Chapter 1
Terminaba el año 1896, época triste para España, porque, mal comprendida y peor gobernada, gastaba sus portentosas energías é iba consumiendo sus generosos recursos, á semejanza del torrente que, despeñándose sobre roca de basalto, extiende después las ondas por cauce de arena, que filtra el caudal de sus aguas, como antes se precipitaron infructuosas desde la altura, para ni socabar siquiera el lecho de la cascada. Con la amargura en el corazón, con una tormenta en el pensamiento, con un tropel de decepciones ante la práctica oficial y un grito de protesta en el ánimo, vivía el carlismo sin entregarse al desconsuelo, porque siempre la fe alumbra nuestras almas; porque ante nuestros ojos desfila de continuo la incomparable epopeya de nuestra historia; porque conocemos hasta la admiración y amamos hasta el delirio al pueblo español, invencible en su acometida, infranqueable su resistencia, pródigo de sus tesoros, que así por emblema del voto nacional ha pintado en sus banderas la franja de oro con que brinda las riquezas de su trabajo entre dos bandas de sangre, con que regó el mundo en servicio de la fé y en gloria y defensa de la Patria. Por grandes que son nuestras presentes desdichas, por grandes que son los desaciertos oficiales, ni hemos dudado del triunfo español, ni agobiados, como antes afirmo, por los desastres y las amarguras, nos rendimos al desaliento; que por testigo sublime de la esperanza, saludamos y vemos al incomparable ejército luchando heroico y venciendo siempre en las islas Filipinas y en las maniguas de Cuba, contra nuestros enemigos de todas las razas, que no pudiendo oponernos ni razón que les apoye, ni heroismo que les sostenga, acuden de las traiciones propias á las perfidias extranjeras, y hasta fían el éxito á la suprema traición del clima.
Considerando el carlismo todo esto, contempla la desdichadísima y amenazadora situación por que atraviesa la patria, viendo que los gobiernos liberales se han colocado desacertadamente entre las energías del pueblo español y sus sentimientos, separándolos, haciendo que marchen paralelas estas dos acciones, de modo que resulten estériles por no coincidir jamás. El carlismo, siguiendo por esas líneas, ha llegado hasta Venecia, para desde aquí manifestar á España cómo aquellas dos paralelas no pueden conjuntarse, sino en los brazos abiertos con que espera, para abrazar á la Patria, la Augusta figura de D. Carlos. En él se personifica la tradición española; en él hay una cabeza agitada por todas las grandezas de nuestra historia y todos los ideales que inspiraron las Leyes de Indias y el testamento de Isabel la Católica; en él hay un corazón regido por la justicia, inspirado por la caridad y encendido por el amor á España; en él hay un brazo que se extiende para castigar al culpable, para reprimir al fuerte, para premiar al honrado y para proteger al débil; en él hay un alma regulada y sostenida por la santa fe católica, que legitima la tradición y produce ese sentimiento de libertad y democracia cristianas tan genuinamente españolas; en él se reúnen la experiencia de los años y de los hombres, con el superior magisterio de la desgracia; en él hay la reflexión comparativa de todas las políticas y de todos los gobiernos del mundo, que proporciona el estudio meditado y el viaje atento por toda la tierra; en él arden el patriotismo y el amor á la gloria, y en él se han manifestado la energía, el tacto y valor para ponerse al frente del ejército y conducirle á la victoria, compartiendo sus penalidades y sus ardimientos, para que con sus iniciativas torne á ser la Nación española grande, respetada y feliz. Vinimos á Venecia, no á confortar nuestras creencias tan profundamente arraigadas por la convicción, pero sí á consolarnos ante el espectáculo de la esperanza, cuando la patria la busca y la necesita. Es demasiado triste y grave y angustiosa la situación porque atraviesa España; es demasiado universal la atención con que desde todas partes se nos mira, para en documento solemne descender á contiendas bizantinas sobre faltas y torpezas de los Gobiernos liberales, que los hechos ponen tan de resalte, haciéndolas innecesarias. No nos sorprenda en ellas un nuevo Mahomet II. Hay que pensar como en Alarcos, para conducirse como en Muradal; no recordemos lo que fué malo, sino para huir de ello y alzar un glorioso porvenir sobre el pedestal de la esperiencia. Y si no discuto la gestión de los Gobiernos, ¿á qué discutir sobre el sistema liberal, ni sobre el parlamentarismo, cuando ya no hay ni español que le considere, ni que le defienda, ni aún quien le siga, ni menos á quien le entusiasme por acto de la convicción? El extranjero parlamentarismo, nacido de una rebelión, sucumbe entre el revolucionario clamoreo de los filibusteros y las traiciones de todos los Opas políticos, y muere providencialmente al golpe del puñal que él había inventado en el seno tenebroso de las logias. Pero si el sistema liberal y parlamentario muere, la Nación renacerá grandiosa, cuando regida por la constitución interna que para ella ordenaron los siglos, sean la fé, la ley y la monarquía tradicionales, el alma, el cuerpo y la acción del pueblo español. Con estos impulsos, con estas convicciones y con estas esperanzas, vinieron conmigo á Venecia los diputados Sres. Sanz, Vázquez de Mella, marqués de Tamarit y Polo y Peyrolón, representando á nuestros demás compañeros y á toda la comunión carlista, y con el encargo de repetir el voto solemne de nuestra inalterable lealtad al Señor Duque de Madrid, que reinando sobre nuestros corazones, nos gobierna соn una política genuinamente española. Y aquí en el palacio Loredán, con la asistencia del Secretario y gentil hombre Sr. Melgar, y del general Sacanell, ayudante de campo, expusimos nuestros trabajos y nuestros propósitos, y afirmamos nuestras esperanzas; y celebrando muchas y continuas conferencias, hemos vivido varias semanas en comunicación de pensamiento con nuestro Augusto Jefe, empezando y concluyendo por arrodillarnos ante el altar donde se veneran, entre las imágenes de Santiago y San Fernando, las sagradas representaciones de la Cruz de Recadero y del bendito pilar de Zaragoza; todo cobijado y defendido por el pabellón grandioso de la triunfadora bandera de la Patria. Aquí no ha habido más que un sentimiento, el de amor á todos los españoles; un deseo, el de acertar, un propósito, el de servir bien; una preocupación, la felicidad de España; una ley, la moralidad y la justicia; una actitud, la energía; una espresión, la verdad; un procedimiento, la abnegación; un ideal, las tradiciones y un acatamiento absoluto á Dios. Todas estas conferencias se dividen en dos partes, importantísimas ambas, pues que constituyen, una el pensamiento y otra la acción. La primera, como reviste un carácter general, puede hacerse pública; la otra, que se refiere á la particularidad de nuestra agrupación política, debe quedar en el carlismo, y pues que de tantas partes nos piden que digamos lo que se pueda, yo, representando á todos los conferenciantes y compañeros, hablo hoy, y pido á los carlistas que respondan y correspondan á todo aquello que callo, con su admirable lealtad, y en donde empiece el silencio redoblen la confianza. Sábese por experiencia que los carlistas ni usamos del artificio de las palabras, ni ponemos las promesas como cebo para el engaño, sino como prólogo de las obras, ni buscamos al pueblo para alzarnos sobre sus hombros, sino para abrazarle como á hermano predilecto, al que se educa por el amor, se le defiende por la justicia, se le escuda con nuestros pechos y se le ampara por el Rey, más como padre que como soberano. Que hoy en España vivimos en la desgracia, en la incertidumbre, en la pobreza y en el desorden, es por todos reconocido; que para sobreponerse á tan inusitada desventura se precisan un hombre y una bandera no hay quien lo dude, ni nadie que deje de proclamarlo, poniendo el deseo á continuación de la urgencia y á seguida de la necesidad. Pues bien; ese hombre y esa bandera, existen en España; ese hombre es Carlos VII, y esa bandera la tradición española. Seguros de ello siempre nos hemos corroborado en tal convicción por las conferencias políticas que reseño. Si no tienen novedad sustancial, porque las invenciones son imposibles en la esencia de las doctrinas, bastarán de seguro para cumplir la patriótica misión de decir á España, que gimen bajo el despotismo, la inmoralidad y la miseria, los medios que tiene para salvarse; y cuando todo el mundo abomina de los gobiernos parlamentarios, y al darlos por muertos pide una salvadora sustitución y la busca sin encontrarla, preciso es mostrarle la única, la genuinamente española, diciéndole: Aquí tienes el Hombre y aquí tienes la Bandera. Esclavizada y ofendida la Iglesia por la doble blasfemia de las acciones y de las palabras: abatida y desconsiderada la monarquía, por reducirse á permanente minoridad sin iniciativas propias, que son los lazos que deben unirla con el pueblo; sometida la Nación á la servidumbre de una centralización absorvente, con que se afirma el absolutismo de los gobiernos, y se mantienen los caciquismos locales con todo su natural cortejo de inmoralidades; y convertidos los municipios y las provincias y los parlamentos en simples ruedas de la máquina ministerial, sin otro impulso, sin otro empleo, sin otra tendencia que los de sostener un poder, que es la reducida expresión de las aspiraciones de un partido, y en el cual no se atiende á la administración del Estado, sino como á un agente de bastarda política; dislocada así la Nación en todos sus fundamentos, no hay otro recurso para reconstituirlos y consolidarlos, sino volver resueltamente á las tradiciones nacionales, bien depuradas por la experiencia de los siglos.
Las tradiciones veneradas que constituyen la Patria porque son la expresión de la vida nacional organizada por los siglos, se resumen en estas tres grandiosas afirmaciones: La Unidad Católica, que es la tradición en el orden religioso y social; la Monarquía, tradición fundamental en el orden político; y la libertad fuerista y regional, que es la tradición democrática de nuestro pueblo. Ésta es la constitución interna de España; y la revolución, copiando o inventando constituciones artificiales, ha establecido una lucha sin tregua entre aquella y las escritas, introduciendo en todo el desorden y rompiendo la armonía entre el carácter de un pueblo y su vida social, que no puede suplantarse sin caer en la anarquía, ni sostenerse adulterada sino por el despotismo y la guerra. Todas nuestras antiguas glorias y grandezas, nuestras leyes y nuestras costumbres, se originaron y vivificaron por la fe católica; y sobre este admirable fundamento se alzó sublime la figura de España, que por amor á la verdad y abominando del error, necesita y defiende la salvadora Unidad Católica, lazo de su unidad nacional y corona de su historia. Amando y sirviendo á la Iglesia de Cristo, proclamamos su libertad completa, su derecho soberano á regirse y gobernarse con independencia, sin que á su marcha se opongan ni «recursos de fuerza ni pases regios,» para que regulando ella su relación con el Estado, y amparada por éste, corresponda a la eficacia de una ley defensora, inspirando y sosteniendo la verdad cristiana en la sociedad; que así las leyes serán justas, los tribunales rectos, los administradores incorruptibles y las costumbres dignas, honradas y españolas.
La Monarquía, personificando la unidad nacional, se legitima por el derecho histórico, se consagra por la pureza de los principios y se sostiene por el amor y la ley. La Monarquía ha de ser tradicional para que con su permanencia se emancipe de todas las ambiciones, que unas veces con el grito de las turbas, otras con los sables pretorianos, y siempre con la tutela de gobiernos irresponsables por el supremo derecho de gracia con que los asisten sus forjadas mayorías, hacen que el rey constitucional se reduzca á un emblema costoso, á una ficción del poder sin actividades eficaces, y siempre sometido á oligarquías inspiradas en el interés mezquino de las parcialidades políticas. Si el Rey es el primer magistrado de la Nación, ha de ser también el primer guardador de su ley y el primer soldado de la Patria. El Rey que lo es de veras, reina y gobierna; pero sin que su voluntad traspase las leyes, porque el despotismo ni es cristiano ni español, y los hombres nacen para ser libres en la justicia, y jamás siervos de ninguna persona. El Rey ha de estar en contacto con el pueblo, para desvelarse por su bien, y ha de ejercer su autoridad rigiendo el Estado con las facultades esenciales á la suprema soberanía política. Pero como la ciencia y la experiencia realzan la autoridad y la auxilian, obedeciendo a esta necesidad apremiante y a una tradición no interrumpida, se afirma la existencia de un Consejo Real, dividido en tantas secciones como ministerios, que asesoren al Monarca y compartan, con jurisdicción retenida, el ejercicio del poder, siendo sus miembros designados entre las clases preeminentes y los hombres más distinguidos de la nación, y asegurando debidamente sus condiciones de justa independencia para que no los remueva el capricho, y con menoscabo de la majestad se conviertan en aduladores cortesanos los que deben ser incorruptibles consejeros.
Desde que la Reconquista se inicia, nace entre nosotros la idea de la representación nacional, pasando desde los admirables Concilios toledanos á las Asambleas modestas de Oviedo, de León y de Jaca, para llegar, por último, á las Cortes de Alfonso VIII y Alfonso IX, de don Jaime y San Fernando, ya completadas con la presencia interesante del Estado llano; que siempre la voz del pueblo, cuando leal, es el mejor consejero de los Reyes. Las Cortes fueron y han de ser una verdadera y poderosa institución, sostenida por las grandes fuerzas que arrancan del interés moral, del intelectual y del material permanentes en toda sociedad; del histórico, tan digno de consideración en la nobleza, que no se improvisa y tiene vida secular como la nuestra, y finalmente de aquél que es escudo y brazo armado de la Patria. Elegidos libremente sus procuradores por cada clase, lo que supone el voto acumulado en los que pertenezcan á varias, se asegura la representación equitativa de todas las fuerzas para no caer bajo la tiranía del número inconsciente. Así estarán digna y acertadamente representados, en los del clero, los intereses religiosos y morales; en las Universidades, Academias y centros docentes, los intelectuales; en los de la Agricultura, Industria, Comercio y Gremios de obreros, los materiales; y en los del Ejército y Armada los que personifican la defensa del honor y derecho nacionales; sin olvidar tampoco el elemento que recuerda los honrosos servicios prestados á la Patria por la nobleza, como gremio del glorioso pueblo antiguo al lado de los gremios del laborioso pueblo moderno, que tendrá abiertos anchos y fáciles caminos para llegar por los de la virtud, el heroismo, la inteligencia y el trabajo, á todos los honores, á todos los puestos y á todas las aristocracias. Los procuradores de nuestras Cortes habrán de serlo con mandato imperativo, es decir, con poderes limitados y revocables á voluntad de sus electores y siempre sujetos á dar cuenta ante éstos, de sus actos. Serán, además, en absoluto incompatibles con cualquier cargo o retribución oficial ó de las grandes empresas industriales; y aun después de terminada su diputación, no podrán en algunos años aceptar empleos ni títulos honoríficos, ni condecoraciones ni mercedes de ninguna clase, ya que el olvido de este principio esencial es causa de la corrupción de los parlamentos modernos, y lo fué en gran parte de la decadencia de las Cortes antiguas. De esta manera, á las mayorías oficiales de los gobiernos sustituirán las mayorías oficiales de los pueblos. Restauradas las Cortes á la usanza española, no británica, ni francesa, y funcionando conforme á las tradiciones de los antiguos reinos que unidos forman la Nación, serán aquellas libre y verdadera representación de todas las fuerzas sociales. Convocadas para asuntos previamente determinados, resultarán elegidos procuradores idóneos, y mediante estas precauciones se asegurará á las Cortes la independencia y el acierto con que, siendo auxilio y limitación del poder central, cumplan sus funciones de fiscalizarle, de votar los impuestos nuevos, y de intervenir en la acción legislativa, de forma, que la fortuna del Estado se halle asegurada contra las dilapidaciones, y la libertad contra la opresión, puesto que, sin el consentimiento de las Cortes, no podrán alterarse los tributos, ni las leyes generales, quedando así la arbitrariedad esclava de la justicia.
En frente del centralismo burocrático y despótico que del paganismo tomó la Revolución para esclavizar á los pueblos, se levantan como aurora de libertad nuestros antiguos fueros, organizando el regionalismo tradicional que, contenido por la unidad religiosa y monárquica, y por el interés de la patria común, no podrá tender jamás á separatismos criminales. Independientes del poder central deben vivir los Municipios, administrando los jefes de familia los intereses concejiles, sin que el alcalde sea un mero agente del gobernador, para convertirle como ahora en siervo del ministro, sin poder ni calcular los gastos ó los ingresos de su presupuesto, ni determinar sus propias necesidades, ni siquiera aprovechar los montes comunales, cuya administración el Estado les usurpa. Y así como de las uniones y hermandades de los municipios se forman las provincias, de igual modo del conjunto histórico de varias de éstas se constituyen las regiones, que siendo entidades superiores confirmadas por la tradición y las leyes, vienen á fundirse al calor de una misma fé, de una misma monarquía, de un común interés y de fraternales amores en la sublimidad de la Patria española. Por efecto de sus fueros y libertades, la Región conserva y perfecciona su antigua legislación en lo que tenga de especial, modificándola directamente y con el concurso del Rey, cuando el tiempo lo exija ó las circunstancias se lo aconsejen, pero siempre sin ajenas imposiciones. Administrando una Junta peculiar con la libertad más completa los intereses privativos de cada región, y quedando reconocido y sancionado el «pase foral,» resulta imposible cualquier indebida ingerencia del poder central, en lo que sólo á la Región compete; y rotas así las cadenas de la servidumbre, con que la moderna centralización esclaviza á los pueblos, y atajada la constante dilapidación de sus recursos, se verán bien regidos aquellos, porque nadie atiende y remedia mejor sus necesidades que el mismo que las sufre y las experimenta. Reintegradas en su fueros las Provincias Vascongadas y Navarra; restablecidos también los de Aragón, Cataluña, Valencia y Mallorca; restauradas de nuevo las antiguas instituciones de Galicia y Asturias, y garantizadas para en adelante las libertades de los diversos países de la corona de Castilla y León, entonará la Patria agradecida á su Rey un himno de redención en sus diferentes idiomas, conservados como eco de la tradición, voz de la familia y grandeza de la literatura nacional.
Pero si se proclama el respeto de los fueros y libertades regionales, se ha de afirmar con toda entereza y eficacia la unión política nacional, que, inspirada y sostenida por la uniformidad de creencias y por la identidad monárquica, se asegura y consolida por la unidad en las leyes de carácter general, y en las funciones también generales del Estado; comprendiendo entre las primeras los Códigos Penal, de Procedimientos, de Comercio y aun la Ley Hipotecaria, convenientemente reformada; entre las segundas, la administración de justicia, la dirección del Ejército y la Marina, la Hacienda propiamente nacional, las relaciones diplomáticas y comerciales con las demás Potencias y las comunicaciones generales, y como alta función moderadora, la de dirimir los conflictos entre las regiones cuando ellas no logren hacerlo entre sí por mutuo acuerdo.
Si el Rey, por las condiciones de la monarquía tradicional, es el defensor del pueblo, y la permanencia de su autoridad garantía de que ni la ambición del poder, ni de los honores, ni de las riquezas han de impulsar sus actos; si la existencia y la respetabilidad del Consejo Real es garantía de acuerdo en las resoluciones del Monarca, y si las Cortes han de ser también garantía efectiva del imperio de la ley y del respeto á todas las legítimas libertades, preciso es que se garantice asimismo á la sociedad en sus miembros el predominio de la justicia y el triunfo del derecho, organizando la magistratura á la antigua usanza, principalmente de Aragón, para que habiendo como tribunal superior, ajeno en gran parte á ella, compuesto no sólo de Magistrados, sino también de Consejeros reales y de Procuradores á Cortes, ejerciese un verdadero juicio de residencia, y examinando los fallos, impida que, por espíritu de cuerpo o por falta de suficiente responsabilidad, se tuerza la ley cuando es indispensable que la Nación halle en sus tribunales toda clase de garantías contra las prevaricaciones.