Part 4
El poeta amatorio por excelencia en lengua «euzkera» fué sin duda Vilinch (Indalecio Bizcarrondo). Estaba muy influído por la literatura castellana de su tiempo, principalmente por Bécquer. Sus numerosas poesías hiciéronse muy populares. Corrían de boca en boca; las cantaban los ciegos en la plaza de la Brecha, de San Sebastián, y las criadas de servicio, como los jóvenes de veinte años, encontraron en aquellos versos la parte de sentimentalismo erótico que toda mocedad exige.
Una de las poesías de Vilinch se ha hecho célebre, y ahora mismo es una de las que siempre se cantan con prioridad en todos los finales de merienda. Dice así la canción:
Ume eder bat icusi nuben Donostiaco calean; itz erdicho bat ari ezan gabe ¿nola pasatu parían?
Gorputza zuben liraña eta oñaz zebiltzen aidian; polita goric estet icusi nere beguiyen aurrían.
Si reducimos estos versos a una traducción directa, no hallaremos más que lo siguiente:
«Una vez vi pasar una hermosa joven--por las calles de San Sebastián;--sin decirle siquiera media palabrita--¿cómo cruzaría yo a su lado?--Tenía el cuerpo esbelto--y llevaba los pies en el aire;--otra más bonita no he visto--delante de mis ojos.....»
Es poco, seguramente; pero en esa nimiedad alienta un algo de sencillo, de tímido, de «ternura ignorante», que nos conmueve. Además, la música está ahí para valorizar la emoción. Aunque, con demasiada frecuencia, la música vascongada suele ir unida al verso en un maridaje verdaderamente monstruoso. A veces un canto dolorido y sentimental, hondo y patético, sirve para acompañar a unos versos que ensalzan las virtudes del vino; otras veces van unos versos vulgares y chocarreros unidos a una tonada briosa y vehemente.
Hay, por ejemplo, una música anónima, de indudable antigüedad, cuyo ritmo parece pedir la ayuda de los romances heroicos o narrativos. Tiene un sonsonete monótono, apto para la narración trágica. No obstante, ese curioso motivo musical se acopla a los ridículos versos siguientes:
Andre Madalén, andre Madalén, laurden erdi bat oliyó; aita jornalac artzen badi tu, ama pagatuco diyó.
«Señora Magdalena, señora Magdalena,--medio cuarterón de aceite:--si padre cobra los jornales,--madre le pagará a usted.....»
El humor anacreóntico salta de entre la poesía vascongada con un respingo inevitable, como una ráfaga de día de fiesta. Es ahí, en la ponderación de la vida cuotidiana, donde el humilde poeta vasco, materia tosca de pueblo, se siente con libertad y desenvoltura.....
Pero no exijamos a esta modesta literatura, familiar y casera mejor que popular, el encanto que a las canciones báquicas de la Hélade prestaban el alado y risueño aticismo de los griegos. Los misterios del culto de Dionisos y la belleza de las vides maduras bajo un cielo diamantino, se convierten aquí en la humedad de las sidrerías y en los escarceos de unos humildes «versolaris».
El cantor celebra lo que directamente ha de gustar a los contertulios; el buen comer, el buen beber, las ágiles piruetas en la danza con las alegres chicas. El elogio del vino tiene en la poesía vascongada un espacio más considerable que el amor o la tristeza erótica. El poeta guipuzcoano Artola pondera las excelencias del vino con esta honrada ingenuidad:
Erari maitagarriá, zu gatic daucat jarriá argumentuba larriá: Indarra zera gorputzarentzat, kentzendezuna egarriá, ¡gausa estimagarriá!..... Baño zauscat igarriá zerala engañagarriá.
«Amada bebida,--tú me inspiras este arduo problema:--Eres para el cuerpo la fuerza,--nos quitas la sed,--¡cosa estimabilísima!.....--Pero te he calado--que eres un engañador.»
Una canción guipuzcoana dice:
Donostiaco iru damacho Errenterían dendarí, josten ere badakite baña, ardua eraten obekí...
«Las tres señoritas donostiarras--las tenderas de Rentería,--saben coser muy bien,--pero mejor saben beber.»
E intercalado en las estrofas, en una rara mezcla de candor y de torpeza, un estribillo:
Eta kriskitin, kroskitin, arrosa kraveliñ, ardua eraten obekí.
«Con el kriskitin, krosquitin,--rosa y clavel,--pero mejor saben beber.....»
Esta literatura vulgar, alegre y un poco grosera, como un lienzo flamenco, necesitaba especiales cultivadores que fueran al modo de unos sacerdotes del rito anacreóntico. En efecto, hasta que no llegaron otras formas de vivir más universalmente uniformadas, nunca faltó en el país vasco un plantel de hombres originales, pantagruélicos, humorísticos y gandules, a quienes podríamos llamar los «borrachos representativos».
En tierras de Guipúzcoa hubo ejemplares muy bizarros, que llevaban nombres tan bravos y pintorescos como _Brocolo_, _Isquiña_, _Pello Spañ_, _Sacristán_, _Echecalte_, _Pedro Amezquetarra_.
Eran la espuma o la hez de la raza, la flor de todos los vicios: tragones, ebrios, haraganes, malos padres de familia. Sin embargo, esos perfectos cínicos terminaban por ser simpáticos. Nutríanse nada más que de la simpatía, a costa del país laborioso. Hacían reír, y todo lo restante se les perdonaba. Sus oficios eran de una grotesca multiplicidad. _Isquiña_, por ejemplo, apuntaba los tantos en los partidos de pelota y hacía de torero en las novilladas; _Pello Spañ_, con su labio partido, conducía los cadáveres en tiempo de epidemia; _Sacristán_ era pintor de brocha gorda, músico y gimnasta. _Echecalte_ no tenía oficio alguno; sólo se sabe de él que prendió fuego a su caserío. Era tuerto, mal carado, pequeño y enjuto; llevaba siempre una boina colorada y los pantalones remangados hasta media pantorrilla. En cuanto a _Pedro Amezquetarra_, éste era el Quevedo o el Manolito Gázquez de la tierra; todos los cuentos cazurros se le atribuían, todos los chistes desvergonzados o irreverentes se cargaban a su costa.
Y eran al fin aquellos epicúreos payasos como la válvula de expansión por cuyo conducto expulsaba el país los posos de humorismo y de francachela que hay en su fondo.
XIV
VISION DE PUEBLO ANTIGUO
[Imagen: _Tellaeche. pint._]
La bahía de Pasajes, en ciertos momentos de la marea, muéstrase al espectador como un raro acierto de tono, de colorido y de emoción histórica. Los barrios de San Pedro y de San Juan se desprenden del borde de la montaña y dejan que el agua bese su abigarrado y pintoresco caserío, componiendo un bello motivo de acuarela. Es una linda marina de corte veneciano, que el cielo cantábrico y la austeridad de la montaña hacen grave y lo salvan del peligro del cromo.
Desde el muelle donde amarran los grandes paquebotes, el barrio de San Juan se muestra especialmente encantador, con sus casas viejas, su larga calle sinuosa y sus portalones blasonados. Son casas abolengas que alguna vez fueron levantadas con el oro de las Indias o con los dineros de los arsenales. Allí los capitanes de la flota del Rey estimaban descansar de sus heroicas navegaciones; allí los navíos artillados se recostaban al muelle, antes de partir en busca de la canela de Tierra Firme o de las especias de las Molucas. Hoy no viven sino humildes pescadores, y la abigarrada formación de casas se desmorona, se arruina.
El hombre sensible busca hoy con afán esos pueblos ilustres y viejos; nos llaman las ruinas con voces melancólicas, y sabemos todos un poco extraer de ellas inefables sensaciones. Es porque la arquitectura contemporánea nuestra nos defrauda y nos irrita. El corte y el tono de las construcciones modernas nos parecen tan groseros y desgraciados, que el espíritu busca una manera de huír; quiere refugiarse en el ensueño de lo antiguo para poder olvidar la realidad injuriosa de lo presente.
En esa misma bahía de Pasajes, junto adonde amarran los buques de altura, se levantan barriadas y almacenes de nueva construcción, hábiles para albergar obreros, oficinas, tabernuchos y mercaderías. Su aspecto ofende a la vista y al alma. No puede inventarse nada más chabacano y cruel, y nunca la razón de utilidad podrá sincerar la existencia de esa arquitectura, en donde la vida tiene obligatoriamente que ser baja, triste y fea.
[Imagen]
Pero ante un pueblo ilustre y ruinoso hay el riesgo de que nuestra imaginación equivoque su camino. En efecto, los anticuarios y los pintores especialmente, y por contagio los diletantes, nos han acostumbrado a ver una ruina desde un plano actual, o sea por la ruina misma. Se efectúa así un fenómeno de traslación temporal, y resulta que, por el criterio utilitarista de un pintor o un anticuario, la casa bella y vieja la consideramos como un objeto perfectamente actual. Es decir, que terminamos por imaginar que la casa ha sido siempre vieja, y que su valor estriba en ser como ahora es. El horror a la fealdad moderna influye mucho sin duda en esta arbitraria maquinación imaginativa.
Sin embargo, conviene por momentos abandonar el criterio utilitario del pintor y exigir a nuestra imaginación que se porte delante de una ruina como a nosotros, amplios intelectuales, nos conviene. Entonces, una vez que la fantasía está a nuestro propio servicio, el pueblo viejo e ilustre podemos hacer que se traslade a su máximo período de vitalidad, cuando las casas surgían, todas nuevas y flamantes, del fondo de los conceptos sociales y religiosos, del seno de las disciplinas estéticas, sujetas a un estilo y animadas de un generoso aliento espiritual.
Ese barrio de San Juan que hoy refleja su pobre, sucio y roto caserío en la calma bahía, ¿qué presencia gloriosa y juvenil, noble y opulenta no tendría en el siglo XVI? Los muros de sus palacios presentaban al sol las piedras nuevas; en los sillares había aún la marca del cincel del artesano; entre dos columnas renacentistas, al modo toledano, campaba el blasón del linaje. ¡Qué diferente aquella asunción de la casa patricia, de como ahora surge el _chalet_ compuesto con hormigón armado y mampostería de contrata!
En la simple construcción de un depósito o almacén de mercaderías presidía entonces un sentido de utilidad estética, y no solo exclusivamente de utilidad económica. Hoy parece bien a los hombres que han pasado hasta por las Humanidades, que un depósito y una fábrica sean construídos en vista solamente del interés metálico; con que cubran los objetos y los libren de la intemperie, ya es bastante. Mientras que los hombres de otra edad ponían en la factura de una lonja de comercio, de un depósito de mercaderes, la misma invención y la misma pompa artística que en una catedral.
Con sus casas renacientes, con los restos de la arquitectura ojival todavía en buen uso, con sus palacios de blasón recién levantados, un pueblo como Pasajes de San Juan debía de ser en el quinientos una cosa admirable, rica en belleza y en rango. A veces, cuando se armase una flota, la bahía investiríase de una solemnidad grandilocuente. Los artilleros de los fuertes harían tronar en salvas los cañones, y embocando la salida del canal, una próxima a otra, las naves con sus castillos altos descolgarían las velas, y lentamente deslizaríanse hacia el mar como insignes leviatanes. Vistosas flámulas en los mástiles; dorados adornos en el castillo de popa; enormes y artísticos fanales; estandartes del Rey cayendo como tapices suntuarios hasta la misma agua.....
* * * * *
Es cierto que la tierra vascongada carece de sitios grandemente históricos y de ciudades memorables de importancia universal; no tiene cuadros gigantescos como Toledo, ni tesoros artísticos como el monasterio de Guadalupe, ni catedrales como la de León y Burgos, ni ciudades, como Sevilla, que canten con la voz prestigiosa de tres civilizaciones estéticas. Pero los viejos pueblos vascos, humildes como son por su pequeñez y su escasa universidad, guardan, sin embargo, un tono de graciosa armonía y, sobre todo, un fino sentimiento de expresión nobiliaria, ayudado por la excelencia de un bello y vario paisaje.
Los mismos vascongados han favorecido esa desatención y ese desmerecimiento, con una frívola y casi bárbara mutilación de aquello que es lo más noble, expresivo y delicado del país. La furia industrialista no ha titubeado en situar una fábrica junto a un torreón antiguo, y el afán de la modernidad y de la urbanización geométrica está cometiendo constantemente en villas y aldeas verdaderos crímenes. El vascongado moderno, en forma de concejal progresista, es un sér plebeyo que ha roto toda continuidad con sus antepasados. Tiene un concepto del progreso que se parece mucho al de los americanos: admira todo lo extraño, es humilde con las modas extranjeras, cree en lo cuadrangular de las calles y en la altura de las casas, y siente horror por las piedras viejas. Una casa nueva en forma de _chalet_; una calle ancha y recta; una alameda gris; un _restaurant_..... Esto es el ideal de la civilización y el progreso para un vascongado novísimo.
Si los filósofos y los poetas de Atenas y Florencia hubiesen perecido arrastrando sus obras al sepulcro, nosotros no dudaríamos en atribuír a aquellos pueblos la excelencia cultural sólo con que poseyéramos el testimonio de sus edificios, de sus columnas y sus tallas, llenos de gracia eterna.
Podemos añadir aún que ciertos hombres excepcionales no bastan por sí solos para patentizar la alta cultura de un pueblo; los genios son muchas veces frutos aislados que no demuestran nada, que surgen a despecho de su propio país natal. La Beocia ruda y cerril produjo más de un genio. En fin, la civilización de un pueblo necesitamos comprobarla por los diversos fenómenos particulares y colectivos, y ella será admirable cuando se nos presente armónica, intensa, amable, dotada de buen gusto y de un culto delicado por el adorno.
El culto del adorno representa al cabo y positivamente la talla, el nivel, el grado de la vida de un pueblo. En la casa limpia, barnizada y sin pretensiones estéticas de un holandés actual, sabemos que vive un hombre de vida sensata, suave y abundante. No es todo, pero ya es mucho. En un palacio renaciente de Florencia sabemos que vivía un hombre de gustos exaltados, que ponía su orgullo en escoger un traje bello, y que se preocupaba hasta la fiebre en hacer que las ventanas de su palacio fuesen armoniosas, que la estatua del patio de honor fuese una obra consumada, que el anillo de su dedo saliese del troquel de Benvenuto Cellini.
Veamos ahora: ¿qué especie de alta vida nos atreveríamos a imaginar que existe en esas barriadas, en esos _ensanches_ de nuestras poblaciones modernas?..... Cuando nos situamos frente a esos edificios y barrios, la palabra barbarie no podrá parecernos excesiva ni injusta.
Junto al ruido y el humo de las villas industriales, cerca de los alegres y mundanos pueblecillos de la costa, apartados de la vanidad turista y veraniega, los viejos pueblos vascos duermen su sueño de lejanos siglos, al amparo de su grande iglesia y rodeados de solemnes montañas, Oñate, Segura, Vergara, Elorrio, Marquina, Orduña.....
En esos pueblos linajudos hubo alguna vez una vida intensa y elevada que nosotros conocemos tan someramente. Esas casas abolengas, con sus escudos heráldicos y sus torreones, nos hablan de las luchas de _oñacinos_ y _gamboínos_, ricas en episodios trágicos y expresivas de aquel afán de dominio y violenta superación que formó el fondo del carácter vascongado. La Universidad de Oñate nos habla de una flor renacentista y docta que se abriera en el país, animando a los hidalgos y clérigos en la época de las grandes y bellas aventuras, cuando las empresas de España abrían tan ambiciosos caminos a los capitanes, pilotos, secretarios del Rey y evangelizadores vascongados.
Quien desee salvar el peligro de una inculta obcecación, necesitará siempre obedecer al mandato de una realidad histórica. Y es bien cierto que nada se podrá intentar en asuntos vascos, sin tener en cuenta la influencia castellana, el íntimo y constante contacto castellano, lo mismo en historia, como en arte, como en cultura general.
XV
CAMINO DE LAS MONTAÑAS
[Imagen: _Valentín Zubiaurre, pint._]
Una excursión a la montaña es siempre útil, primeramente porque nos obliga a ser humildes y porque comprendemos la vanidad de nuestras grandes _conquistas de la civilización_. Ante una cuesta empinada, sin otra ayuda que nuestras piernas y un tosco bastón, sentimos como si la Naturaleza se estuviese riendo de nuestro orgullo urbano, y de nuestro patético jadear. (Con las fauces muy abiertas, con el corazón que late apresurado, con las órbitas dilatadas, vemos las hayas seculares que nos rodean en círculo y nos miran compadecidas y absortas.)
En cuanto a las grandes conquistas de nuestra civilización, en la pequeña estación de Bríncola se han desvanecido. El tren nos ha dejado en plena vía y ha desaparecido en un túnel. El ruido anterior se trueca en un silencio virgiliano. La prisa de antes se convierte en una filosófica lentitud. Una ermita en el barranco, unas casas de labor entre los maizales, una modesta cantera enfrente. Dos o tres obreros acarrean piedras desde la cantera a un carro, con calma, con reconfortada lentitud, asiduamente; mientras tanto, los dos bueyes de la carreta rumian dichosos, abriendo sus hermosas pupilas húmedas como un espejo en que se miran los verdes prados.
--Y bien, ¿cuándo sale la diligencia para Oñate?
--De aquí a una hora.
--¿Una hora?.....
--Ni más ni menos. Tenemos que esperar al tren rápido de las seis y media.
Oigo con espanto lo que dice el mayoral, y mi petulancia de hombre urbano se pone a medir el valor y la trascendencia del tiempo. ¡Una hora! ¿Cómo es posible que pueda pasar una hora aquí, en esta soledad virgiliana? Y la hora de espera adquiere una fantástica dimensión, empapada de tedio y de vergüenza.
De vergüenza, en efecto. Los tres excursionistas, con nuestros maletines montañeses, hacemos casi una figura cómica. Resulta sobre todo risible nuestra nerviosidad, nuestra prisa e infantil mal humor, junto a la madura y filosófica calma de las gentes que nos rodean. Un miquelete, en mangas de camisa, nos contempla con inefable sorna. El jefe de estación se atreve a sonreír. Y el mayoral de la diligencia, gordo y de semblante picaresco, insiste a nuestras insinuaciones:
--No puede ser; tenemos que esperar al rápido..... ¿Por qué no se van ustedes a la venta? Allí hay buen vino.
Entramos, pues, en la venta próxima y pedimos alguna cosa que sirva de merienda. Discutimos un rato lo que podríamos tomar. ¿Hay cerveza? Nos dicen que no ¿Hay sidra embotellada? Tampoco. Pero hay un fuerte y ardoroso vino navarro..... En fin, decidimos pedir nos sirvan chocolate. Cuando nos sirven el chocolate, un cantero, desde la carretera, nos mira piadosamente. La tabernera sonríe, deja las jícaras delante y se va.
Ya se acerca el tren rápido. En la ecuanimidad de aquellas montañas, los hierros y las válvulas mueven un estrépito rechinante; la locomotora rasga el aire con su imperioso silbido. Se detiene el convoy un momento y parte hacia la boca del túnel, desaparece. Y torna, en el silencio virgiliano, a oírse el rumor del agua del arroyo y el sistemático tic tac de los canteros.
La diligencia está pronta. Tintinean campanillas y restalla el látigo. _¡Arre, Belcha!_.....
Todo, por tanto, se ha transmutado. Retrocediendo en un curso de quince lustros, el ánimo, humilde ahora y sometido, considera que la prisa de la civilización es una cosa tan arbitraria como inútil. Verdaderamente, llegar en diez minutos o en una hora y media, resulta ser igual y lo mismo. Y así, justificando a fuerza de razonamientos la parquedad del trote de los caballos, vamos subiendo una carretera magnífica, medio oculta en la sombra de los árboles.
Desde lo alto de la cuesta, he ahí el maravilloso campo de Oñate. Teatralmente se rodea de altas montañas; bosques centenarios la circundan; y el viejo y limpio pueblo nobiliario escoge el sitio más bello de la vega, y desde allí levanta al espacio el macizo torreón del templo. Cae la tarde. Un convento medioeval junto a la carretera. Las caserías, grandes como palacios, abren sus portaladas suficientes, y las inmensas parras trepan por los muros del edificio y lo cubren todo. Escudos heráldicos sobre el arco de las puertas. Una campana toca la oración. Por la carretera pasean sacerdotes, seminaristas en vacaciones, señoritas hidalgas que van de tres en tres y que dirigen a la diligencia (a los viajeros) furtivas miradas de curiosidad y sonrisas afables.
El coche espera. Es necesario partir, antes de que la noche avance demasiado. Trotan los caballos, y el coche marcha por la empinada carretera que conduce al seno abrupto de las montañas de Aránzazu.
La carretera sube y sube. Con un poderoso y benévolo automóvil, acaso la cuesta resultase más benigna. Pero otra vez acude al remedio la razón, y gracias a unos sagaces razonamientos concluye el ánimo por pensar que es mucho más gracioso el lento paso de los caballos, y que esto permite a los ojos contemplar con mayor certeza los pormenores del áspero paisaje.
¡Lástima que la noche se haya echado encima! Sin embargo, a la luz difusa del último crepúsculo toman las montañas un carácter imponente, fantástico, hiperbólico. De pronto parece que la carretera va a precipitarse en la negrura pavorosa de un abismo. Otras veces, encima de un talud, un árbol semeja ser algún monstruo antiguo que nos quiere devorar. Y allá abajo, mientras el coche sube, se columbra en la ignota profundidad una luz temblante, que probablemente será la lámpara a cuya claridad cena la familia del labrador, pero que la fantasía quiere que sea la vaga antorcha de las brujas, los contrabandistas, los facinerosos.....
Repentinamente, en un recodo brusco, aparece el monasterio de Aránzazu.
XVI
LA PATRIA DE LOS PASTORES
[Imagen: _Valentín Zubiaurre, pint._]
La alegre campana del monasterio está llamando a misa, cuando yo, despierto por el bronce dominical, abro la ventana y veo las nieblas que ondean y vagan, deteniéndose en los árboles añosos como flotantes vellones de ovejas. Unos pastores vienen ya por los senderos de la montaña, a rezar la primera misa. Traen calzadas sus abarcas, y el vestido, limpio y parco, les huele fuertemente a suero.
Necesario es partir. Abandonamos, pues, la cómoda hospedería de Aránzazu, y siguiendo las pisadas de un muchacho que nos sirve de guía, afrontamos la cuesta. ¡Oh qué terrible cuesta! Es una cuesta infinita, inhumana, sin apelación y sin piedad. Una cuesta larga cuyo fin no conocen los ojos. Es un subir continuo y penoso que no termina nunca. Las más ásperas piedras martirizan los pies. Unas hayas de tronco robusto, de ramas erectas y monótonas, acuden curiosas a contemplar al viajero. Y el viajero, que estaba aún mimado por la comodidad del lecho tibio en la hospedería, y que estaba viciado por el piso suave de las poblaciones, ahora asiste con estupefacción a los más extraños fenómenos físicos.
El corazón, primeramente, se ha puesto a latir con fuerza y alarmante celeridad; después el aliento se ha hecho tan difícil, que a pesar de abrirse la boca en toda su magnitud parece que no entrara a los pulmones ni una gota de aire. ¿Señor, qué es esto?..... Las hayas centenarias rodean al viajero, como queriendo consolarle. Y la cuesta sube, sube, sube. Sin embargo, la dignidad suple en el hombre inteligente las otras facultades del hombre primario y robusto. Y ante el seguro andar de nuestro guía, yo persisto en subir y logro, en efecto, que al poco rato el corazón se tranquilice, los pulmones se ensanchen y las piernas adquieran una feliz elasticidad.
Hay un punto en el camino que sirve como de tránsito trascendental. Al detenerme y volver la mirada atrás, distingo, allá abajo, el monasterio de Aránzazu prendido a las rocas, colgando sobre el precipicio. Lejos, en cuanto alcanza la vista, las montañas se acumulan, se aprietan, se levantan una sobre otra, en un tumulto grandioso, como poseídas de un temblor y una vida mitológicas, como piensa la imaginación que estarían en el primer momento del mundo, cuando la tierra era blanda, modelable, turbulenta.