Aguas fuertes

Chapter 4

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(_Indescriptible confusión. Dos espectadores apostrofan duramente al orador. Algunos académicos tratan de imponerles silencio. El presidente rompe la campanilla. Gutiérrez pasea miradas insolentes y sarcásticas por el concurso_).

_El presidente, logrando hacerse oír_:--Su señoría puede hacer lo que guste, pero conste que la Mesa no le retira la palabra. El miércoles próximo continuará la discusión sobre el derecho de acrecer. Se levanta la sesión.

II

La vida pública de la Academia de Jurisprudencia no se resume en los debates como el que acabamos de presenciar. Hay en su organización o vida interna ciertos mecanismos que tocan, o por mejor decir, entran de lleno en los dominios del derecho político y aun en el natural, o sea el que la naturaleza enseñó lo mismo a los hombres que a los animales: _quod natura omnia animalia docuit._ Me refiero a las elecciones.

Cuando entramos en el salón de sesiones y vemos al lado del presidente a un joven decentemente vestido que en ciertas ocasiones lee con voz trémula y conmovida el resumen de los gastos y los ingresos, apenas fijamos nuestra atención en él. ¡Y no obstante, ese joven es el Secretario! ¡El Secretario! ¡Cuán poco nos figuramos lo que significa esta palabra!

Asistid como yo he asistido a una elección de Secretario en la Academia de Jurisprudencia, y mediréis su extensión. Al solo anuncio de las elecciones, conmuévese hondamente aquel respetable cuerpo jurídico, preparándose a una terrible y dolorosa crisis. La chispa de la ambición comunica instantáneamente el fuego a todos los corazones, y como sucede siempre en las grandes perturbaciones sociales, los sórdidos intereses, las pasiones bastardas, los rencores, las miserias, todo el fango del espíritu, en una palabra, asciende a la superficie y enturbia por un instante la pureza de la docta Corporación. Mas en medio de este revuelto mar de apetitos y torpes deseos suelen flotar también, digámoslo en honor de los jóvenes jurisconsultos españoles, nobles y legítimas ambiciones y rasgos de conmovedora modestia.

He conocido un joven a quien una Comisión salida del seno de la Academia pasó a ofrecer en su misma casa el puesto de Secretario con el objeto de apagar una querella suscitada entre dos enconados e igualmente poderosos adversarios. Aquel joven esclarecido, dando a la historia el mismo ejemplo de modestia y generosidad que el rey Wamba, se negó terminantemente a aceptar los honores que le ofrecían.

Este ejemplo, por desgracia, no ha tenido imitadores. Las dulzuras del poder excitan demasiadamente el paladar de los jóvenes académicos para que nadie piense en rechazarlas. Antes al contrario, se emplean para conseguirlas todos los medios que la inteligencia despierta de los socios, encendida por el deseo, les sugiere. ¡Qué de intrigas espantables y tenebrosas! ¡Qué de crueles asechanzas! ¡Cuántas palabras pérfidas! ¡Cuántas sonrisas traidoras! El espíritu se estremece y los cabellos se erizan al acercarse a este hervidero de las pasiones humanas.

Ni tampoco faltan los arranques brutales de la fuerza, o sean las coacciones escandalosas, como se dice en términos técnicos. A este propósito se citan en la Academia algunos hechos que, por su gravedad y por las tristísimas circunstancias de que se hallan rodeados, conturban y abaten el ánimo. Se dice, por ejemplo, que en cierta ocasión el bibliotecario, Sr. Torres Campos, obstruyó con su persona uno de los pasillos del local para que sus contrarios no pudiesen ir a depositar el voto en la urna. Yo nunca he creído semejante especie. Conozco muy bien al distinguido bibliotecario, y aunque le considero con facultades para obstruir cualquier pasillo, no creo que jamás haya puesto sus felices condiciones físicas al servicio de una tan flagrante injusticia. De todas suertes, es bueno, sin embargo, dejar apuntado que he visto a algunos académicos calificar su legítima influencia en la Corporación de «funesta e insufrible tiranía».

Hay, no obstante, jóvenes privilegiados, favorecidos por la Providencia con dotes excepcionales que alcanzan los más altos puestos sin lucha, sin esfuerzo y sin peligro. Desde el instante en que uno de estos jóvenes pisa los umbrales de la Academia, sus compañeros, como si viesen en él un ser superior enviado del cielo, se apresuran a allanarle los obstáculos y a sembrar de flores su camino. Cesan las envidiosas maquinaciones, se apagan los rencores, cálmanse momentáneamente las encrespadas olas, y el joven providencial marcha triunfante, bañado por el sol de la gloria, libre y desembarazado, a la codiciada silla de Secretario, donde se sienta, como los emperadores bárbaros, por derecho propio. Tal ha sido la historia de mi distinguido amigo el Sr. Macaya y de algunos otros, aunque muy escasos, jóvenes.

A más del cargo supremo de Secretario (pues el de Presidente se ha convenido en cederlo a la política), hay otros puestos que excitan también la concupiscencia de los socios, que son los de presidentes y vicepresidentes de las secciones. La elección de éstos, aunque no ofrece la honda perturbación que la de Secretario, no por eso deja de ser interesante y sembrada de peripecias. Algunos meses antes del día señalado para la elección empiezan a echarse a volar algunos nombres sobre los cuales se levanta viva e incesante discusión. Examínanse los antecedentes del candidato, estúdianse detenidamente las fases de su talento, aquilátanse sus méritos, y últimamente recae en él la sentencia que le eleva o le confunde, expresada siempre en estos sacramentales términos: «Tiene talla» o «No tiene talla». Hay cabildeos infinitos, combinaciones, arreglos amistosos, bruscos desabrimientos, transacciones, se imprimen varias candidaturas (lo cual suele costar dinero a las familias), se traen a la palestra tarjetas del Presidente del Consejo de ministros y del Cardenal Arzobispo de Toledo, intervienen algunas damas de la nobleza y se dan algunas bofetadas.

En cierta ocasión he asistido con un amigo a estas reñidas elecciones. Mi amigo no se presentaba candidato, mas sin saber por qué ni cómo, quizá para dar en la cabeza a algún ambicioso, lo cierto es que al efectuarse el escrutinio, mi amigo salió nombrado presidente de la sección de derecho canónico. Su alegría y sorpresa fueron tan grandes, que estuvo a punto de caer desmayado en mis brazos. Salimos del local, y en la calle me abrazó repetidas veces, me habló de su porvenir y me comunicó en secreto que ahora pensaba dirigir sus tiros al puesto de Secretario, se enterneció refiriéndome su primera y única aventura amorosa, y concluyó por cantar a media voz la _Marsellesa_ (había sido elegido por el elemento liberal de la corporación). Al tirar de la campanilla de su casa, y al preguntar la criada ¿quién es? exclamó fuera de sí: «¡Abre, muchacha, que tienes a tu amo Presidente de la Academia de Jurisprudencia!»

¡Noble y gloriosa emulación la que se establece en esta ilustre sociedad! ¡Qué importa que esta emulación vaya manchada en algunos casos por el fango de las malas pasiones! Las malas pasiones son un poderoso auxiliar en la carrera que la juventud de la Academia ha emprendido, o como decía cierto subsecretario amigo mío, «en la política es necesario tener algunas onzas de mala sangre.» Consuela y ensancha el ánimo un espectáculo semejante. Los vergeles de la política española tienen un vivero en la Academia de Jurisprudencia. De allí se trasplantan los caballeros de Isabel la Católica y los jefes superiores de administración encargados de la gestión de nuestros intereses. Actualmente existen ¡loado sea Dios! dentro de la respetable Corporación que hemos tratado de describir a grandes rasgos, tres Venancios González en agraz, cinco Camachos y un Posada Herrera. Pueden dormir tranquilos, pues, nuestros labradores, industriales y comerciantes. Si alguna vez se les ocurre entrar en el número 22 de la calle de la Montera, cuarto bajo, contemplarán con lágrimas de enternecimiento un enjambre de inocentes y juguetones cachorrillos adiestrándose para meterlos mañana u otro día en la cárcel cuando voten a un candidato de oposición, impedir que se reúnan con sus amigos, y subirles discretamente las contribuciones.

EL HOMBRE

DE LOS PATÍBULOS

Hace cosa de tres o cuatro años tuve la infame curiosidad de ir al Campo de Guardias a presenciar la ejecución de dos reos. El afán de verlo todo y vivirlo todo, como dicen los krausistas, me arrastró hacia aquel sitio, venciendo una repugnancia que parecía invencible, y los serios escrúpulos de la conciencia. Por aquel tiempo pensaba dedicarme a la novela realista.

Eran las siete de la mañana. La Puerta del Sol y la calle de la Montera estaban cuajadas de gente. Había llovido por la noche, y el cielo, plomizo, tocaba casi en la veleta del Principal. La atmósfera, impregnada de vapor acuoso, y el suelo cubierto de lodo. La muchedumbre levantaba incesante y áspero rumor, sobre el cual se alzaban los gritos de los pregoneros anunciando «la salve que cantan los presos a los reos que están en capilla», y «el extraordinario de _La Correspondencia_.» Una fila de carruajes marchaba lentamente hacia la Red de San Luis. Los cocheros, arrebujados en sus capotes raídos, se balanceaban perezosamente sobre los pescantes. Otra fila de ómnibus, con las portezuelas abiertas, convidaba a los curiosos a subir. Los cocheros nos animaban con voces descompasadas. Uno de ellos gritaba al pie de su carruaje:

--¡Eh, eh! ¡al patíbulo! ¡dos reales al patíbulo!

Me sentía aturdido, y empecé a subir por la calle de la Montera, empujado por la ola de la multitud. Los pies chapoteaban asquerosamente en el fango. ¡Cosa rara! en vez de pensar en la lúgubre escena que me aguardaba, iba tenazmente preocupado por el lodo. Había oído decir a un magistrado, no hacía mucho tiempo, que el barro de Madrid quemaba y destruía la ropa como un corrosivo, lo cual tenía su explicación en la piedra del pavimento, por regla general caliza. «¡Buenos me voy a poner los pantalones!» iba diciendo para mis adentros, con acento doloroso.

La muchedumbre ascendía con lento paso. El que bajase a la Puerta del Sol en aquel instante y fuese examinando los rostros de los que subíamos, si no tuviera otros datos, no sospecharía ciertamente a qué lugar siniestro nos dirigíamos. Las fisonomías no expresaban ni dolor, ni zozobra, ni preocupación siquiera. Marchábamos todos con la indiferencia estúpida de un pueblo trashumante que va a establecerse a otra comarca. Los que llevaban compañía, charlaban; los que iban solos, echaban pestes de vez en cuando, entre dientes, contra el barro. Sólo el cielo mostraba un semblante sombrío y melancólico, adecuado a las circunstancias.

Recorrimos la calle de Hortaleza, y al llegar cerca del Saladero hallamos un gran montón de gente que invadía los alrededores y que nos detuvo. La muchedumbre hormigueaba delante del sucio y repugnante edificio en espera de algo; ¡un algo bien espantoso por cierto! Yo fui a engrosar aquel gran montón, como una gota de agua que cae en el mar. Allí los rostros ya expresaban algo: la impaciencia. Me parece excusado decir que era plebe la inmensa mayoría de los circunstantes, porque la plebe es la que particularmente se siente atraída hacia los espectáculos cruentos. No obstante, hay también gente de levita y sombrero de copa que se deleita con las emociones terribles; pero en aquella ocasión era una minoría muy exigua. Un coche de plaza sin número esperaba a la puerta: el cochero tenía la cara cubierta con un pañuelo. Crecido número de guardias de orden público se hallaba distribuido en el concurso, y un piquete de soldados, con los fusiles en «su lugar descanso», ceñía la fachada del siniestro caserón, contemplando con ojos distraídos el hervor de aquel mar de cabezas humanas. Algunas aristócratas del comercio pregonaban a gañote tendido «agua y azucarillos, bellotas como castañas, chufas, cacahuetes», y algunos otros artículos de entretenimiento, para los estómagos desocupados. Los balcones de las casas circunvecinas estaban poblados de gente, y no era raro ver en ellos el rostro fresco y sonriente de alguna linda muchacha que acababa de dejar el lecho, y que con sus menudos dedos blancos y rosados se restregaba los ojos.

Era tan horrible lo que iba a suceder, y tan lúgubres los preparativos del suceso, que, más por huir la tristeza que por amor al bello sexo, aunque no dejo de profesarlo, me coloqué debajo de uno de los balcones y me puse a mirar a cierta rubia, que no pagó verdaderamente mi atención--dicho sea en honor suyo. ¡Por qué había de mirarme, cuando ni siquiera me iban a dar garrote! Sus ojos estaban clavados con ansiosa curiosidad en la puerta del Saladero. Me acordé entonces de las damas del imperio romano, que daban la señal de muerte a los gladiadores, e hice una porción de reflexiones histórico-filosóficas, de las cuales hago gracia a los lectores.

Cuando más embebido me hallaba en ellas, escuché una voz cerca que preguntaba:

--Caballero, ¿sabe V. qué hora es?

Volvime, sin saber a quién se dirigía la pregunta, y me hallé enfrente de un hombre no muy alto, de barba y pelo cenicientos, de facciones afiladas, que me miraba con unos ojos pequeños y hundidos, y de color indefinible, esperando, a no dudarlo, mi respuesta. Como el reloj era de niquel, eché mano de él, sin temor de mostrarlo, y le dije:

--Las siete y veinte minutos.

--Todavía esperaremos más de un cuarto de hora--repuso el hombre reflejando disgusto en su fisonomía. Yo me encogí de hombros con indiferencia, y alcé los ojos al cielo, quiero decir, a la rubia.

--¡Oh, conozco bien a esos señores!--prosiguió.--¡No me darán chasco, no!... Dicen que a las siete y media saldrá el primero _pa_ el campo... Pues ya verá V. cómo han de ser las ocho menos cuarto bien largas...

Me volví con alguna mayor curiosidad a mirar a aquel hombre, y confieso que me causó repugnancia. Sin ser un monstruo por lo feo, éralo bastante, y sobre todo, formaba contraste notable con la rubia que se cernía sobre mi cabeza. Estaba pobremente vestido, de capa y gorra, como los artesanos de Madrid, y debía de hallarse entre los cincuenta o sesenta años de edad. Pude observarle bien, porque no me miraba: sus ojos exploraban con avidez los contornos de la prisión.

--¡Puercos, tunantes!--exclamó con irritación y sin mirarme, como si hablase consigo mismo.--¡Mire V. que estar un hombre ayer toda la tarde, espera que te espera, para salir al fin con que no era posible verlos! Que el Gobernador no quería que se les molestase... ¿Y qué tiene ya que mandar el Gobernador sobre ellos?... Un hombre, cuando le van a dar _mulé_, hace lo que le da la gana, menos escaparse... Además, que no se les molesta... al contrario... lo que les hace falta es un poco de _distraición_ y beber unas copas con tranquilidad... ¿Han de estar todo el día _rodeaos_ de paño negro?... Con media hora pa confesarse y otra media _pa_ decir el «yo pecador», y recibir, y arrepentirse, queda un hombre al sol.

Como, después de todo, hablaba conmigo, por más que no me mirase, quise demostrarle que le escuchaba, y le pregunté:

--¿Cuál de los dos sale primero?

--El viejo, el viejo--repuso en tono firme--. Cuando el otro llegue allá, ya le habrán despachado a él. Hasta ahora es el que ha tenido más pecho... _Paece_ mentira, ¿no es verdad? El chico me han dicho que está medio _acabao_. ¡Vaya un papanatas! ¡Como si por cantar la gallina le dejasen de apretar el gañote! Lo que debe tener un hombre ante todo es _dirnidad_, mucha _dirnidad_, y morir como Dios manda, sin dar que decir a la gente.

--Pero ya ve usted que eso no se puede remediar: unos son valientes y otros cobardes--repliqué en tono de mal humor.

--Estamos en eso, caballero... Pero un hombre siempre es un hombre...

--Verdad.

--Y los hombres se portan como hombres.

--También verdad.

--Y cuando no hay más remedio, hay que aguantar la mecha, tener paciencia, y barajar, y decir: «Pues, señor, otros han ido antes que yo, y otros vendrán también». Mire usted, caballero: yo he visto a una mujer... ya ve usted que una mujer no es lo mismo que un hombre.

--Cierto.

--La he visto morir mejor que si fuese un hombre... Usted también la habrá visto... hablo de la Vicenta...

--¿Qué Vicenta?

--La Vicenta Sobrino.

--No, no la he visto.

--Es verdad que usted es joven--repuso mirándome de arriba abajo--; pero bien pudieron haberle traído aunque fuese chico... Aquí se aprende mucho...

--No vivía en Madrid.

--¡Ay, caballero! Pues en los pueblos estas cosas se ven pocas veces... No es lo mismo que aquí, donde casi todos los años tenemos un _espetáculo_, cuando no son dos o tres. Aquí se aprende a tener corazón y a ver lo que es el mundo... Pues, como le decía, la Vicenta era mujer que valía lo que pesaba... ¡tenía más agallas que un tiburón!... La verdad es que daba gusto verla tan serena; porque, al fin, siempre es una fatiga ver a una persona humana dando diente con diente y poniendo los ojos de carnero _degollao_... Yo he visto de todo... Mire V.; a la Bernaola la han tenido que subir a _puñaos_... y a muchos hombres también, no vaya V. a creerse. He visitado yo a algunos en la capilla, que _paecía_ que se tragaban a medio Madrid; mucha copa de vino, mucha cháchara y mucho jaleo, y cuando llegó la hora de ser hombres, hincharon el hocico haciendo pucheritos como los niños de escuela.

Mi interlocutor hablaba siempre con los ojos clavados en la puerta del Saladero. No muy lejos de ella se promovió una reyerta entre los curiosos y los agentes de orden público, que hizo retroceder y ondular a la muchedumbre. Nosotros sentimos, aunque no muy fuerte, el efecto de esta agitación. El hombre de la capa exclamó:

--¡No puedo resistir a estos del orden!... ¡Mire V. qué modo de tratar al pueblo! No _paece_ más que ellos son los que nos dan permiso _pa_ ver el _espetáculo_!

--Se me figura, dije yo, que va a salir el reo.

--¡Ca! No, señor, no tenga V. cuidado; hasta las ocho menos cuarto en punto no hay quien los menee. Echan un cuarto de hora _pa_ llegar al campo; pero ¡buen cuarto de hora te dé Dios! El campo no está aquí a la vuelta; y como van a paso de carreta... ¿Qué hora es, caballero? Hágame el favor de mirar el _reló_.

--Las ocho menos veinticinco.

Una mujer dijo a nuestra espalda en voz alta:

--Manuela, ¿no sabes que los indultan? Acaba de llegar un soldado con el perdón del Rey.

Mi interlocutor se volvió instantáneamente, como si le hubiesen pinchado.

--¡Qué perdón ni qué ocho cuartos! ¡Qué sabe V. lo que se dice!

--_Pus_ lo _mismito_ que V. ¡El diablo del hombre!

El hombre de la capa dejó escapar una exclamación de desprecio mirando a la mujerzuela de arriba abajo y dirigiéndose después a mí, me dijo en tono confidencial:

--Estas babiecas, en cuanto que ven a un soldado con un pliego en la bayoneta, ya se sueltan a decir que es el indulto. El indulto no se da casi nunca a última hora, porque tiene que llevar mucha requisitoria... Usted bien lo sabrá... Ayer ha estado el padre del chico a echarse a los pies del Rey, pero no ha conseguido nada. ¡Qué había de conseguir! De perdonarle a él, tenían que perdonar al otro también... y eso no podía ser... Así que ya deben contarse entre los difuntos... El Rey no lo hace casi nunca de por sí y sin consultar a los _menistros_... Eso lo sé yo bien, caballero, lo sé yo bien.

--Pues yo me alegraría mucho de que los perdonasen--dije con cierto tonillo irritado para protestar del afán de cadalso que adivinaba en aquel hombre.

--Eso es otra cosa--repuso un poco cortado.--Usted puede alegrarse lo que le dé la gana; pero lo que le digo es que no vendrá el indulto... Ellos siempre tienen esperanza, ya lo sé; están con el corbatín enroscado al cuello y todavía esperan los pobrecitos que vengan a sacarlos del barranco. Alguno he visto que se tragó la píldora enterita desde muchos días antes; pero es una _esceción_... Aquél era un hombre con un corazón más grande que el palacio de Buenavista. Como aquél no ha habido otro ni lo habrá: se fue al palo con la misma cachaza que se iba antes a la taberna. ¡Qué camelo dio al señor Gobernador y a los marranillos que andaban cerca de él! Todos se pirraban por meterle miedo y verle compungido. El Gobernador estuvo más de media hora hablándole del infierno y de las penas de los condenados; tizonazos por aquí, requemones por allá... ¡Como si hablase a la pared! El se reía, y de vez en cuando pedía una copa de aguardiente. A todos los de la cárcel los traía azorados poniéndoles motes; a uno le llamaba _mamoncillo_; a otro que tenía un ojo torcido, _virulento_; al capellán de la cárcel, _hopalandas_... ¡Ni por un Cristo se quedaba nadie solo con él, y eso que le tenían con grillos!... A mí me quería mucho, como amigo verdadero. Yo era entonces un muchacho. Había ido acompañando a su mujer al Palacio, y la vi echarse a los pies de la Reina. ¡Si viera usted que modo de llorar, caballero! La reina estuvo muy llana y muy buena; la levantó del suelo y la dijo que haría lo que pudiera, que se enteraría bien y hablaría con sus _menistros_; la dijo también que se fuera tranquila a su casa, que la pasaría un aviso. Todo el día estuvimos esperándolo y no pareció... La Reina no tenía la culpa, bien lo hemos sabido; era un _menistro_ tunante el que estaba empeñado en apretar el cuello a aquel valiente... Por la mañanita temprano me mandó a llamar desde la capilla _pa_ despedirse de mí... Pero... ¡calla, calla! Ahora salen... Sí, sí, ahora salen... Mire V. cómo el coche se _aprosima_... Vamos a acercarnos un poco _pa_ ver salir el reo. ¡Ya empiezan esos malditos a echar a _rempujones_ la gente! Mire usted, mire V.; ya asoma la comitiva.

En efecto, los guardias de orden público hacían esfuerzos para despejar las avenidas de la cárcel. En la muchedumbre se engendró un movimiento tumultuoso de vaivén. Rumor áspero y confuso salió de su seno, esparciéndose por el aire. El piquete de soldados, que descansaba al pie del muro, obedeciendo a la voz de su jefe, fue a colocarse junto a la puerta, y por ella comenzó a salir alguna gente con semblante triste y asustado: eran dependientes de la prisión, hermanos de la Paz y Caridad y los pocos curiosos que habían tenido influencia para entrar. Por último, apareció el reo. Venía acompañado de un sacerdote y rodeado de guardias. Seguía a la comitiva bastante gente. Gastaba el reo barba cerrada, negra y espesa; la hopa que le cubría y el birrete que llevaba en la cabeza, el cual le venía un poco holgado, prestábanle un aspecto lúgubre, espantoso. Esforzábase, sin duda, en aparecer sereno, pero en su rostro demudado reflejábase, tal expresión de dolor y angustia, que conmovía hasta lo más hondo del corazón. El hombre de la capa, que no se había separado de mí, dijo en tono satisfecho:

--Vamos... está pálido, pero bastante sereno... No se puede pedir más a un hombre... porque, ya ve V., caballero, ¿a quién le gusta que le aprieten el gañote?...

El reo y el cura entraron en el carruaje. En la muchedumbre reinó por breves instantes silencio sepulcral; mas así que se cerró la portezuela, levantose nuevamente un insufrible clamoreo. El coche arrancó y emprendió la marcha lentamente; el piquete formó la escolta; los guardias procuraban hacer calle, dejando acercarse al carruaje solamente a los cofrades de la Paz y Caridad. El hombre de la capa me obligó a colocarme, como él, en las primeras filas de curiosos y caminar no muy lejos del reo.

El cielo seguía envuelto en un sudario ceniciento, y el piso no mejoraba en aquellos sitios. A la verdad, no comprendo por qué razón me dejaba arrastrar por aquel hombre. Me sentía cada vez más aturdido, como si estuviese soñando. Iba sufriendo cruelmente, y no me pasaba siquiera por la imaginación la idea de que podía evitar aquel sufrimiento con sólo volverme atrás.