Acta de Loredan (1897)

Chapter 2

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Arruinada la hacienda nacional por las dilapidaciones del parlamentarismo y lo oneroso de la centralización económica, que ha centuplicado los gastos, para gozar del poder por el caciquismo, y gobernarle por el favor, los Gobiernos liberales esquilman á los pueblos con excesivos tributos, con los cuales sostienen algunos innecesarios Centros oficiales, muchos empleos inútiles, exageradas cesantías y un complicado expedienteo y ociosa burocracia, que hacen la vida del Estado carísima, injusta y desproporcionada; de modo, que la bancarrota es su término, el déficit su normalidad, la angustia su costumbre, y basta el crédito, en vez de auxiliar extraordinario de aquél, se convierte, como usurero, en verdugo suyo. Cortados de raíz todos estos abusos mediante la descentralización económica, consecuencia de la administrativa, sustituyendo en gran parte la mala administración del Estado por la sencilla, inmediata y menos costosa de las Regiones, las Provincias y los Municipios; empezando por conocer el presupuesto de ingresos posibles, para fijar el de gastos indispensables; reduciendo considerablemente los tributos, para que el contribuyente pueda vivir y prosperar, sin arruinarse como ahora; fijando la cuota anual que las regiones proporcionalmente han de pagar para el sostenimiento de los gastos del Estado, atendidos también con la renta de Aduanas y algunos de los monopolios fiscales; procurando unificar y convertir la Deuda pública con el carácter de nacional, que la domicilie en España, y repartiéndola proporcionalmente entre las Regiones, como consecuencia necesaria de la descentralización económica; reduciendo la flotante á su limitada representación de simple anticipo; reformando el régimen arancelario con espíritu de adelanto y enérgica acción proteccionista; sustituyendo los amillaramientos hechos desde arriba por los catastros que formen los municipios, con la intervención sucesiva de todos los propietarios y colonos del Concejo; y transformando la odiosa contribución de consumos, para que no pese sobre los pobres ni dificulte la circulación; se mejorarán considerablemente las condiciones de nuestra Hacienda, en la cual se habrán de introducir muchas otras innovaciones que á un poder justo, fuerte y amante de la Patria le es dable realizar; sin que al presente sea preciso detallarlas, por razones que empiezan en la concisión y concluyen en la prudencia. Como forma de que todo esto resulte posible y eficaz es indispensable dar al agente orgánico de la administración económica, al Ministerio de Hacienda, una estabilidad que le aparte por completo del actual vaivén á que le sujeta la mudanza de los partidos, para que arrancado de las parcialidades é intereses de la política menuda, sea el más justo y celoso defensor de los intereses uniformes del Estado y de la Nación. Con todos estos procedimientos y grandes economías se reforzarán los recursos, se disminuirán los gastos, se moralizará la administración, y protegidas las industrias nacionales, amparada la agricultura y la ganadería, disminuídos los impuestos y beneficiados los pobres, se salvará la Hacienda, será un tesoro el crédito y se hermanarán todos los intereses de la patria bajo la paternal tutela de la monarquía, que identificándose con el pueblo, vivirá modestamente cuando éste sea pobre, sin agobiarlo con la pesadumbre excesiva de una lista civil incompatible con la penuria del Erario.

Lejos de ser una facultad el Ejército para la prosperidad de la Hacienda pública, contribuirá por el contrario á sostenerla por su fuerza y por sus prestigios; de modo que el elemento armado, brazo del Derecho, será también emblema del honor y garantía del crédito. Para ello es indispensable que se aspire á su mayor grandeza; que la disciplina se guarde estrictamente, conformándose el Código de justicia militar con el espíritu de las antiguas Ordenanzas; que las recompensas correspondan á la importancia de los servicios, y que su fuerza efectiva sea grande, su movilización rápida, sus reservas poderosas, su organización perfecta con arreglo á los principios de la guerra moderna y á las condiciones especiales de nuestro país, y su reclutamiento obedezca á principios de justicia y equidad, sin pesar exclusivamente el tributo de sangre como carga de la pobreza. Han de restablecerse, reformados, sus antiguos Monte Píos; y dando el mayor respeto á la condición del soldado y al honor del uniforme, se evitará que las glorias y los beneficios de la honrosa carrera de las armas se pierdan, como ahora, por la edad, transformando á los militares en pensionistas civiles, cuando su carácter debe ser indeleble hasta la muerte, y el uniforme su mortaja. Todo, en fin, debe atenderse como lo exige un elemento que ha de garantizar el orden, mantener las leyes, defender la patria, sostener su integridad é independencia, imponer á todos el debido respeto y consideración, y siguiendo las huellas de un Rey soldado y español, arrojarse á las heróicas empresas que son el ideal permanente de la España tradicional, para que torne á ser grande y admirada, al cumplir en nuestros días los testamentos de Isabel la Católica y de Felipe II.

No sería en rigor indispensable hacer capítulo aparte, para tratar de la Marina, puesto que lo dicho al ocuparme de los prestigios, organización y gran desarrollo del ejército, alcanza también á aquella, con iguales propósitos y con medios asimismo análogos. La Nación que ha fiado á sus marinos extraordinarias empresas, y que después de haber constituido la Patria y dominado á Europa, clavó en sus barcos nuestra bandera y la Cruz de Cristo, para descubrir y conquistar un Nuevo Mundo, y trazando un surco alrededor del planeta, hizo que en todas partes se respetase y bendijese el nombre de España, y se profesara su fé, y se admirase su portentosa historia, no puede menos de lanzarse resueltamente á engrandecer su Marina, para que sea lazo de unión entre las colonias y la madre patria, y baluarte inexpugnable de sus extensas costas. Para que esto resulte, hay que libertarnos de la dominación extranjera, reformando nuestros arsenales y nuestros diques, nuestro material flotante y nuestros astilleros; hace falta organizar y simplificar la costosa administración de Marina, de modo que por consecuencia de una gestión honrada y de una dirección patriótica y proteccionista, torne á ser la industria nacional la que, construyendo nuestros barcos y sus armas y maquinaria, aumente nuestra riqueza, la difunda entre los pobres por el trabajo, ayude al desarrollo del progreso y coadyuve al desarrollo moral y material de la Nación.

Como si fueran pocos los inmensos desastres que el liberalismo desencadenó sobre España, los ha extremado últimamente llegando hasta hacer posible que se vea amenazada la integridad de su territorio, como lógica consecuencia de una política, que, inspirada en la rebelión del pensamiento y de la voluntad, es la práctica de la insurrección permanente, desde la traición de Cabezas de San Juan, hasta las de Baire y de Cavite. ¡Haga Dios que ese paréntesis de esperanzas que parece abrirse ahora, no se cierre algún día para nuestra deshonra, por una maquinación política que acabe con el imperio colonial más grande que han contemplado los siglos, conquistado por la fé y el patriotismo de la España tradicional! Aherrojada la fé en Cuba y Filipinas, desautorizada la Iglesia, sin acción la monarquía, dominadas las colonias por el interés de partido, que engendra las desmoralizaciones administrativas, y por el absolutismo de la centralización que contribuye á desarrollarlas, se desataron fatalmente los lazos de unión de las Colonias con la madre Patria, y hoy lucha heroicamente el sufrido é imponderable ejército español, para reanudarlos con los torrentes de sangre generosa que derrama y ofrece en aras de la integridad nacional; más lo que se impone sólo por la fuerza, es efímero. Los sacrificios gloriosos, pero ineficaces, podrán ser una epopeya, pero no un triunfo definitivo ni una afirmación estable de nuestra soberanía. Caiga sobre los partidos liberales de todo este siglo la enorme responsabilidad de nuestras inmensas presentes desventuras, responsabilidad de que estamos enteramente libres los carlistas, y que no aceptamos sino para remediar aquéllas en cuanto sea posible. Y á estar en el poder, no nos fuera tan difícil, estableciendo en las colonias nuestra amplia descentralización administrativa, con una fuerte y justa centralización política, restaurando el Virreinato como representación de la Monarquía y de la ley, es decir, de la autoridad y de la justicia. El Virrey, sometido á un juicio de residencia, y á un balance de su fortuna, anterior y posterior á la época de su mando, sería espejo é imposición de la fidelidad: el código colonial, reflejando aquel admirable y paternal espíritu de las Leyes de Indias, mejoraría el estado de nuestras posesiones ultramarinas, y variadas adecuadamente las relaciones mercantiles de España y sus colonias, resultaría que aquélla no sólo era la metrópoli política, sino además la comercial. Y con ánimo levantado y grandiosas aspiraciones, tiéndase á estrechar los vínculos del origen, de la lengua y de los intereses entre la Madre de América y las repúblicas que nos deben la fé, la civilización y la sangre, para que, constituyendo una poderosísima confederación de los pueblos hispano-latinos de uno y otro hemisferio se pueda así contrarrestar la pretensión absorvente de la raza sajona.

Grave problema es la cuestión social, que hoy agita al mundo, y mantiene en inquietud los ánimos y en desorden los pueblos. Antigua y siempre pavorosa, el mundo pagano la resolvió con la esclavitud de la fuerza, y el cristianismo con la esclavitud del amor. La fuerza impuso el trabajo como el amor la caridad, y la revolución, volviendo á la tiranía por la libertad sin fronteras, proscribiendo la caridad y la fé, ha engendrado el pauperismo, que es la esclavitud del alma y del cuerpo. El trabajo se ha convertido en mercancía y el hombre en máquina. Queremos protestar y redimirle, llevando á la legislación las enseñanzas de la más admirable Encíclica de León XIII; aspiramos á que el patrono y el obrero se unan íntimamente por relaciones morales y jurídicas anteriores y superiores á la dura ley de la oferta y la demanda, única regla con que las fija la materialista economía liberal, y pretendemos, por tanto, emancipar por el cristianismo al obrero de toda tiranía. Para ello hay que fomentarse la vida corporativa, restaurando los gremios con las reformas necesarias; se necesita acrecentar las sociedades cooperativas de producción y consumo, y conseguir que el Poder restablezca el patronato cristiano, reglamentando el trabajo. Así cumplirá el Estado el primero de sus deberes, amparando el derecho de todos, y principalmente el de los pobres y el de los débiles, á fin de que la vida, la salud, la conciencia y la familia del obrero no estén sujetas á la explotación sin entrañas de un capital egoísta, por cuyo medio un Monarca cristiano se enorgullecerá, mereciendo el título de Rey de los obreros.

En España, por el escaso desarrollo de la gran industria, que sólo reina en laboriosísimas provincias, y por su más sana atmósfera social, no presenta la cuestión obrera caracteres tan alarmantes como en otras naciones. Entre nosotros la cuestión obrera, aparte de los territorios indicados, casi puede reducirse á la cuestión agraria, como ésta á una cuestión administrativa y económica. Los tributos abrumadores y el caciquismo tiránico hacen imposible la vida en los pueblos y determinan una doble corriente de emigración entre nuestros sufridos y vejados agricultores, quienes en demanda de pan y trabajo afluyen á las ciudades o abandonan la Patria como víctimas de una política cruel, atropellados por todo, para buscar en América o en África el sustento de sus desamparadas familias. Preciso es atajar por completo y cortar de raíz esta emigración de la desgracia, reformando algunas leyes onerosas y rebajando las insoportables contribuciones que arruinan la agricultura, la industria y la ganadería. Necesario es también completar la restauración general con la de la tierra misma, repoblando sus montes, roturando sus yermos y haciendo que las aguas de los ríos no corran infecundas ó exterminadoras. Renovados los pósitos, han de fomentarse las Ligas y Cámaras agrarias, los Bancos y las Cajas agrícolas, y así, vencedores de su actual abatimiento, al amparo de municipios libres de caciques, regresarán á sus hogares los desterrados por el Fisco, y con la mayor oferta de trabajo en las ciudades y la rebaja de las subsistencias, que produzca el aumento de la producción agrícola, subirán doblemente los jornales y aumentará en proporción el bienestar de las clases labradoras. Podrá extenderse á toda España la beneficiosa institución del Vínculo navarro, con el que dentro de la competencia se logra abaratar el precio de las más necesarias mercancías y librar de inicua explotación á los pobres; y reglamentado el trabajo, defendido por la corporación y amparado por el patronato, tornarán el agricultor y el obrero á ser redimidos por la monarquía de la doble servidumbre moral y material en que la Revolución los tiene con el falso nombre de libertad.

Entre otros varios asuntos de capital interés, sobre que versaron estas conferencias, ha merecido atención detenida y singular cuanto á la enseñanza se refiere, porque ella ha de guiar al joven para llegar á ser un perfecto ciudadano, útil á su Patria, sirviéndola con la pureza del prestigio y la hermosa aspiración al adelanto en todo linaje de conocimientos. Amantes nosotros de los mayores progresos en las ciencias, en las letras y en las artes, entendemos que el Estado ha de cumplir su deber general de protección, fomentando y amparando eficazmente la Enseñanza, pero sin absorber las facultades privativas de otras entidades, ya que aquella constituye una función social y no política, en que la Iglesia, la familia y otros elementos han de tener necesaria intervención, para que sea, ante todo, católica y cumpla bien sus distintos fines. Hay que reorganizar las escuelas primarias y los estudios secundarios, superiores y profesionales, hoy dislocados por leyes contradictorias; haciendo á la vez que recobren su antigua vida las Universidades, para que saliendo de su actual estado de servidumbre, y reanudando la tradición científica de España, se emancipe la inteligencia de nuestros alumnos de doctrinas exóticas y de filosofías extranjerizadas, tan contrarias á la fé de nuestro pueblo como al genio de nuestra raza.

Encargado de redactar el acta de estas conferencias políticas, celebradas en el Palacio de Loredan con el Señor Duque de Madrid, é interpretando sus instrucciones, he intentado resumirlas en este escrito con la sobriedad que exige una enumeración de principios y los detalles indispensables á la de procedimiento, sin buscar la controversia, al limitarme á la afirmación y en todo caso á la síntesis de los asuntos. Al presentar hoy públicamente la política del carlismo, repito, que guardo y reservo todos aquellos estudios, planes y decisiones que, como vida interna carlista, sólo á nosotros competen, y la prudencia veda entregar á la publicidad, pues han de constituir nuestra conducta entre el hoy y el mañana, para pasar del uno al otro, desarrollando grandes y eficaces acciones, que correspondan á las circunstancias. Al quedar todas estas previstas y estudiadas, pusimos siempre al lado del hecho liberal la solución carlista, y en cada una el espíritu más patriótico, la abnegación más absoluta y la disciplina más perfecta; cualidades de nuestra historia de sacrificios; medios propios de nuestro carácter y fuerzas de la poderosísima organización del carlismo. Nosotros constituímos una familia, no un partido; la convicción es su impulso, el amor su lazo y la confianza en la lealtad su fuerza. Ofrecida el alma á Dios, y la hacienda y la vida al Rey, ponemos en la Patria el corazón y el pensamiento, de modo que por servirla, acudimos á la política, y por salvarla no hay sacrificio que nos arredre, ni temor que nos detenga. Viéndola desgraciada la llamamos Madre y estamos dispuestos á conducirnos siempre como hijos, que contemplasen á la madre de sus amores sometida á la esclavitud y el menosprecio. Pero como el amor verdadero no se funda en el egoismo, sino en la abnegación, nosotros hemos puesto sobre el interés de partido el patriótico, y desechando cualquier idea, cualquier plan que fundase el éxito en el criminal aprovechamiento de las presentes angustias nacionales, damos prueba solemne, incortrovertible y pública del más grande y arraigado patriotismo. Durante este desdichadísimo período, que empieza en las vergüenzas de Melilla, y siguiendo por las traidoras y desastrosas guerras de Cuba y Filipinas, conduce á la Patria á la angustiosísima situación presente, razonando todas las oposiciones y todas las protestas, el carlismo no ha creado dificultad alguna. Ni siquiera realizó sus acostumbrados viajes de propaganda, y hasta repetidas veces ha denunciado en su prensa trabajos de desorden y alboroto, promovidas á espaldas de nuestra organización, y á los que negábamos resueltamente nuestra banidera; y así hemos vivido en la espectación y |a prudencia, imponiendo á todos los arranques, el superior del patriotismo. Y esta noble actitud es tanto más de agradecer y considerar, cuanto no sólo nosotros, sino el país entero, ha votado ya en sus conciencias el plebiscito que, condenando á juicio de residencia el régimen actual, ha dado por muerta su política y por fracasados sus hombres. El enfermo está herido de muerte, pero aun agoniza en la impenitencia final, y si, soñando mentidas ilusiones en su delirante apego á la vida, busca inútilmente el prolongarla, aceptando intervenciones de fuerzas extrañas, que mueve el egoismo, para arrojarnos á la ruina y la deshonra, caso será de recordar cómo nos hemos conducido, para que entonces á nuestra protesta se la reconozca el carácter salvador y nacional y logre el carlismo su suprema aspiración de obtener las bendiciones de la Patria, para ofrecerse y sacrificarse por la integridad, por la salvación, por la independencia, por la honra y por la restauración de España.

Venecia, en el Palacio de Loredán á 20 de Enero 97.

Fuente El Correo Español: Conferencias en el Loredán - ACTA POLÍTICA (26 de enero de 1897). Páginas 1-2.

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