entre aquellos apacibles maizales crecidos, en las fuentes claras, en las florestas serenas, en el ambiente luminoso, iniciábase una ráfaga de amenaza.
Cuando la presencia de Mercedes y Carlos en la carretera impuso silencio a las mordacidades de los que jugaban con D. Venancio al tute o les veían jugar, por entre los oreados cañaverales, que enhiestos recibían la caricia lujuriosa del sol, la brisa mansa de la tarde parecía musitar el célebre verso quintanesco: «¡Ay, infeliz de la que nace hermosa»
- II - La «Mariposa»
En la taberna reinaba aquella noche grande algazara, porque estaba en el uso de la palabra el Manco; en el uso de la palabra y en el abuso de la bebida, según costumbre.
El auditorio aumentaba rápidamente; cuantos entraban a «echar» una copa quedábanse allí estacionados, suspensos de la labia del embriagado orador. Y las carcajadas generales eran tanto más de notar, cuanto que el excelente borrachín nada decía que fuera ingenioso o regocijado. Sarta de disparates sin gracia y sin intención eran sus discursos.
En aquel momento el Manco, saltando de la elocuencia heroica al blando lirismo, invocaba el dulce nombre de su hija.
-Así le digo yo a la mi fiya, que yé lo que quiero más en este mundo; el diablo me lleve. De la Mariposa hablo, don Teodomiro; usté la conoz. La mi muyer y yo pusímosla María y Josefa y Rosa, porque era el día de Santa Rosa cuando ella ha nacíu. María y Pepa hacen Maripepa. Maripepa y Rosa, Mariposa.
Y como advirtiera la sorpresa de los oyentes, añadía sentenciosamente el Manco:
-Yé una abreviatura.
-Usté bien lo sabe, don Teodomiro, lo que val la mi rapacina. Yé una perlina mismamente. ¡Y tan modosina, tan guapina como yé la mi neña! Yo, casarla, casarela a la mi Mariposa, porque ese yé el destino de la muyer y la ley de Dios. ¡Pero tien que ser un príncipe ruso del Celeste Imperio el que me la pida! Yé una glorina, don Teodomiro. ¡Lo que ella fai, lo que ella sabe, lo que ella trabaya, la bendita! ¡Y to por sostener al su padre, a este probe manco, que ya está muy vieyu!...
Y las lágrimas volvían a cortar la voz del orador.
Para hablar con verdad, la oratoria del Manco tenía más de meliflua y llorona que de ardiente y bélica. Nueva gallarda prueba hallábase dando de esta su ternísima especialidad, entre el general regocijo del auditorio, ponderando y enalteciendo los méritos, las virtudes, las pudibundeces y discreciones de su bella hija, cuando de súbito la inesperada exclamación de un concurdáneo cortó el hilo de sus logomaquias apologéticas.
-¡Ahí está la Mariposa!
Y el Manco, tembloroso, palideció de espanto.
En el umbral de la puerta acababan de apoyarse, breves y ligeros como dos pajarillos, los lindos pies de una mujer rubia y rosada, bajita y airosa, llenita de carnes, con grave expresión de melancólica indiferencia en los fríos ojos azules, con dulzura de risas y llamaradas de rubor en el rostro, con enérgico ceño.
La innata distinción aristocrática de aquella admirable figurita plebeya, contrastaba grandemente con el acre olor a vino, tabaco, borrachera y pereza que de la taberna emanaba.
-¿Quier un vasín de sidra, preciosa? -dijo, todo zalamería, un contertulio.
-Se agradece -contestó secamente la muchacha.
Y volviéndose con severidad al Manco:
-¡Ande, padre, ande para casa! -le dijo-. ¿No le da vergüenza estar siempre así?
Y aquel hombre, que se volvía un león para increpar a los gobernantes funestos y a los generales vencidos, salió sin chistar ni levantar los ojos, humilde como un cordero asustado, a la primera intimación de los juveniles labios de su airada hija, finos y rojos como brevísimos cintillos de coral.
En mezquino tugurio, compuesto de cuatro piedras ligadas por muros de ladrillo, albergue tan mísero que sólo dejaba espacio para la cocina y para el comedor con una cama, vivía con su padre la Mariposa. Frente al tugurio se alzaba la panera, que servía también de dormitorio a la muchacha. Era ésta la costurera única de la aldea; el Manco y ella alimentábanse del producto de la aguja. Y no se atribuya a que el inofensivo borrachín fuera hombre nacido para una eterna holganza. No. El Manco trabajaba, aunque torpemente.
A falta de una ocupación sólida, nuestro orador tenía tres muy frágiles. Arreglaba paraguas, siendo esta defensa contra el agua una singular habilidad ingénita en tan ferviente adorador del vino; guiaba un carrito de movimiento insoportable, tirado por mula ciega y renqueada, que solía ser siempre, entre todos los caballos y mulas, la última en llegar; finalmente, aceptaba limosnas, aunque no las pedía. La imperfección del Manco de Maizales incapacitábale para los más usuales y en el pueblo más necesarios oficios; la pésima condición de su mula y absoluta inconfortabilidad de su carricoche, le hacían el carretero más antipático a los viajeros y aun a las maletas; gracias a que su nativa elocuencia le facilitaba el ser celebrado y agasajado en todas partes, granjeándose pronto la dádiva o el convite.
Andaría entonces la Mariposa alrededor de los veintiséis años, y no se le recordaba ningún novio, aunque recibía frecuentemente en sus altares ofrendas de ramilletes de adoradores. Si hemos de llamar las cosas por su realidad, resignémonos a confesar que Mariposa era coqueta, y que sus vuelos de flor en flor justificaron el raro nombre con que la confirmó su padre.
Durante el verano anterior, Mariposa estuvo, sin embargo, a pique de formalizarse y casarse. Hacía dos años, entonces, de que un acaudalado industrial, residente en Méjico, y deseoso de retirarse a su país, pidió informes acerca de las jóvenes maizalenses en estado de merecer, coincidiendo todas las referencias en que la más gentil, la más apetecible, la de mejores partes y prendas, era la hija del Manco. El mejicano, amigo íntimo del mejor orador de Maizales desde los imborrables años de la niñez, pidió al Manco el retrato de su hija, y formuló solemnemente, después de recibirlo, la petición de mano, invitando a la Mariposa y al paragüero para trasladarse a la patria de Moctezuma -así lo decía el Manco- con objeto de que se celebrara la boda.
La Mariposa levantó un muro de hielo contra los seniles ardores del mejicano enriquecido; pero las súplicas del Manco fueron tales, y con tanta insistencia propaló el fausto acontecimiento en sus discursos, que la muchacha llegó a temer el ridículo si no cedía, y acabó por dar su asentimiento.
A Méjico se trasladaron, pues, la Mariposa y el elocuente autor de sus días. El viaje fue un duelo continuado para el presunto suegro. La niña sentía constantemente la imperiosísima necesidad de llorar, y mil veces llegó el Manco a desistir de su proyecto, rogando otras mil al capitán del transatlántico que diera la vuelta y les reintegrara sin pérdida de tiempo a Maizales. Y entre las lagrimitas incesantes de su hija y el inmenso abismo de agua del mar, al pobre Manco se le aguaba todo el vino antes de llegarle al gaznate, y él, tan locuaz, permanecía perennemente mudo, como un buen diputado de la mayoría.
No fue, sin embargo, el calamitoso viaje lo peor, sino la llegada. El mejicano recibió a sus huéspedes con todas las melifluidades y prodigalidades posibles; pero verle la muchacha y atragantársele, fue todo uno.
-¡No puedo, padre, no puedo! -gemía la Mariposa.
El ricacho, que alentaba la esperanza de rejuvenecerse besando una boca de rosas y de risas, retrocedió hosco y molesto ante tales aspavientos, suspiros y lamentaciones. Así fracasó aquel concertado matrimonio, quedándose en Méjico el anciano novio enfurecido, que reclamaba a voz en cuello la devolución del dinero gastado en el viaje. Y así regresaron a Maizales: desolado el Manco, virgen la Mariposa.
Fue entonces, durante la ausencia del orador maizalense y de su hija, cuando Carlos llegó solo a la aldea, compró la finca de Bellavista para Mercedes, y tornó a embarcar.
La subida del precio en la oferta no tardó en acrecentar la demanda. Los despechados adoradores de María Josefa Rosa, apenas la vieron volver con palma, sintieron redoblarse sus ardimientos y resucitar sus muertas esperanzas, con lo cual estrecharon el cerco, afilaron las uñas, adulzoraron más aún la expresión amorosa y, de pura dulzura, dieron en el más pegajoso empalago.
Dos de estos amadores irreductibles merecen aquí recuerdo especial. Uno de ellos ya os fue presentado, aunque le conocisteis poco; no vale el empeño de conocerle más. Es un excelente majadero este don Venancio el fastuoso, indiano retirado, almibaradísimo en el hablar, grotesco de andares y de modales, resplandeciente de joyas y febril por casarse con cualquiera.
Más temible es Andrés, hijo de un poderoso labrador, carácter sombrío, inteligencia sin cultivo alguno, querer de hierro, apetitos de bestia. Jactancioso y fornido, moza que él corteje nadie se la dispute. Habituado a los amores fáciles, el primer amor difícil le enciende el sentido y le centuplica la voluntad. Ingenuo y rudo, sabría morir o matar por amor. Cuanto más Mariposa le desdeña, con más fuego la mira. Y, en verdad, con todos sus vicios y virtudes, no mayores ni menores en él éstas y aquéllos que en los demás mortales, en verdad lo merece, por gustar tanto de ella y amarla tanto. De esta madera fueron, en la vida y literatura españolas, casi todos los criminales y los héroes.
Para ser poco afortunado don Venancio en lances de amores, mientras él jugaba sosegadamente al tute en la carretera, de casa del indiano salía la Mariposa, que acudiera a entregar la labor encargada por una hermana del cincuentón. Y en la misma puerta del pintarrajeado hotelito que poseía el americano, la Mariposa tropezose con Andrés.
-¿Ya de retirada? -preguntó el mozo.
-A mi casa me voy, si usted otra cosa no me ordena -contestó la linda criatura.
-¿Llevas mucha prisa?
-Mi casa está lejos.
-Muy cerca para mí si te acompaño.
-Déjeme, don Andrés, y siga su camino.
-¿Será creíble que no te ablandes nunca? ¿Habrás de mostrarte siempre conmigo tan injustamente esquiva? ¿No merezco una esperanza siquiera?
-Déjeme, don Andrés, le repito, y no sea pesado.
-¡Por caridad, Mariposa!
-¡Eso digo yo! ¡Por caridad!
-De hoy no pasa el que hablemos.
-Todo lo tenemos muy hablado. Ya le dije cuanto podía decirle. Seamos buenos amigos.
-Esta idea de ser amigos, nada más que amigos, no la resisto.
-Pues otra cosa no puede ser.
-Ya sé por qué.
-Por nada.
-Hablemos con franqueza, Mariposa.
-Diga usted lo que guste.
Y prosiguieron el camino con algunos minutos de silencio. Mariposa se arreglaba nerviosamente el delantal. Andrés mordía con rabia el tallo de una flor.
Súbitamente, el enamorado asió violento a la muchacha por la muñeca.
-¡Don Andrés, por Dios! ¡Está usted loco! ¡Que me lastima! ¡Suélteme, o grito!
Y él no la soltaba, ni nada decía.
Cuando ella le miraba aterrorizada y sin amor, desasió al fin el joven la anhelada mano, y pasando de la exaltación iracunda a un gran abatimiento de tristeza, dijo con dolorido acento:
-¡Mariposa, tú quieres a otro!
-Le juro que no. Pero no tengo para qué darle explicaciones.
-¡Mariposa, acabas de mentir! ¡Tú quieres a otro!