Chapter 1
A Arturo Cancela
Al finalizar el siglo XVIII, fue terror de la Sierra Grande que dominaba desde su misteriosa guarida del Champaquí, el bandido cordobés Nazario Lucero.
El cerro famoso, con su laguna que "brama" cuando lo pisa el forastero, sus nieblas de extravío, que "salen" justamente de la cumbre como espectros allí agazapados para inducir al caminante por el despeñadero fatal, y su permanente estado de repulsión eléctrica, que engendra el granizo sin nubes y ahuyenta a los cóndores, hallábase entonces cubierto hasta su mitad por tupida selva donde no lograba penetrar el mismo viento: tanta era, decían, la trabazón de la arboleda.
No podía haber elegido el bandolero mejor fortaleza natural, y la leyenda habíase encargado de aislarla más, con el terror del sortilegio. Conforme a ella, el siniestro morador debía poseer las palabras que amansan al cerro, y que probablemente le había enseñado aquella vieja Donata de la vecina población puntana de Merlo, en cuyo rancho, según creencia general, pernoctaba a veces; pues sospechábanla bruja, a causa de sus conocimientos en hierbas y de sus ausencias inexplicables que un arriero aclaró sin querer, hallándola a gran distancia en cierta choza mal afamada del pago de Sabira, allá por la sierra cordobesa del Norte; y como según las fechas de la noticia, no puso ella más que una noche en volver, haciendo más de cien leguas, juzgáronla bruja voladora, de esas que transformadas en cuervos nocturnos suelen pasar por la obscuridad, aflautando con lúgubre confusión su charla sardónica.
Poco a poco fue embrollándose también el tipo que atribuían al salteador.
Unos dábanlo por rubio y casi endeble, asegurando haberlo conocido antes que se entregase a la vida bandolera. Otros pintábanlo ya maduro, moreno, picado de peste. Otros, todavía mulato, recio, mal engestado, presumido de cantor. Hasta mencionaban señas particulares: zarco de un ojo, cortado en el carrillo izquierdo…
Lo cierto es que nadie conocía en los pagos su verdadera filiación, salvo los jueces y alcaldes comarcanos a quienes habíalo comunicado bajo reserva la autoridad superior; pues, por simpatía o por miedo, los vecindarios solían ayudar a los delincuentes de esa calaña.
Uno que otro comerciante, enterado a su vez, avisaba siempre demasiado tarde la llegada del gaucho a su pulpería; no sólo porque éste presentábase siempre de sorpresa, sino al frente de la gavilla que se dispersaba al partir, dejando, probablemente, espías en el contorno. Los más preferían, en consecuencia, entregar las provisiones o el dinero que se les demandaba, y callar, aunque el bandido nunca imponía la promesa del silencio. En cambio, era durísimo su rigor con los delatores; y más de un cadáver colgado en las encrucijadas había acabado por infundir a todos el respeto de su venganza infalible. Degollados por un corte peculiar, que se llevaba la habladora lengua, aquel tajo era su marca: la marca de flauta, como decían, aludiendo simultáneamente a la muesca gargantil del pífano rústico, y al "canto" de la denuncia.
Sólo por esto, y en pelea, mataba, y jamás había ofendido a criaturas ni a mujeres. Más de una vez, al contrario, hizo justicia por cuenta de desvalidos que nunca llegaron a ver la mano tremenda. Robaba siempre en grande, es decir, a los ricos, lo cual atraíale secreta popularidad que fomentaba tal cual rasgo caballeresco en sus aventuras de pillaje o de sangre.
La última que se contaba era característica.
Resuelto el saqueo de una estancia perteneciente nada menos que a la suegra del juez de alzada local, llega con su gavilla en el momento de un baile de cumpleaños; y por no molestar a las muchachas que se divertían, permanece gran parte de la noche tendido a poca distancia, con el montado de la rienda, casi sobre el patio delantero, hasta el fin de la diversión. Sólo cuando los concurrentes se han retirado en seguridad, rodea la casa y hunde las puertas a encuentro de caballo.
Quince días después, atrevíase a presentarse en la propia casa de aquel funcionario, con motivo de otra reunión del mismo género, aunque en son de paz y dándose por comprador de ganados que recorría la comarca con sus peones: cinco paisanos de buen porte, quienes desensillaron lejos, por no estorbar, dada la gran concurrencia.
El baile, diurno esta vez, como que iniciaba las fiestas de carnaval, hallábase en lo mejor, al sobrevenir de las quebradas olorosas que iban llenándose de serenidad azul, la frescura de la tarde.
Nadie sospechó la audacia, como no fuese acaso, el juez, quien, entonces disimularía sintiéndose dominado por los bandidos; pero, esto fue mera suposición de los comentarios posteriores al incidente, y vale más presumir a la autoridad tan engañada como los otros, dado que ni conocía al gaucho personalmente, ni habríase acobardado, quizás, por carecer de fuerzas, sin intentar algo al menos con sus numerosos domésticos y convidados.
Lo cierto es que el desconocido agradó desde luego con su simpática desenvoltura.
Su pinta señoril no escapó a la primera ojeada de aquellos hidalgos montañeses, preocupados del linaje con absorbente prolijidad. Esbelto hasta parecer más aventajado en su mediana estatura, fundida en bronce a rigor de sol la tez, su obscuro cabello, partido a la nazarena, suavizaba con noble mansedumbre la tersura de la frente. Pero, bajo las profundas cejas que hispía por medio permanente contracción, imprimiendo a su fisonomía la torva fiereza de un ceño de gavilán, sus ojos verdes clavaban con lóbrega intensidad un rayo de acero. En aquel engarce felino, las pupilas de negra luz parecían retroceder tras la emboscadura de la barba que caía en punta sobre el pujante pecho, acentuando una impresión casi fatal de audacia y dominio. Dijérase que una elástica prontitud estaba vibrando en sus muñecas delgadas. Su elegancia retenía, sin abandonarse jamás, un evasivo apronte de salto. Pero todo esto sin ansiedad ni felonía, antes con una poderosa confianza que parecía exhalar su pausado aliento. Su traje gaucho, completamente negro, acentuaba la prestigiosa impresión.
Y cuando salió a bailar con la hija del dueño de casa un gato de cumplimiento, disculpándose por no saber más danzas que las campesinas, y por no quitarse las espuelas, descortesía que sorprendió, aquel doble detalle gaucho tornólo más interesante, al contrastar con su pie de raza y con sus largas manos que granizaban la fuerza en castañetas inauditas. Nunca se vio cintura más fina bajo el tirador de ochenta patacones, ni gentileza igual en un arreo campestre.
Mas, para satisfacción del orgullo comarcano, su pareja era digna de él.
Andaba por esos pagos, quién sabe hasta dónde, la nombradía de muchacha tan hermosa.
Y a fe que la merecía, no obstante su orgullo, justificado por la décima cuyo final lloraba la desdicha de un poeta inconsolable:
Y hundido en mis desventuras, he de mirarla más bella, que es condición de la estrella brillar desde las alturas.
Había que ver la líquida claridad de aquellos ojos garzos en aquella pensativa palidez de azucena. Y bajo los cabellos castaños que difluían un leve matiz de miel, la pureza angelical del rostro ligeramente entristecido de perfección, como todo lo que la belleza aísla al divinizarlo.
A la ondulación de la falda cándida, parecía deslizarse, que no andar, como flotada en un lejano resplandor. Profundizábase en su mirada el misterio del agua crepuscular; y sonreía en sus labios de alzada comisura juvenil, aquella ironía virginal que se endulza, como soñando, a la sombra de la pestaña.
Ternura no exenta de recóndita altivez que era el temple de la fibra castiza, visible, como el del acero, en el azul de la sangre hidalga. Así su encanto adquiría un predominio de excelsa flor, manifestando en su propia delicadeza aquella trágica vocación de las almas nobles, que parece erigir en su alabarda sangrienta la belleza casi cruel del lirio heráldico. Nada extraño, pues, que al pasarle la guitarra al forastero, éste le dedicara, visiblemente, las audaces décimas que el recuerdo ha conservado, y que sólo pudo disculpar el respeto de la poesía:
Si pude tomar por vida lo que hasta hoy fue la cadena con que el hastío y la pena tuvieron mi alma rendida, ventura desconocida descubrí en mi propio ser, desde que llegué a saber, por tus hechizos cautivo, que para quererte vivo, porque vivir es querer. Antes que dejar de verte después que te vi, alma mía, gustoso preferiría las tinieblas de la muerte. Nudo al lazo de mi suerte quiso así el hado ceñir; con que, si llego a partir, ausente de ti me muero. Ley de Nazario Lucero te lo jura hasta morir.
Y ante el asombro casi hostil de la concurrencia, ahuyentó los recelos, comentando en tono jovial:
–Creía que anduviesen ya por estos pagos las décimas del bandido del Champaquí.
Poco rato después, la joven debía conocer el secreto de aquella dedicatoria con que el desconocido le acababa de cantar la vida y la muerte.
–¿Conoce usted a ese gaucho? –habíale preguntado con natural interés, en un aparte que los obligó la abundancia de parejas.
–Bastante –dijo él con una sonrisa–, pero me interesa más hablar de otra cosa. Hace mal, Águeda –prosiguió, nombrándola con audacia–, en atender a ese muchacho que la corteja.
–¡Pero si es mi novio!… –respondió ella, extrañadamente distraída ante aquella familiaridad que cualquier otra vez habría recibido como un ultraje, y que no advirtió, en la preocupación de seguir con los ojos a las criadas ocupadas de encender los candelabros.
–¿Su novio? ¿Y dónde está ahora? –indagó el forastero, mientras observaba con veloz reojo la noche cerrada ya.
–En Córdoba. Fue por las dispensas, porque somos primos.
–Así me explico su indiferencia con usted la otra noche, en el baile de misia Marta.
Bruscamente, había ella comprendido.
–¿De modo que usted?… –musitó, guardando, sin saber por qué, el secreto terrible.
El gaucho, sin contestar, sentóla delicadamente, contando con lo que tardaría en reponerse de su impresión.
Ganó la puerta como una sombra, y deteniéndose allá, silbó tres veces, misteriosamente, a la noche.
Luego, tornando ante la joven, inclinóse con una sonrisa, para decirle en voz baja, pero imperiosa:
–¡Si se mueve o grita, los pierde a todos!
Pasó un minuto en la distracción de la danza y de las conversaciones más animadas que nunca…
Y de repente, mugió, afuera, anómalo torbellino. Brusca ráfaga embocóse por la puerta, apagando las bujías; cinco o seis trabucazos paralizaron toda acción entre el griterío; rodaron muebles, estallaron barrotes, la perrada cerró inútilmente contra el grupo de bandoleros que partía a toda la furia de los caballos –y cuando la joven volvió en sí, hallóse entre los brazos de un jinete desconocido, bajo el silencio y la sombra del monte, percibiendo el paso de varias cabalgaduras y oyendo sin distancia, en la soledad, el gemido de los pájaros nocturnos.
Comprendió que estaban lejos de todo poblado, y tras un estremecimiento de horror y desolación, la valiente sangre de la casta le subió al pecho en una inflamación de odio. Siniestro regocijo le agrandó el alma, al sentirse sin ningún miedo. Sabría morir ante la canalla. No le pasó, siquiera, por la mente, la idea de gritar o revolverse desesperada.
La gravedad del percance imponíasele con una sorda evidencia que templaba su voluntad en una especie de repliegue supremo.
Salían en eso a un descampado, y el grupo subdividióse en tres parejas, según las órdenes de un jinete inmediato que indicó lugares de nombre desconocido:
Las Estacas, El Despenao…
Entonces comprendió ella, por esa voz, que no iba en brazos del salteador, como creía.
Disimulada, agazapada mejor dicho en un repliegue del monte cubierto por molles centenarios, la guarida, aprovechando cuevas naturales, que habían ensanchado y techado con destreza, era invisible hasta muy corta distancia.
Sólo dos habitaciones, propiamente dicho, dos amplias chozas unidas, pero sin puerta medianil, y muy bajas de techumbre, contenían muebles: la primera, una cuja tapizada de damasco, dos sillones incrustados de nácar pero desparejos, un espejo de buena luna y una cómoda con fina ropa de mujer. La otra una mesa, un escaño y un catre rústico; y arrimada contra la pared del fondo, una batea de lavar.
No se encendía luego sino de noche, para disimular el humo, y en las hornallas de tierra para evitar reflejos. Los rodeos pacían en quebradas distantes, y sólo se carneaba allá, a fin de que los cóndores no remolinaran con vuelo indicador sobre la guarida.
Para tomarla completamente inexpugnable, el único camino de acceso era un arroyo correntoso cuyo cauce debía seguirse más de una legua, y que, al llegar, borbollaba en verdaderos rápidos: con todo lo cual no había rastreador que pudiera.
La pared de montaña, que daba fondo a cuevas y chozas, perforada en dos o tres puntos, permitía observar el valle del lado opuesto, como por las aspilleras de un bastión; y en todas las otras direcciones no había más que precipicios, negros de selva.
Arriba, como un ancho río azul, corría el cielo, mezclado con los nubarrones del Champaquí.
Un silencio abismal, uno de esos clarísimos silencios de montaña, en cuya cristalina sensibilidad canta la sangre al propio oído, perfeccionaba la soledad en una especie de pureza desolada.
El murmullo del arroyo fundíase en la serenidad hasta desaparecer, de tal suerte que se oía el más leve cuchicheo de pajonal.
No había un perro ni un ave doméstica; los gauchos, taciturnos, apenas hablaban, y sólo de cuando en cuando oíase ensordecido por la profundidad de las cuevas dispuestas como pesebres, algún relincho de caballo.
Por el silencio y la disposición era insospechable, pues, toda vivienda humana a media cuadra de la guarida.
Instalada en la habitación del espejo desde la noche fatal, había pasado Águeda su primera semana de cautiverio.
El horror de aquellos días transformábase en quietud siniestra. Vencida por la intemperie, si fracasaron sus primeros propósitos de no descansar ni comer, el desdén de su alma ofendida sin remedio, no cedería jamás.
En vano fingía el miserable caballeresca sumisión. Sus pocas palabras, quebradas de angustia con habilidad, su moderación suplicante, estrellábanse y estrellaríanse hasta el fin en su silencio de mármol.
La audacia del salteador iba a saber lo que era la dignidad, que aun indefensa había contenido ya su pasión infame.
Pero el tiempo corría, sin que modificara aquél su actitud, enteramente contraria a semejantes suposiciones. Desde el primer día, así que la joven, extraviada en la inanición, aceptó, más bien por instinto, un poco de alimento, habíase explicado con grave melancolía:
–La he traído acá porque sin usted no podía vivir. Quince días me pasé sin pegar los ojos de inquietud, desde que la vi, sintiendo en todo lo que probaba el ardor sediento del corazón que se me venía a la boca en tragos de sangre.
"No creo que este amor sea mi dicha, sino mi maldición de condenado. No quiero pintarle arrepentimiento ni pedirle compasión. Sé que no la merezco. Y lo que he hecho lo volvería a hacer para no matarme. Porque mientras usted viva, no quiero morir.
"Tampoco abrigo ninguna esperanza. Este amor es mi castigo… desde que allá la vi… "
Y con voz sorda, como hablándose desde una profundidad:
–¡Con razón me dijo mamá Donata que no fuera! Luego, volviendo a hablar con su cautiva:
–Desde que la vi allá, tendido en la sombra, resuelto a mi empresa de salteador, comprendí que estaba perdido.
"Y dondequiera que mirase, sus ojos me salían hasta de las piedras.
"A nosotros, en nuestra perra vida de criminales, las penas y los amores nos entran así, de golpe, como puñaladas.
"¡Eso había sido el amor, que pierde al hombre! "¡Qué poder el de la pasión!
"¡Tan linda usted! ¡Tan linda y tan pura!
"¿Y no ve que estoy temblando como si le tuviera miedo?
"¡Si yo quisiera no quererla!
"Pero, con cerrar los ojos, no voy a apagar la luz que llevo en el alma.
"Aunque usted, no lo va a creer ahora, nunca la tocaré. Nunca intentaré ganarme su afecto…
"Pero tampoco la entregaré jamás. Aborrézcame, que es bien justo. Yo soy su desgracia. Pero usted es mi dolor. Queriéndola como nadie la va a querer, ninguno hay ante usted más vil ni más culpable. Y éste es mi amargo destino. Comprendo que así destruyo su vida, tan digna de ser hermosa. Es que yo nací para el mal. No, no, nunca la entregaré. Usted me pertenece como si fuera yo la muerte."
Su negro traje, su abismada palidez, imprimíanle una grandeza fatídica.
La joven sintió pasar en aquellas palabras la inexorable perdición. Mas, con una especie de heroísmo desgarrador, advirtió también que el alma se le hundía sin temblar, entera, como una gota sorbida, en el mármol de su silencio.
Con frases en que parecía sollozar un ronco espasmo de aneurisma, el hombre continuó, inflexible, bajo esa lógica fatal del delirio lúcido: –Mande aquí a todos, disponga de todo. Estos muebles que sólo con mucho riesgo he podido conseguir, no son robados. Tenga confianza. Nunca me habría atrevido a hacerle parte en mis saqueos.
"Yo no soy lo que usted cree: un gaucho vil. Mi familia es de linaje. Pero el destino me perdió. No tuve suerte… " Contúvose de golpe, como aterrado.
Los nobles ojos de Águeda clavaban en él el desprecio de su limpieza. ¡Cómo! ¡Un hombre de su clase, con su honra y su sangre que cuidar, había podido volverse salteador de caminos! ¡Qué eran, entonces, sus disculpas, sino una vileza más despreciable todavía!
Sintió él pasar ese pensamiento en la instantánea flagelación de un relámpago. Y con mayor sumisión a la fatalidad que lo dominaba:
–No la tocaré nunca –insistió–. Por eso no la traje acá en mis brazos. Conozco las hierbas del amor y del sueño. Pero jamás se las daré. Puede estar segura. Descanse ahora un poco. Recuéstese. Podría enfermarse. Salió de repente, como arrancándose a su dolorosa fascinación.
Una lívida tarde ateríase ya en la brusca frialdad del páramo.
Y la soledad, el contacto de la helada sombra, angustiaron a la cautiva con súbita evidencia: iba a postrarla, sin duda, la acción narcótica del aire montañés, cuya sutilidad sofocábala con vago mareo.
Entonces decidió pasar sentada la noche, sin desvestirse, arropándose con las colchas, en un acurrucamiento de hostilidad y de alarma.
Mas, algunas horas después tras un sueño que fue más bien vértigo doloroso en el extravío de una pesadilla desmesurada, pasó por sus carnes el horror de la agonía.
Punzábala de sien a sien un dolor turgente de martillazo. El corazón llenábale pecho y garganta con desordenado aleteo, y el alma se le iba, como socavándola en dispersa liviandad de humo. La penetración del frío hacía de todo su cuerpo un solo dolor. Sentíalo ya hasta dentro de la boca, como un glóbulo de granizo. Y los dientes castañeteáronle de tal modo, que el gaucho, oyéndolo, volvió a entrar, con un viejo candelabro de cuatro luces en la mano.
Minutos después, reanimada por una tisana aromática que otro de los hombres sirvióle con mudo respeto, consentía en recostarse cuando quedara sola, bajo una seguridad cuya certidumbre empezó a sentir.
–Dejaré la luz –había dicho el bandolero asentando el candelabro sobre la cómoda–. Mañana se pondrá una tranca a la puerta. Nadie entrará esta noche sin su permiso.
–Está bien – respondió ella con voz seca–. Pero si alguien llega a entrar sepan que me arrancaré los ojos.
–Nadie entrará – reafirmó el bandido, estremeciéndose ante la tremenda evidencia de aquella decisión.
Y clavando, al salir, su daga en el umbral:
–¡Ni el mismo diablo! –añadió sordamente.
Así aseguraba su promesa ante la joven el puñal que no habría deshonrado ni el más infame salteador, y atajaba a Satanás la cruz de la empuñadura.
Transcurrieron días, semanas, meses, en la misma monótona y sombría tristeza.
La alcoba de la prisionera fue amoblándose más y mejor, la satisfacción de sus necesidades perfeccionándose con secreto automatismo, hasta que se halló, como dicen, servida al pensamiento, aun cuando casi no veía las manos diligentes.
Pero, ceñida a lo estrictamente indispensable para el recato y el aseo, allá iban percudiéndose con el desuso la ropa de encaje, y cubriéndose de polvo, amontonadas en un rincón, las alhajas y prendas de lujo que el gaucho de tiempo en tiempo le ofrecía.
Separada del mundo entre aquellos hombres siempre callados, bajo la vigilancia del trágico amante, más sumiso y torvo cada vez, consolábase rezando largas horas, como por una muerta. Que por muerta, o, peor aun, por deshonrada, la darían en los pagos familiares y en la vieja estancia de los días felices.
El gaucho cumplía su promesa.
No intentaba sin su permiso el más mínimo acercamiento, ni pronunciaba una palabra de amor, limitándose a mirarla inmensamente con ojos resecos que atenebraba la pasión, quemada la boca por el hondo anhelar, desolada la frente, devastado el gesto que de pronto encendían con febricitante resplandor, internos relámpagos.
Pero nada podía con su helado desdén. Nunca mellarían aquella piedra de su voluntad la compasión ni la esperanza. Y esta certidumbre exaltábala a una luminosa impasibilidad de martirio. Su silencio era absoluto como la eternidad. Dijérase que el frío de la noche de horror había congelado su corazón para siempre.
Una siniestra conformidad acabó por extinguir en ella hasta el deseo de muerte de los primeros días. Sólo allá, muy adentro, tras los bruscos arranques de impotente frenesí que de tiempo en tiempo sacudían su entraña, mordía acérrimo el odio.
Entonces refugiábase más sombría en su voluntad, más dura, más helada, hasta adquirir paulatinamente una impasibilidad que no se hubiera conmovido de oír derrumbarse el mismo cielo a sus espaldas.
Ciertas noches de insomnio y de frío, escuchaba en la habitación contigua la conversación parsimoniosa de los gauchos que se refugiaban, corridos por la intemperie, a comentar sus aventuras: indicación de que el jefe andaba de expedición con los otros.
Nadie, estando él, entraba allá por la noche; y para evitar, sin duda, la sorpresa de aquella transgresión, nadie quedábase a dormir allá tampoco.
El rancho, con todo, nada extraño contenía, fuera de la mesa, el escaño, el catre, la batea y un desusado candil en el hueco de la aspillera. Por allí debía verse alguna estrella a cierta hora de la noche, pues varias veces la reunión concluyó tras esta advertencia:
–Muchachos, ya está la estrella en la ventana.
Refunfuñando su frío, todos apresurábanse, sin embargo, a partir.
Desde su siempre atrancada habitación, la joven recogía con doloroso interés exclamaciones y retazos de frase. Así habíase enterado de famosos crímenes, de misteriosos auxilios que no llegaba a comprender, parecidos a hechicerías; de su propio rapto y de la persecución a muerte emprendida contra el salteador por los suyos; y hasta de que ya andaban de pago en pago las décimas fatídicas que el Lucero había prohibido cantar con su nombre, como celoso del recuerdo de amor, substituyendo el verso por este otro: "ley de amante verdadero", que ellos respetaban también.
Tras la cortina de bosque y piedra que parecía enterrarla en la soledad, rondaba, pues, la quizá inminente venganza.
Imaginaba ver en la empresa al duro padre, de voluntad cerrada como un muro: al hermano, jovencito, pero ya temerario; al primo y novio, no muy querido en verdad, pero que sin duda le destinaban bien para esposo.
Un deslumbramiento de esperanza acabó por embargar su espíritu.
Cierta sospecha, vaga pero incisiva, revelábale algo así como un comienzo de abandono en la disciplina de los bandoleros, a quienes debía parecer indigna debilidad la pasión del jefe.
Hasta que una vez, luego de calcularlo mucho en sus largas contemplaciones del valle por las troneras de espiar, única distracción de sus tristes días, decidió intentar la evasión. Seguros de su pasividad, inalterada durante un año, los hombres de guardia habíanse rendido al frescor de una hermosa noche.