Alma vasca

Part 3

Chapter 33,987 wordsPublic domain

A veces el alma se siente perdida en esas angosturas de un primitivismo antihistórico; la sombra de las montañas cae y amenaza con la pérdida de todo horizonte posible; los caminos se pierden en la maleza; el agro no tiene el sentido culto a la romana, sino que retrocede al jaral hirsuto de las sociedades rudimentarias; el mundo, invadido por la maleza, se achica ante nosotros. Entonces, de pronto, se abre el valle, y en el sitio preciso levanta su cúpula vaticana el campanario, restituyéndonos a la idea de la cultura y de lo universal.

X

EL VIENTO DEL SUR

[Imagen: _A. Arrue. pint._]

La primera impresión que se nota en el país cantábrico, cuando el viajero llega del centro de España o de las llanuras interiores de Francia, es una manera de aplanamiento físico y moral, resultante de la limitación del horizonte y de la pesadez atmosférica. Se siente como si el cielo careciera de altura, y la atmósfera, cargada de humedad, es una cosa densa que cae sobre uno y lo envuelve, lo empapa, lo materializa y le presta peso y gravedad. Los primeros días en el Cantábrico son de lucha y de gimnasia psicológica; el organismo y el ánimo necesitan superar las condiciones naturales, hasta poder librarse de una especie de amodorramiento y hacerse otra vez ágil, desmaterializado y apto para el ejercicio de la imaginación.

Pero si por ventura sopla el viento del Sur, entonces el viajero no advierte aquellas sensaciones depresivas; al contrario, se siente como en ninguna parte ligero, ágil y pronto a las fugas imaginativas... Ese viento del Sur, que seguramente es la sal del país cantábrico, ¿por qué ha sido siempre tan poco simpático a las gentes de la tierra? ¿Por qué lo reciben con mal humor? ¿Es bastante motivo las neuralgias que ocasiona en los hombres y la agravación del histerismo que produce en las mujeres, para que se le aborrezca? Yo prefiero elogiarlo en este capítulo, puesto que es «mi viento».

Cada uno de nosotros tiene su viento, el preferido por nuestro organismo, nuestra salud o simplemente nuestro gusto. Hay quien se encuentra sano, feliz y atemperado cuando sopla el Noroeste; otros disfrutan de buen ánimo y apetito, y recobran la agilidad mental, cuando reina temporal del Norte. Para mi ánimo y felicidad, es el viento Sur el favorable.

Quiero extenderme algo más en este tema, y confesaré que soy un perito, tal vez un poco maniático, en vientos. En otra ocasión dediqué un artículo a estudiar la influencia que tiene la meteorología en la literatura y en todos los afanes del espíritu; hablé también de la relación inmediata que existe entre el viento reinante y nuestra salud.

En ningún país del mundo se opera tan hondo y trascendental cambio de luz, de color, de aspecto y de alma a causa de un viento como el que se produce en el Cantábrico con el viento del Sur. Desde Galicia hasta Navarra, la estrecha y larga zona de valles y barrancos queda barrida, depurada, espiritualizada por ese aliento exótico que salta las alturas de la divisoria y cae como una divina expresión triunfante de la gran sugestión poética: el Mediodía.

Es un viento extraño, sin duda. Diferente, perturbador, atrabiliario, todo lo altera a su soplo y hace tabla rasa de los fenómenos habituales. Procede con el ímpetu imperioso de todo lo meridional; arroja las nieblas, afina la atmósfera, destruye la pesadez y la lentitud, prolonga el horizonte, da nuevo color a las nubes, pone un vivo azul en el cielo, presta gracia y viveza a las colinas, obliga a las montañas a desperezarse, intensifica el color del paisaje, atenúa el excesivo verde uniforme, ablanda el mar y lo hace más azul... Es un viento imperioso, invasor como una ola asaltante que hiciera la conquista del país y lo convirtiese al régimen meridional. El viento soso del Noroeste y el pastoso sirimiri, el marinero y como escandinavo viento del Norte, el penetrante y frío viento del Este, todos huyen vencidos cuando aparece el glorioso aliento del Mediodía.

¿Qué sería de la zona cantábrica si no existiese el viento del Sur? Ante todo le faltaría al país lo insustituíble: la imaginación.

Si relacionamos la calidad de los vientos con el de las personas, podremos decir, aproximadamente, que el viento del Noroeste corresponde a ese hombre cantábrico, lo mismo asturiano, montañés, vizcaíno como guipuzcoano, que ofrece la apariencia algo bovina de un sér grande, lento, linfático, propenso a engordar, de amplio apetito y de exigencias espirituales poco pronunciadas. En cambio el viento del Sur corresponde a ese otro temperamento cantábrico que se señala por su nerviosidad y por su imaginación. La parte de locura indispensable que hay en el país, lo debemos al viento del Sur. Si no existiera ese viento, desde Galicia hasta Navarra no veríamos más que vacas pastando, grandes bosques, nieblas bajas, y unos hombres gruesos, colorados, pacíficos, que comen grandes raciones de alubias con tocino.

El viento del Sur pone agilidad y ensueño en el país; lo pone vibrante y nervioso y hace inevitable el anhelo, cualquier forma de anhelo: el religioso, el político, el literario y el artístico. Produce también el fanatismo y la polémica. Inyecta ardor a la gente y es el padre de la quimera, de la vehemencia y del entusiasmo.

El viento del Sur, como un hada benéfica, nos descorre las cortinas materiales de lo inmediato real, y de un país sin horizontes hace una cosa alada llena de lejanas transparencias. Es el viento perturbador, nervioso, que transporta el Cantábrico al fondo del Mediodía. Y cuando huye, porque vuelve el «sensato» Noroeste, queda en las almas la angustia poética de aquel bien perdido. Esta angustia o anhelo no es más que la eterna aspiración del Norte por el Mediodía glorioso. El ensueño del pino enamorado de la palmera en la canción de Heine; la nostalgia de la Mignon goethiana: «¿Conoces el país donde florece el naranjo?»...

Por mi parte, yo le debo al viento del Sur la mitad de mi vida. En sus cielos gloriosos y en su raro encanto exótico, en el prestigio inefable de sus mañanas divinas, aprendí desde niño a buscar en torno y más allá de lo posible las soluciones nunca hallables del corazón y el espíritu. Le debo el anhelo, y la nostalgia de lo remoto, y un desear lo inexistente o soñado, y un afán de marchar...

El viento del Sur pertenece sobre todo al otoño. Y el otoño, entre la gente cantábrica, no fué nunca estimado. Es una estación que puede llamarse exótica en el país; estación de los temporales y como el portazo iracundo que cierra los felices días del estío; época inútil, estéril, verdadero crepúsculo sombrío del largo invierno.

Como una opinión nueva que penetra poco a poco en los espíritus, la idea de que el otoño es la mejor estación del año en la costa cantábrica empieza a ser admitida por muchas gentes del país.

Para que la reivindicación otoñal pueda haber comenzado, sin duda ha sido preciso un aumento de sensibilidad, y diríamos que de literatura, en la región vascongada. El otoño es un concepto ideal y se manifiesta casi totalmente por matices de color, de ambiente y de pura psicología; es el tiempo propiamente subjetivo, y nada más que por llegar a la percepción subjetiva demuestra el país que empieza también él a madurar con las flores de decadencia, única zona en donde pueden esperarse los frutos de la fina cultura.

En algunos países ha llegado el otoño a penetrar hasta las honduras populares, favorecido sin duda por ciertos cultivos. La viña, sobre todo, ha sido el primer elemento de prestigio otoñal, y todas las civilizaciones mediterráneas (las que rigen todavía el clásico ritmo del arte en el mundo) ponderan y exaltan la embriaguez generosa de las vendimias. Alrededor de la vendimia ¡cuánto arte, cuánta poesía, cuántos fecundos mitos han visto la luz en el curso de las edades! El otoño estaba ya fundido en las fiestas, en los gustos, en el alma de otros pueblos; el otoño era ya en otros países un órgano de arte y de cultura. En la tierra vascongada faltaba el culto otoñal, lo que quiere decir que el espíritu carecía de la cuerda más delicada. Una persona que no vibra ante el otoño, o es inconscientemente juvenil o es irremediablemente grosera; un pueblo que omite al otoño se halla aún en el período preambular de la cultura.

La estación del año que ama el pueblo cantábrico es la primavera, prolongada hasta el corazón del estío. Es el tiempo de plenitud, cuando la tierra se llena de música, de flores, de fecundidad. Entonces las lomas adquieren ímpetus tropicales; las malezas se espesan, los zarzales cubren los caminos, los prados se hinchan y desbordan. Todo canta y vibra en la abundante fertilidad. Y un aliento dionisíaco mueve a las mismas personas, positivamente embriagadas por la energía de la naturaleza. Es la época de las fiestas patronales, de las romerías y los bailes, del campaneo y las comilonas. En su lira titubeante, el vasco sólo ha dedicado cantos a esa estación de plenitud; para el otoño no ha tenido ni una canción, ni una alusión. El otoño no existía en la conciencia vascongada. Ha sido la excitación nula, el tiempo exótico, la época que no pudiendo hablar a los sentidos era imponente para herir las cuerdas vagas, ideales, del espíritu.

Ahora que el país empieza a diferenciarse en dos zonas, la puramente rural y la ciudadana; ahora que el país no es todo caserío como antes, ni casi totalmente vascuence, y la ciudad, como es lógico, quiere imponer su ley, ahora es cuando la conciencia del otoño va penetrando en los espíritus. La aptitud para comprender cuánto hay de hondo en la hora otoñal, es el mejor indicio de la disponibilidad cultural de un pueblo. La aptitud para lo subjetivo y lo inefablemente sensitivo de otoño, y sobre todo la capacidad para sentir el latido de melancolía que hay en el otoño; esto es lo que anuncia que un país ha salido del período rural y pasa a ser candidato de la civilización.

XI

LOS BEBEDORES DE SIDRA

[Imagen: _Ramón Zubiaurre, pint._]

Quiero hablar un poco de los bebedores de sidra, y elogiarlos un poco también hasta arrebatarles la vulgar acusación de prosaicos, sanchopancescos, que sobre ellos pesa. Yo he sido a mi hora bebedor de sidra, y por lo mismo puedo hablar del espiritualismo, vago e inefable, que alienta en el fondo de un sidrero.

No es sólo, no, el gusto material y físico de la agridulce bebida lo que persigue el buen sidrero; debe contarse además una especie de confuso sentimiento de la bella naturaleza cantábrica, cuyo fecundo panteísmo primaveral sabe comprender el sidrero de un modo acaso infuso, pero ciertamente eficaz. Grato es beber en dosis pantagruélicas; pero tal vez sea más grato todavía unirse los camaradas en grupos de buena amistad, dentro del amplio paisaje conmovedor, y al fin, al crepúsculo, cuando se haya bebido algo demasiado, cantar una tierna tonada de _zorzico_.

Esta inmersión amable en el seno de la naturaleza es en pocos países tan gustosa como en la tierra cantábrica; tierra de idilio y de égloga donde el padre Virgilio se encontraría feliz; país de verdes colinas placenteras, suaves como una tentación a toda renuncia, y de selváticos montes que convidan a errar en caminatas sin objeto.

La primavera es en el país vasco como una tierna rosa sembrada de alegres gotas de lluvia. Y el sidrero, el consumado bebedor de sidra, será quien mejor sabe percibir el encanto de esa flor de poesía. El sidrero puede, sin duda, aventajar a los poetas en su devoción primaveral, porque si todos los vinos y licores exigen su momento para beberse bien, la sidra, si se desea tomarla oportunamente, debe ingerirse en el campo y en primavera. Tal como el champaña requiere mucha luz eléctrica, camareros patilludos y señoras escotadas; tal como la manzanilla ha de beberse al son de las guitarras y de los regocijados palmoteos.

En invierno, cuando la lluvia y el viento azotan las esquinas, el sidrero se obliga a refugiarse en las sidrerías urbanas. ¡Qué tristeza allí dentro! Es un sótano húmedo, con las paredes llenas de churretes negros; en el espacio que los toneles dejan libres se sientan unos tediosos pescadores; huele a sardina asada y a poso rancio; el piso está pringoso, resbaladizo; el frío húmedo se cuela en los huesos. Una mujer llena los vasos, silenciosa y aburrida también ella, y en los paréntesis hace calceta... ¡Esto no es el modo bello de beber la sidra!

El buen sidrero prefiere las excursiones campesinas, el caserío entre nogales, la merienda sobre el blando césped. No es solamente la sidra lo que le emociona, alegra y entusiasma, sino algo más; ese algo indecible que se llama poesía. Al revenir de la primavera sienten los sidreros que el corazón les baila regocijado. Ahora podrán salir de los oscuros sótanos; ahora se buscarán los iniciados para decirse: «¿sabes que en Ramonenea hay una _bonita_ sidra?» Y la noticia, corriendo como la prendida pólvora por talleres, oficinas y tiendas, pondrá en conmoción a los devotos. No son necesarios ni pregones; hay entre todos una especie de masonería singular que no fracasa nunca.

¡Qué bien entonces, en la buena estación del año! ¡Y cuántas veces, en la edad moza, ha utilizado el ánimo la disculpa de la sidrería para ir por el camino de zarzales y madreselvas hasta la cumbre de la colina!... Desde allá alto, el alma pretendía desbordarse, como el agua plena de un vaso, y confundirse en la gran ola panteística.

Desde allá arriba se columbraban tal vez a lo lejos los pueblos pescadores, los cabos y promontorios de la costa, las mansas ensenadas donde duerme un blanco bergantín, todas las velas desplegadas en la calma chicha. Las barcas pescadoras remaban en el inmenso mar. Y la calma de la tarde despertaba en la fantasía vagos anhelos de realizar largas y audaces navegaciones.

De estas esencias poéticas está empapado, a su modo, el espíritu del bebedor de sidra. Y mezclándose en él la delicia del dorado licor con la infusa delectación del paisaje, lo convierten en un sér predestinado y fatal, para quien todas las grandezas del mundo serán ociosas si falta el placer de la sidra. Un sér predestinado que no podrá vivir fuera de su pueblo, de sus colinas y sus caseríos, y que transplantado a América en forzosa emigración, languidecerá como un enfermo de nostalgia y necesitará volver a sus lares, si no quiere morirse de tedio y de tristeza.

¡Aquellas tardes de camaradería epicúrea, entre incontables rondas de vasos espumosos!... Y después, con el apetito que provocan las frescas libaciones, el sidrero sube a la cocina del caserío y él mismo escoge, prepara, y frecuentemente condimenta él mismo, los guisos y frituras, la merluza tierna, el sabroso revuelto de bacalao, las rojas chuletas. Todos en círculo comen; todos, en fila, y a determinados tiempos, se dirigen a la cuba y van transmitiéndose, de la cabeza al pie de la fila, mano tras mano los desbordantes vasos que se beben de un robusto y único tirón.

Cuando la tarde va de vencida, la imaginación del sidrero se llena de inefables brumas. ¡Podéis hablarle entonces de la vida y de la muerte; podéis ofrecerle la fortuna en un país remoto o la corona de España! Su alma se desborda en bondad, su corazón se ofrece a la alegría cósmica. Charla, ríe, canta. El aire tranquilo, la serenidad de la tarde, la belleza del campo; todo se funde en él y lo colma hasta la ternura.

Los últimos vasos han podido beberse ya. La noche comienza a caer, y los grillos inauguran, en fin, su nocturno primaveral. Entonces es cuando una ola de sentimentalismo poético llega y visita el alma del sidrero, que busca en la penumbra la línea blanquecina de la carretera. Es el mejor momento para cantar. Son esas canciones lentas, un poco tristes y dulzarronas, del país cantábrico. Y mientras el sidrero, cada vez más sentimental canta:

_Begui belch eder oyec_ _¿zenentzat-dituzú...?_.

el melancólico cuclillo hace en los matorrales: ¡cú-cú!... Y los escarabajos monteses sueltan su chirrido estridente y supersticioso.

XII

LOS «VERSOLARIS»

[Imagen: _Alberto Arrue, pint._]

Sería difícil que pudiéramos encontrar algún pueblo donde no existiese un registro, una cuerda, un organismo de poesía. El hombre de todos los tiempos y lugares ha sufrido siempre la divina necesidad de recurrir al canto o al verso para expresar aquellas emociones que realmente no caben en el espacio de la prosa.

Hablemos, pues, de los _versolaris_, esos rapsodas, bardos, aedas o juglares del país vasco. Entre los recuerdos de la mocedad no es el menos querido aquel que nos rememora el asombro, la admiración sentida delante de unos hombres que recitaban sus versos con una salmodia gutural y monótona, en medio de un grupo de aldeanos, a la hora vesperal en que los «cucos» preludian su sinfonía cristalina y los manzanales en flor expiden su más delicado perfume.

Lo cierto es que en el país vasco, tan sobrio de literatura y poco afecto al lirismo, han podido pervivir unos verdaderos continuadores de la casta trovadoresca. Ahora mismo, ninguna fiesta aldeana quedaría completa si le faltase la ayuda de los «versolaris». ¿Quiénes son estos hombres singulares y necesarios? Su nombre lo revela: «Versolari» quiere decir profesional del verso, versificador.

Si le llamamos rapsoda o juglar, mentiremos, porque aquéllos se constreñían a cantar y repetir las composiciones ajenas. El «versolari» crea y compone los versos que canta, y por esto debe llamársele «trovador».

Un trovador bien rudimentario, es verdad... El «versolari» no canta en los castillos señoriales ni ante las cortes magníficas de Provenza, Aragón y Castilla; simples labradores escuchan sus cantos, en las humosas tabernas o las húmedas sidrerías. Por tanto, no debe exigírsele al «versolari» que tome como asunto de sus versos las complicadas cuestiones del amor platónico, tal como preocupaban a los trovadores y que eran, por ejemplo: «¿Los goces de amor son mayores que sus penas?»

O este otro motivo: «¿Debe ser la dama la solicitante del amor del caballero, o al contrario?» No; el «versolari» no actúa en un medio platónico y exquisito, y necesita arrostrar los temas cuotidianos, un poco bestiales, que preocupan a su humilde y nada exigente auditorio.

Tampoco duda mucho el «versolari» en escoger la categoría de su gloria. Si los trovadores se habían dividido en dos bandos o escuelas, unos que buscaban la estimación de los espíritus selectos («trobar clubs») y otros que pedían la gloria de la muchedumbre («trobar leu»), los «versolaris» renuncian por necesidad a «trobar clubs», o sea la versificación oscura y conceptuosa, porque no hallarían público; se limitan a «trobar leus», y sus versos simples y vulgares llegan directamente al alma de su auditorio.

El «versolari» es un trovador que no emplea el «serventesio», el «panch», la «pastorela», la «albada» ni la «serena»; sólo hace uso de la «tensión», esa forma de diálogo satírico en que dos trovadores riñen un torneo de burlas y sutilezas.

La forma trovadoresca de la «tensión» ha quedado en las costumbres populares de muchos países, sin duda porque llena una necesidad universal del pueblo. Probablemente no fueron los trovadores provenzales quienes inventaron la «tensión», sino que estaba en el uso universal desde antes. El pueblo ama la lucha, el pugilato, tal vez la discordia integral, y verdaderamente le encanta asistir a las riñas de versos en que dos ingenios agudos se acometen con burlas y metáforas.

Mi limitada erudición folk-lorista me impide conocer los hábitos de muchas regiones del globo; pero a través de mis viajes he podido comprobar cuán extendido se halla en el mundo el uso trovadoresco de la «tensión». Asistí en Puerto Rico, dentro de las «pulperías», a luchas de canto y recitado, en que el arma de aquellos «versolaris» era una «décima», naturalmente muy tosca y mal rimada. También en Valencia oí a los huertanos contender uno contra otro, al son de la dulzaina y del parche en aquellas «albaes» tan lindas, tan campestres y musicales. Y en la Argentina, por último, existen los «payadores», semejantes a los «versolaris». El legendario Santos Vega de la pampa, con sus romances de origen español antiguo, es a través del espacio y del tiempo un hermano de Iparraguirre, el bizarro bohemio de la guitarra sonora.

Los «versolaris» emplean para sus torneos una música simple, una especie de salmodia elástica; elasticidad indispensable a los modestos versificadores, que no siempre miden con suficiente honradez sus versos rudimentarios.

Uno de los «versolaris» marca la «entrada», que significa una iniciación de las hostilidades; el otro responde al punto, y hace salir de su robusta garganta una voz semigangosa, gutural, indefinible, con la que responde al reto y alude directamente a algún defecto de su competidor. Al principio están las estrofas envueltas en cierta cortesía; después las alusiones se hacen más cálidas, penetrantes y agresivas. Las burlas chocan y se arañan, las ingeniosidades y las groserías vuelan por el aire, y el auditorio enardece todavía más a los luchadores con sus carcajadas. Ellos procuran mostrarse imperturbables, a pesar de los alfilerazos, e insisten en su salmodia gutural y lenta, de inflexiones largas y ondulantes como el canto llano de un convento.

En la húmeda y penumbrosa sidrería, o en la plaza de la aldea, esos «versolaris», esos poetas primitivos y socarrones prestan al honrado vulgo rural la parte de estética y de literatura que todo sér humano, el más salvaje, exige. Buscad y no hallaréis un pueblo que no haya inventado alguna manera de embriagarse: agria cerveza, cálido aguardiente, sidra, chicha, vino rojo, espumoso champaña, aristocrático y perfumado jerez. El hombre ha pedido siempre y en todas partes, grosera o fina, una burbuja de alcohol que le abra el recinto de la quimera. Idénticamente buscaréis en vano algún pueblo que no pida a lo inefable, música y verso, la expresión de su intimidad poética.

XIII

EL HUMOR ANACREÓNTICO DE LOS VASCOS

[Imagen: _Zuloaga, pint._]

Un pueblo que carece de literatura, estando por otra parte lleno de diversas aptitudes, es un fenómeno bien extraordinario. En la misma remota Islandia hubo a su tiempo rumor de alta poesía. Rodeado de núcleos culturales, asediado por las más fuertes civilizaciones, el país vasco ha sido en esto una verdadera isla.

No se ha dejado rozar ni menos penetrar por las corrientes literarias, y ha hecho para los menesteres de la poesía una excepción curiosa. Mientras aceptaba la sociabilidad, el régimen político, la arquitectura, la religión, las danzas y los trajes de Castilla, imponía su veto a la cultura literaria.

Los mismos romances, comunes a todas las comarcas de la Península, no han penetrado en el país. Y el país se ha visto al cabo, por esa exclusión del romancero, privado de perpetuar sus episodios épicos, las luchas dramáticas de sus banderizos y las emociones de sus afanes amorosos. A falta de mejores medios, los romances son en muchas regiones las fuentes inapreciables de la historia. Con razón se ha dicho, pues, que el vasco es un pueblo mudo.

Para la poesía erótica se ha sentido el vasco embarazado por una irreprimible timidez que hace del mozo vasco el galanteador más torpe y encogido. Los versos amatorios en vascuence están como dominados por la honestidad un poco imperiosa de la mujer; en vano buscaremos entre sus estrofas el calor lujuriante, la angustia apasionada, el deseo febril y la locura de amor que no falta ni en las canciones anónimas de otros pueblos; el verso vasco elogia a la amada con imágenes sencillas, muchas veces pueriles o ñoñas. De tal modo, que si estas poesías se traducen fielmente a un idioma literario, resultan desconcertantes por su nimiedad. Pero en ellas, sin embargo, late alguna vez un sentimiento candoroso, cuya fragancia de campo, de honestidad, de primitivismo, no se percibe sino después de una saturación local muy profunda.