Acerca del Convenio Militar con los Estados Unidos

Chapter 1

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Recopilado en "Estudios Históricos e Internacionales", de Felipe Ferreiro, Edición del Ministerio de Relaciones Exteriores, Montevideo, 1989

Hace poco más de cuatro años, señor Presidente, en este mismo recinto ante la presencia de la mayoría de los estimados colegas que ahora también van a escucharme hablando en nombre del sector a que pertenezco, formulé objeciones de todo orden al Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca subscrito en Quitandinha en setiembre de 1947 y enuncié que nosotros, recogiendo fielmente la tradicional opinión del Partido Nacional – la mitad sino más de toda la ciudadanía – nos opondríamos a su adopción.

No evoco porque sí vanidosamente este recuerdo que me enaltece: lo traigo a la tabla con superior intención patriótica. Apartándome del criterio de muchos de mis correligionarios, concuerdo en alguna parte con quienes, postuladores de la aprobación del Convenio que está a consideración del Senado, sostienen que en el fraseo de sus once artículos no hay otra cosa más que una complementación previsible y lógica del Pacto de Río de Janeiro.

“Aquellos polvos trajeron – efectivamente – estos lodos”: Quitandinha marca el pasaje definitivo de la “buena vecindad” que honestamente auspiciada por Roosevelt tanto había contribuido a una sincera y creciente aproximación de las Américas, a la subordinación de la nuestra – fragmentada – a los designios y dictados del Pentágono.

La Buena Vecindad era asistencia recíproca impuesta por la convivencia sin necesidad de preceptivas solemnes, deducida de los deberes morales o si se quiere, según el dicho de San Pablo, de las leyes escritas en el corazón (“Jus in corda scriptum”).

Pero, con habernos inferiorizado con relación al estado anterior de libre y honesta “buena vecindad”, no se puede desconocer, sin embargo, que en el Pacto de Río de Janeiro se guardaron las formas confraternales. Fue igualitario y multilateral; los gobiernos lo acordaron actuando en nombre “de sus pueblos”; no hizo discriminaciones.

Ahora, en cambio, este Convenio que tenemos en discusión – no en balde han transcurrido cinco años ya del anterior y en ese lapso crecieron vertiginosamente los poderes del Pentágono – se ha propuesto sólo a determinados países de Iberoamérica, seleccionados por el proponente en uso de su derecho de preferencia, y además, por otra parte, aquí hallamos que no solo se ha olvidado el educativo y promisorio inicio de la fórmula de Río: “Los gobiernos en nombre de sus pueblos”, sino que hasta se ha dejado de lado la clásica referencia a las “altas partes contratantes” para aludir a las Repúblicas que pactan y, escuetamente – diría con impaciencia – sólo se habla ya de los “gobiernos” puestos de acuerdo.

¿Y cuáles, señor Presidente, cuáles después de todo han sido los “gobiernos” de Iberoamérica seleccionados por Washington para contratantes?

¿A qué normas pudo haberse ajustado Estados Unidos para operar su selección? No se podría suponer, desde luego, que semejante preferencia fuera impuesta por razones de homenaje a la democracia. Nadie ignora, en efecto, que hoy dejan mucho que desear, en tal sentido, las hermanas repúblicas de Colombia y Perú que han formado entre las seleccionadas. Tampoco cabe presumir que la elección ha sido determinada por la conveniencia de prestar ayuda militar a los pueblos de Iberoamérica más necesitados de ella.

Por de pronto, en poco más de diez años, hemos gastado creo que más de cuarenta millones de pesos en equipos y en armamentos y aunque por supuesto, no ignoramos los díceres circulantes de que en este período nos llenamos de “fierros viejos”, quiero creer porque tengo personal estima y un alto concepto de nuestra oficialidad del Ejército, Armada y Aviación que con esos “fierros viejos” nos defenderíamos resueltamente si la emergencia se produce.

Pero, hay más; Brasil, especialmente Chile y México no se han despreocupado nunca del deber de estar en condiciones de afrontar la situación bélica que pudiera tocarles y, en cambio, después de terminada la guerra del Chaco, no sé que Paraguay y Bolivia hayan hecho otro tanto, y ¿por qué, entonces, estos países no entraron en la selección y sí aquéllos?

Sea lo que fuere – en otro momento ahondaremos si es posible esta averiguación – lo cierto es que nosotros estamos considerando dicho Convenio, lo que vale tanto como decir que nuestro gobierno pertenece al número de los de Ibero-América que han atraído la preferencia de Washington.

¿Pero, esa es la verdad pura o solamente formal? ¿Es la verdad de fondo o la impuesta por otra circunstancia? ¿Es cierto que la preferencia de Estados Unidos se inclinó espontáneamente a ofrecer a nuestro gobierno su “generosa ayuda militar consagrada en sus leyes de 1948 y 1951, como lo hizo – pongamos por caso, con Turquía, Grecia, Irán, Irak, etc.?

Yo no dudo que tanto el señor Ministro de Relaciones Exteriores como nuestra Comisión de Asuntos Internacionales se sientan impulsados a contestarnos afirmativamente y de inmediato a la pregunta formulada. Lo que no creo, perdónaseme si me equivoco – es que quien se encargue de la respuesta esté en condiciones de certificar, ahora mismo, documentalmente, su dicho, y, desde luego, lo que quiero saber sobre el particular es toda la verdad, nada más que la verdad plena que se evidencia con pruebas.

Acerca de las negociaciones seguidas en cada uno de los países de Iberoamérica seleccionados por el Pentágono para suscribientes de este Convenio, han venido circulando y repitiéndose tantos infundios e informaciones fantásticas que ya no se sabe a qué atender. Sin ir muy lejos, recuerdo que días atrás se expresó en este Senado que Ecuador, el Ecuador de don Galo Plaza, lo había ratificado y puesto en consecuencia en vigencia y, sin embargo, si yo he de atenerme a la versión que poco antes me proporcionó personalmente un ilustre hijo de aquella República, Oficial superior de su Ejército y ex Ministro de Relaciones Exteriores - nombro al Gral. Chiriboga - este Convenio no sólo no ha sido allí ratificado, sino que duerme – acaso el sueño eterno – en las carpetas de una de las Cámaras del Parlamento.

Pero, vean, los señores senadores, después de todo, el motivo y la importancia de mi pregunta anterior.

Cuando en la Cámara de Diputados de Chile se discutía el mismo instrumento internacional que allí – como se sabe – resultó aprobado para, según me parece – no llegar a aplicarse, el Diputado de la mayoría, señor Juliet, en la sesión del jueves 19 de junio, dirigiéndose al Diputado señor Martones, contrario a la aprobación, que le había interrumpido, le expresó textualmente: “Debo decirle a su señoría que Estados Unidos ha ofrecido esta ayuda militar hasta hoy, a seis países”. Replicó el señor Martones, “a siete” y de inmediato le contestó el señor Juliet (textual): “a seis países americanos, porque Uruguay, esa gran República hermana, presidida desde hace muchos años por la majestad de su régimen democrático inalterable, respetuoso del orden y de la tradición, y fiel a su Constitución forjada en el respeto de los derechos del hombre, ese pueblo orgullo de América, gobernado por un Consejo Ejecutivo Colegiado, donde tienen cabida representantes de la mayoría y de la oposición, solicitó según me han informado de Estados Unidos, que se le hiciera extensiva la oferta de estos convenios de ayuda militar, ya propuestos a otros seis países”.

SEÑOR MINISTRO DE DEFENSA NACIONAL. - ¿Me permite, señor Senador? Simplemente para afirmar que ese señor Representante está mal informado, que eso no fue así.

SEÑOR FERREIRO. – Vamos a hablar después, con mayor amplitud del asunto.

SEÑOR MINISTRO DE DEFENSA NACIONAL. – Me lo explico, porque es una información que viene de otro país.

SEÑOR FERREIRO. - Después vamos a aclarar el punto, pero desde luego será con documentos que se aclare definitivamente la duda.

SEÑOR MINISTRO DE DEFENSA NACIONAL. – Tengo la documentación en mis manos.

SEÑOR GONZÁLEZ CONZI. – La prueba documental, parece que el señor senador tampoco la exigió a la persona cuya cita acaba de leer.

SEÑOR FERREIRO. - No se concibe que se la pidiera. ¿Por qué se la voy a pedir a él? Es una versión, simplemente. Yo no aseguro nada.

Desde luego, se ve que es un amigo del Uruguay, y además partidario del Convenio. Continúo, señor Presidente.

Esto podría no ser cierto, y así lo desearía de alma, pero la verdad es que me ha impresionado profundamente y desde ya me reservo el derecho de ver los medios de averiguarlo.

Yo no dudo, señor Presidente – no soy tan ingenuo – de que este Convenio saldrá al fin aprobado de nuestro Senado. Me he resignado a pensar que de todas las argumentaciones en contrario que con brillo y elocuencia lo han hecho sus opositores, el voto de la mayoría se inclinará a su favor. Y la derrota que preveo no me desespera, por cierto. Pienso que otra muy mayor – aleccionadora – están sufriendo por lo mismo los técnicos del Pentágono y los funcionarios diplomáticos y del Servicio de Inteligencia del Departamento de Estado de Washington, especializados en los “Asuntos de la América Latina”.

Este Convenio de Gobiernos que no hablan según la fórmula de 1947 en nombre de los pueblos que representan, les está demostrando a ellos desde hace un año, que todavía es muy difícil que se quiebre nuestra unidad sustancial y que un atentado contra la misma puede alcanzar repercusiones insospechables en contra de los propios Estados Unidos.

Orgullo de auténtico cuño americanista, produce seguir la vía crucis que hasta aquí ha andado penosamente los seis o siete formularios del ante-proyecto de Washington. En México, el propio Gobernante – caso de excepción – se apresuró a rechazar el negocio, no bien le fue propuesto. Por entre nosotros circuló la versión difundida por las agencias telegráficas, de que el motivo de tal negativa rotunda se debía a unas próximas elecciones presidenciales, pero la verdad es otra y la puso en transparencia en su número de 29 de febrero de 1952 la “Revista Internacional y Diplomática” de su Capital, que en artículo titulado “Por qué México no aceptó la ayuda militar de los Estados Unidos”, dijo así: “No vamos a descubrir probablemente ningún secreto si decimos por qué razones México no aceptó firmar el pacto o convenio de ayuda militar que le proponían los Estados Unidos. Ni se trata de una desvinculación con nuestros poderosos vecinos, ni de un deseo de hacernos los “quijotes” y aparecer ante el mundo como “líderes” de tal o cual posición “anti” o “pro”. Nuestro país está acostumbrado desde hace mucho tiempo a tomar sus actitudes con apego al más estricto derecho internacional y teniendo en cuenta solamente los sagrados intereses de la patria.”

“Con estos antecedentes, vale decir que nuestro país no podía firmar un pacto en el que no cabía la discusión de sus términos. Se trataba lisa y llanamente de suscribir unas condiciones fijadas “a priori” por el Congreso de los Estados Unidos y que no pueden ser modificadas sin la conformidad del referido órgano legislativo.”

“México, al encontrar insuficientemente claras algunas de sus cláusulas, no podía estampar una firma que a tanto comprometía, al pie del citado documento. Si añadimos a esto que el Congreso de los Estados Unidos, según parece, se reservaba el derecho de modificar posteriormente algunos detalles de la ayuda militar propuesta, se comprende claramente que la actitud asumida por México es lógica y normal.”

“Una vez más el Presidente Miguel Alemán y sus colaboradores han demostrado seguir una política independiente que se apega en todo a la tradición de nuestras relaciones internacionales.”

“Y (concluye) no lo han hecho para ser aplaudidos por éstos o aquéllos. Sólo el interés de México ha sido tenido en cuenta.”

En Brasil todavía está en veremos la aprobación del Convenio que el Poder Ejecutivo remitió al Parlamento para su debida ratificación, hace medio año.

En Ecuador se reproduce el caso ya informado del Brasil, con la diferencia, según la versión que de fuente insospechada vino a mis oídos y de la cual ya me hice eco, de que el Convenio no saldrá más de las Carpetas de la Comisión Parlamentaria donde reposa.

En Colombia, no tengo certeza, pero admito que si lo adoptó el Poder Ejecutivo haya sido aprobado por su Parlamento, desde que éste, según he sabido, está integrado exclusivamente por legisladores del Partido gobernante. (Para más aclaraciones véase el último libro de Arciniegas “Entre la Libertad y el Miedo”).

En Perú son de admisión las mismas conjeturas expuestas con respecto a Colombia. En Chile, un Parlamento que recién termina su período legislativo en marzo de 1953 lo aprobó durante la Presidencia del señor González Videla. Su sustituto en el Gobierno, el General Ibáñez, que entonces era miembro de ese Parlamento, dijo allí, combatiéndolo con toda franqueza: “Y porque deseo que se mantengan siempre esas buenas relaciones con la más poderosa democracia continental, porque deseo que el pueblo de Chile no llegue a odiar al pueblo norteamericano, me opongo a la aprobación de este Convenio, mal concebido, peor redactado, que hiere el sentimiento nacional, pone en peligro nuestra soberanía y es degradante para nuestras fuerzas armadas.” Fue terminante el General Ibáñez.

SEÑOR MINISTRO DE DEFENSA NACIONAL. – En palabras.

SEÑOR HAEDO. - ¿Cómo en palabras?

SEÑOR MINISTRO DE RELACIONES EXTERIORES. – Lo que dicen también los señores senadores que se oponen al convenio, pero le pediría, como lo expresaba hoy el señor senador Chiarino, que ese gran ausente viniera a Sala en lugar de decirnos palabras enfáticas de personas que por intereses a, b ó c quizá de carácter político adjetiven el convenio, les pediría a los señores senadores que dijeran dónde están esas cláusulas por las cuales nos comprometemos a cosas tan graves.

SEÑOR HAEDO. - ¿El señor Ministro de Relaciones Exteriores del Uruguay cree que el actual Presidente de Chile dijo todas esas cosas sin sentido de su responsabilidad, sin fundamentarlas, sin conocer el convenio?

SEÑOR MINISTRO DE RELACIONES EXTERIORES. – Es lo que yo le pregunto.

SEÑOR HAEDO. – Es lo que dice el Ministro de Relaciones Exteriores.

SEÑOR MINISTRO DE RELACIONES EXTERIORES. – Lo que dice el ministro, no es eso, sino que esas palabras tienen que estar comprobados por los hechos, y que los hechos las niegan.

SEÑOR FERREIRO. – Hay un discurso extenso, fundado, y lo que hago en este momento es dar textualmente una conclusión del mismo.

SEÑOR RODRÍGUEZ LARRETA. – La mejor prueba es que ahora que ha asumido el gobierno ha declarado que lo respetará y cumplirá el convenio degradante.

SEÑOR FERREIRO. – No se adelante, señor senador.

SEÑOR RODRÍGUEZ LARRETA. – Era mera literatura electoral; pasadas las elecciones cumplirá el convenio porque así lo ha declarado públicamente.

(Murmullos – Interrupciones – Campana de Orden)

SEÑOR FERREIRO. – El hoy Presidente Ibáñez fue terminante.

SEÑOR RODRÍGUEZ LARRETA. – Si ustedes estuvieran en el gobierno también harían este Convenio.

SEÑOR HAEDO. – No lo haríamos.

(Campana de Orden)

SEÑOR FERREIRO. – Necesito seguir mi discurso, señor Presidente.

Fue terminante el general Ibáñez; ¿y habrá todavía en Washington – ahora también digo Montevideo – quien aguarde las gestiones de Chile para que este Convenio que se aprobó se cumpla prácticamente?

SEÑOR RODRÍGUEZ LARRETA. – Recibirá todas las armas que pueda, porque en Chile los chilenos cuidan mucho la independencia de su patria y esas armas les hacen falta.

(Campana de orden)

SEÑOR FERREIRO. - ¿Las recibirá como nosotros? ¿Las pagará?

SEÑOR RODRÍGUEZ LARRETA. - Todo país que cuida su independencia reclama armas para defenderla.

SEÑOR FERREIRO.- Con siete millones de dólares adquirimos por valor de diecisiete millones en el año 1941. Ahí está la solución.

SEÑOR GONZÁLEZ CONZI. - ¿Me permite, señor senador, una interrupción?

Es para señalarle al señor senador la diferencia que hay entre la posición chilena y la del Partido del señor senador.

En Chile, la defensa nacional es sostenida por el general Ibáñez. En nuestro país, el Partido del señor senador – todo está documentado y aún en este debate – no quiere que se compren armas.

SEÑOR HAEDO. – Eso no es cierto en absoluto.

SEÑOR GONZÁLEZ CONZI. - Permítame, señor Senador.

Anuncio en el Senado – aunque se me dice que no es cierto – que leeré juicios y palabras que documentan mi afirmación.

SEÑOR FERREIRO. – Actúo desde hace bastantes años en el Senado y tengo de testigo al señor Senador Batlle Pacheco para que exprese si alguna vez me he opuesto a que se compren armas.

SEÑOR GONZÁLEZ CONZI. – El señor Senador me ha concedido una interrupción y le solicito que me permita continuar.

Afirmo que está documentado en este debate que el Partido del señor senador no quiere que se compren armas. No quiere que usemos armas, que se nos presten, no quiere la preparación militar del país y sostiene – lo que está también documentado – que nuestra gran fuerza es la debilidad.

Esta es la posición del Partido adversario. Esto no ocurre en Chile, donde todo los Partidos están dispuestos, como en todos los países del mundo, a realizar la defensa nacional.

En cuanto a lo particular del señor senador Ferreiro, con lealtad reconozco que su posición no es la de su partido en este debate y que ya he anunciado.

SEÑOR BOVE ARTEAGA. - ¿Me permite, señor senador?

Por varias y repetidas veces, el señor senador González Conzi ha dicho las mismas palabras y debo manifestarle que no es esa exactamente la posición del Partido Nacional.

El señor senador González Conzi afirma que el Partido Nacional no quiere la defensa del país. Dicho señor Senador afirma que el Partido Nacional no quiere que el Estado compre armas. Apelo al señor Ministro de Defensa Nacional para que manifieste lo que sostengo, lo que he sostenido y lo que sostiene el Partido Nacional. Nosotros queremos la defensa del territorio nacional. Si para la defensa del territorio nacional necesita el país comprar armas, queremos que se compren, pero no por este tratado militar. Podrá el Estado y el país comprar armas al margen de un convenio y de un pacto militar cuyas cláusulas nosotros no aceptamos.

Así que la afirmación del señor senador González Conzi de que el Partido Nacional se opone a la defensa del territorio haciendo aparecer a este Partido como un Partido antipatriótico, que parecería que no quiere al país, a su patria, no es cierto, y yo no admito, aquí en el Senado, las expresiones del señor senador González Conzi.

SEÑOR SENADOR GONZÁLEZ CONZI. - El señor senador Ferreiro me había concedido una interrupción que no terminé.

Había anunciado que del debate surgía la afirmación que he hecho, y anuncio que lo probaré documentalmente. Ahora sí me alegro con la rectificación que hace el señor senador Bove Arteaga porque conceptuó que en materia internacional todos los partidos de un país deben llegar a esta coincidencia afirmativa: el propósito de hacer todo lo posible para defender la integridad del país.

SEÑOR BOVE ARTEAGA. - Pero por otra vía.

SEÑOR FERNÁNDEZ CRESPO. - Quien puede dudar que el Partido Nacional…

(Murmullos – Interrupciones – Campana de Orden)

SEÑOR PRESIDENTE. - Se ruega a los señores senadores no interrumpir sin autorización del orador.

SEÑOR GONZÁLEZ CONZI. – Muchas gracias señor senador Ferreiro, por la interrupción.

SEÑOR FERREIRO. - Usted se las merece.

Señores senadores: yo no les voy a sacar a estas conclusiones objetivamente anotadas todo el sabroso jugo que ofrecen al que las examina con criterio bien sentado y libertad de opinión. Prefiero que las balancee cada cual por su parte íntima y abiertamente, pero déjeseme que diga, antes de pasar a otro tema, que estoy personalmente deslumbrado y conmovido ante semejante desfile de pueblos de mi raza insobornables, clarividentes, irreductibles en su lucha por el común anhelo de unión y libertad.

(Apoyados - ¡Muy bien!)

A otra cosa. ¿Cuál ha sido el recorrido seguido por este convenio hasta llegar a nuestras mesas, señor Presidente?

Dada su trascendencia innegable; reconocido el hecho de que debe producir repercusiones en todos los órdenes de la vida nacional; que nuestras riquezas, nuestra libertad de comercio, nuestros recursos humanos van a quedar comprometidos por él en más o menos – no interesa ahora la precisión - ¿Se puede sostener que hizo un tránsito cabal y anduvo caminos claros en todas sus jornadas o se ha de admitir que las cosas pasaron de otro modo?

Decididamente yo me inclino a lo último y voy a justificarme con toda la amplitud documental que ahora está a mis alcances.

No necesito agregar que estoy dispuesto a rectificarme, en seguida, de cualquier dato equivocado siempre y cuando, naturalmente, se me señale el error manifiesto.

Vayamos al grano. Las negociaciones relacionadas con el convenio se han cumplido entre nosotros en dos etapas distintas y entre sí separadas por el cambio de régimen institucional. En la primera etapa, creo que toda la tramitación habida si no fue secreta, se cursó en silencio deliberado o prudente entre los Ministros de Relaciones Exteriores y Defensa Nacional.

A estar a informaciones rendidas en oportunidad ante nuestra Comisión de Asuntos Internacionales por titulares de esas carteras, y aquí va la prueba implícita, pero terminante, de lo que afirmamos el 5 de noviembre de 1951, el Ministro de Relaciones, señor Domínguez Cámpora, se dirigió por oficio al de Defensa Nacional, señor Celiar Ortiz, planteándole el problema de conveniencia de la negociación. El 26 de noviembre o de diciembre del mismo año, no aseguró aquí la fecha, el Embajador de los Estados Unidos, por intermedio de nota “aide memoire”, documentó una conversación anterior con el Ministro de Relaciones, ignoro si el doctor Domínguez Cámpora o el doctor Castellanos, relativa a lo mismo.

SEÑOR MINISTRO DEL INTERIOR. – El doctor Domínguez Cámpora hasta el 1º de marzo; muchas gracias.

SEÑOR FERREIRO. – El doctor Domínguez hasta el 1º de marzo; muchas gracias.

El 30 de enero de 1952. - El Ministro de Defensa Nacional, señor Celiar Ortiz, se dirigió al de Relaciones, doctor Domínguez Cámpora, manifestándose de acuerdo con su propósito de proseguir y concluir el negocio. Días antes, el 16 de enero, el Ministro de Relaciones Exteriores había solicitado a la Embajada de Washington que se sirviera explicar nuestra demora en la formalización del Convenio por las razones de política interna influyentes en el momento. Mediaba como motivo determinante de esta aclaración otra comunicación de la Embajada de Estados Unidos de fecha que ignoro, pidiendo el más pronto pronunciamiento sobre el negocio.

Y bien; en esta primera etapa de su largo recorrido ya puede verse, señor Presidente, por la documentación que dejo acusada rápidamente, que este Convenio con Estados Unidos no anduvo nunca por las vías que camina el pueblo serena o tumultuosamente, pero siempre de todos modos libre, responsable y soberano.

SEÑOR BAYLEY. - ¿Me permite?

Parece que todo ese proceso que articula el señor senador Ferreiro con tanta minuciosidad, lo que demuestra es precisamente lo laborioso de la etapa preparatoria, que no es etapa en que corresponda intervenir el pueblo, sino que lo hará en las de ratificación o conclusión por medio de los organismos representativos, que son en este momento el Senado y lo será luego la Cámara de Representantes. Estimo que no está haciendo un cargo al proceso de elaboración o preparación del Tratado, sino que está haciendo su elogio, el señor senador.

SEÑOR FERREIRO. - ¿Terminó el señor Senador?

SEÑOR BAYLEY. – Sí, señor senador; muchas gracias.

SEÑOR FERREIRO. – Bien; esa es una interpretación de los hechos y yo no he hecho ninguna; señalo las fechas que anduvo ese recorrido.

SEÑOR BAYLEY. – recorrido amplísimo.

SEÑOR FERREIRO. – Amplísimo, pero secreto, oculto; nunca se dio ningún comunicado a ningún diario.