Chapter 24
Y se fue derecho a él con propósito de abofetearle; pero al llegar a su lado y verle tan poca cosa y empalidecer de susto, cambió de idea por escrúpulos de su conciencia hidalga, y se conformó, después de volverle de espaldas tirándole de las orejas, con administrarle una descarga de puntapiés, algunos de los cuales le levantaron más de un palmo sobre el encachado de la plazuela. Huyendo de los golpes que le contundían, trató de refugiarse en la iglesia; pero cabalmente comenzaba a salir entonces la gente; y aun quiso su mala fortuna que el primero que salía fuera Nilo Chuecas, el colaborador poeta de los _Cantares tiernos_; el cual, al verse cara a cara con el sabio, le plantó en ella el mejor par de bofetones que se había dado en Villavieja muchos años hacía. Ocurrió también que detrás de Nilo salía de la iglesia _Tapas_, uno de los zapateros _ateos_ admiradores de Maravillas; pero muy devoto rezador al mismo tiempo, y hermano de la Orden Tercera de San Francisco. Era mozo robusto y fuerte, y al ver a su ídolo huir de los puños de Nilo para caer en las punta; de los pies de Leto, fuese hacia éste en actitud de pedirle cuentas de lo que pasaba allí. ¡A buena puerta llamaba y en buena ocasión! Cabalmente estaba Leto deseando habérselas con alguno en quien desfogar sus iras sin que protestara su conciencia por abuso de poder. Y respondió a la interpelación del zapatero con una bofetada que sonó en toda la plazuela, e hizo dar a Tapas tres vueltas en redondo; salió entonces a la defensa del abofeteado uno de los menestrales que contemplaban a Maravillas poco antes, y obtuvo igual recibimiento que Tapas del hijo del boticario, púsose Nilo Chuecas al lado de éste; salieron de la iglesia otros dos ateos de los prosélitos de Maravillas, y uniéronse a los que peleaban por él; fueron entrando en pelea por aquí y por allá gentes que no habían soñado en ello ni tenían por qué soñarlo; comenzaron los gritos de las mujeres y los conjuros de los hombres pacíficos; presentáronse en escena otros dos colaboradores del maldecido periódico; llegó el mancebo de la botica; salió de la iglesia don Adrián, y detrás don Claudio Fuertes, que tomó sitio junto a Leto y comenzó a sacudir garrotazos a diestro y a siniestro; huyeron hacia la izquierda los Vélez y hacia la derecha los Carreños, que tenían un miedo horrible a los alborotos populares; desmayáronse dos Escribanas, una Codillo y Rufita González, y abriéronse todos los balcones que daban a la plaza y llenáronse de gente que se llevaba las manos a la cabeza y estaba sin color y sin pulsos al ver a los combatientes de aquel campo de Agramante, rodar aquí en montón confuso por los suelos, allá esgrimiendo los puños en el aire, acá forcejeando entrelazados, y acullá a Leto y al comandante segando hombres en un espacio de tres varas en rededor, que siempre estaba desembarazado de estorbos. Por todo se reñía allí entonces menos por la obra empecatada de Maravillas, de quien nadie se acordaba ya y de cuyo paradero no se sabía.
Por último, vino el juez de primera instancia acompañado de la Guardia civil; y así y todo costó Dios y ayuda deshacer aquella maraña de carne, y apaciguar las olas de aquel mar encrespado por primera vez en cuanto alcanzaba la memoria de los más viejos de la villa. Créese que influyó mucho en la feliz terminación de la lucha y en el más pronto despejo de la plaza, el haberse oído de repente el silbato de _El Atlante_, anunciando su entrada en el puerto; suceso que arrastró al muelle a la mayor parte de los espectadores de la refriega, y aun a algunos de los combatientes que estaban _desocupados_ en el instante de oírse las pitadas del vapor.
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Mientras estas cosas tan graves ocurrían abajo, arriba, en Peleches, sin tenerse la menor noticia de ellas, también pasaba algo que merece consignarse aquí por remate de la crónica de aquella mañana de eterna remembranza en los futuros anales de la perínclita Villavieja. Fue el caso que don Alejandro Bermúdez, olvidado ya de que había guardado en uno de sus bolsillos el periódico que le habían entregado al salir de misa primera, topó con él a media mañana; y por casualidad, al desdoblarle, quedó ante sus ojos la cuarta plana, como pudo haber quedada la primera. Fijó la vista en el epígrafe _Percance grave_, que estaba en letras de mucho relieve; tentole la curiosidad, y leyó lo que seguía. Se quedó hecho una estatua al concluir. Repasó su memoria... «Justo y cabal», se dijo. Y voló en busca de Nieves, con el periódico en la mano y las gafas en la punta de la nariz.
Sin sentarse y temblándole el papel entre los dedos, leyó a su hija lo del _Percance grave_. Cuando acabó de leer, Nieves estaba pálida, pero atenta y muy en sí.
--En este puerto no hay más que un _yacht_--dijo Bermúdez mirando muy fijamente a su hija por encima de las gafas--, ni más señorita forastera que ande en él, que tú; y para inventada, me parece mucho esta noticia... Después, se da por ocurrido el suceso el jueves, el mismo día de aquéllas mis confusiones... Vamos, que las señas son mortales...
--¡Ojalá--respondió Nieves--, que entonces, como estuve tentada a hacerlo, te lo hubiera confesado todo!
--¿Luego es cierto?
--Si me prometes oírme sin enfadarte conmigo, ni con nadie--dijo ella subrayando esta palabra con una sonrisilla algo forzada--, yo te referiré el caso con todos sus pormenores, que no dejan de ser de importancia.
--Yo te prometo cuanto quieras, hija mía repuso Bermúdez trasudando de congoja y sentándose al lado de Nieves--. Pero cuenta, ¡cuenta, por el amor de Dios! y sácame cuanto, antes de esta terrible curiosidad en que estoy metido.
Y empezó Nieves a relatar; y relatando ella punto por punto todo lo ocurrido aquel día memorable, con la más escrupulosa minuciosidad, y aun recargando los trazos y los colores en algunos pasajes, como si intentara grabarlos hondamente en la memoria y en el corazón de su padre; oyendo él absorto, estremeciéndose a menudo, aterrado en ocasiones, descolorido y suspenso siempre; preguntando y repreguntando a veces para apurar la materia, y llevando, por último, ella y él la conversación a los sucesos domésticos que tuvieron origen en el relatado por Nieves, se les fue pasando la mañana hasta la hora de comer; llegó entonces don Claudio Fuertes, y aconteció lo que el lector verá en el siguiente capítulo, que, si no es el último de la presente historia, ha de andar muy cerca de serlo.
--XXV--
En el que todos quedan satisfechos menos el lector
Aconteció, primeramente, que don Alejandro Bermúdez, sin dar tiempo a que su amigo se sentara, ni acabara de saludar siquiera, le informó de lo tratado allí con Nieves; noticia que alegró mucho a don Claudio, porque había temido, al ver los extraños continentes del padre y de la hija, y al primero con el endiablado papel entre manos, que se hubieran tragado el veneno vertido en su cuarta plana con ese fin por Maravillas. Ventilado aquel punto a la ligera, el comandante dio por supuesto que los señores de Peleches estarían enterados de lo que acababa de suceder en la villa. No tenían la menor noticia de ello.
--Y ¿cuál ha sido la causa?--preguntó Bermúdez después de la ligerísima pintura del suceso, que les hizo don Claudio.
--La causa verdadera y fundamental de todo--respondió éste--, ha sido el artículo que le habrá chocado a usted, por lo desfachatadamente impío, que va a la cabeza del periódico que tiene usted en la mano.
--No he leído de todo él--respondió don Alejandro--, más que la noticia ésta, que nos ha dado qué hablar y qué pensar a Nieves y a mí para toda la mañana.
--¡Hombre!--exclamó Fuertes como si se alegrara mucho de ello--. Pues tanto mejor entonces... a ver, a ver, mi señor don Alejandro: como fiel cristiano que es usted, está obligado a entregarme ese periódico... Venga.
Don Alejandro se le entregó siguiendo lo que le parecía broma de su amigo.
--Y yo--añadió éste--, tengo el deber, como fiel cristiano que también soy, de hacer trizas el papelejo y arrojarlas por el balcón.
Y como lo decía lo iba haciendo.
--Porque han de saber ustedes--prosiguió después de volver a su asiento--, que este periódico ha sido excomulgado desde el altar por don Ventura en misa mayor, con encargo muy encarecido a sus feligreses, de que destruyan cuantos ejemplares lleguen a su poder o vean en el de sus deudos o amigos... Es el demonio el tal Maravillas. ¡Lo que él ha revuelto hoy!
Estando en esto, avisó Catana que estaba servida la sopa.
--Pues mientras ustedes comen--dijo don Claudio levantándose--, les daré cuenta minuciosa de todo lo ocurrido; porque ese solo fin es el que me ha traído aquí a estas horas.
--Lo mejor será--contestó don Alejandro, apoyado enseguida por Nieves--, que coma usted con nosotros.
--Aceptado el envite--dijo Fuertes--, contando con que también se me hará el favor de mandar un recadito a mi casa para que no me esperen.
Así se hizo.
Don Alejandro comió poco y Nieves menos. En cambio don Claudio Fuertes no cerró boca, más, en verdad sea declarado, hablando que comiendo. Refirió el motín y el suceso que le precedió en la iglesia, con todos sus pelos y señales. Hasta Leto y él, y Cornias y el mancebo, y casi, casi, don Adrián, habían tenido que andar en la gresca. No recordaba él haber dado más garrotazos en su vida... ni a los moros de África. Triste era haberse ensañado tanto en sus propios convecinos; pero se habían ido hacia aquel lado todos los ganapanes de Villavieja, y hubo que defenderse y ayudar a los amigos. La botica se había colmado después de desmayadas y contusos; y a don Adrián, y a Leto y al mancebo, y al mismo Cornias, les faltaba tiempo para disponer antiespasmódicos y aplicar compresas de árnica y vegeto, y hasta alguna que otra tira de aglutinante. No se había visto otra ni se volvería a ver tan pronto, en Villavieja. Las gentes formales estaban indignadas con el mequetrefe; y las familias de sus colaboradores engañados, pensaban llevar el asunto a los tribunales de justicia. También se hablaba de tomar alguna medida gubernativamente, por haberse repartido el periódico, sin la debida autorización oficial. Había bastante _tolle, tolle_, contra las Escribanas, por ser cosa corriente que la mayor de ellas había pagado a Maravillas los gastos de la edición. De Maravillas se afirmaba, y sería verdad, que había huido de Villavieja durante lo más recio de la refriega, a uña de caballo, hacia la ciudad. Su padre había cerrado la taberna, muerto de miedo; y desde una ventana de arriba había declarado al pelotón de curiosos que le apostrofaban desde abajo, que estaba dispuesto a comerse todos los ejemplares del periódico que se le presentaran, si con ello se calmaban las iras reinantes contra él. Del hijo, que no se le hablara: era un trastuelo, un hereje, que tenía que acabar mal si no cambiaba de ideas, como se lo tenía él bien advertido... Se creía que bajaría muy poca gente por la tarde a ver el vapor que había entrado; porque los espíritus estaban muy soliviantados, y se aguardaba en el Casino un lleno después de comer, y quizá algún disgusto entre los chicos colaboradores, que ardían, y cualquiera que tuviera la mala ocurrencia de «tomarles el pelo» o defender al fugitivo. En fin, que podía dar juego todavía el programa del sabio Maravillas. El pobre don Adrián no había salido aún de su espanto. Leto, después del desahogo que se había dado a todo su gusto sobre Maravillas y sus defensores, estaba ya tan sereno y en sus quicios ordinarios; a él, a don Claudio, con verle bastaba.
Se continuó hablando del suceso; acabose antes que el tema la comida; retirose Nieves de la mesa; alzáronse los manteles; sirviose el café a los dos comensales que quedaban en ella; tomáronlo, bien interlineado con sorbos de excelente licor y chupadas a muy exquisitos habanos; y a medio consumir éstos aún, rogó don Alejandro Bermúdez a don Claudio Fuertes que pasara con él a su gabinete, porque tenía que hablarle en secreto de cosas de sumo interés.
Encerrados ambos, muy picado de la curiosidad don Claudio Fuertes, y muy preocupado, pero muy sereno y armado de resolución don Alejandro Bermúdez, dijo éste:
--¿Usted había notado algo de esa que podemos llamar enfermedad de mi hija, que yo descubrí, y de la cual le hablé anteayer en este mismo sitio?
--¡Pshe!--respondió don Claudio después de meditar un instante y comprendiendo, por el tono de la pregunta y por el aire de Bermúdez al hacerla, adónde iba a parar éste con el asunto en aquella ocasión--; algo, algo, no era difícil de notar: ya ve usted, a perro viejo... Pero cuando me convencí de que lo había, y mucho, quizá sin haberlo notado ninguno de los dos, fue cuando él, espantado con la idea de que pudiera llegar a oídos de usted la noticia del suceso que Nieves le ha referido hoy, me buscó para referírmele a mí en el mayor secreto, ¡Qué cosas adiviné entonces, don _Alejandro_! y francamente, ¡qué grandes y qué hermosas y cuán de admirar en aquel noble y valiente muchacho!
--Sí, señor--dijo Bermúdez sacudiendo con el dedo meñique en un cenicero de porcelana que había sobre la mesa--escritorio, la ceniza de su medio cigarro:--para que nada falte en este malhadado asunto, hasta hay de por medio su rasgo de novela; ese toque romántico del salvamento de la protagonista.
--¡Buen romanticismo nos dé Dios, señor don Alejandro! ¡Romántico un lance de una realidad tan tremenda, que todavía me pone los pelos de punta cuando le recuerdo en toda su imponente sencillez!
--¿Los pelos de punta, eh? Mire usted los míos, don Claudio, que aún chisporrotean desde que oí el relato hecho por Nieves. ¡Y si viera usted cómo está la sangre de mis venas, y lo que pasa en el fondo de mi corazón, y las ideas que hierven en mi cerebro!...
--Por visto, don Alejandro, por visto. Pero le he oído a usted calificar de malhadado el asunto principal, y me voy a tomar la libertad de decirle que no hallo el calificativo arreglado a justicia.
--¡Canástoles!... ¿Cómo que no?
--Pues como que no.
--Yo tenía mis planes, señor don Claudio; yo tenía mis planes.
--Corriente: tenía usted sus planes.
--De lo que me dio a entender mi hija el viernes; de lo que ayer sábado me declaró sin ambages, y de lo que hoy ha dejado traslucir en su relato, se deduce que su enfermedad, como le he dicho a usted antes, no tiene más que un remedio; y ese remedio es incompatible con los planes que yo tenía.
--Y ¿qué iba usted buscando en esos planes, señor y amigo mío? ¿el bien de su hija o el bien del otro?... Entendámonos: dando por hecho que yo tengo noticias de esos planes, porque ciertas cosas no se pueden ocultar.
--Concedido, y me parece ociosa la pregunta de usted. ¿Qué otro bien he de perseguir en esos planes, sino el bien de mi hija?
--Conformes; pero verá usted cómo no fue mi pregunta tan ociosa como cree: ¿qué garantías le han dado a usted de que la felicidad de Nieves ha de hallarse por el camino de esos planes?
--Hombre... cuantas pueden darse en un caso así.
--Ninguna, señor don Alejandro, ninguna. Usted solamente conoce a su sobrino... porque del hijo de doña Lucrecia se trata, ¿no es verdad?... Corriente: usted no conoce a ese sobrino más que por el retrato, por sus cartas y por los elogios que de él le habrá hecho su madre; y todo esto es muy poco.
--¡Poco?
--Sí, señor, muy poco... nada; porque con todo ello junto, y a pesar de las ponderaciones honradísimas de su madre, sin que ella lo sepa puede ser el chico un perdulario, o llegar a serlo, o un descastado, o un hombre inútil y un detestable marido...
--¡Eche usted, canástoles! ¡eche usted más peste si le parece poco todavía la que ha echado sobre el pobre chico! Amigo de Dios, llevando las cosas a tales extremos...
--He hablado en hipótesis, señor don Alejandro, y nada inverosímil por cierto... Y ¡qué demonio, hombre! desde luego puede apostarse la cabeza a que ese caballerito, con todos sus caudales y sus vuelillos y hopalandas de letrado, no es capaz de arrojarse a la mar para sacar de ella a su prima, como lo ha hecho el otro.
--¡Bah!... Ya salió otra vez el rasgo novelesco.
--Porque ha venido al caso que salga; no por lo que tiene de novelesco, que no tiene nada, como usted mismo cree, aunque no me lo confiese, sino como revelación del alma más noble y generosa que ha encarnado en cuerpo humano.
--¡Qué entusiasmos, hombre!... No parece sino que todos...
--Es justicia, señor don Alejandro, créalo usted; y porque viene a pelo.
--De todas maneras, yo tengo mis compromisos con mi hermana desde muchos años hace, y su hijo viene a España confiado en la seriedad de ellos.
--¿Se habían formado esos compromisos con el consentimiento de Nieves?
--Siempre estuve en cuenta de que sí; pero al oírla a ella ahora, resulta que no.
--¿Y es posible que usted, el mejor de los padres y el más caballero de los hombres... (sin asomo de lisonja, señor don Alejandro) sea capaz de conceder más importancia a esos compromisos, mal contraídos, que a las repugnancias de Nieves a sancionarlos? ¿Quién, que le conozca a usted como yo, ha de creerlo?
--Nadie, ¡canástoles! nadie; porque yo tampoco lo creo; pero ¿por qué, con planes o sin ellos, se me ha atravesado este estorbo aquí? ¿Por qué no han ido las cosas por sus pasos contados?
--Y ¿qué más contados los quería usted, don Alejandro? Se han hallado sin buscarse; se han tratado sin pretenderlo; se han entendido sin explicarse... ¡Sí hasta parece providencial, hombre! créalo usted.
--No me refería yo a esos trámites ni a ese asunto, sino a que el otro, si no cuajaba, se hubiera deshecho aquí por la buena y de común acuerdo, sin la menor alteración en nuestra vida y costumbres. Eso quería yo, y no esta inesperada complicación que lo echa todo patas arriba. Porque no hay que soñar en arrancarla la idea: la tiene arraigada en lo más hondo; la coge en cuerpo y alma. ¡Y tratándose de un carácter como el suyo, tan entero, tan equilibrado y firme!... ¿Quién demonios había de pensar que la diera por ahí?
--Pero, hombre, cualquiera que le oyera a usted pensaría que Nieves había puesto sus ojos en algún foragido... ¡Caramba! dele usted a Leto el caudal del mejicano, y a ver si hay mejor acomodo que él para una chica soltera, en todo el orbe conocido... ¡Y como usted es pobre, gracias a Dios!...
--No es eso, señor don Claudio, precisamente... Mire usted: por de pronto, es una niña todavía...
--Así y todo, estaba usted dispuesto a que se la llevara su primo.
--O no se la llevaría, señor don Claudio, aun suponiendo que mis planes hubieran prosperado; porque entre acordarlo y realizarlo, puede haber otra vuelta a Méjico, que no está a la puerta de casa; y con unas dilaciones y con otras y tan separados los dos, un año se pasa pronto; mientras que este otro lío no da aguante...
--¿Tanta prisa tiene ella, don Alejandro?
--Ninguna: por su gusto, a lo que yo la entiendo, se pasaría toda la vida como ahora... y lo creo; pero ¿cómo deja usted las cosas así y en continuo trato los dos?...
--Ciertamente...
--Pues vuelvo a lo dicho: es una niña todavía... ¡y decir a Dios que al primer vuelo... del nido a la rama, como si dijéramos... ¡zas!
--¿Y qué, cayendo, como cae, en blando?
¿Está usted seguro de que al tercero o cuarto... o vigésimo vuelo, después de metida en las espesuras del mundo, y con más años y más apetitos encima, hubiera caído mejor?
--Además, hombre, ¡qué canástoles! cuando yo empezaba a recrearme en ella, recién educada con tantas precauciones y tantos cuidados...
--¿Y, por ventura, se la roban a usted de casa para llevársela por esos mundos afuera... a Méjico, verbigracia, donde no la vuelva a ver en muchos años... o nunca quizá? Si hasta por ese lado sale usted ganando en la nueva jugada; pues lejos de quedarse sin la única hija que tiene, adquiere otro hijo más, que le acompañe y le quiera y le venere... ¡Ah, caramba, si yo me viera en pellejo de usted! (cuántas veces me lo he dicho y se lo hubiera dicho a usted autorizado para ello, como ahora lo estoy, desde que sigo de cerca este pleito y he estudiado los autos con interés); ¡si me viera yo en su pellejo!....
--¿Qué haría usted en ese caso?
--Pues haría... ¡qué demonio! lo mismo que va usted a hacer, sólo que yo lo hubiera hecho desde que noté el primer síntoma de eso que usted llama enfermedad de su hija.
--Pero, hombre, si, por errarla en todo desde que llegué a Peleches tan atiborrado de ilusiones, hasta me ha fallado la máxima que yo consideraba infalible.
--¿Qué máxima?
--Aquélla de los aires puros... ¡Lo que yo la he ventoleado!
--Vamos, señor don Alejandro: hoy no da usted pie con bola, y todo lo mira del revés. ¡Decir que le ha fallado la máxima cuando acaba de cumplírsele al pie de la letra! ¿Qué pensamientos más nobles ni mejor colocados quiere usted en una mujer, que los que han infundido en Nieves los aires de Villavieja?
--Pero no son los que traía de Sevilla.
--Prendidos con alfileres, y no tan buenos; luego aquí han mejorado y echado raíces. Si no tiene escape, don Alejandro; y aunque le tuviera, ¡voto al draque! por el bienestar de una hija se tragan bombas con espoleta, cuanto más insignificancias como la de la máxima esa, que no es artículo de fe y menos entre cristianos... Y dígame ahora con toda franqueza y hablando en perfecta seriedad, ¿desde cuándo siente usted esas tentaciones tan fuertes de transigir?... Porque anoche estaba usted duro como una pena.
--Desde anoche mismo; desde que oí al pobre don Adrián. La compasión que por él sentí y ¿a qué negarlo? lo que de él aprendí oyéndole, me despejaron mucho los nublados de mi cabeza, y pude así ver y estimar las cosas con mayor serenidad. Después, la verdad sea dicha, el acto de su hijo, referido por Nieves esta mañana; las reflexiones a que esto me ha traído, ¡tan hondas, tan complejas!... En fin, hombre, ¿a qué canástoles hemos de andar en más pamemas?: le aseguro a usted que si no fuera por la contrariedad del arrastrado compromiso viejo y el temor de que mi pobre hermana Lucrecia, a quien ya no le cabe en la piel de puro gorda que está, estalle con el disgusto...
--Eso, señor don Alejandro, es llevar los escrúpulos a lo increíble; y, si usted un poco me apura, hasta meterse en los designios de Dios... Demos de lado esos óbices nimios o pecaminosos; y dígame, tomando las cosas donde las circunstancias y la voluntad de Dios, sin duda alguna, las han puesto, ¿conoce Nieves esas buenas disposiciones de usted?
--Conocerlas, así como suena, no; pero contar con ellas, de fijo. ¡Pues es tonta la niña, y no me tiene bien estudiado que digamos!... Y ¿qué tal cara pondrá el otro?...
--¿El de Méjico?
--No, el de acá.
--¡El de acá! ¡Leto?... Mi señor don Alejandro, ¿puede usted imaginarse la cara que pondrá un santo al entrar en la Gloria eterna?
Pues, en la proporción debida entre lo celestial y lo más noble de lo terreno, esa cara será la que ponga el hijo de don Adrián cuando sepa que los montes se le allanan...
--Y don Adrián, ya que usted le menciona, ¿cómo lo tomará?
--Ese debe darle a usted más miedo en este caso que doña Lucrecia. Si lo toma a la altura de lo que le quiere a usted y admira a Nieves, ¡pobres de nosotros! Pero tampoco en este reparo debemos detenernos: la muerte por hartazgo de felicidad es envidiable.
--¿Le parece a usted que solemnice las paces con ellos comiendo juntos aquí?
--Antes con antes.
--Mañana mismo.
--Yo empezaría con unos preliminares esta misma noche.
--No, señor: esta noche, y aun esta tarde, las necesito yo para negociar con Nieves y ponernos de cabal acuerdo los dos.
--Me parece bien; pero de todas maneras, yo reclamo para mí el altísimo honor y el regalado deleite de ser en la botica el mensajero de tan buena nueva. ¡Se las he dado tan amargas a los dos excelentes amigos en estos últimos días!...
--Concedido con toda el alma.
--Pues sélleme usted las credenciales con un apretón de manos.
--Ahí va la mía, y el corazón con ella.
--Un abrazo además.
--¡Y bien apretado, canástoles!... y otro para cada uno de ellos, a buena cuenta.