Chapter 3
--Desde que sé leer y escribir, tengo yo sospechas de que papá y mi tía Lucrecia quieren que sirvan _para algo_ las cartas y los retratos que nos mandamos tan a menudo Nachito y yo. Chiquitín era él, y ya me requebraba. Se lo reprendí muchas veces, no precisamente porque me requebraba, sino por el modo de requebrarme. ¡Me decía unas cosas tan pegajosas! Figúrate que hasta me llamaba _huerita_, porque soy rubia. Él tomaba las reprensiones a broma, y apretaba el requiebro; y papá, que entonces leía las cartas, las que iban y las que venían, celebraba mucho estas peleas y me aseguraba que, con el tiempo, irían teniendo más substancia los donaires de mi primo, y que entonces ya me gustarían. Por de pronto me ponía en las nubes su hermosura, y me leía las cartas en que su madre le ponía sobre el sol, por el cuerpo y por el alma. No tenía pero ni por dentro ni por fuera. A mí lo mismo me daba. Crecimos los dos: él entró en la Universidad y yo en el colegio. Como pollo guapo, lo era de verdad entonces; y por lo que toca al estilo, algo se había corregido en lo meloso, pero todavía se pegaba. En el colegio hay que entregar y que recibir abiertas las cartas, para que se entere de su contenido la Madre que entiende en esas cosas. Pues a mí me las recibían y me las entregaban cerradas, por encargo terminante de papá: con esto, y con haberme advertido él que no interrumpiera mi correspondencia con Nachito a pesar de mis ocupaciones de colegiala, me afirmé más en creer que algo se andaba buscando en el empeño de que nos carteáramos a menudo y en secreto el mejicanito y yo. El tal mejicanito, según iba creciendo y estudiando, iba ahondando, aunque no mucho, en los asuntos de sus cartas; pero a mí me seguía sonando todo ello a música de gomoso, y por ese lado me despachaba con él. Así llegamos los dos, Nacho al fin de su carrera y yo a salir del colegio, sin haberme dicho él nunca cosa alguna en serio y formalmente, y sin echarla yo de menos ni extrañarme de que no me la dijera. Que continúa siendo guapo y hombre de bien y es muy rico, y va a venir a España para vivir con nosotros y conocer a su familia... no me pesa nada de ello. Que viene con intenciones declaradas de que resulte lo que yo sospecho que se han propuesto sus padres y el mío... eso será lo que sea y según yo esté de humor, y me llene él o no me llene. Que, estando así las cosas, le desfiguran las viruelas, o resuelve no venir ni acordarse más del santo de mi nombre... pues tal día hará un año. Sentiré lo de las viruelas, como se siente una desgracia en un amigo que es pariente además; pero en cuanto a lo otro, una agradable curiosidad de menos, y santas pascuas.
--Corriente--diría entonces la curiosilla Virtudes, deseando conocer hasta el último escondrijo del almario de su amiga--. Nada te inquieta, nada te apura, y vives en la mayor tranquilidad, por lo que toca a tu primo el mejicano; pero a la edad en que te hallas, con la salud y la belleza que posees, recién salida de la prisión del colegio, lo adorada que te ves de tu padre, tan rico y tan complaciente y tan campechano, ¿qué demonio es el que más te tienta ahora?... Porque alguno ha de tentarte, o es mentira que el demonio no sosiega. ¿Cuál es tu mayor ambición por de pronto? ¿qué es lo que con mayores ansias apeteces y deseas?
Sin titubear hubiera respondido Nieves:
--Aire, luz, independencia, ruido de arboledas y música de pajarillos. Sé que hay grandes ciudades llenas de maravillas, para admiración y recreo de las personas ricas y desocupadas, y que las mujeres de nuestra clase brillan y gozan entre los placeres de su mundo. Todo eso está bien donde está; pero hoy no me tienta, porque no lo echo de menos todavía. Si me metieran entre ello, lo aceptaría sin grandes repugnancias; pero puesta a elegir, me quedo con lo otro, que me gusta más ahora, y sin temor de que me engañe el pensamiento, porque bien sabes tú que siempre fui muy inclinada hacia ese lado. Y no hay más.
Y no lo había, realmente, en los adentros de la pobre muchacha, tan mal comprendida por su padre en ese particular... y en algún otro, pues no debe olvidarse que el arrechucho gordo de don Alejandro Bermúdez Peleches nació de haberla visto, de súbito, vestida de mujer, con unos fulgores y unos centelleos y un poder incendiario que le metían miedo; y hay que dejar bien declarado, hasta por obra de justicia, que no había en la naturaleza física de Nieves el menor detalle que no estuviera en cabal armonía con el sosegado equilibrio y la honrada disciplina de su conciencia moral.
Efectivamente: ese equilibrio y ese sosiego y esa honrada disciplina, y no otras cosas más feas, acusaban el tranquilo y hondo mirar de sus rasgados ojos azules, su boca tan bien plegadita y tan fresca, la blancura nacarada de su tez, la riqueza sobria y elegante de los contornos de su busto, la finura de su talle y el aplomo reposado y la gallardía de su andar.
No era alta ni daba en cara por hermosa; pero sí por _interesante_ en sumo grado. La única nube que obscurecía a menudo la transparente claridad de su semblante, era un repentino fruncimiento de su lindo entrecejo; pero este detalle, como efecto mecánico de una extremada sinceridad de pensamientos y de impresiones, no daba a la expresión de su mirada el menor acento de dureza. Era sana como un coral, muy ingenua, sobre todo, y diligente y animosa. Pintaba un poco, tocaba regularmente el piano y leía con gusto los buenos libros de imaginación. No era una artista; pero sentía y saboreaba el arte a su manera.
¡Y el bendito de su padre, sin acertar a leer lo que estaba tan a la vista en aquel libro tan abierto!
Pensando como se ha visto, llegó Bermúdez a su despacho; y manoseando la correspondencia que el ama de llaves había dejado sobre su pupitre mientras andaba él a caza de los secretos de Nieves, topó con una carta que traía el sello de la administración de correos de Villavieja. Alegrose mucho de ello, y se sentó para leerla con toda comodidad, porque prometía, por el bulto, ser bastante larga.
Abriola, y lo era en efecto. La firmaba don Claudio Fuertes y León, y decía lo que podrá ver el lector, si es curioso, en el siguiente capítulo.
--IV--
De lo que escribió desde Villavieja Don Claudio Fuertes y León, a Don Alejandro Bermúdez Peleches
Mi amigo y señor: quedan en ejecución y serán cumplidas conforme a los deseos de usted, las órdenes que se sirvió darme en su favorecida carta última, lo propio que lo han sido ya las que me ha ido comunicando en sus tres gratas anteriores, «en previsión», como usted decía, «de lo que pudiera suceder el día menos pensado». La noticia de que, al cabo, sucederá con entera certidumbre y en fecha no lejana, que también me fija usted, me ha servido de grandísima satisfacción. Quédame, sin embargo, el temor de que le engañen a usted algo los deseos en cuanto comience a realizarlos en esta vetusta y apolillada soledad, al cabo de tantos años de rodar por el mundo y de residencia en una de las ciudades más hermosas y florecientes de él. Cuando menos, es muy de recelar que, si no usted, porque ha nacido aquí y lo conoce bien y lo ama, pues lo arraigó en su corazón siendo niño, la señorita Nieves, que se halla en muy distinto caso, se aburra a los cuatro días; y en aburriéndose ella, ayúdeme usted a sentir. Pero a esto me replicará usted que me meto en lo que no me importa, y a buena cuenta le pido mil perdones por el atrevimiento.
»Cuando venga usted verá que se ha sacado todo el partido posible del deteriorado palación, y que no pegan del todo mal, después de las reparaciones hechas en él, aunque de prisa y corriendo y con los pocos y malos elementos que aquí hay, el piano y los demás muebles, trapos y cachivaches que usted me ha ido remitiendo, en los lugares que ocupan, según sus minuciosas instrucciones. En pliego adjunto le envío una nota bien detallada y comprensiva de todas las mejoras efectuadas en Peleches bajo mi dirección, para gobierno de usted antes de salir de Sevilla. Celebraré que le satisfaga.
»Dicho esto, paso a cumplir lo más peliagudo de todas las comisiones que he tenido el gusto de recibir de usted desde el día en que me honró con el cargo de apoderado suyo en este término municipal. Díceme usted que le envíe abundantes noticias, que sean así como a modo de pintura fiel de Villavieja en su estado actual, mirada por fuera y por dentro, porque hace muchos años que la ha perdido usted de vista y desea, cuando a ella vuelva, no pisar como en terreno desconocido. Con la seguridad de hacerlo mal, pero con el propósito firme de servirle a usted fielmente, allá va, a la buena de Dios, la pintura que me encomienda; y «si sale con barbas, san Antón...»
»Si le dijera a usted que Villavieja estaba en el propio ser y estado en que usted la dejó tantos años hace, le engañaría a usted y adularía a Villavieja; porque, en rigor de verdad y cumpliendo la ley de su destino, tiene de peor que entonces el estrago del tiempo transcurrido, y el de las miserias y la incuria de sus habitantes. De mejor, ni un ladrillo, ni un clavo, ni una teja. Lo que a la salida de usted estaba temblando, se ha venido al suelo, y mucho de lo que estaba firme y erguido entonces, se tambalea ahora preparándose para caer, o escarbando para echarse, como en casos parecidos se dice por acá. De pueblos de secano que tuvieron grande importancia en tiempos remotos y hoy son montones de ruinas solitarias o poco más, abundan los ejemplos; y hay razón para que abunden, porque entonces se guerreaba y se vivía de cierto modo, y los lugares más altos y más inaccesibles o de más fácil defensa, eran los preferidos para fundar pueblos; al revés de lo que acontece hoy por exigencias de nuestro modo de vivir; pero ejemplos de puertos de mar, de poblaciones costeñas, que vayan de mal en peor desde medio siglo acá, no conozco más que uno, el de Villavieja. No parece sino que se le dio el castigo con el nombre que se le puso. A este propósito le diré a usted que he registrado los archivos municipales, los eclesiásticos y hasta desvanes particulares con el fin de averiguar algo sobre la fundación de esta villa y el origen y fecha de su nombre, y que nada he conseguido. Con decirle a usted que ni siquiera figura en el mapa de España que hay aquí en la escuela pública, está dicho todo. Si se hace uno cruces al notar aquella falta de rastros históricos donde tanto debieran abundar, le dicen los doctos villavejanos: «eso y más de otro tanto destruyó _la francesada_.» «Corriente, se les replica; pero ¿en qué consiste lo del mapa? ¿por qué no figura este puerto en él?» A estas preguntas responden que también eso es obra de los franceses, por rencores de otros tiempos, es decir, de los tiempos de «la francesada». Aquí anda «la francesada» todavía tan fresca y tan rozagante como si hubiera pasado por Villavieja antes de ayer. Replíqueles usted que el mapa ese y otros tales no están hechos en Francia, sino en España. Lo negarán en redondo, porque no conciben en los españoles que no sean villavejanos, talentos tan considerables; y si alguna excepción le admiten, sostendrán que la omisión se ha hecho, se hace y se hará en ese mapa y en todos los mapas, por envidias y malquerencia de la gente de Madrid. El caso es que se ignora por qué se bautizó esta villa, al nacer, con el calificativo de _vieja_, o si se le dio más tarde a título de mote expresivo. Lo que no tiene duda es que el nombre, o la maldición o lo que sea, le cae a maravilla.
»Tiénese, y tengo yo también, por causa principalísima de este mortecino estado de cosas, la inextinguible y tradicional enemiga que existe, como usted sabe, entre los Carreños de la Campada y los Vélez de la Costanilla, los dos principales barrios, según usted recordará, bajo y alto, respectivamente, de Villavieja. Estas dos familias que tuvieron cierta relativa importancia fuera de aquí, y aquí mucho prestigio siempre, han podido, y aun hoy, que han venido muy a menos, podrían hacer o conseguir que otros hicieran algo bueno y beneficioso para la localidad; pero precisamente les ha dado la calentura por ahí; es decir, por estorbar, por destruir los de arriba cuanto proyectan o discurren los de abajo, y viceversa; y de este modo, unos por otros se va quedando la casa por barrer. Añádase a esto que Villavieja nunca ha podido agenciarse un valedor en Madrid ni en la capital de la provincia; que la carretera nacional pasa a media legua de distancia de la villa, sea porque los ingenieros no tuvieron noticia de nosotros cuando la trazaron, o porque nos concedieron escasísima importancia; que la provincia no ha querido construir ese pequeño ramal de empalme, y que este municipio no ha logrado mejorar debidamente la áspera senda que hace sus veces, porque siempre que lo ha intentado, no con gran empeño, ha nacido la sospecha en los de la Campada o en los de la Costanilla, de que el intento era cosa de los de la Costanilla o de los de la Campada, y se le ha llevado el demonio con las artes de costumbres; añádanse, repito, y ténganse presentes estos hechos y algunos más de su misma traza, que no necesito mencionar, y hasta resultará una justificación de la conducta de los villavejanos. Al verlos tan tranquilos, tan apegados a su cáscara y tan satisfechos y enamorados de ella, verdaderamente se duda si el estado material de la villa es obra de la dejadez del habitante, o si el habitante es así porque haya encarnado en su naturaleza, como espíritu, la catadura singular de la villa.
»Alguien se forjó la esperanza de que con la moda del veraneo entre las gentes ricas del interior, y las excelentes condiciones de esta playa, tan abrigada y espaciosa, no faltaría quien se fijara en ella, empezando de ese modo y por ahí una era de relativo florecimiento para la villa y su puerto. ¡Buenas y gordas! Vino, seis años hará, una familia de muy lejos, con dinero abundante y dispuesta a bañarse y a pasar aquí una larga temporada. Por de pronto, le costó Dios y ayuda encontrar hospedaje, y ese malo. Al día siguiente estuvieron a punto de ahogarse la señora y sus dos hijas, por no haber hallado a ningún precio quien se prestara a servirlas de bañero, y no saber ellas dónde se metían. Al hijo mayor, joven de veinte años, le desplumaron aquella misma noche en el Casino; y al otro día se largaron todos por donde habían venido, después de haberles sacado el redaño el posadero. Claro está que no han vuelto por aquí, ni alma nacida tampoco.
»En otra ocasión se denunció en este mismo término, y a la puerta de casa, algo que parecía buena mina de carbón de piedra: lo olieron unos ingleses y la compraron por poco dinero. Creímos algunos que por ese lado iba a hallarse la villa un buen remiendo para su capa; pero después de algunos trabajos preparatorios y una explotación somera de la mina, la abandonaron los explotadores, o mejor dicho, se la vendieron por cincuenta mil reales a tres sujetos de aquí. Al cabo se quedó con la empresa uno solo, comprando las representaciones de los otros dos con un ochenta por ciento de merma. Este sujeto, un tal Barraganes, rematante de arbitrios, la explota desde entonces arañando por encima y ocupando en las labores, sólo a temporadas, cuando más, ocho obreros cuyo hallazgo le cuesta un triunfo. Para llevar a vender, donde convenga mejor, lo que se va acopiando de este modo tan sosegado, viene un vaporcillo de cabotaje cada cuatro o seis meses; y éste es el único barco que fondea en este puerto años hace. Los ingleses hicieron una carreterilla desde la mina al embarcadero, cosa de dos kilómetros, pero, por desgracia, en dirección contraria a la general del Estado; afianzaron un poco el ruinoso muelle con unos cuantos sillares y media docena de tablones, y eso hemos salido ganando. De estas cosas y otras que también dejo mencionadas, y algunas que mencionaré más adelante, ya le enteré a usted en su debido tiempo, así como del rumbo que gastaba el inglés principal, lo apegado que estaba a la villa, y lo muchísimo que la hubiera enseñado, si como se marchó a los dos años de haber venido, porque la mina les dio chasco, permanece entre nosotros dos años más siquiera; pero se lo vuelvo a referir a usted porque, en mi deseo de darle el cuadro completo, no quiero omitir en él ninguno de sus componentes principales, aunque ya le sean conocidos.
»No habrá usted olvidado lo que pasó con aquel señor catalán que estuvo aquí no hace mucho con el intento de establecer una fábrica de salazón y de escabeches, trayendo, para surtirla de pescado, una escuadrilla de lanchas bien tripuladas, y contratando rumbosamente las tres que aún había en el puerto. En cuanto le conocieron las intenciones los villavejanos más arrimados a la playa, le dieron tal zambullida en la mar, cogiéndole de improviso un anochecer, de diciembre, por más señas, y tal corrida de palos a la salida, que no esperó ni a mudarse la ropa para huir de Villavieja, lo mismo que un perro de aguas.
»No quiero citar más ejemplos de esta clase, por lo mismo que abundan en mi memoria y también en la de usted; y le advierto que de las mencionadas tres lanchas pescadoras que había en este puerto cuando la zambullida y subsiguiente zurribanda al catalán, no queda ya más que una. Las otras dos se hicieron astillas en la playa, donde las habían varado para recorrerlas un poco, con un marejón tremendo de Levante, cosa rara aquí, que se les fue encima una noche, de repente. Los dueños se quedaron sin ellas, y los pescadores que las tripulaban _a la parte_, tan satisfechos. Así como así, estaban deseando dejar el oficio que, tras de peligroso, no les daba de comer por falta de mercado, en lo cual tenían razón, bastante más que la que tuvieron para echar a palos de Villavieja al señor catalán que quiso contratarlos con buen sueldo.
»Ahora se han agenciado un par de botecillos remendados; y merodeando aquí y allá con ellos, como merodean otros tales, a mar llana, van viviendo muertos de hambre. A estos botes, cosa de media docena en junto, y a una lancha, queda reducido hoy el material de pesca en un puerto tan considerable como éste. Y así y todo, anda de sobra el pescado en la villa, no por lo mucho que viene de la mar, sino por lo que, de lo poco, sobra para el consumo de la población, único mercado que tiene por falta de comunicaciones rápidas con otros.
»El comercio, en general, ha ido a menos, aunque le parezca a usted mentira. Han quebrado dos establecimientos de comestibles, de los que usted conoció, y se ha cerrado otro. Quedan otros tres: uno de ellos en la Costanilla, otro en la Campada y otro en la plazoleta del Maravedí. De tabernas no hablo, porque se supone que abundan.
»También ha habido alguna merma en el ramo de pañeros. Por de pronto, la antiquísima y afamada _Perla de Ezcaray_, ya no existe. Murió el viejo don Anselmo, que era el alma de la casa, y ha sido forzoso liquidarla a instancias del yerno del difunto, un tal Córcoles, logrero y trapisondista de medianeja reputación. Los demás del gremio, unos arrastrándose poco a poco y otros como pueden, continúan en sus covachones de los arcos de la Plaza Mayor.
»Allí encontrará usted igualmente, y en próspera fortuna por cierto, al rechoncho Periquet, _El Valenciano_, como lo reza el letrero, con sus porcelanas sospechosas, su cristalería polvorienta, sus rollos de esteras resobadas y sus innumerables baratijas de relumbrón. Se le metió en la cabeza que había de dar en la suya al presuntuoso _Bazar del Papagayo_, que está a su vera, y lo ha conseguido sin gran esfuerzo. Este bazar, de gran fachada y de fondos negros y vacíos si no de telarañas y de sogas de esparto, de escobas de palmiche, un poco de herraje basto, otro poco de loza de Talavera, dos sartas de cencerrillos y otros pocos más de incongruencias por este arte, tiene, como usted recordará, un gran papagayo de cartón pintorroteado encima del letrero que corona su escaparate. Pues Periquet, que no tiene escaparate, en su empeño de competir en todo con el bazar, ha colocado encima del letrero de su tenducho embarullado, pero bien provisto, una cotorra, también de cartón y también muy pintarrajeada, sosteniéndose sobre la palabra _DE_, o mejor dicho, con cada letra de estas dos en la correspondiente pata. Enseguida descifraron el jeroglífico los desocupados villavejenses, que hasta en grupos de seis en seis acudieron los primeros días para leer en voz alta y a una: _«La cotorra de El Valenciano.»_ Después soltaban una risotada, miraban hacia el fondo del bazar contiguo, y se iban haciendo muchos comentarios. Todo esto halagó en gran manera la vanidad de Periquet, y, como es de suponer, agravó los sordos rencores de los propietarios del tendajón, que, siendo villavejanos de pura raza, se sienten heridos en lo más hondo por el agravio que les hace su villa nativa ayudando a que los arruine y vilipendie un intruso y groserote que todavía usa _alpargates_ y pañuelo a la cabeza, y no sabe leer ni escribir.
»Lo que no ha podido quitarle _La cotorra de El Valenciano_ al _Bazar del Papagayo_, es la tertulia de prima--noche, lo mismo en invierno que en las demás estaciones del año, pero principalmente en la de invierno. Allí acuden puntualísimos, en cuanto comienza a anochecer, el párroco y los dos coadjutores, el médico viejo don Cirilo, el procurador Ajete, el abogado Canales, y _Chichas_, antiguo y ya retirado tendero de la plazuela del Maravedí, donde hizo el capitalejo con que ahora vive de holgueta. Éstos son los tertulianos fijos del bazar. El médico, el abogado y el párroco, son los hombres que más saben aquí de cosas de Villavieja, de antaño y de hogaño; y de esas cosas es de lo que más se habla en la tertulia, cuando se habla, porque comúnmente no se habla de nada allí, ni se ve, porque siempre se está a obscuras. Así es que infunde cierto miedo el mirar hacia adentro cuando se pasa de noche por delante de la puerta. Se ve, en aquel antro tan hondo y tan obscuro y tan silencioso, brillar de rato en rato una chispa aquí y otra allá, que son las producidas por otras tantas chupadas a los cigarros en ejercicio... y nada más se ve por mucho que se mire; ni ordinariamente se oyen otros ruidos que algún carraspeo seco, o el crujido de una silla, o la sonada de unas narices. En estos casos, aunque se sabe lo honradas y pacíficas que son las gentes allí congregadas, al pensar en meter la cabeza dentro le asalta a uno el temor de que le agarren por ella manos invisibles que le amordacen y le arrastren más allá, y le lleven, le lleven, hasta la boca de una sima muy honda en la cual le arrojen para que le vayan devorando poco a poco sabandijas y ratones. Cuando la tertulia se deja oír un poco desde el soportal, es porque se hacen (rara vez) comentos de alguna noticia política. Por lo común, el mayor ruido es el murmullo acompasado y dormilento que producen los relatos eruditos o doctrinales del médico o del abogado o de los señores curas. Tienen este bazar y esta tertulia cierto color venerable y especial, y por eso les consagro algunos renglones más que a otras cosas de acá, sabiendo que no le molesto a usted aunque no le diga nada que ignore.
»El relojero Chaves murió años hace; pero queda la relojería donde siempre estuvo, tres puertas más abajo del bazar, lo mismo que usted la conoció. Su hijo, es decir, el del relojero, que es quien está al frente de ella, sabe tal cual su obligación; y, lo mismo que su padre, hace y vende jaulas y ratoneras, y compone cerraduras finas y rosarios, y cura por el método _Le-Roy_, muy acreditado aquí.
»La tienda verdaderamente nueva para usted en los Arcos, es la de un sastre riojano que vino a Villavieja hará cosa de seis años. No lo hace mal, y presta un gran servicio a los villavejanos que, sin pedir primores ni mucho menos, nos veíamos y nos deseábamos antes para vestirnos fuera de aquí; porque pensar que los otros dos sastres que usted conoció y aún quedan, salieran de sus medidas con tiritas de papel, de sus perneras acampanadas y de sus faldones con frunces, era pensar los imposibles.