Alma vasca

Part 7

Chapter 71,586 wordsPublic domain

[Imagen: _V. de Zubiaurre, pint._]

Hay en nosotros una íntima resistencia frente al cambio: no queremos que las cosas varíen alrededor nuestro, porque además de la pereza que sentimos por todo cambio de postura, nos parece, tal vez con razón, que al desaparecer las costumbres a las que estábamos conformados, nosotros mismos debemos desaparecer con ellas.

Constantemente nos gritan con alarma que los usos y costumbres vascongados están desapareciendo. No hay duda que muchas formas costumbristas desaparecen. Pero la alarma sería fundada si esas costumbres desaparecieran en seco, sin ser sustituídas por otras costumbres, tan típicas como las anteriores.

Hoy pasan las formas y se cambian las modalidades con mucha más rapidez que antaño; esto ocurre en todo el mundo, y el país vasco no podría substraerse a la ley universal. Mueren las costumbres, es verdad, pero otras nuevas nacen. Y en este punto deberemos insistir un poco, porque es esencial.

Instintivamente nos sentimos dispuestos a considerar lo típico como algo que ha llegado a un país por efectos milagrosos: una costumbre, en cuanto reúne ciertas cualidades generales y permanentes, se nos figura que brota de las entrañas del país por verdadera germinación espontánea y al estilo de los hongos; nos basta reflexionar brevemente para comprender que no es así, y que lo que llamamos costumbres características son cosas que los pueblos se transmiten de uno a otro y sin cesar. Lo que hace cada país, con distinta fuerza, es imprimir su propio cuño a esas costumbres, absorbiéndolas profundamente hasta lograr que parezcan diferentes y originales.

El país vasco es quizá uno de los que mejor y más habitualmente recurre a la recepción o absorción de formas costumbristas ajenas. El país vasco es poco original en el sentido creador. No ha creado formas esenciales de vida, o no ha transfigurado las esencias adquiridas hasta exaltarlas profunda y densamente, al modo de los pueblos que consideramos fundadores de civilización (Grecia, por ejemplo). Tampoco se puede decir que el país vasco haya creado verdaderos estilos, porque, con frecuencia, las formas que adquiere del exterior las conserva casi en el mismo estado en que las recibe. Tal ocurre con el juego de pelota, con el tamboril, con las danzas de las espadas, con las regatas de traineras y con otros muchos usos llamados típicos.

Contribuye a que estos usos se llamen típicos un fenómeno de simple exclusión: son costumbres y modalidades que en otras provincias han perdido auge y difusión, y que al conservarse entre los vascongados con fuerza, producen el efecto de ser propiamente vascongadas. Así ocurre con el tamboril, que sólo en raras comarcas del resto de la Península se conserva en vigor. Los andaluces lo usan en la célebre y pintoresca romería del Rocío; lo emplean también algunos pueblos de León. Antiguamente era común a muchas comarcas españolas, sobre todo las de raíz castellana.

El caso del juego de pelota es sumamente curioso. Se le llama _sport_ vasco, y es una diversión que ha sido adoptada de los castellanos probablemente en fecha bastante próxima. Digamos desde luego que la pelota es un útil de diversión tan antiguo como el hombre, y común a todos los hombres del mundo. Es un juguete universal, puesto que es lógico. Los relieves griegos nos presentan ya a las mujeres jugando a la pelota.

Que el juego de la pelota, en la forma actual, fué adquirido de Castilla, es indudable, porque todas, pero todas las palabras que intervienen en el juego, son castellanas. Respecto a la relativa modernidad de la adquisición, nos ayudará a la conjetura el examen, siquiera ligero, de esas palabras: efectivamente, carecen de un aire demasiado arcaico. Son voces del siglo XVI, o quizá de tiempos más recientes. Hoy se usan en el lenguaje corriente de Castilla.

Lo cierto es que nuestros pelotaris dicen «frontón», «pelota», «pared», «raya», «guante», «pala», «cesta»; califican las jugadas de «a largo», «a remonte», «a volea», «a punta», «a sotamano»; dicen «falta», «tanto», «quince»... Todo indica, pues, que el juego de la pelota tiene en el país vasco una fecha de adopción muy poco antigua.

Como ese juego ha sido adoptado, otros nuevos vendrán a sustituír a los que se pierdan. Porque los vascos se vieran con el gusto o la necesidad de tomar la costumbre de la pelota a los castellanos, a nadie se le ocurrió proferir dramáticas lamentaciones. El carácter de un pueblo no se cifra en algunas maneras externas y formales: hay algo más penetrante que ayuda a mantener el tono diferencial de un país. Aunque el «ariñ-ariñ», el «fandango» y la «purrusalda» no son más que el baile suelto que se baila en casi todas las regiones españolas, sabemos, sin embargo, que algún matiz, cierto aire diferencial existe en la danza suelta de los vascos.

Este mismo fenómeno, si lo aplicamos a las palabras, nos concederá no menos interesantes motivos de observación. En efecto, tan pronto como nos sumergimos en la lectura de las obras castellanas de la Edad Media, encontramos vocablos e interjecciones que en el siglo XIII eran de uso vulgar en Castilla y que hoy no se emplean ni se conocen si no es por los eruditos; pues bien, esos vocablos e interjecciones que el tiempo borró para siempre de los países propiamente castizos, se conservan en el país vascongado y toman en lenguaje éuscaro un franco carácter de frecuentación. De tal modo, que los mismos vascongados creen que se trata de términos absolutamente indígenas.

Para quien conoce el vascuence, resulta, pues, en extremo curiosa la lectura del poema de Mío Cid, y da ocasión a conmovedoras sorpresas. El aire rudo, masculino, honrado y marcial de esos versos rudimentarios nos arroja desde luego al alma un perfume antiguo, un saber de naturaleza que se compagina bien con el tono de la gente vascongada. El Cid, Antolínez, Muño Gustioz, Jimena, son personas bravas y simples que dan a las cosas su nombre exacto, su valor real. Pasa por todo el poema una emoción y un brío varoniles, y nada nos cuesta imaginar que aquellos seres de la vieja Castilla son vascos romanizados, o sencillamente vascos que han pasado a través de las villas y las ciudades.

De pronto tropezamos con una palabra: «asmar». El comentador del libro hace una llamada y cree indispensable dar al pie de la página una explicación de ese verbo arcaico. Nosotros, ante la explicación erudita, vemos con asombro que el verbo «asmar» tiene hoy en vascuence el mismo sentido que tenía entre los castellanos del siglo XIII. Lo mismo ocurre con la palabra «alcandora», que es de origen árabe, y se usa en el vascuence de una parte de Guipúzcoa para expresar la camisa. «Cayola» (jaula) es otra palabra que desaparece del castellano corriente y perdura en éuscaro. «Copa», en la acepción de cesto o concavidad, se usa en vascuence para significar el serón de los albañiles. «Copeta», que en éuscaro significa frente, es el «copete» arcaico. A veces salta una palabra que ha llegado del italiano al vascuence por vías ignoradas; por ejemplo, «gona», que en toscano y en el vascuence vulgar significa saya, basquiña. Es posible que se usara en castellano alguna vez, y haya desaparecido sin dejar rastro literario.

También nos detenemos con curiosidad cuando oímos exclamar al Cid Campeador, el de la barba vellida:

Ia, Alvar Fáñez, bivades muchos días; más valedes que nos, ¡tan buena mandadería!

O cuando el mismo Cid se dirige a su esposa y prorrumpe entre suspiros:

Ia, doña Ximena, la mi mujer tan cumplida, como a la míe alma yo tanto vos quería...

El comentador hace aquí otra llamada y explica el sentido de ese «ia»; era una exclamación actualmente en desuso, o sustituída, a nuestro parecer, por su semejante ¡ea! ¿Pero necesitábamos nosotros ninguna ayuda aclaratoria? La exclamación «ia», tan frecuente en Mío Cid, está viva y se emplea corrientemente por los que hoy hablan el éuscaro en tierras de Guipúzcoa. De este modo: «Ia, Manubel, etorrizaitez.» O en tono de imprecación y de coraje. «¡Ya, mutillac, guacen aurrerá!...»

Estos que a primera vista parecen detalles nos demuestran cómo los hombres se comunicaron en la antigüedad más frecuentemente de lo que ha supuesto una opinión pseudo-culta. Los pueblos no vivían separados como islas en los siglos medios, sino que, todo al revés, se frecuentaban, se copiaban entre sí, y esto quizá con más eficacia que ahora mismo. Los idiomas eran entonces cosas blandas, maleables, amorfas, a causa de la constante y viva comunicación. El francés se diferencia poco del provenzal, y el castellano está lleno de palabras lemosinas, italianas, gallegas y francesas.

En contacto frecuente, y viviendo la misma vida social, comercial, política y guerrera, es entonces cuando castellanos y vascongados se fundieron en un cuerpo armónico. De entonces data sin duda la aceptación por parte del vascuence de esa infinidad de voces y giros, que tomados de un castellano primitivo, nos suenan hoy tan densamente.

INDICE

Páginas.

La inmensidad verde 5

El ceremonioso tamboril 13

Día de fiesta en un pueblo vasco 21

Junto a la carretera 29

Cataliñ 37

Los remeros olímpicos 43

Elogio de mar Cantábrico 53

El río dinámico 59

Elogio de los campanarios 67

El viento del sur 73

Los bebedores de sidra 83

Los _versolaris_ 91

El humor anacreóntico de los vascos 99

Visión de pueblo antiguo 109

Camino de las montañas 121

La patria de los pastores 129

Meditación en la cumbre 141

La timidez de los vascos 149

La preocupación de la hidalguía 159

El problema de los nervios 167

Diferenciaciones y parecidos 181

Ideas finales 191