Adán y Eva en el paraíso

Part 3

Chapter 34,108 wordsPublic domain

¡Ni se cuidó siquiera de la buena carne del oso! Retornó a la floresta, y durante toda la tarde, en tanto la luz se arrastró por las frondas, arrancó ramas a los troncos cautelosamente, diestramente, de modo que las puntas rompiesen bien afiladas y agudas. ¡Ah! ¡Qué soberbio estallar de astas por el hondo bosque, a través de la frescura y de la sombra para la obra de la primera Redención! Selva amable, que fuiste la primera fábrica, ¡quién supiera en dónde yaces, en tu secular sepultura, tornada negro carbón!... Cuando salieron del bosque, humeando de sudor para retraerse a la choza distante, nuestros Padres venerables se humillaban bajo el peso glorioso de dos grandes haces de armas.

Desde entonces no cesan los hechos del Hombre. Los cuervos y los chacales aún no habían descarnado la osamenta del Padre de los Osos, y ya nuestro Padre raja una punta de su cayado victorioso; entablilla en la hendedura uno de esos guijarros afilados y picudos, en los cuales a las veces se herían sus patas, descendiendo a la orilla de los ríos, y asegura el fino astillazo en la raja, con las vueltas muy apretadas de una fibra de enredadera seca. ¡Y he aquí la lanza! Como esas piedras no abundan, Adán y Eva ensangrientan las garras, tentando hendir los pedruscos redondos de sílex en astillas cortas de manera que vengan perfectas, con punta y con filo para rasgar y clavar. Resístese la piedra, poco deseosa de ayudar al Hombre, al cual, en los días genesíacos del grande octubre, quisiera suplantar (como cuentan las prodigiosas crónicas de Backun). Mas de nuevo ilumínase la faz de Adán, con una idea que la surca, como chispa emanada de la Eterna Sabiduría. Coge un pedrusco, bate la roca, arranca la astilla... ¡Y he aquí el martillo!

Pasado algún tiempo, en otra tarde bendita, costeando una oscura y bravía colina, avizora, con aquellos ojos que ya rebuscan y comparan, un guijarro negro, áspero, facetado, sombríamente lúcido. Se asombra de su peso, y a seguida presiente en él un mazo superior, de decisiva dureza. ¡Con qué alborozo lo lleva, agarrado contra el pecho, para romper el sílex rebelde! Adán acudió a la orilla del río, en donde Eva le esperaba, y martilleó reciamente sobre el pedernal... ¡Oh, espanto! ¡Salta una chispa, refulge, muere! ¡Ambos retroceden, se miran con un terror casi sagrado! Es una luz, una luz viva, que arrancó él mismo con sus manos de la roca bruta, semejante a la luz que radia de entre las nubes. Bate de nuevo, temblando. La chispa brilla, la chispa pasa, y Adán remira y olfatea el oscuro guijarro. No comprende. Nuestros Padres venerables, pensativos, con los cabellos al viento, tomaron la vuelta de la choza acostumbrada, que se halla en la pendiente de un cerro, junto a una fuente que borbotea entre helechos.

Pero a solas, Adán, en su retiro, con una curiosidad en donde late una esperanza, de nuevo entablilla el sílex, grande como una calabaza, entre los callosos pies, y recomienza a martillear, bajo el aliento de Eva, que apoyada de bruces, sopla. La chispa salta siempre, y rebrilla en la sombra, tan refulgente como aquellas luces que ahora palpitan, miran, desde allá, de las alturas. Pero aquellas luces permanecen, a través de la negrura del cielo y de la noche, vivas, espiando en su radiación. Y aquellas estrellitas de piedra, apenas viven, y ya mueren... ¿Se las llevaría el viento, que se lleva todo, voces, nubes y hojas? Para huir del viento malévolo que ronda en el monte, nuestro Padre venerable se alonga hasta el fondo más abrigado de la caverna, en donde se afofan las capas de heno muy seco, que forman su lecho. De nuevo hiere la piedra, despidiendo chispa tras chispa, en tanto Eva, agachada, abriga con las manos aquellos refulgentes y fugitivos seres. Estando en esto, he aquí que del heno se eleva una columnita de humo, que aumenta, se enrosca, y a través de la cual, rojea y resalta una llama... ¡Es el fuego! Nuestros Padres huyen desoladamente de la caverna, oscurecida por una humareda olorosa, en donde flamean alegres, rutilantes lenguas, que lamen la roca. Acurrucados en la puerta de la choza, ambos, tomados del pasmo y terror de su obra, míranse, con los ojos llorosos por el humo acre; mas a pesar del susto y del espanto, sienten una nueva dulzura que los penetra y que de seguro viene de aquella luz y de aquel calor... Ya el humo se escapó de la caverna; el viento robador se lo llevó. Arrástranse las llamas, inciertas y azuladas; a poco, solo resta una ceniza mezclada con algunas brasas que palidece, y se abate hecha carbón: la última chispa corre, se estremece y pasa. ¡Murió el fuego! Entonces, en el alma naciente de Adán, entra el dolor de una ruina. Chupa desesperadamente los grandes labios y gime. ¿Sabrá jamás recomenzar el hecho maravilloso?... Nuestra madre, ya consoladora, es quien le consuela con sus rudas manos conmovidas, porque realiza su primera obra sobre la tierra; junta otro montón de heno seco, coloca encima el sílex redondo, toma el oscuro guijarro, bate fuertemente, produciendo un chispear de estrellitas, y de nuevo se inicia el humo y otra vez refulge la llama. ¡Oh, triunfo, he ahí la hoguera, la hoguera inicial del Paraíso, y no casualmente nacida, sino encendida por una clara voluntad, que ahora, para todo, y siempre, cada día y cada mañana, podrá repetir con seguridad la hazaña suprema!

A nuestra madre venerable pertenece, desde entonces, en la choza, la dulce y augusta tarea de la Lumbre. Ella la cría, la nutre, ella la defiende, ella la perpetúa. Como madre deslumbrada, va descubriendo día por día, en ese resplandeciente hijo de sus cuidados, una virtud o gracia nuevas. Ahora ya sabe Adán que su fuego espanta a todas las fieras, y que, al fin, existe en el Paraíso una cueva segura, que es la suya. No solo segura, sino amable, porque el fuego la alumbra, la calienta, la alegra y la purifica. Así que cuando Adán, con un haz de lanzas, desciende a la planicie o se embreña en la selva para cazar, ya mata con ansia redoblada, a fin de retornar lo más pronto a aquella seguridad y consolación de la lumbre. ¡Ah, qué dulcemente le penetra, y le seca en el cabello la frialdad de las matas, y dora como un sol los peñascos de su choza! Y, además, le cautiva los ojos, y lo exalta, y lo guía en un soñar fecundo, en que inspiradamente se le aparecen formas de flechas, martillos con mango, gruesos cuervos que pescan los peces, astillas dentadas que sierran el palo... ¡A su fuerte hembra debe Adán esta hora creadora!

¡Y cuánto no le debe la Humanidad! Recordemos, hermanos, que nuestra Madre, con aquella adivinación superior que más tarde la tornó Profetisa y Sibila, no vaciló, cuando la serpiente le dijo, coleando entre las Rosas: «¡Come del fruto del saber, que tus ojos se abrirán, y serás como los Dioses sabios!» Adán se habría engullido la serpiente, bocado más suculento. Es de creer que no tendría mucha fe en frutos que comunican la Divinidad y Sapiencia, quien, como él, tanta fruta comiera en los árboles, y se conservaba ignorante y bestial como el oso y el auroco. En cambio, Eva, con la sublime credulidad que siempre en el mundo opera las transformaciones sublimes, a seguida se comió la manzana, la cáscara y la pepita. ¡Y persuadiendo a Adán a que tomase parte del transcendente fruto, muy dulce y enredosamente le convenció del provecho, de la felicidad, de la gloria y de la fuerza que da el saber! Esta alegoría de los poetas del génesis, nos revela, con espléndida sutileza, la inmensa obra de Eva, en los años dolorosos del Paraíso. Solo por ella continúa Dios la Creación superior, la del Reino espiritual, la que desarrolla sobre la tierra el lar, la familia, la tribu, la ciudad. ¡Eva es quien cimenta y bate las grandes piedras angulares en la construcción de la Humanidad!

¡Si no, ved! Cuando el bravío cazador retráese a la caverna, derrengado bajo el peso de la caza muerta, oliendo toda a selva y a sangre, y a fiera, él es seguramente el que desuella la res, y la corta en pedazos, descarna los huesos (que ávidamente guarda bajo el muslo, y reserva para su ración porque contienen la molleja preciosa), mas Eva junta esa piel, cuidadosamente, con las otras pieles almacenadas; esconde los huesos partidos, porque sus astillas agudas clavan y agujerean, y en una fresca cavidad de roca guarda la carne que sobró. Al cabo de un tiempo, una de esas abundantes tajadas olvídase, caída cerca de la hoguera perpetua. Extiéndese la lumbre, y lame lentamente la carne por el lado más gordo, hasta que un olor, desconocido y sabroso, agasaja y alarga las rudas ventanas de la nariz de nuestra Madre venerable. ¿De dónde viene el gustoso aroma? Del fuego, en el cual la tajada de venado o de liebre está entre ascuas y rechina. Entonces Eva, inspirada y grave, empuja la carne para la brasa viva; y espera, arrodillada, hasta que la espeta con la punta de un hueso, la retira de la llama ruidosa, y se la come, en sombrío silencio. Sus ojos brillantes anuncian otra conquista. ¡Y con la misma prisa amorosa con que ofreciera a Adán la manzana, le presenta ahora aquella carne tan diferente, que él huele desconfiado y después devora a dentelladas abiertas, roncando de gozo! ¡Y he aquí, cómo por medio de este pedazo de gamo asado, nuestros Padres suben victoriosamente otro escalón de la Humanidad!

El agua todavía la beben en el manantial vecino, entre los helechos, con la faz sumergida en la vena clara. Después de beber, Adán, arrimado a su enorme lanza, mira a lo lejos el discurrir lento del río, los montes coronados de nieve o de fuego, el sol sobre el mar, pensando, con arrastrado pensar, si en esas tierras que se extienden y se esconden más allá, la presa será más cierta y las selvas menos cerradas. Eva retorna luego a la caverna, para entregarse, sin descanso, a una tarea que la encanta. Enovillada en el suelo, toda atenta bajo la melena crespa, nuestra Madre hace, con un huesecito agudo, finos agujeros en la orla de una piel, y luego en la orla de otra piel. Tan embebida se halla en su labor, que no siente a Adán entrar y revolver en sus armas, mientras une las dos pieles sobrepuestas, pasando a través de los agujeros una delgada fibra de algas, que secan delante del fuego. Adán considera con desdén ese trabajo menudo que no aumenta fuerza a su fuerza. ¡El bruto Padre no presiente aún que aquellas pieles cosidas serán el resguardo de su cuerpo, la armazón de su tienda, el saco de su ropa, el odre de su agua y el tambor en que bata cuando sea un guerrero, y la página en que escriba cuando sea un Profeta!

Otros gustos y modos de Eva también le irritan; y a las veces, con una inhumanidad que ya es toda humana, nuestro Padre agarra por los cabellos a su hembra y la derriba y la pisa bajo la pata callosa; un furor así, le tomó una tarde, viendo, en el regazo de Eva, sentada delante de la hoguera, un cachorrito flojo y renco, que ella, con cariño y paciencia, enseñaba a chupar en una fibra de carne fresca. Al borde de la fuente descubriera el cachorrito perdido y gañendo, y muy mansamente lo recogiera, lo calentara, lo alimentara, con una sensación que le era dulce, y le abría en la espesa boca, aún mal sabedora de sonreír, una sonrisa de maternidad. Nuestro Padre venerable, con las pupilas relucientes, lanza la garra y pretende devorar al cachorro que entrara en su choza. Mas Eva defiende al animalito, que tiembla y la lame. ¡El primer sentimiento de caridad, informe como la primera flor que brotó de las algas, aparece en la tierra! Con las cortas y gangosas voces que eran el habla de nuestros Padres, Eva intenta acaso afianzar que será útil la amistad de un bicho en la caverna del hombre... Adán chúpase el labio trompudo. Después, en silencio, mansamente, corre los dedos por el lomo blando del cachorrito encogido. ¡En la Historia, este es un momento espantoso! ¡He aquí que el Hombre domestica al Animal! De ese cachorro agasajado en el Paraíso, nacerá el perro amigo, por él la alianza con el caballo, después el dominio sobre la oveja. El rebaño crecerá; el pastor lo llevará; el perro fiel lo guardará. Junto a la lumbre, Eva prepara los pueblos errantes que pastorearán los ganados.

Después, en aquellas largas mañanas en que el bravío Adán cazaba, Eva, errando por los valles y los montes, cogía conchas, huevos de aves, curiosas raíces, semillas, por el gusto de acumular, de abastecer su choza de nuevas riquezas, que escondía en las hendeduras de la roca.

Sucedió que un puñado de esas semillas cayera, por entre sus dedos, sobre la tierra húmeda y negra, cuando se recogía por el borde de la fuente. Brotó una puntita verde; después creció una vara; más tarde, maduró una espiga. Sus granos son gustosos. Eva, pensativa, entierra otras semillas con la esperanza de crear en torno de su lar, en un pedazo de su terreno, altas hierbas que frutezcan y le traigan el grano endulzado y tierno...

¡Y he ahí la siembra! Del fondo del Paraíso, nuestra Madre hace posibles los pueblos estables que labrarán la tierra.

* * * * *

Entretanto, bien podemos suponer que nació Abel, y, unos detrás de otros, deslízanse los días en el Paraíso, más seguros y fáciles. Lentamente vanse apagando los volcanes. Las rocas ya no se despeñan con fragor sobre la inocente abundancia de los valles. Discurren tan amansadas las aguas, que en su transparencia se miran, con demora y cuidado, las nubes y las ramas de los olmos. Raras veces un Pterodáctilo macula, con el escándalo de su pico y de sus alas, los cielos, en donde el sol alterna con la bruma, y los estíos se franjan de lluvias ligeras. En esta tranquilidad que se establece hay como una sumisión consciente. El Mundo presiente y acepta la supremacía del hombre. Ya no arde la floresta con la ligereza del rastrojo, sabiendo que muy pronto el Hombre le pedirá la estaca, la madera, el remo, el palo. En las gargantas de la Sierra, el viento se disciplina blandamente, y ensaya los soplos regulares con que trabajará la piedra del molino. El mar ahogó sus monstruos, y estira el dorso preparado, que le ha de cortar la quilla. La tierra hace estable su suelo, para cuando llegue el arado y la semilla. Y todos los metales se alinean en filón, y se disponen alegremente para el fuego que les ha de dar forma y belleza.

Por la tarde, Adán toma la vuelta de la choza contento, con caza abundante. El hogar flamea y alumbra la faz de nuestro Padre, que el esfuerzo de la vida embelleció, en donde ya los labios se adelgazan, y la cabeza se llenó con el lento pensar, y los ojos sosiegan, con un brillo más seguro. El cordero, espetado en un palo, se asa y gotea en las brasas. Posan en el suelo cortezas de coco llenas de agua clara de la fuente. Una piel de oso tornó blando el lecho de los helechos. Otra piel, colgada, abriga la boca de la caverna. En un rincón, que es el almacén, están los montones de sílex y el martillo, y en otro, que es el arsenal, están las lanzas y los huesos. Eva tuerce los hilos de una lana de cabra. Sobre un montón de hojas, junto a la lumbre, duerme Abel, muy gordo, todo desnudo, con un pelo más ralo en una carnecilla más blanca. Participando del montón de hojas y del mismo calor, vela el perro, ya crecido, con el mirar amable y el hocico entre las patas. ¡Y Adán (¡Oh, extraña tarea!) muy absorto, intenta grabar, con la punta de una piedra, sobre un ancho hueso, los cuernos, el dorso y las piernas estiradas de un ciervo corriendo!... Estalla la leña. Todas las estrellas del cielo están presentes. Dios, pensativo, contempla el crecer de la Humanidad.

* * * * *

Y ahora que encendí, en la noche estrellada del Paraíso, con vástagos bien secos del Árbol de la Ciencia, este verídico lar, consentid que os deje, ¡oh Padres venerables!

Ya no temo que la Tierra inestable os aplaste, o que las fieras superiores os devoren, o que, apagada, a la manera de una lámpara imperfecta, la Energía que os traje de la Floresta, os retrogradéis a vuestro Árbol ¡Ya sois irremediablemente humanos, y, mañana por mañana, progresaréis, con tan poderoso arrojo, para la perfección del Cuerpo y esplendor de la Razón, que en breve, dentro de unas centenas de millares de cortos años, Eva será la hermosa Helena, y Adán será el inmenso Aristóteles!

¡Mas no sé si os felicite, oh Padres venerables! Otros hermanos vuestros quedaron en la espesura de los árboles, y su vida es dulce. El orangután despierta todas las mañanas entre sus sábanas de hojas, sobre el fofo colchón de musgo que él, con cuidado, acamó por encima de un catre de ramas olorosas. Lánguidamente, sin recelos, desperézase en la molicie del musgo, escuchando las límpidas arias de los pájaros, gozando los hilos del sol que se enmarañan por entre el encaje de las hojas y lamiendo en el pelo de sus brazos el orvallo azucarado. Después de rascarse y refregarse bien, sube con pachorra al árbol dilecto, que eligió entre todos los del bosque por su frescura y por la elasticidad balanceadora de su ramaje. Desde allí, habiendo respirado la brisa cargada de aromas, salta, con rápidos brincos, a través de las siempre fáciles, siempre hartas despensas del bosque, en donde almuerza bananas, mangos, guayaba y todos los delicados frutos que le tornan tan sano y ajeno a males como los árboles en los cuales los cogió. Recorre luego sociablemente las calles y las callejuelas parleras de la espesura; cabriolea con diestros amigos en amables juegos de fuerza y ligereza; galantea a las orangutanas gentiles que le buscan, y, suspendidas con él de un columpio florido, se balancean charlando; trota, entre alegres bandos, por la margen de las aguas claras, o, sentado en la punta de una rama, escucha a algún viejo y facundo chimpancé contar divertidas historias de caza, de viajes, de amores y de mofas a las fieras pesadas que circulan por el césped y no pueden trepar; se recoge temprano a su árbol y, extendido en la hojosa red, se abandona blandamente a la delicia de soñar, en un sueño despierto, semejante a nuestras Metafísicas y a nuestras Epopeyas, sino que, rodando todo sobre sensaciones reales, es, al contrario de nuestros inciertos sueños, un sueño hecho todo de certeza. Lentamente, la Floresta se calla; la sombra adénsase entre los troncos, y el orangután, dichoso, retorna a su catre de musgo y se adormece en la inmensa paz de Dios, de Dios, al cual nunca se cansó en comentar, ni siquiera en negar, y que todavía derrama sobre él, con imparcial cariño, los bienes enteros de su misericordia.

De esta manera ocupó su día el orangután en los árboles. En tanto, ¿cómo gastó el suyo, en las ciudades, el Hombre, primo del orangután? ¡Sufriendo, por tener los dones superiores que faltan al orangután! ¡Sufriendo, por arrastrar consigo, irrevocablemente, ese mal incurable que es su alma! Sufriendo, porque nuestro Padre Adán, en el terrible día 23 de octubre, después de avizorar y olfatear el Paraíso, no osó declarar reverentemente al Señor: «¡Muchas gracias, oh mi dulce Creador; da el gobierno de la Tierra a quien mejor eligieres, al elefante o al canguro, que yo por mí, un poco más avisado, vuelvo ya para mi árbol!...»

Mas, en fin, ya que nuestro Padre venerable no tuvo la prevención o la abnegación de declinar la grande supremacía, continuemos reinando sobre la creación y siendo sublimes... Sobre todo, continuemos usando, insaciablemente, del don mejor que Dios nos concedió entre todos los dones, el más puro, el único genuinamente grande: el don de amarle, pues que no nos concedió también el don de comprenderle. Y no olvidemos que Él ya nos enseñó, a través de voces levantadas en Galilea y bajo los mangles de Veluvana, y en los valles severos de Yen-Chou, que la mejor manera de amarle es que unos a otros nos amemos, y que amemos toda su obra, hasta el gusano, y la roca dura, y la raíz venenosa, y hasta esos vastos seres que no parecen necesitar de nuestro amor, esos Soles, esos Mundos, esas diseminadas Nebulosas que, inicialmente encerradas, como nosotros, en la mano de Dios, y hechas de nuestra sustancia, ni nos aman, ni tal vez nos conocen.

[Ilustración]

UN POETA LÍRICO

Aquí está, sencillamente, sin frases y adornos, la triste historia del poeta Korriscosso. De todos los poetas líricos de que tengo noticia, este es, ciertamente, el más infeliz. Le conocí en Londres, en el hotel de Charing-Cross, en un amanecer helado de diciembre. Había yo llegado del Continente, desfallecido por dos horas de Canal de la Mancha... ¡Ah, qué mar! Y eso que era solo una brisa fresca del Noroeste; mas allí, en la cubierta, por debajo de una capa de hule, con la cual un marino me había cubierto como se cubre un cuerpo muerto, fustigado por la nieve y por las olas, oprimido por aquella tiniebla tumultuosa que el barco iba rompiendo a estruendos y encontrones, parecíame un tifón de los mares de la China...

Apenas entré en el hotel, helado y aún mal despierto, corrí a la vasta chimenea del _hall_ y allí quedé saturándome de aquella paz caliente en que estaba la sala adormecida, con los ojos beatíficamente puestos en la buena brasa escarlata. Y estando así fue cuando vi aquella figura flaca y larga, ya de frac y corbata blanca, que del otro lado de la chimenea, en pie, con la taciturna tristeza de una cigüeña pensativa, miraba también los carbones ardientes, con una servilleta debajo del brazo. Mas el portero había cogido mi equipaje y fue a inscribirme en el _bureau_. La tenedora de libros, tiesa y rubia, con un perfil anticuado de medalla usada, dejó su crochet al lado de su taza de té, acarició con un gesto dulce sus dos bandos rubios, escribió correctamente mi nombre, con el dedo meñique erecto, haciendo rebrillar un diamante, y ya me encaminaba hacia la amplia escalera, cuando la figura magra y fatal se dobló en un ángulo, murmurándome en un inglés silabeado:

--Ya está servido el desayuno de las siete...

Yo no quería el desayuno de las siete, y me fui a dormir.

Más tarde, ya reposado, fresco del baño, cuando descendí al restorán para el _lunch_, a seguida eché de ver, plantado melancólicamente al pie de la ancha ventana, al individuo flaco y triste. La sala estaba desierta, con una luz parda; las chimeneas bramaban; del lado de fuera de los ventanales, en el silencio de domingo, en las calles mudas, la nieve caía sin cesar de un cielo amarillento y empañado. Yo veía apenas la espalda del hombre; mas advertíase en su línea magra y un poco doblada una expresión tan evidente de desaliento, que me interesé por aquella figura. El cabello largo, de tenor, caído sobre el cuello del frac, era, manifiestamente, de un meridional, y toda su flacura friolenta se encogía ante el aspecto de aquellos tejados cubiertos de nieve, en la sensación de aquel silencio lívido... Le llamé. Cuando se volvió, su fisonomía, que apenas entreviera la víspera, impresionome: era una cara larga y triste, muy morena, de nariz judaica, y una barba corta y rizada, una barba de Cristo en estampa romántica; la cabeza era de estas que, en buena literatura, se llama, creo yo, _frente_; era larga y lustrosa. Tenía el mirar hundido y vago, con una indecisión de sueño nadando en un fluido enternecido... ¡Y qué magrez! Andando, el calzón corto torcíase en torno de la canilla, como arrugas de bandera alrededor del asta; el frac tenía dobleces de amplia túnica; los dos faldones, agudos y largos, eran desgraciadamente grotescos. Recibió la orden de mi almuerzo sin mirarme, con un tedio resignado; arrastrose hasta el _comptoir_ en donde el _maître d’hôtel_ leía la _Biblia_, se pasó la mano por la cabeza con un gesto errante y doliente, y díjole con una voz sorda:

--Número 307. Dos chuletas. Té...