Agua de Nieve (Novela)

Part 3

Chapter 33,824 wordsPublic domain

La mueca negligente con que Jaime recibía y gastaba aquellos dineros, sin contarlos siquiera, desapareció cuando Regina, ya en su papel de dueña del hogar, dilató la mirada interrogadora sobre los ojos de su padre, y le llamó á capítulo con una sonrisa no exenta de severidad. Y Alcántara, de cera entre las manos de su hija y decidido á ser la Providencia de sus antojos, se puso entonces á escribir cartas, hacer cuentas y dictar órdenes, ejercitando sus derechos como señor absoluto de sus haciendas. La amenaza de un viaje á Cuba dió como por ensalmo solución sencilla á estos asuntos enojosos. Crecieron las rentas, mejoraron los negocios y descansó Jaime, seguro de poder con holgura apoyar los designios de su hija.

Tal vez, un poco fatigado de andanzas y aventuras, él hubiera querido entonces anclar en París la nave de sus cuarenta años, y allí mecerla en el sosiego de una vida fácil, sin abuso de placeres ni agitación de pasiones, sometido al influjo bienhechor de sus niños, que tan dulcemente le habían echado al cuello la santa cadena de olvidados amores y deberes. Pero Regina, la maga de los cabellos rubios y de los ojos negros, que con sus manos casi infantiles gobernaba el hogar y señalaba el rumbo á la existencia del padre, no pensaba lo mismo.

Un año en París le había bastado para agotar el manantial de todas aquellas novedades. Contempló al principio con devoradora atención el semblante alegre y magnífico de la villa enorme; visitó los insignes monumentos, los teatros, los bazares cosmopolitas, los museos, los palacios históricos, y cuantos lugares le inspiraban curiosidad por haberlos ya conocido en las novelas. Vió lo que puede ver en París una mujer aprendedora y honesta, hizo milagros de brujería sobre la movible cara mundial de la villa luminosa, adivinando los misterios más recónditos, y así que logró disciplinar la palabra y el oído para comunicarse con aquel gran pueblo, como ya lo hicieron desde el primer instante sus ojos parlanchines, suspiró hastiada, y dijo, con insinuante ruego, firme como un mandato:

--¡Padre! ¡Vámonos de aquí!...

Con la esperanza de hallar nuevos y hermosos los caminos del mundo, al través de los ojos de su hija, emprendió Jaime sonriente la ruta que sobre un mapa señaló aquella linda «doctora» de diez y seis primaveras.

Componían un grupo interesante, el papá, joven y guapo, sumiso con rendición absoluta á los deseos ardientes de la muchacha, y ella, haciendo con mucho donaire de madrecita entre su padre y su hermano, á quienes por igual prodigaba órdenes y caricias.

En aquella pequeña tribu, formaba la vanguardia Eugenia Barquín, sin asombrarse de cosa alguna como buena montañesa, dócil siempre y mollar á los caprichos de la señorita.

De este modo salieron de París como de Torremar habían salido: llevados adelante por el mundo bajo el hechizo imperioso de una precoz curiosidad de mujer...

Anhelosa estaba Regina de verificar en ciudades y en caminos, en selvas y mares, las historias y las fábulas que aprendiera en su ambicioso hartazgo de lecturas. Poblada la memoria de ideas y de imágenes en confuso vértigo; exaltada la fantasía; lleno de fiebres el entendimiento y el corazón, no había de quedar rincón en el planeta, según se prometía, donde no pusiera los ojos.

Su gran deseo era conocer Italia. Aplazando con un desdén muy español, el viaje debido á las glorias y hermosuras de su patria, tan llena de arte y de recuerdos, quiso ir á Roma.

No la detuvieron por muchos días los monumentos de la ciudad eterna, Meca de los artistas, ni tampoco los dulcísimos paseos por la encantada Venecia, ensueño de románticos y propicia excursión de novios ricos. La reina del Adriático, puesta entre el cielo y el mar con desprecio de la tierra, tenía para Regina un semblante amigo; cruzó sin extrañeza sus silenciosas calles de agua, como si ya muchas veces hubiera contemplado la mansión de los Dux y el león de San Marcos, recostada en el fondo de una góndola, igual que una antigua dogaresa.

La pequeña mano dictadora se alzó en amistoso saludo hacia el puente de los Suspiros, y hasta le parecieron familiares á la niña las casas del Ticiano y el Tintoretto; recordó las páginas de _El Fuego_, de Gabriel d'Annunzio, y el ceño adusto de Ricardo Wagner llorando sus amores á compás de la música de _Tristán é Iseo_. Todas las sombras insignes que poblaban la vieja Señoría, inclináronse reverentes al pasar la niña española; tanto en láminas y en letras había ella navegado entre pórticos de mármol, y gondoleros tenores, por aquella peregrina ciudad de amoríos y tragedias...

La _Pineta_ de Rávena, llamó luego su atención con grandes alicientes. Le parecía á la soñadora que en el inmenso bosque ribereño del Adriático, donde anclaron un día las guerreras naves de Roma, erraban los suspiros del Dante, que desterrado de Florencia bebió en la silvestre soledad inspiración para las páginas inmortales de su _Infierno_. Buscó Regina devotamente la silenciosa orilla del Canal, sitio predilecto del vate florentino; la célebre _Vía del poeta_, donde cantó y amó lord Byron á la condesa Guiccioli, donde también Bocaccio y Dryden padecieron y amaron.

Todo el bosque susurró en una lenta cabezada majestuosa, como de saludo y asentimiento á la férvida evocación de la niña perseguidora de ecos y de espíritus; y un aroma de poesía y de leyenda envolvió en le nemorosa espesura á la devota visitante...

Aquella frente juvenil, abrumada por pliegues prematuros, sintióse en Bolonia _la Docta_ oreada por un altivo soplo de sabiduría; la rubia cabecita inquieta y febril se irguió con petulancia imperiosa entre monumentos etruscos y palacios de la Edad Media, ladeándose con tan ufana seguridad como las insignes torres inclinadas...

Un beso premeditado, un poco frío, incrédulo tal vez, sobre el sepulcro de Julieta y Romeo, en Verona, y luego el camino austriaco de Splügen para subir á los Alpes, que ya había contemplado con avaricia desde la catedral milanesa. Cuando hubo dado fe de arrestada alpinista en el soberbio monte Rosa, quiso bajar Regina al golfo de Spezzia en busca del magnífico espectáculo que ofrecen desde allí los mármoles de Carrara, lanzando sus crestas audaces al cielo intensamente azul, como bravía cantera de estatuas y palacios vírgenes aún no labrados por la gubia y el cincel... Deleitoso paseo por el valle del Arno, volviendo siempre la cabeza hacia el marmóreo monte que el sol inflama con sangrientas luces; al Sur de la dorada maravilla la solitaria torre de añeja mención en la literatura italiana, _Pania della Croce_, la _Pietra Pane_ de Dante Alighieri... Otra vez el recuerdo del inmortal enamorado de Beatriz... ¡El Dante! ¡Oh, muy amigo de Regina!... La cual, como también conoce á Horacio, se detiene en Tívoli, frecuentado rincón del poeta latino, y allí consagra la viajera, en español un poco afrancesado, el testimonio de su fría admiración hacia las musas clásicas.

Pero estas excursiones son como visitas de cumplido, coyunturas que la niña aprovecha para engreirse de su familiaridad con tan egregios nombres; tácitas pruebas que á sí misma se ofrece de que todo lo sabe y todo lo comprende. Sus pasos por aquellos lugares predestinados, semejan reverencias gentiles, graciosas demostraciones de erudita amistad.

--¡Adiós, Dante!--murmura Regina.--¡Adiós, Horacio! Hasta otro ratito... Me reclaman las vivas realidades; quiero calentar mis manos en la hervorosa lava del Vesubio... Siento "la embriaguez del fuego"... Me voy á Nápoles... ¡Adiós! ¡adiós!

Pero Regina es ya una mujer, y mujer coqueta. Se olvida del volcán repentinamente para comprarse lindos corales en la _Torre del Greco_. Después, ya en lo alto de la trágica montaña, entre el cielo y el cráter, se divierte contemplando las sangrientas pulseras de cuentas coralinas, que caen como esposas de fuego sobre sus manos... Siempre guardará aquellas joyas como un regalo ardiente del Vesubio...

Quiere luego mirar el firmamento esplendoroso desde la torre de Bellosguardo, allí donde el mártir Galileo leyó en los mundos siderales, y gustar en Florencia, patria de tantos artistas próceres, un saludable reposo bajo el pálido verdor de las encinas, viendo correr el Arno entre laureles.

También quiere subir al Etna, que le inspira mucho respeto, ya que data nada menos que de Píndaro el relato de sus pujanzas destructoras.

Mas llegando á Sicilia ha de buscar la playa donde se abre un túnel en ruta desconocida. Sonríe la muchacha con desdeño, asegurando que el misterioso túnel corre por debajo del mar hasta la Elida, hasta el sitio donde Diana convirtió en fuente á la ruborosa Aretusa para sustraerla á las persecuciones de Arfeo, el dios río...

--Pero fué el caso--añade Regina--que Arfeo juntó sus aguas con las de su amada ninfa, y el doble caudal desapareció para siempre, perdiéndose en las arenas con secreto de amor... ¡Qué preciosa leyenda!... ¡Amar como los dioses y como las aguas, evaporarse como el rocío en el seno de la naturaleza! ¡Convertirse en fuente y en nube, en tierra y en flor! ¡Qué maravilla!

La andariega española, que á la postre no sabe qué busca ni qué quiere, concluye por cansarse de Italia. Ya los museos la aburren, la contemplación de los tesoros del arte y de la historia la causan un tedio y una fatiga que no se atreve á confesar. Atenta sólo á las superficies doradas de las cosas, no acierta á discernirlas, amarlas ni comprenderlas. El corazón permanece intacto y glacial bajo la calentura constante de la imaginación y de los sentidos.

Embriagada de luz y de color, en la tierra madre de la raza latina, busca ahora, por contraste, los cielos norteños, los países románticos de Noruega y Alemania. Ecos de los antiguos trovadores del Rhin le dicen leyendas de amor y de muerte, estupendos lances de pasión heroica, memorias perdurables prendidas en dramáticos jirones en los sombríos abetos de la Selva Negra. Ríos y afluentes que bajan tranquilos entre praderas lozanas para dar nombre á risueños valles; torrentes espumosos que rugen desmelenados en hondos desfiladeros y salvajes rocas, todas las aguas de la Selva, madre del Danubio, tuvieron para Regina lenguas y voces, antiguas imágenes y romancescas tradiciones.

Aquí estuvo el castillo que edificó Rolando para vivir en austera soledad, frente al monasterio donde su amada, creyéndole muerto, se encerró niña y hermosa... Allí la cima del Dragón, donde Sigfredo mató al monstruo que robara á la hija de Auderico... Más lejos, la montaña de la Nube, con la historia sangrienta de la esposa infiel, y entre visiones de sílfides y gnomos, surge de las aguas la poética relación de la doncella de Eherenthal. Regina está á punto de batir palmas como en el teatro de Torremar, durante aquella inusitada representación de _El oro del Rhin_.

Opera fantástica le parece también á la niña este paseo por el gran río alemán; cantan las aguas, cantan los bosques, desfilan los valles á manera de decoraciones peregrinas; y en la inquietud de las ondas, en las penumbras del paisaje, flota la tradición, viven y sienten las imágenes legendarias... ¡Rolando! ¡Qué nombre tan varonil!... Es un caballero fuerte y hermoso que vuelve de la guerra con marciales arreos...

--Aquí estoy, amor mío, exclama la imaginación de Regina.--No es cierto que me haya metido monja... No creí en tu muerte nunca... ¡Llévame á tu palacio de mármoles y bronces!

Y la mocita navegante extiende hacia la ribera sus brazos y dilata con emoción sus ojos de sonámbula.

Es ella la novia fiel, la dulce prometida. Rolando la espera para desposarla en su castillo mágico...

Pero la soñadora enamorada se asusta un poco de amores tan serios y definitivos. Impresionable y golosa, quisiera un placer á flor de labio, que no se adentrase mucho en el corazón.

Ved por cuánto el territorio de la Selva Negra está lleno de ricos y perfumados fresales que cubren de flores y frutos las faldas de las montañas y la ondulación de las praderas; que acosan las ciudades, los pueblos, las cabañas; invaden los caminos, patios y jardines, y trepan por las rocas, á lo largo de los muros, ofreciéndose entre las piedras con prodigiosa fecundidad...

Excitados el apetito y el asombro de la supuesta novia, sus labios «de fresa» buscan el fruto que tanto se les parece, con repentino abandono de Rolando el guerrero.

Y todas las leyendas del Rhin se eclipsan en la sabrosa realidad de aquella golosina predilecta...

IV

EL NIÑO ENFERMO.--ORIENTE.--SPA.---LA MUJER CABEZA.--LA MEDIA LUNA.--¡VÁMONOS Á AMÉRICA!--EL MAR.

CUATRO años de holgorio por Europa no bastaron á satisfacer la insaciable curiosidad de Regina. El espectáculo del mundo, atisbado en tan múltiples formas, superficiales y rápidas, no hacía sino excitar su apetito de emociones; todo quería verlo y sentirlo en su ruta, sin tener paciencia para detenerse á comprenderlo y amarlo. De cuantas cosas percibía no le quedaba luego más que un tropel de sensaciones contradictorias.

La naturaleza, el arte, la historia y la leyenda, íbanla llamando por diversos caminos; pero una dolorosa irritabilidad de su imaginación la obligaba á devorar las impresiones con estímulo impaciente de otras distintas, como si le faltase tiempo para saborearlas, como si alzase Dios sobre tan desbocadas ansiedades el castigo de no poder gustar los frutos de la vida, la maldición de desflorar todos los goces en una carrera anhelosa y penitente.

Las cuitas de Daniel obligaron á la viajera á muchas detenciones imprevistas. Con frecuencia el niño necesitaba reposo, y era siempre su hermana la primera en notarlo y prescribirlo.

En las forzosas paradas del errabundo peregrinaje, muchas eminencias de la medicina auscultaron el pechito endeble de Daniel. Aquellos sabios doctores mecieron la cabeza, conpungidos, diciéndole al padre inquieto:

--Muy lento desarrollo... Estrechez de la cavidad torácica... Pobreza de sangre...

Y algunos, más desengañados ó menos piadosos, añadieron cruelmente:

--Candidato á la tuberculosis...

La amenaza siniestra quedó flotando sobre los alegres nómadas como una ironía de su buena fortuna.

Joven y hermoso el padre; la hija moza y gentil; robusta y agraciada la doncella, iban por el mundo, derrochadores, sin pena ni gloria, y era Daniel á su lado la triste nota del humano dolor, la sombra de la fatalidad, que no perdona á los felices.

Amaba Regina á su hermano con pía ternura; le mimaba como á un chiquitín; tenía para él condescendencias protectoras y entrañas maternales. Pero desde que vió esquiciarse el señuelo de la Avara en los ojos velados y dulces de Daniel, padeció rudas crisis de terror y misericordia.

Si el pobre sentenciado se amortecía silencioso y febril, en horas turbias, era Regina siempre su más infatigable compañera. Apostábase junto al lecho del paciente, inflamada en temerarios rencores, avizorando, en traza de reto, el sutil avance de la Intrusa. Con el frescor saludable de sus bellas manos, acariciaba Regina las manitas madorosas del niño, y erguía el lozano busto como troquel adversador contra la enemiga invisible. En esta defensora actitud hablaba á Danielín alegremente, ocultando en la maravilla de sus gorjas los hilos de una voz que temblaban rotos de miedo.

Como el muchacho solía animarse con estos halagos, Regina se altivecía entonces, suponiendo que disputaba, triunfadora, su presa á la muerte.

Otras veces, medrosa del silencio en sus velatorios, entonaba una dulce cantilena, mientras se adormecía el niño en la quieta oscuridad de la alcoba. Viéndole ya en reposo, iba á besarle, pero al advertir que estaba desfallecido en profundo sopor, después del acceso febril, sentíase á punto de lanzar un grito, helado como la frente del enfermo... Allí estaba la Astuta, la Invencible... Se removía en la estancia el toldo de la sombra con rumores macabros, tal vez de mandíbulas crujientes ó de áspera guadaña, y Regina, en un esfuerzo viril de angustia y de valor, alzaba los brazos sobre Daniel como queriendo defenderle.

Cuando el hermanito recobraba algunas fuerzas y volvía, con arrestos fugaces, á la vida, en vano la moza pretendía arrebatar de aquella existencia amada el halo de mortal sufrimiento con que se inclinaba hacia la tierra. Imaginando que el niño se dejaba vencer por cobardía; que se dejaba morir, como su madre, en la dilatación de una sonrisa humilde pretendía aleccionarle, fortalecerle, henchirle de esperanzas y rebeliones.

Mirábale á los ojos con hipnótica fijeza; le soplaba en los labios el cálido aliento de la florida boca; le sacudía fervorosamente con sus brazos recios y hermosos, como si se creyera dotada de un poder sobrenatural para repetir en la carne marchita de Daniel el divino milagro:

--¡Levántate y anda!...

Reía el niño con diversión, tomando á juego los arrebatos de su hermana, mientras Jaime se conmovía en aquellas escenas rápidas y crueles, y Eugenia suspiraba, disimulando sus temores.

De aquellas luchas entre el cariño y el espanto, á la vera de Daniel, le quedaban á Regina un amargor y un tedio, contra los cuales buscaba defensa en furiosa renovación de placeres.

Apenas su hermano se animaba con aparentes destellos de salud, la madrecita delegaba en Eugenia sus obligaciones, y eligiendo un lugar sano y cómodo para la doncella y el niño, disponíase á tramontar volcanes, resucitar mitos, registrar monumentos y ruinas y perseguir sombras y musas. La acompañaba su padre, amante y orgulloso, aliviando su corazón de la presencia lastimosa de Daniel, con una facilidad acaso ligeramente egoísta.

Los dos, solos y juntos, sentíanse consolados y felices, llenos de la fuerza alegre que dan la juventud, el talento y la hermosura. Ligeros y engreídos, formaban una linda pareja de ambulantes, á quienes se tomaba por matrimonio, con gran contento por parte de la niña y halago juvenil para el papá. De esta guisa posaron su fugitiva planta en cientos de parajes raros y bellos, sin que Regina renunciase á uno solo de sus caprichos de exploradora, por costoso y difícil que pareciera. Cantó frente á Estambul la _Canción del pirata_ en homenaje á Espronceda, su compatriota, y navegó sobre el Mármara y el Bósforo, deteniéndose á saludar la _Torre de la Doncella_, donde la infiel sacerdotisa de Venus adoraba en románticas citas á su heroico Leandro, náufrago de amor en las furias del Helesponto... Quiso buscar las huellas de Shakespeare en su tierra natal, cabe el Avon, y recitar las baladas de Walter Scott, á orillas del Tweed... Quiso dormir en los lagos de Suiza y deslizarse en raudo trineo sobre el Neva helado, envuelta en ricas pieles de Astracán... Erró, sabia y curiosa, entre los viejos mármoles de Atenas, y sus ojos aventureros navegaron por la azul bahía de Eleusis, á la hora melancólica del crepúsculo, cuando los centenarios bosques de mirtos se inclinan hacia el mar en lánguido suspiro...

Jaime y Regina habían llegado á olvidar un poco el adolecido rostro de Daniel; pero una fecha vino á decirles que había llegado el tiempo de llevarle á las aguas salutíferas de Spa, según prescripción de un médico ilustre.

Y allí precisamente, al pie del famoso manantial, promesa de salud, sintió Regina, por paradoja, su primer malestar físico. Era un mareo doloroso, con punzadas en las sienes; una profunda fatiga del espíritu, que hacía pesadas y enormes todas sus ideas, y mezclaba sus memorias en extravagante confusión. Inapetente y desmayada, sentía necesidad de cerrar los ojos á cada momento, con la rara sensación de que todo su cuerpo era cabeza.

A las alarmas de su padre, contestó, queriendo burlarse de sí misma.

--Tengo náuseas en la frente...

Y era verdad. Sentía ascos y bascas en la cabeza, en la cabeza monstruosa que le bajaba hasta los pies y le crecía sobre los hombros hasta dar en el techo de su cuarto. Se acostó entelerida. Dentro del miembro disforme que había tomado posesión de su persona entera, bailaban los recuerdos gigantescos y confusos, veloces, disparatados...

Un beso devoto que dió Regina en Ruan al _Corazón de León_ de Ricardo I, mirábale ahora, sangriento como una herida, impreso en el rostro de Juana de Arco, la cual se paseaba tranquilamente por la plaza donde la quemaron, en la propia ciudad de Normandía.

A este punto llega Schiller, con su peluca rubia y su casaca con puños de encaje, dando voces, pretendiendo que se aplace el suplicio mientras él compone su drama _La doncella de Orleans_. La gran plaza se llena de soldados ingleses, de sacerdotes, de gente curiosa y vocinglera; pero de pronto se disipan todas las imágenes y se abre en el fondo un agujero inmenso, negro como la boca de un sepulcro. Lanza Regina un grito, y las tinieblas se deshacen; aparece el mar y en el mar unas islas blancas y sonrosadas, como mármoles al sol... Luego un paisaje bellísimo, todo sembrado de ruinas; al fondo se dibuja una gigante acrópolis de airosas columnas y labrado friso... Un tropel de garzas reales huye á esconderse en las orillas de un lago azul... Son los dioses fugitivos, que, añorantes de Grecia, se disfrazan á menudo para visitar los sagrados lugares de su antigua dominación... Al cabo, Regina, vestida de tirolesa, baja del Monte Rosa, pisando con blandura la nieve. Atraviesa valles y ríos con suma facilidad: se detiene en la isla Bella, bajo los opulentos toronjales, y se pone á hacer un lindo ramo de adelfas, blancas y rojas...

De repente se le echa encima la rígida sombra de un enorme ciprés, y Regina se siente presa en tupida maraña de siemprevivas. Todas estas flores de cementerio muestran unas caritas llorantes y resignadas, y parecen miniaturas de la cara angustiosa de Daniel.

Medrosa y contrita la muchacha, quiere rezar por su hermano, pero no se acuerda de ninguna plegaria. En vano pugna por hallarla en su corazón. Su corazón no existe. Regina sigue siendo toda cabeza... Busca que te busca, bajo el cráneo fenomenal, encuentra la infeliz muchas imágenes, algunas ideas enrevesadas, unos pensamientos que se encogen y se estiran, como larvas temblorosas... ¡oraciones, ninguna! Las caras de muchos Danielitos chiquitines la acosan en todos aquellos brotes de sepultura que aciagos crecen en la fecundidad de la isla Bella, entre bálsamos, orquídeas y limoneros... Quizá su hermanito abandonado la llama y la acusa; tal vez se está muriendo el triste, solo y mísero... Regina quiere, á todo trance, pedir clemencia al cielo.

--¡Una oración! ¡una oración!--grita desesperada. Su terrible cabeza se arrodilla, y con esfuerzo desgarrador, entre unos labios secos y duros, pronuncia maquinalmente una voz melodiosa:

--_Con Dios me acuesto... con Dios me levanto..._

--Hija mía, ¿qué dices?--pregunta alarmado Jaime, á la cabecera de la cama.

La enferma abre los ojos.

--Estoy rezando--murmura. Y sonríe con gozo repentino, al sentir en la almohada su cabeza de tamaño natural, y al advertir que su cuerpo, bienlogrado y armonioso, obedece á la cabecita rubia en movimientos fáciles.

Alcántara la observa con ansiedad creyendo que delira, y la muchacha se coloca una mano sobre el corazón acuciando sus latidos con un resto de inquietud y pidiéndole todavía una plegaria, más supersticiosa que ferviente.

El buen corazón, pronto siempre á conceder cuanto le piden, contesta sin tardanza:

--_Padre nuestro, que estás en los cielos..._

Regina cerró los ojos con dulzura y adormecióse en aparente serenidad, con la desusada oración entre los labios, que sonreían y rogaban en una vaga mezcla de beatitud y divertimiento.

Tal vez aquel benéfico reposo gustaba á medias de la santidad de una deprecación confortadora y de la fantasmagoría de unos sueños enrevesados y sorprendentes...

Poco después, en su visita de la noche, el médico pulsó á la enferma cuidadoso, sin despertarla, y aseguró á Jaime que había remitido la fiebre nerviosa que aquejaba á la niña, y que en unos descansados días de Spa quedaría sana y alegre.