Alma vasca

Part 2

Chapter 23,992 wordsPublic domain

Al pasar, cuando se apresura para incorporarse al grupo de sus amigas, parece que cruzara una flor de la divinidad. Ante ella se siente la presencia de lo perfecto. Si la imaginación recurre a los modelos clásicos del Arte, el recuerdo de las eximias esculturas griegas no logra reducir el valor de esa obra carnal, viva y radiante. Pálida y como esfuerzo artificioso del intelecto nos parecería aquí, en plena montaña, la Venus más hermosa. Entretanto, el cuerpo de Cataliñ vive pleno de gracia. Bajo el vestido recatado y normal no se ve, no se adivina nada; la forma, como línea expresa, diríase que no existe; y sin embargo se sabe que jamás la naturaleza ha creado un cuerpo de más consumada humanidad.

Transpiran juventud, fuerza y alegría su cuerpo, su rostro, su boca, sus ojos, su cabellera. No huele a nada, y se sabe que toda ella es fresca y olorosa como una flor de monte. Se sabe que es limpia, con limpieza ajena al baño y a los afeites; se sabe también que es limpia de alma y que su imaginación queda exenta de cualquier impureza; palabras y gestos resbalan sobre ella sin afectarla; tiene la imaginación, y es lo que vale siempre, virgen.

Cuando la hermosa chica hace un cariñoso y no estudiado gesto de adiós, frente al mar, inundada de luz vehemente, brillante el fino peinado semioscuro; cuando avanza ágil y esbelta, llena de gracia, riente aún y exclamando una última frase con su tierna voz engolada, ingenuamente pronuncio una tácita invocación: ¡Que nunca se apoderen de ti, bella Cataliñ, los lobos de las furiosas pasiones, y que un cerco de ángeles te guarde contra la liviandad, y que la alegría de tu risa no vea jamás el otoño, y que tu cuerpo trascendente se reproduzca en flores tan bellas y fragantes como tú!...

VI

LOS REMEROS OLIMPICOS

[Imagen: _Ramón Zubiaurre, pint._]

En la finura un poco decadente con que termina el estío en el Cantábrico, las regatas de traineras iluminan el ambiente frívolo de San Sebastián como al paso de un vigoroso aliento varonil. Para mi gusto no existe un juego de hombres en que resalte con más energía la exaltación dionisíaca del esfuerzo masculino y la casi épica voluntad del triunfo.

¿Qué otra clase de juego o de pugilato podrá interesar hasta las entrañas a la gente vascongada, como interesa la «estropada» de traineras? El ardor pugilista que vive dentro del sér vasco, el culto por la fuerza y la destreza que siente la raza, y el mismo vicio de la apuesta, tienen en las regatas un motivo de manifestarse con pleno entusiasmo. El aire libre, la luz setembrina, la excitación propia del mar, todo ayuda a convertir esa fiesta hermosa en una reproducción de los mejores pugilatos olímpicos de Grecia.

La bahía de la Concha se llena de una ondulante y nerviosa muchedumbre que asalta las terrazas, los paseos, los muelles, las alturas del Castillo y las colinas cercanas. Vienen en grupos animados los hombres de los pueblos pescadores y los campesinos del interior. Cada cual trae su cariño; a favor de su bando, los ahorros y el jornal y el mismo precio de la vaca serán jugados sin vacilación. Todos confían en sus pugilistas, porque conocen el vigor de sus brazos y el brío de sus corazones; en ellos ponen su fe, su orgullo, su honra, y si el afán de los miles de pechos que palpitan sobre la bahía tuviese la virtud material del soplo y del empuje físico, ¡cómo volarían, como saetas milagrosas, las agudas traineras!

Pero las traineras, aunque ágiles y sensibles, no se mueven más que al empuje de los nervudos brazos. Allí aguardan, temblando al menor choque, las largas barcas de fina proa. Los remeros están en su sitio; las manos sobre el remo, la cabeza sin boina, el pecho hinchado bajo la endeble camisa. Y el patrón, grave y responsable, serio y firme como un verdadero capitán de hueste, vigila a sus hombres y atiende presto a la inminente señal del Jurado.

Ved alrededor. La bahía es como un vaso policromo en que el cielo y los hombres han aglomerado luminosidades, adornos y agitados movimientos. Un aire jocundo, cálido, hace vibrar las banderas, las sombrillas, los humos y las jarcias. Los inquietos bateles van, vuelven, giran sin cesar. Unos balandros esbeltos ponen la nota blanca y elegante de sus velas en la abigarrada bahía. Los vaporcitos corren humeando, vociferando con el alarido de sus sirenas.

Vedlos ahí. Son los remeros de San Sebastián. ¿No los conozco yo tal vez, desde la infancia ingenuamente picaresca?... Los rostros cetrinos y angulosos me son familiares. Manu, Gabriel, Joshé, Telesh, Quirico, Torre, Pepe, Inashio, Mala Cara... De pronto ha sonado la señal. Y de repente, en una verdadera locura, en un arranque vertiginoso y exaltado, las dos traineras rivales han embestido de frente como dos cosas vivas, como dos caballos de raza que dan un brinco de salida. Las trece camisas blancas de cada trainera figuran ser trece puntos de delirio. ¡Señor, qué bello impulso de pugilato! ¡Qué entusiasta aspiración de triunfo! ¡Qué noble coraje, tendido en una locura de vencer! El agua se arremolina en torno a las traineras. Un ancho margen de espuma rodea y persigue a los veloces pugilistas. Y mientras los trece remeros se acompasan en un ritmo tenso e igual, el patrón, de pie en la popa, hace con una mano, dirigiéndose a sus hombres, un gesto casi maniático y casi angustioso que parece decir: ¡Más, todavía más, muchachos; siempre más, por vuestra vida, por vuestro honor, por el honor de vuestras mujeres y vuestros amigos!

Todos hemos presenciado alguna vez la lucha de esos frágiles esquifes ingleses, elegantes, barnizados, mecánicamente dóciles a la maniobra, movidos por unos tripulantes de camisetas a rayas, que son, frecuentemente, empleados de escritorio o señoritos que aspiran al premio de una copa inservible. Aquí se trata de hombres de mar, verdaderos hombres curtidos. Sus cuerpos y sus almas simples están cobijados en el seno de la Naturaleza, y el triunfo, como la derrota, dejan en ellos una huella imborrable.

Para ellos es el fracaso un aplanamiento definitivo, y la victoria es un frenesí y una delirante explosión de todas las emociones masculinas. Desde el muelle asisten las mujeres y los chicos al pugilato; desde los bateles y los vapores lanzan los amigos sus voces de aliento. ¡Ah, si los sudorosos remeros flaqueasen! Las mismas esposas están dispuestas al ultraje, con ese vocabulario un poco demasiado realista que la gente pescadora emplea para sus insultos, y que con frecuencia se refieren a los puntos más vivos de la virilidad.

No de otro modo, en los cantos de Homero, los soldados pelean largamente bajo la muralla, mientras las mujeres gritan, lloran e insultan desde el vano de las almenas...

Después, cuando la regata concluye, un aplauso denso atruena los malecones, la bahía, el muelle. Las mujeres ríen, desgreñadas, o cantan y bailan como poseídas del frenesí dionisíaco. Las músicas suenan, los cohetes rompen el aire. Ahí llega la trainera vencedora, con sus hombres manando sudor. ¡Indecible expresión de triunfo en que los rostros angulosos de los remeros parecen sublimarse y positivamente adquieren un valor de episodio homérico, olímpico, estatuable!

La fuerza muscular, la hermosa apostura varonil, la alta talla, la aptitud para la lucha y el triunfo: éstas son cualidades que el vascongado estima sobremanera; sentimiento muy lógico en una raza hermosa y vanidosa, que conserva además hasta hoy un primitivismo ruralista. Los cuentos, pues, y las leyendas del género hercúleo abundan mucho entre los vascongados.

Los chicos nos contábamos con fruición la epopeya del «marinero vasco que mató sobre las rodillas a un boxeador inglés». Era un marinero que estaba en Londres, acompañado de sus amigos. De pronto vieron en una plaza a un inglés que retaba a quien quisiera. El marinero vascongado salió a pelear, pero ignoraba la esgrima del _box_. El inglés le aporreaba lindamente, en las narices, en los riñones y en donde quería. Entonces el vascongado, todo furioso, atrapó al inglés con las dos manos, lo agarró del pescuezo y de los muslos y gritó a sus amigos: «¿Será libre el matar?» Los amigos respondieron: «¡Sí!» Y en seguida el marinero quebró y tronchó al inglés sobre la rodilla, como quien parte un leño.

Esta devoción franca y noble, un poco ingenua, por la fuerza sin doblez, no excluye el culto de la astucia, de la agilidad y de la esgrima. El juego de la pelota exige una alta tensión de los nervios, de los sentidos, de la inteligencia, y ese juego, que ciertamente no tiene un origen muy vascongado, ha concluído por convertirse en una esencial característica vasca. Desde niños se ensayan en las contiendas del frontón, y allí encuentra el vascongado su sitio sustancial, su pequeño y caro mundo de capacidades y de posibilidades. Corriendo tras la vibrante pelota, el vascongado ejercita las aptitudes de una robusta y bella masculinidad: fuerza, resistencia, rápido salto, golpe ágil, mirada pronta, carrera veloz, voluntad de triunfo, argucia, malicia, tozudez que sólo el aniquilamiento jadeante quebranta.

Más de una vez, cuando los barquitos de vapor no habían arrinconado a las traineras de pesca, las barcas, en los buenos días de mar calmosa, corrían unánimes a buscar el banco de sardinas que las atalayas divisaron. Y olvidándose de pescar, despreciando acaso el banco de sardinas, las traineras lanzábanse en una improvisada regata, y los cuerpos vigorosos sudaban entonces más a gusto por el entusiasmo de la pugna, que por el logro de la práctica pesca...

Eternamente y en diversos climas se repetirá, y es fortuna que así sea, el símbolo de la emulación física que los griegos, mejor que nadie, hubieron de ejercitar y que consagraron para siempre en la gloria de sus luchadores olímpicos, de sus Discóbolos. Los frisos helenos están ahora mismo aleccionándonos en la doctrina inmortal que quiere, a pesar de todos los cambios y civilizaciones, que el hombre recupere su sentido esencial en el contacto de la Naturaleza, y que destine su fecundo amor al cuerpo (la hermosura divina que jamás fracasa).

VII

ELOGIO DEL MAR CANTABRICO

[Imagen: _Tellaeche, pint._]

Cómo se enternece nuestro corazón cuando al cabo de una larga ausencia volvemos a ver el mar, y sobre todo el mar de nuestra niñez! No es una emoción intelectual la que sentimos; es un golpe de ternura que necesitamos incluírlo entre las sensaciones puramente amorosas.

Una forma de pena incomportable sería, pues, la que nos condenase a no poder contemplar ya nunca el mar. Desterrados del mar para siempre, ¡qué terrible castigo! Cuando habitamos un país interior, lo que nos consuela es la esperanza de que volveremos a ver las olas y la llanura de agua infinita. Y estando lejos del mar es como se le estima y quiere con más fuerza, como la separación del sujeto amado nos hace más firme y querido su recuerdo.

Todo el que ha nacido al borde del mar es un poco marinero, o es, para decir mejor, un marino infuso. Este elogio que se hace aquí del mar quedará entonces explicado pronto, al declarar su autor que sus primeros chillidos pueriles fueron sofocados por el grave zumbido de las olas.

El hijo de la costa vive en tierras interiores con la obsesión nostálgica del mar; de repente, por un impulso irreflexivo y casi cómico, ese marino infuso toma el camino de las afueras de la ciudad pensando que se dirige a la escollera del puerto. Varias veces nos ocurre que remontamos una colina de Madrid, de París, de Roma, en la ilusión de que vamos a sorprender a lo lejos el ancho mar azul. Es así que en todo país interior o mediterráneo el hijo de la costa cree que el mar está siempre al otro lado de cualquier elevación del terreno.

El mar se me representa a mí como una orquestación sublime en la que intervienen, como elementos de armonía, los montes, la ciudad, los acantilados, el cielo jocundo y el trombón de las olas espumantes. Resulta así una sinfonía majestuosa, a la que no faltan siquiera, para ilustrar la emoción, el vuelo sentimental de los recuerdos adolescentes.

Sube, por tanto, la idea del mar en mi imaginación al modo de una divina y luminosa ampolla, clara como un concepto intelectual, conmovedora como un sentimiento nostálgico, sonante como una música.

Desde niño se habituó mi espíritu a comprender la belleza del mar en esta forma armoniosa y lírica. Y desde niño, para siempre, la imagen sublime se ha resellado en la lámina ideal de la mente donde se graban las sensaciones e ideas trascendentales. He aquí la imagen:

Hora de pleamar, en el equinoccio de otoño; viento tibio del Sur; color de azul y leche en las aguas calmas; una bahía circular de líneas clásicas; una ciudad clara y linda en anfiteatro; colinas verdes alrededor; una vieja fortaleza al fondo, con sus bastiones severos y agrietados; un bergatín a toda vela maniobra en el canal del puerto; distante, como un incensario, un vapor emite su humo en el azul.

Los violines claman finamente en la terraza del casino. Tarde serena de sol. El aire calla. El mundo se reclina como en un prurito de soñar. Tal vez allá, en lo alto del castillo, un soldado ensaya con su corneta una marcha militar. De esta manera la bahía, inflada, llena toda ella por la plenitud de la marea equinoccial, parece elevarse como el crescendo de una sinfonía en busca del gran azul, del divino y matriz azul del cielo.

Otras veces se me representa el concepto del mar en una forma menos aliñada. Entonces me veo sentado en una roca a espaldas de la ciudad y lejos de los hombres. Desde la cresta del acantilado distingo las sinuosidades de la costa y los promontorios lejanos. Toda la inmensidad líquida se abre ante mí, y yo siento la caricia falaz del vértigo invitándome a caer y a sumirme en el infinito seno.

Entonces el mar ya no es la idea académica, sino un modo de exaltación de lo libre, lo majestuoso y lo profundamente eterno. Una sensación de fuerza incontrastable parte de allí, como cuando nos asomamos al fondo de la mitología helénica. Ráfagas del infinito; forcejeo de ocultas potencias; contorsiones de monstruos olímpicos; luchas de semidioses; cantos de sirenas; alaridos de caracolas... El carro de Neptuno despeñado entre las nubes tornasoladas. Y allí Polifemo que sale de su espantable gruta a amenazar al barco dorado del ingenioso Ulises, teniendo aún el monóculo chirriante de llamas y de sangre...

¡Inmenso y hermoso mar, oh grandioso espejo que retratas el infinito!

VIII

EL RIO DINAMICO

[Imagen: _Alberto Arrue, pint._]

El viajero que ha cruzado por la ancha y suave llanura duranguesa halla de pronto que el paisaje idílico hace como una arbitraria inversión, y he ahí que aparece la primera escombrera de mineral; surge en el aire una vagoneta transportadora; lanza una chimenea su feo humo; los montes se erizan y se enredan, y son más ariscos, más deformes... En fin, el río Nervión envía al viajero sus reflejos sucios, y una gabarra llena de escorias anuncia toda la gravedad y trascendencia del gran río tentacular, verdadero nervio (Nervión) de Vizcaya.

Es un corto río, más bien arroyo, que al bañar los prados de las tierras interiores tiene un nombre euskérico, campesino: _Ibaizabal_. Le llaman, pues, _Río ancho_, y la hipérbole campesina hace reír un poco. Pero después, reforzado con los afluentes y en la proximidad de las mareas, el río toma su apelativo romano, Nervión, y ese es el nombre que le sienta bien. ¡Nervión!

Yo lo recorro en un flujo y reflujo entusiasta, como en una marea de emoción. Aguas arriba, aguas abajo, ¡siempre lo encuentro hermoso, sugestivo, fuerte, complejo, vario, capital! Me gusta correr sus riberas, en tranvía o en tren, o en automóvil. Yo no conozco en España otro río tan sugerente. Es el río máximo de España. Déjese para el Guadalquivir la gloria de las fértiles campiñas y el panorama de Córdoba, con la mezquita aproximándose a las aguas cuatro veces históricas; que el Júcar pueda reflejar la alegría de los naranjales y de las palmas; que el Ebro robusto caiga al mar como una brecha opulenta; sea grande el Tajo por la planicie entonada de Castilla y en los recodos de Toledo. El Nervión es tan pequeño como un arroyo; sin embargo, por virtud expansiva y como milagrosa de la marea, ved ese río parco convertirse en un hondo brazo de mar, en un puerto continuado, en un angosto estuario que vibra y alienta con un insuperable dinamismo. Los otros ríos serán grandes, bellos, rumorosos o teatrales. El Nervión es un río dinámico; el río moderno; el río maquinista, industrial, ejecutivo, activo, osado, vehemente, invasor, anhelante, ambicioso... He acoplado, sin querer, los atributos del hombre actual. En efecto, el Nervión es una persona que tiene un alma.

Es hermano de los otros ríos del mundo, como el Elba y el Támesis, que llevan tierra adentro las flotas y el temblor de las máquinas; y Bilbao es el hermano de las grandes urbes fluviales, Londres, Hamburgo, Bremen, Rotterdam, Amberes.

¡Qué aventurero y qué enérgico este río Nervión! Lejos, en la Edad Media, ya las polacras y las galeras de altura, viniendo de Inglaterra o Flandes, remontaban el curso torcido del estuario y amarraban en la modesta villa de mercaderes, Bilbao. Pero un día, de los cerros empezó a caer mineral con una prisa desacostumbrada. Los cerros abríanse en dos y se desplomaban sobre los embarcaderos; multiplicábanse los buques, todos cargados de hierro; y Bilbao se agrandaba, se enriquecía. Pero Bilbao no es todo. Lo interesante es esa ciudad abigarrada e indefinible que empieza en la iglesia de San Antón y termina en el Abra.

A lo largo del río van sucediéndose los cuadros cinematográficamente y caprichosamente, al arbitrio, al azar, sin norma, sin armonía. Nada menos clásico que ese río. Está hecho de retazos, con una bárbara brutalidad americana, inglesa o anseática. Un _chalet_ sobre un barracón inmundo; una iglesia aristocrática pegante a un albergue de gabarreros; una huerta florida junto a la brecha de una mina; un hospital magnífico frente a un astillero. Y el río arbitrario da vueltas capciosas, como si deseara entorpecer la obra de los hombres. Los hombres no se intimidan. Por los recodos navegan los buques de gran tonelaje, y se roba espacio a las montañas para erigir fábricas y almacenes. Los puentes cruzan sobre la vena de agua. Esta vena de agua, tan somera y económica, es aprovechada casi con angustia.

Confuso, inarmónico, arbitrario, incorrecto, ¡qué admirable y sugerente el enérgico río tentacular, dinámico! No es posible describirlo fríamente; invita sin remedio al lirismo. Tiene, por tanto, este río yanqui, londinense o hamburgués, la sal de la cosa moderna, la síntesis del esfuerzo mecánico, industrial y ciclópeo de nuestros días. Los otros ríos son de otra edad, de otras civilizaciones y otras literaturas; el Nilo, el Ganges, el Tíber, el mismo Sena, esos pertenecen a otros hombres, a los tópicos antepasados. Mientras que estos ríos son nuestros, bien nuestros. De nuestro afán, de nuestra literatura.

Conmueve de veras la vista instantánea del río, cuando lo vemos dentro de la misma ciudad antigua, dentro de la acrópolis bilbaína, soportando un buque ventrudo, que hace la descarga a la sombra de unos árboles.

Desde el _restaurant_ de un club elegante, por la ventana entreabierta, sorprendo el trajín de la calle, el puente populoso, y ahí abajo, próximo, un gran barco de carga, y otro allá, y otros cien, sucesivamente.

Luego, río abajo, hay en el aire un constante rumor de fuerzas en actividad. Martillos golpeando, sirenas vociferando, fraguas rugiendo, los trenes que gritan y pasan veloces... Se percibe un aliento de monstruo domesticado. Emana un olor de acero engrasado o de acero recién laminado. Huele a acero por todas partes. Es una ráfaga de acción vibrante y entusiasta, que circula por la angosta cuenca, que nos invita a la actividad y a la afirmación... ¡Sí! Como una fatalidad de potencia y de vida irreparable, irresistible.

Hasta que el río busca la claridad del Abra y allí se serena, sonríe, entra mansamente en el mar.

IX

ELOGIO DE LOS CAMPANARIOS

[Imagen: _Ramón Zubiaurre, pint._]

Los pueblos son en el paisaje puntos de orientación estética, hacia los cuales acude el piloto ideal que hay dentro de nuestro espíritu. Un paisaje sin pueblos en lontananza, sin el blanqui-negro de las viviendas y los tejados, nos da la angustiosa sensación de vacío que sentimos en alta mar. Pero los campanarios son, principalmente, los que prestan alma y expresión a un paisaje.

Cada país se reserva una fisonomía diferente; la silueta distante de los pueblos y el carácter de sus torres son las cosas que para mí contribuyen más a esa diferenciación. Cuando trato de representarme una imagen de Londres, todo mi recuerdo queda ocupado con la absorbente y exclusiva visión del Parlamento, el de las altas torres sobre el plomizo Támesis. Los valles de Suiza los recuerdo igualmente en forma de agudas torres, con su afilada flecha, irguiéndose sobre el plano verde de los prados o sobre un lienzo grande de nieve. Así también la Toscana se me representa en la memoria sembrada de aquellos ágiles campaniles florentinos, encaramados como guías rústicas en la cumbre de las colinas armoniosas.

El más hondo prestigio del campo castellano reside en la sugerición de los distantes pueblos, que emergen de la pura planicie y se recortan en el fino horizonte, con el campanario abolengo que parece, como una flecha, penetrar en el infinito azul. Sobre la grave llanura, el castillo de la Mota de Medina ya no es un mero dato arqueológico, sino algo profundamente explicativo y esencial en ese majestuoso paisaje que está, como nada, preñado de historia. La misma trascendencia tiene en el paisaje la gran torre erecta de la catedral de Segovia, cuando sobresale del ras de los collados parecida a una persona viva y pensante que nos observa y sigue desde lejos.

¡Pueblos blancos de la costa mediterránea, presididos por el campanario angosto y alto como un alminar! ¡Pueblos dichosos de Andalucía, claros, rientes sobre la tierra ocre de los opulentos labrantíos, y trémulos por el estremecimiento perezoso de las palmeras!

Si desde lejos deseo levantar en la mente la imagen de Guipúzcoa, la nostalgia toma en mí formas arquitectónicas. El recuerdo, más que la visión de los árboles y las colinas, me trae la imagen de los pueblos, sobre los que destaca siempre el campanario. Los pueblos tienen valor por sus torres. Toda la vida de Hernani está para mí en su recio y culminante campanario. Usúrbil sobre el collado, no es más que una esbelta torre barroca; y si San Sebastián posee algún sentido, es por aquellas elegantes torres gemelas de Santa María, que anteriormente se completaban con la romántica y un poco marcial torre del viejo faro de Igueldo, corona magistral de la japonesa colina, ¡que el turismo beocio ha trocado en una cosa inmunda!

Todos esos pueblos de Guipúzcoa se levantan en espectáculo cuando los solicito con la imaginación. Los conozco uno por uno. Las siluetas de sus torres me son familiares, y cada uno me trae el recuerdo de una pura sensación juvenil. Carreteras blancas entre los prados; olor a manzano florido; posadas rumorosas, llenas de hombres afeitados; color ajerezado de la sidra rezumante; el tamborreo romántico de un tamboril; y dominándolo todo, la torre eclesiástica.

Veo los campanarios, de estilo barroco casi siempre, levantar sus cupulillas de piedra en la simetría verde de los campos. ¡Con qué inteligente sentido de la armonía saben llenar y concluír la estética ruda de un valle, de una encañada, de una loma! Las torres barrocas están allí como elementos de cultura y de universalismo, y su forma vaticana, papal, católica, hace que la simplicidad iletrada, como bárbara, del boscoso y húmedo paisaje, se llene de erudición y se ilustre verdaderamente.