Al amor de los tizones

Part 2

Chapter 22,063 wordsPublic domain (Wikisource)

-Anda, anda... -suspira el Polido-, será... Vamos, con esta jartura que tengo ni veo el ite de las cosas. Cuatro güevos, dos torrendos y media vara de longaniza me he triscao para cenar...

-Anda, anda -murmura Tanasio-. Hombre, aunque sea mala pregunta, ello ¿es cosa de comer?

-No.

-¿Es animal u persona humana?

-Es semoviente de por sí mesmo y finca imponible en contrebución terrentorial -contesta Cencio con su aire habitual de importancia.

-Apara, apara... y luego allega a la villa -refunfuña el desmemoriado tío Ginojo.

-No, señor: es «anda, anda y nunca llega a Miranda».

-¿Y qué sabe uno onde está Miranda?

-Tiene razón -dice Sabel-. Si fuera la villa lo conoceríamos mejor, y podría ser...

-El mercao -añade Mari-Juana.

-O la deligencia -dice Chiscona.

-He dicho que es semoviente de por sí mesmo y finca imponible en contrebución territorial -repite Cencio.

-Pus me doy -exclama tío Ginojo.

-Y yo. Y yo. Y yo -añaden otros varios.

-Pus yo no -dice Pólito, dándose un tremendo puñetazo en la rodilla- ¿Cómo espienza?

-Por mo -contesta Cencio.

-Mo, mo, mo... -repite tío Ginojo-. Si fuera ma, ma, ma, sería, pinto el caso... pero mo, mo, muy arrevesao es.

-Mo, mo, mo -se canturrea por todos los rincones.

-¡El marrano! -grita Pólito como si hubiera resuelto la dificultad.

-He dicho que empieza por mo.

-Pus por lo mesmo.

-¿Y marrano declina mo en primera instancia, animal?

-Pus si no, no sé lo que es...

-Vaya, vos lo pondré más claro: moli, moli, moli...

Dos voces:

-Molinero.

-Cerca andáis.

Toda la hila a coro:

-¡Molino!... ¡El molino!

-¡Hombre! ¡qué gracia!

-Pus no me satisface -protesta Pólito-, porque al molino se llega en cuatro zancás, y tú has dicho que nunca se llega a Miranda.

-¡Virgen, qué caráiter de riflisión que tiene este hombre! He dicho: «Anda, anda y nunca llega a Miranda». ¿No está el molino rueda que rueda todo el santo día de Dios sin moverse de su sitio?

-Sí que lo está.

-Pues ahí tienes cómo no puede llegar a Miranda ni a denguna parte.

-¡Vaya una cencia que tien la adivinilla! -gruñe tío Ginojo- ¡Y pa eso le despiertan a uno!

-¿No decía usté que era tan arrevesá?

-Como tú la ponías, sí.

-Pos si lo estipulara claro desde su descomienzo, buena habilidad sería dar con el ite.

-¡Taday!¡Chapucerías que no valen un anfiler!

Dice tío Ginojo, hunde la segunda pierna en la jornía y vuelve a dormitar.

Otras dos o tres adivinillas más vuelven a poner a prueba el ingenio de los tertuliantes; pero no se resuelve ninguna sin que Cencio diga la mitad del nombre de la cosa en problema.

No falta allí su párrafo de discreteo, que suelen provocar Gorio y Sabel, especialmente mientras el primero tiene el huso para que la segunda devane lo que lleva hilado, o Silguero y Clavellina en igual o parecida ocasión.

Por ejemplo:

-Muy gordo hilas, Sabel.

-Pa quien es mi padre basta mi madre.

-Mucho te abajas.

-No es porque tú me alevantes.

-¡No fuera malo!

-Pa que te lijaras...

-Buena bizma conozco yo que me sanara en un contao...

-Esa bizma no tiene tanta vertú.

-Más de la que tú piensas.

-¡Cómo no!...

-¡Juy, quién fuera capitán de ese regimiento!

-Este regimiento se gubierna él solo tan guapamente.

-Pero la soledá es muy triste.

-Más vale solo que mal acompañao.

-Se estima la fineza.

-No apretes el huso, que se va a cascar el hilo.

-Es que me hace cosquillas en la palma de la mano.

-Muy fino tienes el pellejo.

-Más que el corazón, que a puro desaire de una que yo sé, se va pusiendo más recio que el cuero de una mochila.

-¡Jesús, qué antusiasmo!

-¡Calla, ingratona!

-¡Taday, trapacerón!

-¡Olé, rrracataplán!

(Risotada general.)

También se paga su tributo a las modas. Un cintajo en el pelo de Sabel, un fruncido nuevo en las mangas del jubón de Clavellina, que al punto llaman la atención de tía Cimiana, bastan y sobran para excitar el entusiasmo artístico de la rústica modista.

-Vaya, que el diañu seis las mozas de ahora. Ca día vos ponéis un amenículo nuevo. De modo y manera que una se despistoja para cortar bien un vestido, y al cabo le salen a usté con que le falta esto o le falta lo otro, y de que no está al estilo, y que torna y que vira. ¡María, hija! Endenantes daba gusto: sabía usté que la mejor gala de una moza era la saya de baeta y el jugón de alepín respulgao de pana. De dos tirones amañaba usté los paños de la saya, hilvanaba usté los plegues, la ponía sobre el jergón, y mejor debajo de un colchón si la cama le tenía, dormía usté tres o cuatro veces encima, y la sacaba usté que daba gloria verla puesta, de cómo caían aquellos plegues. Pero ¡ya te quiero un cuento hoy! ¡El Señor me valga! Ya too el mundo quier el vestío, y tan aina angosto de manga como ancho, tan aina con floriqueteo por las muñecas, como con trencillas por abajo. ¡Como que no pierdo romería ni mercao por el aquél de ver lo que se usa y poder estar al tanto del estilo pa servir a estas chapuceras presomías!... Y entovía rejonfuñan... porque, las condenas de ellas, ca una quier una cosa diferente y trae un antojo destinto... Malos demónchicos vos lleven nunca ni no... que si no fuera porque, aunque me esté mal el decirlo, sé cumplir con mi obligación, muchas veces había de pensar que se me había olvidao coger las tiseras en la mano. Dimpués de too, si habiesis ganao algo en el cambio, juera too por Dios; pero el Señor no mampare si no paicéis sandifesios con los mingorondangos de abora. ¡Josús, hijas, quién vos vio con aquellos rutajos de endenantes tan asentaos al cuerpo y tan plegaos, y quien vos vei con esos etelajes de señoras mal acomparás, que si vos los coge una barda en da que calleja, vos deja esnugas en un periquete... ¡Si vos digo que tien que ver!

Se hace asimismo tal cual excursión por el campo de la política, y entonces lleva la batuta Tanasio.

Tanasio, como carretero, está frecuentemente en Santander, donde tiene por íntimos amigos a dos coraceros, o descargadores de carros, que le enteran, a su modo, de los sucesos más notables de que ellos tienen noticia. Además, mientras está en un escritorio aguardando que le den una guía o le paguen otra, no pierde ripio de cuanto allí se habla, si es de política. De esta manera, con datos adquiridos tan a retazos y en fuentes tan heterogéneas, forma el curioso carretero los argumentos de sus narraciones políticas, que son la delicia de tío Selmo, del Polido y de Gorio.

-Y ¿qué se sabe de por esos mundos, Tanasio? -pregunta el primero aprovechando uno de los pocos instantes de silencio en que queda la hila.

-Pus por la presente -dice el interpelado-, mucho paez que hay regüelto al respeuto de guerras.

-¿Cacia onde? -interpela el Polido.

-Ello hacia extranjería debe ser, según se corre.

-Y ¿a qué mano cae eso, si se puei saber?

Aquí es de rigor que entre Cencio.

-Extranjería es por tierra de Francia, y también de rusios y de purcios.

-Y ¿qué se pide?

-Pus too ello -continúa Tanasio-, paez ser que resulta de piques entre los reyes.

-¿A respeuto de qué?

-De sus mases y sus menos, por si lo de acá es mío u no lo es, o si quiero esto u lo otro. Paez que el francés ha ofrecío combate y los otros no han querío entrar.

-Y ¿quién son los otros?

-Pus los de Ingalaterra por un lao, y por el otro los ensalzaos, que quieren cerrar toas las iglesias.

-¡El Señor nos libre de ello, amén! -exclaman, santiguándose, las mujeres.

-Toma, como que diz que el Papa Santo de Roma ha tenío que salir un día al balcón a echar un pedrique a una porrá de herejes que ya estaban apedreándole los cristales del palacio.

-¡María Santísima!

-¡Mucho hereje, mucho, paez que hay por ese mundo!

-¿Y al auto de qué ha pedío combate el francés?

-Pus al auto de lo que vos he dicho.

-Pero ¿contra quién va?

-Contra los ensalzaos.

-Yo pensé -dice el Polido-, que el francés era hereje.

-Lo fue en sus prencipios -observa Cencio-; pero se convirtió.

-El Señor le ampare -dice Mari-Juana.

-Amén -añaden las demás mujeres.

-Pus bueno -continúa Tanasio-; ahora resulta de que como los ensalzaos no quieren entrar, nusotros los españoles paez que estamos abocaos a juzgarlos pa que entren, porque resulta que el francés es poderoso, y el caso es echarle allá los ensalzaos pa que dé cuenta de toos. Por otra parte, diz que estos ensalzaos tienen hasta reyes de herejes que sacan la cara por ellos, y a mi modo de ver el francés se va a ver mal con tantos, y puei que tengamos que darle ayuda. Por eso vos decía que al respeuto de guerras hay por la presente mucho regüelto.

-Y ¿qué le costará al probe labrador too ese laberiento?

-Pus aticuenta que algunos cuartos más de los que hoy paga.

-¿Pero no sacarán soldaos cada mes?

-Se cree que no, porque de eso, como ya toa la tropa en España es de cristinos, tenemos sobrao pa hacer frente a toa la extranjería del orbe tirraquio. Toma, pus por eso naide se mete en el mundo con nusotros... salvo los de Morería, que bien caro les costó hace poco.

-¿Que si les costó? ¡María Santísima! -salta Gorio, que guarda como una reliquia la cruz de San Fernando que ganó en los campamentos de Tetuán-. Figúrese usté...

-Mira, Gorio -le interrumpe tío Selmo-, nos lo has contao más de treinta veces y hemos llorao más de seis oyéndolo; pero ya lo sabemos de memoria.

-Quiere decirse que soniche, ¿no es verdá? Vamos, que cierre el pico.

-Por esta noche, sí.

-Pus sacabó la historia.

-Ello resulta de que no sacarán por ahora más soldaos, ¿noverdá, Tanasio? -pregunta una de las mujeres.

-Vos digo que no hay ningún cuidao.

-Pus mientras no lleven de casa a los hijos de su madre, y los males se remedien con dinero, vengan males a porrillo y salú nos dé Dios, que, al cabo, de probes no hemos de salir.

A veces se juega entre los más aficionados dos cuartos a la baraja, a tres juegos hechos a la brisca o a la flor de cuarenta. Entonces de cada real que se cruza se deja en fondo un cuarto para pagar la ballena que consume el candil con que se alumbra la hila.

En noches de días festivos, por aquello de que no se puede hilar y de que «donde va la soga que vaya el caldero», se echa un ligero reparto entre los contertulios y se consume en la hila una azumbre de lo tinto, que equivale a dos en sangría, como ha de estar para que lo prueben Sabel y Clavellina, en cuyo obsequio se bautiza y dulcifica siempre el vino.

Y con éstos u otros lances por el estilo y tal cual prefacio que entona Silguero a ruegos de la tertulia, se disuelve ésta todas las noches antes de las once, yéndose cada concurrente en paz y en gracia de Dios a su casa, bendiciendo al primero a quien se le ocurrió la manera de pasar tantas, tan baratas y tan agradables horas al amor de los tizones... uno de los cuales se lleva siempre tío Ginojo, porque dice que, manejándole como él sabe manejarle, no hay lobo que pare en dos leguas a la redonda.

Conque, imparcialísimos lectores, me parece que después de lo que ustedes han visto y han oído en casa de tío Selmo Lombío, no podrán menos de concederme que si haciendo literatura, y música, y política, y galanteos, y chismografía, y sorbiendo y jugando es como mejor se utilizan las largas noches del invierno, a este propósito las hilas de la Montaña no tienen nada que aprender de las soirées del «gran mundo», ni que envidiarles... si no es la pluma de ámbar y batista con que las cantan los Pedro Fernández de la prensa aristocrática.

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