Part 6
Lo mismo el Fuero de Guipúzcoa como el de Vizcaya abundan en exposiciones que las Juntas elevan al Rey, rogándole la declaración formal de la hidalguía originaria de los vascos. La demanda se repite a lo largo del tiempo con una monotonía impresionante. La idea de la nobleza se convierte en una obsesión.
Y en un capítulo del Fuero de Vizcaya los procuradores explican al Rey: Que en muchas partes del Señorío, cuando la Justicia ha castigado con pena infamante de azotes a algunos súbditos, se ha visto a éstos arruinarse o morir, porque la vida con la vergüenza se les hizo imposible, y porque no han podido ejercer más sus oficios o empleos, ni han hallado mujer que quisiera casarse con ellos...
En la falda de una colina, entre la verdura de los prados y las arboledas, la casa del labrador vascongado blanquea risueñamente. A esta casa le corresponden seis, ocho, diez hectáreas de labrantío y de monte. No está situada allí caprichosamente; la casa tiene un nombre, que se refiere a una particularidad del terreno en donde fué erigida. Ha nacido como brotando de la propia tierra.
Casa y tierra implican así una idea de eternidad, de anterioridad infinita y de continuidad invariable. El terreno estaba sembrado de robles y tomó el nombre de «Arizmendi» (monte de robles). Por consiguiente, la casa se llama Arizmendi, y el hombre que primero labre la tierra en el robledal y habite la casa, se llamará de apellido Arizmendi. Tiene su bosque y su prado, sus vacas y su perro ladrador, su esposa y sus hijos, su arado y su hacha. Es el señor del predio, amo en su casa, jefe de los suyos. Es igual a los otros hombres que habitan las lomas, las vegas y las montañas. Siendo todos iguales, estiman entenderse mutuamente, reglar sus relaciones comunes, pactar una moral pública. Esta razón de libertad, basada en la nobleza, es la que se obstinaba en reclamar el Fuero.
No debe, pues, producir sorpresa el característico orgullo de los vascongados, ni ciertas formas de vanidad señoril que se advierte a veces en una zafia ama de cría. La obsesión hidalguesca y las trabas eliminatorias que de ella se derivan, tenían que originar una suerte de espurgo nobiliario, dando éste como fruto esa hermosa distinción física que es fácil observar en muchos ejemplares de la casta vasca.
XX
EL PROBLEMA DE LOS NERVIOS
[Imagen: _Tellaeche, pint._]
Es desoladora la facilidad y ligereza con que los llamados tratadistas han resuelto el problema del desequilibrio nervioso entre los vascongados. En virtud de un cientificismo pedantesco, y casi siempre sectario, se ha proclamado sin apelación que los muchos dementes y epilépticos que rinde el país vasco tienen por causa el alcoholismo. Pero es muy usual, aun entre los que maniobran con la Ciencia, confundir los efectos y las causas. En este caso tenemos el deber de no apresurar una conclusión demasiado fácil, ni dejarnos reducir por un sectarismo propio de las «sociedades de templanza».
El alcoholismo no es una causa, sino un efecto. Demencia, epilepsia e idiotez son formas o consecuencias fraternales de una misma predisposición, de una misma fatalidad morbosa latente en el pueblo.
Ante todo sería preciso, cuando se estudian los temas vascos, que nos acordásemos más de los otros pobladores de la costa cantábrica, como son los asturianos y montañeses. El exclusivismo localista y un afán algo tortuoso de dar aspecto de «isla» al país vasco, nos conducen a extremos bien construídos, pero que nos alejan bastante de la verdad. En la redoma vasca se hacen ingresar componentes tan poco afines como el hombre castellanizado de las Encartaciones, el gascón y francés de Bayona, el tipo meridional de Tafalla y Estella y el meseteño de Vitoria. En cambio se quiere ignorar que las características naturales de Pravia son semejantes a las de Guernica, y que el aire que sopla en Santillana es el mismo que está moviendo los manzanos de Azpeitia.
Hay en Asturias un refrán que dice: «Asturiano: loco, vano o mal cristiano». (Entiéndase cristiano como sinónimo de hombre). Este refrán podría ser extendido sin muchas salvedades a la región vascongada de la vertiente marítima.
En el concepto popular, entraña de donde salen los adagios, la locura tiene un sentido muy lato y pintoresco; no son locos únicamente los que se encierran en los manicomios, sino además los chiflados, los arlotes, los estrambóticos, los maniáticos, los versolaris, los payasescos... Y estos tipos, abundan tanto en el país.
Abundan esos que en el vascuence guipuzcoano se llaman, con piadosa indulgencia, _chorúas_. El _chorúa_, que viene a ser lo correspondiente de chiflado, es ese hombre tamborilero y bizarro que hace las graciosas travesuras del país. Es el punto de sal, la nota de fantasía, la ráfaga de viento del Sur que exalta y presta amenidad a la tierra. Es ese loco de los asturianos, ese arlote de los vizcaínos, ese _chorúa_ de los guipuzcoanos, que hace reír, que asusta a las tímidas comadres, que perturba, en fin, la exagerada tendencia a la normalidad del resto de los habitantes.
Todo iría bien si sólo se tratara de chiflados; lo triste es comprobar la existencia de tantos dementes en los manicomios regionales, y tantos idiotas pacíficos en la generalidad de las villas y aldeas.
En Bilbao circula con éxito la siguiente anécdota: Un notable especialista francés en enfermedades del estómago fué llamado a Bilbao para atender a un rico paciente; el sabio doctor tuvo que asistir luego a numerosos dispépsicos, y confesó que estaba asombrado del gran número de tales dolientes. Pero al final fué invitado por algunos amigos de la localidad a una de esas comidas pantagruélicas que se estilan en el país, y ante las proporciones del banquete exclamó:--Ahora me explico por qué existen en Bilbao tantos gastrálgicos...
Esta anécdota es falaz y despistadora. Sirve para adular la vanidad localista, en cuanto pondera la abundancia del comer, signo de mérito para el vulgo. Pero es indudable que un alemán o un sueco devoran bastante más que un bilbaíno, y sin embargo no adolecen aquellas gentes de mucha gastritis.
Es más instructiva la versión que un diestro médico de San Sebastián me revelaba una vez. La hipercloridia de carácter neurasténico, decía, no suele atacar a los alemanes del Norte; si ese ramo de la patología gástrica se estudia con éxito en aquel país, es porque se opera sobre los pacientes judíos, y los judíos son de raza débil, decadente. Yo tengo una numerosa clientela de hiperclorídico-neurasténicos entre la misma gente de las aldeas de Guipúzcoa.
Por otra parte, conviene señalar que en la República Argentina se distinguen los vascongados por el crecido contingente que dan a las dolencias gástricas de carácter ulceroso y canceroso.
No perdamos, pues, de vista una realidad: la gente del país vasco es una raza vieja, y por tanto expuesta a las morbosidades de origen nervioso. El desequilibrio neurasténico, desde los síntomas leves hasta los más graves, es frecuentísimo en el país. Los temperamentos nerviosos abundan en toda la costa cantábrica, contra lo que supone una tradición vulgar. Si se ha pensado siempre que el vasco y el asturiano son personas sanas, gordas, linfáticas y ecuánimes, es porque se ha visto sólo a uno de los ejemplares que pueblan la región, el más resaltante. Existe, es verdad, un tipo de hombre obeso, epicúreo, forzudo y sano; pero junto a él vive ese otro ejemplar de hombre anguloso, que forma una casta aparte y se distingue por su nerviosidad extremada. De él salen los chiflados, los epilépticos, los infinitos maniáticos de la tierra. De esa fracción racial han salido los aventureros del siglo XVI, los fanáticos de las guerras civiles y los católicos intransigentes cuya religiosidad tiene una violencia enfermiza.
En otro tiempo, sin duda por la proximidad al primitivismo de Rousseau, presumían los vascos de ser un pueblo nuevo, un pueblo joven, que modernamente comenzaba a vivir. Hoy no podemos recostarnos en esa teoría de la juventud. Todo indica, al revés, que los vascos deben inscribirse entre los pueblos que han vivido mucho.
* * * * *
En otra ocasión[1] me aventuré a expresar la posibilidad de que en la mayor parte de Europa existan dos grandes razas fundamentales: la raza _noble_ y la _plebeya_. Ahora me importa insistir en ese punto de la duplicidad racial, cuyos elementos se formaron sin duda en períodos ignorados de la Historia. Esta duplicidad no excluye la intromisión posterior de otros componentes raciales, venidos en tiempos históricos; germanos, franceses, castellanos, tal vez romanos, quizás algunos judíos, y después la inmigración lenta por los puertos de mar.
[1] Véase _En la Vorágine_
Si examinamos los dos tipos principales que pueblan el Cantábrico, veremos pronto un hombre macizo, propenso a engordar, de cabeza redonda, facciones poco delicadas, temple reposado y espíritu práctico. Es un individuo sano, robusto y ecuánime, exento de inútiles fantasías y nada apto para perder el tiempo en fugas imaginativas. Es el ejemplar del buen ciudadano, el que ahorra, come, engorda y ríe. Es ese asturiano forzudo y leal que todos conocemos, buen servidor, con aptitudes de tendero y de contratista; es ese vasco ciclópeo que vive a ras de tierra y que, en la emigración, pasa pronto a la categoría de «indiano». Las características de este ejemplar son semejantes al «hombre alpino» de los antropólogos, el famoso «marchand de marrons».
El otro ejemplar está ahí, en todas partes, destacándose por su cuerpo musculoso, su cuello largo, su espalda algo encorvada, su cráneo estrecho, su nariz
[Imagen: _Elías Salaverría, pint._]
exageradamente larga, sus ojos oscuros, su mentón agudo, su dentadura frágil, su temperamento nervioso y su aire fino. Es el que da carácter diferencial a la raza.
¿Cuál de los dos ejemplares tiene derecho a llamarse aborigen? Yo me inclinaría a optar por el tipo ecuánime, macizo y de cabeza redonda; ese hombre pirenaico o cantábrico que sería pariente del hombre alpino, base de donde mana la gran raza plebeya del centro de Europa. El otro tipo nervioso, dolicocéfalo, fino y de ojos oscuros, es una repetición de los hombres de origen mediterráneo que habitan en Castilla y en Andalucía. Entre un vasco o santanderino de perfil agudo y ojos negros, y un hidalgo de Ávila o un fino ganadero de Córdoba, no suele haber más diferencias que las puramente externas de vestido o acento idiomático.
Este hombre aguileño y nervioso, noble y fino, forma parte de una raza muy vieja que acaso invadió el Cantábrico, y que en el mismo resto de España sería intrusa; es imposible conjeturar la fecha de la invasión, ni si trajo al país el idioma éuscaro o lo encontró ya en uso entre la gente primitiva del tipo basto. Únicamente podemos confirmar por la propia observación la naturaleza macerada, vieja y en cierto modo decadente de esa sección racial del país cantábrico.
La tuberculosis causa en ella sensibles estragos; las dentaduras se desmoronan pronto; le persigue la neurosis, las manías, las ideas fijas, la misantropía, la timidez enfermiza, los «tics» nerviosos, las pasiones vehementes, los sectarismos hondos y morbosos llevados a la política y a la religión; en fin, el alcoholismo, cuya influencia arruinadora apenas daña al tipo sano que anotamos en primer lugar, pero que hace estragos en el hombre aguileño, por su incapacidad fisiológica de reacción.
Si examinamos ahora el desgaste, nos encontraremos con una raza que, después de ser vieja, todavía tiene el peligro de la incontinencia y del clima deprimente. Favorece, pues, el desgaste de la raza esa propensión al abuso, que no es ninguna temeridad exponer como cierta y resaltante. Abuso en el trabajo, abuso en la ambición, abuso en la sensualidad. No se trata de individuos continentes, como esos levantinos que se embriagan hablando y beben mucha más agua que vino; todos sabemos a qué grado de intemperancia llega el vasco, como todo cántabro, cuando se decide a comer y beber, a trasnochar, a bailar, a jugar. Un delirio báquico, una extremosidad vehemente y frenética es lo usual en esas fiestas, en esos juegos, banquetes y bailes del país. Las mujeres sobre todo abusan de su laboriosidad, a la que se entregan con verdadera intemperancia y por la que envejecen relativamente pronto.
El clima del Cantábrico es favorable a los desequilibrios neuróticos, por su humedad pastosa, por sus cambios bruscos y continuos, por sus cielos bajos, por sus nublados interminables, por la cortedad de los horizontes. En esos cielos bajos, que no tienen la compensación de la llanura como en Francia y Alemania, las ideas fijas son una especie de carcoma en un sistema nervioso desgastado. Y los aires reinantes son tan antagónicos, tan incongruentes, que el temperamento humano necesita pasar en pocos días desde el viento ágil del Norte al viento caliginoso del Noroeste, pesado y como tropical, y en seguida al viento del Sur, excitante y seco. El clima mantiene al hombre del Cantábrico en una intranquilidad constante. Y los cielos bajos, oprimentes, hacen en los nervios su faena.
La codicia de beber es una pasión que ataca a casi todos los pueblos húmedos, nubosos, frescos o fríos. El hombre ama la luz y el calor; los necesita para el alma tanto como para el cuerpo. Cuando el cielo no presta la luz y el calor, el hombre pide el complementario, la compensación, el fuego y la luz del vino. Todas las Sociedades de Temperancia de Inglaterra son impotentes para dar al inglés un sustitutivo del alcohol, en aquella tierra húmeda donde, frente a un sol inútil como una oblea difuminada, el alma que se aburre encuentra que la vida carece de sabor.
En Francia asistimos claramente al espectáculo de unas regiones alegres, tibias y luminosas como las del Mediodía, en que el alcoholismo es moderado, y esas otras regiones del Norte, como Normandía, donde las familias destilan en las propias casas el aguardiente de frutas, que devoran todos, viejos y niños; en algún puerto normando se ha dado el caso de tener que interrumpirse a media tarde la descarga de buques, porque los obreros estaban embriagados.
El meridional, particularmente el mediterráneo, tiene por el vino un amor casi lírico; lo bebe con temperancia, y es para él una cosa clara, alegre, sin culpa; es un elemento histórico y social de la fiesta en familia o al aire libre, la herencia de Baco, la exaltación poética de las vendimias. En los climas nubosos tiene el vino un sentido como trágico y culpable.
XXI
DIFERENCIACIONES Y PARECIDOS
[Imagen: _V. de Zubiaurre, pint._]
Ningún trozo geográfico o antropológico del mundo se halla bastante aislado para que pueda suponérsele único, virgen de todo contacto y libre de comunicaciones reales. El territorio vasco, por su pequeñez y por la posición que ocupa precisamente en el gran camino de las migraciones, no es el que más se ha librado de las influencias externas. Nos atreveríamos a decir que los vascos, semejantes en esto a los ingleses, admitieron siempre todo lo que llegaba del exterior. Por tanto, en el contenido del país hay mucho de mosaico, cuyas piezas múltiples es fácil hoy mismo separar con un mediano espíritu de observación. En el país vasco han ido posándose los residuos de las civilizaciones circulantes, sobre todo y casi exclusivamente las civilizaciones hispano-castellanas. En el propio idioma éuscaro se descubren numerosos vocablos de origen medioeval, y hasta del tiempo oscuro en que el bajo latín se convertía en rudo romance castellano. No es necesario resaltar ahora cómo la legislación foral hispano-castellana va dejando en las leyes vascongadas sus distintos y sucesivos aspectos. En cuanto a la arquitectura, el país vasco acoge las formas que llegan de la meseta central, hasta las formas de origen mahometano; en Azpeitia y Azcoitia, efectivamente, se ven casas abolengas donde el ladrillo está trabajado según la manera mudéjar.
Las agrupaciones humanas son como círculos concéntricos, que varían por su dimensión y jerarquía, pero no por sus caracteres específicos. Una simple aldea reúne ya todo lo esencial de una gran nación: atomismo, celos de barrio, luchas de castas, diferencias de terreno y de clima. Una región es un círculo también, semejante a un círculo nacional del tipo moderno.
Si observamos, pues, la región vascongada la veremos dividida, lo mismo que un gran Estado, en partes desiguales y aun antagónicas. Geográficamente tiene zonas cálidas, mediterráneas, esteparias, meseteñas, de llanura; otras son húmedas, cantábricas, tibias y de valles estrechos; otras son de alta montaña, frías y boscosas.
La flora recorre toda la gama mediterráneo-alpina, desde los castaños y helechos de los climas brumosos, hasta el tomillo de las tierras esteparias y los olivares de los llanos calientes.
El tono de la raza, ¡qué distinto aparece también! Hacia el lado cantábrico, la gente presenta una piel más blanca y rosa; hacia el lado opuesto, en la vertiente del Mediterráneo, la piel se quema y tiende a ser cobriza o amarilla. Los del lado del mar son hombres de aspecto físico más voluminoso, de cuerpos grandes que propenden a la obesidad; los del otro lado de la divisoria son más pequeños, enjutos, violentos y vivaces.
El tipo del cráneo varía igualmente, aunque pueda señalarse una forma general, como la más frecuente: la forma dolicocefálica, común a casi todos los pueblos meridionales. No es tan uniforme el color del pelo y de los ojos. Mientras unos vascos se significan por el tono oscuro del cabello y ojos, otros se nos presentan francamente rubios y de ojos muy claros. Los ojos de color intermedio abundan notablemente, tal vez tanto como en Italia; hay pocos ojos de matiz germano puro, como en Francia, pero son incontables los matices ambiguos: azulados grises, azulados verdosos, grises verdosos.
Añadiremos todavía que a lo largo de la región es fácil descubrir zonas más o menos importantes en donde prepondera el color claro de los ojos y el pelo. Parecen manchas antropológicas caídas allí al azar, pero que obedecen a causas o inmigraciones prehistóricas. En la parte pirenaica de Navarra abundan mucho estas zonas o manchas de color claro; en los valles elevados, y en la misma cuenca de Pamplona, se ven con sorpresa cráneos redondeados y cabellos rubios, que recuerdan bastante a los del mediodía de Francia del tipo gascón y bearnés.
Contra lo que parecería natural, el tipo de ojos y pelo moreno abunda mucho más en la vertiente cantábrica. Por un efecto de ilusión, mirando sólo al matiz general de las personas, suele creerse que el vasco del lado del Cantábrico es un hombre blanco, claro, casi rubio en oposición al hombre de la meseta.
Lo cierto es, sin embargo, que en la meseta central española no abundan los tipos puramente morenos tanto como en Marquina o Andoaín. En el centro de España se da con más frecuencia el tipo castaño; para encontrar ojos y cabellos francamente morenos es preciso retirarse a las costas, sean de Cataluña, de Murcia, de Andalucía o del Cantábrico. La ilusión de «morenez» del centro de España tiene su origen en el cutis seco, tostado y amarillento, producto nada más que del clima; tan pronto como el centro de España deja de ser meseta y desciende de nivel, como ocurre en Extremadura, pierde la piel ese matiz uniforme y seco y cobra color vivo.
* * * * * Aunque los ríos del país vascongado, como todos los de la región cantábrica, sean tan minúsculos que apenas merecen más que el nombre de arroyos, tienen, sin embargo, una positiva fuerza de diferenciación etnográfica.
Los ríos son pequeños, es verdad, pero ni en ellos mismos fracasa esa ley de Geografía que hace de las cuencas hidrográficas las más naturales y primarias expresiones regionales. En efecto, y refiriéndonos a un río famoso, todos saben que las gentes que pueblan las riberas del Ebro, desde Miranda a Tortosa, tienen puntos psicológicos y temperamentos comunes, de modo que un riojano, un navarro ribereño y un aragonés coinciden en las costumbres, en los cantos; en el tono del lenguaje y en los sentimientos.
Así también ha herido siempre mi curiosidad esa extraña filiación que se observa en los habitantes de los distintos ríos vascongados. Para conocer las diferenciaciones de lenguaje, de costumbre y hasta de matices raciales en el país vasco, necesariamente y casi exclusivamente debemos recurrir a la hidrografía. Las cuencas hidrográficas son de veras las que unen a los hombres y los diferencian de sus vecinos.
Refiriéndome a la provincia de Guipúzcoa, que es la que más conozco, diré que las tres grandes separaciones dialectales y costumbristas de esa provincia se sujetan a las tres cuencas hidrográficas importantes: el río Deva, el Oria y el Bidasoa. Los otros ríos, de curso más insignificante, como el Urola, el Urumea y el Oyarzun, aunque positivamente tienen fuerza diferenciadora, ésta no es tan notable como la de los otros ríos; sus matices diferenciadores son de índole muy sutil y no vale la pena de anotarlos.
El tono de la voz y el dialecto que hablan las gentes de Irún y Fuenterrabía, son mucho más semejantes a los de Hendaya, Vera y Echalar, que a los de Villabona, Tolosa y Beasaín. En cuanto al dialecto y las formas costumbristas de las gentes del Deva, se separan bastante considerablemente de las del río Oria. Esta diferencia de dialecto, usos y hasta tipo de raza entre las gentes del Oria y del Deva es tan notable, que parecen dos provincias diversas.
Desde Oñate y Mondragón, hasta Mendaro y Deva, el idioma adquiere rasgos vizcaínos, como son, principalmente, las terminaciones en «u» y el uso de la jota con sonido suave, como la «ch» francesa. Veremos también que en la cuenca del Deva tienen las villas un aire más señorial, y que su arquitectura, más aristocrática que la del Oria, es por tanto más fina y elegante; las casas fuertes de Oñate y Vergara, por ejemplo, indican con facilidad que en esta parte de la provincia existió mayor preocupación hidalguesca, y que fueron aquí los señores banderizos mucho más soberbios e influyentes que en la región del Oria. En fin, la raza se diferencia también; un espíritu medianamente sagaz comprende pronto que la gente de Eibar y Vergara es de tipo más moreno, acaso más fino y «decadente», menos vigoroso, más aguileño, que los ejemplares de Asteasu, Amezqueta y Tolosa.
Para mí, la verdadera Guipúzcoa se halla enclavada en la región hidrográfica del Oria, la cual se extiende a un lado y otro abarcando en cierta manera la cuenca del Urola, del Urumea y el país semillano que va hacia el bajo Bidasoa. La cuenca del Deva es una provincia aparte que abraza las comarcas afines de Marquina, Ermúa y Elorrio, hasta el llano de Durango.
Después señalaremos la diferencia bien honda entre la gente pescadora y la labriega, entre «costarras» y «goyerritarras». Y ensanchando el espacio de las comparaciones, encontraremos que, en términos generales y en mayores síntesis, Guipúzcoa es más suave y atemperada que Vizcaya; Vizcaya es más dura, más terca e irascible, y se parece al tono genérico español; Álava, prescindiendo de los apéndices de Ayala y Aramayona, tiene el aire modesto, el aire de llanura como «virtuosa» y económica, de la tierra de Burgos.
En Navarra hay porciones guipuzcoanas; otras, como el Baztán, recuerdan al país vasco-francés; otras zonas son alto-pirenaicas, y otras, por fin, tienen el tono impulsivo y cálido de la Rioja y de Aragón.
La provincia de Vizcaya, a causa de cierta arbitrariedad de sus ríos, es casi tan heterogénea y está diferenciada como Navarra. Esa cuenca del Nervión es un verdadero remolino de procedencias dispares; el vascuence y el castellano se encuentran y unen allí; afluyen las influencias del alto Ibaizábal, se unen a las de Orozco, llegan las de Álava, y reciben por último las del Cadagua. Esto explica que la zona propiamente bilbaína, desde Achuri a Portugalete, sea lo más violento, turbio y heterogéneo del país vasco y de la propia región cantábrica.
XXII
IDEAS FINALES