Chapter 25
--Serán fiel y honradamente transmitidos... Esto engorda, señor don Alejandro...
--Sí, señor don Claudio; y Dios le pague a usted la parte que le alcanza en este bien que recibo. ¡Qué días estos pasados! ¡qué noches!...
--¡Quién piensa ya en esas bagatelas? Ahora, usted a volver la vida a la pobre Nieves, y yo a la botica con la buena nueva. Quisiera tener alas para llegar de un vuelo desde aquí.
--Aguarde usted un instante... Entérese de esa carta que tengo en el bolsillo desde ayer tarde: la que armó la tempestad.
--«Nacho...» ¡Hola! ¿Del sobrinito, eh?... ¡Demonio!... ¡demonio! Este «buen origen» es Rufita González... Sí... justo... la misma... Vamos, tal para cual... Pero, hombre, ¿tenía usted en su poder este comprobante y dudaba todavía?...
--¿Qué juicio forma usted de todo eso, señor don Claudio?
--¿No acaba usted de oírme?... ¿O pretende que se le dé por escrito? Pues aguarde usted un poco.
Sentose don Claudio Fuertes delante del pupitre; cogió pluma y papel, y escribió en un credo algunos renglones que leyó después a don Alejandro Bermúdez, y decían así:
«Mi querido sobrino: Por las sospechas que apuntas en tu carta del tantos, es posible que te convenga mejor que el hospedaje que en esta casa tenías y tienes a tu disposición, el que te reserva en la suya la persona que te fue con la noticia que ha dado origen a tus temores, si es que persistes en tu propósito de venir a Villavieja; pues pudieras haber variado de parecer después de considerar que no tienes derecho alguno ni autoridad suficiente para hacerme la pregunta y las reflexiones que me haces en tu mencionada carta. Tu tío, etc...»
--¡De perlas, amigo don Claudio, de perlas!--dijo don Alejandro recogiendo el papel de manos del comandante--. Me alivia usted de un trabajo engorrosísimo. Al pie de la letra lo copio, y va esta misma noche al correo.
--Si quiere usted que se recargue un poquito la suerte--respondió don Claudio muy serio--, pida con franqueza.
Me parece que sobra con esto. Al buen entendedor...
--Pues entonces me largo a escape... Conque ¿hasta la noche, don Alejandro?
--Hombre, me parece bien la idea: vuélvase, solo por supuesto, un ratito esta noche para darme cuenta del resultado de sus primeras negociaciones.
--Sí, señor, y para saludar a Nieves de paso... ¡Caramba! que también yo soy hijo de Dios.
Se fue el comandante y se quedó Bermúdez en su gabinete un buen rato, palpándose el tronco, atusándose el cabello a dos manos, tomando alientos y moviéndose a un lado y a otro; hasta que se detuvo y dijo, volviendo a llevarse las manos a la cabeza:
--Pues, señor... ¡a ello, y que Dios lo bendiga!
Y salió del gabinete.
* * *
POLANCO, julio de 1890.