Adán y Eva en el paraíso

Part 7

Chapter 73,914 wordsPublic domain

El procurador, el señor Souza, estaba en la frontera desde mayo, atendiendo a la madre que había recibido una coz de una mula. Por fuerza había habido engaño, cartas perdidas... Porque el señor Souza no contaba con S. E... hasta septiembre, para la vendimia. En casa ninguna obra comenzara y, desgraciadamente para S. E., los tejados aún estaban sin tejas, y las ventanas sin vidrios...

Crucé los brazos, tomado de un justo espanto. ¿Pero los cajones, esos cajones remitidos a Torges, con tanta prudencia, en abril, repletos de colchones, de regalos, de civilización?... El casero, vago, sin comprender, desencajaba los ojos menudos en donde ya bailaban lágrimas. ¿Los cajones? Nada llegara, nada apareciera. Y en su perturbación, Zé Braz buscaba entre las arcadas del patio, en los bolsillos de los pantalones... ¿Los cajones? ¡No, no tenía los cajones! En esto, acercose gravemente el cochero de Jacinto (que había traído los caballos y los carruajes). Ese era un hombre civilizado, y acusó de todo al gobierno. Ya cuando él servía al señor vizconde de S. Francisco habíanse perdido, por abandono del gobierno, de la ciudad a la sierra, dos cajas de vino viejo de Madeira y ropa blanca de señora. Por lo cual, él, escarmentado, sin confianza en la nación, no abandonara los carruajes, y era todo lo que restaba a S. E.: el break, la victoria, el coupé y los cascabeles. Solo que, en aquella ruda montaña, no había carreteras por donde pudiesen rodar. Y como para subirlos hasta la quinta eran necesarios grandes carros de bueyes, los dejara allá abajo, en la estación, quietos, empaquetados en lona...

Jacinto quedó plantado delante de mí, con las manos en los bolsillos:

--¿Y ahora?

Nada restaba sino recogernos, cenar el caldo del tío Zé Braz, y dormir en las pajas que los hados nos concediesen. Subimos. La escalera noble conducía a un gran balcón, todo cubierto en alpendre, aumentando la fachada del caserón y ornado, entre sus gruesos pilares de granito, con cajones llenos de tierra, en que florecían claveles. Cogí un clavel. Entramos. ¡Y mi pobre Jacinto contempló, en fin, las salas de su solar! Eran enormes, con las altas paredes revocadas de cal que el tiempo y el abandono habían ennegrecido, y vacías, desoladamente desnudas, ofreciendo apenas como vestigio de habitación y de vida, por los rincones, algún montón de cestos o algún haz de azadas. En los techos remotos de encina negra albeaban manchas, que era el cielo ya pálido del fin de la tarde, sorprendido a través de los agujeros del tejado. No quedaba una vidriera. A las veces, bajo nuestros pasos, una tabla podrida crujía y cedía.

Hicimos alto, al cabo, en la última, la más vasta, donde había dos arcas inmensas para guardar el grano; y allí depusimos melancólicamente lo que nos quedara de las treinta y siete maletas: los abrigos de viaje, un bastón y un _Diario de la Tarde_. A través de las ventanas desvidriadas, por donde se avistaban copas de arbolados y las sierras azules de allende el río, el aire entraba montesino y amplio, circulando plenamente como en un terrado, con aromas de pinar bravío. Y allá, de lo hondo de los valles, subía desgarrada y triste, una voz de pastora cantando. Jacinto balbució:

--¡Es honoroso!

Yo murmuré:

--¡Es campestre!

IV

Zé Braz, en tanto, con las manos en la cabeza, desapareciera a ordenar la cena para _sus inselencias_. El pobre Jacinto, desalentado por el desastre, sin resistencia contra aquel brusco desaparecimiento de toda la civilización, cayó pesadamente sobre el poyo de una ventana, y desde allí miraba a los montes. Y yo, a quien aquellos aires serranos y el cantar del pastor sabían bien, terminé por descender a la cocina, conducido por el cochero, a través de escaleras y callejones, en donde la oscuridad venía menos del crepúsculo que de densas telas de araña.

La cocina era una espesa masa de tonos y formas negras, color de hollín, en la cual refulgía al fondo, sobre el suelo de tierra, una hoguera roja que lamía gruesas ollas de hierro, y se perdía en humareda por la reja escasa que en lo alto colaba la luz. Un bando alborozado y parlero de mujeres desplumaba pollos, batía huevos, limpiaba arroz con santo fervor... Del centro de ellas, el buen casero, atontado, embistió para mí, jurando que «la cena de _sus inselencias_ no se demoraba un credo». Y como yo le interrogara a propósito de las camas, el digno Braz tuvo un murmurio vago y tímido sobre «jergoncitos en el suelo».

--Es bastante, señor Zé Braz --acudí yo para consolarle.

--¡Pues así Dios sea servido! --suspiró el hombre excelente, que atravesaba en esa hora el trance más amargo de su vida serrana.

Eché a andar hacia arriba con estas consoladoras nuevas de cena y cama, y encontré aún a mi Jacinto en el poyo de la ventana, embebiéndose todo de la dulce paz crepuscular, que lenta y calladamente se establecía sobre valle y monte. En el alto ya temblaba una estrella, Vesper diamantina, que es todo lo que en este cielo cristiano resta del esplendor corporal de Venus. Jacinto nunca considerara bien aquella estrella, ni había asistido a este majestuoso y dulce adormecer de las cosas. Ese ennegrecimiento de montes y arbolados, casales claros fundiéndose en la sombra, un toque durmiente de campana que venía por las quebradas, el cuchichear de las aguas entre los prados, eran para él como iniciaciones. Yo estaba enfrente, en el otro poyo. Y lo sentí suspirar como un hombre que al fin descansa.

En esta contemplación nos encontró Zé Braz, con el dulce aviso de que estaba en la mesa la _ceniña_. Era, en la otra sala, más desnuda, más negra. Y allí, mi supercivilizado Jacinto reculó con un pavor genuino. En la mesa de pino, recubierta con una toalla, arrimada a la pared sórdida, una vela de sebo medio derretida en un candelero de latón, alumbraba dos platos de loza amarilla, ladeados por cucharas de palo y por tenedores de hierro. Los vasos, de vidrio grueso y empañados, conservaban el tono rojo del vino que por ellos pasara en hartos años de hartas vendimias. El platillo de barro con las aceitunas, deleitaría, por su sencillez ática, el corazón de Diógenes. En el ancho pan de maíz estaba clavado un cuchillo... ¡Pobre Jacinto!

Mas al fin se sentó resignado, y mucho tiempo pensativamente refregó con su pañuelo el tenedor negro y la cuchara de palo. Después, mudo, desconfiado, probó un trago corto de caldo, que era de gallina y olía muy bien. Probó, y levantó hacia mí, su compañero y amigo, unos ojos largos que lucían sorprendidos. Volvió a sorber una cucharada de caldo, más llena, más lenta... Y sonrió, murmurando con espanto:

--¡Está bueno!

Estaba realmente bueno; tenía hígado y mollejas; su perfume enternecía. Yo lo ataqué tres veces con energía, pero fue Jacinto el que raspó la sopera. Luego, separando el pan y separando la vela, el buen Zé Braz puso en la mesa una fuente vidriada, que desbordaba de arroz con habas. A pesar de que la haba (que los griegos llamaran _ciboria_) pertenecía a las épocas superiores de la civilización, y promovía tanto la sapiencia que había en Sicio, en Galacia, un templo dedicado a Minerva Ciboriana, Jacinto siempre detestara las habas. Probó, sin embargo, una cucharada, tímido. De nuevo sus ojos, alargados por el asombro, buscaron los míos. Otra cucharada, otra concentración... Y he ahí que mi dificilísimo amigo exclama:

--¡Está óptimo!

¿Eran los aires picantes de la sierra? ¿Era el arte delicioso de aquellas mujeres, que, abajo, removían las ollas, cantando el _Viva mi bien_? No sé; mas los loores de Jacinto a cada plato fueron ganando en amplitud y firmeza. Y delante del pollo amarillo, asado en el espeto de palo, terminó por gritar:

--¡Está divino!

Nada, sin embargo, le entusiasmó como el vino, el vino cayendo de alto, de la gruesa colodra verde, un vino gustoso, penetrante, vivo, caliente, que tenía en sí más alma que mucho poema o libro santo. Viéndole poner a la luz de sebo el vaso rudo, orlado de espuma, yo recordaba el día geórgico en que Virgilio, en casa de Horacio, bajo la enramada, cantaba el fresco pajizo de la Rética. Y Jacinto, con un color que yo nunca le había visto en su palidez schopenhaurica, susurró luego el dulce verso:

_Rethica quo te carmina dicat._

¿Quién dignamente te cantara, vino de aquellas sierras?

Así comimos deliciosamente, bajo los auspicios de Zé Braz. Y después volvimos para las alegrías únicas de la casa, para las ventanas desvidriadas, a contemplar silenciosamente un suntuoso cielo de verano, tan lleno de estrellas que todo él parecía una densa polvareda de oro vivo, suspensa, inmóvil, por encima de los montes negros. Como yo observé a Jacinto, en la ciudad nunca se miran los astros por causa de los faroles, que los ofuscan; y por eso nunca podemos entrar en una completa comunión con el Universo. El hombre, en las capitales, pertenece a su casa o, si lo impelen fuertes tendencias de sociabilidad, a su barrio. Todo lo aísla y lo separa de la restante naturaleza: las casas obstructoras de seis pisos, el humo de las chimeneas, el rodar moroso y grueso de los ómnibus, la trama encarceladora de la vida humana... ¡Pero qué diferencia en la cima de un monte, como Torges! Ahí todas esas bellas estrellas miran para nosotros de cerca, rebrillando, a la manera de ojos conscientes; unas fijamente, con sublime indiferencia; otras, ansiosamente, con una luz que palpita, una luz que llama, como si tentasen revelar sus secretos o comprender los nuestros...

Es imposible no sentir una solidaridad perfecta entre esos inmensos mundos y nuestros pobres cuerpos. Todos somos obra de la misma voluntad. Todos vivimos de la acción de esa voluntad inmanente.

Todos, por tanto, desde los Uranos hasta los Jacintos, constituimos modos diversos de un ser único, y a través de sus transformaciones sumamos una misma unidad. No hay idea más consoladora que esta: que yo, y tú, y aquel monte, y el sol que ahora se esconde, somos moléculas del mismo Todo, gobernadas por la misma Ley, rodando para el mismo Fin. Desde luego se sumen las responsabilidades torturantes del individualismo. ¿Qué somos nosotros? Formas sin fuerza, que una Fuerza impele. ¡Hay un descanso delicioso en esta certeza, aunque fugitiva, de que se es el grano de polvo irresponsable y pasivo que va llevado en el viento, o la gota perdida en el torrente! Jacinto concordaba, sumido en la sombra. Ni él ni yo sabíamos los nombres de esos astros admirables. ¡Yo, por causa de la maciza e indesbastable ignorancia de bachiller, con que salí del vientre de Coimbra, mi madre espiritual; Jacinto, porque en su poderosa biblioteca tenía _trescientos diez y ocho_ tratados sobre astronomía! ¿Pero qué nos importaba, de otra parte, que aquel astro de allí se llamase Sirio y aquel otro Aldebarán? ¿Qué les importaba a ellos que uno de nosotros fuese José y el otro Jacinto? Éramos formas transitorias del mismo ser eterno, y en nosotros había el mismo Dios. Y si ellos también así lo comprendían, estábamos allí nosotros, en la ventana de un caserón serrano; ellos, en un maravilloso infinito, ejecutando un acto sacrosanto, un perfecto acto de gracia, que era sentir conscientemente nuestra unidad y realizar, durante un instante, en la consciencia, nuestra divinización.

De esta suerte filosofábamos cuando Zé Braz, con un candil en la mano, vino a decir que «estaban preparadas las camas de _sus inselencias_...» De la idealidad descendimos gustosamente a la realidad; ¿y qué vimos entonces, nosotros, los hermanos de los astros? En dos salas tenebrosas y cóncavas, dos jergones, tirados en el suelo, en un rincón, con dos colchas de algodón; a la cabecera un candelero de latón, posado sobre un banco; y a los pies, como lavatorio, un barreño barnizado encima de una silla de madera.

En silencio, mi supercivilizado amigo palpó su jergón y sintió en él la rigidez del granito. ¡Después, corriendo por la cara decaída los dedos mustios, consideró que, perdidas sus maletas, no tenía ni zapatillas ni camisón! De nuevo Zé Braz hizo de Providencia, trayendo al pobre Jacinto, para que desahogase los pies, unos tremendos zuecos de madera, y para que cubriese el cuerpo, dulcemente educado en Síbaris, una camisa de la casera, enorme, de estopa, más áspera que estameña de penitente, y con volantes crespos y duros, como labores en madera. Para consolarle recordé que Platón cuando componía el _Banquete_; Jenofonte, cuando mandaba los Diez Mil, dormían en peores catres. Las camas austeras hacen las fuertes almas; solo vestido de estameña se penetra en el Paraíso.

--¿Tiene usted --murmuró mi amigo, desatento y seco-- alguna cosa que yo pueda leer?... ¡No puedo dormirme sin leer!

Yo tenía únicamente el número del _Diario de la Tarde_, que rasgué por el medio, y repartí con él fraternalmente. ¡Y quien no vio entonces a Jacinto, señor de Torges, agazapado en el borde del jergón, junto de la vela que goteaba sobre el banco, con los pies desnudos, ocultos en los gruesos zuecos, recorriendo en la mitad del _Diario de la Tarde_, con los ojos confusos, los anuncios de los barcos, no puede saber lo que es una vigorosa y real imagen del desaliento!

Así lo dejé, y de allí a poco, extendido asimismo en mi jergón, también espartano, subía, a través de un sueño jovial y erudito, al planeta Venus, donde encontraba, entre los olmos y los cipreses, en un vergel, a Platón y Zé Braz, en alta camaradería intelectual, bebiendo el vino de Rética por los vasos de Torges. Emprendimos los tres bruscamente una controversia sobre el siglo XIX. A lo lejos, por entre una floresta de rosales más altos que encinas, albeaban los mármoles de una ciudad y resonaban cantos sacros. No recuerdo lo que Jenofonte sustentó acerca de la civilización y del fonógrafo. De repente, todo se turbó por negras nubes, a través de las cuales yo distinguía a Jacinto, huyendo en un burro que impelía furiosamente con los tacones, con una vardasca, con gritos, en la dirección del _Jazminero_.

V

Muy temprano, de madrugada, sin rumor, para no despertar a Jacinto que, con las manos sobre el pecho, dormía plácidamente, partí para Guiães. Y durante tres quietas semanas, en aquella villa donde se conservan los hábitos y las ideas del tiempo del rey don Dinís, no supe de mi desconsolado amigo, que de cierto había huido de sus techos agujereados y reentrara en la civilización. Después, en una abrasada mañana de agosto, desciendo de Guiães, tomo de nuevo la avenida de las hayas y llego al portalón solariego de Torges, entre el furioso latir de los perros. La mujer de Zé Braz apareció alborozada a la puerta de la bodega. Y su nueva fue que el señor don Jacinto (en Torges, mi amigo tenía don) andaba allá abajo, con Souza, en los campos de Freixomil.

--¿Entonces, aún anda por aquí el señor don Jacinto?

¡_Su inselencia_ aún estaba en Torges, y _su inselencia_ quedaba para la vendimia!... Justamente reparaba en que las ventanas del solar tenían vidrieras nuevas; y a un lado del patio posaban baldes de cal; una escalera de albañil quedara arrimada contra la baranda, y en un cajón abierto, aún lleno de paja de embalar, dormían dos gatos.

--¿Y Grillo, apareció?

--El señor Grillo está en el pomar, a la sombra.

--Bien; ¿y las maletas?

--El señor don Jacinto ya tiene su saquiño de cuero...

--¡Loado sea Dios! Jacinto estaba, en fin, provisto de civilización. Subí contento. En la sala noble, donde el suelo fuera recompuesto y fregado, encontré una mesa cubierta de hule, aparadores de pino con loza blanca, de Barcelos, y sillas de paja, orillando las paredes muy encaladas, que daban una frescura de capilla nueva. Al lado, en otra sala, también de brillante blancura, había el conforto inesperado de tres sillones de paja de Madeira, con brazos largos y almohadones de algodón; sobre la mesa de pino, el papel, el candelero de aceite, las plumas de pato espetadas en un tintero de fraile, parecían preparadas para un estudio calmo y dichoso de humanidades; y en la pared, suspendido por dos clavos, un estante contenía cuatro o cinco libros, hojeados y usados: _Don Quijote_, un Virgilio, una Historia de Roma, las Crónicas de Froissart. La pieza contigua era ciertamente el cuarto de don Jacinto, un cuarto claro y casto de estudiante, con un catre de hierro, un lavabo de hierro, la ropa colgada en perchas toscas. Todo resplandecía de aseo y orden. Las maderas de los ventanales, cerradas, defendían del sol de agosto, que escaldaba fuera los balcones de piedra. Del suelo, rociado de agua, subía una frescura consoladora. En un viejo vaso azul un ramo de claveles alegraba y perfumaba. No había un rumor. Torges dormía en el esplendor de la siesta. Y envuelto en aquel reposo de convento remoto, terminé por extenderme en un sillón de paja junto a la mesa, abrí lánguidamente el Virgilio, y murmuré:

_Fortunate Jacinthe!, tu inter arva nota_ _et fontes sacros frigus captatis opacum._

Ya casi irreverentemente adormeciera sobre el divino bucolista, cuando me despertó un grito amigo. Era Jacinto. E inmediatamente le comparé a una planta medio mustia y decolorada en la oscuridad, que había sido profusamente regada y reviviera en pleno sol. No andaba encorvado. Sobre su palidez de supercivilizado, el aire de la sierra o la reconciliación con la vida habíanle dado un tono moreno y fuerte, que le virilizaba soberbiamente. De los ojos, que en la ciudad le había conocido, siempre crepusculares, saltaba ahora un brillo de mediodía, decidido y dilatado, que entraba francamente en la belleza de las cosas. Ya no pasaba las manos mustias sobre la faz; batía con ellas fuertemente en el muslo. ¡Qué sé yo! Era una reencarnación. Y todo lo que me contó, pisando alegremente con los zapatos blancos el suelo, fue que, al cabo de tres días, en Torges, se sintiera como serenado, mandó comprar un colchón blando, reunió cinco libros nunca leídos, y allí estaba...

--¿Para todo el verano?

--¡Para siempre! Y ahora, hombre de las ciudades, ven a almorzar unas truchas que yo pesqué, y comprende al fin lo que es el cielo.

Las truchas eran, en efecto, celestes. Apareció también una ensalada de coliflor y vainas, y un vino blanco de Azães... ¿Quién condignamente os cantara, manjares y bebidas de aquellas sierras?

A la tarde, paseamos por los caminos, costeando la vasta quinta, que va de valles a montes. Jacinto parábase a contemplar con cariño los altos maizales. Con la mano abierta y fuerte batía en el tronco de los castaños, como en las espaldas de amigos recuperados. Todo hilo de agua, toda colina de hierba, todo pie de viña le ocupaba como vidas filiales por las cuales fuese responsable. Conocía ciertos mirlos que cantaban en ciertos chopos. Exclamaba enternecido:

--¡Qué encanto, la flor de trébol!

A la noche, después de un cabrito asado en el horno, al que el maestro Horacio habría dedicado una Oda (tal vez un Carmen Heroico), conversamos sobre el destino y la vida. Yo cité, con discreta malicia, a Schopenhauer y al Eclesiastés... Jacinto levantó los hombros, con seguro desdén. Su confianza en esos dos sombríos explicadores de la vida desapareciera, e irremediablemente, para no volver más, como una niebla que el sol esparce. ¡Tremenda tontería!, afirmar que la vida se compone meramente de una larga ilusión, y levantar un aparatoso sistema sobre un punto especial y estrecho de la vida, dejando fuera del sistema toda la vida restante, como una contradicción permanente y soberbia. Era como si él, Jacinto, señalando una ortiga, crecida en aquel patio, declarase triunfalmente: «¡Aquí está una ortiga! Toda la quinta de Torges, de consiguiente, es una masa de ortigas». ¡Bastaría que el huésped alzase los ojos, para ver los trigales, los pomares y los viñedos!

Luego que, de esos dos ilustres pesimistas, uno, el alemán, ¡qué conocía de la vida, de esa vida de que había hecho, con doctoral majestad, una teoría definitiva y doliente! ¡Todo lo que puede conocer quien, como este genial farsante, viviera cincuenta años en una lúgubre hospedería de provincia, levantando apenas los ojos del libro para conversar, en la mesa redonda, con los oficiales de la guarnición! Y el otro, el israelita, el hombre de los _Cantares_, el muy pedantesco rey de Jerusalén, solo descubre que la vida es una ilusión a los setenta y cinco años, cuando el poder se le escapa de las manos trémulas, y su serrallo de trescientas concubinas, se torna ridículamente superfluo a su osamenta rígida. Uno dogmatiza fúnebremente sobre lo que no sabe, y el otro, sobre lo que no puede. Mas que se dé a ese buen Schopenhauer una vida tan completa y llena como la de César, ¿y a dónde iría a parar su schopenhaurismo?; que se restituya a ese sultán, ensuciado de literatura, que tanto edificó y profesoró en Jerusalén, su virilidad, ¿y en dónde está el Eclesiastés? Y por otra parte, ¿qué importa bendecir o maldecir la vida? Afortunada o dolorosa, fecunda o varia, es vida. Locos aquellos que, para atravesarla, se embozan desde luego en pesados velos de tristeza y desilusión, de suerte que en su camino todo les sea negrura, no solo las leguas realmente oscuras, mas también aquellas en que brilla un sol amable. En la tierra todo vive --y solo el hombre siente el dolor y la desilusión de la vida. Y tanto más se siente, cuanto más alarga y acumula la obra de esa inteligencia que lo hace hombre, y que lo separa del resto de la naturaleza, impensante e inerte. En el máximum de la civilización, experimenta el máximum de tedio. Así que la sabiduría está en retroceder hasta ese honesto mínimum de civilización, que consiste en tener un techo de choza, un pedazo de tierra, y el grano para sembrar en ella. En resumen, para recuperar la felicidad, es necesario regresar al Paraíso, y quedarse allá, quieto, con su hoja de parra, enteramente desguarnecido de civilización, contemplando al cordero dando saltos entre el tomillo, y sin procurar, ni con el deseo, el ¡árbol funesto de la Ciencia! ¡Dixi!

Escuchaba, asombrado, a este Jacinto novísimo. Era verdaderamente una resurrección, en el magnífico estilo de Lázaro. Al _surge et ambula_ que le habían susurrado las aguas y los bosques de Torges, erguíase del fondo de la cueva del Pesimismo, desembarazábase de sus americanas de Poole, _et ambulabat_, y comenzaba a ser dichoso. Yendo de retirada a mi cuarto, en aquellas horas honestas que convienen al campo y al optimismo, tomé entre las mías la mano ya firme de mi amigo, y pensando que al fin había alcanzado la verdadera realeza, le grité mis parabienes a la manera del moralista de Tibur:

--_¡Vive et regna, fortunate Jacinthe!_

De ahí a poco, a través de la puerta abierta que nos separaba, sentí una carcajada fresca, moza, genuina y consolada. Era Jacinto que leía el _Don Quijote_. ¡Oh, bienaventurado Jacinto! ¡Conservaba el agudo poder de criticar, y recuperaba el don divino de reír!

* * * * *

Cuatro años van pasados. Jacinto aún habita Torges. Las paredes de su solar continúan bien encaladas, mas desnudas.

Por el invierno pónese un gabán de lana y enciende un brasero. Para llamar a Grillo o a la moza, bate las manos, como hacía Catón. En sus deliciosos vagares, ya leyó la _Iliada_. No se afeita. En los caminos silvestres, párase y habla con las criaturas. Todos los casales de la sierra le bendicen. Oigo que se va a casar con una fuerte, sana y bella rapaza de Guiães. ¡De seguro crecerá allí una tribu, que será grata al señor!