Alma vasca

Part 5

Chapter 53,963 wordsPublic domain

Luego, en seguida, la cuesta ha terminado y el paisaje sufre una alteración radical. Ya no se distinguen más edificios ni campos labrados. El mismo horizonte se ha circunscrito. Estamos en una especie de cazuela, circuída de crestas rocosas que hacen las veces de una muralla, un borde, una frontera. He ahí la campa o meseta de Urbía, país de rebaños, aislado del mundo, sin comunicaciones, sin pueblos, sin ningún vestigio de lo que llamamos civilización. Un país frío y raso, de cuatro o cinco kilómetros superficiales a 1.200 metros de altura sobre el mar.

Al principio se imagina el viajero que lo han transportado las hadas como en los cuentos antiguos. Todo es diferente. La hierba misma es distinta, pequeña, sutil y apretada contra el suelo a modo de alfombra. La monotonía de esa pradera inacabable acaba por causar a la mente algo como una obsesión. Todo se halla rasurado, rapado; todo está supeditado a la igualdad y perseverancia de esa fina alfombra de césped..... Hay un silencio que no se asemeja a ningún otro silencio; es un silencio positivamente pastoril. En el aire flota el grato tintineo de las invisibles esquilas; algún balido llega de lejos a veces......

Y allá, en frente, entre los pliegues de unas rocas grises y pulimentadas por los hielos, el guía nos señala un _pueblo_.

Un pueblo, claro es, que disiente de toda idea urbana. Son una docena de chozas hechas con pedruscos sueltos y techadas con maderos toscos y lonjas de tierra. Cada choza ha escogido el lugar más apto. Se recuestan al abrigo de las rocas, y quieren como enchufarse en el terreno, para evitar los ventarrones.

Penetro en una de estas viviendas. Agachándome, para no pegar una cabezada, doy un paso y por poco no me ahogo. Al fondo de la choza hay encendido un fuego de leña, y el humo, que no halla rendija por donde evadirse, llena, empapa, tuesta la pobre habitación. Pero es necesario; los quesos redondos y grasos que se posan en unas maderas, a conveniente altura, van zahumándose poco a poco y quedan así bien curados y comestibles. Después, en aquel breve antro, hay diversos utensilios domésticos; una cama rústica fabricada con arbustos secos, una económica despensa, unas ropas colgadas, unas pieles. Recuerda a las cabañas de los lapones.

Así viven, contentos o resignados, los pastores de Urbía. Varios pueblos de la alta Guipúzcoa tienen opción a pastorear en la meseta. Llevan sus rebaños por la primavera, los dejan sueltos, y con las primeras nieves bajan a las tierras tibias de la costa del mar. Hacen su vida patriarcal y honrada. No se molestan ni ofenden unos a otros; se ayudan mutuamente; respetan las costumbres y las leyes del lugar; se reúnen en cónclaves, para concertar el precio de la lana o para dirimir sus asuntos comunes. Todo lo hacen con calma, con claridad, con simple y masculina buena fe. Viven sobriamente, se alimentan de lo preciso y dejan que las horas traigan sus pequeños afanes y sus pequeños placeres. En el otoño se despiden; a la primavera se vuelven a encontrar. Y así un año y otro. Así una generación y otra. Un milenario, cientos de milenarios.....

Consideraba, efectivamente, viendo a un matrimonio de viejos y afables pastores, que en la meseta de Urbía los siglos no han podido nada. ¿Qué clase de invenciones pudieron haber llegado aquí, con qué motivo, para qué fines? Estas gentes mansas y afables, son las mismas que aquellas otras cuyos rebaños pastoreaban en este mismo sitio cuando los faraones alzaban las pirámides y Moisés recibía del cielo el código de su nación; son las mismas que aquellas otras que pulían armas de piedra en las costas de Grecia..... Invariablemente se han transmitido los pastores sus rebaños a través del tiempo, continuamente, y uno tras otro han venido los pastores a la primavera, y se han marchado al otoño.

Siempre igual, inalterable, consecutivamente, como una cadena en el tiempo. De tal forma, que los pastores parecen ser los mismos siempre, y los rebaños un solo y único rebaño eternal. Son de la misma raza, hablan el idioma que hablaban los contemporáneos de las pirámides. Y sus costumbres, sus chozas, sus leyes locales, sus juntas, su _civilización_, han sido idénticas siempre. Y este sendero por donde ahora camino era transitado ya por los contemporáneos de los fundadores de Troya..... ¡Oh dulce y raro país de Urbía, patriarcal nación de pastores, has triunfado del tiempo, y te has visto inmune de todos los cambios e invasiones! Pero mucho temo que contra ti se avalanzará un infecto y formidable enemigo, y él, por fin, te dominará, te perturbará, te corromperá. Hablo de ese monstruo, violador de virginidades, ese sér obsceno: el _turista_.

El aire corre fino y ágil por la alta meseta; el sol acaricia el rostro sin quemarlo; reina un silencio ideal, como silencio de cumbre que está próxima al cielo; y entre los pliegues de la brisa llega tal vez al oído el rumor monótono de las campanillas del ganado.

No hay en Urbía sembrados ni setos; todo es pradera y campo de pastar. Para romper la sencillez de la flora, de cuando en cuando aparece una haya, único árbol que comparte con la hierba y con los musgos el señorío del país.

Yo no soy botánico, probablemente porque no soy un espíritu del siglo XVIII. Ignorante de las minucias botánicas, nunca hubiera imaginado que el musgo, esa planta inocua a la cual no prestamos generalmente mayor aprecio, poseyera tanta virtud de variedad, de expresión, de forma y de encanto.

Yo creí que el musgo era uno, indivisible e inalterable, y hallo que no es un musgo, sino infinitos musgos variantes, multiforme, hasta polícromos los que adornan el campo.

¡Oh providente amor de la Naturaleza, que no dejas ningún trozo del mundo sin una muestra de adorno y de poesía! ¡Oh materna y celosa Naturaleza, a quien he visto cubrir con la flor del cactus espinoso las abrasadas y terriblemente yermas soledades de los Andes! ¡Que pones una flor, una palma cualquiera en el mayor desierto, y que en Urbía haces maravillosas filigranas estéticas con una planta humilde como es el musgo!

Avanzo, pues, recreándome sobre las praderas, y a cada punto descubro una nueva variedad musgosa. Los musgos buscan la sombra de las hayas, y con frecuencia se enlazan a ellas familiarmente, cubren su tronco y lo visten, como jugando, de un traje prodigioso. Otras veces también sorprendo al pie de un grupo de hayas un verdadero prado en que las hierbas están sustituídas por musgos; su blandura me incita a tumbarme, a refocilarme sobre tan blanda alfombra; pero mi asombro y mi admiración me impiden mancillar aquel bello jardín espontáneo. Un jardín todo de musgos verdes, finísimos, aterciopelados, encantadores.

De repente, sin poder sofocar un grito, descubro ni más ni menos que unas flores. Son las flores del musgo..... ¡Siento el estupor del salvaje, del naturalista, del verdadero descubridor (de un verdadero e ignorante hombre de la ciudad), y estoy largo tiempo contemplando aquella maravilla de la diminuta y original flor de los musgos montañeses!

Después, desde una altura, veo aparecer la llanura de Álava, que es como un anticipo de Castilla. He ahí la meseta central; su color pajizo contrasta con el verdor de la flora cantábrica, y la nobleza, la serenidad que emerge de esa llanura forma como el anverso de la violenta naturaleza montaraz en que me hallo. Y siento mi curiosidad avivada al considerar que me encuentro en una línea divisoria trascendental; es la frontera, en efecto, de dos zonas geográficas; es el límite del vascuence y del castellano; la división de la llanura y de la montaña, del color verde y del pajizo, del Cantábrico y del Mediterráneo. Las aguas de una vertiente marchan al Ebro, y de allí al mar latino; las de la otra vertiente van al Océano.....

XVII

MEDITACIÓN EN LA CUMBRE

[Imagen: _V. de Zubiaurre, pint._]

Sobre la pequeña meseta de Urbía, sonora por el tintinear de los rebaños, alza sus crestas dentelladas la sierra de Aitzgorri, a 1.500 metros sobre el mar. Un poco más lejos, al término de la altiplanicie, se halla el lugar de la divisoria geográfica.

Es una especie de balcón, una cornisa ideal y sublime que la Naturaleza parece haber puesto allí para regalo de los ojos. Pocas personas cultas, sin embargo, pueden recibir ese obsequio natural; la penosa subida, lo desierto del país y la brusquedad de los caminos serranos, alejan a los cómodos turistas. Sólo algún pastor ocioso, siguiendo el capricho de su rebaño, se detendrá acaso en la soberbia cornisa y contemplará absorto el ancho panorama de la llanura y el azul divino de las cordilleras lejanas.

La fina hierba de los altos cubre el piso como verdadera alfombra; hayas y robles dan propicio toldo al cuerpo fatigado; los brezos y las manzanillas esparcen su amable perfume. Y el sol, en el silencio religioso de aquella altura, tiene algo como potestad divina y hace, en efecto el oficio material y sensible de Dios, padre y luz del mundo.

La persona peor dotada de sentido geográfico ha de verse aquí sorprendida. De una manera rotunda y clara se muestran los accidentes y las variaciones del terreno, como si asistiéramos a una lección práctica de topografía. La Naturaleza se convierte en didáctica y explicativa al modo escolar.

He aquí la línea trascendental de España. Vaciaríamos un raudal de agua, y si nos inclinábamos a un lado, el agua buscaría el curso de los pequeños ríos cantábricos hasta anegarse en gran seno Atlántico; si nos inclináramos un poco al lado opuesto, el agua, por la cuenca del Ebro, descendería al Mediterráneo.

Por una cara del país vemos las lomas y los valles cantábricos, cubiertos de eterno verdor, húmedos constantemente por las lluvias y nieblas asiduas, sometidos al cultivo rodado, llenos de pequeñas heredades y de numerosas caserías, con arroyos siempre vivos de continuas rompientes, hábiles para la represa y la industria. Mientras que a la otra cara del país vemos tenderse de una vez, ancha y rotunda, emocionante, sublime, la llanura de Álava, que es el principio de la gran meseta centro-española.

Los ojos y la mente no se cansan de admirar ese cuadro. Aunque la llanada alavesa no participe de la extrema sequedad de la llanura castellana, desde lo alto de estos bravíos montes parece ya completamente centro-española, porque se destaca junto a la humedad cantábrica sin transición, bruscamente. Y el ánimo considera que aquí se realiza virtualmente la separación de los dos climas esenciales: el clima alpino, de bosques y praderas, queda a un lado bien visible, y al lado opuesto se extiende el clima de lluvias sobrias y terrones resecos.

Pero además se dividen aquí la meseta y el litoral en una forma terminante, mucho más clara y definida que en otros países peninsulares. Los ríos centro-españoles horadan en otros sitios la barrera del litoral, y por los valles del Guadiana, del Tajo, del Ebro, del Júcar, del Segura, parece que algo de la meseta se corre al litoral, y que algo del litoral se introduce en la meseta. En tanto que aquí, desde Galicia al Pirineo, la divisoria hidrográfica es terminante, continua, total, y la meseta centro-española y la región cantábrica no consienten ninguna mutua intromisión; verdaderamente son territorios geográficos vueltos de espaldas, fundamentalmente divisorios, como Suiza e Italia, como Francia y España. Pero están separados geográficamente tan sólo, porque en política, historia y civilización, la región cantábrica es la que más contacto ha tenido siempre con Castilla.

Desde esta cornisa trascendental, ¡con qué majestuoso vuelo de inmensidad se tiende a los pies la llanura! No es Castilla aún, y ya tiene sus caracteres principales. El mismo pastor que sube de esa llanura, aunque lleve un apellido vasco e indiquen sus rasgos angulosos la cualidad de la raza vasca, no hablará en vascuence, sino en castellano. El campo, allá lejos y en lo hondo, ha perdido el verde excesivo, el color fresco de pradera; sembradíos de mies, grandes manchas pajizas, extensiones iguales, pardas, y elevándose en la inmensidad, los campanarios místicos de los pueblos.

Y después el horizonte que se aleja, que huye, como una fuga al infinito. ¡El religioso horizonte de Castilla! No se ven allí las cortaduras y barreras cantábricas, ni la limitación panorámica, ni la especie de angustia moral como quien yace en un pozo. La Naturaleza ya no es familiar, detallista e inmediata como en el litoral; ya no distrae al espíritu la preocupación terrena y cotidiana, minuciosa, del río, de la colina, de la casa, del seto, todo próximo y exigente. La llanura abre su inmensidad, y todo lo detallista, minucioso, cotidiano y próximo desaparece. La llanura aleja la atención de lo próximo e invita a lo lejano y eterno. Invita a pensar en siempre, más que en hoy. Empuja más allá el horizonte, ensancha el cielo, abre los portales del infinito... El alma, espontáneamente, se pone grave, y embebe un poco de la misma eternidad, y aspira a las creaciones eternas. (El Cid, Don Quijote, El Escorial, Zurbarán, el Nuevo Mundo.)

XVIII

LA TIMIDEZ DE LOS VASCOS

[Imagen: _Arteta, pint._]

Se dice que en el actual movimiento regionalista marchan los políticos vascos un poco a remolque de los propagandistas catalanes. Hasta ahora, el destino de los vascos fué siempre el de ocupar el puesto de _pilotos_. Dotados de altas cualidades, siendo activos como ninguno y aptos para la esforzada realización, ambiciosos y amantes de la gloria, así como del mando, los vascos han ocupado en los distintos trances de la Historia el oficio del _piloto_. Es la dramática crónica del pueblo que osaba al capitanato y no pudo salir del pilotaje. Pueblo que carece del don arribista, tan frecuentemente concedido a muchos países mediterráneos; pueblo en el cual ha sido imposible que nacieran César Borgia, Napoleón, Prim, Gambetta; y que, en la historia de las expansiones políticas y étnicas, es uno de los pueblos de menos impulsividad imperialista.

Entre las modalidades del carácter vasco debe ponerse en primer término la timidez. La timidez es la característica vascongada, así como su gran enemigo. Porque en la vida no son suficientes las aptitudes nobles y dinámicas; la seriedad, la energía, la ambición, el anhelo de triunfo y el esfuerzo sobreexcitado no proporcionarán nunca el éxito absoluto, si está ausente la cualidad del arribismo. El vasco es de alguna manera incompleto, y la culpa es de su timidez.

¿Tiene el idioma alguna influencia en la timidez vascongada? ¿Influye algo el aislamiento en que vive la población rural?

El vascuence es un idioma bastante difícil, y muy complicado como todo lenguaje primitivo. Su conjugación, materia admirable para el filólogo, tiene una arquitectura sabia; pero esta misma sabiduría se convierte en obstáculo para una rápida y profusa expedición verbal. Frente a una complicada arquitectura, o sea con un sabio y difícil andamiaje estructural, el vascuence dispone de un número exiguo de voces y frases.

No me atreveré a decir que el vasco campesino o marinero se obligue a una especie de laconismo por la dificultad de idioma; entre los vascos existen muchos tipos locuaces, y seguramente las gentes del pueblo dicen y expresan en su idioma todo cuanto precisan. Pero es cierto también que el vascongado, a través de numerosas referencias literarias, ha sido considerado como un hombre de pocas palabras, de tarda expresión, largo de obras y corto de discurso. El idioma, complicado e insuficiente al mismo tiempo, ha de explicarnos algo esta propensión al laconismo.

El vascongado es un hombre que usa del gesto, de la mímica y de la interjección con asombrosa abundancia. Es asombroso, en efecto, si se considera que el vasco vive muy lejos del mar latino y de los pueblos esencialmente gesticuladores. ¿Por qué el gesto, la mímica y la interjección?... Supongamos, pues, que el vascongado, frente a la premura del lenguaje y a impulso de su natural fogosidad, usa del gesto y del taco por no tener que aguardar la lenta llegada de la palabra.

El vascongado es con frecuencia nervioso, y no pocas veces se muestra impulsivo e impaciente. En estas condiciones de carácter, necesitaría un idioma fácil y elástico como son los romances; por otra parte, cuando el vasco habla en castellano emplea un idioma restringido, corto de vocabulario y pobre de fraseología. Lo mismo si habla en vascuence como en castellano, el vascongado tiene una expresión verbal muy entrecortada. Es un modo de hablar característico, algo como dicción epiléptica. Raramente sabe expresarse de un tirón, sin violencia, en frases continuas, en buen discurso, como el francés y el castellano. Raramente se encuentra un vasco dotado de ese empaque y de esa fluidez de chorro del orador. El tartamudeo, el discurso truncado, el hablar a saltos, el buscar continuamente la palabra o el giro que tardan en llegar: esto es usual entre los vascongados.

Está sembrada su conversación de puntos suspensivos y de omisiones verbales, que se remedian por gestos tácitos. Las frases no van hiladas suavemente, sino que se ensamblan con el continuo y en muchos casos monótono empleo de la partícula _y_ (en vascuence _eta_).

El recurso conjuntivo no le es siempre bastante al vascongado, y entonces acude al gesto, a la mímica y a las interjecciones. El abuso de la interjección y de la pequeña blasfemia no significa que sea el vasco persona atravesada y maldiciente; esas pequeñas blasfemias, esos tacos pintorescos o crudos en que abundan los idiomas meridionales, el vasco los utiliza como un complemento de expresión, tan necesario en su hablar trunco y tartamudeante.

Si narra, pues, un suceso, el vascongado dirá: «Le vi en la calle a Pedro, y ¡zas!... le toqué en el hombro, ¡pum!... y le dije: ¡c...!» Esta narración irá acompañada de visajes y gestos, de modo que el discurso se convierte en una cosa semiviolenta, onomatopéyica y mímica. Una persona de otro país, usando de un lenguaje flexible y sabio, apenas habría precisado la intercalación de gestos, mímica y exclamaciones interjectivas. Y resulta así que el vascongado, siendo generalmente religioso, honesto y comedido, por culpa de su precaria expresión verbal suele mostrarse gesticulador y amigo de los tacos e interjecciones.

Vive el labrador vascongado en caserías, aisladas unas de otras y con frecuencia inaccesibles. En su casa de labor hace vida de solitario patriarca, y se parece un poco a un Robinsón terrestre que fía su sustento a lo que saca de su heredad, y fía todas sus proyecciones vitales a sus propias iniciativas. Religión, moral, ideas, todo necesita macerarlo en el seno de su familia aislada. Los domingos baja al pueblo a rezar, beber y conversar; el resto de la semana vive de sus propios recursos morales. En tal caso, nada tiene que asombrarnos su semimudez, y sobre todo su condición tímida. En el vascongado se agravan y acumulan los motivos de reserva, desconfianza y timidez inherentes a todo individuo rural. Y luego el clima y el paisaje ayudan todavía más a hacerle grave, escaso de verbo y tímido. Y sería triste el vascongado, si no lo evitasen la salud de la raza, el régimen democrático en que secularmente ha vivido, y esa misma tendencia a la acción, esa falta de ensueño y de imaginación enfermiza, ese no literatismo que le distinguen.

De los franceses ha dicho Taine: «Instintivamente, el francés gusta de hallarse acompañado. No tiene la perjudicial vergüenza que estorba a sus vecinos del Norte, ni las fuertes pasiones que absorben a sus vecinos del Mediodía. No necesita hacer ningún esfuerzo para hablar, no tiene que vencer ninguna timidez natural. Habla, pues, con holgura, y gusta de hablar, ya que lo necesita...»

Aunque el castellano sea bastante menos sociable y locuaz que el francés y que los mismos españoles del Mediterráneo, siempre supera mucho en sociabilidad y desenvoltura al vascongado. El vascongado se asemeja en cierto modo a los hombres septentrionales. Recuérdese cómo el inglés busca siempre en el comedor la mesilla vacía, y en el tren el departamento vacío...

La mujer vascongada se priva de la gracia más apetecida, de la sal más incitante que tienen el amor y la juventud: el galanteo. Nadie más torpe galanteador que el vascongado, cuya timidez causa la desesperación de las muchachas. Don Juan Tenorio no hubiese podido nacer en Tolosa o en Durango.

XIX

LA PREOCUPACIÓN DE LA HIDALGUIA

[Imagen: _Gustavo Maeztu, pint._]

Naturalmente orgulloso, el vasco absorbió desde el principio la idea nobiliaria que da expresión al carácter castellano; el «hidalgo» es un concepto de aristocracia que el español se reservó como privativo suyo; por donde, también en este caso, se comprueba que el vasco no es otra cosa que el alcaloide del castellano.

En el libro de García Salazar se hace, como en ningún otro libro, la descripción y la apología de los linajes vascongados con un fervor que al más imbuído de prejuicios liberales conmueve. Eso era en el último período medioeval. Pero después, a lo largo del Renacimiento y en el mismo siglo XVIII, la preocupación hidalguesca no sólo no decae, sino que con las granjerías de los empleos nacionales y el comercio de América, al aumentar la riqueza del país, crece también el anhelo de hidalguía.

Tal vez sea en las Encartaciones donde se muestra más fuerte la preocupación linajuda. En el resto de Vizcaya sigue siendo muy viva. En Guipúzcoa, la cuenca del Deva es singularmente hidalguesca. Decae mucho esta particularidad hacia el lado de Tolosa y casi desaparece en el país vasco-francés. Siendo el hidalgo una modalidad aristocrática española, los vascos de Francia dejan de tener en este punto contacto con los vascos de España. El hidalguismo es quizá la cosa que más íntimamente sume al vasco en el troquel español.

Cuando el viajero penetra en una villa vascongada, siéntese asombrado al contemplar el número y la grandeza de las casas nobiliarias, la gravedad señorial de su estilo y la opulencia con que están grabados los blasones sobre la clave de los portales. Este hallazgo produce en el forastero más sorpresa, porque se ha ponderado muchas veces la democracia vascongada y el patriarcalismo foral. Pero las palabras de democracia y de libertad asumieron desde el siglo XVIII francés un sentido tan particularista, que para muchas personas de buena fe no ha existido verdadera libertad pública hasta que la Revolución alboreó sobre el mundo.

Es cierto que la Revolución estableció los célebres derechos del hombre. Pero mucho antes la democracia vascongada, de raíz peninsular, había establecido otra forma de derecho, o sea: que todos los hombres son libres desde que son nobles. La idea vascongada, y por tanto ibérica, atribuye al hombre un destino y una obligación de libertad. Esta condición de libre no es un gusto, ni siquiera una ventaja, ni tampoco una mera vanidad, sino simplemente un deber. Entendíase que el ciudadano no podía ser tal, mientras careciese de la cualidad de libre. Y como en la Edad Media era la hidalguía la pura expresión de la libertad, los vascos insistieron en asignarse, formal y categóricamente, el título de nobles.

Al revisar el libro del Fuero, un lector frívolo podrá extrañarse del ardor con que los diputados reclaman el reconocimiento de la hidalguía original para los naturales. No era vana su obstinación, sin embargo. Decían: El país vasco está poblado por gentes libres, que nunca soportaron el yugo extranjero. Son los descendientes de los primeros pobladores de España, hijos directos de Túbal. No se han contaminado de sangre sarracena o judía. Son cristianos viejos. La hidalguía es así en ellos un derecho natural...

Salvemos lo que hay de legendario y anticientífico en muchas de estas proposiciones. Nos queda evidente un fenómeno de preocupación abolenga, digno de ser considerado como excepcional en la Historia, por cuanto se ve a un pueblo en masa bajo la obsesión casi quijotesca de la hidalguía.