Part 9
Y pronuncia Regina lentamente este diminutivo, con sonrisa lastimera, cuando salta de pronto otra imagen en aquella evocación complicada y rebuscadora: es _la novia de Gabriel;_ una mujer tristísima, siempre de luto, que va con frecuencia al camposanto, que reza sin reposo y llora sin consuelo; su edad es indefinible, su dolor incurable. Ya casi no se recuerda su nombre en Torremar; la conocen por _la novia de Gabriel_; algunos la dicen solamente _la novia_, otros _Gabriela_. Su figura atribulada es, desde varios lustros, la nota fúnebre del mujerío porteño; pocos torremarinos oyen su voz, nadie su risa. Se cuenta que _la novia_ hace mal de ojo, y los pacatos ó ignorantes huyen de ella con supersticioso disimulo. El glacial enlosado de la parroquia conoce los perseverantes duelos de esta mujer, que debió de ser bella porque aún tiene en los ojos, entre lágrimas y obscuridades, una ardiente lumbre de hermosura amorosa.
Cuando Regina corrió por los campos montañeses, rapaza y traviesa, ya _la novia de Gabriel_ se amustiaba, fatal, en los rincones del templo; ya el perfil de la doliente, esquiciado un instante en los holgorios festivos, producía inquietud y desazón, como los revuelos de la _nétigua_ sobre los valles, y los giros de las gaviotas en la ribera. Ya entonces Gabriel, un adorado novio, abonaba con su carne varonil el pedazo de tierra bendita donde el llanto de aquella mujer había de regar muchas primaveras de flores.
Tiene esta figura femenina un profundo atractivo para la demandante soñadora. _Gabriela_, con su ropaje de viuda, su encanto de esfinge y su aspecto funeral, causa á Regina asombros de misterio y de abismo. Porque esta febril admiración la atormenta un poco, rechaza el luctuoso recuerdo y acude á buscar otros menos inquietantes.
Aparecen al punto en su memoria las señoritas de Bernaldo. La más pequeña de las dos hermanas, una «pequeña cincuentona» y relamida, supone que la idolatra con propósitos matrimoniales el boticario don Celso Ortiz, señor que entretiene sus sesenta otoños machacando en la rebotica drogas y chismes, para ofrecer sus amasijos á los clientes, ora en píldoras, ora en revelaciones, siempre delante de una sonrisita dulce, que pueda quitar el amargor de sus cuentos y sus «preparados». Es ya notorio que don Celso tiene grande predilección por los ingredientes ácidos para componer medicinas, y por los noticiones picantes en tragedia, que él sabe inventar ó corregir, á la par de sus específicos.
Con una carcajada tendida y alegre comenta Regina el misterioso lazo de amor que une al boticario con la Bernalda «joven», y que tiene una historia «química» muy interesante. Observó la dama, de nombre Filomena, que don Celso conservaba incólume la negrura juvenil de su cabello, más ó menos poblado; y padeciendo ella el terror á la nieve en sus rizos de rubio origen, finos y enredadores, se llegó un día á la botica con disculpas de comprar pastillas de goma para un pícaro constipado de su hermana. Bien recuerda Filo que don Celso lucía, aquella tarde, rara travesura en sus ojos gitanos; que estábase envuelto en un chal escocés, de alegres colores, y calzaba escarpines de paño marrón. No puede la enamorada olvidar la hora solemne, cuando ella, «como quien no quiere la cosa», va y le dice:--Diga usted, don Celso: ¿conoce, «por casualidad», alguna tintura inofensiva que conserve el color de los cabellos? Es para mi hermana, ¿sabe usted? Pero no quisiera preguntar en la droguería, porque aquellos chicos tienen tan poco fuste, que, á lo mejor, creerán que trata una de pintarse... ¡Figúrese usted!... Todavía no está una en ese caso.
El farmacéutico, chispos los ojos de placer, sacó la lengua, se relamió, y repuso, en son de gran secreto:
--Yo le mandaré á usted una cajita con una untura. Se da por la noche, al acostarse, y se envuelve la cabeza en un paño para no manchar las almohadas. A pocas aplicaciones de este maravilloso ungüento, invención mía--dicho sea sin ofender á nadie,--los alados rizos de usted volverán á su pristino color de oro.
--Sí, oro puro, eso es; digo, así era el pelo de mi hermana, porque yo, todavía...--insiste ruborosa Filomena.
--Usted está admirable, como siempre,--adula el boticario--y muy joven; no pasa día por usted.
Con el regocijo de poder aliñar chistes en su tertulia, á costa de la Bernalda, don Celso mostróse decidor y pegajoso como las pastillas que iba á comprar Filo. Y poco después salió de la farmacia la ilusa jamona, llevando en los oídos un soniqueo de galantes chocheces, en la fantasía la promesa de un tinte para las canas, y en el corazón las ilusiones de una boda posible.
Aquella noche las de Bernaldo se acostaron con pañuelo á la cabeza, untadas del betún que don Celso les envió discretamente, mientras en la tertulia de la rebotica, unos señores ociosos reían la broma del boticario viudo á la noble doncella Filo.
En tan leve suceso se infló pronto la suposición de unas relaciones amorosas entre el químico taimado y la dama teñida. Ella, con sus dengues y sonrojos, dió alientos á la fábula, y en la penumbra de la vida social torremarina se comentó el asunto como si valiese la pena de reirle ó de tomarle en serio, mientras los rizos de Filomena seguían blanqueando, un poco mustios, ente el tizne y la grasa de la tintura maravillosa...
De todo lo cual se enteró Regina con burlas y pormenores referidos en su presencia durante el visiteo de la temporada.
Pero de cuantos lances supo la curiosa, con interés y fisga, desde su nido averiguador, ninguno le interesa tanto como el misterio que envuelve á sus amigos los de Ramírez. Secreto, dolor y amor; tales son los estímulos mayores para el corazón intranquilo de la de Alcántara, y los tres le subyugan á la par, en aquella familia breve y descollante, donde parece refugiado el antiguo recuerdo de la «viajera rubia».
Muchas veces la dulce voz de Marta ha vuelto á anunciar en la puerta de Regina:
--Don Carlitos Ramírez.
Pero el joven halló ocupado por otras personas el grato rincón de sus íntimas confidencias, y siempre prolonga poco su estada allí, creyendo notar que se interrumpen ó aplazan algunas conversaciones por causa suya.
Receloso y susceptible, Carlos huye el peligro de que le moleste en público la más ligera alusión ó indirecta al nombre de su madre. Y no anda equivocado suponiendo que la triste historia de la dama es todavía asunto que en la ciudad apasiona y ocupa á las mujeres. Por eso Regina sabe que Carlota de Heredia se fugó enamorada... ¿De quién?... Algo confuso queda este acertijo. La fuga realizóse en un barco que desde Santander hizo rumbo á Francia. Como únicos pasajeros iban con la dama un sacerdote, un anciano y un poeta...
--¿Cuál de los tres?--se preguntaba don Celso, que «como hombre de ciencia» era algo volteriano.
Siguiendo la opinión general, Regina dice: el poeta. Esta perspicacia adivinadora no aclara las negruras del percance. Porque ¿dónde y cuándo conoció y quiso la fugitiva al incógnito rimador? Ella casó en los albores de su juventud y parecía vivir muy á gusto en la solitaria residencia de su esposo, la que no abandonaba ni para bajar al puerto. ¿De qué países fantásticos le llegó la cita amorosa y qué hechizos fatales la indujeron á la tremenda aventura? Con las huellas de la dama bórrase el camino de todas las suposiciones.
Afirman los curiosos que don Juan Ramírez no ha buscado á su mujer, aunque vive en amarga desesperación, loco de pesadumbre, porque adora á la ausente... Otros cuentan que Carlos, con sigilo y empeños, logró ya descubrir á la fugada y procura convertirla hacia el triste hogar. Pero, en resumen, nadie, á sabiendas, puede decir dónde está la señora de Ramírez, por qué, ni con quién huyó. Ni aun es posible suponer la actitud del abandonado esposo, retraído en el más absoluto aislamiento después del drama, y desde años atrás casi en divorcio con la población.
Una nota alegre rompe de improviso la obscura tristeza del _Robledo_. Ana María se casa con Adolfo Velasco, _Velasquín_ como familiarmente se le dice. Ya es casi oficial esta boda, que une á las dos familias más pudientes y encumbradas de la ciudad. Y la noticia es causa de grandes admiraciones en el vecindario. Sábese que la madre del novio es dama austera de mucho recato y sólidas virtudes, y sorprende la seguridad de que la rígida señora estimula con su patrocinio y simpatía la mutua afición de los muchachos.--¿Cómo--dicen los chismes populares--la displicente viuda acoge con regocijo, para nuera, á la hija de Carlota? Mirando los sucesos al través de Torremar, también á Regina le extraña el caso. Velasquín, mozo arrogante y distinguido, la primera figura masculina de la juventud porteña, está emparentado con rancios linajes españoles, y por sus méritos y posición, bien pudo él buscar novia tan noble y adinerada como Ana María, sin que tuviese mácula en el nombre de su madre...
Por cierto que los Velascos no han ido á visitar á la de Alcántara, y sólo con unas tarjetas ceremoniosas hicieron los honores del regreso á la interesante señorita. Lo está ella reflexionando con disgusto, cuando se dibuja sobre aquel enojo el perfil encantador de Ana María. Todas las memorias se obscurecen á la luz ideal de este semblante, lleno de sencillez y de frescura.
No es «una belleza» la niña de Ramírez; pero tiene un conjunto armonioso de juventud y de bondad, tan apacible y amable, que la admiran como portento de hermosura cuantos ojos la contemplan, y los corazones se van en pos de su gracia.
Sólo así se comprende que, teniendo la moza pocos años, rica dote y gentil presencia, no sufra de enemigos ni de envidias en los angostos límites de tan menuda ciudad.
Meditando la de Alcántara en estos privilegios de su amiga, murmura con admiración un poco triste: «No sé qué hechizo es el suyo para cautivar así.» Y la recuerda en el ademán de aquel abrazo con que anudó al cuello de la repatriada un roto collar de infantiles memorias. Fué una de aquellas tardes de expectación para Regina, cuando en su gabinete se hizo más agitado y reverencioso el movimiento de saludos: llegó Carlos Ramírez con su hermana, y ambos mostráronse tímidos un instante al advertir la presencia de un gran cortejo. Mas de pronto, Ana María dominó su cortedad en fuerte impulso de emoción, y abrazóse á la compañera de su niñez, prendiéndola con un lazo de cálida ternura. ¿Qué se dijeron las dos muchachas, juntos los labios y los corazones que tantas veces compartieran sonrisas y latidos? Habláronse á media voz, dulces y truncas frases de amistad y tristeza. En las palabras vehementes de Ana María cantó el sentimiento una romanza cordial y piadosa, mientras la rubia de los negros ojos pretende analizar sus impresiones en aquel mismo instante, al calor de los halagos que recibe y prodiga. De tan inusitada exploración saca la escéptica esta sola conjetura:--La niña del _Robledo_--dícese--es hogaño mujer seductora que hace honor á las gracias de su madre; pero nuestras caricias son aparentes, de seguro; esta emoción que nos sacude no es más que sorpresa, tal vez miedo... Entre dos mozas casaderas no cabe un cariño desinteresado; no puede existir la pura amistad, ni la simpatía noble... Estamos representando una comedia...
Y desde aquel momento la de Alcántara puso una triste suposición de hipocresía y falsedad en su íntimo trato con la de Ramírez, y amargó las frases y los besos de tan dulces relaciones, no mirando en Ana María á la paciente compañera de su niñez, sino á la terrible rival de su juventud.
Contribuyó á la malevolencia de estos juicios una casualidad muy frecuente en semejantes asuntos; la moza recién llegada había pensado elegir novio en el pueblo, y no supo sin sordas inquietudes que era el novio de su amiga la flor de los galanes torremarinos.
Esta averiguación impulsaba hacia el _Robledo_, con empuje de lucha, todos los instintos de Regina; era un excitante con que su vanidad y su impaciencia despertaron, fuertes y belicosas, después del sueño de aquella temporada.
Algunas sutiles inspiraciones detuvieron á la inquieta mujer antes de lanzarse á buscar entre los de Ramírez, con arrebato ansioso, el drama secreto de Carlota, el amor dulcísimo de Carlos, y tal vez la envidiable felicidad de Ana María. Irresoluta un punto la de Alcántara, trató de contener su insaciable apetito de emociones delante de aquellos dos hermanos que desde niños la querían, y en quienes adivinaba, á despecho de sus fatales ideas sobre la amistad, raras virtudes de adhesión. Acaso por primera vez quiso Regina combatir el ciego ímpetu de su naturaleza imperiosa. Y puso la atención nuevamente sobre el sencillo programa de existencia que se trazó á sí misma en alegre amanecer de ilusiones, cuando rememoró su vida y sus pesares al tocar tierra española, salvando del naufragio de sus quimeras una firme esperanza de ventura. Este sedante recuerdo amansó un poco la naciente agitación de su espíritu. Sonrió á su ideal de vida humilde, entre la tierra y las olas, poseyendo un jardín y un balandro; haciéndose querer de sus vecinos por la dulzura y sencillez de costumbres; practicando habilidades caseras y devociones religiosas, y esperando tranquilamente á la señora felicidad, que pasito á pasito llegaría en la forma de un arrogante mozo. Las cinco hijas del juez, portento de economía inverosímil, enseñarían á la novata á inventar postres, bordados y vestidos; el viejo doctor, D. Fermín Pérez, la sometería á un plan higiénico y saludable contra las aprensiones que la mortificaban; y del bondadoso párroco don Amador Olmeda, aceptaría la sabia dirección espiritual que con discreto interés le brindara desde su primera visita aquel dechado de sacerdotes.
Débiles eran estos sanos propósitos. Como si su mantenedora les augurase inutilidad y fracaso, abandonóse á ellos sin fervor y los puso en práctica tibiamente...
Entorna Regina los ojos con resignación al murmullo de las conversaciones, que se van haciendo pesadas para ella, en las tertulias de su gabinete: compra libros de rezo y manto devoto; y, del bolsillo de una falda manida, náufraga en el fondo de un baúl, extrae un rosarito, que Eugenia abrillanta con afán, asegurándole á la señorita:
--Es el que usó tu madre para diario.
Aquel soplo efímero de piedades mueve en la casa un ligero vaivén sentimental. Eugenia coloca sobre la cama de su niña un abandonado lienzo donde se aparece la Virgen del Carmen con el Niño Dios en los brazos. Marta, con disimulo y reserva, enciende á San Antonio una mariposa en un altarcillo parroquial; y Regina manda hacer funerales por sus difuntos, y pide con urgencia á Santander dos grandes ampliaciones de los retratos de sus padres. Quiere colgarlas en el saloncito dormitorio, allí donde piensa rezar y coser, glosando los amores de Filomena y don Celso, con embustes de las de Estrada y sandeces de la señora del alcalde, una dama que suele hablar de historia y literatura, confundiendo á doña Juana la Loca con doña Beatriz de Galindo.
Lleva Regina sus planes discretos hasta suponer que será la tierna confidente de Ana María, la fraternal camarada de Carlos y la devota practicante de todas las novenas y congregaciones de Torremar.
Con esta sola hipótesis ya se juzga ella un prodigio de abnegación, una heroína de la amistad y la misericordia.
Ya se siente crucificada en el más duro de los sacrificios; suspira con aire pesaroso, y luego rompe á reir, pensando que todo aquello es una broma irrealizable, una absurda ocurrencia reñida con el señorío indominado de sus prácticas y sus gustos...
Pablo, el marino jardinero, siente la placidez de aquella bonanza casera, y pide la nave que Regina le había ofrecido. A tiempo que el futuro patrón y la señorita riegan las flores, á la caída de la tarde, es cuando el mozo se atreve á recordar aquella halagadora promesa.
--Para las regatas de los Mártires--masculla enrojecido--ya puede estar en el balandro aquí.
Oyó Pablo contar que en Inglaterra tienen los yates hechos, y que los mandan á la medida, en cuanto se escribe.--Así lo consiguieron los señoritos del Club, en un periquete.
Pone la dama su mano de lirio en el hombro medio desnudo del marinero, y asegura su oferta con suavísimo agrado. El mozo se inmuta bajo la presión sedosa de aquella manecita condescendiente, y la muchacha, sonriendo y mirándole, le aturde hasta hacerle sudar y palidecer.
Quédase allá abajo quieto y confuso el paisaje marino. Cruzan el aire como saetas dos golondrinas, y en un hermoso cielo de julio, muere la luz del sol humildemente, sobre el repique grave de una campana y la canción profunda de las olas.
V
EL ENSUEÑO DEL BALANDRO.--CORTE DE AMOR Y GALANTERÍA.--CABALLERO EN BRIOSO ALAZÁN...
VEHEMENTE, bullidora como la espuma, como la espuma tornadiza y frágil, pone la de Alcántara en sus proyectos el ímpetu de las cosas que no se realizan jamás. ¡Con qué entusiasmo se entrega á los ardores de la imaginación, sin perjuicio de abandonarse después á la indolencia y la acritud, desmenuzando cruelmente las causas de sus recónditos sentimientos! Todo se le vuelve tejer fantasías y destejer emociones, como la sombra de Penélope.
Allá van ahora, con ínfulas de actividad, sus bellos planes de burguesa urdimbre. Cosen las niñas del juez al lado de la extravagante moza, mientras ella asegura que va á empezar un encaje «al día siguiente». Ha decidido encargar su balandro á los _Talleres de San Martín_, en Santander; tendrá de largo siete metros, y le costará unas doce mil pesetas. «Mañana mismo» va á escribir pidiéndole, y dará mucha prisa para que se le entreguen pronto.
_Timonel_, el viejo amigo de la señorita, está muy interesado en esta compra, y tiene con la dama una conferencia sobre el negocio:
--Buen aparejo y buen personal para manejarle--recomienda prudente.
--¿Le parece bien Pablo?
El viejuco, con pertinaz guiño, como si escudriñase un horizonte peligroso, mira hacia adelante en lenta pausa, y replica:
--Sí, Pablo me parece bastante bien.
Luego se ofrece á probar él la nave y el piloto para mayor seguridad. Le preocupa á la muchacha el nombre que ha de ponerle; un nombre bonito y raro... Alza los ojos como si le buscase por el techo; y á poco, las niñas del juez, el marino, Eugenia y Marta, que están presentes, levantan la cabeza, buscando también por allá arriba. Sólo encuentran unas cuantas moscas que giran lentamente en un rayo de sol.
--«Eso»--alude _Timonel_, fallido--se discurre cuando el barco está pronto. Y «hacemos» aquí el bautizo, que es cosa maja y divertida, fiesta _solene_, con cura y todo...
--Velasquín--dice una de las aplicadas costureras--también tiene pedido un balandro no sé adónde.
--¿Y sabéis cómo le va á llamar?--inquiere la de Alcántara.
Marta sonríe muy segura.
--Le llamará Ana María, como la novia.
Recae la atención en este noviazgo, tema favorito de _todas_ las conversaciones en la actualidad. Y _Timonel_, luego que dedica algunos pintorescos elogios á la gentil pareja, se despide, volteando la gorra en sus manos endurecidas como raíces secas y ásperas. Es un viejo sonriente y firme, que cuelga sobre el pecho, desnudo y velloso, los nevados flecos de una barba hirsuta. Tiene cierta costumbre fina de tratar con el señorío, y se paga mucho de su privanza con los marinos de afición más ilustres en Torremar desde las tres generaciones últimas.
Al salir del gabinete deja _Timonel_ sobre la alfombra la huella vaga de sus zapatos enormes, y en el aire un fuerte olor á marisco y á brea.
Quédanse las señoras conversando de Ana María y Velasquín. Las del juez cuentan que el novio es riquísimo; que tiene automóviles, caballos, caseríos, fincas rústicas y millones de pesetas.
--No exageréis--arguye Regina con gesto impertinente--. Además--cuestiona--, Adolfo tiene un hermano.
--Sí, pero Manuel no se casará. Sólo piensa en los libros y en los descubrimientos biológicos.
--Puede gastar su fortuna en bichos ó en rarezas.
--Adora á su hermano, que es el ídolo de la casa, y que disfrutará todo el caudal, seguramente--afirma la del juez muy convencida. Las demás, conocedoras de estos caudales y estas adoraciones, dicen que sí con igual certidumbre. Y se dobla la frente de Regina opresa en la meditación que surge de aquellos comentarios:--Poco--piensa--se ha detenido Ana María en este gabinete recién abierto á la playa de nuestra niñez. Con la disculpa de que el _Robledo_ está muy distante y de que ella tiene graves obligaciones de ama de casa, reposa apenas en este sofá que yo destino á íntimas confidencias... Casi nada me ha contado de su novio, á quien ni de lejos he logrado ver. Tal incógnito y reserva son indicios de que no hay sinceridad para mí en los halagos de esa muchacha...
La sospechosa, súmese después en más gratas cavilaciones. ¡Carlos sí que la quiere con fuerte cariño, seguro y grande!... Siéntese ella acariciada por la ardiente adoración de aquel mozo sentimental y extraño, que la envuelve en luces de sol cuando la mira y tiembla cuando la saluda.
Una atracción secreta y curiosa impele á la de Alcántara hacia su silencioso adorador. Lo mismo que de niña rompía los juguetes mecánicos para ver lo que tuviesen dentro, así ahora quisiera quebrantar la timidez de aquel corazón juvenil, para escuchar el grito ingenuo y apremiante de un primer amor.
Alentado Carlos por las preferencias de Regina, allí donde, por verla unos minutos, soportara la rivalidad de otros jóvenes torremarinos, abrió su alma á las ilusiones más sonrientes, soñando una divina gloria de venturas. Hizo versos eróticos; compuso al piano, con súbita inspiración, sonatas delirantes y febriles; y todas las tardes rondó la playa, subiendo y bajando, como el mar, á los pies de la casa de Regina. Luego, al anochecer, buscaba el camino de la parroquia para ver el perfil de la joven á la hora de la novena.
Comenzó á susurrarse en el pueblo que Carlitos Ramírez estaba locamente enamorado de la señorita de Alcántara; ella sonrió alegre cuando la dieron broma con él, y puso en incertidumbre á otros galanes atendiendo á Ramírez entre todos.
Ya su dote y su belleza habían rodeado á Regina de una respetuosa corte de amor. Fabricio Bernaldo, un hermano talludo de la amorosa Filomena, aplacía tiernamente los ojos y las frases sobre aquel astro nuevo de la dorada sociedad. El notario, un hombre muy triste, con cara de moro, buena hacienda y ganancias apreciables, suspiraba también por Regina, sin disimulo ni sosiego. Y la codiciaron con igual apetito, Felipe Alonso, rubio y lánguido como un tenor de opereta; Paco Ordoñez, médico, chiquitín y ocurrente, hijo único de viuda rica, y otros cuantos señores casaderos y estimables, cuyos nombres no son de interés ni utilidad á las páginas de esta historia verídica.
* * * * *
Cuando las dos niñas del juez, de turno aquella tarde en casa de Regina, terminaron su labor, era la hora del rosario. Ciñéronse las muchachas, como su huéspeda, unos velitos modestos sobre la frente, y se dirigieron á la parroquia.
Ibase el día vencido á morir en el mar túmido y sollozante. En lontananza serena se besaban las aguas y las nubes, ya obscuro el cielo con el manto de sombra de la noche.
Por una leve senda que bajaba á la ciudad desde el _Robledo_, resonó el trote firme de un caballo, y, delante de las tres niñas devotas, pasó, jinete en brioso alazán, un mozo arrogantísimo, con la solapa florecida, el puro en los labios, y un aire diestro y feliz, lleno de gracia.
--Es Adolfo, que viene de ver á la novia--anunciaron á Regina las del juez, mientras que el caballero saludaba cortésmente sin hacer alto.
Quedóse la de Alcántara presa de un deslumbramiento indefinible. Aquel rumbo, aquel porte del mozo, tan desenfadado y gentil, la recordaban los grandes salones que con su padre había recorrido en los días felices de triunfos y esperanzas, cuando desdeñó todas las dulces realidades del mundo para correr detrás de los sueños y las fantasías.